El guardián de los mapas

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Sergio Álvarez Leiva tiene 29 años y lleva desde Chamberí una compañía estadounidense. No acabó Informática, pero con 23 años, le diseñaba mapas a Google, la ONU o la NASA. Ahora, 100.000 usuarios hacen mapas con su empresa CartoDB, que el año pasado logró siete millones de dólares. El mayor atractivo de su aventura es su mayor riesgo: compite en el mercado global.

Reportaje gráfico: Dani Pozo

Sergio Álvarez Leiva tiene 29 años y lleva una compañía estadounidense desde Chamberí. No acabó Informática. Pero con 23 años le diseñaba mapas a Google, a la ONU o a la NASA. Ahora, 100.000 usuarios hacen mapas con su empresa CartoDB, que el año pasado recaudó siete millones de dólares. El mayor atractivo de su aventura es su mayor riesgo: compite en el mercado global.


Una mañana soleada de primavera, Sergio Álvarez Leiva se toma un café en Móstoles junto a dos máquinas tragaperras y el cartel de la peña local de fútbol. Enseguida entra alguien que le pregunta por su hermana. Al otro lado de la calle, El Perro Flaco aún tiene la persiana bajada.

Cuando era adolescente, Sergio se quejaba de que no tenía un bar donde ir porque en Móstoles sólo había “o bakalas o punkis”. A veces se pasaba horas sentado con sus amigos en un banco del parque que había detrás de su casa para desesperación de sus padres.

Hace casi cuatro años y medio, cuando ya había fundado la empresa que hacía mapas para la NASA o Google, Sergio abrió un bar con paredes pintadas de verde y decoradas con fotos de Nueva York junto a la Universidad Rey Juan Carlos I en esta ciudad a una veintena de kilómetros de Madrid. Lo hizo con tres amigos. “Ilusos de nosotros, pensamos que si montábamos un bar íbamos a estar en él con nuestros amigos y es mentira”, me cuenta Sergio mientras apura el café.

El Perro Flaco abrió en la Nochevieja de 2010. Ni siquiera habían terminado las obras. La novia de Sergio, Cristina Samarán, que es dentista, ayudó a pintar y a poner azulejos. En los baños, unas sábanas hicieron las veces del techo que aún faltaba por poner. Los primeros invitados fueron familiares y conocidos que se quedaron toda la noche. Cuando salió el sol, Sergio se sentó fuera con sus amigos fundadores, con ganas de que los asistentes se fueran a casa, y dijo: “Si esto es tener un bar, yo no quiero bar”.

Ahora Sergio consume sus días dirigiendo su empresa de mapas, CartoDB, entre Madrid y Nueva York. Apenas se pasa por El Perro Flaco, que lleva sobre todo uno de sus socios. “Es muy de noche y a mí la noche no me gusta. Soy un tío de día. Me gusta la gente de día”, dice Sergio, que prefería ir el domingo cuando daban aperitivo con bagels de salmón y venían “las familias”. No es un bar de trasnochadores. Es donde te tomas la primera copa o donde vas si no eres muy noctámbulo.

En una columna de pizarra está pintada la corona del Chrysler de Nueva York y cuelgan cuatro relojes con la hora de San Francisco, la de Río de Janeiro, la de Pan Bendito y la de Arturo Soria. Bombillas de diseño salen de un hilo fino del techo adornado con tuberías metálicas relucientes. La revista Dogway para los aficionados al monopatín reposa en una barra de madera junto a una lámpara cuya base es una botella de ginebra. Hay estanterías encima de la puerta, una tabla de surf y frases en tiza como “el jazz es cuando lo improvisado suena mejor de lo previsto”.

Sergio vive ahora en Lavapiés y esta mañana está de vuelta en Móstoles porque yo he elegido el lugar para nuestra conversación. “Cuando vuelvo a Móstoles, me doy cuenta de que lo echaba de menos. Está lleno de gente normal. Últimamente me gusta mucho la gente normal”, me cuenta sentado en el sofá que compró en el rastro para el bar.

_DPZ1336Reportaje gráfico: Dani Pozo

Sergio nació hace 29 años en Madrid. Vivió un par de años en Carabanchel y Campamento, pero pasó la mayor parte de su adolescencia en Móstoles. Sus padres ya se habían mudado a Torremolinos cuando él decidió venirse aquí a estudiar Informática a la Rey Juan Carlos. “No es un sitio malo para crecer. Tienes parques, tienes polideportivos”, dice Sergio, que surfea, corre y esquía pero se considera “la oveja negra” de la familia por no ser deportista profesional. Su padre es maratoniano. Su madre fue gimnasta, entrenadora y jueza de gimnasia rítmica. Su hermana, subcampeona de España de patinaje sobre ruedas. Su tío trabaja en el Comité Olímpico Español.

En lugar de ser deportista, Sergio fundó con Javier de la Torre CartoDB, la herramienta para hacer mapas que el Wall Street Journal utilizó durante la noche electoral de las últimas presidenciales y que tiene 100.000 usuarios en todo el mundo. La empresa sacó siete millones de dólares en su primera ronda de financiación en septiembre de 2014. Hace unas semanas, CartoDB se constituyó oficialmente como una compañía estadounidense con sucursal en Madrid. “Mamá, tengo un holding” es una broma habitual entre los jefes. Sergio la remata con esta otra: “De aquí a la cárcel”.

De niño Sergio no tenía afición por los mapas. Siempre le gustó hacer con las piezas del Lego construcciones complejas y muy diferentes de las que se indicaban en la caja. Jugaba a inventar cosas en el garaje de un tío manitas. Entre sus obras, recuerda un velero con una barca hinchable y un carrito de bebé que construyó con su primo para ir al pantano. Aprendió a sumar antes que nadie y sacaba buenas notas, pero los profesores protestaban por su rebeldía. Uno que se quejó a su madre al final le dijo: “Puede que su hijo acabe vendiendo escobas. Pero será el mejor vendedor de escobas del mundo”.

Poco a poco, Sergio se pasó al mundo virtual. Empezó a hacer ensayos de programación con un Spectrum cuando tenía ocho años. Su madre se llevaba los cables al trabajo para que el niño desconectara del ordenador y de los videojuegos. Pero él se buscaba la manera de seguir enganchado.

Sergio estaba fascinado por lo que le contaba su tía materna Sonia, que era informática. El resto de su familia entendía poco sus conversaciones en jerga de programación. En las reuniones, solían quedarse solos con charlas que aburrían a los demás. “Es la que más le influyó. Sonia siempre tuvo mucha fe en él, le animó siempre”, cuenta Ana Leiva, la madre de Sergio.

Sonia murió hace ocho años. Tenía sólo 35. A Sergio, según su hermana Nerea, le cuesta citarla en público.

“Hablaban de muchos proyectos. Se enriquecían el uno al otro, aunque sabemos poco de esas conversaciones. Es como si quisiera guardar el secreto porque es algo especial”, me cuenta Nerea. “Si hubiera estado Sonia, habrían hecho algo juntos”, me dice su madre.

Sonia no vio nacer a CartoDB. Pero cada vez que hay una buena noticia para la empresa, Sergio y su familia la mencionan, a menudo por correo electrónico o por WhatsApp. “Siempre está Sonia en los mensajes. Está muy presente en todos los éxitos de Sergio”, dice Ana.

El primer mapa

“En Internet vi la posibilidad de inventar cosas a bajo coste”, cuenta Sergio. Hasta que empezó su primera empresa, Vizzuality, en 2009, el diseñador e informático dice que su único contacto con los mapas eran GoogleMaps y la guía Campsa. El primer mapa que le gustó fue uno hecho a mano: el mapa del cólera de John Snow, el médico que en 1854 localizó en un plano a las víctimas del Soho de Londres y se dio cuenta de que los muertos estaban cerca de un pozo. Consiguió que se cerrara el pozo y se acabó la epidemia. “Un mapa puede cambiar las cosas”, dice Sergio.

Estudió Informática pero dejó la carrera en tercero porque se aburría “muchísimo”. Javier Álvarez Medina, Jamón, uno de los amigos que Sergio conoció el primer día de clase, recuerda cómo su compañero dibujaba en lugar de escuchar la lección en la universidad.

Otros estaban en el bar jugando al mus. Sergio tenía poco tiempo para el ocio. El fin de semana trabajaba como camarero en un bar en el centro comercial Xanadú, a las afueras de Móstoles. Enseguida propuso rediseñar la carta y hacer una web y le dieron un despacho.

En 2006, encontró un puesto como becario para ayudar con el diseño en una empresa llamada IMASTE, que entonces se dedicaba a organizar ferias universitarias presenciales. Su fundador es Miguel Arias, un ingeniero de caminos siete años mayor que Sergio. Allí hacía carteles y guías offline. Su capacidad como programador era accesoria hasta que IMASTE decidió organizar la primera feria virtual.

Para construir la nueva plataforma, la empresa contrató como jefe de Tecnología a Javier de la Torre, un ingeniero agrónomo que aprendió a programar con 13 años y que estudió en Berlín cómo aplicar la informática a la biodiversidad. Le pusieron al lado a Sergio, que se convirtió en director creativo. Ambos hicieron la plataforma en poco más de un mes.

“Funcionó pegado con celo pero funcionó”, recuerda entre risas Miguel, que hoy tiene 36 años y es el jefe de operaciones de CartoDB.

IMASTE se empezó a especializar en ferias virtuales con su nuevo tándem. Sergio tenía entonces 22 años, cobraba 1.700 euros y seguía viviendo con sus padres. A Javier le gustó desde el principio. “Me pareció de las personas más espabiladas que había en el equipo. Un chico con muchas ganas de hacer lo que fuera y muy involucrado”, me dice en un correo electrónico.

Unos meses después de empezar a trabajar juntos, Sergio y Javier ya mascullaban su propio proyecto. “Miguel y sus socios eran muy transparentes a la hora de contarte cómo era tener una empresa”, dice Sergio. “Si trabajas en Indra no lo ves posible, no ves la conexión. Si trabajas en una empresa de 30 tíos como IMASTE, ves mucho más cercano montártelo tú”, explica Miguel, que se quedó sin jefe de tecnología y sin jefe creativo en apenas unos meses. Primero se fue Javier y después Sergio. “Pensamos que podíamos hacer el mundo un poco mejor ayudando a los investigadores a comunicar mejor sus resultados científicos a través de la visualización de datos”, dice Javier.

La madre de Sergio trabaja en el Ayuntamiento de Móstoles desde que tenía 18 años. Su padre es comercial de Oracle.

“En mi familia me inculcaron el valor de la seguridad y del trabajo fijo”, me cuenta Ana Leiva. Ella y su marido no entendían al principio por qué Sergio renunciaba al “sueldazo” para perseguir la idea de un colega que quería montar una plataforma para hacer mapas de especies. Ana quería que su hijo terminara la carrera. Le insistió durante años. “Con lo fácil que sería para él”, suspira ahora pese a reconocer que su hijo ya no tiene tiempo.

El mapa de Ikea

Javier y Sergio empezaron a trabajar sin clientes y contaron su experiencia en un blog.

“Nosotros no queríamos montar una empresa. Queríamos investigar sobre datos, tecnología, conservación y biotecnología. Él programaba y yo diseñaba. Nos facturábamos el uno al otro todo el tiempo y era un lío”, dice Sergio. “Nunca tuve el sueño de montar una empresa. Simplemente vi que era la herramienta más poderosa para hacer lo que quería, que era tener impacto en una cosa concreta”. Así nació Vizzuality.

Su primer proyecto consistió en cruzar 150 áreas protegidas con 300.000 registros de localización de especies. Lo publicaron y una red de biodiversidad los contactó con una propuesta: “Poned nuestro logo y os pagamos 6.000 dólares”. A los seis meses, entró como becario Javier Álvarez, Jamón, el compañero de clase de Sergio. Entonces la empresa ya tenía varios encargos.

Vizzuality no era una herramienta de mapas abierta como CartoDB. Su modelo era muy claro: grandes proyectos para clientes sobre todo de Estados Unidos. Los primeros meses lo hacían todo los tres desde una oficina en la calle Angosto de los Mancebos de La Latina. Tenían dos mesas, un sillón, una planta y un mapa del mundo que habían comprado en Ikea.

Compartían espacio con un británico que importaba ron. Comían en el Alejo Bar, donde el menú se reducía a menudo a un solo plato. El mejor día era el que fallaba alguien en la oficina para tener un poco más de sitio en la mesa. Desde allí, recreaban el tiempo de hace un siglo con los cuadernos de bitácora de la I Guerra Mundial o buscaban planetas para la NASA a partir de los datos que generaba el telescopio Kepler, el proyecto que más llamaba la atención.

Sergio y Javier hablaban de planetas con Patxi López, que entonces aún era lehendakari y congenió con ellos cuando le montaron un plan de transparencia para el Gobierno vasco. El plan creaba perfiles abiertos de políticos para que el votante pudiera hablar directamente con ellos. Cada representante tenía una aplicación en el móvil para explicar qué había hecho durante su jornada laboral (según Sergio, Patxi es “un tío súper majo” con el que “se podía hablar de cualquier cosa”).

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El ‘petamap’

Un cartel de estilo modernista con una calle de La Latina cuelga hoy en la amplia planta que ocupa CartoDB en un edificio de Eloy Gonzalo, en el centro de Chamberí. Dos fotos gigantes de Manhattan muestran sus calles desde el norte y desde el sur. Globos terráqueos de colores cuelgan del techo. Junto a la cocina abierta, una mesa de ping-pong. Hay plantas en el suelo y casi una en cada escritorio. En una pared cuelga el mapa de Ikea que tenían en la oficina de Angosto de los Mancebos.

“Hay que recordar siempre de dónde venimos. El dinero que tiene CartoDB no sale del aire”, me insiste Jamón, que fue primer empleado de Vizzuality y hoy sigue en la empresa. Es de la misma promoción que Sergio, aunque parece más joven. Lleva una camiseta con un globo y bromea a menudo. Se pone más serio cuando dice: “Ahora la sensación de velocidad es extrema”.

Junto a amplios ventanales, una treintena de personas desarrollan la herramienta que utilizan el Guardian, el BBVA o Podemos. En España, son 35. En Nueva York, otras 13. Una pantalla muestra el petamap, el mapa más popular de los últimos 20 minutos. Este mediodía es uno que dibuja la corrupción en África. El más visto de los últimos meses fue el del recorrido del avión de Germanwings que colgaron EL ESPAÑOL y el Guardian y que ha tenido más de un millón y medio de visitas. Lo hizo Sergio en 10 minutos.

Sergio sale de la reunión de la pecera en camiseta y observa alrededor. “Estamos petados”, dice, haciendo el recuento de los visitantes de hoy, algunos de otras empresas a los que se les presta una mesa. Con una mueca, anuncia: “Íbamos a hacer mojitos pero no hemos llegado”. Es la manera de celebrar en la oficina cuando se llega al objetivo de ventas mensual. Reconoce que esta vez ha habido un poco de trampa porque ha cambiado el día de cierre de las cuentas.

Este año Sergio calcula que la empresa facturará tres millones de dólares. Todos los empleados tienen acceso a un documento de Google donde está hasta cuánto dinero hay en caja y cuánto se gasta en los sueldos en total.

CartoDB nació en 2012 de Vizzuality, que era rentable pero empezaba a saber a poco. “No ayudábamos a crear más proyectos”, dice Sergio. Así decidieron comercializar su herramienta cartográfica que trabajaba con bases de datos (de ahí el DB, “data base”). Sergio dibujó el logo de un elefante, símbolo habitual de empresas de datos por su memoria, y un globo, en representación de la nube. La herramienta requería empezar de nuevo, gastarse todos los ingresos y enfrentarse a lo que Sergio llama “la montaña rusa del emprendedor”.

A los seis meses de su nacimiento, el Wall Street Journal llamó a CartoDB para utilizar su herramienta en la noche más importante del año, la de las elecciones presidenciales. “Eso en España no habría pasado en la vida”, dice Sergio. “El apoyo que hay en Estados Unidos a las start-ups no lo hay en Europa. Ya no hablo de España. Hablo de Europa. El medio más leído de Estados Unidos va con una start-up en la noche más importante. Eso no pasa aquí. Estados Unidos es el lugar donde pasan cosas. Aquí para que pasen tienes que empujar mucho”, explica.

Esa noche se cayeron hasta los servidores de Amazon pero los mapas salieron. Javier de la Torre estaba en la sede del Journal en el centro de Manhattan, pero dice que prefiere no hablar de ello. Esa cobertura les abrió las puertas a más clientes relevantes. “Nos dio muchos logos de empresas que podíamos poner en nuestras presentaciones”, dice Sergio. _DPZ1191Su primer cliente, un desarrollador de Estados Unidos, pagaba 30 dólares por una cuenta. Entre sus 100.000 usuarios, la empresa tiene ahora más de 1.000 que pagan por cuentas con más capacidad de tráfico y más funciones que las gratuitas. Entre ellos hay 150 medios con cuentas de unos 10.000 dólares al año. Pero el negocio viene sobre todo de los bancos, que utilizan las cuentas más caras de CartoDB, de 200.000 dólares anuales. Los bancos utilizan los mapas para detectar el fraude localizando una operación de crédito en París y unos minutos después en Nueva York. O para asesorar a negocios, por ejemplo para alertar a una panadería de que apenas vende a unas horas en comparación con las del resto del barrio.

Los primeros dos años fueron especialmente duros para Sergio. “Quemamos muchísimo dinero”, suspira. En medio del ansia de ver salir más de lo que entraba, CartoDB recibió varias ofertas de compra, que Sergio no detalla por haber firmado acuerdos de confidencialidad. “Una semana buscaba casa en San Francisco y a la semana siguiente buscaba casa en Móstoles porque me quedaba sin nada, volvía con mis padres”, dice.

El momento fue delicado. Javier de la Torre contesta sobre el debate de la venta que CartoDB no hace comentarios sobre operaciones de fusiones y que la posición oficial de la empresa es: “Nunca hemos estado vendiendo”.

Entretanto, en 2012, Miguel Arias vendió IMASTE a la mayor compañía de eventos virtuales del mundo, que está en San Francisco, y empezó a asesorar a CartoDB. Se define como el más pragmático del grupo y no veía tan traumático aceptar una oferta de compra. Su consejo suele ser “mejor vender pronto que tarde”. Pero entiende que para los fundadores es difícil renunciar al “niño” antes de tiempo. “Cuando estás a punto de vender, el riesgo es para otro. Cuando te vuelve a ti… ostras. Y estás a meses o años de que vuelva a pasar”.

Es el dilema clásico de cualquier empresa emergente de éxito y aceptar o no puede tener resultados muy inciertos. En 2012, Instagram aceptó la oferta de compra de Facebook por 1.000 millones de dólares y todavía no se ha apagado el debate sobre si lo hizo demasiado pronto. En 2013, la red social Snapchat rechazó un intento de compra de Facebook por 3.000 millones. Su fundador dice que ganar mucho dinero a corto plazo no era tan “interesante” como tener la oportunidad de construir un negocio así. Algo así les pasó a los creadores de CartoDB.

“Nos acabamos dando cuenta de que era demasiado pronto para nosotros”, dice Sergio. “No habíamos podido demostrarnos a nosotros ni al mundo en general que esto podía ser algo grande, que esto podía llegar más lejos”. Ahora lo cuenta más tranquilo, pero aquellas negociaciones lo agotaron. Fueron semanas tan cambiantes que Cristina, su novia, le pidió que no le contara más avances y retrocesos hasta que hubiera algo claro.

Entonces salió lo mejor y lo peor de Sergio. Su punto fuerte es “su capacidad de entusiasmar y entusiasmarse por las cosas”, me cuenta Miguel Arias. “Si se entusiasma, lo transforma en algo entendible y entusiasma a los demás. Lo peor es que para Sergio todo es emocional. Todo es blanco o negro. Le ayuda en la parte de entusiasmo, pero le impide a veces tomar distancias. Sergio es un río de emociones. Esa gestión de la emoción es algo difícil para él y también para los demás… A veces en una empresa más grande hay que dejar que las cosas pasen. Él es el guardián de la cultura desde un punto de vista emocional y a veces no es tan fácil cuando tienes 40 o 60 tíos trabajando. Ese Sergio sigue ahí desde los 20 años. Sigue igual de emocional que siempre”.

Después de decir que no a la venta, Sergio y Javier se lanzaron a conseguir más dinero por su cuenta. En una de las comidas de Chamberí Valley, un grupo informal de empresas emergentes, conocieron al emprendedor Iñaki Arrola, del fondo de inversión Vitamina K, que se enamoró de la empresa.

“Tiene que haber un mercado si desde una oficina pequeña en Chamberí han llegado tan lejos, incluso con poca capacidad comercial”, me cuenta Iñaki. A diferencia de lo que le pasa con la mayoría de los proyectos, éste le convenció sin apenas mirar los números. “Inviertes en las personas y en un concepto… Te fías de las personas. Sé que van a cuidar de mi dinero”, dice.

Arrola entró en la ronda de financiación junto a Kibo Ventures, otro fondo de Madrid, y al alemán Earlybird, uno de los fondos más grandes de Europa. Aunque la financiación fuera europea, CartoDB sabía que su futuro estaba en el mercado americano.

“Sabíamos que íbamos a hacer mucho más ruido en Estados Unidos, que nos iban a dar una valoración más alta de la empresa”, explica Sergio, que atribuye el mérito de la expansión a su socio, Javier de la Torre, que es “el que tiene narices”.

“Es el más echado para adelante. Javier es un tío que si le dejas acaba montándose un chalet en la luna. Y yo voy tirando un poco de él hacia el otro lado. Eso hace que funcione. Si no, estaríamos en la luna o en el infierno”, dice Sergio.

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El mapa de Central Park

Javier se mudó a Nueva York y montó la primera oficina de CartoDB en la ciudad. Estaba en el edificio de Lafayette Street donde se encuentra la sede americana de Dolce & Gabbana. El ático tiene vistas panorámicas y un jardín de madera con la silueta de Central Park.

El día en que Jamón lo conoció dijo: “¿Tan bien va la empresa?”.

“Yo soy humilde, he nacido en Carabanchel, soy de clase obrera. Pedía permiso para salir a la terraza”, me cuenta. Pero la sede de CartoDB consistía entonces en una mesa dentro de la oficina de otra empresa y costaba 1.000 dólares al mes. Funcionó un año, cuando estaban sólo Javier y Andrew Hill, un programador y científico de datos. En otoño del año pasado, Andrew llegó un día y anunció que había encontrado una oficina para ellos solos en Williamsburg, Brooklyn.

En octubre del año pasado, Miguel Arias, Andrew y Javier llamaron a un coche de Uber, cargaron tres cajas y cuatro pantallas (una se rompió) y se mudaron a la calle Roebling, en el sur de Williamsburg. Es el barrio donde es difícil encontrar cafés donde los camareros y los clientes no lleven gorrito y gafas de pasta; donde los edificios semidestruidos con pintadas se mezclan con rascacielos con las mejores vistas de la ciudad, al borde del East River, que separa Brooklyn de Manhattan.

En los bajos del edificio rojizo donde hoy está CartoDB hay una tienda llamada Re-Pop que promete “muebles, reliquias, lámparas, rarezas”. Sergio me había advertido que “la entrada da miedo”. Pero, al menos de día, parece sólo lo que te esperas de este barrio de antiguas fábricas convertidas en salas de exposiciones o en naves abandonadas.

Detrás de la puerta metálica del edificio, se atraviesa un pasillo mal iluminado con techos bajos y ladrillos blancos descoloridos. El cartel rojo de No trespassing está tachado con pintadas que acompañan en la subida por unas escaleras metálicas similares a las de incendios. Una bici está apoyada en un rellano polvoriento. La pegatina de CartoDB en la puerta de la oficina también está rodeada de pintadas.

La alfombra hecha de cartones de la que se habla entre los empleados de Madrid no está la mañana de abril en la que voy a ver a Miguel Arias, jefe de operaciones de CartoDB. Dentro de la oficina, las tuberías blancas al aire no son de diseño como las del bar de Móstoles de Sergio. Son tuberías de verdad. Una está pintada de rojo. La sala de trabajo es amplia, hay mesas altas y muchas plantas como en Madrid. Los ventanales son grandes y con forma de arco. En una de las paredes, la foto de un mapa con el curso de los ríos en distintos colores según la dirección en la que fluyen dibuja la silueta de Estados Unidos.

La docena de personas que trabajan aquí está concentrada, silenciosa. El ruido viene del hombre taciturno que barre la cocina y derrama agua, descuidado, en un sillón. Miguel lo mira de reojo y hace algún comentario alarmado mientras hablamos sentados en un sofá que se parece al de la oficina de Madrid.

Miguel tiene el pelo rizado y la risa fácil. Se da un aire a Malcom Gladwell, el escritor y genio del New Yorker. Habla con cautela y expresa cierta preocupación por los detalles que me ha contado Sergio. No quiere precisar cuándo será la próxima ronda de financiación, pero recuerda los tiempos aconsejables entre una y otra: “12-18 meses”. En septiembre, se cumplirá un año de la primera. La empresa sigue perdiendo dinero porque reinvierte todo lo que tiene. “Todavía no hemos conseguido nada. El riesgo sigue siendo altísimo”, explica.

Miguel dice riéndose que Javier y Sergio son “dos piraos”. Pero reconoce que Javier es algo más lanzado, sobre todo ahora que está instalado en Estados Unidos. “Los americanos se arriesgan mucho más. El mérito lo tiene el early adopter. En España es lo contrario: es el efecto Mallorca. Si coges el catering, que sea de Mallorca. Si sale mal, era de Mallorca y entonces da igual”.

“Javi tiene menos aversión al riesgo que Sergio. Estados Unidos te intoxica. Pasas un año aquí y crees que todo se puede hacer… A veces está bien contagiarse de ese super think big de los americanos. Si no, no lo harías. Piensas: ‘Qué locura, cómo voy a ganarle a Google’. Aquí llegas y dices: ‘Claro, hombre’. Desde España todo lo ves con más cuidado. Por eso conviene que Sergio venga mucho. España te frena”.

En Nueva York está la parte comercial y la relación con la “comunidad”. Con periodistas de datos, creadores de start-ups o ingenieros de Facebook o Google. En Madrid, sigue estando el desarrollo del producto. Contratar a un buen desarrollador en España cuesta menos dinero y los fundadores coinciden en que no hay tanta competencia por los más brillantes. “CartoDB tiene a los mejores de España”, dice un ex empleado que ahora trabaja en Estados Unidos.

La mayoría de los clientes están en Estados Unidos, Francia, Alemania y Reino Unido. Sólo después viene España. “Estamos en un mercado que se está generando. Todo llega aquí más tarde”, dice Sergio sobre su país.

Sergio y Miguel citan Crossing The Chasm, el manual de marketing de 1991 del consultor y profesor Geoffrey Moore. Superar el “abismo” por el que caen la mayoría de las empresas significa convertirse en una compañía con rutinas laborales engrasadas, fidelidad de los empleados y capacidad de resistencia a las crisis. CartoDB todavía no ha pasado al otro lado de ese abismo. Su mayor atractivo es también su principal factor de riesgo: el mercado de CartoDB es global y tiene competidores tan potentes como Google o Twitter.

A Sergio le obsesiona “preparar la empresa” para crecer. “Cómo pasas de ser 15 frikis haciendo mapas a 47 sin que la cultura de la empresa se pierda, sin dedicarte a llenar la empresa de marcas de leche y de batidos”. Sergio teme también perder el control en la selección de personal: “Eres tan bueno como la gente que tienes a tu alrededor. Cuanto mejores sean ellos, mejor eres tú”.

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El mapa de Wall Street

Tal vez la palabra más repetida por Sergio y su círculo a la hora de definir lo que quieren de CartoDB es “impacto”. Es la obsesión que citan fundadores y empleados. Por eso Global Forest Watch es uno de los proyectos favoritos de Sergio. Sirve para mapear la deforestación casi en tiempo real. El mapa se actualiza cada dos semanas, cuando todavía es posible parar la deforestación. Haciendo un análisis de colores, CartoDB puede lanzar una alerta de deforestación cuando la minería avanza o cuando hay un incendio. Varios gobiernos utilizan este sistema.

A Sergio también le gusta poner de ejemplo la creación de otros negocios, como un cliente que ha cogido la herramienta de CartoDB, le ha cambiado los colores y ha conseguido venderla a un millar de usuarios. No le preocupa la copia. “No valemos porque programemos bien. Valemos por tener una visión distinta”.

El objetivo de CartoDB es conseguir que su herramienta se utilice por defecto para hacer mapas. Sergio confiesa también un sueño americano: tocar la campana de Wall Street con un mapa detrás. “Llenar todo de mapas”, dice.

“Si todo va bien, seremos parte del mundo que viene dentro de 10 años, donde la gente toma decisiones de otra manera. Si no entienden los datos que generan, las empresas se hundirán. Si los políticos no toman decisiones a partir de los datos, la gente se les echará encima”, dice Sergio. “En el momento del cambio, estaremos ahí, si todo sale bien. Tocando la campana, por supuesto”.

El espontáneo

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Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

Hasta hace 15 meses Pablo Echenique era un físico con un cuerpo frágil y una mente de superdotado. Hoy es también el candidato de Podemos a la presidencia de Aragón. Este perfil es el fruto de la conversación con él y con dos docenas de personas de su entorno, que desvelan su éxito con las chicas, su humor gamberro y sus días como ‘heavy’ y entrenador.

Hasta hace 15 meses Pablo Echenique era un físico con un cuerpo frágil y una mente de superdotado. Hoy es también el candidato de Podemos a la presidencia de Aragón. Este perfil es el fruto de la conversación con él y con dos docenas de personas de su entorno, que desvelan su éxito con las chicas, su humor gamberro y sus días como ‘heavy’ y entrenador.


“Mira cómo corre mi silla”, dice Pablo Echenique en la gran acera del Paseo de la Independencia de Zaragoza. Se inclina para ser más aerodinámico, empuja el mando y sale con reprís entre peatones a 13 kilómetros por hora. Va casi el triple de rápido que una persona a pie. Avanza unos 20 metros, frena, gira y vuelve a apretar a fondo.

Echenique compró su silla Sunrise Quickie Groove hace cuatro años por 8.000 euros. El Gobierno de Aragón le dio entonces una ayuda pública de 3.500 que poco después no hubiera recibido. Las ayudas a la ortopedia estuvieron paralizadas entre 2012 y 2014. Echenique se ha puesto las ruedas traseras macizas para evitar pinchazos. La silla tiene aspecto de tanqueta: compensa la fragilidad de su cuerpecito. Los pies le quedan levantados y le da una postura de trono. La gente que roza al acelerar son posibles votantes. Como maniobra electoral en plena precampaña, tiene sus riesgos.

Pablo Echenique es secretario general de Podemos Aragón desde febrero. Ahora es candidato a la presidencia autonómica. Es la comunidad donde Podemos tiene más opciones de gobernar o sacar grandes resultados junto a Asturias, Madrid y Valencia, “gracias a Echenique”, dice el eurodiputado de Podemos Miguel Urbán. El barómetro del CIS publicado este jueves le otorga un 14,1% de los votos. A 15 puntos del PP y a ocho del PSOE, que bajan pero resisten.

Podemos tiene un sondeo interno que le da resultados mejores: empate técnico con el PP, con alrededor de un 25% de votos cada uno. PSOE y Ciudadanos estarían empatados detrás con el 20%.

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Reportaje gráfico: Alberto Gamazo

Echenique ha venido al Paseo de la Independencia para ver al periodista Jesús Cintora en la Librería General. Cintora acaba de publicar el libro La hora de la verdad y el equipo de Echenique pensaba que lo iba a presentar. Pero era sólo una firma de libros. Echenique pidió el móvil de Cintora a otra líder de Podemos pero no le ha contestado: “Solo mira Telegram una vez al día”, dice Echenique. En Podemos usan Telegram más que WhatsApp: permite escribir desde el escritorio y adjuntar archivos. “Es mejor para el trabajo colaborativo”, dice Marta Cambronero, jefa de prensa de Echenique.

El candidato se pone al final de la cola dentro de la librería y espera su turno como un lector más. Pide a Cambronero que le compre el libro. Ella debe sacar la cartera, coger la tarjeta de Echenique y teclear su PIN, que Echenique dice en voz alta.

A Cintora le han despedido de Cuatro hace poco por presuntas presiones del Gobierno. Los lectores de Cintora simpatizan también con Echenique. Muchos le piden una foto. Echenique es cordial sin doblez: “Con un móvil morado [el color de Podemos] no puedo negarme”, dice. A otro admirador le responde: “Gracias a ti, tío”. Tío es una palabra que usa mucho, tanto en las entrevistas conmigo como con admiradores. A todos les trata de tú.

Por ahora distinto

He estado tres días con Pablo Echenique y en ningún momento ha dado la sensación de fingir su carácter. Por supuesto ofrece respuestas blandas o defensivas a preguntas difíciles sobre la política y sobre su partido, pero no las rehúye. Una periodista de la tele se le acerca para preguntarle por Monedero y casi se excusa: “Ya sé qué me vas a decir pero yo tengo que preguntarte igual”. Echenique la calma: “Los dos haremos lo que debemos hacer”.

En Podemos. La cuadratura del círculo, el grupo Politikon escribe: “Este discurso [donde todos somos el Pueblo frente a la oligarquía] en su fundamento también peca en la idea de que hay que buscar el reemplazo del corrupto por el puro, del cleptócrata por el representante del Pueblo. Esto supone que el que no sea puro no puede ser artífice ni promotor de acciones virtuosas, que el líder es total”. Echenique encaja como nadie en esa pureza.

Si en España hay políticos distintos, Echenique es uno de ellos. A sus 36 años, es un candidato ideal para Podemos: nunca había hecho política, viene del “pueblo”, es un espontáneo. Hace un año y medio era sólo un físico del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) con una preocupación creciente por la crisis. En apenas unos meses fue eurodiputado después de ganar unas primarias nacionales y ahora es candidato a presidir su comunidad.

Su paso de ciudadano indignado a político responsable es fulgurante y complejo. Este perfil analiza esa trayectoria y la forja de un carácter singular mediante tres largas conversaciones con él y con 27 personas con quienes ha compartido algunas etapas de su vida.

Echenique tiene atrofia muscular espinal desde bebé. La enfermedad no afecta a su esperanza de vida pero es degenerativa: poco a poco pierde fuerza y movilidad. Algunos de sus amigos describen cómo hacía cosas que luego le han ido costando más. En una de nuestras entrevistas tenía un vaso de plástico de chupito lleno de café. Podía levantarlo pero no llegó a beber, quizá por precaución. Sí puede usar un tenedor.

No puede por tanto llevar a cabo una de las actividades más habituales de los políticos en campaña: saludar, besar, abrazar, pellizcar niños. Algunos hombres intentan darle la mano pero Echenique solo estira los dedos, sin apenas mover el brazo. La reacción de los admiradores es espontánea: uno le coge el dedo índice, otro le acaricia el dorso de la mano, la espalda o la nuca. Algunas mujeres le besan.

Pregunto a Echenique si le harán daño con tanto arrumaco: “Soy más resistente de lo que parece”. El peligro, cuando ha estado rodeado en algún acto multitudinario, ha sido más que alguien activara el mando de la silla sin querer y el aparato atropellara a otros. Es el flanco que siempre protege la gente de su equipo.

Echenique deja pasar a todos los fans de Cintora y se queda el último. Ha estado casi dos horas en la cola, sin hacer nada más que charlar con admiradores y hacerse fotos. “De momento aún le gustan estas cosas”, dice Marta Cambronero. Echenique es muy expresivo: cambia rápido de cara. En muy poco tiempo puede mostrar interés, pillería o seriedad. Las charlas repetitivas con votantes en la librería parecen interesarle. No se cansa. Pero desde que es más famoso sus colaboradores tienen instrucciones de decirle que hay que irse cuando las fotos y los saludos se alargan.

El candidato se convierte en estos ratos en una mezcla de profeta, animador y confesor: “Que no decaigáis, eso seguro que no”, dice a un votante que viene triste porque acaba de salir un sondeo que da a Podemos el cuarto lugar en unas generales: “Hay que hacer lo mismo diga lo que diga el ABC“. Un seguidor de Podemos ve una mano negra, pero Echenique no entiende de conspiraciones: “No creo que las encuestas estén muy manipuladas. Los números se mueven porque mucha gente piensa el voto”. Al rato, una madre pregunta a su hija: “¿Sabes de qué partido es este señor?”. La niña mira: “¡Del populista!”, dice por decir algo. Echenique da una carcajada.

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“Echenique, encantado de conocerte”, dice Cintora cuando le ve. Se preguntan cómo va y Cintora le cuenta algo entre susurros. Acaban enseguida y Cintora dice algo sobre “los políticos”. Echenique salta: “A mí no me llames político. Te lo digo sinceramente: ‘No lo soy'”. Poco antes se lo había sugerido a una señora: “Si viene otro a acabar con la crisis, me vuelvo a hacer Física. No te creas que me apetece estar ahí batallando”.

El candidato viene de una tradición distinta de la de muchos de sus compañeros de partido: la ciencia es práctica, no ideología. Si algo funciona, se usa. Si no funciona, se descarta. Una buena prueba de la diferencia entre otros miembros de Podemos y Echenique es esta pregunta que hizo a Adrián Pacín, su asistente: “Pablo pregunta todo lo que no sabe, sin reparos. Un día me preguntó qué era el maoísmo”.

La naturalidad de Echenique le ha metido en algún lío: “Cuando ya era eurodiputado, fui a Cataluña y me preguntaron por la consulta. Dije que si una ley estaba mal había que desobedecerla. Gandhi lo había hecho. Si no dejaban a los catalanes sacar las urnas a la calle, pensaba que debían sacarlas igual”. La reacción fue inmediata: “Volviendo en el AVE ya estaba en El País. El titular era: Podemos defiende la desobediencia civil. Al momento tenía a Errejón al teléfono. Me caí del guindo: ya no podía opinar igual”.

Esta sinceridad le ha complicado la vida en otras ocasiones. En marzo, en el congreso de periodismo digital de Huesca, Echenique se descolgó con una opinión peregrina sobre puntuar a los medios según su modo de contar la información: “Íbamos hablando en el coche. Se me ocurrió a mí la idea. Probablemente no debería haberlo dicho. Abrí un debate interesante y lo hice un poco a conciencia”.

El principio de todo

Estos deslices frescos para el previsible debate español son normales en una persona que hasta el 27 de enero de 2014 no tenía ni idea de hacer política. Aquel día los dirigentes de Podemos Pablo Iglesias y Miguel Urbán fueron a Zaragoza. Era el primer acto fuera de Madrid después de la presentación de Podemos en el Teatro del Barrio. Iglesias habló 30 minutos en la plaza de San Agustín. Fue un exterior porque no cabían en el espacio previsto, el Centro de Historias.

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Cuando acabaron las intervenciones, hubo preguntas. Urbán recuerda que la primera fue de un chico en silla de ruedas, Pablo Echenique. Otro asistente le sostenía el micro: “Me habéis emocionado, convencido”, dijo según Urbán.

Echenique recuerda su intervención en un tono más coloquial y dirigido a Iglesias: “A ver, tío, el proyecto que planteáis me encaja y ahora nos pides que nos organicemos. Eso me suena a cuando en la radio nos dicen en vacaciones que salgamos de manera escalonada. Coño, es inteligente, pero yo a qué hora salgo. Dame alguna pista”. Iglesias le dijo que era como follar y que todo lo que le explicara no serviría, que sólo se aprendía haciéndolo. Ahora con la fama “usa menos esa comparación”, dice Echenique. Urbán fue más práctico: en unos días colgarían en la web cómo organizar los círculos, que son las organizaciones que forman la base popular de Podemos.

A Echenique le convenció la respuesta. Urbán e Iglesias volvían esa noche a Madrid. Cuando se subían al AVE, Urbán recibió un mensaje directo de twitter. “Se lo envié a Urbán porque pensé que estaría menos ocupado”, explica Echenique. En el mensaje Echenique decía que sabía de ciencia y de discapacidad y les pedía que le usaran.

“La audacia me pone”

El ascenso de Echenique ha sido tan rápido que no ha tenido tiempo de valorar cada paso. Sopesó sobre todo el primero. Aquel mensaje de twitter del 27 de enero fue la única gran decisión y estaba tomada: “Ya había decidido que me gustaba. La única decisión que en algún momento tomé fue la de empezar a trabajar: usar mi tiempo de ocio en ayudar. De repente veo una herramienta que creo que puede funcionar. Me parece audaz, que es algo que me pone, muy práctica y políticamente encaja con lo que yo pienso. No sé si va a salir bien pero adelante”. Él y su mujer, Mariale Nelo, se tragaron varias ediciones de La Tuerka y Fort Apache, los programas de Iglesias. Querían conocerlo mejor.

Había que empezar a formar el círculo de Zaragoza. Echenique fue enseguida uno de sus miembros más destacados. Cree que los círculos son una herramienta necesaria pero con defectos: “En los círculos a veces falta pragmatismo. Puedo llegar a enfadarme porque están haciendo perder el tiempo a todo el mundo”. Este pragmatismo sirve a Echenique para demostrar una de sus grandes cualidades: la capacidad de comprender y sintetizar.

Román Sierra es uno de los primeros miembros del círculo de Zaragoza y hoy número cinco en la lista de Podemos por la ciudad. Echenique, dice Sierra, destacaba por aunar puntos de vista opuestos al final de los encuentros. El mismo Echenique también lo ve así: “Esa capacidad de entender la mirada del otro es útil para resumir y avanzar cuando hay 25 personas en una reunión. Capto todo lo que se ha dicho, sintetizo, votamos y avanzamos”.

La capacidad intelectual de Echenique es uno de los elementos que le ha hecho destacar. Hay otro más básico: la silla de ruedas. El periodista Raúl Gay -también discapacitado- fue jefe de prensa de Echenique hasta hace unas semanas. Ahora es el noveno en la lista de Podemos por Zaragoza. “La silla da puntos”, dice Gay. “La sociedad piensa que un tipo por ir en silla de ruedas es buena persona”.

“Es verdad”, dice Echenique cuando le pregunto su opinión.

En la sede central de Podemos debieron de tener la misma impresión. El 9 de febrero, días después de la presentación en Zaragoza, presentaban su segunda fase en el Cine Palafox: cómo seguir avanzando tras la creación de los círculos. Sólo acudió una persona de fuera de Madrid: Pablo Echenique. Miguel Bermejo, del área de organización territorial, le llamó días antes para que fuera al Palafox. La única relación que había tenido Echenique con la organización era la pregunta a Iglesias y el mensaje privado a Miguel Urbán donde se ofrecía a ayudar. Pero ya le invitaban a hablar junto a la plana mayor.

El partido improvisó tanto que Echenique tuvo que hablar desde la platea porque era un escenario sin adaptar. Al presentarle, el secretario de participación, Luis Alegre, echó las culpas a “la cuestión de las barreras arquitectónicas”. David Zueco, compañero de estudios de Física en Zaragoza, recuerda las risas que se echó con otros amigos de Pablo al ver la falta de previsión de Podemos. “Está claro que una silla de ruedas quedaba bien”, dice Echenique.

Un ‘heavy’ sobre ruedas

Echenique convive con las barreras desde la infancia. Pero no ha permitido que se interpongan en su vida. Quizá su mayor mérito es que nunca hace notar a los demás que va en silla. Varios de sus amigos coinciden en destacar esta virtud: era uno más, hacía lo mismo que el resto.

“En nuestras conversaciones terminábamos hablando de ciencia, de política y del tamaño de los escotes”, dice Horacio López, un amigo y doctor en Ingeniería Mecánica que trabaja hoy en París. También, claro, fumar y emborracharse: “A veces me sorprendía cómo podía caber tanto alcohol en un cuerpo tan pequeño”, dice desde Londres el ingeniero biomédico Michele Orini, que vivió en Zaragoza entre 2006 y 2012. “Y el domingo por la mañana nos levantábamos y él ya había hecho un montón de cosas”.

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No era normal en todo: era raro para comer. Ni siquiera le gustaban los tomates. En una cena en un restaurante indio con unos amigos, se llevó de casa una bolsa de patatas; fue todo lo que comió. Ahora no tiene reparos con los alimentos. El motivo del cambio pudo ser que un buen amigo suyo empezó a estudiar hostelería. Iba a buenos restaurantes y no podía hacer el pamplinas como en el restaurante indio.

María Delgado conoció a Echenique cuando él tenía 18 años y ella tenía 15. Las juergas del fin de semana en aquella época eran en la zona de El Rollo. Echenique era heavy. Iban a una sala que se llamaba Devizio y que cerró en 2014. Delgado recuerda que iban también a otra donde había unos 20 escalones: El Espejo, en Puente de los Gitanos. Pablo esperaba fuera mientras los demás se divertían dentro. “Siempre salía uno para que no estuviera solo, íbamos un montón”, dice Delgado. “Eran cosas de adolescentes. Con el tiempo dejamos de ir a sitios donde Pablo no podía entrar”. Delgado no recuerda que Pablo se quejara.

Las salidas con los amigos eran indispensables para Echenique: “Era increíble cómo se forzaba a salir”, dice otro amigo, el informático Pablo Jimeno. Uno de sus lugares habituales era la sala El Zorro, en el centro comercial El Caracol. Uno de los camareros recuerda a Pablo girando la silla en la pista de baile. Según Horacio López, usaban la silla de guardarropa. Ayudado por sus amigos, solía beber vinos y cubatas.

Echenique tiene una explicación para justificar su actividad: “Las personas con discapacidad lo tienen más difícil para confiar en sí mismas. Eso pasa también por intentar llevar una vida lo más independiente posible. Esta parte de nuestra personalidad de salir con los amigos, de volver a las tantas, te acaba normalizando. No hay ningún obstáculo insalvable”.

Tampoco, por supuesto, las chicas.

Echenique era un adolescente tímido con las chicas, dice, pero pronto se le pasó. Su éxito femenino era célebre: “En realidad íbamos con Pablo porque siempre tenía las amigas más guapas”, bromea Michele Orini. Así veía María Delgado el encanto de Pablo: “Siempre ha sido muy caballero, atento, nunca pesado. Entiende el lado femenino de las chicas. Es un tío sensible, no es un maromo. Te escucha y te cuenta”.

Mariale, su mujer, coincide en la explicación: “A las mujeres nos gusta que nos escuchen. Pablo lo hace. Sabe dar consejos. Es muy seguro y alegre. Se apunta a todo”. David Zueco, colega de la universidad de Echenique, recuerda que un día vio cómo una chica parecía interesarse por Pablo. Se lo dijo enseguida pero Echenique no se sorprendió: “Es verdad que a esa chica le intereso, pero es que hay otra que también”. Zueco, poco célebre entre sus amigos por sus conquistas, no podía creérselo: “Fui allí con mi percepción y el tío me dice que no tiene a una, ¡sino a dos!”. Echenique quita valor a esta aura: “Antes de mi mujer , sólo he estado con una chica un año y medio y algún rollo”.

Echenique con su mujer, Mariale.
Echenique con su mujer, Mariale.

Mariale ve de un modo distinto la presunta falta de seducción de Pablo: “A primera vista me di cuenta de que Echenique es una persona muy bonita, muy completa, que sabe ser feliz sin complejos tontos”. Los complejos son los reparos por la enfermedad de Pablo: “Si a otras les gustaba Eche, ¿por qué no daban un paso valiente y probaban? Y si no, que lo dejaran. Tanta bobería”.

Mariale fue más valiente y ahora, dice, es muy feliz. Su nick de twitter es @Mrs_Pnique y su bio es “Bioanalista, Científica y Activista. ¡@pnique es mío!”. @Pnique es Pablo Echenique. En la foto del perfil salen discretamente desnudos de cintura para arriba y con un lema: “Si no existieras, te juro que trataría de inventarte”.

Mariale es venezolana. Vino a Zaragoza a hacer su tesis, que aún no ha terminado -por culpa de Podemos: ayuda a Echenique con las redes. Al principio se iban viendo en la universidad y por Zaragoza. “Me lo encontraba por todas partes”, dice Mariale. Al final, ella dio el paso de agregar a Pablo en Facebook. Hablaban hasta que Echenique decidió llevarla a cenar y a un concierto benéfico.

Mariale no ve en Venezuela un modelo de nada: “La Venezuela en la que yo viví ya era insegura. Los venezolanos nos acostumbramos a vivir con ello, al miedo. Sin embargo no había la escasez que hay ahora. La gente en Venezuela ha perdido la ilusión”. Cree que Venezuela no necesita más políticos que “como pasa en España, cambian de colores y de nombre pretendiendo ser algo nuevo cuando todos sabemos que son más de lo mismo”. En Venezuela, dice, podría funcionar un movimiento parecido a Podemos: “Venezuela necesita un Podemos, un Podemos no de chavistas ni de opositores. Un podemos de gente decente, un Podemos de gente con gente preparada y sencilla como en España”.

Echenique entrenó durante unos años al Atlético Chirikov, un grupo de amigos que eligió el nombre en homenaje a un físico ruso para un campeonato universitario de fútbol sala. “Dejé de entrenarles porque eran muy malos”, dice.

El comentario no caerá bien entre sus amigos. Pablo Jimeno, que jugaba en el Chirikov, recuerda sobre todo un lance: “Si un día hacen la película sobre Pablo, esta escena será en cámara lenta”. Fue un pelotazo de un rival en la cara: la cabeza se le fue hacia atrás, las gafas volaron y Echenique quedó aturdido. “El tipo que había chutado se quería morir”, recuerda.

Humor macarra

Junto a la normalidad con la que trata la silla y a su capacidad intelectual, hay un tercer rasgo clave en Echenique: el humor. Su humor no es fino, irónico. Es gamberro y macarra. Un ejemplo es su foto en la orla como licenciado en Física por la Universidad de Zaragoza. Echenique se dejó barba, se afeitó la mitad y se rapó la parte opuesta del pelo. “Esto de las orlas me parece una gilipollez”, sentencia.

La irreverencia quedará sin embargo en el pasado: ha preferido no ceder aquella imagen para este reportaje. Antes de la orla, había tenido otras etapas: “Llevaba coleta, pero no me quedaba bien”. También llevó el pelo teñido de rubio.

La orla tenía otra grosería fina: Echenique no aparecía con su nombre real, sino que se puso de segundo apellido su apodo predominante: Pablo Echenique Sudakilla. Otro periódico publicó Sudaquita, pero Zueco y el mismo Echenique confirman que la versión buena es Sudakilla.

Echenique tenía otros motes. El cabezón, por razones evidentes: “Es todo cabeza”, dice Michele Orini que decía otro amigo- y Nelson. La leyenda sobre Nelson es doble: “Creo que me lo pusieron porque soy poco diplomático, en recuerdo al almirante Nelson”. María Delgado cree en cambio que fue porque pasó de tener un grupo de amigos del Colegio Alemán a otro más argentino: “Nelson es un nombre popular allí”.

“Poner motes es cruel: si es bueno, no te lo quita ni Dios”, dice Echenique. Ahora su equipo en política opta por llamarle con el suave Eche. Debe de ser bueno porque Mariale ha pasado de Pablo a Eche. Él la llama “amor”.

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Se casaron en secreto en 2013: no querían un bodorrio y al final fue una celebración en Puerta de Hierro (Tenerife) de los novios con dos amigos que hacían de testigos. Cuando pregunté a Mariale por el año de la boda, dudó. Se lo pidió a Pablo. Tampoco lo sabía. Tuvieron que mirar el acta. “Tenemos muchas cosas”, dijo Echenique. No se han olvidado por falta de romanticismo: Echenique es detallista con regalos y escribe poemas a su mujer, que quiere mantener en privado. Ha escrito de todo: verso libre, romance, soneto. Pero no quiere publicarlos.

Otra broma insolente habitual tiene que ver con los niños y la cuenta su amigo Pablo Jimeno: “El falso respeto que inspira Pablo en la gente, el tabú, da mucho juego. Siempre nos hemos reído de los padres de los niños que flipaban con su silla. Hacían toda clase de preguntas, como si fuera un cyborg o un extraterrestre: ‘Mamá, ¿qué le pasa a ese señor?’ y la madre avergonzada: ‘Ven aquí’. Y Pablo al niño: ‘Eh, mira qué puedo hacer’. Demostraba poderes mecánicos y pitaba con la bocina de la silla”.

El humor ha sido una defensa contra un mundo que le ha mirado a menudo con condescendencia. “Un camarero podía mirarle como si fuera tontito, un nene, y era doctor en Física”, dice Horacio López.

Una ilusión de Echenique es que le imite el cómico Joaquín Reyes. Siente cierta envidia porque Reyes ya ha parodiado a Pablo Iglesias: “Estoy por llamarle y decirle que no pasa nada, que puede decir: ‘Hola, soy Echenique y voy en silla para que me votéis más'”.

En su primer blog, Mundo cascao, donde contaba con un lenguaje provocador los retos de una persona con discapacidad, escribía esto en 2012 (donde pone “gordos” podría poner “discapacitados”):

Si eres gordo y te molestan los chistes de gordos, 1) lo vas a pasar mal en la vida, 2) los van a contar igual cuando te gires y vas a ver por el rabillo del ojo cómo se parten el culo disimulando, y 3) te vas a perder algún chiste de puta madre. Si encima vas y te empeñas en que la gente no llame “gordos” a los gordos sino “personas de volumen curiosón” o “delgados en desarrollo”, entonces ya ni te cuento.

En otro post de ese blog Echenique usa un taco difícil de oír: “Por mis minusválidos cojones”. Mundo cascao fue el germen de su blog De retrones y hombres en eldiario.es, que escribía junto a Raúl Gay (Echenique borró Mundo cascao para reciclar algunos temas en su nuevo blog).

En el correo electrónico que Gay y Echenique mandaron a Ignacio Escolar, director de eldiario.es, para proponerle el blog había dos ejemplos de Mundo cascao.

El periodista les contestó que aceptaba y añadía tres normas de estilo. Ésta era la primera, según el correo original que me ha hecho llegar Escolar: “No abuséis de los tacos. O, mejor aún, no los uséis. Es verdad que hay ocasiones en que un buen exabrupto viene bien por estilo, pero en alguno de los posts que me habéis pasado los hay por demás y resta credibilidad al testimonio”.

El estilo de Echenique seguía siendo ágil y atrevido pero más pacato. Desde que decidió entrar en política, abandonó el blog. Los tacos se mantienen en las conversaciones privadas.

Una niñez argentina

Pablo Echenique nació en 1978 en Rosario, Argentina. Irma Robba, su madre, era abogada. Pero desde el nacimiento de Pablo ha dedicado su vida a cuidar de él. No se ha convertido sin embargo en una madre discreta y apartada.

Al contrario que su hijo, conserva su acento porteño y tiene muchas cosas por decir. Robba tuvo otra hija, menor que Pablo. Luego se separó de su marido.

El padre y el tío de Pablo vivían en Zaragoza. Cuando tenía 13 años, la madre y los dos niños emigraron. Echenique conocía ya Zaragoza porque había pasado varios veranos con su padre.

Su madre tomó la decisión de salir de Argentina por la crisis del país, no por necesidades de su hijo. Pero en España la vida de Pablo iba a ser más fácil. Robba recuerda que el colegio en Rosario no estaba adaptado. Dos veces a la semana tenían clase de música en el primer piso. Robba debía ir a subir a su hijo y una hora después a bajarle. El pequeño Pablo llevaba entonces una silla sin motor y no la podía mover solo. Tenía más movilidad y fuerza en los músculos, pero nunca fue capaz de impulsar las ruedas de la silla.

Al llegar a Zaragoza, Echenique se matriculó en el colegio adaptado Miraflores y luego en el recién inaugurado Instituto Medina Albaida. Allí había incluso un celador, José Ángel Ayuda.

Pilar Morales, Pilar Lacruz y Elda Romero, profesoras de Pablo de ciencias sociales, música e inglés, evocan de manera similar al ex alumno.

Lacruz tiene sobre todo dos recuerdos. El primero como estudiante: “Yo contaba en clase por ejemplo una época musical. Luego, cuando leía el examen de Pablo, me preguntaba por qué no habría usado esas palabras para explicarlo. Tenía una capacidad increíble de asimilar”. El segundo como compañero: “Yo como tutora les vigilaba en la hora de estudio que tenían en lugar de clase de religión. Pablo solía decir a sus compañeros: ‘Yo te cuento lo que sea, pero no te dejaré copiarme los deberes’. Tenía algo de líder”.

Fue el mejor de su promoción en el Medina Albaida. Para su madre no fue una sorpresa. En Argentina Pablo se aburría en clase. Sus profesores le ofrecieron saltarse los cursos de Primaria. Hizo la prueba de superdotado: “No sé cuánto le salió. Bastante, creo. 140 quizá”. Robba preguntó a su hijo qué prefería: optó por seguir con sus amigos. Una vez en Zaragoza, Robba tampoco quiso llevar a Pablo a un colegio especial: “Si ya era especial, ¿para qué agregarle otra especialidad más?”.

Irma Robba no se arrepiente ni ha perdido naturalidad por estar más pendiente de sus hijos. No para de decir tacos peculiares: “Recontrajodido”, por ejemplo. Tampoco fue una madre más dedicada de lo que debía. “Nunca le sobreprotegí”, dice.  Aún no se ha acostumbrado a la fama de su hijo: “Me da pudor cuando le veo en la tele”.

Echenique no tuvo problemas para sacar buenas notas sin estudiar demasiado. “Tiene una capacidad de concentración increíble”, dice su amiga María Delgado. Pero tampoco era el mejor. No quedó el primero en la olimpiada científica de Aragón cuando acabó el instituto y había algún otro estudiante de Física de su quinta mejor que Pablo. A pesar de no ser el más brillante, la guasa de sus amigos al compararle con el físico Stephen Hawking ha sido constante.

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“No sé si soy brillante”, dice Echenique. “Creo que soy un buen científico”. Esta falta de concentración en la ciencia, al contrario que algunos de sus compañeros, tiene una lógica: “¿Qué asignatura me gustaba más? Todas. Si tuviera tiempo infinito, las estudiaría todas”. Eligió Física porque tenía una aptitud más marcada: “Se me daba un poco mejor pero no mejor que las demás sino mejor que a los demás. Sobre todo la parte técnica. Si hago esto mejor que la media, es lo que debo hacer”. Es una prueba más de su pragmatismo.

En su despacho de científico, tenía un póster con algoritmos para evitar pérdidas de tiempo: “Si llega un email que requiere menos de 5 minutos, contestarlo en seguida” y así. Se ha llevado algo de eso a la política. Su asistente, Adrián Pacín, tiene instrucciones de no poner reuniones a media mañana: deben ser hacia las nueve o hacia la una. Así puede trabajar sin interrupciones el resto de la mañana.

Su vida de físico fue sencilla: carrera, doctorado, CSIC. Una típica pregunta de periodista era: “¿Le habrá sido difícil llegar hasta aquí?”. Quizá sería cierto si hubiera escogido otra profesión, pero no le fue difícil ser físico.

Su amigo Horacio López empezó a llamarle “un canto a la vida” para reírse de cómo le veía la sociedad. Desde los 18 años estudió y trabajó principalmente en la Facultad de Física de la Universidad de Zaragoza. Allí hay aún seis escalones para ir a algunas aulas. El montacargas de la barandilla nunca ha funcionado y los amigos tenían que ayudarle a bajar por la rampa empinada: “Si hacías como que le soltabas, no le hacía ninguna gracia”, dice Zueco. Es quizá la única broma que Echenique llevaba mal.

La Facultad de Física de Zaragoza no se parece en nada al caos y al bullicio de la Facultad de Ciencias Políticas de la Complutense, donde nació el núcleo promotor de Podemos. En Física los carteles que hay en las paredes hablan por ejemplo de “Materiales para aplicaciones de energía y el procesado láser” y las charlas que se anuncian son de “Rarezas de los hexaboruros”. No son el camino de la revolución.

Pero las intuiciones de Echenique han estado siempre en la izquierda: “En el eje de 0 a 10 entre izquierda y derecha, me pondría entre el dos y el tres”. Es donde los votantes de Podemos se sitúan, según estos gráficos de Politikon. Pero como a su partido, el eje izquierda-derecha le parece pobre: “En Estados Unidos tienen al menos dos: el económico y el moral”. Echenique no olvida en sus descripciones que fue científico: “La proyección debería hacerse en un espacio multidimensional”.

El clic escondido de la política

Ni Echenique ni su madre ni ningún amigo tienen una teoría sólida sobre su salto a la política. Nadie, por tanto, podía imaginar hace un tiempo a Echenique en este lío. Pero en los últimos 10 años pueden distinguirse un punto de origen clave y varios indicios. El gran clic es la irrupción de internet: “No tenía acceso a buena información y me conformaba con la lógica imperante”, dice Echenique.

En 2003 estuvo a favor de la guerra de Irak y el sistema económico le parecía bien. Unos años después fue a un par de reuniones del recién creado Ciudadanos e incluso se afilió y les votó una vez según cuenta en un post de 2013. Internet y la tecnología de lectura -pasar páginas no le era fácil- supusieron el germen del cambio, con una condición: “Si no eres tonto de remate, aprendes a cribar la información porque en internet hay de todo”.

Echenique entra en el vehículo que usa, al que apodan el 'Funga'.
Echenique entra en el vehículo que usa, al que apodan el ‘Funga’.

Los indicios son también de esa época. Poco antes de cumplir los 30, viajó con su padre a Nueva York. La odisea de tener que meter su silla en la bodega del avión le hizo pasar un viaje incómodo. Al volver, pidió a su amiga María Delgado, recién licenciada en Derecho, que mirara la legislación para preparar un posible caso contra las compañías aéreas. Quería obligar a sus responsables a permitir la entrada de sillas de ruedas en la cabina. Delgado no sabía por dónde empezar. “¿Cómo una chica como yo podía enfrentarse a las grandes compañías aéreas en tribunales europeos?”, dice. Pero Echenique veía justicia en su causa e insistió. Nunca pasaron a la acción. La batalla de Echenique para poder entrar con silla en el avión sigue ahora que está en política.

El año 2012 fue clave. Impulsó con un grupo de amigos la web Consumetica, que pretendía ser una Wikipedia del consumo ético, con el lema “Intentando cambiar el mundo con nuestras opciones de consumo”. Pretendía ser un lugar donde los consumidores compartieran los negocios geolocalizados de productos éticos. No cuajó.

También en 2012 Echenique creó su blog. La discapacidad fue una vía de entrada de Echenique al discurso público. Llevaba también años vinculado a Fundame, la fundación dedicada a su enfermedad. Fue una época de viajes con Mariale: la lista de salidas al extranjero es Cancún, Londres, Marsella, Mérida (México), París y Viena. En septiembre de 2013, meses antes de colaborar con Podemos, organizó con un grupo de amigos unas jornadas TED en Zaragoza sobre Sabotajes (el título original era Sabotajes contra una economía inconsciente). La soledad del despacho de físico teórico empezaba a quedar atrás.

En la evolución de Echenique queda sobre todo una pregunta: ¿por qué ha pasado de activista consciente a la primera línea de la política? La ciencia le sigue encantando y espera volver cuando deje la política aunque ponerse al día en un campo que avanza rápido no le será fácil. Según dice, el momento no requiere más científicos: “Me encanta ser físico. Pero a ciertos niveles de abstracción es algo egoísta, sólo para ti”.

Las preguntas que se hacía Echenique como físico no tendrán respuesta en su vida: “A mí la ciencia que más me apasiona es la ciencia más fundamental, la que opera no en un periodo de un año sino en periodos de 100 o 200 años. Está más cerca de la Filosofía: puedes descubrir algo de gran impacto en el futuro o no descubrir nada”.

La crisis que vive España merecía una acción más cerca de la realidad. Echenique cree que la responsabilidad de un ciudadano no estaba en su despacho a pesar de que diga que no quería dar ese salto: “No lo he hecho porque sea bueno para mí. Lo he hecho por responsabilidad”.

Mariale habla incluso de algo “doloroso”: “Los primeros días tras las elecciones europeas fueron terribles, con periodistas que se colaban por casa y el teléfono de Pablo sin parar de sonar”.

Nadie me ha dicho que Pablo Echenique se haya metido en política para saciar su ego o su ansia de poder. Echenique pierde tranquilidad y dinero en política. Puede pensarse que un día recuperará el dinero perdido gracias a la fama lograda o a otras malas artes. De momento, su familia ya ha pagado un precio: “Mariale y él salen menos a comer, al teatro, no sé si será para evitar problemas”, dice Irma, la madre. Hace unos meses apareció una pintada al lado de su portal: “Podemos es ETA”.

La crudeza de la política podría cambiar el carácter de Echenique. La mayoría de sus amigos cree que no, pero Echenique dice que no puede saberlo: “Espero que eso no pase. Intentaré que no pase, pero hay cosas que no puedes controlar demasiado. A nivel personal, esto en que nos hemos metido no es bueno. Trabajas todo el día, con los amigos no puedes quedar”.

Hay cambios que son inevitables: “¿Tienes que cuidarte al hablar en público o en la prensa? Claro. Pero un ciudadano anónimo no puede hablar y que le oigan millones de personas. Quejarse de eso me parece mal. En mi vida privada intento no perder la naturalidad y el sentido del humor, sólo miro que nadie me grabe”. Es demasiado temprano para sacar conclusiones.

El programa de Podemos para las elecciones autonómicas es una lista de deseos. Echenique reconoce que nunca han tenido que enfrentarse a decisiones difíciles: “Todavía no ha habido que gobernar. En la oposición se está muy cómodo”, dice. Sabe que el resultado -si llega ese día- serán malas caras: “Va a haber contradicciones para parar un tren. Pero como dice Román [Sierra], benditas dificultades. Antes no las teníamos”.

Los discursos son difíciles

Podemos Aragón montaba dos actos cada semana fuera de Zaragoza durante la precampaña. Echenique va casi siempre. El 28 de abril estuvo en Fraga (Huesca). Era un acto en una plaza de cemento lejos del centro. Había un cartel, un tenderete, un atril y sillas de plástico. Se acercaron unas 200 personas. “En un pueblo así a la gente no le gusta que la asocien con nosotros”, dice Alfonso Clavería, número cuatro en la lista de Podemos por Huesca y residente en la localidad.

Echenique llegó con su equipo media hora antes del acto. Viajaron en un Nissan Praerie que le regaló la madre de un amigo. El coche estaba adaptado y el propietario original había sido Eduardo Fungairiño, ex fiscal jefe de la Audiencia Nacional. Desde entonces aquel Nissan color burdeos es el Funga, el coche con el que le han llevado sus amigos o su mujer. Echenique baja con una rampa por la parte de atrás. El asiento trasero tiene un hueco en el centro para una silla de ruedas: la Sunrise Groove Quickie de Pablo cabe por unos milímetros.

Hace viento en Fraga y Echenique lleva un forro polar Trangoworld, una marca con sede en Zaragoza. Echenique dice que no sabía de dónde son. El candidato combate el frío solo con una capa de ropa. Nunca va abrigado: “Para los discapacitados la ropa es un drama”, dice.

Echenique no puede llegar a un lugar con calefacción y quitarse la chaqueta como si nada. Si un desconocido debiera ayudarle a quitársela, el proceso sería dramático. En su línea de no dar la nota por la silla, Echenique prefiere ir sin abrigo. Su constitución débil soporta también mal el peso de una chaqueta gruesa.

El acto de Fraga dura casi dos horas y es un tostón. Hay tres discursos: la número uno por Huesca, Marta de Santos, Clavería y Echenique. El líder de Podemos Aragón habla más de 30 minutos y el público empieza a desconectar a la mitad. Echenique mira a menudo algo que tiene escrito en la pantalla de su tableta, que Mariale le ha colocado en una bandeja en la silla, con su teclado y un ratón. El discurso es sobre medidas, soso y sin gracia, como el de un político más.

Entre el público está el equipo local de Ciudadanos. El número uno por Huesca, Jesús Sansó, admira a Echenique: “Es el puto amo”, dice. La número uno por Zaragoza, Susana Gaspar, destaca también su inteligencia. La admiración entre los partidos es mutua: Echenique cree que Albert Rivera es un gran orador. “Pero Rivera no se presenta en Aragón”, digo a Echenique. “Rivera se presenta en toda España”, responde. ¿Y Pablo Iglesias? “También”, dice.

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Echenique sabe que debe mejorar sus discursos de campaña: “Los escribo yo, soy muy maniático”. No es nuevo. Sus colegas académicos recuerdan su pesadez con las correcciones: “Siempre quería hacer la última revisión de un texto en inglés”, dice Alberto Castro, que ha escrito media docena de artículos científicos con Echenique (“Hablo mejor inglés que Pablo Iglesias”, me dijo). En política hay que encontrar un equilibrio difícil entre la naturalidad y la seriedad. En los mítines de momento no lo ha conseguido. “Soy mejor en debates”, asegura.

Una primera decepción

Echenique no se enfadaba. “Siempre tenía la sonrisa en la cara”, dice su profesora en el instituto Pilar Morales. “Es la persona que más me alegro de haber conocido”, dice un secretario de la Facultad de Física de Zaragoza. “Nunca he visto que se enojara con Mariale, su mujer”, dice su madre, Irma.

Echenique ha cultivado calma y elogios durante su vida.

En una reunión privada con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, algunas mujeres contaron a Echenique historias duras de sus tratos con los bancos. Una de ellas quiso frenar el relato de tantas penas pero Echenique se lo impidió: “Me viene bien porque me estoy enfadando que te cagas”, dijo.

Cuando pregunté a su jefa de prensa y a su asistente si le habían visto enfadado, ambos miraron con cara de “por supuesto”. Es otro tipo de vida. Echenique ha dependido siempre de otros para su vida cotidiana. Ahora depende también de otros para su vida profesional.

Echenique tiene una teoría curiosa sobre las decepciones en la vida y la aplica bien a la política: “Podemos no existe, existe gente. He ido aprendiendo y no he tenido tiempo para decepcionarme del partido. La decepción suele ser culpa tuya porque esperas algo que no deberías. Si me equivoco en mi apreciación, es un error de cálculo mío”. Sirve para todos los niveles: “La primera impresión es buena. Pero si luego me hacen una perrería, he metido la pata”.

Durante la gestación de Podemos, Echenique presentó con Teresa Rodríguez una propuesta organizativa distinta, más centrada en las bases y menos en la ejecutiva: “Venía de los círculos y entendía que la altura moral de la participación era fundamental. Era el item 1”. Pero los meses -y quizá la política- le han hecho cambiar: “Ahora veo que el item 1 es el rescate ciudadano”, que es el primer punto del programa de Podemos. Para rescatar hay que ganar y para ganar hay que estar bien organizados. No es el momento de disensiones. Así resume su papel hoy en Podemos: “Intento hacer de puente. Entiendo las decisiones de la ejecutiva estatal. Entiendo también que gente en los círculos no las entienda”.

Antes de hacer de puente, Pablo Iglesias impulsó una lista alternativa en Aragón. Echenique lo ve ahora obvio: “Habían apoyado a otro grupo y era lógico que siguieran con ellos”. Perdieron las primarias de calle. Hoy la líder de la propuesta alternativa, Violeta Barba, es la número dos en las listas. Echenique es leal pero debe entender los motivos de cada decisión: “La disciplina no va con él”, dice Pablo García Risueño, un investigador en Berlín a quien Echenique dirigió la tesis.

Ahora la prioridad son las elecciones. Si las gana, los tres primeros objetivos serán: “Auditar el Gobierno de Aragón, paralizar desahucios y evitar que se le corte la luz y el agua a quien no puede pagar y alguna medida relacionada con el cambio de modelo productivo. Por ejemplo rehabilitar viviendas para la eficiencia energética”.

“Ha conseguido todo lo que se ha propuesto”, dice Irma Robba, su madre. “Nunca le he visto tener miedo”, dice Román Sierra, colega de Podemos. “Estaba convencido de que iba a salir como eurodiputado”, dice Mariale, su mujer. Está seguro, tiene un currículum brillante y capacidad de sobra. Pero la política no es ciencia y es despiadada. Queda por ver si el espontáneo Echenique la sabe dominar.

Ciencia con billete de vuelta

Guadalupe Sabio, en su laboratorio del CNIC

Guadalupe Sabio forma parte de un club que ha ido encogiendo por la crisis: es española, tiene una formación brillante y hace ciencia en su país. Durante años trabajó en Escocia y Massachusetts. Ahora investiga la relación entre un grupo de proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes o el cáncer. Algunos la ven como un milagro o un ejemplo. Para la mayoría es una desconocida.

Reportaje gráfico: Dani Pozo

Guadalupe Sabio forma parte de un club que ha ido encogiendo por la crisis: es española, tiene una formación brillante y hace ciencia en su país. Durante años trabajó en Escocia y Massachusetts. Ahora investiga la relación entre unas proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes o el cáncer. Algunos la ven como un milagro o un ejemplo. Para la mayoría es una desconocida.

Si la ciencia está en deuda con la imaginación de los investigadores, Guadalupe Sabio lo está con la curiosidad que de niña la llevó a coleccionar minerales. Aún recuerda con cierta nostalgia la caja de piedras que compartía con su hermana. También los veranos en el laboratorio del instituto de Badajoz donde su padre daba clase de Química. Ahí empezó a hacerse preguntas. Muchas. Diferentes. Sin buscar nada más que una respuesta a los acertijos que acabarían rigiendo su vida.

Hoy, Guadalupe, o Guada para los más cercanos, lidera a una decena de personas en el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), que dirige Valentín Fuster. Estudia la relación entre un tipo de proteínas y enfermedades como la obesidad, la diabetes, el cáncer hepático y el fallo cardíaco.

Sin pretenderlo, ha acabado ingresando en un club tristemente selecto. Es una joven investigadora española, tiene una formación muy brillante y hace ciencia en su país, donde vive con su marido y sus tres hijos.

Para algunos es un milagro. Para otros, un ejemplo. Para la mayoría, Guadalupe Sabio es una desconocida.

Las proteínas que estudia, llamadas quinasas, pueden modificar moléculas provocando reacciones en las células. Comprender cómo se producen esas reacciones y qué hay que hacer para conseguirlas es el eslabón de una cadena que podría terminar con la fabricación de la pastilla fiable contra la obesidad o dar pasos de gigante para prevenir y tratar la diabetes tipo II, los tumores en el hígado y los trastornos cardiovasculares.

El entorno de Guadalupe explica con entusiasmo el potencial de las investigaciones, para las que cuenta en Madrid con su equipo, un laboratorio y una plantilla de sufridos ratones ajenos a su protagonismo en el progreso de la ciencia. Valentín Fuster asegura que se trata de un “campo crucial” que a menudo se trata con superficialidad: “Es fácil hablar de la obesidad, pero no tanto de sus aspectos genéticos, en los que se pueden lograr grandes avances”.

“Hace 100 años, la gente se moría de gripe, de tétanos, de tuberculosis o de sarampión. Hoy, en una sociedad como la nuestra, es impensable gracias a todos los avances logrados. Hace 30 años, el sida era mortal y la ciencia ha hecho de él una enfermedad crónica”, explica Miguel López, que dirige su propio grupo de investigación en la Universidad de Santiago de Compostela y que colabora con Sabio, a quien conoce desde hace años.

Según López, la obesidad es ahora un desafío comparable y más profundo. Una epidemia a menudo menospreciada pero directamente relacionada con el cáncer, la diabetes o los problemas de corazón, que es lo que investiga Sabio.

Guadalupe Sabio, con su equipo en su laboratorio del CNIC
Guadalupe Sabio, con su equipo en su laboratorio del CNIC

En un restaurante italiano que no frecuenta (suele comer un poco antes de la una en la cantina del CNIC), Guadalupe evita cualquier atisbo de grandilocuencia. Huye de ese discurso. Por prudencia e higiene mental.

“Si llegas a la ciencia con la esperanza de curar el cáncer o la diabetes, o eres un genio o la frustración es enorme”, explica. Nació en Badajoz hace 37 años. Conserva el acento, que acompaña a sus explicaciones ante un contundente plato de pappardelle. “No soy como Douglas Melton, que cambió toda su línea de investigación cuando descubrió que su hijo tenía diabetes tipo 1”.

Melton, copresidente del departamento de células madre de Harvard, puso su carrera patas arriba cuando a su hijo Sam, de seis meses, le fue diagnosticada la enfermedad que luego aparecería en Emma, otra de sus hijas, a la edad de 14 años. Desde entonces, vive por y para la la lucha contra la diabetes. “Pensar que cada minuto cuenta, que tu familia puede verse beneficiada por tus avances es una presión que nunca me he podido imponer”, admite. Respeta el heroísmo como leitmotiv de algunos investigadores pero a ella no le va.

“Un pasito adelante y un pasito atrás”

En la ciencia todo camina más lento de lo que parece desde fuera. Lo sabe bien Angelines, la abuela de Guadalupe, que a sus 83 años disfruta al escuchar a su nieta hablar de su trabajo. “Yo no entiendo ni papa, pero me da igual. Me encanta”, confiesa. “Siempre supe que era un genio, pero además ahora lo dice gente muy importante”. La lista de reconocimientos es enorme: premio fin de carrera, premio extraordinario de doctorado, premio L’Oreal-Unesco para la financiación y el impulso a las mujeres científicas y premio Impulsa de la Fundación Príncipe de Girona, que recogió de manos del hoy rey Felipe, como puede verse en un dibujo colgado en su despacho.

“Lo mío es un pasito adelante y un pasito atrás”, asegura para quitar hierro a sus galardones. Los días en que le sale bien uno de sus experimentos con los ratones se va a casa “con una sensación espectacular”. Los días que salen mal le cambia el carácter. Entre un sentimiento y otro transcurre su vida, salpicada también de artículos en revistas científicas, patentes de sus avances y congresos como el que estos días la ha llevado a Argentina.

“En realidad, siempre he tenido mucho respeto a meter la pata”, dice. Aunque le gustaba la química, como a su padre, y también la medicina, optó por Veterinaria y se fue a Cáceres, donde está el campus de la Universidad de Extremadura.

Su despacho, lleno de dibujos y fotos, la mayoría de sus tres hijos.
Su despacho, lleno de dibujos y fotos, la mayoría de sus tres hijos.

“En primero hice prácticas en una clínica y en algún momento me dije: no. No soy capaz de que por una decisión mía se vaya a morir el perro de alguien, por ejemplo. Veía que en veterinaria, más aún que en medicina, donde hay muchos más medios, se tomaban decisiones sin saber seguro, por intuición. El veterinario decía: “Es esto” y yo me decía: “¡Pero si no lo sabe!”. Esa manera de trabajar nunca me convenció. En segundo me apunté al laboratorio de bioquímica. Me encantó. Descubrí que podía hacerme una pregunta y buscar una respuesta hasta encontrarla de verdad”, recuerda.

En el laboratorio descubrió más pasiones que las de la bioquímica. Se enamoró de Alfonso Mora, tres años mayor, que ya había acabado la carrera y preparaba su doctorado. Francisco Centeno, el profesor que estaba al cargo y que acabaría dirigiendo la tesis de Sabio, los recuerda jocosamente como “dos ratitas de laboratorio”. Desde entonces casi no se han separado.

Centeno recuerda que su alumna, para la que hoy trabaja como orgulloso colaborador, destacó desde el primer día porque “era observadora, mostraba interés y tenía una enorme capacidad de trabajo. Me sigue fascinando cómo organiza su tiempo y cómo es capaz de hacer ella sola el trabajo para el que los demás necesitaríamos un equipo. Aunque siguió una vía habitual, con un doctorado para seguir trabajando en un área que le interesaba, lo que es muy poco común es el impacto y los resultados de su trabajo”. Años más tarde, eminencias de la investigación como Fuster acabarían corroborando esa percepción.

De Cáceres a Massachusetts

Desde Cáceres, Sabio siguió los pasos de su marido hasta Dundee, en Escocia, y se enroló en un centro especializado donde logró avances en la descripción de dos quinasas clave. Después, ante la dificultad de continuar trabajando en Europa sin separarse, se fueron cuatro años a Massachusetts, donde Guadalupe comenzó a trabajar junto a otro reconocido bioquímico, Roger Davis, en el Instituo Médico Howard Hughes.

“En los grandes centros de EEUU tienen tantos medios que pueden permitir soltar a un científico en un laboratorio sin asignarle una tarea concreta durante meses”, explica. “Luego comprendí que es una buena manera de probarlos antes de asignarles un gran proyecto”. Ella, que quería investigar sobre el cáncer, fue flexible para adaptarse al proyecto sobre diabetes que le fue encomendado.

De EEUU destaca, además de la excelencia en algunos centros, la percepción de que “si eres científico eres alguien importante”. “Eso tenemos que aprenderlo aquí”, dice. “Cuando una vecina descubrió que éramos PhD [el equivalente al doctorado en España], se quedó alucinada y le pareció algo extraordinario, algo que contar a sus amistades. Si aquí dices que eres doctor, te confunden con un médico. Eso, con suerte”.

El laboratorio de Guadalupe Sabiio

“Es el reflejo de un país que cree que los científicos no trabajan encerrados en sí mismos sino al servicio de la sociedad. Esa percepción hace que los investigadores también se relacionen más entre ellos, hablen de ciencia fuera del trabajo, coincidan más”, dice. Guadalupe todavía recuerda cuando fue a una de las reuniones de premios Nobel que se celebra en Lindau (Alemania) y en la que los galardonados explican sobre cómo llegaron al descubrimiento que mereció el galardón o sobre aspectos más personales. “Uno de ellos nos empezó a contar un encuentro casual con un colega en un estadio de fútbol. Empezaron a hablar y descubrieron que estaban investigando sobre aspectos muy similares pero desde puntos de vista distintos. Eso no te pasaría nunca en España”, lamenta.

En 2008, la pareja de investigadores dejó EEUU, donde habían nacido dos de sus tres hijos, para instalarse en Madrid. A la madre de Guadalupe le detectaron un cáncer en el cerebro que fue apagando su vida. La joven investigadora tenía entonces 30 años y perdió de golpe la sonrisa mientras veía cómo su madre moría sin que la ciencia hubiera encontrado una cura para su tumor.

Fue uno de los momentos más difíciles de su vida pero se centró en la ciencia. Consiguió financiación a través del programa Ramón y Cajal, que promueve la contratación de jóvenes investigadores, y siguió su camino, primero en el Centro Nacional de Biotecnología (CNB) y luego en el CNIC.

Sabio llegó a España justo cuando se acababa la era de la abundancia. Después llegó la depresión que ha llevado a situaciones límite a buques insignia de la ciencia española como el Consejo Superior de Investigacionces Científicas (CSIC). Reducción de la financiación, congelación de los nuevos contratos y exilio de miles de investigadores. “Justo en el momento en el que más se necesita”, dice Sabio. “Justo cuando otros países, en plena crisis, están incrementando su inversión en ciencia”.

“La mejor gente del país no tiene salida”

“Apenas empieza a haber una tradición científica consolidada”, dice la científica sobre España. “Todavía depende mucho más de vaivenes políticos que de la voluntad de la sociedad. Cuando vas al médico y te da una pastilla que te cura, es más fácil interpretar que te ha curado el médico que acordarte del esfuerzo científico que hay antes de ese momento y esto es una carrera. Habrá países donde se produzca un valor añadido y vivan mejor y otros donde trabajemos mucho sin generarlo”, advierte.

El Gobierno lo considera una positiva “movilidad internacional”. Pero Guadalupe lo ve como una “fuga de cerebros” en toda regla. “La mejor gente del país no tiene salida en España”, explica. “Da igual lo bueno que seas, lo formado que estés, lo importante que sea tu trabajo. La sensación de que no hay nada que puedas hacer y que acabarás en la calle es demoledora”.

Todos los investigadores cuyo testimonio está presente en este artículo coinciden en que trabajar en el extranjero no sólo es bueno sino que es fundamental. “No se trata de una fuga de cerebros sino de airear el cerebro y formarse”, advierte muy serio Valentín Fuster, que exhibe una larga trayectoria internacional. Pero “el problema no es irte sino que no tengas dónde volver, que tu país no te pueda recuperar”, dice Sabio. Francisco Centeno, su director de tesis, lo define como “un billete sólo de ida”.

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Muchos investigadores ni siquiera se plantean salir ante la imposibilidad de volver. Dejan la ciencia y se dedican a otra cosa ante el coste personal del billete sin retorno.

Es ahí donde, según Centeno, se está rompiendo el equilibrio que ha permitido a España prosperar desde la Transición, el período en el que nació Guadalupe. “Ella es el fruto de un Estado en el que si eres bueno puedes confiar en que vas a prosperar”. Pero esa imagen, acaso una versión europea del sueño americano, se ha emborronado demasiado.

¿El futuro? “Se sabe que los obesos tienen más posibilidades de tener cáncer hepático pero no por qué. Estamos viendo cómo el metabolismo puede controlar en el cáncer. Cómo un adipocito [una célula con contenido graso] puede llegar a segregar sustancias que afectan al hígado. Sabemos que si modificamos los adipocitos de un ratón podemos llegar a proteger a ese ratón del cáncer. Pero no sabemos cómo ni por qué. Es uno de los proyectos más difíciles del laboratorio pero a mí me entusiasma”.

Guadalupe se siente una privilegiada y agradece al CNIC haberle dotado de “medios que me permiten hacer casi cualquier cosa que quiera”. Pero el año que viene, tras cinco años en la casa, llegará la evaluación de su programa. De ese examen depende la renovación de su contrato y es un buen momento para hacer balance.

Sabio tiene una cosa clara: “En el momento en que en España no pueda hacer ciencia, me iré”. Es serenamente consciente de que a las investigaciones que está haciendo ahora les faltan años hasta desembocar en el éxtasis del descubrimiento probado y aplicable. Acepta que serán probablemente otros los que den los siguientes pasos, los que acaben realizando los costosísimos ensayos clínicos que puedan cambiar la vida de millones de personas.

Sin embargo, Miguel López, su colaborador, cree que “lo mejor para ella está por venir porque es rigurosa, seria y brillante”. Angelines, su abuela, no puede evitar echarse a reír. Estas navidades su marido le regaló a sus nietos una caja nueva de minerales.

La paradoja del niño prodigio

Entrevista a Luis Iván Cuende.©Dani Pozo

Reportaje fotográfico: Dani Pozo

Aprendió a programar con 11 años, con 12 diseñó su primer sistema operativo y con 15 ganó su primer premio en Berlín. El ‘hacker’ Luis Iván Cuende ni siquiera tiene 20 años pero ya ha conocido el fracaso y ha escrito un libro contra el sistema educativo. Ahora prepara una herramienta para ‘jubilar’ a los notarios.

Aprendió a programar con 11 años, con 12 diseñó su primer sistema operativo y con 15 ganó su primer premio en Berlín. El ‘hacker’ Luis Iván Cuende ni siquiera tiene 20 años pero ya ha conocido el fracaso y ha escrito un libro contra el sistema educativo. Ahora prepara una herramienta para ‘jubilar’ a los notarios.

¿Quién es Luis Iván Cuende?  ¿El hacker más joven de España? ¿El niño empresario o el anarquista convencido? ¿El chico de oro que sale en los periódicos y en la tele? Está a punto de lanzar su nuevo proyecto. Pero muchos lo conocen por el libro Tengo 18 años y ni estudio ni trabajo (2014), que incluye una crítica despiadada del sistema educativo y que le ha dado cierta notoriedad.

Luis vive en un estudio minúsculo pegado al parque del Retiro de Madrid. Las reuniones con sus socios las hace en una oficina alquilada, pero el resto del tiempo trabaja sin compañía en este lugar. Abre la puerta en chándal y sin zapatos. En el piso se percibe orden pero huele un poco a cerrado. En una mesa no muy grande, alejada de la ventana, hay dos ordenadores encendidos: uno portátil y otro de sobremesa.

Le sorprendo mientras trabaja en su nuevo proyecto. Se llama Stampery, es un sistema de certificación de mensajes que está basado en la tecnología de la moneda virtual Bitcoin y es capaz de certificar sin errores la propiedad de un documento y su hora exacta de envío. Si Stampery tuviera éxito, podría jubilar forzosamente a los notarios. O al menos así lo cree Luis, que espera lanzarlo en los próximos días y piensa en un mercado global.

Programar con 11 años

Luis Iván Cuende nació el 26 de septiembre de 1995 y tocó su primera tecla con apenas tres años. Pero no se enganchó a la programación hasta cumplir los 11. “Fue entonces cuando descubrí el software libre y la filosofía que tiene detrás”, explica. “Al principio no le veía el valor diferencial. Luego me di cuenta de que personas como yo podían descargar esos programas y utilizarlos”.

Se declara autodidacta. Asegura que todo lo aprendió en la Red y sin ayuda de su padre, que es informático. “Mi padre es mi padre, no mi mentor”, dice. “No me enseñó casi nada de lo que sé ahora, pero es importante porque me dio libertad”.

Los padres de Luis se llaman Luis Miguel y Camino y viven separados: ella en Oviedo y él en Madrid. Al nacer Luis, sus hermanas tenían nueve y 10 años. Fue educado con “sinceridad, libertad y muchísimo amor” según dice su padre, que define a su hijo como trabajador y pasional: “Nació en una época en la que tanto su madre como yo teníamos una gran madurez”.

La descripción la completa su madre, maestra en Asturias: “Luis sabe lo que quiere y tiene una personalidad muy firme. De chiquitín ya era distinto de los demás. No recuerdo haber tenido que regañarle nunca ni darle un azote. Todo era razonado al tratar con él”.

El éxito y el fracaso

El joven Luis se dio a conocer por medio de Asturix: un sistema operativo sencillo que aspiraba a competir con los omnipresentes Windows y MacOS. “Se trataba de desarrollar algo que hasta mi madre pudiera utilizar”, explica el hacker.

Asturix arrancó cuando Luis apenas tenía 12 años y sus primeras versiones tuvieron una cierta repercusión en Rusia y en Latinoamérica. Entre sus logros más notables, introdujo el reconocimiento facial como contraseña un año antes de que Google lo incluyera en Android.

El certamen HackNow coronó a Luis en 2011 como el mejor programador europeo menor de 18 años. Apenas tenía 15 y recogió el galardón en Berlín, donde habló en público por primera vez ante una audiencia asombrada por su juventud.

Entrevista a Luis Iván Cuende. ©Dani Pozo

Luego vinieron la vorágine y los eventos. Luis fue nombrado asesor de Neelie Kroes, entonces vicepresidenta de la Comisión Europea y responsable de la Agenda Digital.

Muchos creyeron que el joven genio asturiano se comería el mundo pero varios detalles le devolvieron a la tierra: el fracaso de su proyecto Holalabs (un escritorio web), el desarrollo de Cardwee en vía muerta (una forma de llevar las tarjetas de fidelización al móvil que no llegó a lanzar comercialmente) y un buen bofetón de su mejor amiga. “Me lo dio con la mano abierta, de esas que te bajan los humos”, recuerda Luis en su estudio madrileño.

“Tuve problemas a los 15 y 16 años porque se me subió el éxito a la cabeza”, admite durante la conversación. “Eres joven, estás en el colegio y la gente te ve en la tele… Me metí una hostia bastante fuerte. Pero creo que he aprendido bastante de esa época. Perdí amigos porque me encerraba en casa a trabajar. Pensaba que eso era lo más importante y que los demás no eran lo suficientemente guays como para dedicarles mi tiempo. Luego uno aprende que no tiene nada que ver y que hay que aprender a disfrutar de tus amigos y de tu trabajo”.

Abajo las normas

Luis es una persona con algunas contradicciones. Se declara anarquista pero es bastante ordenado. Es un hacker idealista, casi antisistema, pero ha creado varias empresas y tiene muchos proyectos en su cabeza. Se confiesa caótico pero mantiene una cierta disciplina en su trabajo. Sus respuestas rápidas son comprometidas. Le gusta ‘mojarse’ y disfruta con el debate.

Al joven asturiano no le gustan las normas: “Sobre todo las del Estado, que se pasa un montón con imponer”, argumenta. “Los estados tienen gente con armas y por eso se creen que pueden imponer lo que les dé la gana a los ciudadanos. ¿Por qué obligas a una persona que casualmente ha nacido en un país determinado a pagar impuestos? ¿Y si quiere vivir sin un Estado?”.

Entrevista a Luis Iván Cuende.©Dani Pozo

Luis cree que el mundo puede cambiar de forma revolucionaria gracias a dos avances: Internet y Bitcoin. “He leído mucho sobre ello”, dice. “Yo soy anarquista y el anarquismo es sostenible. Bitcoin es un sistema que lo ha hecho posible. De hecho ya hay pequeñas colonias que lo llevan a cabo”.

Sus ejemplos

Algunos de los referentes de Luis son grandes nombres de Internet y del software libre como Elon Musk, creador de PayPal, los coches eléctricos de Tesla Motors y SpaceX e impulsor de SolarCity entre otros proyectos. También Richard Stallman (padre del software libre), John Maddog Hall (presidente de la ONG Linux International) o Egor Homakov, un joven informático ruso que decidió viajar por el mundo con 18 años y al final terminó viviendo en Hong Kong.

Luis admira a personajes que han pagado un precio altísimo por sus acciones: Julian Assange, Edward Snowden o Bradley Manning. “Me parecen ejemplos vivos de que una idea vale más que un montón de problemas o de vidas”, dice. “Vale la pena defender un ideal o una forma de cambiar las cosas”.

Esas ganas de cambiar el mundo pasan irremediablemente por Internet. Pero Luis es consciente de que la Red implica control de los gobiernos. “Vivimos rodeados de pantallas en las que te anuncian todo lo que queremos comprar”, dice el asturiano. “Internet también funciona así. Google o Amazon envían anuncios de lo que quieres comprar porque lo saben casi antes que tú”.

Lo que le da miedo es lo que puede pasar en unos años: “Por ejemplo, cuando los ordenadores sean lo suficientemente potentes como para analizar todos los datos de todas las cámaras del mundo. ¿Qué ocurrirá cuando la NSA tenga ese poder? Sabemos que están guardando toda la información y el tráfico del planeta. ¿Qué pasará cuando tengan un ordenador cuántico que pueda procesar toda esa información? ¿O cuando desarrollen un algoritmo para localizar a cualquier persona usando las cámaras que hay en todo el mundo? Eso va a ir a más”.

Precisamente por eso la revolución de Luis no termina en Internet. “Tenemos que salir a la calle”, proclama. “Tiene que haber una revolución offline. Lo que está online lo controlan los gobiernos. ¿Cómo vas a rebelarte en un medio que controlan las instituciones contra las que tienes que luchar? No sé muy bien cómo lo haremos. Pero acabaremos haciendo la revolución o terminaremos robotizados”.

La buena educación

Una constante en el discurso de Luis es su crítica al sistema educativo español, que define en una palabra: “Adoctrinamiento”. Lo dice mientras me enseña entre risas un ‘tuit’ en el que se recoge el temario de la asignatura de Religión que aparece en el BOE: “Criterios de evaluación. 2. Reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí mismo la felicidad”.

Luis dedica más de un capítulo de su libro a criticar la educación reglada. Odia especialmente la sintaxis -“esa extraña forma de subrayar palabras categorizándolas, tan útil para el día a día”- y (sorpresa) las matemáticas: “¿Para qué sirve todo lo que se enseña en las clases de matemáticas? Siempre te dicen que para programar necesitas muchas matemáticas y yo no tengo ni idea más allá de sumar, restar o multiplicar… Yo programar lo veo como un arte. Hay gente que lo ve como una ingeniería. Pero creo que depende de lo que quieras hacer en la vida. Uno sólo necesita las matemáticas si trabaja en un tipo de software muy concreto. Nos dicen muchas mentiras y al final te das cuenta de que ni siquiera se necesitan ingenieros”.

Al alcanzar la mayoría de edad, Luis decidió no estudiar ninguna carrera. “Mi madre me ponía trabas con todo este asunto, lo veía un poco más extraño”, confiesa. “Al final lo ha entendido, creo que por una cuestión de necesidad”. Camino aún se resiste un poco: “A mí me hubiera gustado que fuera a la universidad. No tanto por el título sino por la experiencia que supone estar con los demás”.

Entrevista a Luis Iván Cuende. ©Dani Pozo

Luis propone tres ideas para mejorar el sistema educativo. La primera, que sean los alumnos quienes se encarguen de transmitir el conocimiento y que el profesor sea una especie de tutor o guía. La segunda, no dedicar tanto tiempo a la teoría y dedicar más tiempo al aprendizaje práctico. La tercera, eliminar del temario lo que no sea útil. “No me refiero a la utilidad profesional porque la filosofía es importante”, explica Luis, que cita en su libro a Albert Einstein: “¿Para qué memorizar lo que ya está escrito en los libros?”.

Luis creció en pleno boom de los videojuegos pero no le interesan demasiado. “Me gusta jugar en el mundo real, no en el virtual”, dice. “Es algo que me viene bien ahora. Si no, estaría todo al día delante del ordenador. Cuando descanso, prefiero olvidarme de las pantallas y quedar con amigos”.

El fin del niño prodigio

Escuchar las ideas y opiniones de Luis resulta chocante a la luz de su aspecto de adolescente. A uno le cuesta trabajo recordar sus siete años de experiencia como empresario y la evidencia de que este joven de 19 años ya no es un niño prodigio.

En esta nueva etapa su juventud será menos importante que sus proyectos. “El problema que detecto tiene que ver con mi forma de trabajar”, dice. “Soy mucho de empezar proyectos y no terminarlos o no sacarlos. Me ha pasado ya con tres iniciativas. Si te pasa eso varias veces, empiezas a perder credibilidad”.

España no es América. Aquí el fracaso no se perdona. Y Luis sigue pensando que la envidia es el deporte nacional. “Es acojonante”, enfatiza. “He tenido haters [personas que le odian] que dicen que mi padre es millonario y me fastidia mucho porque vengo de una familia bastante humilde, de Asturias. Uno de mis abuelos era minero y el otro, agricultor”.

Luis no entiende esas actitudes: “El mundo como un lugar lleno de oportunidades. No entiendo cómo hay personas que se quedan en su burbuja mental, en compadecerse de sí mismas y en poner excusas. Eso es la envidia: no alegrarte de que a alguien le vaya bien. Si a una persona le va bien, es más probable que nos vaya bien a todos”.

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El joven asturiano mantiene una relación con una chica desde hace menos de un mes. Ella se llama Celia de la Hoz, tiene 19 años y estudia Relaciones Internacionales.

El flechazo surgió cuando Celia coordinaba las entrevistas de Luis en un evento reciente. Ahora está de exámenes pero atiende mi llamada. “Yo también tengo las cosas muy claras y es un punto de partida muy enriquecedor”, explica con voz amable. “Muchas veces me he preguntado si estaré a su altura porque Luis ha hecho cosas grandiosas para la edad que tiene. Pero yo también he hecho lo mío”, dice entre risas.

Jorge Izquierdo es uno de los mejores amigos de Luis. Es otro joven prodigio: con 14 años creó su primera aplicación y con 16, su primera empresa. Luis y él fueron socios en Cardwee.

¿Cómo es trabajar con Luis? “Es un tío muy brillante y siempre tiene unas ideas bastante claras”, dice Jorge, que añade que puede llegar a ser muy caótico: “Trabaja de un modo intermitente. En una semana hace el trabajo que a mí me lleva un mes y medio y luego se tira un mes sin hacer mucho aunque suele respetar los plazos”.

Luis y Jorge dejaron de ser socios pero no perdieron la amistad. “Yo también soy muy inflexible y discutíamos mucho”, dice Jorge. “Luis es un tío que tiene las ideas muy claras pero es muy pasional”.

Hay una anécdota que refleja muy bien ese carácter impulsivo. Luis viajó a El Salvador en diciembre para dar una conferencia. Tenía previsto pasar una semana en el país. Pero el día que debía coger el avión de vuelta unos amigos le convencieron para ir a la playa. Al final se quedó allí casi un mes sin decírselo a nadie. Volvió a España en Nochebuena para cenar con su familia.

¿Entonces quién es Luis Iván Cuende? ¿El joven empresario o el anarquista convencido? ¿El caótico o el disciplinado? En palabras de su padre informático, alguien que “tiene una visión cenital de las cosas que le da una gran ventaja”. Luis se cuestiona lo establecido. Tiene ideas propias y madera de líder. En sus oídos resuena el consejo de su padre: “Que elija siempre su futuro, que no se deje influir, que siga apostando por lo que cree y que se emplee a fondo para conseguirlo. Pero siempre con humildad, humildad, humildad”. También el de su madre: “Que sea sobre todo buena persona”.

Claroscuro del líder perfecto

Albert Rivera

Reportaje fotográfico: Alberto Gamazo

Calculador, buen orador y siempre en busca de su hueco. Así definen a Albert Rivera quienes le conocen de cerca desde sus inicios. Este perfil es el fruto de dos docenas de entrevistas con personas que presenciaron el ascenso del presidente de Ciudadanos, el político español mejor valorado y el líder de un partido que aún puede crecer más.

Calculador, buen orador y siempre en busca de su hueco. Así definen a Albert Rivera quienes le conocen de cerca desde sus inicios. Este perfil es el fruto de una larga conversación con el propio Rivera y de dos docenas de entrevistas con personas que presenciaron el ascenso del presidente de Ciudadanos, el político español mejor valorado y el líder de un partido que aún puede crecer más.

Albert Rivera, presidente de Ciudadanos, desayuna Donettes y un zumo de naranja de bote en la cafetería del AVE a las 7.30 de la mañana el miércoles 25 de febrero. Viaja de Barcelona a Zaragoza con su esencial corbata fina. Las encuestas profetizan que Ciudadanos será la cuarta fuerza del próximo Congreso de los Diputados. Hay otro grupo, Podemos, que se cuela entre los dos grandes partidos. En Podemos van en mangas de camisa; son más rebeldes. Rivera sólo afina la corbata: quiere reformas pero no revoluciones.

Rivera, a sus 35 años, no se pasa de moderno. Lleva aún un iPhone 4, a pesar de que las chicas de prensa del partido tienen iPhone 6 nuevos. José Manuel Villegas, director de gabinete de Rivera y diputado en el Parlament, va con la tecnología española de BQ. Cuando el tren llega a Zaragoza, un pasajero pide una foto a Rivera en el andén. Se agarran de los hombros y Rivera levanta de puntillas el pie más alejado de su admirador. Cada centímetro cuenta.

En Zaragoza tiene un acto para los socios de la Asociación de Directivos y Empresarios de Aragón (ADEA). La entrada es con invitación y la sala del Hotel Petronila para unas 600 personas está llena. Hay gente que se ha quedado en la lista de espera sin poder entrar. ADEA hace desayunos con otros candidatos. Rivera sólo es el segundo. La primera fue Rosa Díez, de UPyD, que reunió a 300 espectadores.

Antes del acto, hay un desayuno cerrado con Rivera para los patrocinadores de ADEA: Santander, Deloitte, Palafox Hoteles, Caja Rural y La Caixa entre otros. Entre el desayuno y el acto posterior, el director de ADEA, Salvador Arenere, llama varias veces “Álbert Riera” a Albert Rivera. Hacia el fin del acto público, el presidente de Ciudadanos no puede más y le corrige el apellido. Pero Arenere tropieza una vez más antes de cerrar.

El error de Álbert “ocurre a menudo”, dice José Manuel Villegas. “Riera” pasa menos, pero presupone poca familiaridad. Rivera y Ciudadanos son sólo desde hace poco un nombre común en toda España. Este perfil describe los inicios, el ascenso y la explosión de Albert Rivera y su partido. Se basa en entrevistas con dos docenas de personas que han tenido relación en distintas etapas con el presidente de Ciudadanos, en noticias y en documentos oficiales.

El ascenso de Ciudadanos explotó a finales de 2014, cuando fracasó el último intento de fusión con UPyD. Rosa Díez se llevó la peor parte y, según las encuestas, la ciudadanía escogió al partido de Rivera como mejor opción nueva en su franja ideológica. Este salto es la culminación de años de esfuerzo. En noviembre de 2012, seis años después de su creación. Ciutadans obtuvo nueve diputados en el Parlamento catalán. Era el triple de los que habían conseguido en 2006 y 2010. Rivera empezó a circular por tertulias secundarias y reivindicativas en canales como Intereconomía o 13TV.

Antes de noviembre de 2012, la sala de prensa de Ciudadanos era poco requerida. Debían insistir para buscar huecos en los medios para el partido. Ahora, no. En su visita a Zaragoza, Rivera atiende a una docena de medios a la vez e hizo entrevistas individuales con ocho periódicos, teles y radios. En prensa tienen incluso que declinar peticiones. “Le estamos dando demasiada caña”, dice el jefe de gabinete Villegas. “Se enfadará. Si alguna entrevista sale mal por estar cansado, nos vendrá con gesto serio”. Rivera, dice Villegas, no levanta la voz. Al rato, el fotógrafo de EL ESPAÑOL, Alberto Gamazo, le hace unas fotos: “Te veo muy rígido, Albert, relájate”. Es la una del mediodía: “A esta hora no doy para más”, dice Rivera. “Es una vida apasionante”, le digo. “No te rías”, responde, sin levantar la voz.

Hacia el Congreso, en serio

Albert Rivera en el AVE

El asalto oficial de Ciudadanos al resto de España empezó el 27 octubre de 2013 con la presentación del Movimiento Ciudadano en el Teatro Goya de Madrid: “Es el momento de enterrar las dos Españas con siete llaves”, dijo Rivera. Los partidos políticos, su corrupción y opacidad son el primer objetivo de esta regeneración. Hay que dejar espacio a los ciudadanos en marcha: “La sociedad civil tiene que estar libre y viva y no tenemos que meternos ni en las asociaciones de vecinos ni en las cajas de ahorros ni en el poder financiero ni en las teles ni en las radios”. La intervención pública debe, según Rivera, reducirse.

Rivera insiste en que para lograrlo la educación debe ser el camino. Pero en el vídeo promocional del acto, incluso después de escoger las mejores frases, Rivera repite tres veces que la educación es “el mayor arma”: en masculino para una palabra femenina.

El mayor éxito de Ciudadanos en este camino han sido las europeas de mayo de 2014. Ciudadanos logró medio millón de votos y dos eurodiputados, Juan Carlos Girauta y Javier Nart. Fueron las elecciones que también lanzaron a Podemos, que obtuvo más de 1,2 millones de votos y cinco representantes.

Las nuevas aspiraciones implican un crecimiento vertiginoso. En el último ciclo electoral, el partido presentó 70 listas; ahora preparan 700. La coordinadora de Ciudadanos en Aragón, Susana Gaspar, supo de Rivera hacia marzo de 2013 gracias a tertulias en la tele. Menos de un año y medio después se hizo cargo del partido en su comunidad. Si gana las primarias del ocho de marzo, será candidata autonómica. En las primarias podrán votar los más de 600 afiliados en Aragón. Antes de noviembre, cuando Gaspar asumió el cargo, eran 147. El crecimiento se ha debido a docenas de carpas del partido por ciudades aragonesas y a lo que llaman cafés ciudadanos. Los cafés son encuentros programados con simpatizantes para que puedan consultar sus dudas sobre el partido.

No hay aún sondeos oficiales, pero cuando se le pregunta por su futuro, Gaspar sonríe. Con las prisas, la sede central de Ciudadanos en Barcelona solo ha aprobado de momento el programa para las municipales en Zaragoza. El programa autonómico sigue pendiente a poco más de dos meses de las elecciones. El panorama político en España cambia a una velocidad que pone a prueba la capacidad de improvisación.

La prehistoria catalana

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La creación de Ciudadanos se fraguó en un manifiesto de 15 intelectuales que creían que en Cataluña había un espacio para un partido nuevo no nacionalista. El 7 de junio de 2005 hubo un acto de presentación del manifiesto en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.

Albert Rivera era entonces abogado en el departamento jurídico de La Caixa. A finales de 2003 había pasado un concurso interno al que se presentaron unas 1.500 personas para tres plazas, según un compañero de promoción. La selección consistía en entrevistas sucesivas. La última era con el letrado jefe de la asesoría jurídica de La Caixa, Sebastián Sastre, que desde noviembre de 2013 es magistrado del Tribunal Supremo.

Rivera obtuvo una de las tres plazas. Otra fue para José María Espejo, un madrileño tres años mayor que él. “Nos conocimos el día que aprobamos”, dice Espejo. Se hicieron amigos rápido: “Teníamos inquietudes por la política, eran los años del Estatut, del plan Ibarretxe”.

La política le gustaba a Rivera, y no sólo como aficionado. El acontecimiento político que despertó su conciencia política fue el asesinato de Miguel Ángel Blanco. “Lo viví como si fuera de la familia”, dice. Rivera tenía 17 años. Cinco años después, con la carrera terminada, llegó el momento de vivir la política más de cerca. Rivera dice que ha votado al PSC, al PP y a CiU, pero se interesó sobre todo por el Partido Popular, donde fue a pedir información. Rivera aduce que nunca militó porque nunca pagó una cuota. Pero los Estatutos de Nuevas Generaciones del PP establecen la distinción: “Los vigentes Estatutos del partido establecen una única figura, la del afiliado, con dos modalidades: militante, con obligación de cuota; simpatizante, sin obligación de cuota”. Rivera estuvo afiliado al PP, pero no fue militante. Recibía por ejemplo información del partido, pero no podía votar en sus asuntos internos.

Los dos intelectuales que más se implicaron en la creación del partido fueron el catedrático de Derecho Constitucional Francesc de Carreras y el periodista Arcadi Espada. Rivera había hecho un curso de doctorado en la Universidad Autónoma de Barcelona con De Carreras. Era la misma época en que intentaba entrar en La Caixa. Cuando meses después los intelectuales anunciaron su acto del manifiesto, Rivera escribió a De Carreras para anunciarle que iba a ir. “Allí estaba”, recuerda De Carreras. Rivera se llevó a Espejo con él.

Rivera y Espejo se apuntaron desde el principio a la agrupación sectorial jurídica de la plataforma cívica que se creó tras el manifiesto. Era el germen del partido político. Rivera, además, formó la agrupación de Granollers, donde su padre tenía una tienda de electrodomésticos. Allí organizó al menos un acto del nuevo grupo. Arcadi Espada le conoció en aquella época: “Era perfectamente voluntarioso, encantado de la vida de poder ayudar, un chico joven, se explicaba correctamente, decía cuatro tópicos ensartados pero bien dichos; tenía una formación política nula”.

Rivera participó en aquellos meses en un grupo de trabajo de la plataforma sobre el Estatut del tripartito. El empresario Ginés Górriz recuerda que había convocadas unas veinte personas para analizar y publicar un documento sobre el Estatut. Había que ir con los deberes hechos. Górriz dice que fueron muchos menos de los convocados y que a las 2 de la mañana quedaban cuatro o cinco: uno era Rivera. “Soy autoexigente”, dice él.

Cómo se funda (mal) un partido

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En julio de 2006 llegó el congreso fundacional de Ciutadans. En el día inicial había dos listas, una era más de izquierdas, otra más liberal. Rivera estaba en las dos y apuntaba a portavoz. Todos se habían dado cuenta de que aquel chico hablaba bien. Ambos grupos intentaron unirse, pero no llegaron a un acuerdo. El segundo día del Congreso empezó y sólo había cerrada una lista alternativa, “de gente que pasaba por allí”, según un miembro de la ejecutiva. Los militantes más implicados no se ponían de acuerdo en su lista única.

El presidente del congreso, el economista Ángel de la Fuente, obligó a cumplir los Estatutos, que decían que de allí debían salir un presidente y un secretario general. Serían los dos primeros nombres de la lista. El grupo oficial seguía sin llegar a nada. Francesc de Carreras recuerda pasear por el hotel del campus de la Universidad Autónoma donde se celebraba el encuentro junto a Albert Boadella y decirle: “Hemos dejado esto a estos chicos y no se entienden”.

Por poner algún tipo de orden en la lista, se probó con el más sencillo: el alfabético. Quedaron primeros Jorge Fernández Argüelles y José Antonio Cordero. Pero eran muy distintos y no iban a aceptar. Una prueba de la improvisación es que Argüelles quedó primero por su segundo apellido, que era el que la gente conocía. Había que buscar otro camino y se probó por orden alfabético de nombre de pila. Los dos primeros eran Albert Rivera y Antonio Robles: un joven de 26 años recién llegado y un histórico de la lucha contra el nacionalismo en Cataluña.

Esta lista ganó con mucha ventaja. Rivera tenía al menos tres méritos: había nacido ya en democracia y no tenía mochilas carcas previas, era hijo de la inmersión lingüística y no venía tocado por ninguna ideología.  “Era impoluto, virgen”, dice Argüelles. En el caos posterior a la elección, Rivera estaba nerviosísimo. La escritora Teresa Giménez Barbat cree que “daba saltitos” a su lado. A De Carreras le decía: “Yo no he hecho nada, yo no he hecho nada”. Espada lo recuerda también “muy, muy nervioso”. La presidencia del partido le había caído del cielo a los 26 años y ahora debía improvisar un discurso.

Rivera subió al estrado y encandiló. Fue el gran momento del congreso tras la tensión: hubo lágrimas y corazones cálidos. Rivera se ganó la confianza de su partido con aquel discurso. No era la primera vez que Rivera ganaba algo con un discurso.

En 2001, el equipo de la Universidad Ramon Llull ganó la Liga Nacional de Debate Universitario en Salamanca. En una de las fases clasificatorias, el equipo de Rivera derrotó a la Pontificia de Salamanca. Su estrella era Eduardo Suárez, hoy subdirector de EL ESPAÑOL. El tema eran los transgénicos y Rivera ganó la batalla. En la final ganaron con la prostitución.

El compañero orador de Rivera en la Ramon Llull era Gerard Guiu. Eran dos de los líderes de su curso en la carrera de Derecho de ESADE. Pero Guiu, que hoy es profesor en el centro universitario y director de Proyectos del Barça, fue el delegado cada año: “Desde primero a mí me votaban unos 60 compañeros y a Albert, 15. El resto se abstenía”. Rivera no recuerda que se presentara a delegado, pero sí recuerda en cambio que ganó la votación para hacer el discurso de graduación. Otros dos compañeros de clase, la profesora de Derecho Tributario de ESADE Diana Ferrer y el abogado David Sánchez, están seguros de que Rivera se presentó “una o dos veces a delegado” y perdió porque su grupo de seguidores era claramente menor. Era aparentemente una pandilla constante durante la carrera que solía sentarse al fondo de la clase.

“Guiu y Rivera eran dos líderes en una misma clase”, dice Ferrer. Los piques eran normales. Hubo una discusión difícil sobre un viaje del ecuador de la carrera. No se podían de acuerdo sobre el tiempo: verano o septiembre. La clase había recaudado dinero con las típicas fiestas, pero Guiu no estaba dispuesto a compartirlo con los díscolos si no se unían a la mayoría e iban en septiembre. El sector de Rivera no se unió y Guiu acabó por ceder: viajaron en dos grupos con el dinero prorrateado.

En cuarto curso, la universidad iba a competir en la Liga de Debate y los profesores decidieron unir en el mismo equipo a Guiu y Rivera. Hicieron entonces un pacto para ganar la Liga. El equipo lo formaban otras tres personas. “Fueron muchísimos días de seis de la tarde a 12 de la noche en la facultad, con una cena de pizzas”, dice Guiu.

La rivalidad entre ambos parece seguir casi 15 años después. Rivera recuerda que “desbancó a Gerard como orador principal en el concurso nacional de oratoria”, aunque en este caso no hubiera votación. Guiu tiene una memoria distinta: “En el concurso final en Salamanca, entre los cinco miembros del equipo había dos oradores principales: él y yo”.

El decano de la Facultad de Derecho despidió a aquel curso diciéndoles que habían sido “académicamente normalitos, pero que habían hecho mucho ruido”. Había varios que apuntaban a la política. En la actitud universitaria de Rivera, algunos han visto soberbia. “Yo creo que más bien era seguridad”, dice Guiu. En una boda de un amigo común en los meses de creación de Ciutadans, Rivera contó a Guiu, que es miembro del PSC, su aventura con el nuevo partido. Guiu le dijo que no había espacio en Cataluña para un nuevo partido político. Guiu ve factible ahora a Rivera de ministro con algún pacto con el ganador de las elecciones, “aunque si le ofrecen solo Agricultura, no lo cogerá”.

Ahora toca desnudarse

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Después del congreso de julio, los esfuerzos se centraron en las elecciones catalanas, que el presidente Pasqual Maragall había adelantado al 1 de noviembre. Se formó un comité electoral con el presidente Rivera, el secretario general Robles, Ginés Górriz y la economista Almudena Semur. Las decisiones entre pocos eran más fáciles de tomar. “Siempre se había hablado de hacer un calendario de desnudos”, dice Górriz. También se habló de un grupo de gente desnuda con carteles negativos: no a la corrupción, por ejemplo. Pero el mensaje debía ser positivo.

El comité electoral acabó por pedir a Rivera que saliera desnudo con esta frase: “Sólo nos importan las personas”. Rivera aceptó enseguida. El timing, dice Górriz, fue importante: no podían alargar el dinero. “Sólo teníamos un tiro y había que aprovecharlo”, dice Górriz. Buscaron un buen fotógrafo y con la ayuda de un diseñador hicieron el cartel. Alquilaron a lo grande el Palau de la Música para la presentación y compraron una página entera en La Vanguardia. “No nos hicieron descuento”, dice Górriz. Pero tampoco filtraron la foto: el departamento de publicidad tuvo una semana antes del acto en el Palau la foto de Rivera desnudo y no se la dieron a ningún periodista de la redacción.

El cartel recibió todo tipo de comentarios, pero todos los medios hablaron gratis de Rivera. El objetivo estaba conseguido. Fue la época en que Rivera era más manejable. “A todo decía que sí”, dice Antonio Robles. Un día otro miembro del partido fue a El Corte Inglés con Rivera a comprarle algún traje: “Creo que fue de Emidio Tucci”, dice quien le acompañó. La improvisación era grande.

El desnudo es un modo de llamar la atención para los pequeños. Ciutadans era pequeño y apenas tenía dinero, fuera de las aportaciones de los afiliados, que debieron avanzar mensualidades para sufragar la campaña. Pero hubo una financiación más importante: Miguel Rodríguez, propietario de Festina. Rodríguez era un andaluz que emigró a Suiza y que se hizo rico con relojes. Era muy de izquierdas. Llegó a militar en Bandera Roja: “Se hizo camarero, y a los 17 días ingresó en el Partido Comunista. Pero la alegría de las libertades le duró poco, porque le mandaron de observador un mes a Bulgaria, y a la vuelta fue tan crítico con ese capitalismo de Estado que le expulsaron, y fue a parar a Bandera Roja”, escribía La Vanguardia de Rodríguez en 2003. Rodríguez conocía a Felipe González.

En aquella campaña, la asesoría política RGservicios ayudó sin cobrar en la campaña de Rivera. (La empresa estaba convencida de que Rivera iba a salir y pasó las facturas con el partido ya en el Parlamento.) La asesoría puso un autocar, se encargaron de la seguridad, hicieron incluso una batida de micrófonos. También, según miembros del comité electoral, le colocaron a Rivera un chófer, Fernando Garrido, que sabía de política y al que luego escogió como gerente. Hubo cierta sorna en el partido, pero Rivera defiende hoy su decisión: “No era chófer. Era el que tenía experiencia en gestionar campañas. Y además, por nuestros escasos recursos, asumió llevar el coche. Era el verdadero coordinador de campañas”.

Rivera vio enseguida un problema político difícil de entender desde fuera: la importancia de confiar en un equipo. Ciutadans se formó con gente distinta. A la hora de trabajar juntos, no se entendieron: “No disfruté de la política con libertad hasta 2009. No pude hacer lo que quería. Me planteé incluso dejar la política. Al principio hubo un choque con gente que quería entrar en política desde hacía años. Uno decía ‘yo en los años 80’, otro que ‘yo en los años 90’. Y a mí qué. Hubo un choque de mentalidad”. En definitiva, dice Rivera, “estábamos ahí no por la historia de una lucha, sino por un manifiesto de intelectuales que habían dicho lo que pensábamos”.

Pero antes hubo un momento dulce: los primeros tres diputados del partido, el 1 de noviembre de 2006. Hubo un socialista que se alegró del éxito de Ciutadans aquella noche de noviembre de 2006: Alfonso Guerra. “Me llamó aquella noche en el Hotel Calderón, pero con el ruido no logré oírlo”, dice Francesc de Carreras. “Al día siguiente volvió a llamarme. Me dijo que era positivo para la sociedad catalana.” No era un gran día para un socialista: el PSC había perdido cinco diputados y más de 200.000 votos. Guerra también llamó a Miguel Rodríguez mientras lo celebraba en el bar del hotel. Rivera no recibió aquella noche ninguna llamada de felicitación de políticos nacionales.

Con el poder, llegaron los problemas. Rivera ve 2007 como su peor momento político: “Albert tenía miedo de que le movieran la silla y en lugar de dar juego, se cerró”, dice Ángel de la Fuente, y aclara: “Pero con el tiempo ha ido mejorando”. El método de aprendizaje fue doloroso, según Teresa Giménez Barbat: “Aprendió, pero aprendió como los niños, que se hacen daño y hacen daño a los demás”.

Al principio su liderazgo no estaba asegurado y había muchos grupos que querían estirar el partido hacia un lado. Los codazos volaban. Se cayeron los otros dos diputados del partido, Robles y José Domingo. Pero Rivera resistió. En alguna de esas batallas iniciales, Robles y Rivera estaban en el mismo bando. Un día, según cuenta Robles, la ex mujer de Rivera, Mariona Saperas, le dijo: “No te preocupes, Antonio, conozco a Albert desde los 14 años y siempre ha ganado”.

Desde fuera, su peor momento fue su alianza con Libertas, obra del millonario irlandés Declan Ganley, euroescéptico y contrario al aborto. Aquellas elecciones europeas de 2009 fueron el punto de inflexión involuntario. Hubo montones de bajas. Sólo quedaron los fieles. Si en las catalanas de 2010 Ciutadans no hubiera repetido los tres diputados, Rivera sería hoy probablemente un letrado en el departamento jurídico de La Caixa, donde tiene una excedencia mientras sea cargo público. Desde aquel terremoto, Ciudadanos crece. Fue una catarsis: “Ahora jugamos a meter goles en la misma portería. Estamos en el mismo equipo. Todos juegan en su puesto y los roles están asumidos”.

Un origen y una ideología

Ciutadans nació con dos grandes dudas: una, si su aspiración era sobre todo Cataluña o debía dar el paso a España, y dos, si era de izquierdas o de derechas. El primero lo ha resuelto el tiempo: Ciudadanos se presentó a municipales, generales y europeas en sus primeros años y fue un fracaso tras otro. En este segundo intento más de cinco años después, España está en un momento distinto. La historia será distinta.

La salida de Cataluña tiene trampas en el resto de España. Sus rivales se encargarán de recordar el origen del partido y repetirán “Ciutadans” y “Albert”. Es una estrategia que a algunos seguidores de Ciudadanos les aterroriza: es hacer el juego a los independentistas, dicen. “Hay que presumir de ser catalán”, dice en Zaragoza el abogado José Ignacio Martínez. El mismo Rivera en Zaragoza no parece tenerlo tan claro. En su discurso no usa la palabra Cataluña ni catalán. Emplea en su lugar estos cuatro eufemismos: “Mi tierra”, “donde vivo”, “de donde vengo” y “mi comunidad autónoma”.

Sólo utiliza Cataluña cuando le preguntan por el conflicto sobre bienes religiosos entre Aragón y Cataluña. En un desliz similar, la web de Ciudadanos está de momento sólo en español. En abril debería estar en las otras lenguas oficiales. En una ironía sensible, los ingresos en los presupuestos oficiales de Ciudadanos de 2014 son de casi un millón y medio de euros. De esos, casi 1,2 millones provienen del Parlamento catalán por sus nueve diputados. El resto son afiliados (220.000) y las aportaciones de los cargos electos (casi 80.000).

El debate ideológico deberá resolverlo Rivera, si no lo ha hecho ya. Desde el congreso fundacional, la gran unión de Ciutadans fue el antinacionalismo en Cataluña, pero había miembros de todo el panorama político. En el congreso de 2007, el partido giró al centroizquierda. Robles estaba satisfecho: “Yo soy más de centroizquierda, de los países nórdicos. Albert es más liberal”. Le pregunto si a Albert le gustan más los Estados Unidos; “No me hagas hablar”, responde Robles. Rivera dice que para vivir le gusta más Finlandia, donde estuvo de Erasmus: “Me gusta mucho cómo compaginan economía de mercado con redistribución”. Pero para aprender política, nada como Estados Unidos: “La ciencia de la política está en Estados Unidos. Es la NBA. Juegan a otro nivel”. El Movimiento Ciudadano quiere emular la participación cívica en la política: tienen de momento 75.000 personas inscritas. Tienen otra ventaja, según Rivera: “Allí la sociedad civil está viva y aquí está asfixiada por la desidia o las subvenciones”.

En el acto de Zaragoza, Rivera comprobó que es una suerte hablar sin haber tenido que gobernar. Dijo que con los datos en la mano, sobraban universidades y carreras. El moderador le preguntó si había que suprimir los campus de Huesca y Teruel. Rivera dijo que, sin más datos, no lo sabía. Pero si no es en Huesca o en Teruel, si cuando gobierne sobran estudios, sobrarán también profesores y funcionarios. Los funcionarios se manifiestan y votan.

La lucha por la regeneración política en España es otro gran eje de Ciudadanos. De momento, el partido está casi limpio de grandes casos de corrupción. Solo el ex diputado Jordi Cañas está imputado por un caso previo a su entrada en política. Se le acusa de defraudar a Hacienda cerca de medio millón de euros mediante una trama inmobiliaria en 2005, antes de la creación de Ciutadans. Renunció a su acta de diputado, pero ahora es asesor de un eurodiputado de Ciudadanos, Juan Carlos Girauta, en Bruselas. Rivera parece haberlo aceptado a su pesar. Su jefe de prensa entre 2008 y 2009, Daniel Tercero, dice: “No creo que Rivera esté en política para hacer amigos. Puede sonar mal, pero le hace ser íntegro e independiente en sus decisiones”. Con el crecimiento de Ciudadanos en 2015, es admisible imaginar que deberán cortar cabezas. Desde el partido dicen que no les temblará la mano.

Una cara fresca pero precavida

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Albert Rivera entró en política hace casi nueve años. Pero antes ya sabía que le gustaba. En Estados Unidos los aspirantes a políticos saben que deben ir puliendo su biografía desde jóvenes. Los periodistas suelen buscar en la ingenuidad juvenil pistas de convicciones futuras. Rivera lo sabe. Le pregunté por los libros que han descrito su educación intelectual y dijo tres ideales que marcan sus etapas.

El primero es la formación de una ideología de la mano de Norberto Bobbio. “Yo soy una persona de corte liberal”, dice Rivera. “Creo que somos individuos, que concedemos al Estado que gestione unas cosas pero que no nos debe decir qué hacemos, que sería una visión más estatista”. Pero cree que debe haber algún tipo de red de seguridad pública para los ciudadanos. Me lo explicó así: “Yo vengo de una familia de clase media. Me han pagado la carrera en una universidad privada y me han mandado a Londres a estudiar inglés en verano, pero mis padres renunciaron a comprar una segunda vivienda o a irse de vacaciones. Este país no puede tirar a nadie por la borda. Yo mismo soy el ejemplo de que si un año a mis padres les hubiera ido mal no podría saber idiomas o hacer un máster o una Erasmus. Mucha gente no puede hacerlo hoy en España”.

El segundo referente tiene que ver con la etapa catalana de la mano Ayaan Hirsi Ali. La biografía de la política holandesa de origen somalí Ayaan Hirsi Ali, Infiel, le gusta a Rivera por su descripción de “la persecución islamista y por ser una persona hecha a sí misma que a los 22 años se va a Holanda”. Hirsi Ali huyó de un matrimonio acordado de su Somalia natal para denunciar desde Holanda el peligro para Europa si los progres no entienden que no hay que hacer concesiones ante la expansión del islam. El libro de Hirsi Ali es de 2006 y se publicó en España en 2007. Con todas las distancias pertinentes, era la época dura de Albert Rivera en Ciutadans y en Cataluña.

La tercera etapa es el salto a España y su ejemplo es Mandela el sanador. El factor humano, de John Carlin, es un libro que Rivera ha leído hace poco. Con el liberalismo ideológico y tras la brega catalana, llega la hora de la madurez y el salto a España. “Llámenme para buscar soluciones”, dice Rivera en Zaragoza, y también: “Estoy harto de los conflictos”. No quiere ya más peleas. Es obvio que por poco bien que vayan los resultados de Ciudadanos en las municipales, Rivera será candidato de su partido al Congreso de los Diputados. Allí quiere pactos educativos, regenerar los partidos políticos y reformar la economía. Ya no es la hora del enfrentamiento. Es hora incluso de atraer a los catalanes con la promesa de una España nueva, como dice Podemos.

En Cataluña, Rivera es una especie de Pepito Grillo. Al resto de España, llega desde las afueras para poner paz y sabiduría, aunque tenga que soportar de momento ser “Álbert Riera” a ratos. Son dos caras de un mismo político que ha demostrado que sabe rectificar y crecer. “Es una esponja”, dice Antonio Robles. Cuando pasa un tren en forma de oportunidad, lo coge.

Rivera ha llegado al escalón donde -como ocurre en Zaragoza- cuando sale de una sala, un enjambre de asesores, fans, periodistas y compañeros de partido le siguen. Mucha gente quiere algo de él. Pero él aún tiene por definir su recorrido. Rivera habla más natural que otros, pero tiene siempre activado ese tic aparentemente insalvable en un político de “no me vais a pillar”. Siempre está algo a la defensiva, aunque sea poco. “Mis gustos son eclécticos”, dice Rivera. Está por ver cómo de eclécticas acaban siendo esas ideas si tiene que aplicarlas en Madrid.

El director de los sentidos

Fotografías: Dani Pozo

Pablo Heras-Casado dirige sin batuta, dejó el conservatorio a medias y se lo rifan orquestas de medio mundo porque no hay repertorio que se le resista. Estrena ‘El Público’ en el Teatro Real, una ópera basada en una obra de Lorca. Para él, música es “emoción”, “comunicación” y “trabajo”.

Reportaje gráfico: Dani Pozo.

Pablo Heras-Casado dirige sin batuta, dejó el conservatorio a medias y lleva orquestas en Londres, Friburgo o Nueva York porque no hay repertorio que se le resista. Ahora estrena ‘El Público’ en el Teatro Real, una ópera basada en una obra de Lorca. Para él, música es “emoción”, “comunicación” y “trabajo”.

Pablo Heras-Casado empezó en la música desde abajo y por instinto. En su familia nadie toca un instrumento. Pero “con dos años ya hablaba perfectamente e incluso cantaba”, recuerda orgullosa su madre, Carmen. Un poco antes de cumplir los ocho, madre e hijo se apuntaron a un coro de aficionados en su Granada natal. Con el tiempo, Carmen lo acabó dejando y a su hijo le picó el gusanillo por la dirección. Se pasó al otro lado y empezó a guiar a sus amigos a través de la música antigua, el repertorio que lo enamoró desde el principio. Él lo hacía todo. Reunía a los cantantes, buscaba las partituras, hacía la promoción de los conciertos.

Tres décadas después, Pablo Heras-Casado (1977) responde cuando lo llaman “maestro”, ese término solemne que sirve para dirigirse a los directores de orquesta. Pero casi todo el mundo lo llama sencillamente Pablo. También en el Teatro Real.

Desde hace tiempo juega en la primera división de los directores de orquesta y el año pasado fue distinguido como maestro del año por la revista Musical América. En 2007 ganó el prestigioso concurso de dirección musical de Lucerna encandilando a su fundador, Pierre Boulez, uno de los compositores imprescindibles del siglo XX. Desde entonces, su vida ha sido una montaña rusa. Ha dirigido a la Filarmónica y a la Staatskapelle de Berlin, los portaaviones que comandan Simon Rattle y Daniel Barenboim respectivamente. También las principales formaciones de Londres, Chicago, Boston o Múnich.

En septiembre fue nombrado principal director invitado del Teatro Real de Madrid. Lo compagina con el cargo de titular en la orquesta de St. Luke’s en Nueva York. Por la Gran Manzana pasa parte de su presente y quizás de su futuro. En 2013 deslumbró en la Metropolitan Opera de Nueva York dirigiendo Rigoletto de Verdi. Desde que se anunciara el adiós de Alan Gilbert como director de la Filarmónica de Nueva York, el nombre de Pablo ha comenzado a sonar en todas las quinielas. Es “fascinante” y “dinámico”, en palabras de Anthony Tommasini, crítico jefe del New York Times.

Todas las miradas se dirigen hacia él, pero sus ojos azules se concentran en la enorme partitura que descansa en su atril del Teatro Real de Madrid. Viste una camiseta negra de manga corta. No utiliza batuta. Es zurdo y nunca se sintió cómodo con ella. Dirige con autoridad a más de cien músicos con los que el próximo 24 estrenará El Público, una nueva ópera basada en la obra de teatro homónima de otro granadino, Federico García Lorca.

Lorca, flamenco y música contemporánea

Es una de esas obras de I+D, de alta tecnología. La música es contemporánea, compuesta por Mauricio Sotelo, presente en los ensayos. Incluye a tres cantaores, un percusionista y un guitarrista flamencos, que causan sensación entre los miembros de Klangforum, la orquesta recién llegada de Viena y que es, en esta ocasión, la elegida para la obra por su especialización en música contemporánea. Más de un miembro del conjunto saca el móvil para fotografiarlos, pero ellos están más pendientes de su papel que de los curiosos. La música pautada es para ellos una novedad. “No sé muy bien cuándo tengo que entrar”, se lamenta Cañizares, el guitarrista, sobrepasado por los cientos de compases de la partitura.

“No te preocupes, yo te aviso”, le responde Heras-Casado sin convencerlo del todo.

Unos minutos después, Pablo lo mira, le da una entrada clara, señalándolo con el dedo, y el guitarrista entra en el sitio sin mirar la partitura. “¿Lo ves? ¿Ves cómo era fácil?”, ironiza en el descanso con una sonrisa.

“Yo no soy flamenco, pero para mí es un lenguaje materno”, me explica el director unos minutos después durante una larga comida. “Y eso, o más ampliamente sentir la música con naturalidad, es fundamental”.

Pablo Heras-Casado durante un ensayo

Desde hace años, a Heras-Casado le gusta comer en la Taberna Real, desde donde se avista el teatro. Cuando entra, media docena de camareros se le acercan y lo saludan cariñosamente. Se nota que es de la casa. El maestro es de buen comer y le encantan las largas sobremesas. Pide jamón ibérico y unos solomillos fritos con ajos, duda sobre la escarola con foie y enseguida comienza a hablarme de Granada, de sus inicios y de lo emocionante que es no tener una estrategia a medio y largo plazo.

Los caminos de la naturalidad son inescrutables. A muchos, sobre todo a los que quieren seguir sus pasos, les sorprende que Heras-Casado no haya completado sus estudios en el conservatorio. Los dejó a medias, como la licenciatura de Historia del Arte que empezó en Granada. “Me di cuenta de que las clases no me interesaban y que podía hacer más cosas fuera. Otros lo han hecho y les ha ido bien”, señala. “No sé qué títulos tienen Muñoz Molina, Vargas Llosa o Javier Marías. Pero nadie se los pide. Lo importante es trabajar muy duro y lo que al final seas capaz de hacer”.

“Quiero hacerlo todo. ¿Por qué limitarse?”

A otros les sorprende su pasión por la música antigua. Fundamentalmente el Renacimiento y el Barroco, considerados habitualmente un segundo plato de una industria de la música clásica muy centrada en el siglo XIX. Muchos directores y profesionales de prestigio optan además por especializarse en un período o autor concreto. En su caso, ir a la contra es un reclamo. “Nunca me he adscrito a ninguna corriente, nunca me he conformado con ninguna escuela. Quiero hacerlo todo.

Cuando Pablo dice todo, quiere decir todo. Se dedica a la música porque le gusta. Nada más simple. “No hago esto por obligación y podría verme haciendo otra cosa”, advierte para distanciarse de los músicos que exhiben su vocación como una suerte de destino sin escapatoria.

Para directores como Valery Gergiev, al frente de la Orquesta Sinfónica de Londres y del teatro Mariinsky de San Petersburgo (plazas donde también ha actuado Heras-Casado), la música es el 99% de su tiempo. Para el granadino, según reconocía en una entrevista con la violinista de la Met Yoon Kwon, es un 70%. Y su atención se diversifica enormemente.

Al debutar en 2011 con la Filarmónica de Berlín, el templo de Herbert von Karajan, lo hizo con obras del siglo XX: Luciano Berio y Karol Szymanowski. En el programa de su estreno con la Filarmónica de Nueva York, hogar de Leonard Bernstein o Zubin Mehta, estaban partituras que no fueron escritas hasta bien entrado el siglo XX por Britten, Bartók o Shostakovich. Como contrapunto, además de la música antigua, están conciertos y discos centrados en Verdi, Mendelssohn o Schubert.

“Me encanta ver que hay jóvenes directores como Pablo que se vuelcan en un repertorio tan amplio, desde la música antigua a la contemporánea”, escribe Daniel Barenboim por correo electrónico desde Berlín. “Es una de sus principales virtudes”, coincide en conversación telefónica Katy Clark, presidenta de la orquesta St. Luke’s, donde Heras-Casado es el director titular.

Del Renacimiento a Stravinsky hay un paso

Se podría decir que Heras-Casado empezó en la música clásica por el principio. Juan Ángel Vela del Campo, crítico de música clásica de El País, lo recuerda desde sus tiempos en festivales españoles de música antigua, a los que aportaba “dedicación y frescura”. Según cuenta, tenía toda la lógica porque era el repertorio que tenía más a mano. Pero pronto se atrevió con más. “Hay que reconocerle que le echa valor”, dice. “No le teme a grandes obras como Carmen, La flauta mágica o Rigoletto”.

Según Vela del Campo, la carrera de Heras-Casado dio un salto hasta convertirse en el equivalente a “un chef con tres estrellas Michelín” al ganar el concurso de dirección de Lucerna, con los prestigiosos Pierre Boulez y Péter Eötvös como jurado. En Heras-Casado y Eötvös pensó Boulez para hacerse cargo del festival cuando le faltaron las fuerzas físicas, algo que no pasó inadvertido para ningún ojeador.

Pablo Heras Casado, en un ensayo en el Teatro Real

Para su entorno, es buena señal que Heras-Casado siga siendo un incondicional de la paella, el cocido y las judías con chorizo de su madre y que los prefiera a los platos de los restaurantes más exclusivos. Los éxitos se suceden pero sigue siendo Pablo.

Heras-Casado ve su evolución con naturalidad, sobre todo en lo que se refiere a la música contemporánea. “En el repertorio clásico hay muchos matices, indicaciones escritas de cómo hay que interpretar un pasaje”, dice. “Pero en la música antigua no hay nada. Sólo están la materia, la línea y las cualidades físicas y emocionales que hay que saber extraer. Una vez interiorizas eso, lo puedes aplicar a una sinfonía de Brahms o a un ballet de Stravinsky”.

Los espectadores, por lo general, no son tan versátiles y les cuesta apreciar el repertorio del siglo XX. Donde antes había melodías que se pueden silbar, ahora hay sonidos confusos y desordenados cuyo disfrute requiere una cierta preparación previa. A Heras-Casado esa sensación le crispa. “Cuando alguien dice aquello de ‘la música clásica me gusta pero no la entiendo’, me produce una reacción… ¿Para qué deberías entenderla?”, se pregunta. “¿Quién entiende cómo está hecha una película de cine? ¿Alguien piensa que es poner una cámara y a alguien delante? No. Como el cine, la música tiene sus códigos y son complejos. Pero tampoco entiendes la Quinta Sinfonía de Beethoven, Las Meninas o la basílica de San Pedro en el Vaticano. Nunca llegaremos a comprender intelectualmente lo buenas que son pero estamos muy familiarizados con sus códigos”.

“La música es emoción y destreza”

¿Cómo seduciría a alguien apartado de la música clásica para que escuchase un álbum o fuese a un concierto? “Le hablaría de la emoción y de cómo se puede conectar con ella”, dice sin dudarlo. “También de la destreza que hace falta para interpretarla, claro. Al final, es sólo una cuestión de apertura. De tener los oídos limpios, el corazón abierto y la mente completamente despejada sin buscar referentes a los que agarrarse”.

Por desgracia, en España encuentra un “desinterés y un gran desprestigio hacia el arte desde las instituciones”. Contrasta “con la avidez del público, que sí que busca la música, va a los teatros y llena los festivales”. Según él, el desprecio se concreta en medidas como el llamado IVA cultural: la subida del 8 al 21% el impuesto para entradas de cine, espectáculos o DVD. “Es un despropósito” tras el que se encuentra la pretensión de mercantilizar el arte. “Un museo o una catedral no tienen por qué ser rentables. Se trata de nuestra memoria y nuestra identidad. El arte es la esencia de un pueblo. Con eso no se puede hacer negocio”.

Pero entre el negocio de masas y los clubes de eruditos hay un término medio. Es ahí donde Heras-Casado se reivindica como un “comunicador” y como un “canal” entre el compositor y el público. “Yo no digo que no leo las críticas y por supuesto no vivo al margen del público. Encerrarse en uno mismo no tiene sentido. La obra está escrita ya, no se puede mejorar. Lo que hay que hacer es transmitirla, no permitir que sea inaccesible”. El director granadino es usuario habitual de las redes sociales, acepta una mala crítica como parte del juego y se lleva bien con la prensa: “En el mundo en el que vivimos, un medio de comunicación es un gran altavoz. Que en un periódico o en un teléfono móvil se hable mañana de Bach o de Lorca es también parte de mi misión”.

Pablo Heras-Casado dirige El Público

Correr, bicicleta, bikram yoga

Si Heras-Casado dedica un 70% de su tiempo a la música, ¿a qué dedica el otro 30%? Al maestro le gusta el deporte y se podría decir que está en forma. De pequeño le encantaba jugar al fútbol con sus amigos, cuenta su madre. Ahora corre, monta en bicicleta y desde hace un tiempo se deja seducir por el bikram yoga. Además, ha comenzado a colaborar con Ayuda en Acción, en cuyo beneficio dará un concierto en Madrid. Pero lo único de lo que no puede prescindir es de su Granada y el barrio del Albaicín, donde se ha hecho con una casa tradicional -lo que en Granada se conoce como “un carmen”– que está acabando de restaurar. Allí se escapa siempre que puede precisamente para no perder la perspectiva al subir al atril.

“Mi relación con Granada sigue intacta”, explica. “Conservo los amigos de entonces y la distancia no ha hecho sino refinar las relaciones que ya tenía, hacer que salga la esencia. Me ayuda a mantener los pies en el suelo”.

Lydia Connolly, directora operativa de Harrison Parrot, la agencia de representación de Heras-Casado, lo corrobora. “A lo largo de los años le he escuchado preguntarse si para ser director, para entrar en ese club, debería cambiar su manera de ser y adaptarse a algo. Siempre ha concluido que no y que tenía que seguir siendo él mismo. Eso y mucho trabajo es la clave de su éxito”, me dice por teléfono desde Londres.

Así ha conseguido llegar a ser “el director español más internacional”, cuenta Joan Matabosch, el responsable artístico del Teatro Real, que lo ha fichado como principal director invitado durante las próximas tres temporadas. “Lo queremos porque es el mejor”, resume con entusiasmo. Y él quiere al Real porque lo acerca a Granada y porque es el principal teatro de ópera de España.

“En cualquier sitio puedo sentirme bien si hago música con artistas con los que tengo una conexión. Ésa es mi patria”, dice hacia el final de la comida, regada con cerveza, vino y un par de licores. “No te preocupes, habiendo comido bien, no hay problema”, me tranquiliza antes de un complejo ensayo de tres horas. “A pesar de todo esto, mis raíces, lejos de evaporarse, me salpican cada vez más. Desde San Francisco o desde cualquier otro sitio hablo con mi carpintero o con mi jardinero de Granada. Muchas veces he ido directamente desde el aeropuerto al bar Kiki, en el mirador de San Nicolás, a la taberna La Tana o a Provincias, cerca de la catedral, en el callejón más escondido. Son los bares de siempre y allí están mis amigos, a los que más que hablarles de mis actuaciones, les escucho”.

Allí no cuenta generalmente momentos como el que recuerda Katy Clark, la presidenta de la orquesta de St. Luke’s de Nueva York: “El día de nuestro debut en el Carnegie Hall pensé que no sería capaz de subirse al atril. Arrastraba una gripe horrible durante días y ese día llamamos al médico, temblando por él y por el concierto. No sé cómo lo hizo pero al salir del escenario su enfermedad se evaporó. Fue un concierto impresionante”.

A mediados de marzo, al terminar las funciones de El Público en Madrid, Heras-Casado se va de gira con la orquesta barroca de Friburgo, con la que pronto grabará en España dos sinfonías de Mendelssohn. El futuro da vértigo. Ya tiene proyectos apalabrados “para 2021 y 2022”, reconoce. Los elige pensando en repertorios distintos en una relación con las orquestas que dirige. En ellas valora lo mismo que en sí mismo: “Que les guste arriesgar y sean flexibles”.

Por eso, ante la pregunta de si la vida o la inercia le han ido llevando hacia las entrañas de la música, la respuesta es tajante: “No, la vida no. Yo he ido llevando a la vida paso a paso, pero sin pensar más de la cuenta en las consecuencias”. Heras-Casado, o Pablo, apura el licorcito, se despide de los camareros y pone rumbo a la sala de ensayo.

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