Una opinión vale tanto como otra. Un hecho confirmado vale mucho más. Pero la opinión también ha sufrido limitaciones en Cataluña. En los últimos años se han censurado artículos en ‘La Vanguardia’, ‘Ara’ y ‘El Punt Avui’. 

En la primavera de 2015, un articulista mandó a su diario el texto de la semana. Era sobre un partido catalán en un momento conflictivo. Al cabo de un rato recibió un correo electrónico del director con esta respuesta:

Hoy han comido el editor y el líder del partido. Has hecho un artículo que traerá problemas. A ver qué se te ocurre para que los dos podamos evitarnos líos. Hay muchos nervios en ese partido, como sabes.

He ocultado el nombre del partido, del periódico y del articulista por razones obvias pero son los tres reconocidos.

Lee aquí los cinco primeros capítulos:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’

En los últimos años, La Vanguardia, Ara y El Punt Avui han censurado artículos de colaboradores habituales. Casi todos los artículos terminaron publicados en internet. En años anteriores -antes de la expansión de las redes sociales- salieron otros presuntos casos pero son más difíciles de detectar. El gremio de los dibujantes ha sufrido especialmente y no sólo censura política.

El director de La Vanguardia Joan Tapia fichó a Gregorio Morán poco después de ser nombrado en 1987. Era un articulista incómodo y La Vanguardia es más bien un periódico cómodo. Pero servía para dar equilibrio, que es algo que el diario ha buscado a menudo con la opinión, su sección tradicionalmente más atrevida.

A Morán le habían censurado hasta 2013 sólo dos artículos, en ambos casos con Tapia como director. Uno se lo retiraron porque se metía con Israel. El otro, por atacar a Jordi Pujol. Fue el 9 de octubre de 1999, en plena batalla electoral entre el president y Pasqual Maragall. El artículo se titulaba Las trampas del redentor y ya estaba maquetado, con su dibujo en página. Salió incluso en los primeros periódicos impresos. El director decidió quitarlo a última hora, cuando le avisaron. El texto criticaba sobre todo la doblez de Pujol:

[Pujol] ha conseguido hacer de la doblez una moral. Entre el personaje real y el que la gente se quiere creer hay tal diferencia que el resultado es un producto genuino; él es él y su doblez. No miente, sencillamente olvida decir la verdad. No tiene ningún apego al dinero, le basta con el que le tiene su entorno. Le importa un comino la familia, pero con tal de estar tranquilo en su casa acepta todas las trágalas que le presentan. No es un hombre corrupto; sencillamente, no pregunta ni de dónde salió el Lamborghini de su retoño ni por los éxitos empresariales de la floristería de su señora.

Hoy parece algo menor porque todo eso ha acabado circulando. Pero entonces el Lamborghini, por ejemplo, había salido sólo en El Mundo. Las páginas de opinión eran un modo de publicar lo que no salía como información.

Este tipo de censura nunca comportó grandes denuncias de compañeros en Cataluña. El 11 de octubre, Manuel Vázquez Montalbán escribía al final de su columna de El País: “Posdata: Un artículo de Gregorio Morán sobre Pujol desapareció el sábado en los subterráneos virtuales de La Vanguardia. Gregorio: Siempre nos quedará París y el Internet”.

El día 14, otro colega en El País, Guillem Martínez, decía dentro de una crónica desde el palco del Camp Nou: “El sábado, por cierto, un diario barcelonés levantó un artículo de Gregorio Morán -y, tal vez, a Gregorio Morán- titulado Las trampas del redentor. Sobre Pujol. En una democracia europea, éste hubiera sido el tema de la semana en una sala como ésta”.

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AYUNTAMIENTO DE GIRONA

El Col·legi de Periodistes de Catalunya no tiene por costumbre denunciar estas censuras. En su web aparecen 73 resultados cuando uno busca la palabra “censura”. Llamé para preguntar si tenían otro tipo de comunicados y me pasaron estos 58. Son similares. Todos están relacionados con la censura franquista o con la imposición de bloques electorales en la información electoral de los medios audiovisuales públicos.

Sólo hay un caso reciente en que el Col·legi ha emitido declaraciones oficiales: la portada censurada de El Jueves sobre la abdicación del Rey. “Nuestro compromiso es con la libertad de expresión como derecho fundamental y por eso estamos en contra de todo tipo de censura”, decía el Col·legi. Luego pedía que nada se convirtiera en “un tema tabú”. TV3 dedicó también un reportaje a la portada de El Jueves y se plantó en la sede de la editora de El Jueves -RBA- donde la reportera indignada denunciaba que a ella y a su equipo no les habían dejado entrar.

En el caso de artículos o humor gráfico sobre otros temas, el revuelo ha sido menor.

Un artículo en cuarentena

El Punt Avui censuró en 2013 un artículo de Bernat Dedéu donde acusaba al director de orquesta Carles Coll de quedarse con buena parte de las subvenciones que recibía para su Orquestra de Cambra de l’Empordà y maltratar laboralmente a sus músicos.

Dedéu daba los números y los nombres de los amigos de Coll en Girona, entre ellos Santi Vila, conseller de Territorio y Sostenibilidad. El director de El Punt Avui, Xevi Xirgo, dijo a Dedéu que ponía el artículo “en cuarentena”: “Es la única llamada que recibí del director. Me dijo que haría unas llamadas y nunca más se supo. Esperé un día y vi que no pintaba muy bien”.

Dedéu anunció que se iba. Ningún otro gran medio dio la noticia. Ahora escribe su blog, La torre de les hores, y tiene más visitas que muchos articulistas asentados en periódicos.

Dedéu es joven y pomposo. Le encanta su acento catalán no barcelonés (en la capital el acento es más chabacano) y salpica sus frases de palabras de otra época que le dan un aire clásico que equilibra bien con toques en inglés y algún taco. Le he visto en verano pero en invierno es fácil imaginarle con sombrero, bastón y capa.

Dedéu es un personaje con horas de elucubración. Cree que su caso ilustra que el miedo es un problema en los directores de periódicos en Cataluña: “Si uno de tus columnistas te asusta, es imposible ficharle. La pregunta entonces, que es casi filosófica, es de qué tienen miedo los directores de periódico catalanes. Si el caso que yo expliqué en El Punt Avui -que no daba como noticia sino como reflexión- no puede publicarse, imagina cuando toquemos algo importante”.

Bernat Dedéu en un evento. / BIBLIOTECA DE CATALUÑA.

Bernat Dedéu en un evento. / BIBLIOTECA DE CATALUÑA.

Sánchez-Piñol, lejos lejos

La Vanguardia censuró la publicación de un artículo del escritor Albert Sánchez-Piñol. Se metía con otro articulista del periódico, José Antonio Zarzalejos.

El título era Zarzalejos, lejos lejos. Pero la historia venía de un par de semanas antes. El artículo anterior de Sánchez-Piñol había sido sobre un hipotético museo militar en Barcelona. Piñol contaba los ataques del Ejército en Cataluña. Cuando La Vanguardia recibió el artículo, le dijo a Sánchez-Piñol que el texto tocaba temas sensibles y que verían qué hacían. Pero el domingo el artículo apareció por error durante unas horas en la web del periódico.

Al día siguiente, el director, Màrius Carol, dijo en RAC1, propiedad del Grupo Godó, que tenían una pieza sobre el grupo Estado Islámico más importante y que el artículo de Sánchez-Piñol se publicaría al cabo de unos días. Carol añadió una amenaza: “Algunos salvapatrias que estén tranquilos. Hay a quienes les gusta romper piernas, pero como todos nos tenemos detectados, tranquilos: ya nos encontraremos por el camino”.

Algunos “salvapatrias” salieron a defender a Sánchez-Piñol. A Carol no le gustó y usó el tópico de país pequeño: “Todos nos tenemos detectados”. El diario Ara y medios digitales publicaron una declaración del escritor que corrió por las redes sociales y donde contaba su versión.

Días después de publicar la pieza sobre el museo, otro artículo en La Vanguardia del catedrático Francesc Granell criticaba a Sánchez-Piñol.

El siguiente artículo del escritor fue Zarzalejos lejos lejos. La Vanguardia no lo publicó.

En la siguiente tertulia en RAC1 con Carol, el presentador no preguntó sobre el artículo. Semanas después, el ex director de La Vanguardia, José Antich, se despidió del periódico con este tuit: “Muy contento de estar aquí, con vosotros. Hoy La Vanguardia, lejos lejos”. Sánchez Piñol y La Vanguardia son más famosos que Dedéu y El Punt Avui, pero la diferencia de repercusión fue extraordinaria: la combinación de “Bernat Dedéu” y el músico “Carles Coll” da 37 resultados en Google; “Sánchez Piñol” y “lejos lejos”, más de 4 mil. El contenido de los artículos de Piñol encaja mejor en la narrativa preponderante.

Hay articulistas que perjudican

De las páginas del Ara se han ido dos articulistas después de que un artículo suyo no apareciera: la periodista Anna Grau, que ahora escribe en EL ESPAÑOL, y el profesor de la Universidad de Stanford Joan Ramon Resina.

Grau escribió una pieza en 2011 sobre una mujer negra en un autobús de Nueva York. Describía una discusión de racismo inverso. En Ara le dijeron que “los lectores catalanes no la entenderían”. En su testimonio en e-Notícies Grau dijo que antes ya había tenido problemas –llamadas, quejas- por dos artículos sobre Pujol y sobre la independencia. En su despedida voluntaria, el jefe de Opinión, Ignasi Aragay, le dijo que era lógico: “El Ara va por un lado y tú por otro”.

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La periodista Anna Grau. / MOEH ATITAR

El caso de Resina es menos conocido. Dedéu lo explicó en su blog. Contacté con Resina, pero prefirió no hacer declaraciones. En septiembre de 2013 publicó un artículo en la revista para tabletas Esguard, donde contó lo que había ocurrido.

Después de una disputa entre dos diputados del PSC y de la CUP en el Parlament por un artículo en el Frankfurter Allgemeine que ironizaba sobre el proceso catalán, Resina glosaba y criticaba la pieza alemana. En Ara le dijeron que aquello “ya no era relevante” y no publicaron el artículo. Resina escribió luego tres piezas más, que también fueron censuradas.

Desde el periódico ningún responsable le avisó del fin de su colaboración: “La Cataluña actual se ha hecho con estos silencios”, explica Resina, que cree que dejaron de publicarle cuatro artículos para disimular que había sobre todo uno que no querían sacar. Aquel texto se titulaba “Gestión de las estructuras culturales de Estado” y criticaba la labor del conseller de Cultura, Ferran Mascarell. Como el resto de piezas, este artículo lo publicó la revista para tabletas Esguard. Resina describe en una introducción el mal del diario Ara, que puede afectar a otros medios catalanes: “El Ara confunde interesadamente dos tipos de independencia, la que se propone como objetivo de un proceso político de impulso popular, que el diario ha sabido convertir en razón de ser de su éxito, y la que se ganan duramente los medios de información que no aceptan sobornos del poder y a los que no hace falta, en consecuencia, presionar a los colaboradores”. Esto tiene una consecuencia que puede afectar el modo de ser del país, según Resina: “Miserias de país pequeño, corregidas y aumentadas por la hipocresía, que hace que el espíritu crítico esté muy afilado contra el enemigo oficial y considerablemente embotado o totalmente romo ante quienes tienen la llave de la despensa”.

Un pensamiento folclorizado

Un periódico puede elegir a sus colaboradores. Pero es raro que una vez asumida la participación habitual de una pluma tenga problemas porque ese articulista dice cosas que disgustan. Es inevitable que esa postura acabe por afectar al escritor.

Jordi Graupera escribe para La Vanguardia. Prepara su doctorado en Nueva York y da clases de Filosofía. La mayoría de las personas que le conocen y saben que he hablado con él me han dicho una variante de esta frase: Graupera será un día presidente de Cataluña.

No sé si habrá confesiones privadas pero los motivos públicos son claros: argumenta con solidez en las tertulias de RAC1, habla sin trabarse y parece tener un proyecto político en la cabeza. En Cataluña con menos se han hecho políticos de larga carrera.

Graupera cree que debe vigilar con su escritura: “En un ambiente normal (Madrid, Washington, Londres) los mejores columnistas están estimulados para perseguir su libertad. Cada vez que me siento a escribir, no pienso ‘qué es lo que no ha dicho aún nadie’ sino ‘qué es lo que es publicable’. Esto te folcloriza el pensamiento”. Cree Graupera que este problema no sólo ocurre en las cabeceras barcelonesas: “Si en los diarios españoles hay menos censura es porque no se ponen a prueba las costuras fundamentales”.

Dedéu cree que una de las causas principales son las ayudas públicas: “Tú no puedes criticar al poder que te alimenta. Desde que la prensa catalana recibe un gran nivel de subvenciones, es imposible que no sea complaciente. Pero es que me pasaría también a mí. Por eso no recibo ayudas públicas. A veces pasa que quien las recibe se vuelve complaciente para seguir recibiéndolas”.

La consecuencia de una actitud así (aunque sea por otro motivo) es más grave: “Me preocupan los diarios para convencidos. Siempre hago mis artículos, como filósofo, para violentar el pensamiento. Pero la mayoría de lectores de periódico en Cataluña quieren reconfortar su pensamiento”. Es el tipo de mentalidad de quien lee un periódico deportivo.  

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Gráfico: Kiko Llaneras

Todo es una tertulia

La opinión tiene otro ámbito creciente: la tertulia en radio o tele. El debate de bar entre gente que sabe bastante de algo y nada de mucho se ha convertido en un fijo de las programaciones por dos motivos: es fácil de montar y barato de hacer. No hay que buscar expertos en cada aspecto de la actualidad y tampoco hay que enviar a periodistas y cámaras a cubrir eventos durante horas o a hacer media docena de entrevistas. Sirven además para la tele y para la radio.

Con tanta tertulia, la ideología de cada participante se ha convertido a menudo en razón de Estado. Nadie niega que en las radios y teles en catalán hay sobrepeso de partidarios o próximos a la independencia. No es sin embargo un sobrepeso siempre apabullante, aunque esporádicamente sí.

Dedéu por ejemplo se negó en 2015 a ir a una tertulia en un canal informativo de TV3 porque los otros dos también eran independentistas. Se quejó en público y llamaron a uno de los jóvenes no independentistas ilustres, el joven politólogo y tertuliano ascendente Nacho Martín Blanco. Al final eran tres contra uno. La producción del programa dijo a Dedéu que a veces montaban tertulias entre independentistas para ver sus diferencias. Dedéu les respondió que no había visto nunca aún una tertulia sólo entre españolistas.

Los sectores independentistas tienen una excusa sencilla: las tertulias catalanas sobre el procés siguen sin ser tan parciales como las tertulias hechas en Madrid, donde la aparición de catalanes que simpatizan con la independencia es aún escasa. Hay memes en internet que reflejan esas quejas.

Las tertulias son una metáfora de una parte del sistema de medios: siempre hay alguien que lo hace peor y por tanto justifica un presunto comportamiento mediocre o poco limpio. El lema parece ser: “Primero hay que ganar. Luego ya habrá tiempo de ser mejores”. Durante tres décadas de democracia los medios han creado este ambiente irrealmente relajado.

Este martes, un epílogo con datos.

Lee aquí los cinco primeros capítulos:

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’