Aprendió a programar con 11 años, con 12 diseñó su primer sistema operativo y con 15 ganó su primer premio en Berlín. El ‘hacker’ Luis Iván Cuende ni siquiera tiene 20 años pero ya ha conocido el fracaso y ha escrito un libro contra el sistema educativo. Ahora prepara una herramienta para ‘jubilar’ a los notarios.

¿Quién es Luis Iván Cuende?  ¿El hacker más joven de España? ¿El niño empresario o el anarquista convencido? ¿El chico de oro que sale en los periódicos y en la tele? Está a punto de lanzar su nuevo proyecto. Pero muchos lo conocen por el libro Tengo 18 años y ni estudio ni trabajo (2014), que incluye una crítica despiadada del sistema educativo y que le ha dado cierta notoriedad.

Luis vive en un estudio minúsculo pegado al parque del Retiro de Madrid. Las reuniones con sus socios las hace en una oficina alquilada, pero el resto del tiempo trabaja sin compañía en este lugar. Abre la puerta en chándal y sin zapatos. En el piso se percibe orden pero huele un poco a cerrado. En una mesa no muy grande, alejada de la ventana, hay dos ordenadores encendidos: uno portátil y otro de sobremesa.

Le sorprendo mientras trabaja en su nuevo proyecto. Se llama Stampery, es un sistema de certificación de mensajes que está basado en la tecnología de la moneda virtual Bitcoin y es capaz de certificar sin errores la propiedad de un documento y su hora exacta de envío. Si Stampery tuviera éxito, podría jubilar forzosamente a los notarios. O al menos así lo cree Luis, que espera lanzarlo en los próximos días y piensa en un mercado global.

Programar con 11 años

Luis Iván Cuende nació el 26 de septiembre de 1995 y tocó su primera tecla con apenas tres años. Pero no se enganchó a la programación hasta cumplir los 11. “Fue entonces cuando descubrí el software libre y la filosofía que tiene detrás”, explica. “Al principio no le veía el valor diferencial. Luego me di cuenta de que personas como yo podían descargar esos programas y utilizarlos”.

Se declara autodidacta. Asegura que todo lo aprendió en la Red y sin ayuda de su padre, que es informático. “Mi padre es mi padre, no mi mentor”, dice. “No me enseñó casi nada de lo que sé ahora, pero es importante porque me dio libertad”.

Los padres de Luis se llaman Luis Miguel y Camino y viven separados: ella en Oviedo y él en Madrid. Al nacer Luis, sus hermanas tenían nueve y 10 años. Fue educado con “sinceridad, libertad y muchísimo amor” según dice su padre, que define a su hijo como trabajador y pasional: “Nació en una época en la que tanto su madre como yo teníamos una gran madurez”.

La descripción la completa su madre, maestra en Asturias: “Luis sabe lo que quiere y tiene una personalidad muy firme. De chiquitín ya era distinto de los demás. No recuerdo haber tenido que regañarle nunca ni darle un azote. Todo era razonado al tratar con él”.

El éxito y el fracaso

El joven Luis se dio a conocer por medio de Asturix: un sistema operativo sencillo que aspiraba a competir con los omnipresentes Windows y MacOS. “Se trataba de desarrollar algo que hasta mi madre pudiera utilizar”, explica el hacker.

Asturix arrancó cuando Luis apenas tenía 12 años y sus primeras versiones tuvieron una cierta repercusión en Rusia y en Latinoamérica. Entre sus logros más notables, introdujo el reconocimiento facial como contraseña un año antes de que Google lo incluyera en Android.

El certamen HackNow coronó a Luis en 2011 como el mejor programador europeo menor de 18 años. Apenas tenía 15 y recogió el galardón en Berlín, donde habló en público por primera vez ante una audiencia asombrada por su juventud.

Entrevista a Luis Iván Cuende. ©Dani Pozo

Luego vinieron la vorágine y los eventos. Luis fue nombrado asesor de Neelie Kroes, entonces vicepresidenta de la Comisión Europea y responsable de la Agenda Digital.

Muchos creyeron que el joven genio asturiano se comería el mundo pero varios detalles le devolvieron a la tierra: el fracaso de su proyecto Holalabs (un escritorio web), el desarrollo de Cardwee en vía muerta (una forma de llevar las tarjetas de fidelización al móvil que no llegó a lanzar comercialmente) y un buen bofetón de su mejor amiga. “Me lo dio con la mano abierta, de esas que te bajan los humos”, recuerda Luis en su estudio madrileño.

“Tuve problemas a los 15 y 16 años porque se me subió el éxito a la cabeza”, admite durante la conversación. “Eres joven, estás en el colegio y la gente te ve en la tele… Me metí una hostia bastante fuerte. Pero creo que he aprendido bastante de esa época. Perdí amigos porque me encerraba en casa a trabajar. Pensaba que eso era lo más importante y que los demás no eran lo suficientemente guays como para dedicarles mi tiempo. Luego uno aprende que no tiene nada que ver y que hay que aprender a disfrutar de tus amigos y de tu trabajo”.

Abajo las normas

Luis es una persona con algunas contradicciones. Se declara anarquista pero es bastante ordenado. Es un hacker idealista, casi antisistema, pero ha creado varias empresas y tiene muchos proyectos en su cabeza. Se confiesa caótico pero mantiene una cierta disciplina en su trabajo. Sus respuestas rápidas son comprometidas. Le gusta ‘mojarse’ y disfruta con el debate.

Al joven asturiano no le gustan las normas: “Sobre todo las del Estado, que se pasa un montón con imponer”, argumenta. “Los estados tienen gente con armas y por eso se creen que pueden imponer lo que les dé la gana a los ciudadanos. ¿Por qué obligas a una persona que casualmente ha nacido en un país determinado a pagar impuestos? ¿Y si quiere vivir sin un Estado?”.

Entrevista a Luis Iván Cuende.©Dani Pozo

Luis cree que el mundo puede cambiar de forma revolucionaria gracias a dos avances: Internet y Bitcoin. “He leído mucho sobre ello”, dice. “Yo soy anarquista y el anarquismo es sostenible. Bitcoin es un sistema que lo ha hecho posible. De hecho ya hay pequeñas colonias que lo llevan a cabo”.

Sus ejemplos

Algunos de los referentes de Luis son grandes nombres de Internet y del software libre como Elon Musk, creador de PayPal, los coches eléctricos de Tesla Motors y SpaceX e impulsor de SolarCity entre otros proyectos. También Richard Stallman (padre del software libre), John Maddog Hall (presidente de la ONG Linux International) o Egor Homakov, un joven informático ruso que decidió viajar por el mundo con 18 años y al final terminó viviendo en Hong Kong.

Luis admira a personajes que han pagado un precio altísimo por sus acciones: Julian Assange, Edward Snowden o Bradley Manning. “Me parecen ejemplos vivos de que una idea vale más que un montón de problemas o de vidas”, dice. “Vale la pena defender un ideal o una forma de cambiar las cosas”.

Esas ganas de cambiar el mundo pasan irremediablemente por Internet. Pero Luis es consciente de que la Red implica control de los gobiernos. “Vivimos rodeados de pantallas en las que te anuncian todo lo que queremos comprar”, dice el asturiano. “Internet también funciona así. Google o Amazon envían anuncios de lo que quieres comprar porque lo saben casi antes que tú”.

Lo que le da miedo es lo que puede pasar en unos años: “Por ejemplo, cuando los ordenadores sean lo suficientemente potentes como para analizar todos los datos de todas las cámaras del mundo. ¿Qué ocurrirá cuando la NSA tenga ese poder? Sabemos que están guardando toda la información y el tráfico del planeta. ¿Qué pasará cuando tengan un ordenador cuántico que pueda procesar toda esa información? ¿O cuando desarrollen un algoritmo para localizar a cualquier persona usando las cámaras que hay en todo el mundo? Eso va a ir a más”.

Precisamente por eso la revolución de Luis no termina en Internet. “Tenemos que salir a la calle”, proclama. “Tiene que haber una revolución offline. Lo que está online lo controlan los gobiernos. ¿Cómo vas a rebelarte en un medio que controlan las instituciones contra las que tienes que luchar? No sé muy bien cómo lo haremos. Pero acabaremos haciendo la revolución o terminaremos robotizados”.

La buena educación

Una constante en el discurso de Luis es su crítica al sistema educativo español, que define en una palabra: “Adoctrinamiento”. Lo dice mientras me enseña entre risas un ‘tuit’ en el que se recoge el temario de la asignatura de Religión que aparece en el BOE: “Criterios de evaluación. 2. Reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí mismo la felicidad”.

Luis dedica más de un capítulo de su libro a criticar la educación reglada. Odia especialmente la sintaxis -“esa extraña forma de subrayar palabras categorizándolas, tan útil para el día a día”- y (sorpresa) las matemáticas: “¿Para qué sirve todo lo que se enseña en las clases de matemáticas? Siempre te dicen que para programar necesitas muchas matemáticas y yo no tengo ni idea más allá de sumar, restar o multiplicar… Yo programar lo veo como un arte. Hay gente que lo ve como una ingeniería. Pero creo que depende de lo que quieras hacer en la vida. Uno sólo necesita las matemáticas si trabaja en un tipo de software muy concreto. Nos dicen muchas mentiras y al final te das cuenta de que ni siquiera se necesitan ingenieros”.

Al alcanzar la mayoría de edad, Luis decidió no estudiar ninguna carrera. “Mi madre me ponía trabas con todo este asunto, lo veía un poco más extraño”, confiesa. “Al final lo ha entendido, creo que por una cuestión de necesidad”. Camino aún se resiste un poco: “A mí me hubiera gustado que fuera a la universidad. No tanto por el título sino por la experiencia que supone estar con los demás”.

Entrevista a Luis Iván Cuende. ©Dani Pozo

Luis propone tres ideas para mejorar el sistema educativo. La primera, que sean los alumnos quienes se encarguen de transmitir el conocimiento y que el profesor sea una especie de tutor o guía. La segunda, no dedicar tanto tiempo a la teoría y dedicar más tiempo al aprendizaje práctico. La tercera, eliminar del temario lo que no sea útil. “No me refiero a la utilidad profesional porque la filosofía es importante”, explica Luis, que cita en su libro a Albert Einstein: “¿Para qué memorizar lo que ya está escrito en los libros?”.

Luis creció en pleno boom de los videojuegos pero no le interesan demasiado. “Me gusta jugar en el mundo real, no en el virtual”, dice. “Es algo que me viene bien ahora. Si no, estaría todo al día delante del ordenador. Cuando descanso, prefiero olvidarme de las pantallas y quedar con amigos”.

El fin del niño prodigio

Escuchar las ideas y opiniones de Luis resulta chocante a la luz de su aspecto de adolescente. A uno le cuesta trabajo recordar sus siete años de experiencia como empresario y la evidencia de que este joven de 19 años ya no es un niño prodigio.

En esta nueva etapa su juventud será menos importante que sus proyectos. “El problema que detecto tiene que ver con mi forma de trabajar”, dice. “Soy mucho de empezar proyectos y no terminarlos o no sacarlos. Me ha pasado ya con tres iniciativas. Si te pasa eso varias veces, empiezas a perder credibilidad”.

España no es América. Aquí el fracaso no se perdona. Y Luis sigue pensando que la envidia es el deporte nacional. “Es acojonante”, enfatiza. “He tenido haters [personas que le odian] que dicen que mi padre es millonario y me fastidia mucho porque vengo de una familia bastante humilde, de Asturias. Uno de mis abuelos era minero y el otro, agricultor”.

Luis no entiende esas actitudes: “El mundo como un lugar lleno de oportunidades. No entiendo cómo hay personas que se quedan en su burbuja mental, en compadecerse de sí mismas y en poner excusas. Eso es la envidia: no alegrarte de que a alguien le vaya bien. Si a una persona le va bien, es más probable que nos vaya bien a todos”.

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El joven asturiano mantiene una relación con una chica desde hace menos de un mes. Ella se llama Celia de la Hoz, tiene 19 años y estudia Relaciones Internacionales.

El flechazo surgió cuando Celia coordinaba las entrevistas de Luis en un evento reciente. Ahora está de exámenes pero atiende mi llamada. “Yo también tengo las cosas muy claras y es un punto de partida muy enriquecedor”, explica con voz amable. “Muchas veces me he preguntado si estaré a su altura porque Luis ha hecho cosas grandiosas para la edad que tiene. Pero yo también he hecho lo mío”, dice entre risas.

Jorge Izquierdo es uno de los mejores amigos de Luis. Es otro joven prodigio: con 14 años creó su primera aplicación y con 16, su primera empresa. Luis y él fueron socios en Cardwee.

¿Cómo es trabajar con Luis? “Es un tío muy brillante y siempre tiene unas ideas bastante claras”, dice Jorge, que añade que puede llegar a ser muy caótico: “Trabaja de un modo intermitente. En una semana hace el trabajo que a mí me lleva un mes y medio y luego se tira un mes sin hacer mucho aunque suele respetar los plazos”.

Luis y Jorge dejaron de ser socios pero no perdieron la amistad. “Yo también soy muy inflexible y discutíamos mucho”, dice Jorge. “Luis es un tío que tiene las ideas muy claras pero es muy pasional”.

Hay una anécdota que refleja muy bien ese carácter impulsivo. Luis viajó a El Salvador en diciembre para dar una conferencia. Tenía previsto pasar una semana en el país. Pero el día que debía coger el avión de vuelta unos amigos le convencieron para ir a la playa. Al final se quedó allí casi un mes sin decírselo a nadie. Volvió a España en Nochebuena para cenar con su familia.

¿Entonces quién es Luis Iván Cuende? ¿El joven empresario o el anarquista convencido? ¿El caótico o el disciplinado? En palabras de su padre informático, alguien que “tiene una visión cenital de las cosas que le da una gran ventaja”. Luis se cuestiona lo establecido. Tiene ideas propias y madera de líder. En sus oídos resuena el consejo de su padre: “Que elija siempre su futuro, que no se deje influir, que siga apostando por lo que cree y que se emplee a fondo para conseguirlo. Pero siempre con humildad, humildad, humildad”. También el de su madre: “Que sea sobre todo buena persona”.