Ante casos flagrantes, la prensa catalana no ha clamado; ante casos dudosos, no ha insistido; ante casos ignorados, no ha rebuscado. Esta serie aborda la historia del periodismo en Cataluña desde la llegada al poder de Jordi Pujol a través de 80 entrevistas con directores, redactores, presentadores y jefes de comunicación.

El periodista Siscu Baiges estaba un día de principios de los años 90 en los pasillos del Parlament de Catalunya. Se acercaba el entonces consejero de Economía, Macià Alavedra, con su fama de encantador. Al pasar al lado de Baiges, dijo: “A usted, Baiges, ¿qué le pasa, va mal follado? Siempre está metiéndose conmigo”. El periodista recuerda hoy que su respuesta fue bastante digna: “Si pudiera follar mejor, no estaría de más. Pero si sted] dejara de hacer trapicheos, me metería menos con usted”. Este nivel de confianza no es raro entre políticos y periodistas, pero el ataque indicaba algo según Baiges: “Alavedra sabía que yo era un pringado. Me podía pisar como quisiera, era sólo una molestia”.

Los periodistas políticos en Cataluña que “se metían” con altos cargos eran pocos y tenían una vida difícil. Baiges fue uno de los tres autores del libro Banca Catalana. Más que un banco, más que una crisis, publicado en julio de 1985. Los otros dos fueron Enric González y Jaume Reixach. Era una historia seria de Banca Catalana, entonces “la mayor crisis bancaria convencional de la historia financiera europea”, según la contracubierta.

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La editorial Plaza & Janés publicó el libro. Los tres periodistas entregaron el manuscrito en septiembre de 1984, ya revisado por un abogado y con el anticipo pagado. La querella contra Jordi Pujol había salido cuatro meses antes.

El manuscrito tenía actualidad, pero la obra sólo se publicó en julio de 1985. Durante esos meses, la editorial decidió hacer un nuevo repaso jurídico frase a frase. La persona que se encargó fue Mauricio Casals, hoy presidente de La Razón. En una de las reuniones, Jaume Reixach le dijo a Casals que lo había grabado todo: o sacaban el libro o él publicaba las grabaciones. Reixach dice ahora que fue un farol para hacerle claudicar.

Casals fue luego responsable de ABC Cataluña, donde Francisco Marhuenda, hoy director de La Razón, defendió a Pujol en el caso Banca Catalana.

El mismo mes de julio de 1985, Planeta publicó otro libro sobre Banca Catalana: el subtítulo era Toda la verdad. Es legítimo sospechar que los 10 meses de retraso fueron para esperar que las dos obras coincidieran.

El autor de la segunda obra sobre Banca Catalana fue Feliciano Baratech, célebre y oscuro periodista económico de La Vanguardia. El mismo mes de julio La Vanguardia publicó cuatro grandes extractos de la obra de Baratech en días consecutivos. En las tres primeras entregas no salía la palabra “Pujol”. En la entradilla de la primera entrega, Banca Catalana era sólo “un banco que ha movido polémica reciente”. Uno de los dos destacados decía: “En el tema Banca Catalana se han utilizado argumentos falsos”. Era un lavado de imagen extraordinario.

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El libro de los tres periodistas sólo salió citado en La Vanguardia en el ejemplar del 26 de septiembre, entre una larga lista de publicaciones recientes. Las obras que lo rodeaban eran El Código nacionalista vasco durante el franquismo, publicado por Anthropos, y El reto de las metrópolis, del Instituto de Cooperación Iberoamericano. Nadie puede decir que el libro de Baiges, Reixach y González no saliera en La Vanguardia.

La historia del libro no terminó ahí. El País sacó en septiembre una noticia con fragmentos que se habían censurado. Había uno muy sensible: los datos de dos notarios que certificaban la venta de acciones de Jordi Pujol en Banca Catalana por 600 millones de pesetas en 1977. Pujol siempre negó haberse enriquecido con el banco.

Cinco semanas después, Joan Piqué Vidal, abogado de Pujol, convocó una rueda de prensa para aclarar esta información. Andreu Missé, el periodista que escribió la noticia de los fragmentos censurados en El País, no fue convocado. El Periódico titulaba al día siguiente: Pujol regaló las acciones de Banca Catalana a su fundación. En la crónica de El Periódico se lee: “Según se desprende de las palabras de Piqué Vidal, al president de la Generalitat le duele que alguien pueda pensar que se benefició personalmente de la crisis de Banca Catalana”. De pronto los sentimientos del presidente eran noticia.

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En este breve que destacamos se hizo eco ‘La Vanguardia’ de la publicación del libro ‘Banca Catalana. Más que un banco, más que una crisis’

El caso catalán

Esta desigualdad en el trato ha tenido consecuencias para el periodismo catalán en las tres décadas siguientes. Los periódicos, teles y radios catalanas han sido poco incisivos y persistentes con el poder local. Es un fenómeno que también se ha dado en otras comunidades autónomas y en Madrid, pero el caso catalán tiene sus particularidades. No es posible decir que en la prensa catalana se haya censurado información indiscriminadamente pero sí que se ha disimulado: ante casos flagrantes, los medios no han clamado; ante casos dudosos, no han insistido; ante casos ignorados, no han rebuscado.

En más de 35 años de periodismo hay ejemplos buenos y malos. Pero a través de más de 80 entrevistas con directores, redactores, presentadores y jefes de comunicación que han trabajado en Cataluña en distintas etapas se distinguen al menos cuatro causas de la realidad mitigada en que ha vivido la sociedad catalana: las ayudas públicas a la prensa privada (que han sido las más altas y constantes de toda España), la adherencia emocional a la causa catalana (la defensa del país o el silencio ante el “enemigo exterior” ha sido a veces más importante que el oficio), el temor a un poder total (la Generalitat ha tenido un sinfín de maneras de imponerse) y el tamaño del país (los círculos de poder han sido más pequeños e impenetrables).

Estas cuatro causas no son aisladas. Todas han sobrevolado a la vez muchas redacciones barcelonesas. Según el medio, una podía tener más peso que otra. La responsabilidad no es -sería absurdo- de todos los periodistas. Las responsabilidades graves recaen sobre todo en los editores.

Los editores catalanes ven sus medios como negocios, y lo son. Pero a menudo han olvidado el obligado y paralelo servicio público. Cuando un conseller de la Generalitat le llamaba enfadado,  Xavier Vidal-Folch, entonces director de El País en Cataluña, le daba el número de su editor, Jesús de Polanco: “Llámale a él”, decía Vidal-Folch. “Te equivocas de destinatario. Ve a presionar a quien debes presionar”. En otros periódicos catalanes, era distinto: “Sé que compañeros de otros periódicos lo tenían más difícil”, dice Vidal-Folch.

La última llamada insistente que recuerda haber recibido Àlex Sàlmon, director de El Mundo en Cataluña desde 2001, fue de Macià Alavedra, que le telefoneó en 2004. Había puesto en portada una cena que había organizado el conseller con el juez Luis Pascual Estevill, que entonces era juzgado (y luego fue condenado) por prevaricación. Alavedra quería que Sàlmon quitara la noticia de portada.

“Era lo único que le interesaba, salir de portada”, dice Sàlmon. Alavedra dijo, según Sàlmon, que otro director de periódico no creía que ese hecho fuera noticia de portada y le amenazó con llamar a Pedro J. Ramírez, que estaba ese día ilocalizable fuera de España. Pero según Sàlmon hubiera dado igual. “Estábamos fuera del rollo de la presión”, dice.

Había otros que no estaban tan aislados de la presión. Lluís Foix recibió “cientos de llamadas” de Pujol como director adjunto de La Vanguardia entre 1987 y 2000.  ¿Nunca te planteaste decir a Pujol que dejara de llamar?, le pregunté. “No, no era posible”, respondió. La empresa no hubiera apoyado su postura.

Foix lo sabía bien: en 1983 había dejado de ser director por la presión de Convergència. Txema Alegre, redactor jefe en Economía y Política en La Vanguardia durante los 80 y 90, lo explica así: “Cuando el modo de publicar algo no gustaba, los políticos no te lo decían. Iban a la altura y desde allí llegaban los mensajes según cómo los filtrara la dirección. Era un comportamiento mafioso en minúscula”. El cargo de director depende del editor. Si un político presiona a un director y el periodista accede, sólo hay dos motivos: o le conviene –por ideología, amistad, dinero– o le falta el respaldo del editor.

El proceso mental 

Las llamadas de políticos no sólo son una presión posterior o paralela a la publicación. Al cabo de unas cuantas llamadas, el periodista puede empezar a flaquear y autocensurarse. El proceso mental es algo así: a tal político no le gustará esta noticia, su llamada es segura, la propiedad no cerrará filas y es mejor dejarla o disimularla.

Jordi Maluquer fue director de Avui durante el mandato breve del presidente Josep Tarradellas, quien le llamó sólo una vez por una información que no le gustó: “Me dijo: ‘Maluquer, sé que debéis de estar muy nerviosos porque habéis escrito este artículo, que ya he leído. Yo sé por qué hago las cosas y a veces no puedo contarlo todo. Pero escribid lo que queráis’. Pensé que era generoso. Pero claro, ya me hizo notar que me vigilaba”.

La redacción de El País en Cataluña vivió enseguida esas llamadas en el momento más difícil para Pujol. En pleno caso Banca Catalana, Pujol se permitía broncas a su director. Así describe Antonio Franco, director de El País Cataluña entre 1982 y 1988, un encuentro con el presidente:

En el peor momento de Banca Catalana, recibí una llamada de Pujol para decirme que no quería hablar con nadie de ‘El País’ pero que quería hablar conmigo personalmente. Yo le dije que ‘personalmente me llamo Antonio Franco’ y que debía ser en una cafetería. Allí me metió un chorreo y me llamó de todo.

Los periódicos catalanes no han actuado nunca sólo al dictado del poder político. El caso contra el periodismo catalán no es simple, pero es innegable. Una palabra llegó a definir este ambiente resignado: “Oasis”. Ahora sabemos que pasaba algo más de lo que parecía. Aunque había gente que sí sabía: políticos, periodistas, empresarios sobre todo. Algunos no quisieron contarlo y otros no pudieron. El oasis no era un lugar de paz inmaculada. Se censuraron artículos, frases y palabras, pero se publicaban piezas más o menos duras, como me han dicho muchos periodistas con quienes he hablado. Eran sin embargo piedras sueltas que caían en un estanque: creaban unas olas que desaparecían enseguida. No había locutores, titulares, analistas que insistieran con otras piedras para averiguar más o enturbiar la paz.

Un off the record es el acuerdo que obliga a un periodista a no identificar a la fuente de una información. Los periodistas suelen evitar los off the record, excepto cuando son ellos quienes hablan. Las más de 80 entrevistas que son la base de esta serie han estado trufadas de off the record, a menudo incluso con la grabadora apagada. He procurado utilizar esas miniconfesiones que no podía revelar para entender mejor el contexto. También ha habido cuatro fuentes que han querido ver antes de publicar sus frases entrecomilladas a cambio de hablar en abierto sin preocuparse. He cedido para no perder las entrevistas. En el texto está siempre la fuente de la información. Si no la hay es porque hay al menos dos fuentes off the record con un testimonio muy parecido. Si no advierto del motivo, no hay nada con una sola fuente off the record.

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Las dos fotografías de Jordi Pujol que acompañan a este artículo las hizo el fotógrafo catalán Manel Armengol en 1977.

Te hago un informe

El padre de Enric González, Francisco González Ledesma, había ganado el premio Planeta en 1984 y les dio dinero a sus tres hijos. Enric, uno de los tres autores del libro sobre Banca Catalana, se fue a dar la vuelta al mundo y al volver se reincorporó a El Periódico: “No se ponía nadie al teléfono, no me aceptaban en ruedas de prensa, me impedían pasar”, dice González. Su director, Enrique Arias Vega, le dijo: “Lo tienes mal. Están enfadados contigo”. Arias Vega sabía qué era lo que hacía enfadar al gobierno. En 1984 censuró una viñeta del dibujante Alfons Rodríguez, que no ha dado ahora permiso para reproducirla aquí ni ha querido dar su versión. En el dibujo que nunca apareció, Pujol canta folclore catalán mientras los fiscales Mena y Villarejo esperan entre telarañas que quiera declarar sobre Banca Catalana.

En sus Memorias líquidas (Jot Down Books, 2013), González explica que hicieron un informe sobre él: “Un antiguo colega del Correo, a quien su espíritu nacionalista le había permitido cobijarse en el gabinete de prensa de la Generalitat, me telefoneó para advertirme de que le habían encargado la confección de un informe sobre mí: ‘¿Quieres que ponga algo en especial?’, me preguntó”.

Había más informes de la Generalitat sobre periodistas. El 22 de febrero de 2006, se supo que “Pujol encargó informes sobre la orientación política de periodistas de TV3”. Ese mismo día, La Vanguardia publicaba un breve sobre el mismo tema con un título más suave: ICV lleva a la fiscalía los sondeos encargados por el Gobierno de CiU. Hay muchas maneras de dar la misma información. Al día siguiente, La Vanguardia daba algún detalle más en una pieza titulada Los bajos fondos del poder y hablaba de “encuestas y estudios encargados por las administraciones convergentes entre 1983 y 2003”. En total eran más de cien.

La Vanguardia no daba ningún detalle del contenido. El País citaba un informe de 1993. Salvador Alsius, célebre presentador de TV3, tenía “unas claras tendencias antinacionalistas y sobre todo anticonvergentes y antipujolistas”, decía el texto. Junto a Alsius, Àngels Barceló era “quintacolumnista, colaboracionista y botifler”.

En otro informe de 1994 había detalles más específicos. Habla al menos de dos radios de pueblos. En Abrera “trabajan unas chicas que hablan en catalán pero que entre ellas se relacionan en castellano” y en Radio Súria “los niños de familias castellanohablantes que pasan por la emisora se expresan en su totalidad en catalán”.

Enric González estuvo una temporada más en El Periódico sin ocuparse de temas catalanes. Poco después, fichó por la sección de Economía del diario El País. Dos años después, le trasladaron a Madrid. A finales de los 90 volvió a Cataluña y se encargó durante un año de la política catalana. Acompañó a Pujol a alguno de sus viajes. González recuerda que un día el presidente le preguntó: “¿Pero es usted catalán o no?”. González es obviamente catalán: “Se refería a si era de los suyos”, aclara. Hoy González es periodista en El Mundo.

Marcados para siempre

Jaume Reixach y Siscu Baiges, los otros autores del libro, tomaron otro camino: “Quedamos marcados para siempre”, dice Baiges. “Yo me he dedicado muchos años a hacer cosas que no tenían nada que ver pero he sido siempre el sociata que hizo el libro de Banca Catalana”. Ambos acabaron en el Diari de Barcelona, un periódico cercano a los socialistas. Xavier Roig, jefe de gabinete del alcalde Pasqual Maragall, aún recuerda cómo el director, Josep Pernau, iba a pedirle ayuda. La ayuda era algo ambiguo: anuncios, suscripciones, colaboración. En el fondo era básicamente dinero. Roig lamenta ahora no haber hecho algo más: “Quizá deberíamos haber buscado más para ayudarles”.

Reixach y Baiges formaban el equipo de investigación del Diari. Encontraban alguna cosa. Baiges fue un día con un colega de redacción a ver al jefe de prensa de Macià Alavedra: “Mientras esperábamos en la entrada abrí una fotocopiadora, había un papel y lo cogí”. Eran deudas de la Caric (Comisión de Ayudas a la Reconversión Industrial de Cataluña) que el departamento había renunciado a recuperar. La Caric era una especie de banco público que prestaba dinero a empresas privadas.

En el papel de Baiges había unas 20 empresas con los avales perdonados: “Una era de Antoni Subirà y otras estaban vinculadas al Grupo Zeta: Gráficas Industriales, Editorial Bruguera”. Subirà era portavoz de CiU en el Parlament y primo segundo del presidente Pujol. El Grupo Zeta era también propietario de El Periódico, que era el segundo diario de Cataluña. Caric había avalado directamente a El Periódico y otros medios.

El caso Caric fue uno de los primeros escándalos del pujolismo, hoy olvidado si no fuera por una frase del fiscal general del Estado Eligio Hernández: a pesar de no ver delito en la concesión de los créditos, sí percibía “aromas de corrupción”.

Baiges recuerda otras dos noticias medio impactantes que publicó en el Diari. A finales de los años 80, las conversaciones de los primeros móviles podían interceptarse con las frecuencias de radioaficionados. Baiges pidió a un amigo que grabara una hora de llamadas para demostrarlo: “Me pasó la cinta y salía [el secretario general de Presidencia Lluís] Prenafeta hablando con su secretaria sobre su agenda”. Lo publicaron y les amenazaron con querellas por pinchar los teléfonos de la Generalitat. Otro día vio una obra pública cuya arquitecta era Marta Pujol Ferrusola, hija del presidente. No era ilegal pero sí era feo.

Los métodos de Baiges eran rudimentarios. Iba de vez en cuando a la portería de una empresa que tenían tres ex políticos o amigos de líderes convergentes. Esperaba a que el portero estuviera despistado y ponía la mano en el buzón. Se llevaba los sobres, tomaba nota de las direcciones y luego volvía a dejarlos. “Era muy ortopédico”, dice.

Este runrún era suficiente para que el consejero Macià Alavedra llamara mal follado a Baiges. Esos insultos eran los suaves. Baiges recuerda llamadas a casa: “Te cortaremos los cojones, hijo de puta”, le dijeron alguna vez. “Era desagradable y luego veías que no servía para nada”, dice. “Más denunciabas y más mayorías absolutas sacaba Pujol”.

Así se le quitaban las ganas pero pronto cambiaron sus responsabilidades en el Diari: dejó la investigación para dedicarse a la información olímpica. Alguien del Ayuntamiento había llamado para cortarles las alas: si no paraban, la Generalitat de Pujol no pondría un dinero para alguna obra olímpica que le había solicitado el alcalde Maragall. Baiges recuerda bien la anécdota, pero Carlos Revés, director del Diari entonces y hoy empleado de Planeta, no.

Después de salir del Diari, Baiges entró a trabajar en Com Ràdio, una emisora impulsada por la Diputación de Barcelona, de tendencia socialista. Allí estuvo cerca de 20 años sobre todo en Tots per tots, un programa dedicado a las ONG y la solidaridad. Ahora, después de dos años en el paro, hace colaboraciones.

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El periodista Jaume Reixach, fundador de ‘El Triangle’. / ALBERTO GAMAZO

El periodismo guerrillero

Jaume Reixach era distinto. “Siempre usé la máxima de ‘si me censuran me voy’”, dice. Tuvo que usarla varias veces, también en el Diari de Barcelona. En enero de 1990 fundó El Triangle, un semanario satírico underground. Su modelo es Le canard enchainé pero nunca ha tenido un éxito de público parecido. El Triangle sí hacía (y hace) algo: publica de todo. “Mi estrategia es de guerrillero de la información y los guerrilleros siempre somos pocos”, cuenta Reixach. Los guerrilleros a veces también disparan a todo lo que se mueve.

He entrevistado a algunos periodistas peculiares en este reportaje. Jaume Reixach es el más raro de todos. Mientras habla, al final de algunas frases suelta carcajadas. Parecen una especie de liberación nerviosa. “Te tratan de loco”, le digo. “Lo respeto. Yo sólo quiero ser feliz con el trabajo que hago”, responde.

Reixach da la impresión de que todo reproche le da igual. Solo ríe y ríe sin motivo. Al final de un email, como despedida, me escribió: “¡Caña!”

La metáfora de guerrillero de Reixach es excelente: lleva décadas en los márgenes sin que nadie pueda derrotarle pero también sin poder vencer.

El periodismo de Reixach pisa todas las líneas rojas: “Aunque pase por ser un tío muy alocado, las cosas que decimos tienen su perímetro de certeza. No contamos lo primero que nos dicen. Hacemos mucha labor de verificación”.

El perímetro es la zona peligrosa. Reixach vive de confidencias. Parece haber acertado a menudo.

Sólo ha perdido dos querellas: una por publicar una conversación privada del conseller Cullell y otra por hacer un chiste. El tono de El Triangle no requiere publicar fuentes. Jaume Boix Angelats y Arcadi Espada, que coincidieron con Rexach en El Diari de Barcelona, recuerdan que las noticias que traía a veces estaban poco confirmadas: faltaba el documento, la declaración definitiva. Esta exigencia agotaba a Reixach y le empujó a la guerrilla. Su trabajo quedó marcado, pero a menudo era muy serio y acertaba.

He leído artículos de los primeros años de El Triangle. Son denuncias a menudo sólidas con toques de humor y opinión. Éste es un ejemplo del artículo Trío de ases publicado el 30 de abril de 1990:

Si tenemos en cuenta que la instalación eléctrica de TV3 ha corrido a cargo de EMTE, una empresa que tiene capital de Terasaki España SA y que coincide con los holdings de Macià Alavedra y Lluís Prenafeta en otras empresas, está todo dicho. Efectivamente, en Terasaki España hay dinero del grupo EMTE, a través de su sociedad instrumental Proelec SA, y también interviene la famosa peletería Típel, de los Prenafeta, donde el aún secretario de Presidencia tiene un mínimo de 13 millones de pesetas, y Contax, la instrumental del grupo vinculado a Macià Alavedra. Los amos de EMTE son Jaume Rosell y Carles Sumarroca, dos pesos pesados del empresariado convergente, amigos de la familia Pujol y, en especial, por el lado de Marta Ferrusola, ya que Núria Claverol, la mujer de Sumarroca, es cofundadora con la “primera dama” de la floristería Hidroplant.

En ese mismo texto, Joan Granados, entonces director de la Corporación Catalana de Radio y Televisión, reconoce que han pagado “dos millones” a Terasaki por “una reposición de material” eléctrico. Es un modo de decir que el material original era también de esa compañía, y no debían ser sólo dos millones.

“Yo soy pionero en ir al registro mercantil y registro de la propiedad. Es un periodismo pesado”, dice Reixach. Carles Sumarroca y las empresas EMTE y Teyco son protagonistas del caso Petrum, que ha sacudido la campaña electoral en 2015. Hace más de 20 años ya estaban en marcha. Alfons Quintà, entonces director de TV3, recuerda cómo Sumarroca le llamó por orden de Prenafeta para tener las condiciones del concurso público para la instalación eléctrica en la sede de los estudios de la tele antes que nadie.

Cobrar por no publicar

En la mejor época de El Triangle, hacia el año 2000, Reixach pagaba 15 sueldos. En febrero de 2002, presentó una querella contra el secretario de Comunicación de la Generalitat y mano derecha de Artur Mas, David Madí, por discriminación en la inserción de publicidad.

Reixach y Madí tuvieron dos reuniones ese año. La querella fue admitida a trámite -luego no fructificó- y Madí tuvo que ir a declarar ante el juez. Allí manifestó dos cosas. La primera, que El Triangle no recibía más publicidad por su escasa “capacidad de influencia en el mercado” y no por ser “incómoda”. La segunda, que había grabado una reunión con Reixach porque “no estaba muy seguro de cuáles serían las intenciones del solicitante de la reunión” debido a “la fama que acompañaba al medio”.

Esa fama, según me han confirmado al menos una docena de periodistas off the record, es que El Triangle cobra por no publicar informaciones. No he sabido encontrar ninguna prueba ni nadie que haya podido dármela o haya querido reconocerlo en abierto. Reixach conoce esa fama y la niega: “Que digan lo que quieran, pero yo no he cobrado nunca ni lo aceptaría por no publicar”.

Los presuntos cobros serían en publicidad o en suscripciones en bloque. La Caixa, Banc Sabadell, Abertis, Gas Natural o FIATC ponen publicidad hoy en El Triangle. “Es porque quieren. Tengo publicidad, pero siempre de buen rollo: si queréis hacer, ponedla; si no, pues no”, dice Reixach.

A partir de un rifirrafe con el ex presidente del Barça, Joan Laporta, Reixach explica algo mejor una de sus maneras de hacer. En 1974, el Barça dio la Medalla de Oro del club a Franco. Reixach le pidió a Laporta que se la retirara y el entonces presidente se lo prometió. Hubo una campaña de recogida de firmas, pero Laporta les dijo que no podría hacerlo. “Tú mismo, tío”, le dijo Reixach a Laporta. Y sigue:

La vida ha querido que empiecen a salir cosas de Laporta que me llegan sin buscar. La vida se me presenta de tal manera que quien me la hace se lo acaba encontrando. Y como éste, todos. Si dices que vas a sacar la medalla y luego resulta que no, pues peor para ti. Yo no haré nada, pero tal vez me empiecen a interesar tu vida y milagros. Yo siempre de buena fe, de buen rollo, siempre amigo, siempre colega. Me pasó lo mismo con Rosell. Mi actitud vital es buen rollo con todos.

Reixach tiene otro argumento para defenderse: no es rico. “Duermo en el despacho, de alquiler. Voy con un cochecito”, dice. Vi su coche y su móvil y no son de un millonario. El dinero quizá no le ha permitido enriquecerse pero sí sobrevivir. Reixach, de 57 años, se defiende así: “No entienden que una persona pueda sacrificar su vida por su trabajo. Los estándares de vida que tienen el resto de compañeros de mi generación, yo no los tengo”. Todo tiene un precio: “Si hubiera seguido en El Correo Catalán siendo un chico obediente, quizá ahora estaría en TV3”, aventura. El Triangle ha pasado también por problemas judiciales con sus trabajadores. En 2014 condenaron a la revista por diez despidos improcedentes.

En la querella que El Triangle puso contra Madí, daba algunas informaciones que habían publicado que podían hacer que la Generalitat fuera reacia a poner publicidad en el semanario: “Los negocios de los hijos de Jordi Pujol y de empresarios afines al President; el caso del conseller Cullell; los sumarios sobre la supuesta financiación irregular de Unió (Trabajo, Turismo); los negocios del Ebro partidarios del Plan Hidrológico; el gasto del Govern en asesores y estudios”. Es una lista aproximada. “Nosotros somos muy gota malaya. Es un periodismo de insistencia”, dice Reixach. No es algo que el resto de medios catalanes pueda repetir. Los casos de favoritismo, nepotismo y trapicheos nunca han sido repetidos y desmenuzados en titulares o portadas.

El grupo japonés Nikkei compró en julio el Financial Times. El Guardian le dedicó un editorial:

El periodismo japonés no es corrupto, pero es respetuoso, como la cultura que lo rodea. Las tradiciones periodísticas anglosajonas no son, en sus mejores momentos, respetuosas con nada. Hay cosas que los periódicos británicos deberían respetar más, como la privacidad, pero también es posible que el respeto oculte una deferencia poco curiosa ante el poder que deja florecer comportamientos escandalosos.

Esas zonas de sombra no dependen sólo del aclamado periodismo de investigación. Dependen de las ganas de publicar. El ejemplo eterno del Watergate elimina todo debate sobre la función de la prensa. Las dos únicas opciones de la prensa no son los dos extremos: derribar al presidente más poderoso o reproducir notas de prensa del ministro. Hay muchas opciones intermedias. En Cataluña, como en Japón, se respeta demasiado. La duda es saber si ha sido sólo por un asunto cultural como en Japón o por algo más. “El mundo necesita periodismo que sea comedido e incisivo a la vez”, dice el Guardian. El periodismo catalán ha sido más bien comedido.

La pintora Malfeito 

Doris Malfeito era pintora y era la mujer del conseller Macià Alavedra. Su mejor época llegó a finales de los 80. Sus cuadros llegaron a venderse por miles de euros.

Durante una de sus exposiciones, el director de El Periódico, Antonio Franco, llamó a su crítico de arte, José María Cadena: “José María, voy a joderte”, le dijo Franco según Cadena. Franco no recuerda con precisión esta anécdota, pero le parece plausible. La memoria histórica de Cadena es célebre en Barcelona. Franco siguió, según Cadena: había una pintora que tenía muchos deseos de que el periodista hiciera una crítica sobre ella y la casa estaba comprometida. Cadena adivinó que era Malfeito: “Me ha llamado dos veces y le he dado largas”, dijo.

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‘Paisaje costero’. Óleo sobre lienzo de la pintora Doris Malfeito.

“Era una pintora mala”, dice ahora Cadena, que se resignó a la voluntad de Franco: “Imagino que si me pides una crítica, será una crítica a favor. Yo te la haré. Pero empieza a buscar otro crítico”. Franco quiso evitarlo pero Cadena lo cortó: “No es por mí. Yo tengo que servir al diario, y me habré desacreditado y ya no seré útil”. Cadena al final evitó escribir. Convenció a Franco para que dijera que estaba fuera y no lo había encontrado. La exposición acababa un par de días después. Es un asunto menor, dice Cadena, “pero la gente se mueve por cosas pequeñas”.

En 1984, Malfeito expuso en París y le dieron un premio. La Vanguardia empezaba con esta ironía gruesa un breve sobre el acto: “Doris Malfeito, pintora de categoría y que se basta y sobra por sí sola para triunfar”. El resto de la nota era un eco social anodino. Estas bromas son más habituales de lo que parece. En alguna noticia sobre mafias, el equipo de investigación de La Vanguardia, Eduardo Martín de Pozuelo y Jordi Bordas, colaban la palabra “convergencia”: “Marbella no es solamente un lugar turístico famoso por las fiestas de la jet set sino que es una de las localidades de convergencia en España de la Mafia, representada en este caso por el “clan de los cataneses”. Si se aísla queda así: “es una de las localidades de convergencia en España de la Mafia”. Y de “cataneses” a “catalanes” hay un paso.

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Así se hizo eco ‘La Vanguardia’ de la exposición de Doris Malfeito en París. 

En una exposición de Malfeito en Barcelona en 1995, en cambio, no había acidez: “Algunos críticos de arte confiesan que todavía añoran los concisos y pregones (sic) retratos infantiles al lápiz o las marinas de Doris Malfeito. Pero, a un tiempo, aseguran que no pueden más que rendirse ante sus nuevos paisajes ampurdaneses”. Cadena no era uno de esos críticos “rendidos”.

Los elogios mundanos de Malfeito quizá no eran tan menores. Malfeito murió en 2014. El obituario de El País -que va sin firma- recuerda cómo sus cuadros tenían “gran demanda” entre empresarios y personalidades. Pone dos ejemplos: el presidente de Cirsa, Manuel Lao, y el empresario americano John Rosillo.

Rosillo era un empresario estadounidense que fue condenado a más de seis años de cárcel por fraude fiscal relacionado con Diagonal Mar, un centro comercial en Barcelona construido en los años 90. No cumplió condena porque logró huir a Panamá.

En noviembre de 1999 un célebre periodista del New Yorker, Jon Lee Anderson, se encontró a Rosillo en Panamá. Anderson hacía un reportaje sobre el futuro de Panamá con la entonces nueva presidenta, Mireya Moscoso. Uno de los miembros del Gobierno de Moscoso era Nicolás Barletta, heredado del presidente anterior, Ernesto Pérez Balladares. A Barletta lo habían acusado de cobrar comisiones de una petrolera americana a cambio de favores en el país. Anderson acompañó un día por Panamá a Barletta, que iba en esa jornada con Rosillo y “un acompañante español”. Los dos estaban, según Anderson, “visiblemente incómodos” por su presencia. El acompañante de Rosillo era Josep Pujol Ferrusola, a quien Barletta daba un “completo trato de VIP, que incluía un helicóptero para ver las propiedades disponibles”.

En diciembre de 1999, El País publicó una nota pequeña de tres párrafos con un título sencillo: Rosillo y un hijo de Pujol planearon invertir en Panamá, según ‘New Yorker’. No dice que Rosillo había sido condenado en Barcelona a seis años de cárcel unos meses antes. En La Vanguardia, la información ocupa un párrafo escondido de las páginas de economía.

En Avui, Alfons Quintà hacía esta mención del reportaje en un artículo de opinión titulado Tristeza, en Venezuela y aquí. En el cuarto párrafo Quintà habla del reportaje de Anderson en “una magnífica revista” norteamericana. Habla de Rosillo -condenado por “un asunto del que la prensa ya informó”- y de que iba acompañado de “un familiar de un político de casa”. No da ningún nombre. He escrito a Anderson, que no recuerda si en aquel momento algún periodista español se puso en contacto con él: “Tengo la  impresión, sin embargo, de que nunca se ahondó mucho más de lo mío, y que todo quedó en lo anecdótico”, dice Anderson, que recuerda también cómo sobre todo Pujol le “rehuía” y “no sabía qué hacer”.

La información en estos tres ejemplos obliga al lector a contextualizar, adivinar, desentrañar. Es una escritura que en el fondo oscurece detalles y ha sido constante en temas espinosos. Me han dicho que es una herencia del franquismo: que se intuya pero que no se entienda. Este tipo de lenguaje cifrado sólo para iniciados ha dejado a los periodistas tranquilos pero a la mayor parte de la sociedad en la ignorancia de los chanchullos políticos.

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Éste es el obituario de Doris Malfeito que publicó ‘El País’ sin firma el 1 de agosto de 2014. 

El Lamborghini de Jordi Jr.

El Mundo, cuya edición catalana llegó en 1995, era más directo. Elianne Ros fue corresponsal en Girona del diario entre 1995 y 1999. Un día de 1997 paró a repostar cerca de Figueres. En otro surtidor se detuvo un Lamborghini. Ros y el propietario del deportivo fueron a pagar juntos. Era Jordi Pujol Ferrusola, a quien Ros había conocido en un congreso de Convergència. Ros recuerda que le dijo: “Hola Jordi, ¡qué coche llevas!”. Se fue sin responder. Ros memorizó la matrícula. Lo publicaron, pero la noticia no tuvo ninguna repercusión.

Jordi Pujol Ferrusola, el hijo mayor de Jordi Pujol, había empezado ya a recibir favores: en 1991 Natural Stone, empresa de la que era socio, suministró mármol a FCC para el aeropuerto de Barcelona. En 2001 hubo que cambiarlo todo porque era un mármol demasiado fino para el suelo. Pujol Ferrusola llevaba ya tiempo en los negocios. Formaba parte también de la empresa Hot Line. Una jueza había decretado arresto domiciliario contra él y sus socios si no pagaban 100.000 pesetas por la bancarrota. Lo sacó El Triangle. Sólo lo dio otro medio en España: Diario 16. En Cataluña no lo publicó nadie.

Félix Martínez, en El Mundo, publicó durante los dos últimos mandatos de Pujol bastantes aproximaciones a los trapicheos de la familia. Eran temas propios hechos con cuidado pero sin poder llegar a fondo. “Su participación apenas deja rastro”, dice sobre Jordi Pujol Ferrusola y uno de sus negocios. Fue una constante. Quizá si más periodistas hubieran buscado, la presión habría crecido: “Nunca ha habido un periodismo con vocación de investigación en Cataluña”, dice Martínez. “El Mundo iba contracorriente. En las ruedas de prensa los compañeros nos miraban mal”.  

He preguntado a todos los periodistas que en los 80 y 90 estaban en activo cuándo supieron que la familia Pujol hacía chanchullos. Lluís Foix, director adjunto de La Vanguardia entre 1987 y 2000, ha escrito que a mediados de los 90 se lo dijo incluso al presidente Pujol: “Le comenté que corría por Barcelona que su hijo Jordi cobraba comisiones. Me lo razonó y me dijo que todo el mundo lo hacía, pero que su hijo lo hacía mucho mejor, más rápido y con mejores resultados”. La Vanguardia no publicó nada. Foix ha contado en un artículo de abril de 2015 que “el silencio clamoroso” era extendido.

Otro director de periódico me dijo off the record que llevaría siempre “una aguja clavada en el corazón”. No pudo hacer más por destapar la extorsión del hijo mayor de Jordi Pujol a un alcalde para que permitiera un negocio en su municipio. O un subdirector a quien un dirigente de Convergència le había dicho que había advertido a Pujol que un alcalde había ido a quejarse del comportamiento de su hijo. Pujol le respondió que haría algo. Al cabo de un tiempo, otro alcalde fue al dirigente con el mismo cuento y se lo volvió a decir al president. La tercera vez ya no fue. O una tercera historia: dos consellers de Presidencia a los que Pujol al final de su mandato había ido con el ruego de que le ayudaran a controlar a sus hijos.

¿Había pruebas de estas acciones? No. ¿Había alguien dispuesto a denunciarlas en un tribunal? No. ¿Se podía hacer algo más? Quién sabe. Rafael Jorba, subdirector de La Vanguardia en los 90, cree que ya no es el momento del periodismo: “Soy poco partidario de la comisión parlamentaria y del show al que hemos asistido. Este señor fue presidente durante 23 años: todo lo que en la política y en el periodismo no supimos o pudimos o hicimos suficientemente bien entonces que ahora lo hagan los tribunales”.

En una encuesta casera, he preguntado a una docena de conocidos no periodistas y mayores de 35 años si habían oído hablar del caso Caric o Casinos, quiénes eran Jaume Roma o Carles Sumarroca o qué habían hecho presuntamente Prenafeta o Alavedra antes del caso Pretoria de 2009. Todo eran vaguedades. La reacción es diferente en casos como Barrionuevo y los GAL, Roldán, Filesa, Mariano Rubio, Bankia o los ERE.

Hay periodistas catalanes que creen que sacar noticias que perjudiquen a políticos locales daña a las instituciones. Es dar munición al adversario y desde fuera se aprovecha para limitar las competencias. Hay editores que creen que se gana más dinero si los políticos no se enfadan. El periodismo no sirve para defender una causa o sólo ganar dinero –aunque es clave que lo gane. Tampoco debe encargarse de investigarlo y descubrirlo todo: para eso están la policía y la Justicia. Pero cuando sabe algo que puede implicar ya no delito pero sí chanchullos o trato de favor es saludable airearlo, si puede ser con luces de colores en la portada. Los trapos sucios se lavan mejor en público. Es el mejor modo de que no se vuelvan a ensuciar.

Este sábado, el segundo capítulo: ‘La comunidad’