Un suflé muy resistente: tres razones que explican por qué no se desinfla el independentismo catalán

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Hay razones para pensar que el cambio que hemos observado en los últimos años se ha ido consolidando. El independentismo no parece ir en camino de lograr una supermayoría en la opinión pública catalana. Pero tampoco es probable que se retraiga a los niveles previos al proceso soberanista. ¿En qué se sustenta este nuevo equilibrio? ¿Qué nos lleva a pensar que estamos en una fase de relativa consolidación de posiciones?

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El Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat empezó a preguntar a los catalanes en 2005 si preferían un estado independiente frente a otras opciones como el federalismo, la autonomía o un sistema regional. Entonces el porcentaje de ciudadanos que preferían la independencia rondaba el 13%. Diez años después, se sitúa alrededor del 40%. En estos años se han producido fuertes turbulencias en la opinión pública catalana, que se ha movido en distintas direcciones contribuyendo decisivamente a una transformación profunda del sistema catalán de partidos.

Sin embargo, al menos en lo que al apoyo a la independencia se refiere, parece que la fase de los grandes movimientos ya pasó. Desde principios de 2013, entramos en una fase de estabilización de la opinión pública, seguida de un moderado descenso de las preferencias independentistas. El desgaste del independentismo, que podemos cifrar en unos cinco puntos desde su nivel máximo de 2013, en ningún caso parece que tenga que devolver las cosas al punto de partida. De hecho, hay indicios que apuntan que en el marco de la campaña del 27S se está produciendo un nuevo repunte del independentismo. Después de un fuerte (y rápido) realineamiento de la opinión pública catalana, hay signos de un período de relativa estabilidad con altos y bajos coyunturales.

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Fuente: CEO. Datos ponderados por el autor para hacer coincidir la composición lingüística (lengua primera) de la muestra con la de la población mayor de 18 años con derecho a voto (basado en EULC 2013)

En un tiempo de turbulencias políticas como el que atravesamos, pueden suceder muchas cosas en los próximos meses o años que rompan este nuevo equilibrio. Pero hay razones para pensar que el cambio que hemos observado en los últimos años, más allá de algunas oscilaciones, se ha ido consolidando. El independentismo no parece ir en camino de lograr una supermayoría en la opinión pública catalana. Pero tampoco es probable que se retraiga a los niveles previos al proceso soberanista. ¿En qué se sustenta este nuevo equilibrio? ¿Qué nos lleva a pensar que estamos en una fase de relativa consolidación de posiciones?

Hay al menos tres razones que nos conducen a formular esta hipótesis. Son tres mecanismos de anclaje de la opinión pública que hacen más difícil el cambio en la opinión pública: el cambio observado en la identificación nacional, la consolidación de posiciones de líderes políticos y sociales, y un proceso de maduración del debate.

1. La identificación nacional.

En primer lugar, si nos fijamos en las encuestas, podemos ver cómo junto con el crecimiento del apoyo a la independencia se ha producido también un cierto cambio, aunque no tan brusco, en algo que hasta hace poco considerábamos muy estable: la identificación nacional de los catalanes. Si en 2005 el 15% declaraba sentirse sólo catalán, este porcentaje se situaba en el 18% en 2011 y se disparó hasta superar el 25% en 2013.

Hasta ahora se pensaba la identidad nacional como algo que cambia muy lentamente, entre generaciones. Por tanto, veíamos la identidad como una causa de las preferencias territoriales. Sin embargo, tenemos evidencias de que las preferencias políticas y territoriales también pueden a su vez influir en la identidad nacional, que resulta ser algo más maleable de lo que se tendía a creer. Que se haya producido este movimiento en la identificación nacional parece sugerir que el cambio de preferencias sobre la relación Cataluña-España ha penetrado en la opinión pública y ha llevado a un segmento de la sociedad catalana a replantearse su propia identidad. Cierto es que tal como ha subido podría bajar de nuevo pero no parece el escenario más probable.

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Fuente: CEO. Datos ponderados por el autor para hacer coincidir la composición lingüística (lengua primera) de la muestra con la de la población mayor de 18 años con derecho a voto (basado en EULC 2013)

2. Los líderes políticos.

Hay que tener en cuenta que no es sólo la opinión pública la que ha cambiado. También algunos partidos y líderes de opinión. Empezando por Convergència i Unió o el propio Artur Mas y siguiendo por destacados miembros del PSC o deportistas, músicos y actores que hoy defienden la independencia. Otros líderes políticos y sociales han ido consolidando sus posiciones en sentido contrario y son pocos los que mantienen aún una cierta ambigüedad.

Estos liderazgos actúan a menudo como referentes para parte de la opinión pública y contribuyen a fijar las posiciones porque se convierten en puntos de anclaje. En estos años han surgido o crecido organizaciones bien estructuradas (desde la independentista ANC a la antiindependentista SCC) que contribuyen a movilizar a sus bases y mantenerlas cohesionadas alrededor de posiciones bien definidas.

3. La maduración del debate.

Y sin embargo sería erróneo pensar que los anclajes de la opinión pública sólo tienen que ver con la identidad o con los liderazgos. A pesar de todo el debate racional, el intercambio de argumentos también contribuye a que una parte de la sociedad tome partido en una dirección o en otra. A medida que pasa el tiempo, el debate sobre la cuestión ha ido madurando. A menudo tenemos la sensación de que oímos los mismos argumentos una y otra vez y que las posiciones parecen ya muy fijadas. Quien era susceptible de cambiar de opinión sobre la independencia ha tenido ya muchas oportunidades para hacerlo. Es decir, de modo natural el espacio para el cambio de posiciones se va reduciendo a medida que pasa el tiempo.

En los términos que usa el politólogo canadiense Lawrence LeDuc, experto en referéndums, hemos pasado de un escenario en 2011-2012 de formación de opiniones sobre un tema que saltó al centro de la agenda política a un escenario de mucha más estabilidad en la que la campaña se convierte en una lucha muy focalizada con un segmento menguante de votantes susceptibles de cambiar de opinión. Lo que Leduc denomina uphill struggle.

Así pues, a pesar de que la prudencia más elemental recomienda abstenerse de hacer cualquier tipo de predicción y más en tiempos de turbulencias como los que atravesamos, existen elementos para pensar que después de la tormenta la opinión pública catalana ha entrado en una fase de relativa estabilidad.

Sólo acontecimientos políticos de gran calado podrían alterar de modo significativo y rápido las posiciones.La hipótesis más razonable es que nos espera un período de pequeños cambios, altos y bajos, más que de grandes sobresaltos como los que hemos tenido estos años quienes seguimos las encuestas de opinión. El independentismo como fenómeno de masas parece que está aquí para quedarse. No parece que le espere un plácido paseo triunfal, pero tampoco es previsible que se deshinche como un suflé en el corto plazo. Tenemos tema para rato.

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Jordi Muñoz es politólogo e investigador de la Universidad de Barcelona.