“Si aún no ha oído hablar del chikunguña, no se preocupe, lo hará”. 
Maryn McKenna en National Geographic

Hace ahora casi un año, el doctor Fernando de la Calle, de la Unidad de Medicina Tropical del Hospital Universitario La Paz, trataba junto a sus compañeros de sacar el ébola del cuerpo de Teresa Romero, subidos todos en un escenario hasta entonces inimaginable. Alrededor de ellos, docenas de micrófonos y cámaras; más allá, controles térmicos en los aeropuertos, alarmas en hospitales de toda España y bastante inquietud, tanto en la población como en el gobierno, pese a que la posibilidad de una epidemia de ébola era -y sigue siendo- muy baja.

La principal lección que nos dejó aquella pequeña, pero trágica, infiltración del virus en nuestras vidas es que ahora las enfermedades infecciosas ya no están confinadas en lejanos reservorios selváticos. Como cuenta ahora el doctor De la Calle, “es el problema de la globalización, que la enfermedad también viaja”.

Aunque las brasas del ébola en África Occidental siguen incandescentes, actualmente hay otros brotes que preocupan especialmente a los epidemiólogos. Uno, el síndrome respiratorio por coronavirus de Oriente Medio o MERS, detectado hace tres años en Arabia Saudí, es hoy, con una mortalidad del 36%, una amenaza en Corea del Sur.

El otro, el virus chikunguña, se identificó hace más de 50 años en Tanzania -de hecho el nombre del virus procede del dialecto makonde, hablado al sur del país, y significa, literalmente, “retorcerse” de dolor- y salvo algunos saltos a Asia, permaneció más o menos estable geográficamente hasta hace una década. Ahora, una epidemia que comenzó en el Caribe a finales de 2013, sigue su curso hacia el sur, donde ha llegado a Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador, y hacia el norte con casos autóctonos en México y Estados Unidos.

En total, más de un millón de personas se han contagiado en los últimos meses de esta “enfermedad del dolor”, raramente letal pero siempre incapacitante y para la que no existe vacuna ni cura. Es además, una muy probable candidata a dar el salto a los países mediterráneos.

Chikunguña en España

De hecho, mientras los focos apuntaban al Instituto Carlos III y a los tres pacientes con ébola que hubo en España el año pasado, 266 personas trajeron el chikunguña a lo largo de 2014 según el Centro Nacional de Epidemiología, una cifra bastante notable comparada con los 475 casos notificados en toda Europa entre 2008 y 2012 (PDF).

La primera víctima fue en marzo, una mujer de la República Dominicana, a donde el virus había llegado en febrero. Un 96% de los 266 procedía de América Latina, principalmente de la citada isla caribeña. Y lo más importante, casi 4 de cada 10 casos se produjeron en Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia y Baleares, zonas de especial riesgo ya que aquí se encuentra el vector de la enfermedad y principal protagonista de esta historia: el Aedes albopictus, también conocido como mosquito tigre.

“No hay que ser alarmista, pero no es descabellado que el chikunguña se instale en Europa, ya que uno de los vectores que transmiten la enfermedad está en toda la cuenca mediterránea”, confirma De la Calle. Además, este mosquito se está extendiendo territorialmente, por todo el levante español pero también hacia el interior, Ebro adentro hasta Aragón. “Además, el virus tiene unas pequeñas mutaciones que lo han hecho más fácil de acceder a ese vector”, dice este epidemiólogo, que estima que “este año estamos otra vez viendo más, bastantes más”.

De un mosquito a otro

El factor fundamental por el que el chikunguña, una enfermedad con un circuito de transmisión parecido al dengue, no ha llamado a nuestra puerta hasta ahora es precisamente el medio de transporte. Durante las últimas décadas, el virus viajaba exclusivamente en el Aedes aegypti, también conocido como el mosquito de la fiebre amarilla. Este vector limitaba la presencia del chikunguña a África y Asia, pero alrededor de 2005 algo cambió.

Una cepa del virus comenzó a detectarse en el Océano Indico, y esta vez la amenaza iba a lomos de un mosquito tigre. La explicación científica más consolidada habla de una mutación, llamada E1 A226V, en una proteína del virus. Esta mutación le permitía adaptarse al mosquito tigre y replicarse más rápido. Este arma permitió al chikunguña extenderse y perpetuarse en climas menos tropicales, donde el ciclo de vida del mosquito es menor.

En 2007, un turista llegado de India provocó un brote de 205 casos autóctonos en Rimini, al norte de Italia y entonces los expertos se preguntaron “¿qué está ocurriendo?”. Luego volvió a ocurrir en Croacia, y más tarde, en Francia, dos veces, en 2010 y 2014.

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Precisamente, un grupo de investigadores franceses dirigidos por Remi Charrel, de la Universidad de Aix-Marsella, publicaron el año pasado un estudio titulado: Globalización del chikunguña: Diez años para invadir el mundo.

Tradicionalmente, la enfermedad ha sido vista como de un riesgo moderado. Tras un periodo de incubación de entre 3 y 7 días, comienza con fiebres muy altas, una súbita erupción cutánea y de repente, un dolor por todo el cuerpo que dura unos 10 días pero puede llegar a cronificarse. “El problema que tiene el chikunguña”, dice el médico del Instituto Carlos III, “es que en un porcentaje no despreciable da muchos problemas articulares a medio plazo, gente joven que se infecta y se pegan dos meses con rodillas o manos muy inflamadas, no pueden trabajar. No es un virus que lo pasas y ya, hay que vigilar esas artralgias”.

Mutación

Lo que descubrieron Charrel y su equipo es que, en el brote caribeño de 2013, comenzaron a verse en la isla de Reunión consecuencias clínicas sin precedentes: fallos respiratorios y hepáticos, meningoencefalitis, descompensación cardiovascular e incluso hepatitis aguda. El chikunguña está mutando hacia formas que lo hacen llegar más lejos y hacer más daño.

“Es como la pólvora, allá donde cae se extiende”, dice De la Calle. En algunas zonas de África, hasta el 80% de la población ha desarrollado anticuerpos, es decir, ha estado expuesto al virus. “No hay que alarmarse, pero es un problema de salud pública que en España hay que tener mucho en cuenta porque, más allá de la inmigración, que ahora es menor, muchísimos españoles van a Latinoamérica de turismo”.

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Afectados en Rep. Dominicana. Foto: WHO

Y además, abre una puerta igualmente inquietante. Si una enfermedad que se transmite como el dengue, y para la que, como el dengue, no existe vacuna ni cura, puede acabar llegando a Europa, ¿por qué no otras como el virus Zika o el propio dengue?

Europa necesita un plan, pero afortunadamente, alguien tiene una buena idea.

Mosquito contra mosquito

Ese alguien es escocés, se llama Luke Alphey y trabaja en el Departamento de Zoología de la Universidad de Oxford. Le encontramos en París, en un lujoso hotel del Boulevard Haussmann, donde ha sido nominado a un premio a Inventor Europeo del Año por crear mosquitos genéticamente modificados para, literalmente, acabar con su especie y frenar la transmisión de enfermedades como el dengue o el chikunguña.

Los mosquitos que transmiten enfermedades son siempre hembra, que buscan la sangre para alimentar a sus crías. Los mosquitos transgénicos de Alphey son machos, y tienen la particularidad de que, al aparearse con esas hembras, generan una descendencia que muere antes de alcanzar la edad adulta. Así, liberados en plena naturaleza, son capaces de arrasar una colonia mientras intentan justo lo contrario. Su Técnica del Insecto Estéril, que vio la luz hace 15 años en un artículo de Science, se encuentra ya en vías de comercialización tras exitosos ensayos en las Islas Caimán, Malasia, Panamá y Brasil.

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Luke Alphey. Foto: EPO

Aunque el concepto mosquito transgénico pueda levantar ciertas suspicacias, para Alphey no hay debate en este punto. “La comida tiene un sitio especial, queremos comida limpia, segura y natural. Pero si pensamos en medicina es al revés, quieres que un hospital reluzca y esté lleno de alta tecnología, lo opuesto a natural”, dice el zoólogo. “Y cuando piensas en ingeniería genética, bueno, millones de personas se inyectan insulina genéticamente modificada cada día. E incluso las vacunas que se ensayan para el dengue consisten en virus genéticamente modificados, y es algo aceptable”.

Pregunta: Señor Alphey, en el arte del apareamiento, ¿se comporta igual un mosquito genéticamente estéril que uno normal? ¿No hay “algo” que le falta y que puede hacerle mostrar menos interés en la hembra que un macho salvaje?

Respuesta: Nos gustaría que fueran lo mismo, pero realísticamente, no van a ser tan buenos. Un mosquito irradiado, al soltarlo en las pruebas de campo, cambia. No son tan buenos, pero son bastante buenos. Y son baratos de producir. Hay espacio de mejora, pero funciona. En los ensayos logramos reducir las poblaciones de mosquito en un 90%.

P: Usted se ha centrado en el dengue, pero en teoría debería servir para todas las enfermedades que el mosquito puede transportar.

R: Así es. Controlar ese mosquito, el Aedes aegypti, permite controlar la fiebre amarilla, el dengue, y la otra enfermedad que transporta, el chikunguña.

P: Pero el chikunguña saltó además al mosquito tigre hace diez años. ¿Su técnica sería válida también en ese otro vector?

R: Sí. En efecto, en Europa continental no tenemos Aedes aegypti por el clima, pero sí Aedes albopictus, mucho más tolerante al frío. Normalmente no es tan buen vector para enfermedades, salvo para esta versión del chikunguña, en la que el mosquito tigre es tan bueno, o incluso mejor, que el mosquito de la fiebre amarilla. Pero de hecho, no sólo podemos poner nuestra tecnología en el albopictus, sino que lo hemos hecho.

Conste que Alphey no ganó finalmente el premio. Pero quizá pueda contentarse con haber hallado la solución para, al menos, un par de enfermedades cuyo número de epidemias mundiales no deja de aumentar, cuyas mutaciones las hacen cada vez más virulentas y que, para más inri, pronto podríamos sufrir en nuestras propias y caucásicas carnes.

No es un mal premio de consolación.