Tres nacionalismos y una Constitución

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El autor recuerda que, en la Historia de España, cuarenta años de paz y prosperidad son la excepción, y que esa trabajada estabilidad la está poniendo en riesgo el nacionalismo. Al independentismo catalán le vaticina el mismo final que tuvo Tejero.  

Dicen los nacionalistas catalanes que España es un país decadente. Se han dado cuenta un poco tarde: el conde-duque de Olivares admitió oficialmente la decadencia en 1621. Y en el largo camino de los siglos, Jovellanos invocaba a los espíritus ilustrados; se nos suicidó Larra vestido con levita; un joven Ortega viajó a Alemania para convertirse en “importador de idealismo”; y ahora, los nacionalistas catalanes devienen en independentistas.

Siguiendo a los sofistas, podemos decir que hay verdades históricas relativas: Dante condenó al infierno a los asesinos de Julio César, mientras que Shakespeare los defendía porque lucharon por la libertad de la república. Sin embargo, hay verdades irrefutables: nunca existió una Corona catalano-aragonesa, sino la Corona de Aragón; y al morir Carlos II, no hubo una Guerra de Secesión, sino una Guerra de Sucesión. Ambas mentiras se enseñan impunemente en las escuelas catalanas. Con la misma impunidad, en las franquistas se enseñaba que España había sido colocada “providencialmente por Dios en el centro del mundo” y que “lo más probable es que Cristóbal Colón fuera español”.

Por cierto, hace un mes, gracias a una fundación financiada por la Generalitat, nos enteramos de que Artur Mas es descendiente de Colón. ¿Vendrá el parentesco por los naufragios (Colón perdió nueve barcos en sus cuatro viajes)? ¿O por Manuel de Prado y Colón de Carvajal, que ingresó en la cárcel de Sevilla II por apropiarse indebidamente de 12 millones de euros?

Todos los nacionalistas desprecian la Historia, la modelan a su antojo como si fuera barro, la manchan

Todos los nacionalistas que en el mundo han sido desprecian la Historia, la modelan a su antojo como si fuera barro, la manchan: Franco quería eliminar el siglo XIX “por ser el culpable de todas la degeneraciones de nuestro ser”; Jordi Pujol, en un pleno parlamentario de finales de los 70, afirmó: “Hay que cambiar no ya cuarenta años, sino quinientos de la Historia de España”.

En la Italia de Mussolini, multaban a los comercios y empresas que rotulaban en lenguas extranjeras (Restaurant, Brasserie…); en la Cataluña del siglo XXI, se multa por hacerlo en una de las lenguas oficiales. Santiago Espot, el presidente de Catalunya Acció, ha denunciado a miles de trabajadores que rotulaban en español; Blas Piñar, el consejero nacional del Movimiento, denunció la publicación de algunos libros, como las Obras Completas de Neruda.

El despacho de Franco en el Palacio de El Pardo se montó sobre el comedor de Carlos III, pero al dictador y a sus censores no les llegaron ni unas migajas ilustradas. En las catacumbas del Ministerio de Información y Turismo, trabajaban los censores (curas y militares en su mayoría). El lápiz rojo dibujó situaciones absolutamente risibles: hubo quien tachó la palabra “insólito” por el “matiz agresivo” de los esdrújulos; y quien, en un poema de Vázquez Montalbán, cambió “sobaco” por “axila” porque el primero era “un vocablo ordinario”.

Se empieza llamando guarros a los españoles y se acaba creando partidos que no condenan a ETA

El padre del nacionalismo vasco, Sabino Arana, decía que el español apenas se lava una vez en su vida. Se empieza llamando guarros a los españoles y se acaba creando una sociedad en la que uno de cada cinco vascos vota a un partido que no condena a ETA (los etarras deben de acostarse cada noche con unas gotitas de Chanel Nº 5).

Los nacionalistas no respetan ni los cielos: en el vuelo que llevaba a la delegación española a Londres para participar en las Olimpiadas de 1948, el famoso general Moscardó (por entonces presidente del COE) le quitó el micrófono a la azafata: “Ahora que llegamos a esta tierra de cabrones, digamos todos ‘¡Viva Franco! ¡Arriba España!’”. Treinta y dos años después, el primer español que coronaba el Everest, Martín Zabaleta, colocó junto a la ikurriña el anagrama de ETA.

En otras ocasiones, es la Iglesia la que no se hace respetar: el 80% de los sacerdotes vascos se confiesa fuertemente nacionalista; el 10%, abertzale; y sólo el otro 10%, no nacionalista. Y qué decir de la actitud durante el franquismo de la Iglesia católica, cuyas doctrinas permearon la sociedad española hasta la asfixia moral (había un censor, el padre Vázquez, que en su estulticia le tenía manía al personaje de Superman; tuvieron que reunirse con él varios directores generales para que permitiera la publicación de los tebeos).

España es el país más descentralizado de Europa y el tercero del mundo, tras Canadá y Australia. La Constitución del 78 fue enormemente generosa con los nacionalismos, concediendo un trato fiscal privilegiado a vascos, navarros y catalanes (estos últimos lo rechazaron). En aquel contexto en el que salíamos de una dictadura, el privilegio podía tener sentido. Hoy, en la Europa que busca la armonización, no.

Es inaceptable que en el siglo XXI unos ciudadanos tengan ventajas fiscales simplemente por haber nacido en un territorio, apelando además a unos derechos históricos muy discutibles. Los mismos que aceptan esos derechos y privilegios, supongo que estarían dispuestos a aceptar que la Casa de Alba tuviese un trato tributario especial.

En ningún otro país europeo hubieran obtenido los nacionalistas tantas concesiones como en España

En la Historia de España, cuarenta años de paz y prosperidad son la excepción. La nuestra es la historia de los enfrentamientos civiles y los pronunciamientos militares. A todos los que elaboraron aquella Constitución (en un arco parlamentario que iba desde los antiguos franquistas a los comunistas), hemos de estarles eternamente agradecidos. Como dice el epitafio de Suárez, “la concordia fue posible”. El único presidente de la Generalitat que trabajó como el que más por esa concordia fue Tarradellas, en cuyo Gobierno había políticos de UCD y comunistas.

En ningún otro país europeo hubieran obtenido los nacionalistas tantas concesiones (el francés ha enmudecido en el ámbito oficial al occitano, el bretón, el corso y el alsaciano; y los Länder de la muy federal Alemania no tienen Policía propia, ni televisión, ni…). Y en vez de ser reivindicativos dentro de la lealtad institucional, se han dedicado a practicar su deporte favorito: el victimismo.

El sueldo de Artur Mas casi triplica el de Rajoy; y llevaba a sus hijos a una de las escuelas privadas más caras de Cataluña -que tiene un régimen de enseñanza trilingüe-, pero no deja que, en la pública, los otros padres puedan elegir el español como lengua vehicular. A pesar de eso, en un símil obsceno, compara la actual situación catalana con la Sudáfrica del apartheid.

Prefiero una España tranquila a una España unida, pero quien quiera soltar las amarras deberá conseguir las mayorías necesarias. De lo contrario, aunque lleve traje y corbata, será un golpista. Patético destino para quien se sueña el Mesías del independentismo: acabar como Tejero, el último espadón del Ejército español.

Parafraseando a Camus, si me dieran a elegir entre la Comunidad Valenciana o España, me quedaría con mi madre. ¿A qué viene buscar tantas diferencias si todos estamos hechos del mismo material que las estrellas?

 

*** José Blasco del Álamo es periodista y escritor

*** Ilustración: Sr. García

Paraísos sin niños

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Con motivo del 75º aniversario del asesinato de León Trotski, que se cumple este viernes, el escritor y periodista José Blasco del Álamo reflexiona sobre las utopías, su poder de fascinación y la dificultad de juzgar con los ojos de nuestro tiempo a quienes en el pasado se vieron arrastrados por ellas.

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Hace setenta y cinco años, las manos de Ramón Mercader alzaron un piolet y asestaron un golpe brutal en el cráneo de Trotski. El piolet se manchó de sangre y masa encefálica, pero el creador del Ejército Rojo, “chillando como un cerdo al que están degollando”, aún tuvo tiempo de morder la mano que quería matarlo.

¿Qué vio Trotski durante aquellos minutos antes de perder el conocimiento? ¿Empezó a ver con la retina del alma? ¿Cómo funcionó su cerebro durante aquellos minutos? (Un estudio reveló que sus neuronas tenían un tamaño excepcional).

El gran amor de Mercader se llamaba África, una comunista tan guapa como fanática para quien Stalin era el Guía del Proletariado Mundial y Trotski el mayor conspirador. En Barcelona, África le enseñó que los ideales revolucionarios debían estar por encima de todo. Por eso, no le contó que se había quedado embarazada.

Cuando nació Lenina, se quedó a vivir en Málaga con los abuelos maternos y África volvió a Barcelona, donde le dijo a Ramón que habían sido padres de una niña, pero que debían olvidarse de ella para que nada les desviara de sus ideales.

Ramón Mercader nunca le regaló flores a África. Cuando estaba a punto de asesinar al líder ruso, se acordó de Lenina: lo único que sabía de ella, aparte de que había cumplido seis años, era que, en palabras de la madre, “está bien”. Más explicaciones le dio cuando su hija murió: en una carta le decía que había muerto luchando en una guerrilla antifranquista y que ellos debían sentirse orgullosos.

Por aquel entonces a Ramón también se le había muerto la utopía que soñaba con un mundo mejor. Después de pasar veinte años en cárceles mexicanas, llegó a Moscú prácticamente como un apestado: era el símbolo de la barbarie estalinista que una mayoría quería olvidar.

Barea e Ilsa

A Mercader le gustaba leer. En la cárcel leyó dos libros de Trotski. Le hicieron reflexionar tanto que llegó a la conclusión de que, si los hubiera leído antes, no le hubiera clavado el piolet. Ya en Moscú, en su casa con vistas al río Moscova, leía en un butacón. Es posible que leyera La forja de un rebelde, la trilogía autobiográfica de Arturo Barea.

Barea se definía como “un socialista sentimental”. Afiliado a la UGT desde su juventud, durante la Guerra Civil trabajó como censor de prensa extranjera en el edificio de la Telefónica de la Gran Vía madrileña. Allí conoció a Ilsa, una periodista austriaca que se convertiría en su segunda mujer.

Un día de abril del 37, después de un bombardeo, algo llamó la atención de Barea: en el cristal del escaparate de una tienda estaba pegado un trozo de cerebro humano. Y los proyectiles, y los obuses… Fueron meses en los que sufrió náuseas y convulsiones, agravados cuando denunciaron a Ilsa por trotskista.

Tuvieron que huir a Inglaterra, dejando Barea en Madrid (en una situación rayana en la miseria) a su mujer y a sus cuatro hijos, a los que no volvería a ver. El sentimiento de culpa no le abandonaría nunca. Para mitigarlo, cada mes enviaba a sus hijos cartas y cheques. El “Querido papá” con el que ellos encabezaban sus cartas era para él como una caricia.

En el edificio de la Telefónica, Barea también había conocido a Hemingway, que apareció por la sala de prensa acompañado por su amante, Marta Gellhorn. España era una de sus pasiones: siendo niño, en la revista del colegio firmaba con el seudónimo de Ernest de la Mancha.

En el Madrid guerracivilista, Hemingway bebía whisky mientras se tragaba propaganda soviética. Había venido a “luchar por el derecho a regar la tierra española que los aristócratas mantienen sin cultivar por su propio capricho”. Alojado en el hotel Florida (uno de los pocos que aún tenía agua caliente), iba y venía de España a Estados Unidos en camarotes de lujo o en aviones fletados por ministros. Mientras intentaba escribir algunos relatos sobre la guerra, sus dos hijos contrajeron el sarampión, alterando sus planes artísticos y guerreros. Hemingway le confesaría a su editor: “No quería irme de España, y todo lo que deseo ahora es regresar cuanto antes”.

Setenta y cinco años después, en esta Europa felizmente en paz, qué fácil es juzgar a Ramón Mercader, a Arturo Barea, a Ernest Hemingway… ¿Qué hubiera hecho cualquiera de nosotros en tiempos de guerra, rodeado de fanáticos, tal vez atacado en el instinto de supervivencia? ¿Hubiéramos creído en utopías que casi nadie supo ver que eran distopías? ¿Cómo se podía luchar por un mundo supuestamente mejor abandonando o menospreciando a tus propios hijos?

Tenemos la suerte de haber nacido en un tiempo donde los verbos candentes suelen silenciar a los incendiarios; donde hay más manos abiertas que puños crispados. La Tierra nunca será un paraíso porque siempre será el reflejo de los seres que la habitamos, pero la sonrisa de un niño es la esperanza. Arturo Barea y sus tres hermanos no acabaron en un orfanato porque su madre decidió trabajar como sirvienta y partirse el espinazo lavando ropa en un Manzanares a veces helado. De eso han pasado cien años; hoy nadie se acuerda de ella.

José Blasco del Álamo es escritor y periodista.