Soledad Cazorla, fiscal de vocación

El magistrado del Tribunal Supremo Cándido Conde-Pumpido Tourón, ex Fiscal General del Estado, escribe sobre la Fiscal de Sala de Violencia contra la Mujer Soledad Cazorla Prieto, figura clave en la lucha contra la violencia de género y fallecida de forma repentina el 4 de mayo en Madrid a los 60 años de edad.

Un escalofrío colectivo recorrió el Tribunal Supremo la mañana del lunes. Soledad Cazorla había fallecido. Fiscal de carrera, fiscal de vocación, fiscal de cuerpo entero. La conocí, en los albores de la democracia, cuando acudía ilusionada a casa de mi padre, entonces Fiscal del Tribunal Supremo, a ‘dar los temas’ como opositora. Era una joven brillante, sonriente, llena de vida, con ansias de justicia y ganas de transformar el mundo. Destacaba entre sus compañeros de preparación -Jacobo López Barja, Joaquín Sánchez Covisa o Alfonso Guevara, hoy excelentes profesionales- por su energía y por la claridad de sus ideas.

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Cándido Conde-Pumpido y Soledad Cazorla. Foto: Fiscal.es

En esos años de formación se empapó de doctrina sobre un Ministerio Fiscal enérgicamente activo y concebido como la columna vertebral del Estado de Derecho. Al mismo tiempo, adquirió esa inclinación irresistible por ser útil que siempre la ha caracterizado. Eligió, por ello, ser fiscal, e inició su vida profesional en Gerona. Después vino la Fiscalía de Valladolid, ciudad en la que compartió piso y destino con la actual Fiscal General, Consuelo Madrigal, y donde acumuló experiencia y profundizó en su compromiso con la dimensión social del Ministerio Público.

Ya en Madrid coordinó una de las secciones de la Fiscalía provincial con compañeros muy conocidos, como Antonio del Moral, Salvador Viada o Fernando Prieto, que aprendieron a ser fiscales bajo su dirección. Y adquirió un enorme prestigio entre los magistrados, que sonreían y agradecían su fortuna cuando veían incorporarse a sus juicios, o a sus guardias, a esta fiscal joven, hermosa y competente, con sentido del humor, una fuerza arrolladora y una personalidad desbordante.

Dedicó una temporada a conocer bien el Ministerio Público, desde la Inspección de la Fiscalía General. Y viajó con Fausto Cartagena visitando fiscalías por las tierras de España, para impulsar y potenciar el modelo del fiscal al servicio de los ciudadanos, que debe defender sus derechos e intereses legítimos. Una época en la que sus compañeros la recuerdan como una persona muy cercana, como sucede con todos los que, en realidad, están muy por encima.

La etapa que Soledad recordaba siempre como la más fructífera era la que había pasado con ese gran Fiscal General que fue Carlos Granados, en su reducido y selecto equipo de la Secretaría Técnica. Afrontaron juntos con celeridad y eficacia los “incendios” que cada día asolan la Justicia española, y que exigen una reacción inmediata de la Fiscalía General. Situados en la vanguardia del Estado de Derecho, se enfrentaron a situaciones directamente atentatorias a su esencia. De esa época procede, por ejemplo, la creación de la Fiscalía Anticorrupción.

Su coraje personal, especialmente en esa etapa difícil de la secretaría técnica, su coherencia, dignidad  y profesionalidad, fueron escribiendo un libro extenso, fructífero, en el que se narra la aventura de una vida profesional fecunda.

La reencontré en la Sala Segunda del Tribunal Supremo, en los últimos años de la década de los noventa. Madura en lo profesional, sólida en lo personal, sus dictámenes dejaban traslucir la profundidad de una jurista curtida, que no solo sabía derecho sino que, sobre todo, sabía para qué sirve el derecho.

Por ello no tuve ninguna duda cuando, ya como Fiscal General del Estado, tuve que elegir a una Fiscal para dirigir la nueva Fiscalía de Violencia contra la Mujer.

Conseguir la creación de esta primera Fiscalía especializada no fue una tarea fácil. Algún día habrá que escribir esa historia. Pero elegir a su titular sí lo fue. Y aunque siempre estuve seguro de que Soledad Cazorla constituía la decisión acertada, ella superó todas las expectativas.

En el mundo hay dos clases de personas, las que hablan y las que hacen. Soledad era de las últimas.

En el mundo hay dos clases de personas, las que hablan y las que hacen. Soledad era de las últimas y, por ello, durante diez años ha construido una estructura sólida, consistente y eficiente para enfrentarse a la violencia de género, con el instrumento del Derecho Penal. Sin buscar protagonismo, sin declaraciones ni comunicados, sin ruedas de prensa ni presentaciones, la Fiscalía de Violencia contra la Mujer, dirigida desde su creación hace más de 10 años por Soledad Cazorla, ha coordinado la labor de los Fiscales especializados, presentes en todas y cada una de las Fiscalías de España, y ha unificado sus criterios. Ha impulsado, en cada procedimiento y ante cada juez, la tutela de los derechos de las mujeres frente al maltrato.

Soledad se enamoró enseguida de su nueva función. Y aunque siempre añoró regresar a la Fiscalía del Tribunal Supremo, por su vocación de universalidad y su negativa a una especialización excesiva, supo enraizarse en la labor de tutela de los derechos de la mujer frente al maltrato hasta convertirse en una verdadera institución.  Una institución, reconocida y respetada por los jueces, por los fiscales, por los poderes públicos, por las víctimas, por las asociaciones de mujeres y por la sociedad civil.  Porque en este empeño de hacer efectiva la Ley integral contra la violencia de género en el ámbito jurisdiccional, Soledad Cazorla representaba la fortaleza, la continuidad y la autoridad. No observaba, sino que mandaba.

Recuerdo su interés por que la Memoria de la Fiscalía recogiese anualmente una relación pormenorizada de los asesinatos de las mujeres víctimas de la violencia de género. Su empeño en que, desde la Fiscalía, se analizasen exhaustivamente las cifras para desautorizar con datos el bulo de la generalización de denuncias falsas. Su esfuerzo por desterrar el miedo a denunciar. Y su insistencia en que realizásemos jornadas de formación para los fiscales especialistas, dirigidas a hacerles entender que, en la mayoría de las ocasiones, la aparente falta de cooperación de las víctimas solo podía explicarse por el miedo. Todo eso se fue haciendo porque Soledad era una mujer con la fuerza suficiente para conseguir lo que se proponía.

La repercusión pública de su labor como Fiscal de Sala Coordinadora contra Violencia sobre la Mujer no debe hacer olvidar el papel, más discreto pero muy relevante, desempeñado por Soledad como defensora de la igualdad de la mujer en la carrera fiscal. Fue la tercera mujer que alcanzó en la historia del Ministerio Público la categoría de Fiscal de Sala, tras Pilar Fernández Valcárcel y Elvira Tejada. Y estaba empeñada en una intensa pelea para que otras fiscales ascendiesen a esta máxima categoría, al incorporarse a la Junta de Fiscales de Sala donde la mujer está infrarrepresentada.

Nunca podré olvidar la imagen de Soledad irrumpiendo en mi despacho de Fortuny, como una auténtica fuerza de la naturaleza, y exclamando: “¡Ahora toca Consuelo!”, cuando conseguíamos, por ejemplo, una nueva Fiscalía especializada en materia de menores.

Todos destacan, en este dramático momento, la labor realizada por Soledad Cazorla en la Fiscalía de Sala contra la Violencia sobre la Mujer, sosteniendo y apoyando la Ley de Medidas Integrales contra la violencia de género, que concebía como un instrumento necesario para salvar vidas, y defendiendo los derechos de las mujeres frente al maltrato.

Yo, que la conocía bien y escribo bajo la conmoción que nos ha producido su pérdida, no puedo concebir a Soledad sin sus hombres.

Su marido, Joaquín Tagar; periodista comprometido, experto, curtido en mil batallas, que le proporcionaba una especial y muy intensa vinculación con el mundo de la información, la sociedad y la política, y que aportaba a Soledad esa pátina que la caracterizaba como mujer situada muy por encima del ambiente, a veces excesivamente autorreferencial, del mundillo judicial.

Su hermano, Luis Cazorla; abogado, académico, catedrático, Letrado en Cortes, admirable hombre orquesta del derecho, empeñado en mantener viva la historia de la ciudad del Lucus, Larache, donde ambos nacieron, y la memoria de sus raíces familiares en la vieja Novelda.

Sus hijos, Joaquín, y los gemelos, Santiago y Eduardo; todos varones, que constituían su principal orgullo. Creo que era la fortaleza que proporcionaba a Soledad sentirse rodeada y apoyada  por hombres dignos la que contribuía a aportarle la valentía y la decisión, junto a su honestidad y su inquebrantable vocación de búsqueda de la justicia, para luchar infatigablemente contra esa intolerable consecuencia del machismo que es la violencia de género.

Soledad se ha ido bruscamente, de forma inesperada. Se ha ido  y deja una estela de compromiso con los derechos de la mujer, que no es más que una consecuencia de su sentido elemental de la Justicia. Porque, pese a haber dedicado toda su vida profesional al Ministerio Fiscal, ese oficio sólo ha sido para ella el cauce de su vocación por la Justicia con mayúsculas, la que se hace realidad a través de la igualdad, de la tenacidad y de la solidaridad.