Sirtaki lento para un oscuro e incierto verano

zob

En aquellos largos veranos de los sesenta –de siesta y cine a la fresca– viendo ‘Zorba el griego’, la película cuya música había creado el gran Mikis Theodorakis y que se convirtió en una seña de identidad para Grecia, aprendimos a dar los primeros pasos del sirtaki.

Estaba protagonizada por una joven Irene Papas –a la que tuve ocasión de conocer en 1992 en s’Estaca– y por Anthony Quinn que acudió al rodaje con un problema en la rodilla y como no podía bailar tuvo que arrastrar la pierna para poder terminar ciertas escenas.

Volviendo al domingo, en las primeras horas, la consulta ya se habría cobrado dos piezas: Antonis Samaras, ex primer ministro y jefe de Nueva Democracia (el PP griego) y Yanis Varoufakis, el controvertido ministro de finanzas heleno .Una vez más, las casas de sondeos se la han vuelto a pegar. Daban un empate técnico –como resultado del referéndum– pero el tanteo quedó 61-38. Y como no atinaron, una vez que se conocieron los resultados reales la gente se fue a la cama –con los pies fríos y la cabeza caliente– sin acabar de tener claro lo que pasaría al día siguiente.

Pero el sirtaki del día después arrancó -en versión rápida- con pérdidas en las Bolsas y aumento de la prima de riesgo: en España, 15 puntos básicos, hasta los 161, mientras la helena se desmelenaba, hasta los 1.700 puntos básicos.

Los bancos de inversión pronto anticiparon que el resultado –inesperado– abría un periodo de volatilidad, pero la realidad es que, a pesar de los pesares, el mercado parece haber encajado el golpe con serenidad, lo que pone en perspectiva la dimensión de Grecia (el 2% del PIB de la zona euro, 1% del de la Union Europea)

Croacia, Rumanía y Bulgaria, riesgo de contagio

Sin embargo,  el problema no es exclusivamente griego, ya que el sistema financiero heleno –a través de las filiales de sus bancos– está muy entreverado a los de Croacia, Rumania y Bulgaria. Por eso es de esperar que los spreads (primas de riesgo) de estos países aumenten –el cálculo oscila entre los 20 y los 50 puntos básicos– en el verano perentorio que nos espera.

Y ahí aparece una fecha próxima y crítica, el 20 de este mes de  julio, día en que le vence a Atenas el plazo para el pago de 3,500 millones de euros deuda al Banco Central Europeo. Si este corre la misma suerte que el impago de deuda -1,500 millones de euros (default) que dejó de abonar al Fondo Monetario Internacional (FMI)- las luces rojas se encenderán con estruendo.

El FMI –que, a buenas horas, ha reconocido que cometió errores en su rescate de Grecia– de momento se queda fuera de la pista, si bien se ha desmarcado con un informe tardío –en vísperas de la enrevesada consulta– que ha sentado como un tiro en la Eurozona. Lagarde sorprende con un desnudo integral: los griegos necesitarán 50,000 millones de euros en los próximos tres años y sus socios europeos no tendrán más opción que reestructurar la deuda helena o, simple y llanamente, condonar una parte. O sea, restructuración o quita. O ¡las dos!

Pero antes de calibrar las opciones de futuro, conviene poner sobre la mesa una serie de evidencias: la exposición de los bancos occidentales a Grecia es insignificante; en torno al 80% de la deuda griega está en manos de acreedores públicos; la situación macroeconómica en Irlanda, España, Portugal ha mejorado y el BCE tiene los medios de contener el efecto contagio a países sensibles de la eurozona.

La fe del acreedor vs el agnosticismo del deudor

Los mercados estaban convencidos del triunfo del ‘sí’ en la consulta, lo que no deja de ser la manifestación palmaria de la fe interesada del acreedor frente al agnosticismo del deudor. Pero esta quiebra de sus deseos se va a traducir en una mayor volatilidad, hasta que se vislumbre, o no, la fumata blanca de un acuerdo. Es decir, que la espera estará marcada por la indecisión hasta que no quede claro hacia dónde –un crédito puente, un tercer rescate…– se encaminan las negociaciones.

La dimisión táctica de Varoufakis y su reemplazo por Euclides Tsakalotos, ‘el aristócrata rojo’, es una clara señal de que el Gobierno griego terminó por aceptar que no había sido un interlocutor creíble para sus colegas del Eurogrupo. Demasiada cabriola y postureo cuando se negocia –a cara de perro– el perímetro del cepillo a pasar a los cabreados contribuyentes, sobre todo alemanes.

Y como vamos a asistir a un carrusel interminable de reuniones, cumbres, grupos de trabajo…mejor no seguir tentando el aguante de los representantes democráticos de la zona euro, cuya respuesta es más trascendente que el ‘no’ de los griegos.

Y es que, hasta nuevo acuerdo, Grecia se queda en el limbo al seguir dentro del euro pero sin contar con ayuda exterior para poder financiarse. El país necesita dinero fresco pero el ‘no’ del referéndum hace la situación mucho más difícil. Y para complicar aún más esta ecuación infernal, el descenso del turismo –como potencial motor de crecimiento– supone un nuevo escollo en el camino de la recuperación.

Mientras no haya acuerdo, se alargará el corralito. Grecia no podrá importar petróleo o alimentos; las tiendas no asumirán el pago a proveedores y los estantes se vaciarán. El Gobierno irá dejando sin sueldo a funcionarios, a golpe de pagarés; a final de mes, hará lo mismo con los pensionistas. Los bancos griegos se irán quedando sin fondos y terminarán quebrando; los ahorradores verán cómo sus depósitos se esfuman y el gobierno tirará de más pagarés.

En un escenario así, la economía entraría en barrena y Grecia no tendría más opción que declararse en bancarrota, cesar todos los pagos y emitir dracmas. Y aunque el gobierno podría mantener al país –nominalmente– en el euro, a efectos prácticos estarían fuera. Kafkiano.

En la discusión pre referéndum ha habido una discrepancia fundamental: mientras los acreedores abogaban por reformas antes de hablar de reestructurar la deuda, Atenas apostaba por una reestructuración inicial, pretensión que a Schäuble, el Ministro de Hacienda alemán hacía que lo llevaran los demonios porque no quería más sacrificios para sus contribuyentes.

La salida del euro, ni deseable ni descartable

Los barandas que manejan los destinos del dinero apuestan porque Grecia abandonará el euro, el llamado Grexit ya que la ruptura entre Atenas y el resto de la UE parece haber llegado a un punto de no retorno, aunque de momento no se quiera decir. Quizá el resultado del referéndum pueda, incluso, disparar las opciones de que lo haga en las próximas semanas. Y es que los líderes europeos están demasiado hartos como para ofrecer un pacto realmente distinto.

A día de hoy, la moneda única no parece sostenible para Grecia. Y si en anteriores ocasiones, las cosas sucedieron de repente (Argentina -2001-, Rusia -1998- o Lehman -2008-), en la crisis griega –el default más lento y mejor presagiado de la historia– los inversores, en gran medida, ya han descontado este resultado.

El plan de viabilidad griego pasa por el incremento de los ingresos, vía impuestos y tasas –a ciudadanos y empresas del país– y por la elaboración de unos presupuestos austeros de gastos estatales, destinados básicamente y por orden de prioridad, a pensiones, desempleados, sueldos de funcionarios, servicios sociales de sanidad y educación, gastos militares, infraestructuras y servicio de la enorme deuda pública. La diferencia entre esos ingresos y esos gastos, en caso de ser positiva, podría destinarse a la amortización de la deuda.

En las dos reestructuraciones anteriores, la Troika ha pretendido establecer un plan negociado y comprobar su cumplimiento. Sin embargo, Grecia aunque aceptó ese plan luego no lo cumplió; pero además –según los que más saben de estos procesos– lo ha hecho con ocultación, engaño y nocturnidad. Lo que ha provocado que ante un posible tercer plan, los acreedores, que desconfían de una voluntad real en el deudor de ser fiel a sus promesas, exigen más luz y taquígrafos, lo cual es fatal en cualquier proceso de reestructuración. Porque si un plan no es fiable, siempre se podrá replantear, pero si no es fiable el deudor, no hay plan que valga.

Escarmientos calvinistas

Sin embargo, para los americanos –que ven el conflicto desde otra perspectiva– esto no es lo decisivo, porque de lo que se trata es de no romper los equilibrios, sobre todo, geográficos y militares. Europa tiene que dejar de marear la perdiz y salvar a un pequeño país miembro de la UE, la OTAN y la Eurozona, que está paralizado y al que habría que perdonar las deudas –por muy grandes que sean estas– sin seguir cargando la mano con tanta moralina y escarmientos calvinistas.

Es decir, de acuerdo con su interpretación del drama, hay que seguir premiando a un gobierno que no ha hecho reformas y desafía –siguiendo una tradición histórica y cultural muy griega– a sus hastiados aliados con un referéndum que ha puesto patas arriba los viejos códigos del Berlaymont.

Theodorakis, que luchó contra los coroneles y con sus canciones se convirtió en símbolo de la resistencia, sigue manifestándose por las calles de Atenas contra las medidas de austeridad. El verano del 2015 se presenta oscuro e incierto y un lento sirtaki bien puede servir como telón de fondo para la agonía, la recriminación y el dracma.