Los yonquis de la tontuna

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Hace solo unos años, la protagonista habría sido la heroína. En la década de los ochenta, la televisión. Pero en 2015, la droga que protagoniza Carmen, el nuevo videoclip del cantante belga Stromae, es Twitter. Un pequeño azulejo (el logo de Twitter es un mountain bluebird, un azulejo de las montañas) que carcome poco a poco la vida de sus usuarios, que los aísla de aquellos que les quieren en beneficio de aquellos que tan solo les siguen, y que finalmente los ofrenda en sacrificio, convenientemente lobotomizados, a un pajarraco de dimensiones colosales.

El desenlace del vídeo le sonará a los seguidores de Pink Floyd. El leviatán engulle, digiere y caga a los idiotizados tuiteros, convertidos ya en insignificante guano digital, al igual que los profesores de Another Brick in the Wall picaban la carne de los estudiantes para convertirlos en un ladrillo más del muro del sistema.

Los verdaderos antisistema

Stromae no es un ludita. Tampoco es un rústico, ni un meapilas, ni alguien sospechoso de carpetovetonismo. No es Arnaldo Otegi instando a los jóvenes vascos a triscar los montes envueltos en pieles de cabra tras dar de baja la conexión a internet. Stromae es solo una más de las voces a las que no les gusta el paisaje dibujado por Twitter, Facebook, Instagram, Google y YouTube. Voces que intuyen que un sistema verdaderamente alienante no adoptaría jamás una apariencia obvia, como la de un puñado de diputados, banqueros y concejales de urbanismo corruptos, sino una mucho más sutil y taimada. Una que sea aceptada y defendida bovinamente, cuando no con entusiasmo, por una amplia mayoría de sus siervos. Si algo ha demostrado internet es que Orwell se equivocaba y que Huxley tenía razón: 2015 no es 1984 sino Un mundo feliz.

Hasta ahora, la resistencia la formaban un puñado de programadores, filósofos, periodistas y científicos escépticos cuyo mensaje solo llegaba a una pequeña elite ilustrada. Son los ateos de Silicon Valley: Nicholas Carr, Byung-Chul Han, Jaron Lanier, Evgeny Morozov… Pero el hartazgo ha empezado a llegar a los niveles inferiores. A músicos, actores, cómicos, artistas, publicistas y políticos. Precisamente aquellos que más se han beneficiado de la efímera popularidad propiciada por los medios sociales (es significativo que los sectores profesionales que más han rentabilizado su actividad en esas plataformas sean aquellos en los que el pasillismo, las modas y la autopromoción importan más que la destreza profesional: internet es cal viva para la meritocracia).

Un género periodístico

Resulta difícil no odiar los medios sociales una vez superada la fascinación inicial. Su omnipresencia es empalagosa y su contenido, repetitivo e infantiloide. Las redes son ya un género periodístico por sí solas: noticia, reportaje, entrevista, editorial, columna, crítica, crónica y las-reacciones-de-las-redes-a-la-noticia. Lo de reacciones es una exageración porque esta es siempre la misma: una ristra choricera de ocurrencias generalmente pésimas a cargo de la chavalada de turno (la edad media de los usuarios de Twitter es de 24 años). Eso, cuando las redes no se convierten en el Salvaje Oeste. Preguntada al respecto, la escritora británica Caitlin Moran decía lo siguiente en una entrevista en eldiario.es: “Las redes sociales tienen que evolucionar. Fíjate en Twitter, es una basura: generan millones y aún así se niegan a controlar los ataques y el troleo”.

Al cómico estadounidense Louis CK tampoco le gusta Twitter. Por no gustarle, ni siquiera le gustan los móviles. Esto decía durante una entrevista en el programa de Conan O’Brien: “Esas cosas son tóxicas. Escribimos mensajes incluso mientras conducimos porque preferimos matar a otra persona y arruinar nuestra vida que sentir durante un solo segundo la soledad. A veces hay que dejar que esa tristeza te atropelle como un camión para poder rellenar luego el hueco con la verdadera felicidad. La gente ya no se siente nunca totalmente feliz o totalmente triste. Tan solo se siente medianamente satisfecha con sus productos”.

Lo llamativo es que durante la diatriba de Louis CK, una de las más amargas que se han escuchado en el programa de Conan O’Brien, el público no paró de reír en ningún momento. Probablemente porque confundía forma y fondo, uno más de los efectos secundarios de la adicción a esa trituradora de tonalidades que son la redes sociales. Y es que cuando has nacido para cínico digital, todos los discursos te parecen una coñita de las de guiño y codazo en el costado. Quizá sea cierto que el sentido del humor es un rasgo de inteligencia, pero cuando el recurso del sarcasmo se convierte en el único prisma con el que observas la realidad parece bastante claro que lo que te ocurre en realidad es que has renunciado a salir de la zona de confort delimitada por los pliegues de tu sofá orejero.

O quizá el público del programa reía porque creía que Louis CK estaba hablando de otras personas. La fantasía de individualismo provocada por los medios sociales es tal que ya nadie se considera parte de la masa. La masa siempre son los demás: aquí todos estamos atrapados en el atasco sin ser nosotros mismos atasco. Nuestro timeline de Twitter, nuestro muro de Facebook, nuestros contactos de Whatsapp y nuestra cuenta de Instagram, nuestros followers y nuestra camarilla de las redes (un amigo es otra cosa) sí son reales y relevantes y valiosos. Los idiotas de las redes son los otros.

Y entonces sentenciamos: “Las redes son solo un instrumento: lo que importa es cómo se las utiliza”. Ahí está el espantajo en todo su esplendor, la gran mentira digital: “Está todo en nuestras manos”. El “yo controlo” de los alcohólicos.

La gran mentira digital

El primero en darse cuenta de que no está en nuestras manos fue el filósofo y teórico de la comunicación Marshall McLuhan. McLuhan defendió ya en 1964, cuando aún no existía la web, la idea de que el contenido de un medio es irrelevante en comparación con la potencia del medio en sí. Que es el medio, y no su contenido, el que moldea la realidad.

O dicho de otra manera. Twitter y Facebook no son un instrumento: el instrumento son sus usuarios. ¿Y cuál es entonces el contenido de Twitter y Facebook? El contenido de Twitter es Twitter y el de Facebook, Facebook. “Nuestra respuesta convencional a todos los medios, en especial la idea de que lo que cuenta es cómo se los usa, es la postura adormecida del idiota tecnológico. El contenido de un medio es solo el trozo jugoso de carne que lleva el ladrón para distraer al perro guardián de la mente”, dijo McLuhan.

La segunda gran mentira de nuestra época es que las redes sociales son herederas de la palabra escrita. De los libros, las cartas, las enciclopedias y los periódicos. No lo son. Internet es televisión. Televisión escrita, en el mejor de los casos. Una übertelevisión, en el peor de ellos.

Gordos y perezosos

Pero la metáfora más precisa sobre las redes sociales es obra del filósofo y escritor estadounidense Matthew Crawford, autor de The World Beyond Your Head: “Los medios se han convertido en expertos en empaquetar estímulos irresistibles para nuestros cerebros de la misma manera que los ingenieros gastronómicos se han convertido en expertos en crear alimentos hiperdeliciosos manipulando sus niveles de azúcar, grasa y sal. Las distracciones son el equivalente mental de la obesidad”.

La intuición de Crawford apunta a la línea de flotación de la tontuna adolescente contemporánea: las redes sociales no son más que un estímulo altamente evolucionado. Un estímulo supranormal, como lo define el filósofo estadounidense Daniel Dennett en esta conferencia. Estímulos supranormales son por ejemplo los pasteles de chocolate (o los pechos operados de las actrices porno). En realidad, el chocolate no nos gusta porque sea dulce: el chocolate es dulce porque nos gusta. Lo dulce no es más que un engaño creado por nuestro cerebro para que prefiramos los alimentos con alto contenido calórico en detrimento de aquellos con bajo contenido energético.

Hay otra forma de verlo: los medios sociales son un virus que parasita nuestra capacidad de concentración y que muta con cada click de los internautas, ajustándose cada vez con mayor precisión a nuestros gustos y apetencias. Es lo que llamamos viralidad y que no es más que la capacidad que tiene un contenido X de monopolizar nuestra atención. En su libro, Crawford traza un paralelismo aterrador entre los contenidos virales y las máquinas tragaperras de nueva generación que pueden encontrarse desde hace algunos años en los casinos de Las Vegas. Esas máquinas han sido diseñadas hasta tal punto de perfección que no resulta inusual ver a los jugadores mearse encima mientras se gastan su sueldo en ellas. “Los tipos que han diseñado estas máquinas son expertos en ciencia cognitiva. El objetivo de sus diseños es hacer que la gente juegue ‘hasta la extinción’. Esa es la frase que utilizan”.

Como explica Nicholas Carr en su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, los medios sociales transforman físicamente nuestros cerebros. Cada minuto que pasamos en internet disminuye nuestra capacidad para el procesamiento intelectual profundo, el necesario para el pensamiento crítico (que tiene lugar en el hipocampo de nuestros cerebros), a la vez que estimula el pensamiento automático, rápido e irreflexivo (que se lleva a cabo en la corteza prefrontal). El resultado es una generación entera de desdentados intelectuales incapaces de masticar ningún bocado mayor de ciento cuarenta caracteres. Son los yonquis de la tontuna.

Las redes no conectan: sólo distraen

Las redes sociales han reprogramado nuestros cerebros para que su respuesta neuronal por defecto sea inmediata y voluble en vez de lenta y concentrada. Los términos reprogramar y respuesta por defecto no son gratuitos. Las conexiones neuronales de nuestro cerebro tienden a seguir los caminos marcados previamente, al igual que el agua de un riachuelo tenderá a seguir el cauce marcado con anterioridad, el más fácil de todos los posibles, a no ser que un cambio abrupto en el terreno le obligue a cambiar su rumbo.

Nuestro cerebro funciona de forma muy similar. La atención se educa pero también se deseduca. Y eso es lo que diferencia a un adulto de un niño o de un animal. Los adultos tenemos objetivos a largo plazo. Los niños y los animales, solo instinto, inercia y apetencias a corto plazo. Diga lo que diga Disney, los niños y los animales son esclavos: solo los seres humanos adultos son verdaderamente libres. Excepto en internet.

Como dijo Nicholas Carr hace ya algunos años: “La esencia de la libertad es poder escoger a qué quieres dedicarle tu atención. La tecnología está determinando esas elecciones y por lo tanto está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma”.

El asilo digital

El fracaso de la utopía digital es el fracaso intelectual de una generación entera, la de los llamados nativos digitales. Internet es terreno 100% adolescente y los adultos han renunciado a hacer de él un lugar habitable. Pero lo que han hecho los jóvenes con él le resultaría desmoralizador hasta al más optimista de los creyentes digitales.

O mejor dicho: lo que no han hecho los jóvenes con él. Una generación entera ha hecho dejación de funciones y ha renunciado a producir un solo contenido de valor. Ya nadie produce movimientos: solo se producen modas (y se rebotan contenidos ajenos). El internauta medio no es más que un habilidoso bruto incapaz de relacionarse con sus amigos, de ligar o de informarse por su cuenta y riesgo si no es con la ayuda de sus prótesis digitales. ¿Qué diferencia una aplicación como Tinder de esos autobuses de mujeres que aparecen de vez en cuando en algún pueblo remoto de la España profunda para que los lugareños inspeccionen a las candidatas como si fueran vacas en una feria de ganado?

La generación más autoconsciente de la historia, esa a la que se le llena la boca cada vez que menciona las palabras “libertad” o “individualismo”, considera como un logro formar parte de comunidades en la que nadie tiene valor por sí mismo sino únicamente como integrante de una masa anónima de carne. Es la misma generación que alardea de ese espacio sin reglas que es internet pero que luego lincha anónimamente a cualquiera que haya osado ejercer su libertad de expresión de una forma que ellos consideren “incorrecta”. Los supuestos valores de internet son muy ostentosos pero solo hace falta rascar un poco para confirmar que están vacíos de contenido. Dice Matthew Crawford que él no está interesado en que le miren sino en que le vean: “No quiero ser objeto de atención, sino de interés”.

Váyanle ustedes a un usuario de las redes con la diferencia entre mirar y ver, entre atención e interés, y entre individualismo e individualidad.

Internet ha sido ajustado para satisfacer nuestra ansia de gratificación inmediata. No hay más. El relato de las mentes geniales de Silicon Valley, esos sabios ligeramente autistas de apenas veinte años capaces de ganar más dinero en un día que nosotros en una vida entera, no es más que un mito. Al menos por lo que respecta a su inteligencia. Porque no hay una mente genial tras internet. Es solo pura fuerza bruta logarítmica, algo al alcance de cualquiera capaz de apilar cientos de servidores en algún país de clima frío.

Internet no es más que un inmenso test de consumo: miles de personas de todo el mundo respondiendo al unísono al estímulo A (el vídeo de un gatito blanco) en vez de al estímulo B (el mismo vídeo pero con un gatito gris, menos adorable y por lo tanto menos viralizable). ¿De qué sirve disponer de toda la sabiduría del mundo al alcance de un solo clic si no sabemos ni podemos ni tenemos la paciencia necesaria para procesarla?

Escribió el periodista estadounidense Ambroise Bierce en su Diccionario del diablo que el futuro es ese periodo de tiempo en el que nuestros negocios prosperan, nuestros amigos son verdaderos y nuestra felicidad está asegurada.

En este sentido, internet y las redes sociales serán siempre el futuro.