Diccionario satírico burlesco (I)

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Este glosario cargado de mordacidad nos ayuda a comprender la realidad que vive hoy la sociedad catalana. Sus definiciones son fogonazos que iluminan la trastienda del proyecto secesionista.

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El ‘Diccionario satírico burlesco’ que a partir de hoy y en 15 entregas ponemos en sus manos, querido lector, pretende emular al célebre ‘Diccionario crítico-burlesco’ que Bartolomé José Gallardo publicó hace algo más de dos siglos en Cádiz, en plena Guerra de la Independencia. El ilustrado español eligió la fórmula del sarcasmo para arremeter contra la Iglesia, a la que veía como enemiga del ideario liberal.

Anna Grau, periodista gerundense de reconocida trayectoria dentro y fuera de Cataluña, nos ayuda a comprender a través de este diccionario cargado de mordacidad la realidad que vive hoy la sociedad catalana. Sus definiciones son fogonazos que iluminan la trastienda del proyecto secesionista. Gallardo fue encarcelado por sus ataques al clero y, su libro, retirado. Grau se enfrenta también a la ‘religión’ imperante hoy en Cataluña, pero por fortuna no hay riesgo de que ni ella ni su obra corran la misma suerte. 

Ada Colau

Alcaldesa de Barcelona que según determinadas fuerzas vivas va a durar lo que un iPhone a la puerta de un colegio y por eso conviene ir dándole cobertura y cuerda para que ella misma se ahorque… Hay que dejarle hablar del top manta, no ir a misa por la Mercè, descolgar los retratos de los Borbones… Los que en cambio se la toman en serio subrayan su activismo inteligente y su habilidad para empalmar sujeto, verbo y predicado, talento bastante inaudito, para qué nos vamos a engañar, en la clase dirigente de los últimos 25 años. Un político de por aquí que sabe hacer la O con un canuto al primer intento es un mutante al que casi todo le está permitido. Por ejemplo, llegar al poder municipal a lomos de Podemos y de un espesito gazpacho progre lleno de tropezones históricamente antinacionalistas -cuando el nacionalismo catalán era considerado burguesazo y de derechas, y el independentismo una carlinada de payés- y, una vez allí, tomarse un chinchón con Artur Mas y descubrir que el famoso dret a decidir no está tan mal; total aquí nunca pasa nada, y mientras hay cera y arde, las elecciones las puede ganar cualquiera.

Albert Rivera

Ya le empiezan a llamar el Ausente, con ánimo de matar así dos pájaros de un solo tiro: ponerle verde por irse de candidato a la presidencia de España, dejando encabezar el cartel de Ciutadans para el 27-S a la por lo demás muy sísmica y muy perturbadora Inés Arrimadas, y compararle con José Antonio Primo de Rivera (del que no es familia), que eso siempre jode. A Albert Rivera se le puede ver como el superdotado -¿recuerdan su mítico cartel electoral en pelotas?- de la única política española que se hace sin complejos en Cataluña o como el Pepito Grillo de los partidos constitucionalistas que, pasado el frente del Ebro, llevan décadas disfrazados de indios con la excusa de que aquello es territorio comanche y otra cosa no se puede. ¿Panda de cobardes o de gandules? De momento a Rivera algunos intentan desmerecerle en España por catalán, mientras otros le mandan por correo balas dedicadas por español. Que siga la fiesta.

ANC

Assemblea Nacional Catalana. Réplica a lo que en otras épocas (que no en otros sitios) se conoció como el Movimiento Nacional. Antes de que nadie ponga los ojos en blanco o se sulfure: fue Jordi Pujol en persona, en carne presidencial y mortal, el primero en afirmar que él no aspiraba tanto a liderar un partido político (que sólo dan disgustos) sino un movimiento. Algo más impreciso y magmático… que no necesariamente menos controlable. La ventaja de los movimientos, asambleas, primaveras árabes, etcétera, es que siempre parece que van de abajo arriba, que encarnan la voz verdadera, el trino más puro del pueblo, cuando lo cierto es que ni quemándose a lo bonzo el susodicho pueblo conseguiría jamás salir en TV3 de no tener un encendido apoyo institucional. El poder pone y llena autocares, reparte estelades y bocadillos, confisca calculadoras y cualquier instrumento de cómputo capaz de desmentir las cifras oficiales (donde caben 20.000, yo digo que hay un millón), ofrece a todos los trepas del lugar que figuren como en su vida han figurado antes en nada, militariza a los niños de pecho con babies patrióticos y hala, a llamar a Madrid y a decir, “yo es que no puedo hacer otra cosa, voy en volandas del clamor popular”. Ya lo decía el gran Miguel Gila: “Oiga, ¿está el enemigo? ¿Se puede poner?”.

Andaluces de Jaén por la independencia o casi

Dejando aparte el milagro de los panes, los peces y las subvenciones, hay quien se pregunta, sobre todo desde fuera de Cataluña, cómo es posible que alguien nacido en Andalucía (o en Extremadura o en Murcia) o que desciende de padres y madres de ese origen se apunte con brioso entusiasmo al independentismo catalán o, en su defecto, a incubar un profundo asco por todo el resto de la Península. Empezando por las poblaciones de referencia de sus mayores. He aquí un primer intento de aclarar el misterio desde dentro. A tal efecto reproducimos el testimonio -por ahora, anónimo- de un señor originario de un pueblecito de la provincia de Jaén, trasplantado de niño a Barcelona, metido a trabajar 30 años en el taxi durante 14 horas diarias. Logra amasar así un ínfimo capital con el que acomete la ilusionada compra, en el susodicho pueblo de Jaén, de una parcelita de olivar… Y hete aquí lo que sucede cuando nuestro hombre se va todo emocionado de vacaciones al pueblo: “Según llego me los encuentro a todos en el bar y tengo que pagar yo todas las copas porque soy el catalán y el rico. Luego les quiero contratar para recoger mis aceitunas. Se me ríen a coro en la cara porque cobran todos el PER y no están para recoger ni un palillo del suelo del bar. Me tengo que traer a negros del Maresme para que me hagan la recogida y entonces, encima… ¡me llaman negrero! ¡Esto es muy injusto, qué mal funciona España! ¡Sin duda hay que irse!”. Nuestro hombre lía el petate para volver de estampida a Barcelona, donde le aguardan quince o veinte años más a razón de catorce horas diarias en el taxi.

Artur Mas

Empezó de contable de los gobiernos de Jordi Pujol y su familia (a la que nunca vio meter mano en la caja, ya tiene mérito…), siguió de delfín suyo y así, degenerando, degenerando, ha llegado a president de la Generalitat. Es el quinto desde la restauración de Josep Tarradellas y el octavo si contamos la restauración republicana de 1931… Claro que si a Mas le dejan darse pote y coger carrerilla es capaz de remontarse al siglo XIV, en plan Érase una vez el hombre. Entonces nos saldrían unos 130 presidents por lo bajo (con eso ya llenaríamos dos o tres autocares de la ANC). No necesariamente este negocio ha ido mejorando con el tiempo. La tendencia de Mas a llevar traje y corbata en lugar de bermudas y chanclas ha favorecido en Madrid el equívoco de que él encarna la última esperanza de moderación y de seny o de que tiene un plan… así sea pérfido. Es peor. ¡No hay plan! En serio, Lluís Companys también improvisaba todo el rato: descontroló las calles de Barcelona hasta extremos de Chicago años 30, proclamó algo parecido a la independencia desde el balcón de la Generalitat básicamente para impresionar a su novia, perdió la guerra, el norte y el oremus y, en fin, sólo se salva de la quema total porque algún idiota decidió fusilarle y ya se sabe que un bel morire tutta una vita onora. Esa es la esperanza de Mas: ganar batallas después de muerto. En vida ha perdido elecciones a mansalva y su mayor talento es procurar que no se note, a base de convertir el resultado y hasta la lista electoral en un acertijo que no lo descifras ni piedra Rosetta en mano. Atención, pregunta: ¿quién es el candidato a la presidencia de la Generalitat de Junts pel Sí? El que lo adivine gana un fin de semana con todos los gastos pagados (en billetes de 500) en Andorra.