Espanya

Palabra odiosa y maldita que además no significa NADA. Si por imperativo legal o porque la realidad es tozuda no queda otra que nombrar lo innombrable, se impone recurrir a fórmulas completamente descargadas de emoción y de sentimiento. Por ejemplo: “Estat espanyol“. ¿Que queda raro hablar, por ejemplo, de los ríos del Estado español? Da igual porque al enemigo ni agua (ni la de su río). Se hacen los ridículos que haga falta, donde haga falta. Pero para atrás, ni para tomar impulso: Cataluña es un país, una nación, una tierra preñada de historia milenaria y de sentido. Lo otro es una entidad administrativa, una aberración impuesta por el furor uterino de Isabel la Católica y el furor militar de Paca la Culona (Franco). Los que han nacido allí y nada más que allí son seriamente dignos de lástima. Pero, pudiendo ser sólo catalán, ¿quién en su sano juicio querría ser además español… y, con la que está cayendo, encima iría y lo diría?

‘Espanya ens roba’

Excepción que confirma la regla anterior. Sí se puede, es más, se debe mencionar a Espanya para denunciar cómo nos roba. Cómo en Castilla la Vieja se tiran en plancha a piscinas y piscinas llenas del sudor de la frente de los catalanes, acarreado en camiones cisterna custodiados por la Guardia Civil. La corrupción y la mala gestión vernáculas son el chocolate del periquito (en Cataluña no hay loros, son demasiado caros). Sin el permanente atraco a mano armada español, los catalanes atarían a los perros no ya con longanizas sino con billetes de quinientos euros. Los perros andorranos, claro.

Esquerra Republicana de Catalunya (ERC)

Histórico partido político catalán, republicano e independentista fundado en 1931, por cuya cúpula dirigente han pasado desde Francesc Macià, Lluís Companys y Josep Tarradellas hasta Pilar Rahola, Josep-Lluís Carod-Rovira y Àngel Colom (apodado El Sis Ales, -Seis Alas-, incluso cuando aún no se le había relacionado con ningún caso de corrupción). La evolución humana y política no es una línea necesariamente ascendente. Durante un tiempo ERC encarnó el único cordón umbilical político con la legalidad catalana prefranquista. Durante todo ese tiempo ERC no se comió una rosca y el panorama estaba dominado por CiU y PSC. Luego las tornas cambiaron y la antigua mosca cojonera se ha agigantado como por obra y gracia de algún experimento radiactivo, igualito que en las películas. Ojo con su líder, Oriol Junqueras. Es con diferencia el tipo más listo de la pomada catalana actual aunque de lejos pueda parecer otra cosa. Se va él a merendar a Artur Mas con patatas, no lo contrario. Al tiempo. Por cierto: cuando eso haya ocurrido, igual él y todos los que le siguen van y se acomodan con sorprendente naturalidad al marco constitucional vigente que ahora mismo tanto les irrita y tanto les escuece. Al fin y al cabo, una vez cautiva y desarmada CiU y ocupado su espacio electoral (quítate tú que me pongo yo), ¿para qué van a independizarse de nadie? ¿Qué hace un independentista en la vida cuando ya se ha independizado? ¿A dónde se va y a hacer qué? Quita, hombre.

Esquerra de la otra

Decían en la Guerra Civil que Barcelona sería la tumba del fascismo. Sin comentarios. O, mejor, con el comentario de George Orwell elocuentemente expresado en su trascendental y deprimentísima obra Homenaje a Cataluña. Entre que aquí nadie lee y entre que el título engaña, las Ramblas y el Paseo de Gracia van felizmente llenos de gente convencida de que no hay ni ha habido nunca izquierda tan chula, tan florida, tan divina y tan rematadamente internacional como la catalana, reserva progre y espiritual de las Españas siempre tirando como a más rancias y a más casposas. Y es cierto que decirle a un catalán “tú eres de derechas” roza la temeridad y el peor insulto. En Cataluña se ha podido y se puede ser anarquista, pistolero, sectario, asesino, patriota y ladrón. Pero facha… ¡jamás!

Estatut

Es verdad que los Estatuts, como las Constituciones, se suelen votar sin leer. Se vota (o no) un concepto, una idea, un busilis. Se supone que padres y madres tienen las cartas magnas y magnitas, que veterinarios tiene la iglesia, y que cuando estas cosas llegan al papel ya están más que habladas, requetemasticadas y archipactadas, y que al votante de a pie sólo le toca poner el lacito (o no) según lo mandado por las siglas que campeen en su corazón. Pero, si se le permite a la autora de este diccionario una leve efusión autobiográfica, debo confesar que yo sí tuve la debilidad de leerme el Estatut entero. De cabo a rabo. Aproveché que me habían hecho la amniocentesis y me tenía que pasar un día entero panza arriba. Sudores de hielo perlan mi frente al acordarme. De milagro no aborté. No había pasado del preámbulo y ya tenía claro que íbamos al más brutal y más estúpido choque de trenes, al descarrilamiento político y jurídico, a la pura y dura pedorreta patriótica. ¿De verdad podía estar pactado que iba a colar eso? ¿O se pensaban que Javier Arenas era costalero de la Virgen de Montserrat? Por cierto, y ya que hace nada hablábamos de ERC: ¿Alguien se acuerda o quiere acordarse de que estos muchachos pidieron el NO al Estatut cuando este se puso a votación entre los sufridos, desconcertados catalanes? Si al final ellos y el Tribunal Constitucional se ciscaban en lo mismo, ¿para qué discutir?