Todo dependerá de los catalanes

Los apologetas del españolismo ibérico y catalán afirmaron pomposamente durante lustros que no se podría tomar en serio al secesionismo: aquel ideario que para muchos, entre ellos ilustres catalanistas, no era nada más que un subproducto de la Cataluña payesa y de la testosterona rural hasta que el Parlament no contó con una mayoría de diputados favorables a la independencia con la conversión del nacionalismo moderado a lo que apocalípticos y cursis denominan el desafío al Estado.

Las elecciones del 27S y la más que probable mayoría inequívocamente secesionista en la cámara de representación catalana no sólo sitúan en el centro de la política española una realidad que muchos concebían como mera ciencia-ficción sino que confirman la cuestión secesionista como un fenómeno hegemónico en Cataluña. En el templo de la democracia, donde la única verdad reside en la suma de voluntades individuales, el independentismo no es ya una opción extremista ni radical: los independentistas seremos centro y mayoría.

Contrariamente, los partidos españoles con sucursales en Cataluña han reaccionado a la preeminencia del independentismo con una ridícula e improductiva apuesta por la radicalidad, cayendo de esta guisa en todos los tópicos fraudulentos que pretendían combatir. Ahí tienen por ejemplo a nuestro amiguito Pablo Iglesias con su vuelta al lenguaje del etnicismo guerrista, apelando a algo tan poco new politics como el origen y los apellidos de los votantes, como si no existiesen obreros extremeños o andaluces independentistas.

Admiren también al pintoresco Xavier García Albiol, un personaje que acusa al nacionalismo de repartir carnés de catalanidad cuando ha sido uno de los únicos políticos de Europa que ha tenido la desfachatez de referirse a la inmigración como una basura que debe limpiarse. Mientras Miquel Iceta practica el arte del bailoteo ante la atónita mirada de Pedro Sánchez (no sabemos si de alucine por la gestualidad alocada del tipo o por la sangría de votos que adelgaza al PSC), la influencia del PP y del PSOE en la política catalana va esfumándose hasta caer en la más estricta marginalidad.

Resulta curioso que el único foco de resistencia del unionismo en Cataluña lo protagonice un partido como Ciutadans, formación que nació como látigo a la inmersión lingüística y que ha ido modulando su programa electoral según sopla el viento (si tienen tiempo y paciencia, consulten qué se decía sobre la inmigración en los primeros programas electorales de Albert Rivera y verán cómo las fronteras abiertas del progresismo han acabado en murallas llenas de alfileres). Que el líder de Ciutadans haya abandonado su querida tierra natal para dejarla en manos de una centinela les dará una idea de lo prioritaria que es Cataluña para el hombre que negaría la independencia aunque ésta fuera defendida por el 90% de los catalanes. Rivera es un hombre de convicciones férreas: lo que piensen los ciudadanos catalanes, aunque sea por unanimidad, le trae sin cuidado. Como diría la broma hegeliana, cuando la realidad no se subsume a tus postulados, el problema no recae en tu mirada sino en la testarudez de los hechos.

Ciudadanos puede tener un resultado fantástico en Cataluña. Pero la formación de Rivera sólo ha encontrado calor mediático (y monetario) por su oposición al independentismo y ha sido jaleada por los poderes fácticos únicamente por  su prelavado de imagen a las corruptelas del bipartidismo. En una o dos legislaturas, cuando los capataces del ÍBEX 35 ya no le necesiten y vuelvan a confiar en el binomio PP-PSOE, Rivera va a volver a pasearse desnudo por el mundo y podrá acompañar a Rosa Díez en su residencia de elefantes. Si el Parlament que salga del 27S obtiene una mayoría suficiente con la única oposición de los ilustres enemigos que acabo de relatar, la aceleración del proceso recaerá entera y estrictamente en la pericia de las fuerzas independentistas. Por voluntad expresa de la ciudadanía y por primera vez en la historia de Cataluña, las decisiones que tomen sus políticos serán producto de su entera responsabilidad y valentía, sin ningún ápice de sucursalismo. El independentismo, como la Ilustración, se basa en normalizar la mayoría de edad de los ciudadanos.

Desde el inicio del llamado Procés (una analogía literaria horrenda, dicho sea de paso), la idea rectora del independentismo ha consistido en concebir a los catalanes como sujetos de acción libre, sin ataduras. Entiendo que quienes habían vivido acostumbrados a que pidiéramos permiso para existir y a decir que todos los catalanistas que se habían forrado a base de distribuirse las migajas del sistema autonómico estén notoriamente atemorizados y teman por su sueldazo. Sólo así se entiende que nos acusen de nazis (en los años 30 éramos judíos o masones, mire usted por dónde) o de norcoreanos y de totalitarios por el simple hecho de urdir manifestaciones en las que gentes de ideologías plurales gritan con una sola voz algo tan simple como que aquello que consideran su país se convierta en un estado. Lo que hoy es un radicalismo del lenguaje va a transformarse en una política activa del miedo que tendrá a funcionarios públicos y pensionistas como foco central. El Gobierno no inhabilitará a Mas ni enviará tanques a la Diagonal, pero amedrentará a los trabajadores públicos jugando con su sueldo y su tranquilidad existencial.

El primer estadio de la secesión catalana puede acontecer el 27S  en forma de mayoría parlamentaria, pero su consolidación definitiva dependerá de la resistencia de los ciudadanos de Cataluña ante la amenaza de la burocracia española y de la pericia de los políticos de Junts pel Sí y de la CUP para fomentar un clima de normalidad y erigir las estructuras básicas de un estado catalán (en especial su Hacienda) con suma rapidez. Esto no ha hecho nada más que empezar. Disfruten, mientras puedan, del silencio inmediatamente anterior a la contienda. Y que gane el que más resista hasta el último asalto. Como siempre.