Irán y Estados Unidos acaban de firmar el llamado “Acuerdo Nuclear”. La República Islámica no sólo tendrá más facilidad para continuar con su programa nuclear, sino que dejará de ser un Estado paria para reintegrarse, pese a todas las sospechas, en la sociedad internacional. Lo que queda por ver es cómo será el aterrizaje de Irán en ese mundo del que fue expulsado en 1979, y qué se puede esperar del país persa y de sus vecinos en este nuevo escenario.

¿Por qué se ha firmado un acuerdo ahora? El nombramiento de Rouhani como presidente de la República en verano de 2013 y su política de acercamiento a Occidente parece ser el detonante de la negociación. Sin embargo, en Irán el Presidente de la República es un cargo con un poder muy limitado (es el único líder del Poder Ejecutivo del mundo que no tiene mando sobre las Fuerzas Armadas, por ejemplo), y por lo tanto corresponde al Ayatolá Supremo definir la política del país, tanto a nivel interno como con el resto del mundo.

Tampoco es la primera vez que un clérigo aperturista llega a la Presidencia de Irán: Mohammed Khatami, Presidente de la República entre 1997 y 2005, fue un reformista que permitió inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y firmó un acuerdo con Francia, Alemania y el Reino Unido, el Acuerdo de París, en el que se comprometía a suspender el enriquecimiento de uranio. Pero no se llegó a más, ni se profundizó tanto como se ha profundizado ahora, pese a darse unas condiciones similares.

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Presidente Rouhani de Irán

¿Por qué ahora?

El principal giro hay que buscarlo no en Teherán, sino en Washington. Al margen de las diferencias entre Obama y Bush, los intereses geoestratégicos de Estados Unidos han cambiado enormemente en los últimos diez años, coincidiendo con dos fenómenos que no tienen nada que ver con Irán: el ascenso de China en el Pacífico, con el consecuente incremento de su agresividad, y el desmesurado crecimiento de la producción de petróleo estadounidense, que desde 2008 ha crecido un 70%. El primer fenómeno supone un desafío a la hegemonía estadounidense, el segundo acerca a Estados Unidos a la independencia energética y a una menor dependencia de Oriente Próximo.

¿Qué relación tiene esto con el Acuerdo Nuclear? Una nación como Estados Unidos tiene intereses en todas las partes del globo, y no puede permitir desentenderse de ninguna de ellas. Si los estadounidenses reducen el nivel de implicación en Oriente Próximo, deben dejar tras de sí un escenario en el cual se minimicen los eventuales riesgos asociados a un menor control directo.

La razón por la que Washington no puede dejar desatendida ninguna zona del mundo está incrustada en la lógica del poder geopolítico, y la expresa perfectamente Mearsheimer, uno de los pensadores más relevantes del ámbito de las Relaciones Internacionales y creador de la teoría del realismo ofensivo. Según Mearsheimer, ninguna nación puede gobernar el mundo por completo, dado que es imposible obtener tal grado de poder que permita la dominación mundial. No obstante, las naciones pueden ser los poderes hegemónicos en sus zonas de influencia geográficas o culturales, y por lo tanto pueden (y deben) intentar evitar que ninguna otra nación del globo adquiera en su propia zona de influencia un poder similar.

Aplicado a la realidad geopolítica de nuestro tiempo, Estados Unidos no domina, ni puede dominar, el planeta. Pero sí domina el continente americano y seguirá siendo la primera potencia mundial mientras impida que otra nación gobierne en su propia zona de influencia. La lógica para enfrentarse a la Alemania nazi y a la Unión Soviética era evitar que ningún poder gobernara Europa en solitario, y esta misma lógica es lo que le impulsa a enfrentarse a China: para limitar su eventual dominio de Asia.

Ahora que el suministro de petróleo empieza a ser un tema secundario, la presencia militar en el Oriente Próximo lo será también, por lo que Estados Unidos puede recurrir a una situación menos conflictiva, menos costosa y más segura para los intereses estadunidenses. El propio Mearsheimer defendió esta teoría en 2008 en relación precisamente con Oriente Próximo. Esta estratagema consiste en enfrentar a dos naciones de una misma zona geográfica de forma que el conflicto les desgaste y les impida convertirse en potencias hegemónicas.

La realidad geopolítica

Oriente Próximo y el mundo musulmán en general está dividido en dos bloques antagónicos: por un lado, el mundo suní liderado por Arabia Saudí y las Monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo. Por otro lado, el mundo chií liderado por la República Islámica de Irán. Cualquiera que conozca de cerca el mundo islámico sabe, y Estados Unidos lo sabe bien, que se odian entre sí más de lo que odian a los estadounidenses o incluso a Israel.

Estados Unidos sabe que si el acuerdo nuclear no se hubiese firmado es probable que a la larga el bloque suní hubiera acabado desbancando al chií. Las sanciones a Irán limitarían su capacidad, por lo que el bloque suní tendría las manos libres para incrementar su influencia de manera contraria a los intereses estadounidenses (como ya sucedió en 1973). Para forzar al bloque suní a centrarse en su amenaza más próxima, es inevitable dotar de mecanismos a su enemigo. El levantamiento de las sanciones fortalecerá la capacidad económica de Irán y con ello, su capacidad para sostener movimientos anti-suníes en Iraq, Yemen, Líbano o Siria, que puedan hacer frente a los movimientos anti-chiíes financiados directa o indirectamente por Arabia Saudí y el Golfo, como el Estado Islámico, Al Qaeda o el Frente Al-Nusra.

También es muy importante tener en cuenta que a los ojos de Arabia Saudí (e Israel), este acuerdo deja las manos libres a Irán para conseguir la bomba atómica, un escenario insoportable para los saudíes. Esto obligará a Arabia Saudí a elevar el gasto militar (previsiblemente cerrando acuerdos con empresas de armamento estadounidenses) y a entrar en una carrera armamentística que Irán se verá obligada a seguir, lo que creará un agujero negro económico en ambas naciones que limitará su capacidad de amenazar a Estados Unidos y que probablemente intentaría ser saneado de la forma más eficaz que tienen ambas naciones, que es con la venta de hidrocarburos… posiblemente a Estados Unidos.

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Negociación del pacto nuclear

Pero, ¿y si realmente Irán consiguiera la bomba atómica? Esto no es en absoluto un escenario indeseable para la Casa Blanca, ya que entonces Arabia Saudí también la obtendría (de hecho lleva tiempo buscando adquirirla a través de Pakistán). Y cuando dos enemigos acérrimos obtienen la bomba atómica, se produce lo que en Relaciones Internacionales se conoce como la “paradoja estabilidad-inestabilidad”. Esto significa que los conflictos directos se reducen drásticamente, mientras que los conflictos indirectos aumentan en la misma medida.

Por lo tanto si esta situación de estabilidad-inestabilidad se reprodujera en Oriente Medio entre el bloque suní y el chií esto sería una bendición para Estados Unidos, ya que el país norteamericano  podría olvidarse definitivamente de que ninguno de los dos bloques obtuviera suficiente poder como para dominar esta zona geográfica.

El estatus de Israel

El único cabo suelto que quedaría en este nuevo escenario es el estatus de Israel. Muchos medios y políticos israelíes han presentado este acuerdo como un paso que pone en grave riesgo la supervivencia de Israel. Sin embargo es poco probable que esto suceda, ni siquiera aunque Irán consiguiera la bomba atómica. Si Corea del Norte, un Estado regido por un Gobierno demencial y con una sociedad civil masacrada, no ha lanzado la bomba atómica, no hay motivos para pensar peor de Irán, un Estado con un Gobierno suficientemente sensato como para sentarse a negociar con Occidente y con una sociedad civil enérgica y vibrante.

En segundo lugar, el lanzamiento de una bomba atómica requiere de muchas negociaciones y muchos preparativos, por lo que es improbable que pasara inadvertido por el Mossad, la CIA y las demás agencias de inteligencia, que seguramente podrían neutralizar eficazmente el lanzamiento. Esto se aplicaría a cualquier nación que pretendiera usar armamento nuclear, llámese Irán, Pakistán, Francia… o el propio Israel.

La razón por la que el Estado Judío ha batallado tan ardientemente contra el Acuerdo Nuclear no es por una cuestión de supervivencia, sino de influencia. Israel es un Estado cuya supervivencia se fundamenta en tres pilares: una política de contención agresiva con sus vecinos, un Ejército y unos servicios de inteligencia extraordinariamente profesionales, y la existencia de un lobby capaz de ejercer una presión sustancial sobre las naciones occidentales y particularmente sobre Estados Unidos. La diferencia entre ambas naciones es que Estados Unidos puede permitirse olvidarse de Israel, pero Israel no puede permitirse que Estados Unidos le olvide. Apoyar a Israel era conveniente para los estadounidenses cuando tenían grandes intereses en Oriente Próximo, pero ahora que esos intereses empiezan a cuestionarse, es poco probable que Israel disponga de la misma influencia que ha tenido hasta ahora en la política exterior de la Casa Blanca.

Israel todavía está a tiempo de revertir esta situación si los políticos estadounidenses patrocinados por el lobby judío consiguen crear una oposición suficientemente fuerte al acuerdo nuclear. No sería la primera vez que Israel interviene decisivamente en la política exterior de Estados Unidos. Pero, si no lo lograra, quizá sí sería la última vez.

Teniendo en cuenta los inmensos cambios que están desarrollándose más allá de Oriente Próximo es difícil que Estados Unidos pueda defender sus intereses en el mundo musulmán al mismo tiempo que se centra en el enfrentamiento con China, algo que inevitablemente hará si quiere defender su posición hegemónica. Previsiblemente, el mundo experimentará una gran transformación en los próximos veinte años, pero quien más capacidad tendrá para determinar el impacto y el ritmo de estos cambios será Washington. En el modelo que han diseñado para Oriente Próximo, el gran perdedor será Arabia Saudí, que nunca debió haber provocado a la superpotencia en 1973. Irán será un vencedor relativo, mejorando su estatus aunque sea a costa de una mayor tensión, pero el vencedor indiscutible será la Casa Blanca que ahora habita Barack Obama.

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Francisco Rivas es abogado, experto en Relaciones Internacionales en Oriente Próximo y ha trabajado en la Embajada de España en Omán. También es escritor; su último libro es 1212: Las Navas.