Cisco Mallofré nació en 1939. Durante los últimos 50 años ha levantado más de 2.000 castells con los ‘verds’ de Vilafranca. Su constitución física le ha permitido soportar el peso de estas torres humanas hasta los 74 años. “Era una roca”, dicen sus compañeros. Esta es su historia y su relación con la plaza más ‘castellera’ de Cataluña.

Cisco Mallofré creció en un entorno humilde. A los 11 años ya transportaba sacos de arroz para un negocio local. No le gustaba estudiar y de esta forma ayudaba a subsistir a su familia. A los 18 años ingresó en los Castellers de Vilafranca. Entonces trabajaba para una licorera y los dueños pensaron que sería un buen fichaje para la colla al ver que tenía una fuerza desmesurada. Le animaron a probar y aceptó.

Hace dos años Mallofré sufrió un derrame en el ojo provocado por la diabetes que padece desde joven. Unos días después, su mujer vio que repetía algunas frases y le llevó al hospital donde le diagnosticaron un infarto en el cerebelo. Después de 50 años y más de 2.000 castells a sus espaldas, el abuelo abandonó la colla de castellers. Ahora sigue acompañando al grupo de Vilafranca en sus actuaciones, pero sólo se puede poner al final de la piña que se forma a los pies de cada castell

Mallofré me recibe en su casa. Hoy está más nervioso que de costumbre porque se celebra la Diada de Sant Félix, uno de los eventos más importantes del mundo casteller. Cada 30 de agosto las cuatro mejores collas (o grupos) castellers se reúnen en Vilafranca del Penedès para construir las torres humanas más complicadas. Los de Vilafranca juegan en casa y la presión es alta.

El reloj marca las 11 y apenas quedan dos horas para el gran momento. Mallofré deambula por el comedor de su casa enseñándome decenas de fotos y cuadros que tiene en la pared. Me señala emocionado algunos retratos: “Aquí estaba en el primer pilar de seis que hicimos, aquí en el primer 3d9 con folre”.

‘Castellers’: un glosario básico

Una colla es una asociación de castellers.

Un 3 de 7 (3d7) es un castillo humano donde hay siete pisos de tres personas. Un 5 de 8 (5d8) es un castillo donde hay ocho pisos de cinco personas. Hay dos tipos de castillos que tienen un nombre concreto: el pilar es un castillo formado de una persona por piso y la torre es un castillo está formado por dos.

El folre es un segundo piso de gente que se sitúa encima de la piña para lograr mayor estabilidad en los castillos más complejos.

La enxaneta es la persona que encumbra el castillo y suele tener entre cinco y 10 años.

Cisco Mallofré se pone la camisa verde de los Castellers de Vilafranca. En el mundo casteller la camisa define enseguida quién eres y quién no. Mallofré siempre ha llevado la verde pero en 1957 tuvo un desliz. A los pocos meses de ingresar en los verds se enfadó con algunos compañeros porque dudaban de su compromiso. Dejó la formación y se apartó del mundo casteller.

Un año después, los castellers del Vendrell (rivales de los ‘verds’ en aquella época) lo reclutaron durante las fiestas de Vilafranca. Les echó una mano participando en un par de castillos y regresó a casa para jugar con la camiseta del rival.

“[Los de Vilafranca] me dijeron que era un traidor”, recuerda. A los castellers del Vendrell les gustó la fuerza de Mallofré y le preguntaron si quería regresar con ellos al mundo casteller. Pero Mallofré lo tenía claro: si volvía a hacer castells sería con los de Vilafranca. Así que preguntó a los verds si podía regresar. “Me dijeron que se lo pensarían”, recuerda. Al cabo de 10 días lo aceptaron de nuevo pero con una condición: “Nunca más otra camisa”.

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La plaza

Unos minutos después de las 11, Cisco Mallofré sale de su casa y se reúne con los Castellers de Vilafranca detrás del ayuntamiento. También están la Colla Jove de Valls, la Colla Vella de Valls y el Minyons de Terrassa. Allí las cuatro formaciones aguardan antes entrar en la Plaça de la Vila. Como es tradición, los de Vilafranca entran a la plaza a través de un callejón lúgubre de apenas tres metros de ancho situado al lado del ayuntamiento. Es una travesía corta y claustrofóbica donde los castellers saltan, gritan y se despojan de los nervios que acompañan a una gran ocasión.

A medida que nos acercamos a la plaza, también se acerca la luz del sol. El calor es asfixiante. Mallofré avanza paso a paso, ajeno al nerviosismo de sus compañeros. Ha hecho este recorrido decenas de veces pero hoy es un espectador más. Contempla el momento y lo hace con una leve sonrisa que le dura durante todo el recorrido. “¡Entren a la Plaça, els Castellers de Vilafranca!” se oye por un altavoz. Suena el estruendo dentro de la plaza. No cabe un alfiler.

La Plaça de la Vila se conoce popularmente por  la “plaza más castellera” de Cataluña. A principios del siglo XX hubo una fuerte decadencia del mundo casteller. Sólo existían dos collas en toda Cataluña (las de Valls) y la mayoría de los pueblos perdieron el interés por esta tradición. Vilafranca fue la excepción en esa decadencia. Aquí nunca dejaron de contratar a las collas de Valls durante la Diada de Sant Fèlix y así se mantuvo la tradición.

Si no fuera por esta plaza, quizá los castellers serían Historia. Hace unos años la UNESCO los declaró patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad.

El peso histórico de la plaza y lo que representa se dejan sentir en este día grande. No es la más grande de Cataluña ni donde se reúnen más collas. Pero sí donde vienen las mejores a mostrar sus mejores cartas. Medios como TVE, TV3, Rac1, Antena 3 o incluso la venezolana Telesur cubren año tras año este certamen.

Mallofré, que empezó en los años 50, recuerda que entonces la repercusión castellera era mucho menor. Hoy las collas hacen giras por China, la India, Latinoamérica o Estados Unidos. “Antes no salíamos de la comarca”, explica. “Como mucho íbamos a Andorra o al País Vasco”.

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Cisco Mallofré durante un ‘castell’. / ALBERTO TALLÓN

La política

Una voz solicita al público por los altavoces que se retire unos metros para dejar pasar a las collas en la plaza. En uno de los extremos, unos simpatizantes de la CUP de Vilafranca despliegan una estelada inmensa y la plaza lo celebra con una ovación.

Hace unos años no habría ocurrido porque los castellers no representaban la catalanidad. Las collas las nutrían personas que llegaban del resto de España. “Había incluso franquistas”, recuerda Cisco Mallofré.

El mundo casteller evitaba pronunciarse sobre los debates políticos. “Las collas tenían miedo a perder seguidores”, asegura Toni Bach, miembro de los Verds. Precisamente fue la colla de Vilafranca la primera en apoyar abiertamente la independencia en 2008. “Recibimos críticas”, recuerda Bach. “Algunos castellers no eran independentistas y hubo alguna discusión”.

Durante los primeros años, el independentismo de los Verds era una rareza en el mundo casteller. Pero eso cambió el 7 de octubre de 2012 durante el concurso de castellers de Tarragona. Entonces se pudo ver que el independentismo ya no era solo cosa de los de Vilafranca.

El certamen se celebra cada dos años, reúne a las 41 mejores collas de Cataluña y congrega a más de 7.000 personas. El recinto donde se celebraba estalló en 2012 en cánticos independentistas como se puede ver en este vídeo (minuto 00.40).

En 2013 medio mundo casteller se había posicionado a favor de la independencia. Al menos 18 collas se apuntaron a la “cadena humana” que recorrió Cataluña. Hoy dos tercios de las collas están a favor del proceso soberanista.

En la manifestación de la Diada del 2014 se apuntaron 48 collas. En la manifestación de este año, eran más de 60. El New York Times publicó un reportaje donde contaba este auge y lo tituló: Catalonia’s Human Towers as a Metaphor for Independence (Torres humanas de Cataluña como metáfora para la independencia). Le pregunto a Mallofré si él es independentista. Me sonríe y dice: “Soy catalán”. Es su forma de decir que sí.

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Un hormiguero humano

Las collas de Valls y de Terrassa por fin entran en la plaza y se forma un perfecto mosaico de cuatro colores. El lugar parece un hormiguero y no hay espacio para caminar.

Los de Vilafranca empiezan el certamen intentando un 3d9 con folre. Un castell se considera valido cuando se “carga”. Eso ocurre si la enxaneta, la última persona en subir, alza la mano en la cima de la torre. Pero las collas intentan descargar el castillo sin que colapse. Ése es el objetivo final. 

La plaza se queda en silencio y Mallofré se sitúa al final de la piña. Los castellers caminan entre las cabezas para ir hacia el centro del castell y empezar a subir, pero nadie lo hace sobre los hombros de Mallofré. “Sabemos quién es y cómo está su salud. Hay un respeto increíble por este hombre”, me dice Gerard Bardalet, un joven casteller de 21 años.

Los de Vilafranca logran descargar el 3d9 con folre. El sol reina la plaza, se acerca la una del mediodía y el calor empieza a ahogar. Cisco Mallofré es un hombre caluroso, pero asegura que no lo nota cuando hace castells. Como casi todos los castellers con los que he hablado, llevan esta expresión al extremo. El dolor es parte de la actividad y Cisco siempre fue de los que lo soportaba bien.

En los años 60 estaba en la base de un 5d7 y, según recuerda, tenía encima a dos compañeros que pesaban más que él. Su cuerpo no lo aguantó. Cuando el castillo se estaba coronando, escuchó un crack y le empezó a doler el brazo izquierdo. “Los que tenía encima también lo escucharon”, asegura. “Al terminar el castillo, mi brazo no me respondía”, recuerda. Se rompió la clavícula izquierda pero aguantó toda la construcción. Lo cuenta haciendo una mueca de dolor y apretando los dientes mientras me recuerda: “Lo primero es el castell”.

Los accidentes son habituales y los hay de todo tipo. En julio del 2012 una castellera de la Jove de Vilafranca (la tercera colla del pueblo) salió disparada de un 3d7 y perdió un riñón, que le explotó literalmente. En agosto del 2013, a un casteller de los de la Vila de Gràcia se le cayó el castillo encima y tuvo una parada cardíaca. Los servicios médicos lo reanimaron pero sufrió una lesión medular.

También ha habido accidentes mortales. Pero sólo cuatro documentados en los más de 200 años de historia de esta tradición. En 1871, el enxaneta de la Vella, Magí Serra, murió al caer de una torre de seis. Apenas tenía 11 años. No hubo periodistas que contaran el suceso. Sólo quedó el célebre poema de Ángel Guimerá: L’Enxaneta.

En 1983 un joven de nueve años de los castells de Torredembarra murió al caerse de un 3d7. En 2006, una niña de la colla de Mataró, chocó cabeza con cabeza con otro casteller al caerse de un 4d9 y no lo superó. El último accidente fatídico ocurrió en 2011, cuando un casteller del Arboç murió con 75 años cuando se le cayeron encima varias personas de una torre de siete.

Según un estudio de la Coordinadora de Collas Castelleras de Cataluña (CCCC), el riesgo de sufrir accidentes haciendo castells es menor que el que corren los jugadores de baloncesto. La gravedad del accidente suele ser mayor. Pero durante los últimos años se ha avanzado mucho en la prevención de riesgos. Se ensaya más, se cuidan más los aspectos técnicos y hay menos derrumbes. De los más de 6.000 castillos que se levantan cada año, las caídas rondan el 4%.

Mallofré recuerda que en sus años mozos esa tasa era mucho peor : “En los años 60 hacíamos 10 castillos durante todo el año y se caían siete”. 

Una vida de verde

Pasan las horas y suben y bajan castillos. Cisco Mallofré pasará el día “en familia en la plaza más castellera”. Nunca fue el jefe de la colla pero sí su miembro más fiel. “Siempre estuvo ahí, en todos los ensayos, en todas las actuaciones, en todas las grandes construcciones”, dicen sus compañeros.

Mallofré estuvo en el ascenso a primera divisón de los Castellers de Vilafranca. En 1985 lograron descargar un 5d8, una construcción mastodóntica que entonces se denominaba “la catedral de los castells” y que sólo habían levantado dos formaciones: la Jove y la Vella de Valls.

Fue todo un hito para la época y situó a los de Vilafranca en la elite del mundo casteller. Mallofré, que estaba en los bajos del castillo, no podía ver lo que ocurría sobre sus espaldas y un compañero le iba narrando la construcción. “Mientras se descargaba el castillo, me puse a llorar”, recuerda. Así retransmitió aquel momento TVE.

Mallofré asegura que le gustaría morir haciendo un castell. Lo lleva diciendo 20 años. En 1995 el Mundo Deportivo escribió esto sobre él:

“Cisco, sobre sus hombros se han levantado todos los castells del siglo. Ningún otro casteller ha llegado donde él. Sus pequeños ojos no impiden traslucir su enorme humanidad y apacible entereza. Para él, los ‘castells’ son, según dice, ‘un veneno en la sangre, algo íntimo y profundo’. Ahora, que lo ha hecho todo, aguarda su relevo con la cabeza alta y la mirada serena. Cuando se vaya de este mundo lo quiere hacer vestido de lo que más quiere: de verde ‘casteller’. Cisco Mallofré, más que una leyenda, un ejemplo”.

Asegura que por encima de los castellers sólo están sus dos hijas y su mujer. Seguirá unido a los de Vilafranca hasta que el cuerpo le aguante. Hoy lo hace ayudando desde la piña y llegará un día que lo tendrá que hacer como un mero espectador pero no le importa: “Me enseñaron a querer a los castells. Me enseñaron a amarlos sólo con verlos”. 

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