La batalla por la tilde del sólo

Lengia

23 de mayo de 1927. Varios poetas, hartos por la constante ofensa gongorina del académico Alemany, se colocan frente a los vetustos y herméticos muros de la Institución dispuestos a vengar la afrenta con una “concreta catarata urinaria”. El episodio no supone sólo una revancha por el ninguneo al poeta cordobés. Va más allá. Aquellos jóvenes, que poco después formarían parte de lo que hoy conocemos como Generación del 27, buscaban una manera de simbolizar su ruptura con las normas impuestas, entre otros, por la Academia de la Lengua Española.

La lucha por deshacerse de los asfixiantes corsés lingüísticos viene de lejos. Desde las críticas de Juan de Valdés a la normativa que Nebrija nos había dejado en su Gramática y que desembocarían en el Diálogo de la lengua (una verdadera obra maestra) hasta la revolucionaria reacción del Romanticismo contra las reglas clásicas de la Ilustración (Liberalismo literario, que diría Víctor Hugo), pasando por los propios escritores de la Edad de Oro, con el citado Góngora a la cabeza, que renovaron la escena lingüística a pesar de la oposición de algunos teóricos como Luzán.

Y no hablemos de los conflictos con la propia Academia. Le han llovido críticas por sentar en sus mullidas poltronas sólo a siete mujeres frente a más de mil hombres; por definiciones tan desacertadas como maricón (hombre que comete sodomía), gitano (que estafa), femenino (débil) o masculino (enérgico); por su excesivo coloquialismo…

No han sido pocas las voces que le han plantado cara. Entre las más ilustres: Gabriel García Márquez, Borges, Camilo José Cela, Javier Marías e incluso Mariano José de Larra, quien con su ironía habitual expresó su descontento así: “Déseles el uso de la palabra; en primer lugar necesitarán de una academia para que se atribuya el derecho de decirles que tal o cual vocablo no debe significar lo que ellos quieren, sino cualquier otra cosa; necesitarán sabios, por consiguiente, para que se ocupen toda una larga vida en hablar de cómo se ha de hablar; necesitarán escritores, que hagan macitos de papeles encuadernados, que llamarán libros, para decir sus opiniones a los demás, a quienes creen que importan”.

El exterminio de la tilde

Es una tarea complicada ésta de limpiar, fijar y dar esplendor a una lengua que pisotean casi 550 millones de personas al día. Pero, volviendo a nuestra escena inicial, orinar en los muros de la Academia se me antoja poco castigo para una de sus últimas tropelías: el intento de exterminar la tilde en ‘solo’ cuando éste funciona como adverbio. Ese pequeño matiz, que dotaba de una elegancia señorial al adverbio y lo distinguía de un cruel adjetivo que nos recuerda cada día la falta de compañía y de un insulso sustantivo que sólo los más guitarreros utilizan, ha servido para que durante años desambiguáramos las oraciones con un cariño especial, ése que se adquiere al evocar repetidas veces aquel momento, cuando el profesor de lengua nos explicaba: “Sólo con tilde si podéis sustituirlo por solamente”. En mi caso, la profesora se llamaba Teófila, natural de Burgos. Teo, si puedes leerme, ¿qué han hecho con aquel docto castellano de Santa Gadea, do juran los hijosdalgo?

Esta tropa, como la bautizó Romanones, argumenta que, si tenemos que resolver todos los enunciados ambiguos con una tilde, entonces el texto estaría plagado de ellas. Y yo me pregunto, ¿esto quiere decir, queridos académicos, que, como la solución al problema es una excepción, mejor evitemos las soluciones?

Es extraño. Yo creía que se trataba de desambiguar lo ambiguo y no de lo contrario. Y no aludan al contexto, queridos. El contexto es un arma que, como ustedes saben, no es infalible. Que se lo digan al tipo aquel que “tuvo sexo solo”. Hace unos años, nos hubiera quedado claro que el sujeto es autosuficiente a la hora de ahogar sus pretensiones amatorias. Pero, ¿ahora? Pues nada, ahora dependo de un contexto que aquí me deja tan abandonado como al protagonista del enunciado. ¡Con lo felices que hubiéramos sido, él por acción y yo por comunicación, si quedara esperanza para que sobre esa ‘o’ pudiera ser colocada una tilde! ¡Además de horteras sois crueles!

Espera, ¿he dicho horteras? Pues no quería, pero sí. Lo sois. Sois capaces de aceptar, en un alarde de modernismo extraordinario, un término de moda como cederrón y sin embargo, como si del doctor Jekyll y el señor Hyde se tratara, también de mezclar ciertas pautas, unas semánticas y otras sintácticas pero todas antediluvianas, para reabrir un caso que parecía cerrado. Señores, déjenme decirles que no hay nada que resulte más hortera que un carca que va de moderno. Ergo sois horteras.

El último argumento con el que me choco es que esto no es una prohibición sino simplemente una recomendación. De acuerdo, lo acepto. Pero, ahora díganme, ilustres lingüistas, ¿qué podremos hacer los humildes románticos que todavía leemos a Góngora y nos pasamos por el forro la susodicha recomendación tildando cada adverbio que nos encontramos cuando, más tarde, aparezcan los Luzanes y los Alemanys de turno a reclamarnos nuestra falta de preceptiva?

Yo mismo contestaré a la pregunta. Tenemos dos opciones. O nos resignamos, como diría el maestro Góngora, a “llorar sin premio y suspirar en vano” o bien intentamos, en un último intento por salvar nuestro honor, que cierta catarata urinaria no deje de fluir. Ustedes eligen.

PD: Todos los adverbios tildados en este artículo han sido colocados con premeditación y alevosía. Recuerden que, como dijo don Arturo Pérez-Reverte, ilustre académico, peleamos en la trinchera viva del español.