El monje de Montserrat votó por correo pero no dice por quién

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Bernabé Dalmau es el mayor de ocho hermanos. “A todos los casé yo”, dice con orgullo. No es sólo el sacerdote de cabecera de su familia. Es también uno de los monjes más antiguos de la Abadía de Montserrat, donde vive desde hace 55 años.

Reportaje gráfico: David López Frías

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Bernabé Dalmau es el mayor de ocho hermanos. “A todos los casé yo”, dice con orgullo. No es sólo el sacerdote de cabecera de su familia. Es también uno de los monjes más antiguos de la Abadía de Montserrat, donde vive desde hace 55 años.

Bernabé Dalmau (Igualada, 1944) no se moverá este domingo de Montserrat: “Es que yo ya he votado, ¿sabe? Lo he hecho por correo como hacemos las tres cuartas partes de los monjes. Hay un monje encargado de llevar el control de los DNI. Elegimos papeleta, rubricamos con firma electrónica y votamos. Es mucho más cómodo que bajar al pueblo”, explica sonriente.

No se pronuncia sobre sus preferencias políticas ni se presta a pronósticos porque así se lo han pedido desde la dirección de la abadía. Es la única condición que impone Montserrat para la entrevista: “Nada de preguntas sobre la independencia. Son las normas. Montserrat es de todos y no queremos que haya malos entendidos ni discusiones relativas al proceso”.

Yo acepto las reglas. Pero Bernabé no rehúye hablar de las elecciones aunque sea de forma tangencial. “Siempre voto. Con responsabilidad y emoción. No falto a unas elecciones autonómicas ni a unas generales. Yo nací en pleno franquismo por lo que soy un enamorado de la democracia y creo que es un derecho que hay que ejercer”.

Los únicos comicios que se suele saltar son los municipales porque son “los que menos nos afectan”. El monasterio depende de Monistrol de Montserrat, un pequeño pueblo situado a los pies de la montaña. Pero a efectos prácticos se podría decir que es el municipio de Monistrol el que depende económicamente del monasterio. La montaña de Montserrat no tiene ayuntamiento pero genera casi toda la actividad laboral de la comarca.

Monistrol es un pueblo que no llega a los 3.000 habitantes. No tiene industrias ni servicio. Por la Abadía pasaron 2,4 millones de personas el año pasado.

“Muchos de los habitantes del pueblo trabajan en la Abadía”, dice el monje. “Si conocemos a algún concejal del Ayuntamiento es porque trabaja aquí y lo vemos de vez en cuando”.

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Un niño cantor

En Montserrat sólo quedan tres monjes que procedieran de la legendaria escolanía del monasterio. Bernabé Dalmau es uno de ellos. La escolanía es una coral que hace giras por todo el planeta. Su canal de Youtube cuenta un millón y medio de visitas.

“Nací en el seno de una familia muy religiosa, muy cristiana y muy catalana”, explica el monje. “No sé por qué me trajeron aquí a cantar con nueve años ya que nunca destaqué por cuestiones musicales. Pero el hecho es que estuve aquí hasta los 13. El ambiente me pareció tan agradable que empecé a plantearme la idea de ingresar como monje y con 16 años volví para quedarme”.

Dalmau se licenció en Teología y en su proceso de preparación pasó por Estrasburgo y Roma. Con 28 años y ya ordenado sacerdote, volvió al monasterio y se quedó aquí a vivir.

Además de monje es escritor y editor. Empezó a escribir como distracción para pasar los ratos muertos. En 2016 cumplirá 30 años como director de la revista Documents d’Esglesia, una publicación mensual de 64 páginas que se edita desde 1966 y que recoge detalles del mundo católico en catalán.

Dalmau ha escrito una veintena libros, todos ellos de divulgación cristiana. “Siempre tengo tres libros en mente. El que sale, aquél en el que estoy trabajando y el que estoy proyectando”. Es el autor de títulos como Envejecer con dignidad o Manual cristiano de autoestima. Sus dos ocupaciones confluyen y aprovecha muchos de los textos de la revista para sus libros y viceversa. “Es muy catalán esto de aprovecharlo todo”, reconoce con una sonrisa pícara.

Al igual que Bernabé, la mayoría del medio centenar de monjes que viven en el Monasterio estarán pendientes del televisor el domingo para seguir el transcurso de las elecciones. “Claro que tenemos tele, ¿qué se cree? Una sala con una pantalla muy moderna y unos asientos bien cómodos. Tenemos hasta Internet. De hecho, cada monje tiene su propio ordenador para trabajar”, explica con gracia.

“Cada mañana rezamos una plegaria que se transmite por la radio y por Internet”, dice Dalmau. “Fíjese: una de mis hermanas se despierta todos los días escuchándome desde su casa y alguno oye esa plegaria en el coche, de camino a su trabajo”.

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Una abadía menguante

El monje tiene siete hermanos y 22 sobrinos, que a su vez tienen 22 hijos. “¿Curioso, eh? Pues uno de estos pequeños acaba de entrar a cantar en la Escolania de Montserrat en la que yo entré”, dice Dalmau, que no cree que ninguno de estos jóvenes vaya a heredar su vocación.

“En mi época era mucho más habitual hacerse monje”, explica. “Luego llegó la Transición y con ella el Estado del Bienestar y una sociedad más materialista. Cambió la forma de transmitir la fe. Hace ya tiempo que se ha reducido el número de personas que quieren ordenarse sacerdotes. Antes pensaba que tal vez fuese mejor así, que me parecía mejor que fuésemos pocos pero buenos. Ahora pienso que igual somos demasiado pocos”.

Dalmau entiende que este desinterés por la fe es “fruto de una carencia importante de cultura religiosa”. A pesar de esta presunta disminución de interés por la fe entre los más jóvenes, Dalmau no cree que los monjes vayan a desaparecer nunca de Montserrat. Aquí hay monjes de todas las edades. “El más mayor tiene 93 años y es el único que llegó antes de la Guerra Civil. El más joven tiene 23 y la próxima semana recibiremos a unos candidatos que rondan los 40 años”.

La transmisión de la fe es una de las razones por las que la vida monástica atrae cada vez a menos gente. Los horarios de los monjes podrían ser otro de los motivos: “Nos levantamos a las cinco y media y a las seis rezamos la primera plegaria durante tres cuartos de hora. Después tenemos tiempo para una plegaria personal libre que cada uno realiza como cree conveniente. Leyendo, en su habitación, paseando… Así hasta las 7:30, cuando hacemos la segunda plegaria conjunta del día. A las ocho almorzamos. Luego tenemos tres horas de trabajo y a las 11 celebramos la misa de comunidad”.

A esa hora es cuando llegan los turistas y los monjes se retiran a trabajar hasta la una y media, que es cuando se juntan para comer. A las tres hacen otra plegaria y siguen trabajando. “En torno a las nueve y media ya puedes estar durmiendo”, dice el monje. “Como puede comprobar, tenemos un horario bastante europeo”.

“Llevamos en la montaña más años que la propia virgen”, dice Dalmau. “En 1023, el Abat Oliva trajó a este monasterio a los primeros monjes procedentes del Ripollés. Los estudios aseguran que la imagen de la virgen llegó a la montaña en torno al año 1200. Llegamos casi 200 años antes que ella” explica entre risas.

El monje es un ferviente defensor de la ciencia y salpica su relato con datos probados: “No me gustan las leyendas. Soy más de hechos contrastados”.

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Una ‘Moreneta’ blanca

No da por buena ninguna de las leyendas que existen en torno al color negro de la piel de la Virgen de Montserrat, conocida por los catalanes como La Moreneta. “Su color negro se debe a la oxidación del material con el que está fabricada la figura”, dice. “Las sucesivas restauraciones conllevaron que los restauradores pintasen la cara del color que la veían. Como cada vez estaba más oscura, al final la acabaron pintando de negro. De hecho, se sabe que la aplicación de ese color en su cara data de una restauración practicada hace 150 años”. Dalmau apunta una curiosidad: “En el altar de la Basílica de San Pedro del Vaticano hay una figura de una Virgen de Montserrat que procede de Brasil y que es totalmente blanca”.

Dalmau ampoco cree el mito que dice aquí se guarda el Santo Grial. “Ésa es otra leyenda que se popularizó en el siglo XX, pero no he encontrado referencias anteriores. Es algo que procede de la afición de Hitler por Wagner. En su ópera Parsifal hablaba de que un grupo de guerreros protegían el cáliz de Cristo en una singular montaña sagrada llamada ‘Montsalvat’. El parecido con Montserrat y la particular orografía de nuestro monte llevó a los nazis a pensar que aquí podría hallarse el grial. Un día vino Himmler a visitar el monasterio. Lo atendió un monje que hablaba alemán. Estuvieron hablando cerca de dos horas, se dio un paseo por la abadía… y tal y como vino se marchó”.

Dalmau acaba la entrevista y se recoge a sus aposentos para seguir trabajando. Espera con impaciencia los resultados de las elecciones y cree que tendrán mucho seguimiento entre los monjes: “Hay mucho interés por todas las noticias que se producen en nuestro entorno. Recuerdo que nunca se congregaron más monjes en torno al televisor que el 11 de septiembre de 2001, cuando atentaron contra las Torres Gemelas”.

La tele no es uno de los divertimentos preferidos de Dalmau. El monje prefiere acceder  a la información por Internet. Antes de marcharse confiesa: “A lo que no he conseguido aficionarme es a eso [se toca varias veces la palma de la mano con el dedo índice] a eso del móvil”.

Y se despide con una carcajada.

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El exportador de cava no se moja sobre el proceso de Mas

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Pere Guilera regenta una de las bodegas con más solera de la comarca del Penedès. El sector ha sobrevivido sin despidos a la crisis y al boicot al cava catalán. Aquí cuenta su historia y se resiste a pronunciarse sobre el proceso soberanista: “Venga lo que venga, ojalá me pille trabajando”.

Reportaje gráfico: David López Frías

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Pere Guilera regenta una de las bodegas con más solera de la comarca del Penedès. El sector ha sobrevivido sin despidos a la crisis y al boicot al cava catalán. Aquí cuenta su historia y se resiste a pronunciarse sobre el proceso soberanista: “Venga lo que venga, ojalá me pille trabajando”.

El ingeniero agrícola Pere Guilera (Subirat, 1949) es el propietario de Cava Guilera, una empresa familiar que cuenta con nueve hectáreas de viña y en la que sólo trabajan tres personas: él, su hija y su yerno. Guilera vende unas 25.000 botellas anuales. La quinta parte las exporta a países como Bélgica o Finlandia.

Guilera es uno de los productores de cava en activo más veteranos de la comarca del Penedès. Es hijo, nieto y padre de productores. Nació y creció en la misma finca en la que hoy vive y trabaja. Desde que era pequeño cuida de las viñas, pisa las uvas y acarrea las herramientas. “Eso no ha cambiado”, explica. “A los tres nos toca hacer de todo. Lo único que yo no hago es ponerme a hablar inglés con las visitas. Eso se lo dejo a mi hija”.

Guilera no ha conocido otro entorno ni tiene intención de hacerlo. “Mi hija me dice que ahora que me voy a jubilar debería ir pensando en otras distracciones. Yo le pregunto que si es que me quiere matar. No sabría estar fuera de este lugar”. Así cuenta él mismo la historia de la empresa:

Mi familia empezó a producir cava en 1927. Mi abuelo, Pere Guilera, trabajaba para un viticultor que se llamaba Calixto. Cuando hubo aprendido todos los secretos del oficio, decidió montar su propio negocio. Corría el año 1933 cuando compró esta finca y levantó su propia bodega. Lo hizo justo antes de la guerra. Al dejar de trabajar para un gran productor corría el riesgo de enemistarse con los de un bando. Al convertirse en nuevo propietario, podía ser considerado un traidor por los otros. Además se hipotecó para varios años en una época de incertidumbre económica. Tomó decisiones muy valientes. Por eso lo llamamos “agosarat” (atrevido en catalán). Hoy, 82 años después, su finca sigue funcionando a pleno rendimiento y nuestro mejor cava se llama así: “Agosarat”, en honor al atrevimiento del pionero y fundador de la empresa.

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Guilera no tiene visos de salir de las viñas. En los últimos quince años ha invertido mucho dinero en su empresa para fortalecerla. Pero no persigue producir más cava ni vender más botellas. Su estrategia ha sido la diversificación del negocio. “Hemos apostado por el enoturismo, que es lo que ha salvado la economía de este pueblo”, explica. “Todos los habitantes de Subirats se benefician de este tipo de turismo. Las bodegas porque los visitantes compran nuestros productos y realizan actividades. Los comercios de la zona porque aumenta el gasto en las tiendas. Los hosteleros porque la gente se queda a comer…”.  

Este nuevo tipo de turismo está atrayendo sobre todo a americanos, escandinavos y alemanes. “Son personas de un alto nivel cultural y entendidos en vino”, explica Guilera. “No es gente que viene a emborracharse. No queremos que vengan a beber sino a aprender y a divertirse”. 

“Lo llevamos haciendo desde principios del siglo XXI”, dice el dueño de la empresa. “Nos dimos cuenta de que este negocio no consiste sólo en beber y en vender. Decidimos montar un pequeño museo y explicar el proceso de fabricación del vino, la historia de la comarca, la presencia de los romanos. Proponemos paseos, acampadas entre los viñedos con autocaravana, aperitivos y comidas con maridajes. También ponemos a los turistas a pisar uva. Es una de las experiencias más divertidas. Vienen familias enteras”.

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Contra el vertedero

¿Es difícil cambiar las inercias de un negocio familiar? Guilera reconoce que hubo varios factores para dar el paso. Uno de ellos fue la lucha contra un gigante: “A finales de los 90 quisieron instalar en nuestro pueblo el gran vertedero de basuras del área metropolitana de Barcelona. Lo iban a poner aquí, delante de nuestras narices”, recuerda el propietario de la empresa, que cuenta que el proyecto ya estaba validado y a punto de ser aprobado por el pleno.

“El ayuntamiento había recibido incluso un cheque de cinco millones de pesetas como adelanto”, dice Guilera. Con muy poco margen de maniobra, en un tiempo récord y con la suerte casi echada, Pere lideró un movimiento ciudadano contra el proyecto. “Recogimos firmas, recurrimos a los medios, movilizamos a los vecinos, hablamos con el alcalde y protestamos delante del ayuntamiento. Todos trabajamos codo con codo”. Al final el alcalde se echó atrás. “Fuimos conscientes de que esa vez habíamos salvado nuestro entorno natural, pero podría haber un segundo intento. Por eso decidimos que teníamos que empezar a montar negocios que tuvieran al paisaje como  protagonista. El enoturismo es uno de ellos”.

El otro factor que llevó a Guilera a reinventar y diversificar su negocio pudo ser el intento de boicot a los productos catalanes durante los años de la batalla en torno al Estatuto catalán. Guilera reconoce que las ventas bajaron “de forma sensible”.

“Al fin y al cabo trabajamos con muchos clientes del resto de España”, explica.

Y sin embargo Guilera vio en el boicot una oportunidad: “Pensamos que podíamos establecer nuevas relaciones comerciales con otros territorios. Me di cuenta de que debía dejar de depender de la venta pura y dura de vino”.

Su carácter didáctico y el empuje de su hija, licenciada en Publicidad, hicieron el resto. Ahora es una de las bodegas del Penedès con más actividades para turistas. A pesar de aquel intento de boicot, Guilera sigue “confiando en los lazos comerciales y de amistad con el resto de España. Nuestras ventas allí suponen el 10% de nuestra facturación. Hemos empezado a trabajar con una tienda de Madrid que vende sólo cava”.

El propietario de la empresa intenta ser diplomático en todas sus respuestas y recuerda que el lema de la empresa es “Prohibido hablar mal de nadie” cuando el reportero le pregunta por su opinión sobre el proceso de independencia catalán. Enseguida muestra una escultura que le hizo un artista granadino después de una visita: “Tenemos amigos en todas partes”.

¿Le gustan a Guilera los espumosos que se producen en otros lugares de España? “No está mal pero en ningún otro sitio tienen la uva Xarel·lo, que es la que de verdad le da carácter a nuestro cava”.

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Mudo sobre el proceso

A las puertas de las elecciones, Guilera no se pronuncia de forma pública sobre sus preferencias políticas ni sobre la situación que está viviendo Cataluña: “Lo que yo opino del proceso es que, venga lo que venga, ojalá me pille trabajando”, bromea. No se moja en cuestiones políticas ni desvela si va a votar a favor de la independencia. Sí lo harán la mayor parte de sus vecinos: Subirats es uno de los ayuntamientos que se han adherido a la red de ayuntamientos por la independencia. El municipio tiene 3.000 habitantes y es el más extenso y disperso de la comarca.

“Yo no te diré si soy independentista o no”, dice el dueño de la empresa. “Yo soy Pere Guilera, un empresario. La figura del empresario no vota. Sólo trabaja e intenta crear puestos de trabajo”. Sus antecedentes tampoco dan muchas pistas. Fue concejal durante dos años en una plataforma local independiente llamada Subirats Un Nou Futur. “A los dos años me fui porque me aburría”, admite. “La política no es para mí. Me gusta hacer cosas por los demás pero no así”.

Pere Guilera está obsesionado por el bien común. Entiende que esa es la clave del éxito: “olvidarnos de individualidades y optar por la unidad”. El ejemplo que pone es el de la plaga de la filoxera en 1860: “Fue un desastre mundial. En la comarca del Vallès había 20.000 hectáreas de viña y no quedó ni una viva. En el Baix Llobregat 20.000 más a las que les pasó lo mismo. En el Penedès, en cambio, nos recuperamos enseguida. Mientras en el resto de comarcas tuvieron que optar por cambiar de cultivos, aquí estuvimos produciendo vino de nuevo a los 10 años. Esto se consiguió gracias a la solidaridad y el trabajo en equipo de Los 7 sabios de Grecia. 

Ése era el nombre con el que pasaron a la posteridad los siete principales viticultores de la comarca: Marc Mir, Rafael Mir, Manuel Raventós (de Codorniu), Francesc Romeu, Pere Rovira de la Foradada, Modest Casanovas y Antoni Escayola. Ante el desastre provocado por aquel insecto llegado de América que se comió todas las cosechas, los siete se reunieron para decidir si cambiaban de cultivo o intentaban recuperar la viña.

“Era gente ilustrada que había viajado a Francia para conocer la solución contra la filoxera”, recuerda Guilera. “Entonces la mayoría de los payeses y de los pequeños productores eran analfabetos. Los siete sabios tenían dos opciones: quedarse la solución para ellos solos y lograr el monopolio de la uva o compartir el remedio con el resto de los productores. Optaron por la segunda. Trabajaron para los demás. Convocaron un congreso con todos los viticultores y les dieron la clave: había que arrancar las vides e implantar nuevas variedades. Eso salvó la uva de la comarca”.

Pere Guilera cree que “el cava está viviendo su segunda edad de oro” después del boom de los 80 y 90. “Hemos pasado la crisis sin despidos, sin recortes de sueldos y sin ERE”, explica. “No hablo de mi empresa sino de las más de 200 que operan en la comarca. Somos un ejemplo”. Afirma no tener miedo a que la independencia catalana imponga aranceles, impuestos y fronteras: “Todos los cambios han de afrontarse con normalidad y con mucho trabajo. Mi abuelo montó esta empresa casi en mitad de la guerra. Pasó muchas tribulaciones y salió airoso. Tendríamos que quejarnos menos porque de todo se sale trabajando”.

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El retratista sirio de la Rambla recuerda que “la fuerza está en la unión”

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El sirio Fouad Aboussada es uno de los pintores más serios de la Rambla. Desde hace tres décadas se sienta en su taburete para dibujar a vecinos y turistas. Tiene dos hijas catalanas y desconfía del proceso independentista: “Me importa Cataluña y me importa España. La fuerza está en la unión”. 

Reportaje grafico: David López Frías

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El sirio Fouad Aboussada es uno de los pintores más serios de la Rambla. Desde hace tres décadas se sienta en su taburete para dibujar a vecinos y turistas. Tiene dos hijas catalanas y desconfía del proceso independentista: “Me importa Cataluña y me importa España. La fuerza está en la unión”. 

El Ayuntamiento de Barcelona limitó en 2013 el número de pintores y dibujantes que trabajaban en la Rambla. Tres años antes, había hecho algo similar con las estatuas humanas. Se trataba de premiar a los mejores artistas y todas las medidas fueron en la misma dirección: reducir el número de plazas reservadas a los pintores (de un centenar a 62), limitar los días de trabajo y ubicar a los artistas en un solo lado de la Rambla.

“Decían que lo hacían para mejorar la calidad de los cuadros, pero lo que hicieron fue robarle espacio al arte para entregárselo a los bares y a las terrazas, que dan más dinero”, dice Fouad Aboussada (Sweida, 1946), un pintor sirio que lleva casi 30 años trabajando en este rincón de Barcelona. “Llegué en 1987 y en esta parte de la ciudad se respiraba más arte que ahora. No nos pedían permisos ni hacía falta tanto control”, rememora con nostalgia. 

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Aboussada es ilustrador, dibujante y pintor. Estudió Bellas Artes en la Universidad de Damasco. Al terminar la carrera, inició un viaje por el norte de África que le llevó a exponer sus obras en países como Túnez, Líbano o Argelia. Allí permaneció 10 años trabajando como profesor de dibujo. Organizó tres exposiciones en el Instituto Cervantes de Argel, donde conoció a varias personas que le sirvieron de contacto en España: “Decidí venir a Barcelona a hacer un doctorado y preparar una tesis sobre la influencia del arte árabe en la pintura moderna”.

Nunca lo acabó. Pero la ciudad le sedujo y se quedó a vivir. “Antes estuve viajando por Europa. Expuse en Viena, Berlín y Berna. Pero me afinqué en España, en Barcelona, porque este lugar es lo parecido a mi país. Es como mi tierra pero con menos líos. El clima, la gente… ¡Hasta la forma de mirarnos a los ojos! Salir a la calle y hablar con todo el mundo fue lo que me enganchó”.

Aboussada ha echado raíces en Barcelona. Se casó y ahora tiene dos hijas catalanas. “Ellas también son artistas”, explica con orgullo. “Una de ellas ya ha acabado Bellas Artes”.

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¿Qué queda de aquella Rambla que Aboussada conoció en 1987? “Bastante menos cultura. Pero eso no es culpa de los artistas sino de las instituciones que se la han ido cargando. Antes era diferente. No había tanto control y podíamos venir a pintar a diario. Ahora sólo nos dejan trabajar un día sí y un día no. Recuerdo que en aquellos tiempos se respiraba arte: teníamos que llegar a las siete de la mañana para coger el mejor sitio posible. Había personas de todas las nacionalidades y nos entendíamos bien. El idioma universal de la cultura tiene estas cosas: que puedes ver conviviendo en paz y armonía a un sirio, un iraquí y un israelí”, recuerda citando a dos compañeros ya fallecidos.

Las ordenanzas municipales han ido acorralando a los artistas. En 2000 se redactó la penúltima regulación, que impuso hasta el tipo de parasoles o taburetes que debían usar los pintores.

Luego se organizó un concurso para otorgar las licencias a los artistas. O mejor dicho para retirarlas porque el número de autorizaciones disminuyó.

Los polémicos castings de pintores tuvieron lugar en 2007 y apartaron de la Rambla a algunos dibujantes históricos. “Cuando yo llegué había una asociación de artistas. Ahora somos tres pero no hay entendimiento. Ni se preocupan por nosotros ni establecen relaciones con el ayuntamiento ni fomentan las exposiciones”, se queja Fouad, que reivindica que las instituciones “cuiden el arte para que la Rambla tenga vida”.

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Una gran alcantarilla

Esa vida de la que habla Aboussada no acompaña a la Rambla desde su origen. En sus inicios, el paseo más célebre de Barcelona no era más que un torrente por el que discurrían las aguas fecales que desembocaban en el mar. Sólo dejó de ser una gran alcantarilla en torno a 1440 cuando se desvió su caudal.

Cuentan los historiadores que la Rambla enseguida se convirtió en la zona de paseo favorita de la población pese al perfil macabro de la zona de la Boqueria, que debe su nombre a los boc o cabritos que allí vendían los judíos y donde había instaladas varias horcas para ejecutar a los condenados a muerte.

El día de Santiago de 1835 acontecieron unos hechos que cambiaron para siempre la fisonomía de la Rambla. El detonante fue una corrida de toros celebrada en el desaparecido Torín de la Barceloneta: la primera plaza de toros de España. Los animales seleccionados aquel día salieron especialmente mansos. Aquello caldeó los ánimos de un público ya exasperado a causa de la guerra civil entre liberales y absolutistas y la indignación se tradujo en una manifestación espontánea.

El sentimiento anticlerical de las clases obreras de Barcelona hizo que toda aquella ira se descargase contra los frailes. Les acusaban de quedarse con casi todo el trigo de la ciudad, de haber envenenado el agua y de tener inmovilizado gran parte del suelo urbano con conventos mientras la gente se amontonaba en casas precarias de varias alturas por falta de espacio.

El balance de aquella jornada fueron 12 conventos atacados y cinco destruidos por completo. Aquella revuelta hizo avanzar la desamortización de bienes eclesiásticos, regulada al año siguiente mediante el decreto del ministro Mendizábal, que liberó algunas propiedades del paseo y transformó la Rambla de forma radical.

Desde entonces la Rambla se ha convertido en el espacio de paseo por antonomasia de los vecinos y de los turistas. Cada tramo cuenta con su propia fisonomía e historia. Si se camina siguiendo el curso del agua (de la plaza de Cataluña a Colón), el paseo arranca en la Rambla de Canaletes, que recibe su nombre de su fuente más emblemática. La misma que con el tiempo se ha convertido en el punto de celebración de los títulos del Barça. Por debajo queda la Rambla dels Estudis, que debe su denominación a una antigua universidad, clausurada y convertida en cuartel por Felipe V en 1720. La siguiente zona es la Rambla de les Flors, donde aún se concentra el mayor número de floristerías por metro cuadrado de Cataluña. La parte central es la Rambla dels Caputxins, llamada así porque albergaba un convento de frailes (aquéllos que ardieron después de la fatídica corrida de toros). Esta parte también es conocida como Rambla del Centro y fue la primera zona de paseo de la sociedad barcelonesa.

La última zona es la de Santa Mónica y es la que acoge ahora a los artistas. Pero esto no fue siempre así. Además de los pintores, allí se ubican las estatuas humanas que hasta hace tres años se encontraban en mitad del paseo. La polémica ordenanza municipal las sacó del corazón de la Rambla del centro en 2012. Los artistas, tal y como asegura Aboussada, “cada vez lo tenemos más difícil, somos menos y estamos más controlados”. El sirio tiene la esperanza de que “el nuevo Gobierno municipal que acaba de entrar mejore algunos aspectos. Si no, veremos pronto más vendedores y más terrazas ocupando nuestro espacio y ahí se habrá acabado el arte en la Rambla”.

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A favor de la unión

Fouad Aboussada vive con expectación el proceso independentista en el que se halla sumida Cataluña. Asegura que prefiere que la comunidad autónoma no se separe del resto del país: “Me importa Cataluña y me importa España. No quiero una separación porque todos buscamos ser más fuertes. La fuerza está en la unión”. No obstante, el sirio se define como un demócrata convencido: “Estaré del lado de la decisión que tome la mayoría, porque esa será la visión correcta de lo que queremos”.

Aboussada tiene la percepción de que entre sus conciudadanos independentistas está primando demasiado el factor económico: “Nos dicen que teniendo nuestro propio estado seríamos más ricos y tal vez sea cierto. Pero el dinero no es lo único importante. Ni siquiera es lo más importante. Hay otros factores que conviene tener en cuenta. Yo creo que somos hermanos. Quizás algún día necesitemos la ayuda de Madrid o ellos la nuestra. Soy partidario de la unidad para ser más fuertes”.

Aboussada basa su argumentación en el conflicto que está azotando su país. Le cambia el tono de voz cuando lo aborda y su gesto se vuelve grave: “Siria es ahora un país más dividido que nunca. El Gobierno por un lado, los rebeldes por el otro, el grupo Estado Islámico por otro y los kurdos por ahí. ¿Cuál es el resultado? Millones de personas huyendo del país y muriendo en el intento de marcharse. Al final el pueblo es lo que menos importa. La gente mala tiende a organizarse para evitar que el pueblo decida e imponga la democracia. No comparo nuestra situación con la de Siria, obviamente, pero es un ejemplo de que la unión hace la fuerza”.

Los diarios de la Rambla

Fouad Aboussada tiene a casi toda su familia en Siria y lamenta que no va a poder regresar en mucho tiempo: “Allí tengo todavía muchas obras en algunas galerías y me encantaría volver”.

Por ahora debe quedarse sentado en su taburete de la Rambla de Barcelona, donde se siente a gusto: “Hay gente que no me cree, pero no hago esto sólo por dinero. Me encanta estar en la calle porque me relaciono con las personas, observo las cosas que pasan y las apunto en unas libretas a las que llamo Diarios de La Rambla. Debo de tener como seis blocs llenos de anécdotas y experiencias”.

La última que le ha emocionado tuvo lugar esta misma semana. Enciende su cámara de fotos Panasonic, enseña la imagen de una mujer llorando y explica su historia: “Hace 13 años vino un señor de Carolina del Norte con la foto de su nieto para que yo le hiciera un retrato. Se lo llevó a Estados Unidos y le gustó a toda la familia. Al poco tiempo, ese señor se murió. Su hija tuvo otra niña y quiso que tuviese un retrato como el que yo le hice a su hermanito. Lo intentó con varios pintores estadounidenses pero no le convenció el resultado. Este año ha venido a Barcelona de vacaciones sin saber donde me podía encontrar. Apareció aquí por casualidad. Reconoció la firma en uno de mis cuadros y empezó a gritar y a llorar de alegría. Ha sido una de las experiencias más gratificantes de los últimos tiempos. Como te digo, no es sólo el dinero. Estas cosas te las da el arte y te las da la Rambla”.

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El rey de los ‘castells’ de Vilafranca se resiste a abandonar

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Cisco Mallofré nació en 1939. Durante los últimos 50 años ha levantado más de 2.000 castells con los ‘verds’ de Vilafranca. Su constitución física le ha permitido soportar el peso de estas torres humanas hasta los 74 años. “Era una roca”, dicen sus compañeros. Esta es su historia y su relación con la plaza más ‘castellera’ de Cataluña.

Fotografía: Alberto Tallón

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Cisco Mallofré nació en 1939. Durante los últimos 50 años ha levantado más de 2.000 castells con los ‘verds’ de Vilafranca. Su constitución física le ha permitido soportar el peso de estas torres humanas hasta los 74 años. “Era una roca”, dicen sus compañeros. Esta es su historia y su relación con la plaza más ‘castellera’ de Cataluña.

Cisco Mallofré creció en un entorno humilde. A los 11 años ya transportaba sacos de arroz para un negocio local. No le gustaba estudiar y de esta forma ayudaba a subsistir a su familia. A los 18 años ingresó en los Castellers de Vilafranca. Entonces trabajaba para una licorera y los dueños pensaron que sería un buen fichaje para la colla al ver que tenía una fuerza desmesurada. Le animaron a probar y aceptó.

Hace dos años Mallofré sufrió un derrame en el ojo provocado por la diabetes que padece desde joven. Unos días después, su mujer vio que repetía algunas frases y le llevó al hospital donde le diagnosticaron un infarto en el cerebelo. Después de 50 años y más de 2.000 castells a sus espaldas, el abuelo abandonó la colla de castellers. Ahora sigue acompañando al grupo de Vilafranca en sus actuaciones, pero sólo se puede poner al final de la piña que se forma a los pies de cada castell

Mallofré me recibe en su casa. Hoy está más nervioso que de costumbre porque se celebra la Diada de Sant Félix, uno de los eventos más importantes del mundo casteller. Cada 30 de agosto las cuatro mejores collas (o grupos) castellers se reúnen en Vilafranca del Penedès para construir las torres humanas más complicadas. Los de Vilafranca juegan en casa y la presión es alta.

El reloj marca las 11 y apenas quedan dos horas para el gran momento. Mallofré deambula por el comedor de su casa enseñándome decenas de fotos y cuadros que tiene en la pared. Me señala emocionado algunos retratos: “Aquí estaba en el primer pilar de seis que hicimos, aquí en el primer 3d9 con folre”.

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‘Castellers’: un glosario básico

Una colla es una asociación de castellers.

Un 3 de 7 (3d7) es un castillo humano donde hay siete pisos de tres personas. Un 5 de 8 (5d8) es un castillo donde hay ocho pisos de cinco personas. Hay dos tipos de castillos que tienen un nombre concreto: el pilar es un castillo formado de una persona por piso y la torre es un castillo está formado por dos.

El folre es un segundo piso de gente que se sitúa encima de la piña para lograr mayor estabilidad en los castillos más complejos.

La enxaneta es la persona que encumbra el castillo y suele tener entre cinco y 10 años.

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Cisco Mallofré se pone la camisa verde de los Castellers de Vilafranca. En el mundo casteller la camisa define enseguida quién eres y quién no. Mallofré siempre ha llevado la verde pero en 1957 tuvo un desliz. A los pocos meses de ingresar en los verds se enfadó con algunos compañeros porque dudaban de su compromiso. Dejó la formación y se apartó del mundo casteller.

Un año después, los castellers del Vendrell (rivales de los ‘verds’ en aquella época) lo reclutaron durante las fiestas de Vilafranca. Les echó una mano participando en un par de castillos y regresó a casa para jugar con la camiseta del rival.

“[Los de Vilafranca] me dijeron que era un traidor”, recuerda. A los castellers del Vendrell les gustó la fuerza de Mallofré y le preguntaron si quería regresar con ellos al mundo casteller. Pero Mallofré lo tenía claro: si volvía a hacer castells sería con los de Vilafranca. Así que preguntó a los verds si podía regresar. “Me dijeron que se lo pensarían”, recuerda. Al cabo de 10 días lo aceptaron de nuevo pero con una condición: “Nunca más otra camisa”.

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La plaza

Unos minutos después de las 11, Cisco Mallofré sale de su casa y se reúne con los Castellers de Vilafranca detrás del ayuntamiento. También están la Colla Jove de Valls, la Colla Vella de Valls y el Minyons de Terrassa. Allí las cuatro formaciones aguardan antes entrar en la Plaça de la Vila. Como es tradición, los de Vilafranca entran a la plaza a través de un callejón lúgubre de apenas tres metros de ancho situado al lado del ayuntamiento. Es una travesía corta y claustrofóbica donde los castellers saltan, gritan y se despojan de los nervios que acompañan a una gran ocasión.

A medida que nos acercamos a la plaza, también se acerca la luz del sol. El calor es asfixiante. Mallofré avanza paso a paso, ajeno al nerviosismo de sus compañeros. Ha hecho este recorrido decenas de veces pero hoy es un espectador más. Contempla el momento y lo hace con una leve sonrisa que le dura durante todo el recorrido. “¡Entren a la Plaça, els Castellers de Vilafranca!” se oye por un altavoz. Suena el estruendo dentro de la plaza. No cabe un alfiler.

La Plaça de la Vila se conoce popularmente por  la “plaza más castellera” de Cataluña. A principios del siglo XX hubo una fuerte decadencia del mundo casteller. Sólo existían dos collas en toda Cataluña (las de Valls) y la mayoría de los pueblos perdieron el interés por esta tradición. Vilafranca fue la excepción en esa decadencia. Aquí nunca dejaron de contratar a las collas de Valls durante la Diada de Sant Fèlix y así se mantuvo la tradición.

Si no fuera por esta plaza, quizá los castellers serían Historia. Hace unos años la UNESCO los declaró patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad.

El peso histórico de la plaza y lo que representa se dejan sentir en este día grande. No es la más grande de Cataluña ni donde se reúnen más collas. Pero sí donde vienen las mejores a mostrar sus mejores cartas. Medios como TVE, TV3, Rac1, Antena 3 o incluso la venezolana Telesur cubren año tras año este certamen.

Mallofré, que empezó en los años 50, recuerda que entonces la repercusión castellera era mucho menor. Hoy las collas hacen giras por China, la India, Latinoamérica o Estados Unidos. “Antes no salíamos de la comarca”, explica. “Como mucho íbamos a Andorra o al País Vasco”.

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Cisco Mallofré durante un ‘castell’. / ALBERTO TALLÓN

La política

Una voz solicita al público por los altavoces que se retire unos metros para dejar pasar a las collas en la plaza. En uno de los extremos, unos simpatizantes de la CUP de Vilafranca despliegan una estelada inmensa y la plaza lo celebra con una ovación.

Hace unos años no habría ocurrido porque los castellers no representaban la catalanidad. Las collas las nutrían personas que llegaban del resto de España. “Había incluso franquistas”, recuerda Cisco Mallofré.

El mundo casteller evitaba pronunciarse sobre los debates políticos. “Las collas tenían miedo a perder seguidores”, asegura Toni Bach, miembro de los Verds. Precisamente fue la colla de Vilafranca la primera en apoyar abiertamente la independencia en 2008. “Recibimos críticas”, recuerda Bach. “Algunos castellers no eran independentistas y hubo alguna discusión”.

Durante los primeros años, el independentismo de los Verds era una rareza en el mundo casteller. Pero eso cambió el 7 de octubre de 2012 durante el concurso de castellers de Tarragona. Entonces se pudo ver que el independentismo ya no era solo cosa de los de Vilafranca.

El certamen se celebra cada dos años, reúne a las 41 mejores collas de Cataluña y congrega a más de 7.000 personas. El recinto donde se celebraba estalló en 2012 en cánticos independentistas como se puede ver en este vídeo (minuto 00.40).

En 2013 medio mundo casteller se había posicionado a favor de la independencia. Al menos 18 collas se apuntaron a la “cadena humana” que recorrió Cataluña. Hoy dos tercios de las collas están a favor del proceso soberanista.

En la manifestación de la Diada del 2014 se apuntaron 48 collas. En la manifestación de este año, eran más de 60. El New York Times publicó un reportaje donde contaba este auge y lo tituló: Catalonia’s Human Towers as a Metaphor for Independence (Torres humanas de Cataluña como metáfora para la independencia). Le pregunto a Mallofré si él es independentista. Me sonríe y dice: “Soy catalán”. Es su forma de decir que sí.

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Un hormiguero humano

Las collas de Valls y de Terrassa por fin entran en la plaza y se forma un perfecto mosaico de cuatro colores. El lugar parece un hormiguero y no hay espacio para caminar.

Los de Vilafranca empiezan el certamen intentando un 3d9 con folre. Un castell se considera valido cuando se “carga”. Eso ocurre si la enxaneta, la última persona en subir, alza la mano en la cima de la torre. Pero las collas intentan descargar el castillo sin que colapse. Ése es el objetivo final. 

La plaza se queda en silencio y Mallofré se sitúa al final de la piña. Los castellers caminan entre las cabezas para ir hacia el centro del castell y empezar a subir, pero nadie lo hace sobre los hombros de Mallofré. “Sabemos quién es y cómo está su salud. Hay un respeto increíble por este hombre”, me dice Gerard Bardalet, un joven casteller de 21 años.

Los de Vilafranca logran descargar el 3d9 con folre. El sol reina la plaza, se acerca la una del mediodía y el calor empieza a ahogar. Cisco Mallofré es un hombre caluroso, pero asegura que no lo nota cuando hace castells. Como casi todos los castellers con los que he hablado, llevan esta expresión al extremo. El dolor es parte de la actividad y Cisco siempre fue de los que lo soportaba bien.

En los años 60 estaba en la base de un 5d7 y, según recuerda, tenía encima a dos compañeros que pesaban más que él. Su cuerpo no lo aguantó. Cuando el castillo se estaba coronando, escuchó un crack y le empezó a doler el brazo izquierdo. “Los que tenía encima también lo escucharon”, asegura. “Al terminar el castillo, mi brazo no me respondía”, recuerda. Se rompió la clavícula izquierda pero aguantó toda la construcción. Lo cuenta haciendo una mueca de dolor y apretando los dientes mientras me recuerda: “Lo primero es el castell”.

Los accidentes son habituales y los hay de todo tipo. En julio del 2012 una castellera de la Jove de Vilafranca (la tercera colla del pueblo) salió disparada de un 3d7 y perdió un riñón, que le explotó literalmente. En agosto del 2013, a un casteller de los de la Vila de Gràcia se le cayó el castillo encima y tuvo una parada cardíaca. Los servicios médicos lo reanimaron pero sufrió una lesión medular.

También ha habido accidentes mortales. Pero sólo cuatro documentados en los más de 200 años de historia de esta tradición. En 1871, el enxaneta de la Vella, Magí Serra, murió al caer de una torre de seis. Apenas tenía 11 años. No hubo periodistas que contaran el suceso. Sólo quedó el célebre poema de Ángel Guimerá: L’Enxaneta.

En 1983 un joven de nueve años de los castells de Torredembarra murió al caerse de un 3d7. En 2006, una niña de la colla de Mataró, chocó cabeza con cabeza con otro casteller al caerse de un 4d9 y no lo superó. El último accidente fatídico ocurrió en 2011, cuando un casteller del Arboç murió con 75 años cuando se le cayeron encima varias personas de una torre de siete.

Según un estudio de la Coordinadora de Collas Castelleras de Cataluña (CCCC), el riesgo de sufrir accidentes haciendo castells es menor que el que corren los jugadores de baloncesto. La gravedad del accidente suele ser mayor. Pero durante los últimos años se ha avanzado mucho en la prevención de riesgos. Se ensaya más, se cuidan más los aspectos técnicos y hay menos derrumbes. De los más de 6.000 castillos que se levantan cada año, las caídas rondan el 4%.

Mallofré recuerda que en sus años mozos esa tasa era mucho peor : “En los años 60 hacíamos 10 castillos durante todo el año y se caían siete”. 

Una vida de verde

Pasan las horas y suben y bajan castillos. Cisco Mallofré pasará el día “en familia en la plaza más castellera”. Nunca fue el jefe de la colla pero sí su miembro más fiel. “Siempre estuvo ahí, en todos los ensayos, en todas las actuaciones, en todas las grandes construcciones”, dicen sus compañeros.

Mallofré estuvo en el ascenso a primera divisón de los Castellers de Vilafranca. En 1985 lograron descargar un 5d8, una construcción mastodóntica que entonces se denominaba “la catedral de los castells” y que sólo habían levantado dos formaciones: la Jove y la Vella de Valls.

Fue todo un hito para la época y situó a los de Vilafranca en la elite del mundo casteller. Mallofré, que estaba en los bajos del castillo, no podía ver lo que ocurría sobre sus espaldas y un compañero le iba narrando la construcción. “Mientras se descargaba el castillo, me puse a llorar”, recuerda. Así retransmitió aquel momento TVE.

Mallofré asegura que le gustaría morir haciendo un castell. Lo lleva diciendo 20 años. En 1995 el Mundo Deportivo escribió esto sobre él:

“Cisco, sobre sus hombros se han levantado todos los castells del siglo. Ningún otro casteller ha llegado donde él. Sus pequeños ojos no impiden traslucir su enorme humanidad y apacible entereza. Para él, los ‘castells’ son, según dice, ‘un veneno en la sangre, algo íntimo y profundo’. Ahora, que lo ha hecho todo, aguarda su relevo con la cabeza alta y la mirada serena. Cuando se vaya de este mundo lo quiere hacer vestido de lo que más quiere: de verde ‘casteller’. Cisco Mallofré, más que una leyenda, un ejemplo”.

Asegura que por encima de los castellers sólo están sus dos hijas y su mujer. Seguirá unido a los de Vilafranca hasta que el cuerpo le aguante. Hoy lo hace ayudando desde la piña y llegará un día que lo tendrá que hacer como un mero espectador pero no le importa: “Me enseñaron a querer a los castells. Me enseñaron a amarlos sólo con verlos”. 

Más en la serie ‘Espejos de Cataluña’:

El decano de la Boqueria / La sobretituladora del Liceu

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Al decano de la Boqueria no le tiembla el pulso

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Joan Bayén lleva 70 años detrás de la barra del bar Pinotxo, el local más ilustre del Mercado de la Boqueria. El camarero del bar al que acuden los mejores chefs catalanes cuenta cómo ha cambiado el mercado y explica su actitud ante el proceso de independencia.

Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

Joan Bayén lleva 70 años detrás de la barra del bar Pinotxo, el local más ilustre del Mercado de la Boqueria. El camarero del bar al que acuden los mejores chefs catalanes cuenta cómo ha cambiado el mercado y explica su actitud ante el proceso de independencia.

El 31 de marzo de 1987 el célebre restaurador Ramón Cabau dio su último paseo por el Mercado de la Boqueria. Saludó a los comerciantes de todos los puestos y se sentó en la barra del bar Pinotxo. El camarero Joan Bayén le preguntó a su amigo si quería tomar lo de siempre. “No, hoy no me prepares nada”, respondió antes de pedir un vaso de agua. Al cabo de unos minutos Cabau ingirió una pastilla de cianuro y murió en el mercado más ilustre de Barcelona.

Cabau era también abogado, farmacéutico y uno de los iconos de la Barcelona de los años 80. Al día siguiente, la Boqueria quedó vacía a las 11.30 de la mañana. Cientos de clientes y comerciantes del mercado salieron a la Rambla para despedir al restaurador más famoso, convertido ya en mito por haber muerto en la plaza que le vio crecer.

A Cabau le sucedió como icono del mercado aquel camarero que le sirvió por última vez.  A sus 81 años y después de 70 sirviendo desayunos y comidas detrás de la barra del bar Pinotxo, Joan Bayén es hoy el personaje más ilustre del mercado. “Yo no soy famoso ni soy nada”, replica con modestia. “Nunca me compararé con Cabau”.

La realidad, sin embargo, le lleva la contraria. Durante la entrevista le interrumpen tres veces para pedirle una foto. Bayén reconoce que sale a 40-50 ‘selfies’ diarias y la búsqueda ‘pinotxo boqueria’ ofrece 28.000 resultados en Google. Le guste o no, Bayén representa la imagen de esa Barcelona que está a punto de desaparecer y que todos quieren inmortalizar.

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ALBERTO GAMAZO

El dilema del turismo

La Boqueria es uno de esos sitios de Barcelona que se resisten a entregarse por completo a los turistas. A diferencia de la Sagrada Familia o del parque Güell, lugares que cualquier barcelonés evita a toda costa, el mercado lucha por mantener cierto espíritu familiar y seguir ofreciendo productos de calidad a los clientes de toda la vida. Muchos creen, no obstante, que el mercado pierde cada día un cliente y la esencia que lo convirtió en un lugar mítico se va desvaneciendo.

“Lo mejor que tenía la Boqueria era el ambiente y sus vendedores”, explica Bayén. “Todo esto se está perdiendo”.

El restaurador explica con cierta tristeza que la clásica mujer con la cesta cada vez acude menos al mercado. Las paradas en las que se encontraba la mejor fruta de la ciudad ahora ofrecen zumos y vasitos de plástico con fruta cortada. Los comerciantes que vendían el pescado y marisco más fresco ahora ofrecen ostras abiertas listas para consumir en el acto. La lista de paradas que se han enfocado al turista es eterna y llena de tristeza a los asiduos.

Este oasis de colores y aromas en medio de Barcelona muta durante el día. Entre las ocho y las 10 de la mañana todavía se ven señoras “de toda la vida” con el carrito haciendo la compra. En la barra del bar Pinotxo desayunan clientes habituales que charlan de política y fútbol.

A partir de las 11 el espacio se vuelve impracticable. Cientos de personas circulan por los estrechos pasillos del mercado haciendo fotos y mirando los productos. Muchos no compran nada. En algunos momentos la muchedumbre no avanza y la gente se queda quieta, haciendo más fotos. A partir de las seis de la tarde, el espacio recupera cierta normalidad y los autóctonos vuelven a asomar.

El ayuntamiento prohibió en abril la entrada de grupos de más de 15 personas los viernes y sábados por la mañana pero la medida apenas se ha notado. “Entran 10 por una puerta, 10 por la otra y se juntan todos en el medio”, se queja Bayén.

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La antorcha olímpica

Bayén tenía solo 11 años cuando empezó a echar una mano en el negocio familiar. Al principio sólo servían escudella (una especie de cocido) para el resto de trabajadores del mercado. Después se dedicaron a cocinar la materia prima que traían los clientes, recién comprada en los puestos contiguos.

Durante siete décadas, Bayén ha oído y presenciado anécdotas de personajes de toda calaña desde el otro lado de la barra. Recuerda cómo en los 80 venían los periodistas a cenar cuando abría a las cuatro de la madrugada. También rememora orgulloso que le propusieron llevar la antorcha olímpica durante los Juegos de 1992. Se lo propusieron los organizadores, a los que alimentó durante meses mientras trabajaban en un edificio cercano.
Sus arrugas llevan escritas encuentros con personajes de todo tipo. Desde prostitutas anónimas del Raval hasta el magnate Bernie Ecclestone pasando por Jean Paul Gaultier, chefs con estrellas michelin y todos los alcaldes de Barcelona. “Colau aún no ha venido”, dice Bayén entre risas. “Estoy muy enfadado”.

El señor Pinotxo tiene tanta experiencia que es él quien escoge lo que vas a comer. “En función de qué cara traen les ofrezco una cosa u otra”. No hay carta en el bar ni lista de precios. Lo mejor es dejarse llevar por el anfitrión, que trata a los clientes como amigos y a las clientas como pretendientas. Su chaleco, pajarita y aspecto de personaje de cabaret hacen que sea imposible llevarle la contraria.

Bayén se levanta cada día a las cuatro y media y al cabo de una hora abre el bar en el que trabaja sin parar hasta las cinco de la tarde. “Después me voy a casa, me pongo un chandal y me voy a correr un par de horas”, dice Bayén, que ha corrido varios maratones. Según dice, el secreto para llegar tan bien a esa edad es no tener hijos y disfrutar del trabajo. “Lo que me mantiene en pie es mi clientela. ¡Y las mujeres que me piden fotos!” exclama antes de soltar una carcajada.

A principios de los 90 empezaron a frecuentar la barra del Pinotxo dos hermanos cocineros. Se llamaban Ferran y Albert Adrià. Acudían con otros chefs a degustar los platillos que servía Bayén: garbanzos con morcilla, alubias con chipirones, huevos revueltos con almejas… Bayén fraguó una gran amistad con todos ellos pero no sabía quiénes eran.

“Me enteré de que Ferran Adrià era famoso cuando lo vi en la portada de El País Semanal”, afirma. Hoy no es extraño ver en su barra a maestros de los fogones como Juan Mari Arzak, Carles Gaig o Carme Ruscalleda. Cuando vienen grandes chefs siempre les hace la misma broma: “¡Qué! ¿ya venís a copiarme?”.

Bayén se ruboriza cuando se le pregunta por el proceso soberanista. “Yo no entiendo de política”, dice con humildad. “Si nos dan la independencia, bienvenida sea. Creo que podríamos hacer muchas cosas. Y si no, pues seguiremos trabajando y viviendo”.

Bayén cree, no obstante, que al final Cataluña será independiente. “Los molestaremos tanto que al final nos dirán: ¡tened la independencia! ¡Apañaos!”, bromea.

Respecto a este asunto sólo tiene clara una cosa. “De fractura, nada”, añade. “Aquí viene gente de todos los tipos y siempre se habla civilizadamente”.

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Entre dos mundos

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo empezaron los comerciantes a asentarse en la Boqueria, antes conocida como Mercado de Sant Josep. Los historiadores aseguran que acudían los payeses a vender sus productos desde tiempos muy remotos porque esta zona quedaba fuera de los límites de la ciudad. Hasta 1842 no se construyó una estructura que protegía una buena parte de los puestos. La carne y el pescado quedaron cubiertos. La fruta y las verduras permanecieron en la intemperie.

La expansión de la ciudad quiso que la Boqueria quedara al final situada entre dos mundos.

Delante estaba la Rambla de les Flors, el paseo más famoso de la ciudad. Por aquí transitaban los marines americanos de servicio en la ciudad y la burguesía de la zona alta que acudía al Liceo. Sus cafés siempre estaban llenos y en sus mesas se debatía con intensidad.

Detrás quedaba el barrio chino, conocido hoy como el Raval. Sin duda alguna el más canalla de la ciudad por el cóctel que formaban la vida nocturna, la droga y la prostitución. Bayén recuerda todavía el bullicio de ese barrio en el que se vendía de todo a pie de calle. Desde pescado hasta artículos de dudosa procedencia. “Si te robaban algo y querías recuperarlo, tenías que ir al barrio chino”, recuerda.

El boom del turismo en Barcelona convirtió a la Rambla en una visita obligada para cualquier foráneo y al mercado en un lugar de fama global. “Si no estuviera la Rambla delante, el mercado no se habría hecho tan famoso”, dice Bayén.

Tanto Joan Bayén como la Boqueria representan esa Barcelona preolímpica que muchos añoran y que lucha por no ser sustituida por franquicias uniformes. Algunos de los comerciantes del mercado consideran al camarero del Pinotxo el último resquicio de autenticidad que le queda al mercado. “Cuando falte Joan, aquí ya no valdrá la pena venir”, me dice un parroquiano en la barra.

A sus 81 años, Bayén no sabe cuánto más le queda al pie del cañón. “El día que a mí me tiemble la mano al servir un café, ese día se acabó”.

La sobretituladora del Liceu aún llora con ‘Parsifal’

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Glòria Nogué tiene el título de directora de orquesta y habla seis idiomas. Desde hace casi tres décadas es la encargada de traducir los libretos de las óperas del Liceu. Aquí cuenta muchas anécdotas sobre el templo de la lírica y habla sobre el proceso soberanista catalán. Con ella iniciamos la serie ‘Espejos de Cataluña’: perfiles de personas anónimas en lugares emblemáticos de la región.

Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

Glòria Nogué tiene el título de directora de orquesta y habla seis idiomas. Desde hace casi tres décadas es la encargada de traducir los libretos de las óperas del Liceu. Aquí cuenta muchas anécdotas sobre el templo de la lírica y habla sobre el proceso soberanista catalán.

Hubo un tiempo en el que la ópera era un coto sólo para las elites. Sólo un políglota podía comprender una obra cantada en italiano, ruso o alemán.

El primer teatro español que contribuyó a democratizar este arte fue el Liceu de Barcelona. Su director Josep Maria Busquets había asistido en 1988 a una ópera de Wagner en un teatro de Chicago. La obra era en alemán pero todos los presentes pudieron seguirla con unas líneas de texto en inglés que se iban proyectando unos metros por encima del escenario. Busquets, impresionado, se lo dijo a su director artístico Albin Hanseröth: “¿Por qué no ser los primeros en incorporar esta técnica aquí en España?”.

Busquets y Hanseröth pusieron rumbo a la ópera de Colonia: el único de Europa que utilizaba la técnica del sobretitulado. Allí copiaron el sistema y lo importaron al Liceu. Sólo faltaba una pieza en el engranaje: la sobretituladora. Es decir, una persona que tradujera y reinterpretara los libretos para poder resumirlos en frases breves. Se trataba de encontrar a una persona que tuviera una formación musical avanzada y dominara varios idiomas: sobre todo italiano, inglés y alemán.

“Yo estaba acabando mis estudios musicales en Madrid cuando me lo propusieron”, recuerda Glòria Nogué (Barcelona, 1963), que desde entonces ha sido la sobretituladora del Gran Teatre del Liceu de Barcelona. Tiene el título de directora de orquesta y habla seis idiomas: castellano, catalán, inglés, francés, italiano y alemán. “Algo de ruso también”, apostilla antes de explicar que no sólo traduce los libretos. También adapta los tiempos, sintetiza las escenas, elige las mejores frases y facilita así a los espectadores la comprensión.

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Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

Los puristas se quejan

Muchos criticaron la decisión de Josep Maria Busquets a finales de los 80. “¡Sacrilegio!”, le dijeron alguno de sus colegas. “¡Eso es un escándalo! ¡La ópera es intocable y usted se la está cargando!”. Pero aquel pionero hizo oídos sordos y estrenó los sobretítulos el 7 de noviembre de 1988. La obra en cartel era Don Carlo de Giuseppe Verdi y al público le gustó.

“Se convirtió en un éxito instantáneo”, recuerda Nogué. “Todo el mundo quería venir al Liceu, al lugar donde se podía entender la ópera. Habíamos convertido en accesible un arte maravilloso. Ya no estaba reservado a unos pocos privilegiados. Ya no había que imaginar qué decían los actores. Niños o espectadores de cualquier clase social podían comprender lo que estaba pasando sobre el escenario. En poco tiempo pasamos de ofrecer dos pases de una ópera a tener que doblar o triplicar el número de funciones. Ahora cualquier teatro del mundo cuenta con un sistema de sobretítulos. Es algo inherente a la ópera”.

Los tiempos han cambiado pero el Liceu sigue disponiendo del mismo modelo de pantalla que se usaba a finales de los 80. “Es un panel de madera revestido de una tela gris que se sitúa unos metros por encima del escenario”, explica Nogué. “Todo muy simple. Desde mi posición enfoco un proyector que lanza los textos sobre la pantalla. Así, el público lee lo que está pasando en escena en tiempo real. Eso no ha cambiado. Lo que sí se ha incorporado con los años ha sido una pequeña pantalla en cada butaca. Eso permite ofrecer textos en tres idiomas. Sobre el escenario se proyectan en catalán. En los monitores de los asientos se puede leer el librero en castellano y en inglés”.

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El proyector

Nogué explica su trabajo desde su base de operaciones: un diminuto habitáculo situado en la cuarta planta del Gran Teatro del Liceu. Su laboratorio consta de un proyector, tres pantallas conectadas a cámaras a la altura del escenario y un ordenador equipado con un programa especial.

“Subtitular ahora es sencillísimo”, explica Nogué. “Ahora disponemos de un programa que nos permite editar sobre la marcha, temporizar, decidir durante cuántos segundos queremos que permanezca una frase, cambiar una coma una milésima antes de que salga en pantalla”.

Los inicios fueron mucho difíciles: “El sistema era muy rudimentario. Había dos carros cargados con 80 diapositivas de celulosa donde estaban escritos los sobretítulos. Un cañón de luz enfocaba primero la diapositiva del carro de la derecha y luego la del carro de la izquierda… Así sucesivamente hasta llegar a las 160”.

El sistema se atascaba a menudo y descuadraba toda una ópera. “Nos pasó el día del estreno”, recuerda entre risas Nogué. “Entonces mi puesto de mando estaba en la quinta planta y los carros se situaban en la cuarta. De pronto se atrancó una de las diapositivas y todo empezó a ir mal. Aún recuerdo la velocidad a la que bajé las escaleras para desatascarla y hacer el cambio manual”.

Aquel sistema de sobretitulación no dejaba más que anécdotas: “Yo traducía el libreto pero las diapositivas se confeccionaban en Alemania. Eran textos en catalán y la persona que los insertaba era alemana. Por mucho empeño que pusiese, las faltas de ortografía eran muy habituales. Si el error era leve, yo misma me encargaba de taparlo con tipp-ex. Pero en ocasiones encontraba fallos gravísimos. En esos casos cogía la diapositiva defectuosa y la devolvía a Alemania para que fabricasen una nueva”, explica.

La logística daba lugar a dramáticas esperas. “Yo pasaba muchísimos nervios cuando el material no llegaba. Una vez estábamos a punto de estrenar Ariadna en Naxos de Richard Strauss. Íbamos a empezar y las diapositivas seguían en camino. El mensajero nos iba avisando a medida que iba cruzando las aduanas. Recuerdo que recibimos el sobre dos minutos antes de izar el telón”.

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Wagner en 700 láminas

Montserrat Caballé fue la protagonista de Salomé, la segunda ópera sobretitulada de la historia del Liceu. “Aquella temporada traducimos tres”, recuerda Nogué. “Durante los cinco años siguientes aumentamos la oferta. La gente lo pedía. Empezamos ciñéndonos a las 160 diapositivas que permitían los carros. Pero poco a poco tuvimos que sobretitular óperas de Wagner, que exigían como 700 láminas. Guardábamos todas las obras en un armario blindado. Aquello era un tesoro”.

Aquel tesoro lo arrasó el fuego el 31 de enero de 1994. En torno a las 10 y media de la mañana, la chispa de un soplete provocó un incendio que destruyó el teatro casi por completo. “Yo no estaba dentro pero andaba muy cerca”, recuerda Nogué. “Me encontraba a unos 700 metros en la plaza de Catalunya. Desde allí podía ver la densa columna de humo emergiendo desde el corazón de La Rambla. No sabía lo estaba pasando y le pregunté a la gente. ‘Es crema el Liceu! Es crema el Liceu!’ gritaban. Yo empecé a correr Rambla abajo”.

A Nogué aún se le quiebra la voz cuando repasa aquel episodio:  “Llegué casi sin aliento. Lo que encontré fue un edificio envuelto en llamas y a todos mis compañeros llorando en la puerta. Fue una de las experiencias más tristes de mi vida”.

Así ardió el coloso que abrió sus puertas en 1847 y que salió vencedor de la rivalidad con el otro gran teatro de La Rambla: el Teatro de la Santa Cruz, que es el más antiguo de la ciudad y hoy se llama Teatre Principal. Las trifulcas entre “liceístas” y “cruzados” a menudo llegaban a las manos.

El Liceu sufrió el atentado de un anarquista que mató a 20 personas al lanzar una bomba en 1893. Pero ni siquiera la Guerra Civil hizo que cesara su actividad. En 1936 fue nacionalizado por la República. Tres años después, fue recuperado por sus propietarios originales y llegó a albergar una fiesta de Carnaval. Pero nunca cerró sus puertas antes del incendio, provocado por unos operarios que trabajaban paradójicamente reparando un telón de acero contra incendios.

Ópera en una cancha

No era la primera vez que el teatro ardía: el Liceu ya había sido calcinado en 1861. Al igual que entonces, lo único que se salvó fue la Sala de los Espejos. Todo lo demás pereció. “Los trabajadores sentíamos una pena inmensa porque veíamos que se quemaba nuestra casa”, dice Nogué. “También sentíamos incertidumbre porque no sabíamos qué iba a ser de nosotros”.

Ahí comenzó un triste periplo por otras salas y espacios de la ciudad. “Seguimos representando óperas en otros lugares, algunos de ellos muy poco idóneos. El primer lugar al que fuimos a parar fue el Palau Sant Jordi. La intención era buena pero no es lo mismo representar una ópera en el Liceu que en una cancha de baloncesto. Mis sobretítulos aparecían en los marcadores donde figura el tanteo de los partidos”. Después representaron varias funciones en el Teatre Victòria. “Aquello ya era un teatro pero no era lo mismo”.

El Liceu reabrió sus puertas en 1999. La sobretituladora aún se emociona cuando recuerda “cómo la sociedad catalana se volcó con la reconstrucción”. El nuevo teatro se había construido a imagen y semejanza del anterior. Todo casi idéntico salvo algunas modificaciones, como la supresión de las llotjes de dol o palcos de duelo: unas butacas que se encontraban muy cerca del escenario. “Allí se ubicaban las familias que habían perdido unos días antes a algún familiar”, explica Nogué. “Como no estaba bien visto ir al teatro en periodos de luto, los aficionados podían presenciar allí las obras sin ser vistos por el resto del público”. A finales del siglo XX, ya no resultaba necesario esconderse para ir a la ópera.

También varió la ubicación del centro de operaciones de Glòria y el sistema de sobretitulado. Durante el paréntesis de la reconstrucción, la empresa VICOM diseñó un programa para PC que hizo desaparecer a las diapositivas pero el cambio no fue fácil. “Yo he de sobretitular desde un puesto elevado”, explica Nogué. “Pero el día del estreno aún no me habían construido la tarima y la primera noche tuve que trabajar subida a unas cajas de cartón”. Tampoco fue fácil abandonar las diapositivas por un sistema rudimentario en el que la sobretituladora tenía que “teclear a las frases en tiempo real”.

Y sin embargo esos detalles apenas importaron. “El retorno a nuestra casa el 7 de octubre de 1999 fue uno de los momentos más emocionantes que recuerdo”, explica la sobretituladora. “Estrenamos Turandot y fue un éxito”.

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Nada de política

Nogué marca distancia con el proceso político que está viviendo Cataluña en los últimos tiempos. Esquiva el debate y evita pronunciarse sobre cuestiones relacionadas con la independencia: “Cada uno tiene su opinión y las respeto. Yo prefiero no significarme de forma pública. No es un tema que me guste abordar ni creo que me toque a mí opinar al respecto. Al menos públicamente”.

Lo que sí que percibe es “una diferencia abismal entre la Barcelona actual y la que teníamos a mediados de los ochenta, cuando empecé a titular en el Liceu. Estaba por llegar el gran acontecimiento que lo cambió todo: los Juegos Olímpicos. Nos puso al día. En 1992 vivimos la gran apertura a Europa y al mundo. Desde entonces todo ha cambiado. Barcelona es un lugar mucho más moderno, con más vida, más cosmopolita y con una generación mucho más abierta y preparada”.

La sobretituladora tampoco entra en cuestiones lingüísticas pero no observa ningún tipo de discriminación entre catalán y castellano: “Al menos no en el Liceu. Siempre hemos concedido la misma consideración a ambos idiomas. Sí que es cierto que durante los primeros años sólo se sobretitulaba en catalán pero era una cuestión técnica. Las herramientas con las que contábamos nos permitían proyectar textos en un solo idioma. Los gerentes del teatro de aquella época eligieron, por razones en las que yo no me meto, el catalán. Pero aquella etapa duró hasta principios de los 90. El castellano se añadió en cuanto se adquirió el equipo necesario para incorporar nuevos idiomas. De hecho, a día de hoy, hay algunas obras que sólo se pasan en catalán y castellano. Prescindimos del inglés”.

“En un enclave como el Liceu, la cuestión del idioma no tiene un significado político sino didáctico”, explica. “Conozco algún caso de espectadores alemanes que han logrado entender óperas en alemán antiguo gracias a los subtítulos en inglés”.

Un tenor díscolo

Hoy el programa de sobretitulado ha vuelto a cambiar. Nogué ya no tiene que teclear en tiempo real pero su sistema de trabajo sigue siendo exhaustivo: “Estudio las obras, veo los ensayos, hablo con el director y traduzco los libretos. Trabajo durante varias semanas con mi compañera Anabel Alenda y juntas incorporamos los textos al ordenador. El día del estreno estamos las dos trabajando. Si sale bien, durante las siguientes funciones nos vamos turnando”.

Los avances no son una garantía de éxito. “Recuerdo el estreno mundial de una obra cuyo nombre prefiero omitir”, explica Nogué. “La ópera se representaba en catalán pero el solista era alemán. De pronto tuvo un lapsus y sin venir al caso se saltó como 25 páginas. Aquello nos desubicó a todos. Yo miraba al director de orquesta y al apuntador para intentar adivinar cómo salir de aquel embrollo. Ambos le hacían gestos insistentes para que parase o rectificase pero no se enteraba. No sabíamos qué hacer hasta que de repente y coincidiendo con una pausa musical el apuntador pegó un grito y el solista volvió al lugar correcto. Creo que nadie se dio cuenta”.

Aunque nunca reciba los aplausos del público, Glòria Nogué es una parte fundamental de la ópera en el Liceu: “Algunos espectadores, los de los palcos más próximos a mi puesto de trabajo, reconocen mi labor y me felicitan levantando el pulgar. En más de una ocasión he recibido correos electrónicos de personas que me piden el texto que yo he escrito en lugar del libreto original”.

Es el reconocimiento a 27 años de trayectoria de una apasionada de la ópera que recuerda con exactitud la fecha de cualquier función. Hay algunas obras que ha repetido hasta la saciedad pero asegura que se sigue emocionando con su trabajo: “Pueden pasar los años pero seguiré llorando con Parsifal o con el final de Madama Butterfly”.