El retorno envenenado de Hitler

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‘Mein Kampf’ volverá el 1 de enero del año que viene a las librerías de Alemania. Siete décadas después del suicidio del ‘fuhrer’ y en medio del auge repentino de los ‘ultras’ de Pegida, no todos ven con buenos ojos su reedición.

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‘Mein Kampf’ volverá el 1 de enero del año que viene a las librerías de Alemania. Siete décadas después del suicidio del ‘fuhrer’ y en medio del auge repentino de los ‘ultras’ de Pegida, no todos ven con buenos ojos su reedición.


Frunce ligeramente el ceño. Se aplasta el pelo y lo deja caer del mismo lado, un mechón liso color azabache que nace en la parte derecha de la cabeza, cruza la frente y coquetea con la oreja izquierda. Achica la boca hasta casi esconder los labios y se atusa un pequeño bigote que apenas asoma por debajo de la nariz. Gira suave la cara y mira de reojo. Clic.

Dos años después, Lutz Bachmann pediría perdón por aquella fotografía caracterizado de Hitler. No fue suficiente. Ni siquiera para el líder de Pegida: Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente según su acrónimo alemán. Unas semanas antes, este movimiento había reunido hasta 25.000 personas en Dresde “en contra de la aceptación de refugiados económicos”. Un eufemismo que empleó el propio Bachmann para justificar el racismo que inspiran sus convocatorias. “Hay que reírse de uno mismo de vez en cuando”, alegó en el diario sensacionalista Bild.

La dimisión fue la única salida para quien había jugado a resucitar la figura histórica del dictador alemán. Hitler es aún un tabú para la sociedad alemana y por eso la censura fue unánime: incluso los conservadores euroescépticos de Alternativa por Alemania (AfD) mostraron su disconformidad mientras abandonaban Pegida otros cinco dirigentes, entre ellos su portavoz Kathrin Oertel. Si hay algo que en Alemania no admite bromas es el führer.

Y sin embargo el espíritu de Hitler regresa justo en este momento de la mano de una efemérides. El 30 de abril se cumplen 70 años de su muerte y la República Federal ha encendido todas las alarmas porque el dictador no vuelve solo. Lo hace acompañado de su libro, Mein Kampf, que por primera vez queda liberado para nuevas ediciones.

Al invadir Alemania, el Ejército de EEUU requisó el patrimonio de la editorial nazi Eher Verlag, que tenía los derechos de la obra. Al final de la ocupación, los derechos pasaron al Gobierno de Baviera, que ha custodiado Mein Kampf durante un periodo que expira el primer día de enero de 2016.

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El alcalde y los ultras

“Se trata de mis hijos y de mi esposa, que desde nuestras ventanas han visto con miedo cómo se acercaban los neonazis del NPD. No lo soporto más”. Así cuenta su experiencia Markus Nierth, que dijo ‘basta’ el 5 de marzo de 2015, cuando un centenar de ultras le obligaron a dejar su puesto de alcalde en Tröglitz, al Este de Alemania. Apostados frente a su vivienda, vociferaban contra su política de inclusión.

Su dimisión, lamentada a través de Facebook, recordaba la historia más negra de un municipio de menos de 3.000 habitantes que durante el nazismo tuvo su propio campo de concentración. Dos meses después, el democristiano Nierth reflexiona sobre el auge de este fenómeno en todo el país. “Cada vez más personas se atreven a articular un racismo o una misantropía antes encubiertos”, me dice. “El temor hacia lo nuevo es comprensible pero debe ser atajado, explicado y mitigado rápidamente, antes de que los radicales de derecha acaparen estos temas”.

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Markus Nierth.

El albergue para refugiados de Tröglizt sufrió un incendio intencionado a principios de abril. Un suceso que según Nierth evidencia el poder de un fenómeno que es “un desafío global de la sociedad”.

“Hay personas que han endurecido sus corazones y se han convertido en racistas modernos”, dice el ex alcalde. “No van directamente contra una raza sino contra una cultura o una religión. Ahora lo dicen abiertamente y sin tantos rodeos. Las encuestas sugieren que estamos hablando de alrededor del 20% de la población”.

Dos nuevos ataques neonazis, esta vez en Berlín, corroboran que el odio sigue ahí, tan grosero como de costumbre. No es generalizado pero tampoco un hecho aislado: las agresiones se triplicaron el año pasado con respecto a 2013, según ha revelado el rotativo liberal Der Tagesspiegel con datos del Gobierno federal. “Es una tendencia creciente en el interior de la democracia. En sus diferentes tonalidades, se está generalizando entre la población y también se extiende por la política, y no sólo en la derecha. Es incluso un fenómeno cultural”, me dice el criminólogo alemán Bernd Wagner, cofundador de Exit Deutschland, la iniciativa que pretende rescatar del extremismo a los fanáticos de derecha.

De la cárcel a los mítines

Los 25.000 manifestantes que sacaron a las calles en la capital de Sajonia los líderes de Pegida a finales de 2014 mermaron hasta el par de miles a principios de este año. Pero las cifras han vuelto a crecer y ya están cerca de los 8.000.

El estudio ‘¿Qué y cómo piensan los manifestantes de Pegida?’, del politólogo de la facultad de Filosofía de la Universidad Técnica de Dresde Werner J. Patzelt, divide a sus seguidores en tres grupos: ‘nacionalistas xenófobos de derecha” (un tercio), ‘bienintencionados preocupados’ (menos de dos tercios) y “bienintencionados indignados” (la décima parte).

El estudio de Patzelt traza el siguiente retrato robot de los seguidores de Pegida: alrededor de 50 años, con un salario ligeramente superior a la media y sin creencia ni afiliación política concreta. Sus líderes personas como Lutz Bachmann, un condenado por 16 robos con violencia que volvió sobre sus pasos en febrero y vuelve a tener el micrófono de Pegida en la mano. O por Kathrin Oertel, la portavoz que huyó de Pegida tras la polémica por el disfraz de Hitler y que ha repetido, espantada con el movimiento que fundó para resarcirse, Democracia Directa para Europa (DDfE).

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Miles de simpatizantes de Pegida se manifiestan en la calle de una ciudad alemana. / PEGIDA

Pegida, AfD, NPD, DDfE, Dügida (en Düsseldolf), Legida (en Leipzig)… Son siglas que confluyen en analizar la inmigración como un grave problema sin procedentes para Alemania. Las cifras oficiales de la Oficina Federal de Migración y Refugiados muestran un ascenso de los solicitantes de asilo que acoge el país en los últimos años: de 28.018 en 2008 a los 202.834 en 2014. Una panorámica más completa desmonta el argumentario de los ultras: el pico se registró en 1992 con 438.191 solicitantes.

El ex regidor de Tröglitz sigue convencido de que la hospitalidad es la mejor de las políticas: “Ya es hora de que los alemanes seamos agradecidos por todo. También por haber podido salir tan bien de nuestro fatídico pasado; ayudar ahora a los demás no nos hace más pobres sino más ricos”.

Un simple ‘clic’

Relegado en Alemania a mercadillos de segunda mano, copias manoseadas y lomos desgastados, Mein Kampf regresa a las librerías y escaparates en un contexto convulso.

El Instituto de Historia Contemporánea (IfZ en sus siglas alemanas) ha tomado la delantera y está preparando una nueva edición comentada de un texto que dejó de estar prohibido en 1979. El beneficio económico parece asegurado: la biblia del nazismo ha sido un éxito de ventas desde 1925. Se estiman unas ventas de más de 50 millones de ejemplares.

El cuidado de esa versión académica no ha apaciguado las dudas. El partido izquierdista Die Linke ha mostrado públicamente su oposición a la reedición. También la comunidad judía. “Se trata de uno de los peores escritos inflamatorios contra los judíos. Construyó la postura ideológica básica que llevó al Holocausto. La obra no merece atención. Es una chapuza de resentimiento y odio. No tiene justificación alguna en una democracia libre”, me dice Charlotte Knobloch, presidenta de la Comunidad de Culto Israelí en Múnich y Alta Baviera.

Hasta ahora se podía leer y difundir Mein Kampf. De acuerdo con la Ley de Derechos de Autor, expira el copyright de la obra, vigilado hasta ahora por el Estado Libre de Baviera, la región al sureste donde el canciller tuvo su última residencia.

¿Tiene sentido censurar un título que se puede conseguir por internet? Knobloch piensa que no: “Soy consciente de que se puede conseguir con un simple clic y en otros lugares. Pero acceder legalmente y en masa tendría un poder simbólico diferente. Claro que confío en el juicio de la gente. Sobre todo porque nuestra sociedad es lo suficientemente madura como para resistirse y poner en su sitio este panfleto. Pero tenemos un problema creciente con el antisemitismo y su difusión no ayuda a revertir la tendencia. Alemania tiene que mantener echado el cerrojo”.

No es una respuesta unánime. De hecho, la comunidad académica se inclina más bien por desmitificar el libro. “No hay ningún peligro. La obra está tan relacionada con el contexto de los años 20 que no imagino cómo la extrema derecha actual puede sacar algo de ahí”, me explica el historiador alemán Sönke Neitzl, que da clases en la London School of Economics.

Miedo al tabú

La revisión bibliográfica en la que trabaja el instituto muniqués tendrá dos tomos y sumará unas 2.000 páginas llenas de comentarios frente a los dos volúmenes y 800 folios del texto original, escrito por Hitler durante su estancia en prisión después del golpe fallido de 1923.

Mein Kampf detalla las líneas ideológicas del nacionalsocialismo, centrado en la “lucha de razas” y con centro en la “Gran Alemania”. El texto incluye numerosas referencias antisemitas y detalles autobiográficos. Como cuando se refería a sí mismo como ‘superhombre’.

Velar por un análisis científico e histórico de la obra y al mismo tiempo controlar su reedición son las motivaciones del IfZ. “Más allá de ofrecer una gran cantidad de información y de contexto histórico, nuestro proyecto quiere establecer normas para futuras ediciones. Sobre todo contra aquellas matizadas ideológicamente por editores de derecha o por especuladores dudosos que quieran ganar dinero rápido”, me dicen indican los responsables de la institución.

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Hitler sostiene un ejemplar de ‘Mein Kampf’ en una viñeta de la revista satírica ‘Témoin’.

“Es bastante absurda la idea de que un lector actual se convierta en neonazi sólo por la lectura de Mein Kampf”, insisten los responsables del IfZ. “Ocurre justo lo contrario: cuanto más se atormente uno con este texto, más pequeño parecerá su autor y su visión cruda del mundo. El peligro es más bien mantenerlo como un tabú, otorgándole un significado místico que no se merece”.

El 30 de abril de 1945 Hitler se suicidó con un disparo en el búnker que le sirvió de guarida durante sus últimos meses. De aquel escondrijo queda sólo un cartel en la esquina de la calle Gertrud Kolmar, una más en el centro de Berlín. Pero la extrema derecha asoma en Alemania siete décadas después.

“Es importante tener miedo”, me recuerda el ex alcalde Nierth. Le pregunto si le ha vencido el racismo. Si los extremistas se han salido con la suya.

“Conmigo no han logrado su objetivo”, asegura. “Mi esposa y yo, junto con un grupo de simpatizantes, seguimos acogiendo calurosamente a los refugiados. A esas personas las apoyan también los políticos importantes, que ahora sí se preocupan por estos temas”.