Blancanieves y los siete enanitos (bajo el foco de la reforma penal)

5457746612_5e030fe43f_zFrente al constante endurecimiento de la legislación penal, la sociedad española tiene ampliamente arraigada entre sus creencias la idea de que nuestro modelo punitivo es muy benévolo con los delincuentes. Dicho de otro modo, que tenemos un Código Penal blando o incluso, con expresiones más coloquiales y directas, que la justicia penal es un cachondeo o que los delincuentes entran por una puerta y salen por otra.

Y resulta que es mentira. No sólo es falso, sino que ocurre justamente lo contrario. Tenemos uno de los modelos penales más duros del mundo civilizado. La ecuación es tan simple como sorprendente: con una de las tasas más bajas de delitos en Europa occidental (20 puntos por debajo de la media de la Unión Europea e inferior a la de países como Italia, Francia, Reino Unido, Holanda, Alemania, Finlandia, Dinamarca o Suecia) tenemos, también en términos porcentuales, el mayor número de personas en prisión, unos 66.000, habiendo superado –por fin- al Reino Unido. Uno de cada 700 habitantes de nuestro país vive en la cárcel.

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Si lo anterior puede resultar sorprendente para el lector es debido a que la percepción de los ciudadanos respecto al volumen de criminalidad soportada se sustenta sobre parámetros completamente ajenos a las tasas reales de delincuencia. Por el contrario, está estrechamente vinculada al formato y volumen de información que recibimos sobre delitos y delincuentes. A título de ejemplo, hoy seguimos evocando graves delitos (agresión sexual seguida de muerte violenta de un menor) que tuvieron lugar hace 6, 7 o más años y cuya comisión es en nuestro país –afortunadamente y pese al elevado volumen de población- excepcional. No ha habido otros hechos posteriores de la misma gravedad que los reemplacen en nuestra memoria.

La dureza de nuestro sistema penal, pese a estar basada en parámetros objetivos, apenas ha calado fuera de ámbitos muy determinados. El pensamiento social mayoritario es justo el contrario y parece incluso aumentar con el paso del tiempo. La severidad de nuestra normativa criminal es un dato difícil de trasladar a los ciudadanos. Intentemos hacerlo de una forma descriptiva. Con un cuento: Blancanieves y los siete enanitos.

Una banda de delincuentes

Sabemos que en este relato hay una madrastra-bruja mala, pero quizá lo que se nos escape es que los protagonistas (tanto los «buenos» como los «malos») conforman un nido de delincuentes. Vamos, que si esta bonita historia fuese juzgada con el Código Penal español vigente desde ayer, todos podrían acabar en la cárcel: no sólo la madrastra, que sin duda lo merece, sino también el cazador bueno, el príncipe azul, los siete enanitos y hasta -quién lo iba a decir- la mismísima Blancanieves. Del primero al último.

Al morir la hermosa reina, la madrastra quedó encargada del cuidado de la joven Blancanieves. Sin embargo, más preocupada de su apariencia física que de realizar buenas acciones, decidió acabar con la vida de Blancanieves cuando el espejo mágico le reveló que su tierna hijastra era la más bella del reino. Para ejecutar este horrible plan decidió llamar a su más fiel cazador, ordenándole que se la llevara a lo más profundo del bosque y la matara. Aquí tendría la madrastra su primer encontronazo con la justicia: su conducta constituye sin duda un acto preparatorio delictivo, en concreto, una proposición para cometer un delito de asesinato (que posteriormente quedaría absorbido por la ejecución del hecho).

El cazador -que era, con diferencia, mucho mejor persona- acabó con la vida de un jabalí para evitar dar muerte a Blancanieves y, dado que la madrastra le había pedido como prueba el corazón de la joven, le sacó ese órgano al animal y se lo entregó a la madrastra. Podría darse el caso de que, pese a no ser el jabalí una especie amenazada, su captura y sacrificio se hubiera producido en un espacio en el que estuviera prohibida «la atracción, persecución, espantamiento, molestia, daño, captura o muerte de animales y la recolección de sus propágulos», comportamiento castigado por uno de nuestros delitos relativos a la protección de la fauna. El cazador sería reo de esta infracción.

Allanamiento de morada para Blancanieves

Blancanieves huyó, vagando durante horas por el bosque hasta que finalmente vio una pequeña cabaña en la que no había nadie. Entró en la misma y durmió una buena siesta. Lo que aparenta ser una inocente acción no es tal, sino un delito de allanamiento de morada, que castiga a quien acceda a casa ajena sin el consentimiento de sus moradores, en este caso, los enanitos.

Cuando éstos llegaron de trabajar toda la noche, sin descanso, en la mina de diamantes -víctimas, por tanto, de un más que evidente delito de explotación laboral- conminaron a la intrusa a realizar todas las tareas domésticas a cambio del alojamiento. Según todos los indicios, Blancanieves no había alcanzado la edad laboral. Así, pues, estamos ante otro delito de explotación laboral consistente en haber impuesto a la joven condiciones de trabajo ilegales. A éste se añadiría ahora un nuevo delito, introducido por la última reforma, por emplear o dar ocupación a una menor de edad que carece de permiso de trabajo.

Pese a los insistentes consejos de los enanitos en orden a las precauciones que debía observar Blancanieves con los desconocidos, la candidez de la joven la llevó a caer en la trampa de la madrastra que, disfrazada de anciana, acudió a la casa del bosque informada por el espejo mágico de la supervivencia de su hijastra. La bruja consiguió que ingiriera la manzana envenenada, lo que provocó a Blancanieves la muerte. Pese a que la posterior resurrección plantea serias dudas sobre si un médico forense certificaría el óbito, la madrastra sería autora de un asesinato alevoso (por uso de veneno y disfraz) y a la vez hiperagravado por ser la víctima –según los conocedores de la historia- una adolescente menor de 16 años.

Prisión permanente para la madrastra

Los enanitos, en vez de proceder a darle ordenada sepultura, decidieron ponerla dentro de una urna de cristal que fue varias veces trasladada e, incluso, abierta. Este trajín con la urna también podría acarrearles problemas legales, si bien probablemente eludirían la justicia penal al haber desaparecido los delitos de inhumaciones ilegales, que castigaban las irregularidades cometidas en la conducción de cadáveres y enterramientos. Pese a ello, no se librarían de las responsabilidades administrativas por ese tipo de conductas.

Pero el delirio delictivo no acaba aquí, pues el joven príncipe besó en los labios a la hermosa princesa estando ésta inconsciente y, por tanto, sin su autorización. Tal acto podría llegar a constituir un delito de abusos sexuales por la falta de consentimiento, el cual, tras la nueva reforma penal, tampoco sería válido al ser la víctima menor de 16 años.

La madrastra, al cometer un delito tan grave como el descrito (asesinato de menor de 16 años) tendría el dudoso honor de estrenar la nueva pena de prisión permanente, cuya primera revisión se produciría (con un cálculo meramente visual de la edad a la que se le impone) no antes de que ésta contase con unos 65 o 70 años de edad.

Las penas de todos los enanitos podrían sumar nada menos que 21 años de prisión por el delito de explotación laboral, a las que se añadirían las del nuevo delito ya citado.

El cazador, en caso de existir el delito contra la fauna, tendría que hacer frente a una pena de prisión de ocho a doce meses.

El príncipe, por los abusos sexuales sobre una menor de 16 años, podría ser condenado a una pena de prisión de entre dos y hasta seis años.

Y la joven Blancanieves, en virtud de la llamada ley penal del menor, tendría que ser sometida a alguna medida, incluido el internamiento, por el allanamiento de morada cometido.

Nos queda el consuelo de que los siete enanitos y el príncipe seguramente acabarían obteniendo algún beneficio penitenciario por un, más que probable, buen comportamiento en prisión.