Pablo Heras-Casado dirige sin batuta, dejó el conservatorio a medias y lleva orquestas en Londres, Friburgo o Nueva York porque no hay repertorio que se le resista. Ahora estrena ‘El Público’ en el Teatro Real, una ópera basada en una obra de Lorca. Para él, música es “emoción”, “comunicación” y “trabajo”.

Pablo Heras-Casado empezó en la música desde abajo y por instinto. En su familia nadie toca un instrumento. Pero “con dos años ya hablaba perfectamente e incluso cantaba”, recuerda orgullosa su madre, Carmen. Un poco antes de cumplir los ocho, madre e hijo se apuntaron a un coro de aficionados en su Granada natal. Con el tiempo, Carmen lo acabó dejando y a su hijo le picó el gusanillo por la dirección. Se pasó al otro lado y empezó a guiar a sus amigos a través de la música antigua, el repertorio que lo enamoró desde el principio. Él lo hacía todo. Reunía a los cantantes, buscaba las partituras, hacía la promoción de los conciertos.

Tres décadas después, Pablo Heras-Casado (1977) responde cuando lo llaman “maestro”, ese término solemne que sirve para dirigirse a los directores de orquesta. Pero casi todo el mundo lo llama sencillamente Pablo. También en el Teatro Real.

Desde hace tiempo juega en la primera división de los directores de orquesta y el año pasado fue distinguido como maestro del año por la revista Musical América. En 2007 ganó el prestigioso concurso de dirección musical de Lucerna encandilando a su fundador, Pierre Boulez, uno de los compositores imprescindibles del siglo XX. Desde entonces, su vida ha sido una montaña rusa. Ha dirigido a la Filarmónica y a la Staatskapelle de Berlin, los portaaviones que comandan Simon Rattle y Daniel Barenboim respectivamente. También las principales formaciones de Londres, Chicago, Boston o Múnich.

En septiembre fue nombrado principal director invitado del Teatro Real de Madrid. Lo compagina con el cargo de titular en la orquesta de St. Luke’s en Nueva York. Por la Gran Manzana pasa parte de su presente y quizás de su futuro. En 2013 deslumbró en la Metropolitan Opera de Nueva York dirigiendo Rigoletto de Verdi. Desde que se anunciara el adiós de Alan Gilbert como director de la Filarmónica de Nueva York, el nombre de Pablo ha comenzado a sonar en todas las quinielas. Es “fascinante” y “dinámico”, en palabras de Anthony Tommasini, crítico jefe del New York Times.

Todas las miradas se dirigen hacia él, pero sus ojos azules se concentran en la enorme partitura que descansa en su atril del Teatro Real de Madrid. Viste una camiseta negra de manga corta. No utiliza batuta. Es zurdo y nunca se sintió cómodo con ella. Dirige con autoridad a más de cien músicos con los que el próximo 24 estrenará El Público, una nueva ópera basada en la obra de teatro homónima de otro granadino, Federico García Lorca.

Lorca, flamenco y música contemporánea

Es una de esas obras de I+D, de alta tecnología. La música es contemporánea, compuesta por Mauricio Sotelo, presente en los ensayos. Incluye a tres cantaores, un percusionista y un guitarrista flamencos, que causan sensación entre los miembros de Klangforum, la orquesta recién llegada de Viena y que es, en esta ocasión, la elegida para la obra por su especialización en música contemporánea. Más de un miembro del conjunto saca el móvil para fotografiarlos, pero ellos están más pendientes de su papel que de los curiosos. La música pautada es para ellos una novedad. “No sé muy bien cuándo tengo que entrar”, se lamenta Cañizares, el guitarrista, sobrepasado por los cientos de compases de la partitura.

“No te preocupes, yo te aviso”, le responde Heras-Casado sin convencerlo del todo.

Unos minutos después, Pablo lo mira, le da una entrada clara, señalándolo con el dedo, y el guitarrista entra en el sitio sin mirar la partitura. “¿Lo ves? ¿Ves cómo era fácil?”, ironiza en el descanso con una sonrisa.

“Yo no soy flamenco, pero para mí es un lenguaje materno”, me explica el director unos minutos después durante una larga comida. “Y eso, o más ampliamente sentir la música con naturalidad, es fundamental”.

Pablo Heras-Casado durante un ensayo

Desde hace años, a Heras-Casado le gusta comer en la Taberna Real, desde donde se avista el teatro. Cuando entra, media docena de camareros se le acercan y lo saludan cariñosamente. Se nota que es de la casa. El maestro es de buen comer y le encantan las largas sobremesas. Pide jamón ibérico y unos solomillos fritos con ajos, duda sobre la escarola con foie y enseguida comienza a hablarme de Granada, de sus inicios y de lo emocionante que es no tener una estrategia a medio y largo plazo.

Los caminos de la naturalidad son inescrutables. A muchos, sobre todo a los que quieren seguir sus pasos, les sorprende que Heras-Casado no haya completado sus estudios en el conservatorio. Los dejó a medias, como la licenciatura de Historia del Arte que empezó en Granada. “Me di cuenta de que las clases no me interesaban y que podía hacer más cosas fuera. Otros lo han hecho y les ha ido bien”, señala. “No sé qué títulos tienen Muñoz Molina, Vargas Llosa o Javier Marías. Pero nadie se los pide. Lo importante es trabajar muy duro y lo que al final seas capaz de hacer”.

“Quiero hacerlo todo. ¿Por qué limitarse?”

A otros les sorprende su pasión por la música antigua. Fundamentalmente el Renacimiento y el Barroco, considerados habitualmente un segundo plato de una industria de la música clásica muy centrada en el siglo XIX. Muchos directores y profesionales de prestigio optan además por especializarse en un período o autor concreto. En su caso, ir a la contra es un reclamo. “Nunca me he adscrito a ninguna corriente, nunca me he conformado con ninguna escuela. Quiero hacerlo todo.

Cuando Pablo dice todo, quiere decir todo. Se dedica a la música porque le gusta. Nada más simple. “No hago esto por obligación y podría verme haciendo otra cosa”, advierte para distanciarse de los músicos que exhiben su vocación como una suerte de destino sin escapatoria.

Para directores como Valery Gergiev, al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres y del teatro Mariinsky de San Petersburgo (plazas donde también ha actuado Heras-Casado), la música es el 99% de su tiempo. Para el granadino, según reconocía en una entrevista con la violinista de la Met Yoon Kwon, es un 70%. Y su atención se diversifica enormemente.

Al debutar en 2011 con la Filarmónica de Berlín, el templo de Herbert von Karajan, lo hizo con obras del siglo XX: Luciano Berio y Karol Szymanowski. En el programa de su estreno con la Filarmónica de Nueva York, hogar de Leonard Bernstein o Zubin Mehta, estaban partituras que no fueron escritas hasta bien entrado el siglo XX por Britten, Bartók o Shostakovich. Como contrapunto, además de la música antigua, están conciertos y discos centrados en Verdi, Mendelssohn o Schubert.

“Me encanta ver que hay jóvenes directores como Pablo que se vuelcan en un repertorio tan amplio, desde la música antigua a la contemporánea”, escribe Daniel Barenboim por correo electrónico desde Berlín. “Es una de sus principales virtudes”, coincide en conversación telefónica Katy Clark, presidenta de la orquesta St. Luke’s, donde Heras-Casado es el director titular.

Del Renacimiento a Stravinsky hay un paso

Se podría decir que Heras-Casado empezó en la música clásica por el principio. Juan Ángel Vela del Campo, crítico de música clásica de El País, lo recuerda desde sus tiempos en festivales españoles de música antigua, a los que aportaba “dedicación y frescura”. Según cuenta, tenía toda la lógica porque era el repertorio que tenía más a mano. Pero pronto se atrevió con más. “Hay que reconocerle que le echa valor”, dice. “No le teme a grandes obras como Carmen, La flauta mágica o Rigoletto”.

Según Vela del Campo, la carrera de Heras-Casado dio un salto hasta convertirse en el equivalente a “un chef con tres estrellas Michelín” al ganar el concurso de dirección de Lucerna, con los prestigiosos Pierre Boulez y Péter Eötvös como jurado. En Heras-Casado y Eötvös pensó Boulez para hacerse cargo del festival cuando le faltaron las fuerzas físicas, algo que no pasó inadvertido para ningún ojeador.

Pablo Heras Casado, en un ensayo en el Teatro Real

Para su entorno, es buena señal que Heras-Casado siga siendo un incondicional de la paella, el cocido y las judías con chorizo de su madre y que los prefiera a los platos de los restaurantes más exclusivos. Los éxitos se suceden pero sigue siendo Pablo.

Heras-Casado ve su evolución con naturalidad, sobre todo en lo que se refiere a la música contemporánea. “En el repertorio clásico hay muchos matices, indicaciones escritas de cómo hay que interpretar un pasaje”, dice. “Pero en la música antigua no hay nada. Sólo están la materia, la línea y las cualidades físicas y emocionales que hay que saber extraer. Una vez interiorizas eso, lo puedes aplicar a una sinfonía de Brahms o a un ballet de Stravinsky”.

Los espectadores, por lo general, no son tan versátiles y les cuesta apreciar el repertorio del siglo XX. Donde antes había melodías que se pueden silbar, ahora hay sonidos confusos y desordenados cuyo disfrute requiere una cierta preparación previa. A Heras-Casado esa sensación le crispa. “Cuando alguien dice aquello de ‘la música clásica me gusta pero no la entiendo’, me produce una reacción… ¿Para qué deberías entenderla?”, se pregunta. “¿Quién entiende cómo está hecha una película de cine? ¿Alguien piensa que es poner una cámara y a alguien delante? No. Como el cine, la música tiene sus códigos y son complejos. Pero tampoco entiendes la Quinta Sinfonía de Beethoven, Las Meninas o la basílica de San Pedro en el Vaticano. Nunca llegaremos a comprender intelectualmente lo buenas que son pero estamos muy familiarizados con sus códigos”.

“La música es emoción y destreza”

¿Cómo seduciría a alguien apartado de la música clásica para que escuchase un álbum o fuese a un concierto? “Le hablaría de la emoción y de cómo se puede conectar con ella”, dice sin dudarlo. “También de la destreza que hace falta para interpretarla, claro. Al final, es sólo una cuestión de apertura. De tener los oídos limpios, el corazón abierto y la mente completamente despejada sin buscar referentes a los que agarrarse”.

Por desgracia, en España encuentra un “desinterés y un gran desprestigio hacia el arte desde las instituciones”. Contrasta “con la avidez del público, que sí que busca la música, va a los teatros y llena los festivales”. Según él, el desprecio se concreta en medidas como el llamado IVA cultural: la subida del 8 al 21% el impuesto para entradas de cine, espectáculos o DVD. “Es un despropósito” tras el que se encuentra la pretensión de mercantilizar el arte. “Un museo o una catedral no tienen por qué ser rentables. Se trata de nuestra memoria y nuestra identidad. El arte es la esencia de un pueblo. Con eso no se puede hacer negocio”.

Pero entre el negocio de masas y los clubes de eruditos hay un término medio. Es ahí donde Heras-Casado se reivindica como un “comunicador” y como un “canal” entre el compositor y el público. “Yo no digo que no leo las críticas y por supuesto no vivo al margen del público. Encerrarse en uno mismo no tiene sentido. La obra está escrita ya, no se puede mejorar. Lo que hay que hacer es transmitirla, no permitir que sea inaccesible”. El director granadino es usuario habitual de las redes sociales, acepta una mala crítica como parte del juego y se lleva bien con la prensa: “En el mundo en el que vivimos, un medio de comunicación es un gran altavoz. Que en un periódico o en un teléfono móvil se hable mañana de Bach o de Lorca es también parte de mi misión”.

Pablo Heras-Casado dirige El Público

Correr, bicicleta, bikram yoga

Si Heras-Casado dedica un 70% de su tiempo a la música, ¿a qué dedica el otro 30%? Al maestro le gusta el deporte y se podría decir que está en forma. De pequeño le encantaba jugar al fútbol con sus amigos, cuenta su madre. Ahora corre, monta en bicicleta y desde hace un tiempo se deja seducir por el bikram yoga. Además, ha comenzado a colaborar con Ayuda en Acción, en cuyo beneficio dará un concierto en Madrid. Pero lo único de lo que no puede prescindir es de su Granada y el barrio del Albaicín, donde se ha hecho con una casa tradicional -lo que en Granada se conoce como “un carmen”– que está acabando de restaurar. Allí se escapa siempre que puede precisamente para no perder la perspectiva al subir al atril.

“Mi relación con Granada sigue intacta”, explica. “Conservo los amigos de entonces y la distancia no ha hecho sino refinar las relaciones que ya tenía, hacer que salga la esencia. Me ayuda a mantener los pies en el suelo”.

Lydia Connolly, directora operativa de Harrison Parrot, la agencia de representación de Heras-Casado, lo corrobora. “A lo largo de los años le he escuchado preguntarse si para ser director, para entrar en ese club, debería cambiar su manera de ser y adaptarse a algo. Siempre ha concluido que no y que tenía que seguir siendo él mismo. Eso y mucho trabajo es la clave de su éxito”, me dice por teléfono desde Londres.

Así ha conseguido llegar a ser “el director español más internacional”, cuenta Joan Matabosch, el responsable artístico del Teatro Real, que lo ha fichado como principal director invitado durante las próximas tres temporadas. “Lo queremos porque es el mejor”, resume con entusiasmo. Y él quiere al Real porque lo acerca a Granada y porque es el principal teatro de ópera de España.

“En cualquier sitio puedo sentirme bien si hago música con artistas con los que tengo una conexión. Ésa es mi patria”, dice hacia el final de la comida, regada con cerveza, vino y un par de licores. “No te preocupes, habiendo comido bien, no hay problema”, me tranquiliza antes de un complejo ensayo de tres horas. “A pesar de todo esto, mis raíces, lejos de evaporarse, me salpican cada vez más. Desde San Francisco o desde cualquier otro sitio hablo con mi carpintero o con mi jardinero de Granada. Muchas veces he ido directamente desde el aeropuerto al bar Kiki, en el mirador de San Nicolás, a la taberna La Tana o a Provincias, cerca de la catedral, en el callejón más escondido. Son los bares de siempre y allí están mis amigos, a los que más que hablarles de mis actuaciones, les escucho”.

Allí no cuenta generalmente momentos como el que recuerda Katy Clark, la presidenta de la orquesta de St. Luke’s de Nueva York: “El día de nuestro debut en el Carnegie Hall pensé que no sería capaz de subirse al atril. Arrastraba una gripe horrible durante días y ese día llamamos al médico, temblando por él y por el concierto. No sé cómo lo hizo pero al salir del escenario su enfermedad se evaporó. Fue un concierto impresionante”.

A mediados de marzo, al terminar las funciones de El Público en Madrid, Heras-Casado se va de gira con la orquesta barroca de Friburgo, con la que pronto grabará en España dos sinfonías de Mendelssohn. El futuro da vértigo. Ya tiene proyectos apalabrados “para 2021 y 2022”, reconoce. Los elige pensando en repertorios distintos en una relación con las orquestas que dirige. En ellas valora lo mismo que en sí mismo: “Que les guste arriesgar y sean flexibles”.

Por eso, ante la pregunta de si la vida o la inercia le han ido llevando hacia las entrañas de la música, la respuesta es tajante: “No, la vida no. Yo he ido llevando a la vida paso a paso, pero sin pensar más de la cuenta en las consecuencias”. Heras-Casado, o Pablo, apura el licorcito, se despide de los camareros y pone rumbo a la sala de ensayo.

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