Guadalupe Sabio forma parte de un club que ha ido encogiendo por la crisis: es española, tiene una formación brillante y hace ciencia en su país. Durante años trabajó en Escocia y Massachusetts. Ahora investiga la relación entre unas proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes o el cáncer. Algunos la ven como un milagro o un ejemplo. Para la mayoría es una desconocida.

Si la ciencia está en deuda con la imaginación de los investigadores, Guadalupe Sabio lo está con la curiosidad que de niña la llevó a coleccionar minerales. Aún recuerda con cierta nostalgia la caja de piedras que compartía con su hermana. También los veranos en el laboratorio del instituto de Badajoz donde su padre daba clase de Química. Ahí empezó a hacerse preguntas. Muchas. Diferentes. Sin buscar nada más que una respuesta a los acertijos que acabarían rigiendo su vida.

Hoy, Guadalupe, o Guada para los más cercanos, lidera a una decena de personas en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), que dirige Valentín Fuster. Estudia la relación entre un tipo de proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes, el cáncer hepático y el fallo cardíaco.

Sin pretenderlo, ha acabado ingresando en un club tristemente selecto. Es una joven investigadora española, tiene una formación muy brillante y hace ciencia en su país, donde vive con su marido y sus tres hijos.

Para algunos es un milagro. Para otros, un ejemplo. Para la mayoría, Guadalupe Sabio es una desconocida.

Las proteínas que estudia, llamadas quinasas, pueden modificar moléculas provocando reacciones en las células. Comprender cómo se producen esas reacciones y qué hay que hacer para conseguirlas es el eslabón de una cadena que podría terminar con la fabricación de la pastilla fiable contra la obesidad o dar pasos de gigante para prevenir y tratar la diabetes tipo II, los tumores en el hígado y los trastornos cardiovasculares.

El entorno de Guadalupe explica con entusiasmo el potencial de las investigaciones, para las que cuenta en Madrid con su equipo, un laboratorio y una plantilla de sufridos ratones ajenos a su protagonismo en el progreso de la ciencia. Valentín Fuster asegura que se trata de un “campo crucial” que a menudo se trata con superficialidad: “Es fácil hablar de la obesidad, pero no tanto de sus aspectos genéticos, en los que se pueden lograr grandes avances”.

“Hace 100 años, la gente se moría de gripe, de tétanos, de tuberculosis o de sarampión. Hoy, en una sociedad como la nuestra, es impensable gracias a todos los avances logrados. Hace 30 años, el sida era mortal y la ciencia ha hecho de él una enfermedad crónica”, explica Miguel López, que dirige su propio grupo de investigación en la Universidad de Santiago de Compostela y que colabora con Sabio, a quien conoce desde hace años.

Según López, la obesidad es ahora un desafío comparable y más profundo. Una epidemia a menudo menospreciada pero directamente relacionada con el cáncer, la diabetes o los problemas de corazón, que es lo que investiga Sabio.

Guadalupe Sabio, con su equipo en su laboratorio del CNIC

Guadalupe Sabio, con su equipo en su laboratorio del CNIC

En un restaurante italiano que no frecuenta (suele comer un poco antes de la una en la cantina del CNIC), Guadalupe evita cualquier atisbo de grandilocuencia. Huye de ese discurso. Por prudencia e higiene mental.

“Si llegas a la ciencia con la esperanza de curar el cáncer o la diabetes, o eres un genio o la frustración es enorme”, explica. Nació en Badajoz hace 37 años. Conserva el acento, que acompaña a sus explicaciones ante un contundente plato de pappardelle. “No soy como Douglas Melton, que cambió toda su línea de investigación cuando descubrió que su hijo tenía diabetes tipo 1”.

Melton, copresidente del departamento de células madre de Harvard, puso su carrera patas arriba cuando a su hijo Sam, de seis meses, le fue diagnosticada la enfermedad que luego aparecería en Emma, otra de sus hijas, a la edad de 14 años. Desde entonces, vive por y para la la lucha contra la diabetes. “Pensar que cada minuto cuenta, que tu familia puede verse beneficiada por tus avances es una presión que nunca me he podido imponer”, admite. Respeta el heroísmo como leitmotiv de algunos investigadores pero a ella no le va.

“Un pasito adelante y un pasito atrás”

En la ciencia todo camina más lento de lo que parece desde fuera. Lo sabe bien Angelines, la abuela de Guadalupe, que a sus 83 años disfruta al escuchar a su nieta hablar de su trabajo. “Yo no entiendo ni papa, pero me da igual. Me encanta”, confiesa. “Siempre supe que era un genio, pero además ahora lo dice gente muy importante”. La lista de reconocimientos es enorme: premio fin de carrera, premio extraordinario de doctorado, premio L’Oreal-Unesco para la financiación y el impulso a las mujeres científicas y premio Impulsa de la Fundación Príncipe de Girona, que recogió de manos del hoy rey Felipe, como puede verse en un dibujo colgado en su despacho.

“Lo mío es un pasito adelante y un pasito atrás”, asegura para quitar hierro a sus galardones. Los días en que le sale bien uno de sus experimentos con los ratones se va a casa “con una sensación espectacular”. Los días que salen mal le cambia el carácter. Entre un sentimiento y otro transcurre su vida, salpicada también de artículos en revistas científicas, patentes de sus avances y congresos como el que estos días la ha llevado a Argentina.

“En realidad, siempre he tenido mucho respeto a meter la pata”, dice. Aunque le gustaba la química, como a su padre, y también la medicina, optó por Veterinaria y se fue a Cáceres, donde está el campus de la Universidad de Extremadura.

Su despacho, lleno de dibujos y fotos, la mayoría de sus tres hijos.

Su despacho, lleno de dibujos y fotos, la mayoría de sus tres hijos.

“En primero hice prácticas en una clínica y en algún momento me dije: no. No soy capaz de que por una decisión mía se vaya a morir el perro de alguien, por ejemplo. Veía que en veterinaria, más aún que en medicina, donde hay muchos más medios, se tomaban decisiones sin saber seguro, por intuición. El veterinario decía: “Es esto” y yo me decía: “¡Pero si no lo sabe!”. Esa manera de trabajar nunca me convenció. En segundo me apunté al laboratorio de bioquímica. Me encantó. Descubrí que podía hacerme una pregunta y buscar una respuesta hasta encontrarla de verdad”, recuerda.

En el laboratorio descubrió más pasiones que las de la bioquímica. Se enamoró de Alfonso Mora, tres años mayor, que ya había acabado la carrera y preparaba su doctorado. Francisco Centeno, el profesor que estaba al cargo y que acabaría dirigiendo la tesis de Sabio, los recuerda jocosamente como “dos ratitas de laboratorio”. Desde entonces casi no se han separado.

Centeno recuerda que su alumna, para la que hoy trabaja como orgulloso colaborador, destacó desde el primer día porque “era observadora, mostraba interés y tenía una enorme capacidad de trabajo. Me sigue fascinando cómo organiza su tiempo y cómo es capaz de hacer ella sola el trabajo para el que los demás necesitaríamos un equipo. Aunque siguió una vía habitual, con un doctorado para seguir trabajando en un área que le interesaba, lo que es muy poco común es el impacto y los resultados de su trabajo”. Años más tarde, eminencias de la investigación como Fuster acabarían corroborando esa percepción.

De Cáceres a Massachusetts

Desde Cáceres, Sabio siguió los pasos de su marido hasta Dundee, en Escocia, y se enroló en un centro especializado donde logró avances en la descripción de dos quinasas clave. Después, ante la dificultad de continuar trabajando en Europa sin separarse, se fueron cuatro años a Massachusetts, donde Guadalupe comenzó a trabajar junto a otro reconocido bioquímico, Roger Davis, en el Instituo Médico Howard Hughes.

“En los grandes centros de EEUU tienen tantos medios que pueden permitir soltar a un científico en un laboratorio sin asignarle una tarea concreta durante meses”, explica. “Luego comprendí que es una buena manera de probarlos antes de asignarles un gran proyecto”. Ella, que quería investigar sobre el cáncer, fue flexible para adaptarse al proyecto sobre diabetes que le fue encomendado.

De EEUU destaca, además de la excelencia en algunos centros, la percepción de que “si eres científico eres alguien importante”. “Eso tenemos que aprenderlo aquí”, dice. “Cuando una vecina descubrió que éramos PhD [el equivalente al doctorado en España], se quedó alucinada y le pareció algo extraordinario, algo que contar a sus amistades. Si aquí dices que eres doctor, te confunden con un médico. Eso, con suerte”.

El laboratorio de Guadalupe Sabiio

“Es el reflejo de un país que cree que los científicos no trabajan encerrados en sí mismos sino al servicio de la sociedad. Esa percepción hace que los investigadores también se relacionen más entre ellos, hablen de ciencia fuera del trabajo, coincidan más”, dice. Guadalupe todavía recuerda cuando fue a una de las reuniones de premios Nobel que se celebra en Lindau (Alemania) y en la que los galardonados explican sobre cómo llegaron al descubrimiento que mereció el galardón o sobre aspectos más personales. “Uno de ellos nos empezó a contar un encuentro casual con un colega en un estadio de fútbol. Empezaron a hablar y descubrieron que estaban investigando sobre aspectos muy similares pero desde puntos de vista distintos. Eso no te pasaría nunca en España”, lamenta.

En 2008, la pareja de investigadores dejó EEUU, donde habían nacido dos de sus tres hijos, para instalarse en Madrid. A la madre de Guadalupe le detectaron un cáncer en el cerebro que fue apagando su vida. La joven investigadora tenía entonces 30 años y perdió de golpe la sonrisa mientras veía cómo su madre moría sin que la ciencia hubiera encontrado una cura para su tumor.

Fue uno de los momentos más difíciles de su vida pero se centró en la ciencia. Consiguió financiación a través del programa Ramón y Cajal, que promueve la contratación de jóvenes investigadores, y siguió su camino, primero en el Centro Nacional de Biotecnología (CNB) y luego en el CNIC.

Sabio llegó a España justo cuando se acababa la era de la abundancia. Después llegó la depresión que ha llevado a situaciones límite a buques insignia de la ciencia española como el Consejo Superior de Investigacionces Científicas (CSIC). Reducción de la financiación, congelación de los nuevos contratos y exilio de miles de investigadores. “Justo en el momento en el que más se necesita”, dice Sabio. “Justo cuando otros países, en plena crisis, están incrementando su inversión en ciencia”.

“La mejor gente del país no tiene salida”

“Apenas empieza a haber una tradición científica consolidada”, dice la científica sobre España. “Todavía depende mucho más de vaivenes políticos que de la voluntad de la sociedad. Cuando vas al médico y te da una pastilla que te cura, es más fácil interpretar que te ha curado el médico que acordarte del esfuerzo científico que hay antes de ese momento y esto es una carrera. Habrá países donde se produzca un valor añadido y vivan mejor y otros donde trabajemos mucho sin generarlo”, advierte.

El Gobierno lo considera una positiva “movilidad internacional”. Pero Guadalupe lo ve como una “fuga de cerebros” en toda regla. “La mejor gente del país no tiene salida en España”, explica. “Da igual lo bueno que seas, lo formado que estés, lo importante que sea tu trabajo. La sensación de que no hay nada que puedas hacer y que acabarás en la calle es demoledora”.

Todos los investigadores cuyo testimonio está presente en este artículo coinciden en que trabajar en el extranjero no sólo es bueno sino que es fundamental. “No se trata de una fuga de cerebros sino de airear el cerebro y formarse”, advierte muy serio Valentín Fuster, que exhibe una larga trayectoria internacional. Pero “el problema no es irte sino que no tengas dónde volver, que tu país no te pueda recuperar”, dice Sabio. Francisco Centeno, su director de tesis, lo define como “un billete sólo de ida”.

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Muchos investigadores ni siquiera se plantean salir ante la imposibilidad de volver. Dejan la ciencia y se dedican a otra cosa ante el coste personal del billete sin retorno.

Es ahí donde, según Centeno, se está rompiendo el equilibrio que ha permitido a España prosperar desde la Transición, el período en el que nació Guadalupe. “Ella es el fruto de un Estado en el que si eres bueno puedes confiar en que vas a prosperar”. Pero esa imagen, acaso una versión europea del sueño americano, se ha emborronado demasiado.

¿El futuro? “Se sabe que los obesos tienen más posibilidades de tener cáncer hepático pero no por qué. Estamos viendo cómo el metabolismo puede controlar en el cáncer. Cómo un adipocito [una célula con contenido graso] puede llegar a segregar sustancias que afectan al hígado. Sabemos que si modificamos los adipocitos de un ratón podemos llegar a proteger a ese ratón del cáncer. Pero no sabemos cómo ni por qué. Es uno de los proyectos más difíciles del laboratorio pero a mí me entusiasma”.

Guadalupe se siente una privilegiada y agradece al CNIC haberle dotado de “medios que me permiten hacer casi cualquier cosa que quiera”. Pero el año que viene, tras cinco años en la casa, llegará la evaluación de su programa. De ese examen depende la renovación de su contrato y es un buen momento para hacer balance.

Sabio tiene una cosa clara: “En el momento en que en España no pueda hacer ciencia, me iré”. Es serenamente consciente de que a las investigaciones que está haciendo ahora les faltan años hasta desembocar en el éxtasis del descubrimiento probado y aplicable. Acepta que serán probablemente otros los que den los siguientes pasos, los que acaben realizando los costosísimos ensayos clínicos que puedan cambiar la vida de millones de personas.

Sin embargo, Miguel López, su colaborador, cree que “lo mejor para ella está por venir porque es rigurosa, seria y brillante”. Angelines, su abuela, no puede evitar echarse a reír. Estas navidades su marido le regaló a sus nietos una caja nueva de minerales.