The desnudas

EEUU DESNUDO:NY078. NUEVA YORK (ESTADOS UNIDOS), 19/08/2015.- Una mujer semidesnuda es vista hoy, miércoles 18 de agosto de 2015, en Times Square, Nueva York (Estados Unidos). Las mujeres se llaman a sí mismas "Desnudas" y posan por fotografías a cambio de propinas. EFE/JASON SZENES

Desde el verano del 2013, The desnudas, como son conocidas, proliferan por la zona de Times Square, en el corazón de la capital neoyorquina. Son mujeres jóvenes, fundamentalmente latinas, que con un escueto tanga y los pechos pintados de colores patrióticos se ofrecen a posar con los turistas a cambio de una propina. Este verano la cosa ha ido a más por la supuesta agresividad con la que reclaman el dinero.

En la imagen, una “desnuda” en Times Square el pasado 18 de agosto. EFE/JASON SZENES 

Una “desnuda” en Times Square el pasado 18 de agosto. Posan a cambio de propinas. EFE/JASON SZENES

En Taxi Driver, Robert de Niro interpreta a un veterano del Vietnam que -ante su insomnio crónico- consigue una plaza de taxista. Nueva York es el escenario de su progresivo envilecimiento moral, en el que será testigo directo del vertiginoso descenso de la sociedad hacia los abismos de la miseria y la depravación. Un fresco urbano, el de Times Square (TS), repleto de camellos, chulos, putas y luces de neón se abre al espectador en una Nueva York, años ‘70, gris, corrompida e infestada de gentes de mal vivir.

Desde el verano del 2013, proliferan por la zona mujeres jóvenes, fundamentalmente latinas, que con un escueto tanga y los pechos pintados de colores patrióticos, se ofrecen a posar con los turistas a cambio de una propina.

Tampoco es que las desnudas -como las llaman en NY- hagan su agosto, pues trabajando entre 10-12 horas diarias, sus ingresos medios por jornada rondan los 300 dólares. En septiembre, cuando empieza a refrescar, se vuelven a Miami.

Pero este verano la cosa ha ido a más y la polémica suscitada en los medios a raíz de las quejas -que se amontonan en la policía- por la supuesta agresividad con la que reclaman el dinero, ha despertado la atención de los políticos, lo que no quita para que a los turistas les siga fascinando la destreza de estas mujeres para guardar las propinas -sin ropa ni bolsillos- en su desnudo cuerpo.

La mitad de las denuncias procede de los que se consideran ofendidos por las desnudas y la otra mitad, de quienes se incomodan porque las mujeres los atosiguen o los toquen, manchando sus trajes.

El malquerido alcalde Di Blasio

La degradación urbana que reflejaba Taxi Driver dejaba al descubierto el lado más oscuro de NY, que Scorsese eligió porque representaba el desorden en el que vivía el personaje encarnado por De Niro.

Años después, ese TS caótico, peculiar e indiscutible icono que sigue atrayendo a los turistas es, de nuevo, un lugar inseguro, alejado del tiempo en que el sheriff Giuliani limpió la ciudad.

El malquerido alcalde de NY, Di Blasio, no quiere que mendigos agresivos intimiden a los turistas, que bastantes tasas pagan ya como para encima ser víctimas de estos artistas. Así que ha puesto en marcha una task force  (funcionarios, políticos locales y empresarios) para buscar soluciones y, entretanto, 100 efectivos policiales empezarán a patrullar la zona en octubre.

Y es que en NY no faltan leyes que regulan la mendicidad, prohíben dormir en las calles, defecar o copular en lugares públicos, por no hablar de los perros sin licencia. Pero cada vez se cumplen menos.

Más que las desnudas, lo que realmente preocupa a la policía de NY es que TS se haya convertido en el centro de reunión de personajes disfrazados (desde superhéroes hasta iconos de Disney) cuyo aumento está provocando altercados y detenciones. Solo cuentan con el apoyo de quienes defienden que pasar el día disfrazado a cambio de unos pocos dólares es un medio de trabajo.

Hace tiempo que NY dejó de ser el referente mundial para convertirse en una ciudad desbordada por el crimen violento, la pobreza, la discriminación racial, el ruido, la contaminación, la suciedad y la corrupción a todos los niveles; una ciudad en la que escasean las escuelas, el empleo y la justicia para todos y donde la gente orina en la calle. Así que no les falta razón a quienes piden al alcalde que limpien el metro -cada vez más sucio, ruidoso y peligroso- y dejen a las desnudas en paz.

La ley, a favor de dejar de ver la desnudez como algo inmoral. Estas mujeres tienen de su lado el derecho desde que -hace 20 años- el TSJ del Estado consideró legal llevar los pechos al aire en NY. Pero el alcalde insiste en que no son artistas creativas sino mendigas cuyos agresivos intentos por sacarles el dinero a los turistas deben ser regulados.

Ellas ya han reaccionado, tachando la medida de injusta, además de suponer un despilfarro de recursos: ‘nos quieren criminalizar cuando no estamos haciendo nada malo y hay problemas mayores en la ciudad’.

¿Mendicidad o arte urbano?

Algunos ven aquí un trato discriminatorio porque, si bien la ley del Estado de NY limita la posibilidad de que las mujeres trabajen en top less (en público, con propósitos comerciales), no existe normativa similar para los hombres. Buen ejemplo de ello es el Cowboy Desnudo que, con guitarra, sombrero y botas, actúa en calzoncillos y es todo un icono de la zona.

Tampoco la policía contempla detener a las mujeres por indecencia pues se podrían defender aduciendo que son artistas urbanas. La raya que marca la intervención es el robo, el asalto que no está protegido por la Primera Enmienda de la Constitución, mientras los críticos sostienen que considerar la vulgar mendicidad como ‘expresión artística’ es risible.

Habrá que ver cómo nuestras alcaldesas nacionales afrontan la cuestión de las desnudas que, a no tardar, tendremos en las plazas y calles de Madrid y Barcelona, posando para los turistas de provincias que no van a desaprovechar la ocasión de retratarse con la maciza envuelta en los colores de la bandera de turno.

Los personajes disfrazados -gente pacífica que se contenta con la propina ocasional- llevan tiempo en nuestro asfalto, sin indicios conocidos de violencia. Parecen, aquí, improbables episodios como el de NY donde la policía arrestó a un individuo disfrazado de Olaf -un personaje de ‘Frozen’- después de que una mujer lo acusara de rechazar su propina de un dólar, exigiendo que le diese veinte.

La masa neutra

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Por un lado, dice el autor, están los secesionistas, ‘Junts pel Sí’, que ya se sabe lo que quieren al haber abandonado los convergentes su ambigüedad; haciéndo la goma, ‘Catalunya, Sí que es Pot’ (Podemos e ICV); ya en el pelotón están los unionistas, que no buscan la independencia pero amparan las señas de identidad del catalanismo y, por último, la ‘masa neutra’, casi un 40% del electorado que tradicionalmente se abstiene y que ahora podría inclinar –en un sentido u otro- los resultados de unas elecciones inauditas.

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El catalanismo político se sostiene en dos pilares sobre los que ha ido fraguando la idea de una Cataluña desgajada del resto de España: la defensa de intereses económicos y el arraigo de una cultura.

El proceso ha ido tomando velocidad, a medida que crecía una tensión -contenida pero evidente- desde el pasado ‘adéu, Espanya’, de Joan Maragall, a la provocación: ‘Catalunya no és Espanya’, con escala en la burla y la acusación directa: ‘Espanya ens roba’. El zigzagueo parecía indicar que, aparte de amagar -para negociar mejor- los soberanistas no llegarían más lejos.

Sin embargo, a partir del desenlace de esta ingeniosa comedia que ha relegado a sus protagonistas políticos a papeles de actores de reparto -puestos cuarto y quinto de la candidatura- las opciones -entre ellas las rupturistas- se van decantando, de cara a los comicios del próximo otoño.

Por un lado, los secesionistas, ‘Junts pel Sí’, que ya se sabe lo que quieren al haber abandonado los convergentes su ambigüedad;  haciéndo (en términos ciclistas) la goma, ‘Catalunya, Sí que es Pot’ (Podemos e ICV); ya en el pelotón están los unionistas, que no buscan la independencia pero amparan –con mayor o menor brío- las señas de identidad del catalanismo y, por último, la ‘masa neutra’, casi un 40% del electorado que tradicionalmente se abstiene y que ahora podría inclinar –en un sentido u otro- los resultados de unas elecciones inauditas.

Romper la indiferencia

A principios del siglo pasado, Antonio Maura -en cinco ocasiones jefe del Gobierno durante el reinado de Alfonso XIII, mallorquín, y padre de diez hijos- apostaba por una reforma que atrajera a la “masa neutra”, a saber, los indiferentes en política o que se abstienen de intervenir en ella. Su tesis, típicamente regeneracionista, consistía en que despertar a la multitud inerte debía empezar por el municipio. Sólo evitando la intervención excesiva de la Administración Central se lograría la regeneración del sistema político.

A Maura -que no admitía ‘el reconocimiento de cualquier tipo de personalidad regional que supusiera hacer jirones la Patria’ pero que, a fuer de mantener la cercanía con Cambó, acabó aceptando enmiendas que favorecían una germinal autonomía catalana- se lo llevó por delante la represión de la Semana Trágica, que terminó por colapsar también el propio sistema político de la Restauración. Luego, sí, tuvo una resurrección, pero ya fue otra cosa.

Los planes del político conservador -movilizar la abstención para desterrar la impresión de que el Gobierno se asienta sobre un inmenso desistimiento popular- se quedaron en intento y aún habría que esperar más de setenta años para hacer las reformas -desde el poder- evitando trazados revolucionarios, uno de los méritos de la Transición del 78.

Ahora asistimos a un momento de la historia en el que el ‘català absent’, podría convertirse en actor principal. Y es que, de que mengüe el nivel de abstención –que supera el 38%- en las cuatro provincias catalanas, puede depender el resultado de unas elecciones que se van a terminar desarrollando en clave plebiscitaria, por mucho que se insista en que solo son autonómicas. Esa manía nuestra –tan madrileña- de encubrir la realidad, igual que la de confundir, como sucede en el discurso oficial del momento, la firmeza con lo que en realidad es mera inacción.

La desafección hacia el sistema

A la inhibición estructural hay que sumarle una crecida desafección hacia los hábitos del sistema, que parte del  desprestigio de la clase política, alimentado por ella misma. A ello, se añaden otros factores genuinos: las bases del PSC, fieles en comicios generales y municipales, se han sentido escasamente motivadas cuando se ha tratado de la Generalitat y las europeas; pero también, el abstencionismo -fabricado por los nacionalistas desde 1995- fruto de los sucesivos apoyos de CiU a los gobiernos de González y Aznar y del desencanto progresivo del electorado que secundó, en su momento, el espectacular crecimiento de ERC.

Atraer y convencer a los que nunca votan es, sin ningún género de dudas, el impulso prioritario. No ha lugar el desistimiento cuando se trata de algo tan trascendente como mantener o quebrar la unidad de cinco siglos de la nación española.

A esa masa que odia a los políticos, sin atender a matices, a esa sociedad silente, es a la que apelar ya que hay que convenir, sin optimismos que no vienen a cuento, que aunque se acomoden en el sigilo –al margen de legítimos sentimientos- son mayoría los contrarios al corolario soberanista.

Puede que tengan razón quienes dicen que Barcelona vuelve a ser una ciudad con la moral baja pero también es justo reconocer que la situación no es comparable con aquellos últimos días de julio de 1909, en que se entrecruzó el problema catalanista –sobre todo- con la reivindicación social, en aquella ocasión de tinte anarquista.

Maura, que apenas había tenido que afrontar dificultades importantes en su gestión de gobierno, vio cómo los acontecimientos de ese verano, determinaron, en buena medida, el cambio de rumbo de la política española.

Aunque de esto hace ya un siglo parece como si la historia de España se repitiera en bucle interminable. El futuro próximo depende de una adecuada gestión de los valores -sin fiarlo al miedo- capaz de motivar a una gran parte de esa ‘masa neutra’.

Pero no será fácil. Para Stanley Paine, “la sociedad española está anestesiada por anti-valores que desmovilizan a la gente, con un horizonte vital basado en disfrutar de la mejor forma posible”. Resulta, pues, complicado activar, según el hispanista, a quienes tienen pocas “ambiciones trascendentales”.

Por ello, tesón y talento, sin caer en confrontaciones estériles con quienes niegan -con soltura- que la independencia dejaría a los catalanes fuera de las instituciones europeas, incluido el Banco Central Europeo.

 

La alineación

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Ya tenemos servida una de las alineaciones, con los candidatos que encabezarán la lista llamada a liderar el proceso soberanista de Cataluña y que son –por orden de aparición en escena- Romeva, Forcadell, Casals, Mas y Junqueras. Les ha costado ponerse de acuerdo pero este elenco busca alzarse con la mayoría en unas elecciones convocadas con propósitos plebiscitarios.

mas1Quedan pendientes trámites legislativos -incluida la aprobación de los presupuestos de 2016- pero parece irrebatible que las elecciones generales deberían coincidir, en el tiempo, con las catalanas de manera que no se vuelvan a dejar bazas valiosas en manos de quienes han trazado una agenda antagónica a los intereses de España: la estabilidad institucional, política y económica.

Y es que ya tenemos servida una de las alineaciones, con los candidatos que encabezarán la lista llamada a liderar el proceso soberanista de Cataluña y que son –por orden de aparición en escena- Romeva, Forcadell, Casals, Mas y Junqueras. Les ha costado ponerse de acuerdo pero este elenco busca alzarse con la mayoría en unas elecciones convocadas con propósitos plebiscitarios.

Y aquí comienzan las dudas. ¿Qué significa que las elecciones sean plebiscitarias en lugar de autonómicas, siendo estas las que eligen a quienes van a administrar los impuestos y asignar partidas presupuestarias a sanidad, educación, servicios sociales y demás renglones?

Para los padres intelectuales de la táctica aventurista -números 4 y 5 de la papeleta- pasar desapercibidos en lugares menores no ha sido mayor condena, no se vaya a notar que no han querido tomar decisiones en la legislatura, camuflando la ausencia de gestión al amparo de la independencia.

El tiempo que lleva Cataluña sin gobierno no es, pues, tan decisivo como esta colla castellera, encaramada en lo alto de la lista, que ha galvanizado el galope independentista, a través de la movilización social. Pero cuidado porque, si salen los números, -ya está acordado desde ahora- el presidente de la Generalitat sería el Molt Honorable Senyor Artur Mas. La típica componenda, tan española ella, que, podría estar evidenciando el sacrificio de quienes prefieren cubrirse así las espaldas por si hubiera que asumir las culpas de una derrota.

Y uno no puede evitar preguntarse qué pasaría si la lista alternativa la pudieran protagonizar quienes -sintiéndose catalanistas- no quieren la independencia de Cataluña. Es una lástima que algunos de ellos -Miguel Roca, Josep Piqué…- tengan tareas irremplazables que les impiden formar parte de una alineación -para muchos- ganadora.

Y Duran i Lleida, Carme Chacón…, referencias sólidas para aplacar la pretensión secesionista, por no hablar de Albert Rivera, que ha preferido jugar el partido en Madrid, lo que no deja de ser un error, cuando lo que está en juego es una urgencia. First things first.

Pep Guardiola

Cebar el odio…

El alcalde de Sant Vicenç dels Horts, ya se ha manifestado –sin ingenuidad alguna- dispuesto a ‘colarle goles al Estado’. Cuenta con apoyos inequívocos, entre otros, el de Pep Guardiola, que defiende la separación de España y lo hace apoyándose en el prestigio que le han dado los triunfos de un equipo de época. No va a encontrar enfrente las voces de Pau Gasol o Andrés Iniesta -por citar unionistas- porque la modestia de unos no se compadece con los aspavientos de otros. De ahí la urgencia por reforzar la defensa y contar con un arquero seguro.

Y todo este -ya inmediato- oleaje en el estanque político, nos lleva a plantear cuestiones de otra cuantía. En primer término, la parsimonia del gobierno para derramar, en defensa de la unidad, inteligencia emocional en abundancia, que -dejando los errores a la ansiedad secesionista- compense la deserción del Estado en las últimas cuatro décadas. Poco tiempo le queda para hacerlo.

Y esto ha de ser compatible con el respeto mutuo porque se han cometido cantidades industriales de errores, en ambas direcciones, que han servido para cebar el odio y ensanchar la distancia. Para los que admiran lo catalán -y somos muchos- resultan incomprensibles conductas, valoraciones y actuaciones recientes. Para los catalanes juiciosos, idéntico desconcierto ante la torpeza reiterada por parte de quienes no entienden de emociones ni de tesoros culturales, verbigracia la lengua.

La defensa de la Constitución y el imperio –desacomplejado- de la ley son la mayor garantía. Y esto vale para el conjunto del Estado, incluida la Generalitat y los municipios catalanes, por lo que me ahorro la enumeración. Ni dentro ni fuera de España se entenderían desenlaces que -de acuerdo con los resultados de sondeos que se van conociendo, 50/50- trataran de imponer soluciones extremas.

Y es que para que el partido sea limpio, hay que informar a los electores de las consecuencias de la decisión: ¿quien financiaría  a una Cataluña independiente y a qué precio? ¿Cuanto tiempo vagando sin protección española ni europea?

Así que, a sacudirse la galbana y facilitar -cuanto antes- la segunda de las alineaciones que se esperan. Todo es cuestión de madrugar, que ya se sabe que “la Casa Gran” no da tregua. Ahí va una pista: Durán, Rivera, Chacón, Espada… Hagan juego y comparen.

 

 

Sirtaki lento para un oscuro e incierto verano

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El verano del 2015, predice el autor, se presenta oscuro e incierto y un lento sirtaki bien puede servir como telón de fondo para la agonía, la recriminación y el dracma. El resultado del referéndum griego no es sólo un problema del país que votó el domingo. Los tentáculos del “No” alcanzan de lleno a las economías de no pocos países para los cuales el estío será un mar de incertidumbre.

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En aquellos largos veranos de los sesenta –de siesta y cine a la fresca– viendo ‘Zorba el griego’, la película cuya música había creado el gran Mikis Theodorakis y que se convirtió en una seña de identidad para Grecia, aprendimos a dar los primeros pasos del sirtaki.

Estaba protagonizada por una joven Irene Papas –a la que tuve ocasión de conocer en 1992 en s’Estaca– y por Anthony Quinn que acudió al rodaje con un problema en la rodilla y como no podía bailar tuvo que arrastrar la pierna para poder terminar ciertas escenas.

Volviendo al domingo, en las primeras horas, la consulta ya se habría cobrado dos piezas: Antonis Samaras, ex primer ministro y jefe de Nueva Democracia (el PP griego) y Yanis Varoufakis, el controvertido ministro de finanzas heleno .Una vez más, las casas de sondeos se la han vuelto a pegar. Daban un empate técnico –como resultado del referéndum– pero el tanteo quedó 61-38. Y como no atinaron, una vez que se conocieron los resultados reales la gente se fue a la cama –con los pies fríos y la cabeza caliente– sin acabar de tener claro lo que pasaría al día siguiente.

Pero el sirtaki del día después arrancó -en versión rápida- con pérdidas en las Bolsas y aumento de la prima de riesgo: en España, 15 puntos básicos, hasta los 161, mientras la helena se desmelenaba, hasta los 1.700 puntos básicos.

Los bancos de inversión pronto anticiparon que el resultado –inesperado– abría un periodo de volatilidad, pero la realidad es que, a pesar de los pesares, el mercado parece haber encajado el golpe con serenidad, lo que pone en perspectiva la dimensión de Grecia (el 2% del PIB de la zona euro, 1% del de la Union Europea)

Croacia, Rumanía y Bulgaria, riesgo de contagio

Sin embargo,  el problema no es exclusivamente griego, ya que el sistema financiero heleno –a través de las filiales de sus bancos– está muy entreverado a los de Croacia, Rumania y Bulgaria. Por eso es de esperar que los spreads (primas de riesgo) de estos países aumenten –el cálculo oscila entre los 20 y los 50 puntos básicos– en el verano perentorio que nos espera.

Y ahí aparece una fecha próxima y crítica, el 20 de este mes de  julio, día en que le vence a Atenas el plazo para el pago de 3,500 millones de euros deuda al Banco Central Europeo. Si este corre la misma suerte que el impago de deuda -1,500 millones de euros (default) que dejó de abonar al Fondo Monetario Internacional (FMI)- las luces rojas se encenderán con estruendo.

El FMI –que, a buenas horas, ha reconocido que cometió errores en su rescate de Grecia– de momento se queda fuera de la pista, si bien se ha desmarcado con un informe tardío –en vísperas de la enrevesada consulta– que ha sentado como un tiro en la Eurozona. Lagarde sorprende con un desnudo integral: los griegos necesitarán 50,000 millones de euros en los próximos tres años y sus socios europeos no tendrán más opción que reestructurar la deuda helena o, simple y llanamente, condonar una parte. O sea, restructuración o quita. O ¡las dos!

Pero antes de calibrar las opciones de futuro, conviene poner sobre la mesa una serie de evidencias: la exposición de los bancos occidentales a Grecia es insignificante; en torno al 80% de la deuda griega está en manos de acreedores públicos; la situación macroeconómica en Irlanda, España, Portugal ha mejorado y el BCE tiene los medios de contener el efecto contagio a países sensibles de la eurozona.

La fe del acreedor vs el agnosticismo del deudor

Los mercados estaban convencidos del triunfo del ‘sí’ en la consulta, lo que no deja de ser la manifestación palmaria de la fe interesada del acreedor frente al agnosticismo del deudor. Pero esta quiebra de sus deseos se va a traducir en una mayor volatilidad, hasta que se vislumbre, o no, la fumata blanca de un acuerdo. Es decir, que la espera estará marcada por la indecisión hasta que no quede claro hacia dónde –un crédito puente, un tercer rescate…– se encaminan las negociaciones.

La dimisión táctica de Varoufakis y su reemplazo por Euclides Tsakalotos, ‘el aristócrata rojo’, es una clara señal de que el Gobierno griego terminó por aceptar que no había sido un interlocutor creíble para sus colegas del Eurogrupo. Demasiada cabriola y postureo cuando se negocia –a cara de perro– el perímetro del cepillo a pasar a los cabreados contribuyentes, sobre todo alemanes.

Y como vamos a asistir a un carrusel interminable de reuniones, cumbres, grupos de trabajo…mejor no seguir tentando el aguante de los representantes democráticos de la zona euro, cuya respuesta es más trascendente que el ‘no’ de los griegos.

Y es que, hasta nuevo acuerdo, Grecia se queda en el limbo al seguir dentro del euro pero sin contar con ayuda exterior para poder financiarse. El país necesita dinero fresco pero el ‘no’ del referéndum hace la situación mucho más difícil. Y para complicar aún más esta ecuación infernal, el descenso del turismo –como potencial motor de crecimiento– supone un nuevo escollo en el camino de la recuperación.

Mientras no haya acuerdo, se alargará el corralito. Grecia no podrá importar petróleo o alimentos; las tiendas no asumirán el pago a proveedores y los estantes se vaciarán. El Gobierno irá dejando sin sueldo a funcionarios, a golpe de pagarés; a final de mes, hará lo mismo con los pensionistas. Los bancos griegos se irán quedando sin fondos y terminarán quebrando; los ahorradores verán cómo sus depósitos se esfuman y el gobierno tirará de más pagarés.

En un escenario así, la economía entraría en barrena y Grecia no tendría más opción que declararse en bancarrota, cesar todos los pagos y emitir dracmas. Y aunque el gobierno podría mantener al país –nominalmente– en el euro, a efectos prácticos estarían fuera. Kafkiano.

En la discusión pre referéndum ha habido una discrepancia fundamental: mientras los acreedores abogaban por reformas antes de hablar de reestructurar la deuda, Atenas apostaba por una reestructuración inicial, pretensión que a Schäuble, el Ministro de Hacienda alemán hacía que lo llevaran los demonios porque no quería más sacrificios para sus contribuyentes.

La salida del euro, ni deseable ni descartable

Los barandas que manejan los destinos del dinero apuestan porque Grecia abandonará el euro, el llamado Grexit ya que la ruptura entre Atenas y el resto de la UE parece haber llegado a un punto de no retorno, aunque de momento no se quiera decir. Quizá el resultado del referéndum pueda, incluso, disparar las opciones de que lo haga en las próximas semanas. Y es que los líderes europeos están demasiado hartos como para ofrecer un pacto realmente distinto.

A día de hoy, la moneda única no parece sostenible para Grecia. Y si en anteriores ocasiones, las cosas sucedieron de repente (Argentina -2001-, Rusia -1998- o Lehman -2008-), en la crisis griega –el default más lento y mejor presagiado de la historia– los inversores, en gran medida, ya han descontado este resultado.

El plan de viabilidad griego pasa por el incremento de los ingresos, vía impuestos y tasas –a ciudadanos y empresas del país– y por la elaboración de unos presupuestos austeros de gastos estatales, destinados básicamente y por orden de prioridad, a pensiones, desempleados, sueldos de funcionarios, servicios sociales de sanidad y educación, gastos militares, infraestructuras y servicio de la enorme deuda pública. La diferencia entre esos ingresos y esos gastos, en caso de ser positiva, podría destinarse a la amortización de la deuda.

En las dos reestructuraciones anteriores, la Troika ha pretendido establecer un plan negociado y comprobar su cumplimiento. Sin embargo, Grecia aunque aceptó ese plan luego no lo cumplió; pero además –según los que más saben de estos procesos– lo ha hecho con ocultación, engaño y nocturnidad. Lo que ha provocado que ante un posible tercer plan, los acreedores, que desconfían de una voluntad real en el deudor de ser fiel a sus promesas, exigen más luz y taquígrafos, lo cual es fatal en cualquier proceso de reestructuración. Porque si un plan no es fiable, siempre se podrá replantear, pero si no es fiable el deudor, no hay plan que valga.

Escarmientos calvinistas

Sin embargo, para los americanos –que ven el conflicto desde otra perspectiva– esto no es lo decisivo, porque de lo que se trata es de no romper los equilibrios, sobre todo, geográficos y militares. Europa tiene que dejar de marear la perdiz y salvar a un pequeño país miembro de la UE, la OTAN y la Eurozona, que está paralizado y al que habría que perdonar las deudas –por muy grandes que sean estas– sin seguir cargando la mano con tanta moralina y escarmientos calvinistas.

Es decir, de acuerdo con su interpretación del drama, hay que seguir premiando a un gobierno que no ha hecho reformas y desafía –siguiendo una tradición histórica y cultural muy griega– a sus hastiados aliados con un referéndum que ha puesto patas arriba los viejos códigos del Berlaymont.

Theodorakis, que luchó contra los coroneles y con sus canciones se convirtió en símbolo de la resistencia, sigue manifestándose por las calles de Atenas contra las medidas de austeridad. El verano del 2015 se presenta oscuro e incierto y un lento sirtaki bien puede servir como telón de fondo para la agonía, la recriminación y el dracma.

 

 

 

Destrucción Mutua Asegurada

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El zigzagueo de Tsipras y Varoufakis parece un remedo de lo que en la teoría de juegos se conoce como el Equilibrio de Nash. Y de ahí, la doctrina militar de la Destrucción Mutua Asegurada, por la que si un país -con capacidad nuclear- ataca a otro con armas nucleares, el resultado final para ambos será la aniquilación.

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El zigzagueo de Tsipras y Varoufakis parece un remedo de lo que en la teoría de juegos se conoce como el Equilibrio de Nash. Y de ahí, la doctrina militar de la Destrucción Mutua Asegurada, por la que si un país -con capacidad nuclear- ataca a otro con armas nucleares, el resultado final para ambos será la aniquilación. Se trata, por ello, de evitarlo pero, al saber las partes involucradas lo que el otro es capaz de hacer, tampoco hay razón para cambiar de estrategia.

Así se puede llegar a explicar la amenaza de referéndum de ayer, el ofrecimiento de prórroga de hoy ¿Y mañana, qué?

Sucede con frecuencia que algunos políticos ganan las elecciones con promesas que no pueden cumplir, o incluso que son abiertamente disparatadas. Pero ellos son los primeros en saberlo, aunque lo oculte el frufrú de ruido y furia de campañas electorales en velódromos y plazas de toros. Y es que, amigo lector,  lo que cuenta es ganar y ocupar el poder. Otra vez, el ‘primum vivere, deinde philosophari’, aun cuando en este caso debería ser justamente al revés.

Pero eso equivaldría a tratar al ciudadano como a un adulto con capacidad de discernir, cuando algunos genios tienen la íntima convicción de que los únicos con ese fuste son ellos. ¿Recuerdan las octavillas desde aviones con el ‘Andaluz, este no es tu referéndum’? El autor intelectual del mensaje -aunque gaditano- creyó que los sumisos andaluces no tenían juicio. Y claro, le salió rana; tanto que casi cuatro décadas después, los convocados siguen votando a quienes alertaron de la trampa.

El referéndum como tentación

Cuando –cada vez más pronto que tarde- llega el momento crítico de enfrentarse a la realidad -a veces indomable pero siempre ineludible- la pregunta forzosa del gobernante, en la soledad del cuarto a media luz, es ¿cómo salir del lío en el que nos hemos metido?

Una tentación muy socorrida consiste en endosar el problema al propio pueblo, convocando un referéndum para que sean los electores quienes den su aval a una rectificación que -si acaso resulta necesaria- es sólo porque el petit líder habló de más en la campaña electoral y embaucó a demasiada gente.

No olvidemos, llegados a este punto, que don Valery Giscard d’Estaing -auténtico padre del capricho de la entrada helena en el Mercado Común- en la multitudinaria recepción de acción de gracias que le organizaron  en Atenas, llegó a soltar una parrafada en griego. Este es el punto G de algunos estadistas.

Muy probablemente aquí radica la explicación de lo que está sucediendo en Grecia. El gobierno resultante de las elecciones del pasado 24 de enero, es el primero en saber que tiene que terminar “tragando” -por un camino u otro- y “desengañando” a sus partidarios. Sin embargo, en lugar de afrontar de una vez por todas la realidad, busca desesperadamente una reválida –en teoría, promoviendo el no- sin importarle el precio que el país va a pagar -en términos de inestabilidad- durante el tiempo intermedio.

¿A que la historia les recuerda mucho a Cameron con su plebiscito escocés o su infeliz iniciativa de referéndum sobre si quedarse o no en la Unión Europea? ¿Por qué no tener la honradez de reconocer que las posiciones previas “UK fuera de Europa” eran disparatadas y se usaron sólo como un señuelo para incautos? No resulta sencillo, pero la alternativa –la consulta popular- acaba teniendo un precio mucho mayor. Aunque la aventura escocesa le salió bien -por los pelos- el desenlace, forzando la polarización de los ciudadanos, evidenció un fracaso sin paliativos.

Lo mismo podríamos decir del simulacro de Artur Mas, que se había metido debajo de las faldas escocesas a la espera de unos resultados que legitimaran su consulta, que venía después. Porque al final su remedo de referéndum -sin cobertura legal e invalidado por el tribunal constitucional- arrojó unos números bastante alejados de las expectativas y los sondeos.

Viaje a ninguna parte

Así que, otra descarga añadida, con el estrambote de más fractura entre los que quieren seguir y los que ya se han ido y se dedican –con sus pitos- a vejar al jefe del Estado, el himno y todo lo que tenga que ver con la odiada madrastra. Mas no sólo le ha creado un grave problema a la nación dividiendo a los que se sienten españoles y a los que no; está logrando fraccionar, cabrear y confundir a estos últimos como nadie lo había hecho antes.

Es un viaje a ninguna parte, de desenlace incierto y consecuencias imprevisibles, pero entretanto, él se ha vuelto a arropar con la capa de la secesión para soslayar lo que sería más honesto: echarle ‘guts’ para evitar lo que pueda pasar.

Algo parecido les habría sucedido a Tsipras, el sonriente dirigente de Syriza, y a su escudero Varoufakis quienes, después de naufragar en la negociación para reestructurar la gigantesca deuda helena -y tras haber prometido a los griegos que lo iban a solucionar- pensaron que sacando pecho aquí y allí, envolviéndose en la bandera azul y blanca y echando un órdago, iban a doblar el espinazo de la antipática Troika -FMI, Banco Central Europeo, Comisión Europea- del Eurogrupo y del resto de los países de la zona euro.

Una vez más, el referéndum como recurso para solucionar la batahola que ya ha llevado a los griegos a tenerse que conformar con los 60 euros que suministra el cajero automático. Resultado de derivar la responsabilidad de una incómoda y casi imposible decisión.

Haberlo pensado antes porque esto de la ‘destrucción mutua asegurada’ -aparte de arriesgado e inquietante- es un juego de suma cero. Solo así se entiende que Obama haya descolgado el teléfono urgiendo un acuerdo que evite la salida de Grecia de la zona euro.

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Luis Sánchez-Merlo formó parte del equipo negociador, como Secretario General Adjunto al Ministro para las Relaciones con las Comunidades Europeas (1977-79)

 

 

“La culpa siempre es del otro”

In this Monday, June 16, 2014 photo Greece's new Prime Minister Alexis Tsipras, left, attends a book presentation of Yanis Varoufakis, right, in Athens. Economist and outspoken bailout critic Yanis Varoufakis, 53, has confirmed on Tuesday, Jan. 27, 2015 in a blog post that he will be sworn in as Finance Minister under the country’s new left wing government. (AP Photo/InTime News, Giannis Liakos)  GREECE OUT

Grecia no parece tener fácil solución, por muchas cumbres que se convoquen, noches en blanco a punta de café, informes de ida y vuelta, editoriales terminales en los medios o manifestaciones de funcionarios y jubilados, desesperados, en la plaza Syntagma. En esta historia no hay inocentes y todos creen que la culpa siempre es del otro.

Yanis Varoufakis, Greece's finance minister, left, passes a police officer as he arrives for his meeting with George Osborne, U.K. chancellor of the exchequer, at 11 Downing Street in London, U.K., on Monday, Feb. 2, 2015. Varoufakis said his country won't take any more aid under its existing bailout agreement and wants a new deal with its official creditors by the end of May. Photographer: Jason Alden/Bloomberg via Getty Images
Yanis Varoufakis

Corría la primavera de 1982 cuando el presidente Calvo-Sotelo decidió tirar por la calle de en medio y plantarse en Atenas para reunirse con Karamanlis y Papandreu en vistas a conseguir que Grecia dejase de ser un obstáculo –“un punto de dificultad”, decía él con sutileza- en la adhesión de España a la Alianza Atlántica, última traba que nos quedaba para hacer saltar el cerrojo.

Pedro Aguirrebengoa, valioso embajador de España en Atenas, invitó en su residencia a Papandreu, que vino acompañado de su ministra de cultura, Melina Mercuri (‘Never on Sunday’) a la que propuse llevar a Atenas la exposición de ‘El Greco’, entonces en Madrid. Cerrado el acuerdo, lo celebramos, cenando en un bistró de Platka.

Al evocar en estos días de furia y drama el recuerdo de Melina (‘Los niños del Pireo’) he pensado que, si en lugar de Varoufakis -ese ministro distinguido e inquietante que culpa a la señora Merkel de un más que posible ‘default’ con la consiguiente salida del Euro- la embajadora de la causa helena hubiera sido la Mercuri, otro gallo le hubiera cantado al espinoso dossier, que no deja de tener méritos para su defensa.

Porque si bien los griegos falsearon las cuentas, no hay que soslayar que lo hicieron con la colaboración de los interesados en esa falsificación. Han derrochado dinero a espuertas, entre otras cosas en comprar armamento innecesario, sobre todo a Alemania, con créditos concedidos por ese mismo país. Curiosamente también en 2014, -y aunque no se haya hablado prácticamente de ello-compraron armamento a España sin que al vendedor pareciera importarle la deuda ni el hecho de tener que avalarla y sin que nadie en la Troika se haya preguntado para qué.

El ministro de economía griego ha echado las manos por delante, señalando sin ambages al enemigo responsable de los males (‘la culpa es del otro’). Un viejo truco que enmascara la propia, y que con frecuencia resulta eficaz. Pero han sido los sucesivos gobiernos griegos quienes, en mayor o menor medida, han falseado las cuentas, los datos y, en definitiva, la realidad. Y eso tiene un calificativo inapelable: alteración de las reglas del juego -en este caso, las comunitarias- que son de obligado cumplimiento, cuando se forma parte del club, por más que se haya accedido a este en condiciones que don Valery Giscard d’Estaing, en algún momento, debería explicar.

Grecia, un país entrañable e imprescindible para entender Europa -por razones históricas, culturales, geoestratégicas- es, ahora mismo, lo más próximo a un estado fallido que, en su desesperación, ha entregado el gobierno a un partido populista que prometió lo que bien sabía que no podría cumplir. Y aquí está la variable de una ecuación imposible.

Sería impropio decir que los países acreedores, las instituciones internacionales, Bruselas…no han hecho esfuerzos -visibles- para encontrar una solución que evite el naufragio de Grecia, algo que nadie quiere. Pero la realidad es tozuda y las cifras, testimonio de una quiebra de libro.

Porque cuando se ha planteado la necesidad de acometer reformas, de asumir sacrificios, de poner en marcha medidas que inviertan el rumbo directo al precipicio, los que han ganado las elecciones con sus promesas imposibles, culpan a quienes llevan comprometidos en el rescate cientos de miles de millones de euros de haberlos abocado al abismo, de ser exigentes en exceso y de no entender la tragedia de un pueblo que carece de recursos para asegurar los servicios más elementales.

Los griegos con posibles (‘la culpa es del otro’) han sacado de los bancos cuarenta mil millones de euros; un dato escalofriante que, ya por sí mismo, es indicador de la gravedad de una situación que, técnicamente, parece no tener arreglo por muchas que sean las medidas de reestructuración -perdón de deudas, dilación de pagos o condonación de intereses- que se le ofrezcan al gobierno griego, en un intento de paliar los problemas que asolan el país.

Y como los que han ganado las elecciones no pueden dar marcha atrás y el choque parece inevitable, hay que echar la culpa al acreedor -dolorosamente harto de este callejón sin salida- por querer recuperar su dinero y no estar dispuesto a poner más, sin garantías adicionales. La incómoda condicionalidad.

El asunto no parece tener fácil solución, por muchas cumbres que se convoquen, noches en blanco a punta de café, informes de ida y vuelta, editoriales terminales en los medios o manifestaciones de funcionarios y jubilados, desesperados, en la plaza Syntagma.

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Lagarde y Varoufakis

Y es que si algo tiene que quedar claro en esta desgraciada encrucijada, es que la culpa, como pretende Syriza, no es solo de Merkel, que protege a los contribuyentes alemanes, en definitiva, los que la han votado.

Melina Mercouri, nieta del longevo alcalde de Atenas y fumadora empedernida -cuando murió, sus admiradores le rindieron homenaje abarrotando su tumba, con cientos de cajetillas de cigarrillos de su marca favorita -hubiera sido, por garra y temperamento, una baza de seducción imbatible para cualquier gobierno deseoso de conseguir lo imposible. Y este es el caso.

Ella tenía las armas para lograrlo. Fue, sin duda, una lástima que las circunstancias electorales lo impidieran y no llegáramos a tiempo para acercar la obra del pintor cretense a sus raíces, pero ella ya nos tenía convencidos. Y de paso, Papandreu ordenó el inicio del trámite parlamentario de ratificar la adhesión de España a la Alianza.

¿Conseguirá Tsipras convencer a sus colegas europeos de que Grecia -culpable de mucho, no de todo- necesita crecer para pagar? ¿Logrará hacerle entender a la señora Merkel que a él también le han votado los suyos? ¿Y a Madame Lagarde que eso de recomendar bajar las pensiones a los griegos desde la altura de su salario no es lo más prudente y pedagógico?

Esto de las culpas, que ahora se invocan como arma arrojadiza para sacudirse la carga del desenlace, me recuerda a ese gallego que, al ser preguntado por la boda de su hija, respondió: “Tuvo muy mala suerte, el marido tenía unos cuernos…”.


Luis Sánchez-Merlo es abogado y economista.

DSK, indulto penal, condena moral

Un tribunal de Lille ha absuelto al ex director general del FMI Dominique Strauss-Kahn (DSK) del delito de “proxenetismo agravado” que se le imputaba, poniendo fin a un proceso que ha durado cuatro años.

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‘Conozco y frecuento a DSK desde hace años. Niego que sea un «hombre cruel, primitivo o sádico». La violencia no forma parte de su cultura. Ama el sexo ¿y qué?’ (Carmen Llera)

Un tribunal de Lille ha absuelto al ex director general del FMI Dominique Strauss-Kahn (DSK) del delito de “proxenetismo agravado” que se le imputaba, poniendo fin a un proceso que ha durado cuatro años.

Previamente al fallo, no se privó de dar una increíble explicación sobre su participación en las orgías, admitiendo que estuvo involucrado porque necesitaba “sesiones recreativas” que aliviaran sus tareas de “salvar el mundo” de una de sus peores crisis financieras.

Los magistrados estimaron, en ese sentido, que ni la vestimenta ni las prácticas sexuales de las mujeres que frecuentaban las fiestas eran indicios suficientes para justificar que DSK fuera consciente de su condición de profesionales del sexo.

Los lectores más cinéfilos recordarán la película Bienvenidos al Norte (2008), una comedia francesa que cuenta las andanzas del director de una oficina de correos en el sur del país quien, como medida disciplinaria, es enviado a la región del Norte, a la que pertenece Lille, y que, no olvidemos, formó parte de los Países Bajos españoles.

Feudo socialista del norte de Francia, esta maravillosa ciudad ha sido el escenario del juicio a propósito del caso Hotel Carlton, por el que se ha juzgado a DSK de un presunto delito de explotación o utilización de prostitutas de manera organizada. No se podía haber encontrado escenario más adecuado para escenificar este auto de fe sin arrepentimiento sobre tan destacado elemento de la gauche caviar parisina.

De poco han servido las pesquisas porque DSK ha vuelto a ganar, y eso después de haber logrado -por los pelos y gracias a un acuerdo económico- salvar los muebles de un lance anterior, que se llevó por delante su cargo como director del FMI y una prometedora carrera política.

Nacido en una familia judía, este socialdemócrata francés y ex ministro padecería una insaciable afición al sexo que habría arruinado su oportunidad de optar al cetro del Elíseo. Víctima propiciatoria, pues, de esa curiosa enfermedad, con etiología tan francesa –démons du Midi– que combina ingredientes variados: vida rutinaria caracterizada por el aburrimiento, cansancio por el trabajo y deseo de sentirse joven. Un cóctel que aboca a los que han franqueado una determinada barrera de edad -hombres y mujeres- a buscar una segunda juventud fuera del estructurado hogar, en el que ya poco queda por descubrir.

Nueva York, 2011

Pero volvamos a Nueva York, cuando a DSK lo sacaron de un avión, en una cinematográfica detención en el John Kennedy Airport, a punto de despegar para París, acusado de haber forzado a una camarera guineana a tener sexo oral en el Hotel Sofitel.

La Policía americana lo detuvo sin pararse a pensar si se trataba del gerente del FMI o de un viajero anónimo, o si iba rumbo a París y Berlín, para explicitar sus planes como candidato y reunirse con Merkel. Lo sacaron del avión de Air France, casi a rastras y sin perder el tiempo en verificar la certeza de la denuncia.

Este judío, casado por tercera vez -la última con una figura de la televisión francesa- sufrió daños irreparables en su carrera política. Dada la mal disimulada manía que tienen muchos americanos a todo lo que huela a francés, uno no pudo dejar de pensar en la posibilidad de que a este hombre -tan inteligente como fogoso- alguien le hubiera tendido una honey trap, porque ¿a quién se le puede ocurrir echar el pestillo de la habitación con la camarera dentro y abalanzarse sobre ella, forzando su voluntad?

Desde luego que no es algo muy propio de un hombre que, junto a su merecida fama de seductor, dejó en la UE el recuerdo de ministro competente y europeo convencido -con la puesta en marcha del Eurogrupo- y que, hasta el episodio del Sofitel, era la gran esperanza del socialismo francés; quizás una ofuscación transitoria, pero -en cualquier caso- injustificable. Menudo regalo de domingo le hizo a su íntimo contrincante, Nicolas Sarkozy.

Pero DSK, ya la había armado años antes, a cuenta de sus escarceos con una economista húngara del FMI. Sin embargo, y aunque su asonada en el hotel de Manhattan fue exponente de una conducta indigna, subyacen algunas cuestiones -quizá retóricas y maliciosas- sin despejar: ¿Es posible que hubiera habido algo de exageración por parte de la víctima? ¿Cuánto hay de maniobra urdida por sus oponentes políticos?

Un happy end saliendo por la gatera puso punto final a este lamentable sucedido gracias a que la guineana, en virtud de un suculento acuerdo económico –seis millones de dólares, según Le Monde– aceptó retirar los cargos. Y es que la justicia funciona así cuando uno -en este caso la ex mujer de DSK, Anne Sinclair- se pudo permitir pagar las minutas de abogados de campanillas, a 1.300 dólares la hora.

Lille, 2015

Un tribunal compuesto por dos mujeres y un hombre ha juzgado, en el subsuelo del Palacio de Justicia de Lille -un edificio moderno de hormigón, de construcción controvertida, al lado de un hospicio- al acusado DSK y a sus compañeros de correrías, por unos presuntos delitos que habrían tenido lugar entre 2009 y 2011.

A lo largo del juicio no se ha inmutado en las tres negativas con las que ha contraatacado: ni fue nunca al Carlton, ni se reunió jamás con el proxeneta Dodo la Saumure -el dueño de los  burdeles en Bélgica, que se blanqueó los dientes en España con vistas al proceso- ni sabía que a las señoras que participaban en los parties les pagaban para tener sexo con los invitados.

Estas orgías -sufragadas por hombres de negocios de medio pelo, cabe suponer que postulantes a los favores del futuro presidente- ya fueron calificadas por el tribunal como libertinas, una forma muy gala de etiquetar conductas, que no ha dejado de provocar en los medios anglosajones alguna que otra mueca. Ya se sabe, los franceses…

El fiscal sostuvo que la evidencia contra DSK era endeble. Sin embargo, a las dos magistradas que han formado parte de la tríada de jueces su alegato les pareció una pamema, por lo que lo ignoraron y ordenaron la apertura del juicio oral que ahora culmina.

El presidente del tribunal, con su pajarita de rayas negras y amarillas -muy Bienvenidos al Norte– cuando abrió el juicio ya avisó de que ellos no son los guardianes del orden moral, sino de la correcta aplicación de la ley, por lo que se iban a examinar los detalles, las anécdotas y los hechos bajo el prisma de la calificación penal.

Es natural, pues, que el magistrado pusiera las manos por delante y advirtiera que éste no podía ser un juicio sobre la doble vida del acusado, principal beneficiario e instigador de las fiestas libertinas al tiempo que favorito de los sondeos para las presidenciales francesas de 2012.

Impasible durante la lectura de la sentencia, DSK sólo asintió con la cabeza cuando el juez de Lille lo declaró no culpable.

Sin minimizar la gravedad de los hechos, uno no puede evitar sazonar el relato con una reflexión no exenta de cinismo, y es que algunos personajes públicos -entre los achaques de autoestima por la edad, las servidumbres de la próstata y la permanente pugna electoral- son incapaces de contenerse. También Berlusconi, ya fuera de la pista política, se inmoló, a cuenta de sus enredos en Cerdeña con una menor marroquí.

A esto, los especialistas lo llaman crisis de identidad pero, tal y como está la cosa, a los contribuyentes les llevan los demonios, sólo de pensar que están delegando la administración de los menguantes ingresos y la creciente deuda, en manos de individuos tan poco juiciosos en su vida personal.

De ahí que la pregunta que se hace uno sea: ¿cómo es posible que DSK haya podido comportarse de forma tan necia? Porque, a pesar de las advertencias del magistrado, no es otra cosa que la doble moral lo que se ha juzgado en Lille. Puro Balzac.


Luis Sánchez-Merlo es abogado y economista

Mas y Aduriz, la cruel complacencia

¿Por qué el presidente del Gobierno de España, sabedor de la que se avecinaba, no estaba en el palco del Camp Nou a la derecha del Jefe del Estado durante la sonora pitada al himno nacional en la final de la Copa del Rey el sábado? Analiza la situación Luis Sánchez-Merlo, quien fue secretario general de la Presidencia del Gobierno.

¿Por qué el presidente del Gobierno de España, sabedor de la que se avecinaba, no estaba en el palco del Camp Nou a la derecha del Rey, o sea, del Jefe del Estado? ¿Debería el Monarca haber abandonado el estadio, ante la atronadora pitada al himno nacional o hizo bien amparando la dignidad de todos nosotros, a base de apretar los dientes y aguantar la torrentera?

La media sonrisa complacida de Artur Mas (qué cinismo hablar de provocación, simplemente porque el Gobierno -de madrugada- había anunciado la celebración de una reunión para tratar lo que pasó el sábado) y la risa lateral -indisimulada y bobalicona- del delantero centro del Atlético de Bilbao, Aritz Aduriz, (que lo tiene muy fácil no aceptando la convocatoria -si es que llega- para jugar con la selección española de fútbol) mientras sonaba el himno, han herido la sensibilidad de los que se sienten españoles y por tanto ofendidos con los pitidos al jefe del Estado, en la misa secesionista en que convirtieron la final de la Copa del Rey.

No es cuestión banal. Hay que recibir con satisfacción la reacción del Gobierno que ha sacado el genio y lamentado la afrenta por parte de los que exigen respeto a sus símbolos y no muestran la más mínima sensibilidad cuando se trata de los ajenos.

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En Cataluña, País Vasco, Navarra, Galicia, Baleares y Valencia vive un número indeterminado de españoles (sería interesante tener la cifra) que no se sienten como tales. Coincide el desamor con los territorios donde el castellano convive con otra lengua. No quiero decir que este fenómeno sea exclusivo de estas seis regiones porque en otras partes de lo que llaman el Estado -con toda la intención, para evitar la palabra impronunciable- hay habitantes con DNI español que también reniegan de esta ciudadanía.

Pero no basta con lloriquear la anomalía. Es preciso sacudirse, de una vez por todas, la pereza y empeñarse en averiguar las causas -verbigracia, un sistema educativo frágil- de su auge, tarea esta ineludible para poder entender mejor el fenómeno y aplicar la terapia adecuada. Porque no hacerlo supondrá más apostasía hacia todo lo español, con el daño moral que acarrea a quienes no adolecen de ese mal.

Se discuten el himno, la bandera, la lengua, la forma de Estado y la Constitución. Demasiadas variables en la ecuación. Cómo no van a chiflar el himno y al joven Rey, si convenimos en que impera el odio por encima de la razón. Esto, que no admite mucho debate -aunque tiene muy difícil arreglo-, no puede ventilarse cruzándose los brazos y esperando a que se cansen.

Y en lo que decidimos cómo lo arreglamos, -no bastará con unas simples sanciones- hemos celebrado el triunfo en el Giro de Italia de un gran español, Alberto Contador. En lo alto del podio, con la preciada maglia rosa, él, sus rivales y los aficionados italianos han escuchado, en medio de un respetuoso silencio, el himno -sin letra- español.

Pero qué se habrán creído estos, ¿que nosotros no tenemos sentimientos?


Luis Sánchez-Merlo, abogado y economista, fue secretario general de la Presidencia del Gobierno (1981-82)

Rajoy, R que R

Mariano Rajoy es un gallego desconfiado aunque predecible, sin la empatía de Adolfo Suárez o Felipe González, al que no cabe achacar todas las culpas de los malos resultados de su partido en las recientes elecciones locales y autonómicas.

Mariano Rajoy. (Fotos: PP)

Aquella noche -28 de octubre de 1982- yo estaba en el atribulado salón de columnas del Palacio de la Moncloa, cuando Alfonso Guerra, desde su cuartel general, nos iba informando de que UCD, a duras penas, pasaba de 168 a 12 diputados.

Rajoy es un gallego desconfiado aunque predecible, sin la empatía de Adolfo Suárez o Felipe González -los dos colegas más cercanos al común en las últimas cuatro décadas de vida democrática en España-, al que no cabe achacar todas las culpas de los malos resultados de su partido en las recientes elecciones locales y autonómicas. Alguna tienen quienes aún no han empezado a desfilar.

Tras conocerse los resultados, R –erre que erre- proclamó, enfáticamente, que no hacía falta cambiar nada, ni en el partido ni en el Gobierno. Pero con la polvareda del clamor ha hecho amago de rectificar. Hace bien poco, a Ed Milliband y Nick Clegg les faltó tiempo para dimitir tras su reciente fracaso electoral. Así se fortalecen los sistemas democráticos.

Y es que la obstinación, emparentada con la desconfianza, es un estado del alma que ofusca a quien la convierte en norma de comportamiento, lo que se traduce en esa apuesta ritual ‘sostenella y no enmendalla de reminiscencias celtas, tan alejada de los tiempos modernos, más flexibles y relativos.

Le costó a Rajoy calzarse la mayoría absoluta en 2011, que podría haber sido aún mayor si no se hubiera dejado embaucar por la zalamería andaluza. Y esos errores, a voluntad forzada, son justamente los que le han podido llevar a reafirmarse en las bondades de la obstinación. No quiero pensar que sea cierto que alguien haya podido ser tan desaprensivo como para soplarle al oído que era conveniente perder estas recientes elecciones para afrontar mejor las generales.

El rescate lo sorteó a base de gestionar -con pericia- la odisea de una economía en quiebra, regateando -con habilidad- en los embarrados campos fuera de casa, a correosos conmilitones pertrechados con munición codificada para quien no fuera un habitué, como él.

Nadie sabía realmente qué iba a venir, si niño (rescate) o niña (recortes), pero al final evitó el estigma de una intervención que hubiera dejado huella en, al menos, una generación. Y esto lo ha reconocido hasta la gente reflexiva de la izquierda, que no le ha negado este crédito. Así que Rajoy disponía -evitando el rescate- de un maná discursivo abundante para lo que vendría después.

Luis Bárcenas, ex tesorero del PP.

Pero mientras se sucedían los recortes, ocurrió que el tesorero de su partido, especulando con la impunidad que le pudiera proporcionar el roce de tantos años con quienes estaban gobernando, no calibró hasta dónde podría llegar el celo de las dos fiscales y el adanismo -carente de prejuicios- de un juez treintañero. Y terminó dando con sus huesos en Soto del Real, al tiempo que el ministro de gracia y justicia se quedaba fuera del ejecutivo.

Quizás Rajoy, en este caso, no midió las severas consecuencias de aquella rueda de prensa -parapetado tras el atril y con la nomenclatura guardando las espaldas- en la que juró y perjuró que ninguna de las acusaciones del tesorero se tenían de pie. Mucho riesgo, alguna mueca y pesada mochila para los restos.

Aquella apuesta lo iba a colocar en una situación complicada, en el límite, pero R –erre que erre– no se apearía del burro, lo que aprovecharon algunos medios y toda la oposición para cuestionar hasta su legitimidad, agravada por el peligrosísimo cruce de mensajes (“Luis, sé fuerte”) con el ya reo.

Para entonces, la maledicencia insurgente murmuraba que era un premier poco laborioso, que no recibía en su casa de La Moncloa -donde prefería disfrutar de la menos azarosa vida familiar- a empresarios, corresponsales extranjeros, editores, pintores o ingenieros de caminos… Tampoco se le vio (salvo en la final de Champions entre el Madrid y el Atleti) en un estadio de fútbol, en una plaza de toros, en un concierto de música o en un cine de la Gran Vía.

Rajoy en los jardines de La Moncloa.

Lo que se decía en los ambientes más combativos, a falta de un contador oficial, era que R –erre que erre– esquivaba todo aquello que le pudiera suponer contraer compromisos, hipotecas, deudas o cargas, por pequeñas que fueran. No se trataba de invocar su nombre en vano, ligarle a algún caso oscuro de corrupción o situarle en la proximidad de amistades peligrosas, justamente lo que había sido la lepra del tesorero. Mira que era mala suerte.

Para los menos complacientes, Rajoy no hacía política en el sentido más concluyente del término. Y eso era así porque huía de resfriados indeseados, a los que conduce mezclarse con ese jardín de las delicias (colmado de concejales, delegadas del gobierno o diputados autonómicos) y prefirió abrigarse con la bufanda del rescate. Así que convirtió lo suyo en un full time económico y dejó la política para Soraya y los charlatanes.

Pero la Diada de 2012, trajo a las calles de Barcelona una marea humana colosal, lo que llevaría al presidente de la Generalitat a soñar con una independencia a la que ya solo parecía faltarle un pequeño empujón. Aunque Artur Mas me confesó -en un almuerzo en el choco con futbolín de Sandro Rossell- que Rajoy era “hombre de fiar” [sic], el Atlántico crispó al Mediterráneo, le puso difícil jugar al victimismo -baza preferida nacionalista- y lo terminó por cansar.

Se sucedieron los desplantes y las provocaciones, pero al sagaz jurista de Pontevedra nada parecía inmutarlo. Al menos, esa era la impresión que daba. Y al tiempo que el común reclamaba respuestas, R –erre que erre– ni se soliviantaba, ni (como exigían algunos) paraba los pies a quien seguía abriendo embajadas, financiando agit prop soberanistas y derrochando recursos en la preparación del Estat Català, a costa de engordar el temido déficit público.

La receta del presidente ha sido siempre la misma: no alterarse, aunque la parsimonia de un hombre imperturbable  haga que al público doliente lo lleven los demonios

Porque la receta del presidente, en un país de excitados, ha sido siempre la misma: no alterarse, aunque la parsimonia de un hombre imperturbable -al que prácticamente nadie consigue sacar de sus casillas- haga que al público doliente lo lleven los demonios. Pero no hay que descartar que esa (mal entendida) pasividad enmascare estrategias encaminadas a que se despeñen otros y terminen cayendo por su propio peso. Tampoco parece contar con un estado mayor fornido que le sirva de soporte para gestionar, entre otros muchos, el desafío independentista.

La metodología, siempre la misma: mantener el perfil bajo, no contestar a los exabruptos de los infieles, resguardarse en el burladero con leales y amigos, castigar con la indiferencia a revoltosos, ingobernables e imprevisibles y desprenderse con desgana de los propios, como Manuel Pizarro, harto de calentar el escaño.

Y es que los problemas ya se arreglan con el paso del tiempo; los cambios se hacen cuando no quede más remedio; el calor a los caídos, connaît pas; la persecución a los corruptos, sí ma non troppo fanatico y pedir opinión a quienes tienen saber y experiencia… eso, ni hablar.

Quienes han votado la opción de Rajoy para ayuntamientos y regiones, se han quedado de un aire porque no terminaban de creerse lo de Podemos; pensaban que el PSOE, a pesar de Andalucía, seguía hecho unos zorros y C’s, ‘verde que te quiero verde’ ¿Entonces? Al Partido Popular no le queda otra que cambiar de piel, limpiar los restos de corrupción, ser audaz en la renovación de su nomenclatura, buscar otra sede que no esté manchada con dinero obsceno, reducir gasto corriente y no temer al vértigo del cambio, es decir, a todo lo anterior.

Porque no hacerlo supondrá convertir en residual un partido de gobierno y volver a la soledad de aquel tiempo en que no contaba con la mayoría que hace cuatro años le concedió un triunfo asombroso.

El presidente en un mitin en 2011.

Pero si R –erre que erre– se mantiene en sus trece y piensa que se puede seguir fiando el resultado de las generales al éxito económico de su gestión y al maná de haber evitado el rescate -aun con medidas socialmente duras que no han acertado a explicar al común-, que no olvide lo inaudito que resulta que ese respingo del 3% de crecimiento se haya vuelto en contra del Gobierno al calor de “trabajo precario”, “desigualdad”, “pobreza infantil” y otros gritos de las mareas.

En la ecuación, no hay que dejar de tener en cuenta los efectos de seis meses de sacudida de alfombras y demás tapicería -local y regional- por parte de los bizarros emergentes, con lo que el invierno se presenta incierto, extraño y novedoso, todo lo que le espanta a Rajoy.

Los errores de cálculo a veces llevan a la hecatombe y, mientras la gente de bien se hace cruces (“pero cómo es posible”), los mariscales se demudan y tiran la toalla. Se precisa una buena ración de audacia, de aire fresco, de gente dispuesta a una forma nueva de hacer política. Turno para Íñigo de la Serna, Jaime Renovales, Mateo Isern, Pablo Casado, Alfonso Rueda, José Antonio Nieto et alii.

Y si no acabara de verlo, que alguien le pase un video de Obama en mangas de camisa, comiéndose una alita de pollo en uno de esos sitios de comida rápida que les gustan a mis nietas.


 

Luis Sánchez-Merlo ha sido Secretario General de la Presidencia del Gobierno (1981-82) y es presidente de SES Astra Ibérica.

Hollande en la Manzana de Gómez

castro

De la seducción y la pasión inflamada de la izquierda francesa, hemos pasado a la diplomacia económica. El presidente Hollande ha deambulado en Cuba por la fina cuerda del equilibrismo diplomático.

La Manzana de Gómez -que fue el primer centro comercial de Cuba- es un edificio imponente que se levanta en el corazón de La Habana Vieja. Construido por José Gómez-Mena, Don Pepe fue sede del banco y las oficinas de la empresa familiar de este acaudalado magnate azucarero hasta la revolución de 1959. El año que viene la Manzana albergará el que será el mayor hotel de Cuba, un Kempinski de cinco estrellas con 250 habitaciones. 

Originario de un pequeño pueblo del Valle de Mena, en la provincia de Burgos, el patriarca, Andrés, emigrante a Cuba, levantó una fortuna colosal a costa del turbio negocio de la trata negrera y del comercio clandestino. Mas tarde, su hijo Don Pepe, propietario de cuatro centrales azucareras, emparentó a la familia con Alfonso XIII a través de su primogénito, Alfonso de Borbón, que renunció a sus derechos sucesorios para casarse con Edelmira, una hija de los Gómez-Mena.

Edificio de la Manzana de Gómez en La Habana.
Edificio de la Manzana de Gómez en La Habana.

El presidente Hollande, en visita a La Habana, ha inaugurado la nueva sede de la Alianza Francesa en la Manzana de Gómez para participar, acto seguido, en un fórum económico franco-cubano en el Hotel Sevilla, uno de los míticos cuarteles generales de Hemingway en la capital.

No ha ocultado Hollande el sentido último de su viaje: “La economía debe ser la resultante, la traducción de lo que hemos querido en el plano político. Siempre estamos dispuestos a decir una verdad tan simple como que para que Cuba pueda estar presente en el mundo, el embargo tiene que levantarse” .

Es decir, que de la seducción y la pasión inflamada de la izquierda francesa hemos pasado a la diplomacia económica. Signo de los tiempos e ironía de la historia, esta visita -que empieza con la Manzana de Gómez- se convierte esencialmente en un viaje de negocios y mercados.

En su discurso en la Universidad de la Habana -en presencia de quien podría estar bien situado para suceder a los Castro, el vicepresidente del gobierno cubano, Miguel Díaz-Canel- el presidente Hollande ha deambulado por la fina cuerda del equilibrismo diplomático.

Y así, sin el más mínimo complejo, ha exhibido en La Habana -por cierto acompañado por su ex, Ségolène Royal, ministra de Ecología en el Gabinete de Manuel Valls- su avidez por conseguir contratos para las empresas francesas sin abrir la boca sobre las libertades fundamentales.

Porque el jefe del Estado francés ha hablado más de construcción y obras públicas, biotecnología y telecomunicaciones que de libertades y democracia. De eso se trata, de meterse en el mercado cubano en un momento en el que se abre y al mismo tiempo reforzar la posición de sus empresas antes de la llegada de la competencia, la americana y la española, por cierto.

Muchas cosas han cambiado desde aquel viaje de Mitterrand a Cuba en 1974, impulsado por Danielle, gran admiradora de la causa de la revolución. Entonces el comandante en jefe los recibió en la pequeña granja de Siboney, de donde partiera con 135 camaradas antes de la ofensiva de 1953.

Eran tiempos en que Fidel Castro -burlándose de los americanos- complacía a los franceses. Pero el régimen cubano ahora se está agotando y el oxígeno de los últimos años, que venía de los petrodólares venezolanos, parece que se ha acabado.

Eso explica los últimos acontecimientos que están llevando al deshielo y a este desfile de quienes no parecen dispuestos a dejar pasar la oportunidad que abre la normalización de las relaciones con Estados Unidos. Cuba necesita inversiones y a eso responde esta cabalgata, que será interminable y que ya han inaugurado los franceses.

Pero que no se equivoquen los tertulianos porque esta apertura no significa que los dirigentes cubanos vayan a ceder el poder ni que los visitantes de los países occidentales -desde 1996 varados en la llamada posición común europea– se atrevan a dar un puñetazo en la mesa exigiendo una economía liberal.

Nuestros vecinos –cualquiera que sea su signo político- interpretan en la defensa de los intereses de sus empresas el célebre aforismo de Bertolt Brecht “Kommt das Fressen, dann kommt die Moral“. Es decir: “Primero comer y luego la moral”. Tampoco es momento de lo que Jean Paul Sartre, en tiempos de exaltación rebelde, loaba: “El valor de la intransigencia” de Castro.

En el proceso que acaba de comenzar tras la reconciliación mediática de Panamá, el hermano pequeño (El Chino) está avanzando con pequeños pasos que le podrían terminar dando la razón. Según un historiador de La Habana, “el problema de Fidel sería que nunca aprendió a bailar. Raúl, sí. Pero el hecho de moverse al ritmo de la música no le impide quedarse en su sitio”. Y ahí estamos porque, aunque el militar parezca haber descubierto el pragmatismo, la palabra reforma sigue siendo tabú.

En la Manzana de Gómez, acompañando a François Hollande -“las empresas que me acompañan en este viaje, sería importante que invirtiesen en Cuba”-, estaban los patronos de Pernod-Ricard, Accor, Nouvelles Frontières, Fram-Voyages, Bouygues, Total y Air France.

A ninguno de ellos parecía importarles que quien construyó aquel gigantesco edificio recién restaurado -que llegó a albergar teatros, bancos, bufetes, consulados, academias, revistas, restaurantes, compañías mercantiles hasta sumar 560 oficinas- fue uno de los hombres más ricos de Cuba ni que Jodie Foster y Robert de Niro -que no habían vuelto a coincidir en la gran pantalla desde Taxi Driver– tuvieron a punto un guión para rodar una película, Sugarland, inspirada en la historia del imperio azucarero de un magnate cubano con el trasfondo de la explotación de trabajadores antillanos en las plantaciones de caña de azúcar. 

La historia de Don Pepe con el telón de fondo de la Manzana de Gómez, paradigma de la diplomacia económica.


Luis Sánchez-Merlo fue secretario general de la Presidencia del Gobierno y es presidente de SES Astra Ibérica.