Pla y Cambó se citan en el Ritz

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Se instalan cara a cara. Más que su jefe, Cambó es casi su padrino. Hay una gran afinidad de carácter y un tremendo respeto mutuo que ha cuajado en la obra ditirámbica que Pla ha publicado recientemente sobre él. Al ser Cambó elegido diputado en los últimos comicios por Barcelona, se ven con frecuencia. Pero es la primera vez en bastante tiempo que el propio Cambó lo cita, y Pla tiene curiosidad por saber el motivo.

Ilustración: Carlos Rodríguez 

Para esta entrevista era necesario acercarse al Ritz de los años 30 y lo he hecho. Mientras el camarero se aleja, Josep Pla se acomoda en su butaca y lanza una ojeada a su alrededor. Con la apertura de las Cortes, el vestíbulo del Ritz -al igual que el del Palace- está animadísimo. La política vuelve a carburar y las mesas están casi todas ocupadas, con los diputados tomando café o licor o fumando. Por todas partes se ven corrillos discretos de caballeros ataviados de tarde, con trajes elegantes. Reconozco a Santiago Alba, el actual presidente del Congreso, en medio de un grupo de radicales, junto a una de las palmeras de ese jardín de invierno que tanto encandila a las damas de provincias; y  más allá al monárquico Goicoechea. También hay algún que otro hombre de la CEDA y por supuesto la plana principal de la Lliga regionalista catalana, que tiene en el Ritz su centro de operaciones.

Pla, que lleva unos años cubriendo la actualidad parlamentaria para La Veu de Catalunya, está más que familiarizado con todos estos caballeros y sus códigos. Cuando el vestíbulo del Ritz se ve medio desierto, con parejitas sentimentales aquí y allá, es que nada excepcional ocurre. Cuando se llena, algo se está cociendo. Se nota la excitación en el ambiente, en los aires conspiratorios de los corros políticos. Aquí está medio Madrid y también media Cataluña, o por lo menos esa parte de banqueros y empresarios asociados a la Lliga que pulula por los aledaños de las Cortes.

– Aquí tiene, señor Pla.

El camarero le trae un café con leche y media tostada, y Pla se lo agradece. De pronto la señorita de la mesa vecina se vuelve hacia él.

– Perdone, ¿es usted Josep Pla, el cronista de La Veu? Encantada de conocerle. Mi marido está suscrito a su periódico. Soy una sobrina del señor Ventosa –es el parlamentario de la Lliga del que Pla habla mejor–. En fin, sólo quería decirle que le leemos con asiduidad. Los catalanes debemos apoyarnos y más en estos tiempos. Estará usted que trina, con el president Companys en la cárcel y los derechos constitucionales suspendidos. Ésta no es la república que todos queríamos, no señor. No es esto, como ha dicho el señor Ortega y Gasset con gran criterio…

Pla esboza una media sonrisa (“Su tío es un gran parlamentario, perdone un momento”) y aprovecha que aparece Francesc Cambó por el otro extremo del vestíbulo para ponerse en pie. Cambó, que lo busca con la vista, endereza el rumbo. Hombre de poca estatura y seco de carnes, el presidente de la Lliga a sus 50 años todavía no ha perdido esa tensión nerviosa que le caracteriza. Un trabajo metódico y serio lo ha llevado a ser uno de los políticos más valorados y a su edad continúa manteniendo una actividad incesante en Madrid y Barcelona como propagador de las ideas regionalistas. Los años le han agrisado la barba corta; no así la mirada ni la inteligencia. Por el camino saluda a varios conocidos antes de llegar a la mesa donde espera Pla, a quien da un recio apretón de manos.

– Bona tarda, senyor Pla. Siéntese, y perdone que le hable en castellà, pero en los tiempos que corren no pasamos los catalanes por nuestro mejor momento… Es más discreto.

Se instalan cara a cara. Más que su jefe, Cambó es casi su padrino. Hay una gran afinidad de carácter y un tremendo respeto mutuo que ha cuajado en la obra ditirámbica que Pla ha publicado recientemente sobre él. Al ser Cambó elegido diputado en los últimos comicios por Barcelona, se ven con frecuencia. Pero es la primera vez en bastante tiempo que el propio Cambó, siempre bien informado de lo que ocurre entre bambalinas en Madrid, lo cita, y Pla tiene curiosidad por saber el motivo.

– Supongo que se habrá imaginado, dada mi insistencia, que acontece algo excepcional –empieza el político–. Ya habrá notado usted la electricidad que hay en el ambiente, con la apertura de las Cortes. Pues esto no es nada comparado con lo que serán los próximos días…Vamos a tener un otoño más que movido. Tengo noticias de que está a punto de estallar un gran escándalo que salpicará a las más altas instancias de esta República…-dice.

Pero se detiene, porque se acaba de dar cuenta de mi presencia. Pla le explica que hemos quedado para una entrevista y Cambó aprovecha para desaparecer, sin más. Las celebridades del pasado son así. Entonces, cansado del contexto, Pla me propone que salgamos al paseo de Recoletos y mientras lo hacemos se lía un pitillo calmosamente y achina los ojos.

– ¿No sería más lógico entrevistar a Baroja?… Seguramente estará en la cuesta de Moyano, ojeando libros.

– No, le estaba buscando a usted. Me interesa.

– ¿Yo? Soy un escritor catalán, te recuerdo.

– También publica artículos en castellano y dentro de unos años publicará hasta libros.

– Supongo que porque no habrá más remedio… Pero no me va bien este idioma. Está demasiado hinchado para mi gusto, demasiado barroco.

– Hay de todo. Están los Quevedos y están los Barojas. Están los veleros bergantines que van viento en popa, y está Antonio Machado.

Me doy cuenta de que la conversación va a ser complicada, porque a Pla es difícil sacarle de su hurañía, pero lo intento. Le cito a d’Ors, aprovechando que pasamos cerca de donde estará un día su monumento. Sé que es una de sus debilidades.

– Ah, D’Ors. Ha sido el más culto de todos los periodistas de La Veu, y de todos los escritores de la Barcelona de principios de siglo. Nadie, en Cataluña, tenía las lecturas que acumulaba don Eugeni, y yo leía con fruición cada uno de sus artículos durante casi quince años, hasta que dejó Barcelona en el año 20. Eran todos terriblemente nutritivos, sugerentes. Allí había referencias con las que yo construía mi cultura, que me indicaban en qué dirección dirigir mis lecturas.

– También lo frecuentó personalmente en las tertulias de la peña del Ateneo de Barcelona.

– En los años diez, en efecto. Él, Josep María de Sagarra, Francesc Pujols y Alexandre Plana eran, para mí, las personalidades más brillantes de aquella época.

– Es curioso que le haya gustado tanto d’Ors, cuando es un temperamento totalmente opuesto al suyo.  Sus textos están en las antípodas de Pla. Él trabaja con ideas y usted con cosas.

– Yo trabajo con la realidad. Siempre lo digo. Tener opiniones es algo relativamente fácil, pero en cambio una buena descripción… Eso es lo difícil, en literatura. Una descripción de verdad, de una persona, por ejemplo, en la que se vea todo, desde el aspecto físico de los pies a la cabeza, pasando por el efecto que produce, cómo piensa, dónde se posiciona, todo. ¿Cuántas veces se encuentra uno con eso? O un buen paisaje, con todos sus matices. Sólo Azorín ha sido capaz de intentarlo, aunque sea de una manera un tanto aritmética.

– Umbral, uno de sus admiradores, dice que Azorín no sabe coordinar…

– Una crítica malintencionada. Azorín busca una prosa voluntariamente aritmética y es de los pocos, junto con Baroja, que hace sonar el castellano de una manera diferente a la carraca esa barroca y burocrática que tanto gusta aquí.

– A usted, los escritores españoles le respetan. Consideran que hasta en castellano escribe usted bien, a diferencia de Baroja, del que siempre dicen…

– No me gusta que me utilicen para atacar a otros escritores.

– Gusta mucho su adjetivación, y se ha repetido mucho eso de que la literatura está en el adjetivo…

– Es que es cierto.

– Supongo que también estará en el ritmo.

– Es otro de los factores. Pero un adjetivo preciso… eso es una joya. El preciosismo de la literatura está en ese adjetivo. Si Valle-Inclán ha pasado a la historia de la literatura en castellano, es por eso.

– Pero usted no es tan etéreo como Valle. Él podría cerrar los ojos y seguir escribiendo sobre cualquier cosa. Usted en cambio necesita la realidad delante. Usted siempre tuvo los pies en la tierra.

– Yo he necesitado siempre escribir sobre las cosas que tenía delante, sobre lo que he vivido, sí.

– Así escribió sus dos diarios sobre Madrid, su Cartas de lejos y sus libros-reportaje como el que publicó sobre Rusia. Casi estoy tentado a decir que todas sus obras. Son textos muy sencillos pero que funcionan precisamente por esa acumulación de detalles verídicos sacados de la observación. En eso usted siempre ha estado muy cerca de Hemingway.

– Es un gran escritor, ese Hemingway. Es, curiosamente, el único que ha sabido escribir un libro sobre el mundo del toreo como Dios manda. Me ha gustado mucho Muerte en la tarde. Un gran trabajo.

– Cambiemos un poco de tema, ya que estamos aquí. ¿Por qué le gusta tan poco Madrid?

– Porque es una ciudad de tenderos, funcionarios, la villa de recreo de los aristócratas andaluces. Aquí sólo tenéis cortesanos. Es una ciudad con muy poca consistencia histórica. No tiene el pasado medieval de Barcelona. Es una construcción artificial y burocrática que nace a raíz de un capricho de Felipe II, cuando en la segunda mitad del siglo XVI se decide a construir su monasterio –una cosa horrenda, a mi juicio– y escoge la población más cercana como sede conveniente para su corte. Es una ciudad a la que le falta historia. No se la puede equiparar con Londres o París.

– Hubiera sido más lógico que Toledo fuera la capital de España, ¿no es así?

– Eso habría tenido más sentido. De todas maneras, yo la primera vez que llegué a Madrid venía de París, y aquello no se podía comparar. Todo esto resultaba muy pobre y algo triste en comparación. Se supone que una ciudad es la cristalización de un proceso histórico imperial…

– “Imperio”, una palabra muy d’orsiana.

– D’Ors está teniendo más influencia de la que parece, sí. En realidad ha influido más en José Antonio que Ortega. Pero como aquí se le ha leído poco, no se dan cuenta. Decía que una ciudad es la cristalización de un proceso histórico imperial, de un esfuerzo nacional importante, y ahí están las pruebas. Roma, Londrés, París, Viena, son todas la materialización arquitectónica y espiritual de sus respectivos imperios. Pero ¿Madrid? ¿Dónde se siente eso? Parece increíble que esto haya sido la capital de uno de los grandes imperios históricos.

– A lo mejor cuando se la hizo capital, ya empezaba a declinar el imperio… Pero vamos, algo le gustará a usted de esta ciudad. Al menos este paseo sí que le gusta.

– Este paseo es realmente maravilloso. Es lo único que se salva. El Madrid de los Austrias, pase, pero para Galdós. Los barrios bajos, bueno, tienen su personalidad, pero como todos los barrios bajos de cualquier ciudad. Y los barrios modernos son tan anodinos como cualquier barrio moderno. La Gran Vía aspira a ser de un funcionalismo norteamericano sin ningún interés. Pero este ensanche…, esta gran arteria que se abre desde Atocha y que llega hacia el norte, buscando el Guadarrama. El conjunto que forman el Prado, Recoletos y la Castellana, con su arbolado, sus fuentes y bancos, es  sencillamente una maravilla.

– Y está el Prado. La pinacoteca.

– El Prado es un museo que no se merecen los madrileños, ni los españoles. Es, en mi opinión, la mejor pinacoteca del mundo. Ninguna otra, ni siquiera el Louvre, alcanza su categoría. Es el mayor tesoro artístico del país, y solo por el Prado merece Madrid que la visitemos una y otra vez. Esta mañana estuve en él, paseando.

– Como d’Ors.

– ¿Le ha visto?

– No, todavía no porque está ahora mismo en París. Pero lo tengo pendiente. Siempre he pensado que usted y él son como Ortega y Baroja, dos temperamentos opuestos y complementarios. Son ustedes las dos mayores figuras de la cultura catalana de principios de siglo.

– Cataluña es un país pequeño.     

– ¿Quiere usted hablar del problema catalán, en estos momentos? Lo digo porque es una cuestión que va a traer mucha cola… Usted escribió un buen libro sobre el asunto, el que le dedicó a Cambó, muy ditirámbico, por cierto, en el que trazó la genealogía del pensamiento nacionalista catalán…

– El catalanismo, la existencia de Cataluña, no es un problema, como pensáis los castellanos; es una realidad. Aquí, tenéis tendencia a actuar como los ateneístas de nuestro amigo Azaña. Esa gente se reúne, debate los problemas del país, votan una solución, y piensan que el problema, así, estaba resuelto. Y resultaba, claro, que la realidad va por su cuenta y ni se ha enterado. Aquí, en Madrid, lo discutís todo en vuestro Congreso y en vuestros periódicos y vuestras tertulias, y pensáis que así quedan resueltos los problemas… Pero la realidad es muy tozuda.

– De siempre, los catalanes han querido ser muy ingleses a nivel de mentalidad política, muy pragmáticos.

– Es normal. Francia, en cuestión de centralismo, ha sido peor que ningún otro país. Y los catalanes franceses pueden atestiguarlo. En muchos sentidos, están peor que nosotros. Al final, fuerza es reconocerlo, no nos ha ido tan mal con España.

Es una bonita frase de cierre y como veo que Josep está nervioso por volver al hotel, decido despedirme y lo dejo alejándose por entre los plátanos crecidos de Recoletos. Es el autor catalán más importante del siglo XX y, según se aleja, me pregunto qué pensará Artur Mas de su obra. ¿Y de Cambó? ¿Cuánto ha cambiado el catalanismo desde sus tiempos a hoy? Yo diría que poco en lo esencial, pero todo en lo circunstancial. Se diría que han perdido el seny, y sin embargo están más cerca que nunca de su independencia efectiva. El resultado de las elecciones autonómicas nos dirá si todo ha sido un espejismo más o si el proyecto soberanista es una realidad viable, y veremos también si, al igual que en los años treinta, no se ve obligado el Gobierno español a suspender la autonomía. En los tiempos que corren, a mí, por lo menos, ya no me extraña nada.

La niña bonita de Ciudademos

Podemos y Ciudadanos  ya pugnan por hacerse con la legitimidad de los nuevos tiempos, solo que unos la quieren enterita para sí y otros están dispuestos a compartirla. ¿Quién ganará?

La niña bonita. Así se conocía a la personificación alegórica que solía hacerse de la nación española a lo largo del siglo XIX. En concreto, la imagen más popular fue la del dibujante catalán Tomás Padró Pedret, en la que, sobre un fondo en que se ve un arcoíris rojigualdo rasgando el cielo, un labrador arando la tierra y una fábrica humeando, y junto al gallo y al triángulo emblema de los principios de la Revolución Francesa, aparece una mujer con gorro frigio, túnica romana y pecho al descubierto, cuya mano alzada sujeta una balanza y la otra una tabla con las iniciales R.F (República Federal). La popularidad de la chica la hizo reaparecer, en la Segunda República, solo que esta vez por delante de la bandera tricolor, con la balanza en alto y algún símbolo equívoco como el fiero león a su lado.

1Republica
Alegoría de la proclamación de la Primera República Española, de Tomás Flaco Peret, aparecida en la revista La Flaca.

De aquella hembra bien formada pasamos recientemente a la abortada “niña de Rajoy”, que no sirvió más que para carnaza de los chistes. Y ahora, en los últimos tiempos, más que niña de Rajoy lo que tenemos es un bebé de pocos meses, rosado y con la cara hinchada de tanto llorar entre quienes pugnan por ella. “¡Es mía!”. “¡De ninguna manera! ¡Mía!”. “¡Mía!”. Las pretendidas madres tiran cada cual de un brazo, y con tanta fuerza que parece que la van a descoyuntar. Mientras tanto el sabio rey Salomón observa la escena y suspira. “¡Parad! He resuelto el problema. Cortaremos el bebé por la mitad, y así quedarán las dos partes y sus familiares contentos”. El monarca mira a ambas mujeres. Y entonces una, no se sabe si la más compasiva o la más lista, suspira y dice: “No pasa nada. Yo no la quiero”. Todo el mundo sabe cómo termina la historia. Salomón zanja la cuestión: “Pues entonces, tuya es. Tú eres su verdadera madre”.

Huelga decir que esa recién nacida es nuestro futuro democrático y las dos contendientes son por supuesto Podemos y Ciudadanos, que ya pugnan por hacerse con la legitimidad de los nuevos tiempos, solo que unos la quieren enterita para sí y otros están dispuestos a compartirla. ¿Quién ganará? Si Salomón viviera, lo tendría me imagino que muy claro, con su legendaria presciencia. Pero yo no lo veo en absoluto.

Podemos ha decidido jugársela al todo o nada. Pretendía una legitimidad absoluta, una revolución que, aunque no terminara de una vez con ellos, por lo menos desbancara claramente a los “viejos” partidos, con su vieja política bipartidista, y les diera una victoria en votos lo suficientemente holgada como para gobernar aunque fuera en minoría, como va a hacer el PSOE en Andalucía. Se sentían fuertes y han jugado sus cartas. Querrían no pactar con la famosa casta política y aspiran a ser la cara virginal del futuro, inmaculado, mirando hacia el porvenir, con una ligera parálisis, eso sí, que les impide volverse hacia la derecha.

Ciudadanos, en cambio, es una organización más flexible, de la que aún no se sabe nada aparte de que su dirigente cae muy bien, tiene coraje, es fotogénico y más empático que Iglesias. Pero están dispuestos a acoger casi a quien sea dentro de esa propuesta popurrí de centro que me recuerda un poco lo que se decía sobre el Partido Radical de Lerroux en los años 30:  “Es como un viaje en barco: gente de todas las edades, de todas las condiciones, de las más diversas ideologías, de los tipos más distintos, unidos solo para viajar”. A lo mejor aún no es tan variopinta la fauna, pero va camino de ello. Por el momento han entrado a saco unos cuantos miles de exmilitantes de UPyD, que a su vez ya era un receptáculo de decepcionados de otros partidos. Del azul o el rojo al magenta, y ahora al naranja, que se parece un poco al naranja de ING, joven y fresco pero tan buen negocio como cualquier banco clásico. Un recambio más que un cambio, nos advierte Pablo Iglesias.

Pero el hecho es que allí están los dos, pugnando por hacerse con el asa del futuro, y peleando por los nuevos votantes, la juventud neonata en las urnas que ya no sintoniza con el físico caduco de Rosa Díez o de Rajoy o de Cayo Lara, y que necesita un nuevo escaparate. El problema es que, con toda la energía que traían, al final el cambio que esperábamos se ha quedado en que en Andalucía ha vuelto a ganar el PSOE. La que les ha arrebatado el bebé es la vieja formación habitual, que los obliga ahora a sentarse y a pactar. La vieja negociación parlamentaria se impone.

Queríamos una revolución, pero tenemos la solución de siempre. A lo mejor la única viable y sensata. El pacto con el statu quo y con la vieja política. El pacto con Ellos. Ay, Carmela, qué tristeza. Otra vez hemos vuelto al punto de partida. Pero a lo mejor, en un país que ha tenido cuatro guerras civiles en dos siglos, eso es el mejor cambio posible. Y así, con un poco de suerte, a la niña le dará tiempo a crecer.

Conversando con Umbral

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Hacía tiempo que no paseaba por Madrid y me dio por entrar en el Café Gijón. Pedí una caña en la barra. Mientras me la traían, me fijé en que entre los libros que vendían había uno sobre el propio Café Gijón. Estuve a punto de preguntar si era el de Umbral, cuando de repente oí una voz grave a mi lado.

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Hacía tiempo que no paseaba por Madrid y me dio por entrar en el Café Gijón. Pedí una caña en la barra. Mientras me la traían, me fijé en que entre los libros que vendían había uno sobre el propio Café Gijón. Estuve a punto de preguntar si era el de Umbral, cuando de repente oí una voz grave a mi lado.

-No es el mío, no.

Me volví y lo encontré sentado a mi vera, en una butaca alta. Altivo, con la melena de plata, su fular de dandi, emboscado detrás de sus gafas de siempre, serio e impresionante como podía llegar a serlo y con un vaso de whisky con hielos a mano, sobre la barra.

-Ya bebiendo a estas horas, maestro- le dije.

-Es lo que tiene no publicar. Desde que no tengo maquina de escribir, me paso aquí el rato.

A Umbral nunca le gustó demasiado hablar, pero por una vez parecía dispuesto, de modo que aproveché para comentarle el artículo que había publicado Manuel Jabois recientemente en El País, desvelando que su auténtico padre era Alejandro Urrutia, lo que convertía al poeta Leopoldo de Luis en su hermano y a Jorge Urrutia en su sobrino. “Es agua muy pasada”, murmuró desidioso. No parecía sorprendido de seguir siendo actualidad y tampoco de que su figura creciera con la distancia.

-Suele pasar. Uno tiene que morirse para recibir elogios. Lo decía Jardiel Poncela en su epitafio. Yo, de todas formas, iba para maldito a lo Baudelaire, pero al final me he quedado en Umbral, que es más cómodo. Me va a pasar como a Ramón. Mis libros circularán de mano en mano durante décadas y siempre habrá alguien que me descubra y que se dé cuenta de que escribía cojonudamente bien. Es lo que tiene dedicarse en cuerpo y alma al oficio.

Viéndolo tan de humor le pregunté, ya que estábamos, si no le importaba concederle una entrevista a EL ESPAÑOL. No parecía al tanto y le expliqué que era el nuevo periódico de Pedro J. Eso le cambió la cara.

-Coño, Pedro J. Otro como yo, un infatigable. Siendo él, no puedo negarme. Me he tirado media vida haciendo la trasera de su periódico. Eso sí, tómate algo conmigo. Ponnos aquí un güisqui con agua, amigo, y que venga cargado. Hay que empezar bien la mañana, que andar rondando por el purgatorio, entre escritores, resulta cansino.

-¿El purgatorio?

-Toca los primeros años, antes de que a uno lo admitan en el Olimpo. Nos ocurre sobre todo a los que hemos sido famosos en vida y que hemos tenido mucha presencia mediática, como Unamuno o yo, pero no nos desviemos. Pregunta.

-Voy a improvisar. Hay temas que me hubiera gustado tratar contigo cuando vivías.

-Yo escribí bien sobre ti, pudiste acercarte.

-No estaba preparado.

-Pues ahora ya es un poco tarde. Dispara, anda.

-Los cafés madrileños, maestro. Sé que siempre te fascinaron. El Gijón, el Teide, el Comercial. Escribiste, que yo haya leído, por lo menos tres novelas sobre el asunto: La noche que llegué al Gijón, Trilogía de Madrid y Madrid 1940. Y si me apuras, en El César visionario es casi tan importante la tertulia que mantienen Ridruejo, Foxá y Torrente Ballester como los despachos de Franco. En realidad son todos de alguna manera el mismo libro. ¿Te ofende que diga esto?

-En absoluto. Quien tiene personalidad está llamado a repetirse. Un hombre con estilo no puede escapar de sí mismo. Nietzsche o Baudelaire no hicieron sino repetirse fatalmente y yo siempre les he tenido afecto. Me siento afín a ellos. Yo iba para escritor maldito de joven, ya sabes. Luego la vida…

-Los cafés…

-Supongo que los cafés me marcaron cuando llegué a Madrid en los años 60. Durante todo el siglo XX Madrid se movió y vivió intelectualmente por los cafés. A diferencia de los pintores, que son seres independientes y tienen cada cual su buhardilla en El Rastro, los escritores siempre fueron gregarios. Durante todo el XX necesitaron agruparse en cenáculos, distribuirse por los cafés. Yo diría -y creo que Ramón estaría de acuerdo conmigo- que en los años 30 lo que se llevaba eran los alrededores de Sol, como el Pombo. En los 40 las tertulias importantes estaban en la Gran Vía, el Chicote y así, y en los 50/60 bajaron a Castellana y Recoletos. Cuando yo llegué a Madrid, la más importante era la del Café Gijón y como satélite la del Teide, donde escribía César…

-Ruano.

-Sí, perdona, es la familiaridad que siento con él. A mí me fascinaba acercarme a estos sitios y ver agrupados a los escritores que admiraba, los mejores de mi época: Cela, Aldecoa, Mihura, César. Era bonito meterse en el Teide y ver a César emborronando cuartillas con su letra nerviosa. Él fue uno de mis grandes modelos. Ruano para mí emblematizaba la literatura vivida plenamente, profesionalmente, sin excusas ni cortapisas. Un escritor de la cabeza a los pies, alguien que sólo vivía para escribir, que pasaba cada minuto del día pensando en su siguiente artículo. Era el tipo de escritor puro, trabajador nato e incansable que yo quería ser. Nunca llegué a trabajar, afortunadamente, y siempre me alegré de no haber desperdiciado ni un minuto fuera de la literatura.

-Los géneros, para usted, nunca fueron importantes.

-A diferencia de para gente como tú, no. Mira, yo veía que en la literatura había demasiado encasillamiento, demasiado realismo galdobarojiano. Eso no ocurría en la pintura, donde los pintores hacía ya tiempo que asumían que la pintura es ante todo pintura, y que si es otra cosa lo es por añadidura; y en la literatura pasa igual. Un escritor es un señor que escribe o no es. Un caballo lo que tiene que hacer es correr, y luego si lo que corre son carreras de tal o cual distancia ya es secundario. Yo eso lo vi siempre claro. Esa fue la gran constante de mi vida. El estilo lo es todo en literatura y fuera de él no hay nada.

-¿Y el artículo no es un género? ¿No fuiste un maestro porque dominaste este género? ¿No te gustaba acercarte a César, a Alcántara y a todos aquellos que considerabas que tenían el secreto del artículo?

-Ahí me has pillado, chaval. El artículo, para mí, era, más que un género, una respiración. El artículo es la extensión máxima que uno puede aguantar para decir algo sobre un tema de manera intuitiva, a vuelapluma, que es como trabajan los verdaderos escritores. El artículo fue la manera que yo encontré mejor de vivir de la literatura y de hacer literatura en los periódicos, que era a lo que yo aspiraba.

-Luego, en Mortal y Rosa lo lamentas de alguna manera.

-Claro, es que todo tiene su coste. Yo pude vivir de la literatura y ser uno de los grandes escritores de mi tiempo y una persona pública gracias a mis artículos. Pero eso me robó tiempo para hacer una gran obra. Nunca pude completar una gran serie de novelas memorialistas como las de Proust, que es a lo que yo aspiraba con Memorias de un niño de derechas, Las Ninfas y etcétera. Pero lo que hice, de alguna manera, con todas mis columnas fue un gigantesco diario continuado en el que anoté todo lo que fui, todo lo que sentí, todo lo que pensé.

-Una obra abierta y gigantesca.

-También las novelas de Balzac son todas juntas una obra gigantesca.

-Ahora que mencionas a Proust, él y Miller, en mi opinión, fueron los que más marcaron tu novelística.

-Es que ellos fueron los que dinamitaron el género, los que le dieron libertad lírica, esa libertad que yo perseguía. Lo que yo no soportaba, cuando me paseaba por los cafés como éste, era el realismo galdobarojiano de la novela española. Yo quería escapar de eso y ellos me abrieron la puerta. Vi claro que yo lo que quería hacer era algo parecido. En novela mis modelos fueron ellos, en el cuento me acerqué más a Valle y en el artículo partía de referencias como Ruano, que a su vez tenía mucho de Ramón en la atención al detalle y a los temas marginales. César era capaz de escribir un artículo sobre los bancos de la calle, algo que de no haber pasado Ramón antes por la literatura española no habría sido posible.

-Otro gran escritor sin género, Ramón.

-Uno de los más grandes y condenado casi al anonimato. Ramón es una fuente de la que chupamos los escritores, un escritor para escritores, un maestro para muchos, ésa es su grandeza. Si el público no lo lee, que se joda el público. Peor para ellos.

-Y por encima de todo, como objeto, las mujeres y Madrid. Esos fueron tus grandes temas.

-Yo siempre he sido un gran admirador de las mujeres y de los gatos. Son criaturas que me han fascinado siempre. Es lo que más echo de menos en donde estoy. En cuanto a Madrid, era la gran ciudad que tenía más a mano, y a mí siempre me interesó la ciudad. Desde Baudelaire no creo que se pueda hacer literatura fuera de la ciudad. Baudelaire nos enseñó a mirarla, a verla, a pasear por ella, y yo he seguido sus enseñanzas.

El Spleen de Madrid. 

-Eso es. Yo pensaba que a ti sólo te interesaban las discotecas. Veo que me has leído mucho últimamente. Anima ver que todavía no me habéis olvidado.

-¿Y Delibes, por ejemplo?

-Delibes es una excepción, en eso como casi en todo. Un escritor que escribe “me parece de perlas” como hacía mi tía, no puede ser sino una excepción. No se puede generalizar a partir de Delibes.

-Veo que se te ha acabado el whisky. ¿Te pido otro?

-Es que, sin mi máquina de escribir a mano, no tengo otra cosa que hacer y vagabundear por la ciudad sin beber es aburrido. Pero me alegro, Mañas, de que te intereses por los muertos. Los muertos son siempre más interesantes que los vivos.

-Es que los cuerpos gloriosos dan mucho juego para las entrevistas, bien lo sabes, maestro.

Umbral se rio por un momento, rompiendo su hieratismo. Yo miré para otro lado y cuando volví a fijar la vista en su butaca había desaparecido. Me pareció verlo otra vez en la calle, cruzando camino del Teide, a conversar con Ruano, y estuve tentado de seguirle. Pero preferí dejarlo para otra vez.

Lo súbito

Podemos

“Lo súbito requiere, tanto en lo bueno como en lo malo, de un largo tiempo de gestación”. La frase es de Martin Heidegger, y está dirigida en 1953 a su entonces ex alumna y ex amante, la también filósofa y escritora Hannah Arendt.

Podemos

“Lo súbito requiere, tanto en lo bueno como en lo malo, de un largo tiempo de gestación”. La frase es de Martin Heidegger, y está dirigida en 1953 a su entonces ex alumna y ex amante, la también filósofa y escritora Hannah Arendt.

Es de suponer que el contexto de la frase fuera la discusión que mantuvieron ambos a toro pasado sobre lo sucedido en la Alemania de Hitler. Andrés Trapiello la utiliza como cita de apertura de su extenso y erudito trabajo sobre el papel de los escritores españoles durante la Guerra Civil, Las armas y las letras, para justificar las profundas raíces del problema sociopolítico de la España de la época, y lo mismo podría servirnos para el momento actual, donde ha estallado, al cabo de 30 años, el bipartidismo.

De una manera “súbita” han aparecido en escena dos nuevos partidos, Ciudadanos y Podemos, que amenazan con romper el monopolio del poder representativo que ejercían hasta hacía nada PP y PSOE, con los partidos nacionalistas como partidos bisagra imprescindibles a la hora de asegurar la gobernabilidad. Aquello fue una previsión de una ley electoral pensada en primer lugar para evitar los problemas que generó la legislación electoral de la II República, mucho más jacobina, digámoslo así, que garantizaba entre el 75% y el 80% de los escaños a la lista del partido más votado y el resto al segundo (con las consecuencias que todos sabemos: esos bandazos drásticos de la II República fueron lo que los padres de la Constitución, buenos conocedores de la historia, quisieron evitar); y también para que los nacionalistas PNV y CiU pudieran tener un rol relevante en el Congreso de los Diputados.

Las consecuencias hoy, al cabo de casi 40 años, están a la vista de todos. Los partidos bisagra, los nacionalistas, son quienes se han llevado el gato al agua y quienes han chantajeado hasta la saciedad a los partidos mayoritarios, consiguiendo la mayoría de sus objetivos políticos con una eficacia increíble, dada su escasa representatividad. Ello en detrimento de partidos más “nacionales”, como Izquierda Unida, gran perjudicada desde siempre, o UPyD, cuyo mayor número de votos en términos globales resultan diluidos por la actual circunscripción provincial.

Al mismo tiempo aquello no ha servido para paliar el bipartidismo ni para evitar los bandazos políticos que han seguido dando el PP y el PSOE, el mismo vicio político que se pretendía evitar. Bien es verdad que no se ha llegado a la guerra civil sino que, al contrario, lo que se ha producido es una alternancia entre dos partidos que se han repartido el poder durante 30 años de manera no muy diferente, en la práctica, a la forma en que lo hicieron Cánovas y Sagasta durante la Restauración.

Que la ley electoral es uno de los aspectos que debemos reformar si queremos regenerar la democracia, creo que eso ya no lo duda nadie. Que mientras esta ley exista, la confluencia de los dos nuevos partidos va a tener una incidencia clave en la gobernabilidad del país y va a obligar a nuevas variaciones geométricas y a nuevos pactos, eso también es una evidencia, y refrescará el panorama político. De repente la cosa se va a poner mucho más interesante y las elecciones andaluzas no son más que un anticipo de lo que será la política nacional. Pero –para volver a nuestro arranque- la “súbita” aparición de estos partidos nuevos ha tenido una gestación larga, muy larga.

Hay quien ha descubierto la figura de Pablo Iglesias a raíz de las elecciones europeas, cuando su formación sorprendió a todos con un millón de votos. Pero Iglesias y su entorno ya estaban ahí en el 2011, durante el 15-M, cuando entre otras cosas se ofrecieron a Izquierda Unida para canalizar un movimiento que pensaban poder controlar.

Esa fecha es el principio de todo. Fue entonces cuando se visualizó el descontento masivo de la sociedad española con el sistema bipartidista de la Transición. Fue entonces cuando muchos miles de personas clamaron contra una Constitución que al cabo de 36 años pide una reforma, contra una ley electoral injusta, contra una monarquía a la que se le ha agotado la legitimidad del 78, contra esas listas cerradas que suponen en la práctica un secuestro de la soberanía popular y contra un Estado de las Autonomías que, a fecha de hoy, no es ni chicha ni limoná, y encima resulta tremendamente oneroso.

Al cabo de un tiempo, viendo que la calle se calmaba, los políticos de siempre siguieron como siempre, y hasta se mofaron. Nadie atendió a aquello que, puede ya decirse, ha sido el movimiento popular más importante de la historia reciente. Hoy ya no se mofa ninguno. Hoy los tienen enfrente y pronto los tendrán a su lado en el Congreso. De súbito, como decía Heidegger, esto no ha tenido nada.


José Ángel Mañas es escritor y autor de libros como ‘Historias del Kronen’ (1994) o ‘El siglo de Águila Roja’.