El espejismo Corbyn

 REUTERS/Toby Melville

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La elección de Jeremy Corbyn como líder laborista fue saludada en sectores de la izquierda española con una efusión que evoca ejemplos recientes, no siempre con final feliz. 

La elección de Jeremy Corbyn como líder laborista fue saludada en sectores de la izquierda española con una efusión que evoca ejemplos recientes, no siempre con final feliz. Pablo Iglesias intentó capitalizar un supuesto paralelismo, “hurtándole” a Corbyn a la familia socialdemócrata –a la que, bien es cierto, es probable que sólo pertenezca por las particularidades del sistema de partidos británico. Con el fiasco de Tsipras aún presente, quizás la prudencia aconsejaría no correr a abrazarse a figuras que en poco tiempo se consumen en la hoguera de la política real ni intentar apropiarse a toda costa de triunfos que, además de ajenos, pueden acabar amargando.

Pero, al margen del tacticismo electoral, el súbito entusiasmo con Corbyn –que antes fue Tsipras, que antes fue Hollande, que antes fue…– refleja la lectura distorsionada a la que aboca fijarse en personajes y discursos antes que en realidades subyacentes. La elección de Tsipras en enero podía significar un mandato contra la austeridad y un hartazgo respecto a los dos grandes partidos, pero difícilmente que una mayoría de griegos hubieran decidido superar el capitalismo o romper con la UE. Así lo indican a las claras la nueva victoria electoral de Syriza tras la rendición de julio pasado y el fracaso de su escisión purista. El fervor sobrevenido por Corbyn también corre el riesgo de interpretaciones excesivas.

Una de las claves de la elección de Corbyn ha sido el nuevo procedimiento, adoptado durante el mandato de Miliband. Si el antiguo sistema otorgaba el mismo peso a tres colegios electorales (sindicalistas, parlamentarios y afiliados), el nuevo consagra el principio de “un afiliado, un voto” y favorece a las bases frente a las elites del partido. Además, se han simplificado los trámites para afiliarse y votar: uno se registra por Internet y pagando una cantidad más bien simbólica. Este sistema, por cierto, despertó en su momento el miedo de que comunistas y tories se infiltrasen… para votar a Corbyn.

Esta simplificación ha tenido el efecto de multiplicar la afiliación, atrayendo entre otros a un gran número de jóvenes antes desafectos con el partido o la política en general. Hasta qué punto estos votantes jóvenes (ideológicos e hipermovilizados en internet) o las bases laboristas más a la izquierda sean representativos del votante mediano británico en unas generales está por ver, pero no parece haber demasiados motivos para el optimismo.

Como señala David Goodhart en Prospect, la elección de Corbyn no parece corresponder a ningún giro en la opinión pública sino más bien a la búsqueda entre los votantes más politizados de un mensaje distinto y una esperanza tras la mediocridad galopante del período post-Blair, y dada la dificultad de la socialdemocracia actual para ilusionar o vender un proyecto distintivo. Hay incluso quien equipara el protagonismo de Corbyn con el de Nigel Farage en la derecha: candidatos que sobresalen del adocenado discurso político del establishment, vacuo, carente de imaginación y de alternativas, más preocupado de no incurrir en incorrecciones de mensaje o valores que de proponer nada emocionante o disruptivo. Pero lo que para el UKIP puede ser un nicho satisfactorio o exitoso, para el laborismo significa quedarse al margen de las mayorías sociales que dan acceso al gobierno. Frente a las bases laboristas más ideológicas o el universitario de clase media que ha pagado tres libras para votar a Corbyn, la realidad electoral británica aún debe de parecerse más a aquel “Mondeo man” popularizado por Tony Blair: un votante tradicional laborista pero orgulloso de su modesta prosperidad y de los signos de su trabajosamente adquirido estatus, que empieza a percibir el socialismo como una amenaza antes que una esperanza.

Dato interesante: Goodhart compara desfavorablemente a Corbyn con Podemos, en cuanto el partido español sí reflejaría un cambio profundo de tendencia en el electorado. Entre las razones para la desafección de los jóvenes españoles hacia el “sistema”, y muy singularmente hacia el Partido Socialista, están sin duda la dualización y precarización del mercado de trabajo, donde la socialdemocracia y los grandes sindicatos han aparecido más como colaboradores necesarios que como protectores. Esta crisis de aspiraciones se refleja también, sin duda, en el el movimiento pro-Corbyn; aunque, como apunta Goodhart, los jóvenes británicos quizás sean en conjunto más conservadores en términos económicos que los españoles.

Sin embargo, la distribución ideológica de los españoles no ha virado más que marginalmente a la izquierda durante esta crisis. En origen, el propio 15M reflejaba no sólo descontento político y una crisis de representación, sino la frustración larvada de unas aspiraciones materiales básicas, y no exactamente revolucionarias: trabajo, vivienda, la capacidad de construir una vida autónoma y formar una familia. Nada indica que las mayorías de gobierno se ganen ahora peleando por valores extremos de la escala ideológica; ni que la propia escala se haya transformado en ese “arriba vs. abajo” que resume la hipótesis populista de Podemos; ni, en fin, que el espacio de Pablo Iglesias vaya a ser más amplio que el de un hipotético Labour radicalizado. Los problemas de la socialdemocracia, que son reales, no se van a solucionar respondiendo al reflejo de los activistas y el comentariado progresista de “girar a la izquierda” después de cada derrota. Sobre todo si eso significa idealizar el pasado antes que afrontar el presente.

John McDonnell, responsable de Hacienda en el Shadow Cabinet de Corbyn, bromeó en cierta ocasión con que le gustaría viajar al pasado y matar a Margaret Thatcher. La ocurrencia, de mejor o peor gusto, retrata un cierto talante, de nuevo más preocupado por personajes, manifestaciones y símbolos que por el trasfondo. La intelligentsia de izquierdas a menudo parece empeñada en luchar contra fantasmas, y en prepararse concienzudamente para ganar todas las guerras pasadas. Porque, por supuesto, el menor de los problemas de la socialdemocracia europea hoy es Margaret Thatcher. O el giro hacia el “rigor” de Mitterrand en 1983. O, para el caso, Angela Markel. Pese a los discursos apocalípticos, la socialdemocracia ha triunfado en más de un sentido, y muere de éxito: asumida en alguna medida su agenda económica y de valores por todo el espectro político, la paradoja es que hoy parece ofrecer poco de diferencial. Nadie que aspire al gobierno en Europa puede oponerse frontalmente al Estado de bienestar y algún grado de redistribución, e incluso EEUU comienza a mirarse en el espejo escandinavo. Los problemas de verdad atañen a cómo sostener esos Estados de bienestar con una demografía adversa y una realidad laboral compleja, cómo redefinirlos para atender las nuevas urgencias sociales, y cómo conjugarlos con el crecimiento y una inmigración que a veces las clases medias y populares perciben como amenazante.

Los partidos socialistas se enfrentan a dificultades estratégicas que encajan mal en la lógica izquierda-derecha clásica. Goodhart enumera algunas. Sus electorados tradicionales están envejecidos, y la lógica del obrerismo se disipa en economías tercerizadas. En España, como apuntábamos, la dualidad laboral agranda esta fractura entre votantes tradicionales y jóvenes precarios, subempleados y frustrados. Los jóvenes universitarios urbanos y los votantes de más edad, rentas más bajas o circunscripciones rurales divergen en valores: si los primeros comparten una perspectiva posmaterialista con buena parte de sus coetáneos, los otros a menudo defienden valores más tradicionales. Por fin, hay que sumar el dilema territorial, que en el Reino Unido se refleja en la pérdida de Escocia para el laborismo -léase en España el hundimiento del PSOE en alguno de sus feudos tradicionales. ¿Qué soluciones plantean los partidos socialistas en Europa y en España para superar estos retos? No está escrito que sean capaces de generar de nuevo grandes coaliciones sociales uniendo a los trabajadores fijos, a los jóvenes sobrecualificados, a los working poor, a los autoempleados, a los partidarios de más autonomía frente al gobierno central o la UE, a quienes reniegan de la carga fiscal que implica el bienestar, o a quienes recelan de compartir ese bienestar con inmigrantes. (Tampoco sabemos, por cierto, qué opinan de todo esto los supuestos émulos españoles de Corbyn, salvo su decidida voluntad de pescar en el caladero socialista.) Nada es para siempre: los viejos partidos liberales europeos, los socialdemócratas suecos o los laboristas israelíes son testigos de que las hegemonías desaparecen cuando las coaliciones de votantes y los equilibrios sociales que las sostienen se esfuman.

¿Significa esto que el talante y la ideología de los líderes son irrelevantes, y que Corbyn pasará sin pena ni gloria, como muchos vaticinan? Los liderazgos, cuando disfrutan de un cierto capital político, pueden reformular y hasta modelar las preferencias de sus electorados, de abrir camino por así decirlo hacia un nuevo equilibrio político. Algo de eso hubo en Thatcher, como en el tan denostado hoy Blair: supieron reconocer tendencias sociales y reforzarlas desde el gobierno para construir coaliciones ganadoras. Pero esta capacidad es limitada, y quien pretende ejercerla contra las realidades sociológicas y políticas más tozudas suele estrellarse. La lógica del activismo y la de la política no son idénticas, como algunos han aprendido en Grecia y otros están aprendiendo a marchas forzadas en España.

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Jorge San Miguel es politólogo y asesor político. Actualmente colabora con el Equipo Económico de Ciudadanos.

Y el Verbo de la nueva política se hizo carne: 3 claves de la irrupción de Podemos y Ciudadanos

Andalucía es el primer choque en una larga campaña hasta las generales. A falta de datos más sólidos, hacemos unos primeros apuntes desde el campo de batalla donde el Verbo de la nueva política ha empezado a hacerse carne.

Empieza el año electoral y los discursos, aspiraciones, estados de ánimo y estrategias de los últimos meses comienzan a confrontarse con la realidad del voto. Andalucía es el primer choque en una larga campaña hasta las generales. A falta de datos más sólidos, hacemos unos primeros apuntes de urgencia desde el campo de batalla donde el Verbo de la nueva política ha empezado a hacerse carne.

1. Podemos y la gestión de las expectativas.

Podemos daba sus primeros pasos hace apenas un año y sus 15 escaños son un éxito sin ambages. Pero su trayectoria de Podemos no sólo ha tenido lugar en lo real sino en el plano de los estados de ánimo y las expectactivas, y por eso existe la tentación de minimizar sus resultados.

Susana Díaz apostó por unos tiempos que le favorecían, en apariencia, antes de que Podemos pudiese consolidar su organización, su candidata y su propuesta, cualquiera que fuese. Es decir, el viejo aparato socialista jugó con las opciones sobre la mesa de la misma manera que los promotores de Podemos cuando decidieron disparar su bala de plata en los “baratos” comicios europeos.

En tiempos de volatilidad, la apuesta encerraba no poco riesgo, y una derrota en su casa frente al partido que ya se anunciaba como la opción “de cambio” hubiera podido marcar una trayectoria fúnebre para el PSOE a lo largo del año. Pero los resultados la han validado. Los votos morados se han multiplicado por dos respecto a las europeas, estreno electoral del partido de Pablo Iglesias. Eso ha sido así con un entorno y un calendario desfavorables, y con una candidata sospechosa ante la cúpula del partido, cuya naturalidad para la comunicación no acaba de ocultar sus limitaciones. La lectura más evidente es que Podemos está para quedarse, aunque el asalto a los cielos probablemente lleve más tiempo, más trabajo y más renuncias de los que algunos iluminados creen o quieren creer.

A falta de que lleguen más datos, las elecciones parecen confirmar algunas tendencias apuntadas desde mayo de 2014. El voto de Podemos se alimenta de la abstención y castiga sobre todo a IU, pero tiene un carácter más transversal y urbano que el partido de Alberto Garzón. Hasta el punto de arrebatarle al PP el triunfo en Cádiz, epicentro de nuestra crisis laboral. Hasta en Marinaleda, rompeolas de todas las utopías, Podemos rasca un porcentaje más que apreciable a los de Maíllo. Señal quizás de que no pocos prefieren aparcar la pureza ideológica y hasta las servidumbres materiales inmediatas frente a la posibilidad intuida de un impacto más amplio. No obstante, que Podemos empiece a percibirse como “voto útil” es a la vez un as en la manga y un desafío organizativo, discursivo y de expectativas.

2. Ciudadanos y el espacio del centro-derecha.

La otra gran batalla se libraba en el espacio del centro-derecha con PP, UPyD y Ciudadanos pugnando por liderar el cambio “sensato”, “razonable”, de “sentido común” o el tópico que ustedes prefieran para Andalucía.

Que la candidatura del Partido Popular ofrecía poca oportunidad de ilusionarse a los suyos era evidente desde el principio. Los de Génova confiaban en la (presunta) fortaleza de la marca nacional y en el desgaste socialista antes y no en deslumbrar con ideas o personalidades. Con el partido en entredicho en todo el territorio nacional, su líder andaluz estaba abocado a un descalabro como el que se ha hecho realidad. Quizás lo más preocupante para los populares es que no había en apariencia muchas más opciones discursivas ni de personal sobre la mesa. Por muy criticable que sea el “arriolismo”, las alternativas no sobran.

Comprobada la caída del PP, quedaba por ver quién ocuparía el espacio de centro. Ciudadanos concurría con el optimismo que las encuestas, los medios y los ánimos nacionales le otorgan mientras UPyD pretendía desmentir las corrientes de opinión del último medio año, que dan a Rosa Díez por amortizada en su pugna con Albert Rivera.

Con dos candidatos autonómicos poco conocidos, la diferencia de resultados refleja la distinta consideración que hoy merecen en la escena nacional una y otra marca: con un Ciudadanos en ascenso y una UPyD estancada y lastrada por lo que los electores probablemente perciben como desunión interna, encastillamiento y desorientación respecto a su público objetivo. También lo que va de un discurso optimista, movilizador y con un suave populismo orientado a las clases medias, a otro que oscila entre el partido protesta y la bronca hacia electores y opciones afines.

La realidad, al margen de los entresijos de la negociación fallida entre UPyD y Ciudadanos y las razones de unos y otros, es que ambas formaciones se dirigen -o deberían- a un mismo espacio electoral y sociológico, y que el “narcisismo de las pequeñas diferencias” al que se entregan cúpulas y activistas es incomprensible para el grueso de los votantes, más sensibles a lo que los medios y las percepciones públicas transmiten.

Por encima de todo, cabe sospechar que este primer embate del año solidifique algunas tendencias que antes del domingo pertenecían aún al reino de lo especulativo o de lo anímico. La posibilidad de un derrumbe del PP, la aparición de una alternativa viable o no irrelevante en el centro-derecha, la incapacidad de UPyD para capitalizar el trabajo de los últimos años. El votante que pulula a la derecha del cinco en la escala ideológica puede tomar nota de este primer resultado y obrar en consecuencia en sucesivas elecciones. En principio, no son buenas noticias ni para el Partido Popular ni para los magenta.

3. Encuestas 1 – Propaganda 0.

En un año en que tantos se juegan tanto es lógico que las estimaciones de los institutos de opinión sean el centro del debate y conciten esperanzas, rechazos y hasta odios. Tampoco cabe escandalizarse de que unos y otros partidos empleen casi toda la gama del juego limpio y menos limpio para lograr sus fines, o para protegerse cuando no se logran.

Las empresas demoscópicas, como es sabido, tampoco son del todo ajenas a politiquerías y servidumbres, y por eso mismo es banal obsesionarse con ello y no querer ver la realidad que se intuye tras la agregación de sondeos dispares. Pero es de justicia reconocer que las denostadas encuestas han ofrecido en conjunto un panorama no muy alejado de la realidad electoral final: el PSOE ha vencido, el PP se ha desplomado, Podemos y Ciudadanos han entrado con fuerza más o menos matizada, e Izquierda Unida y UPyD han quedado, quizás paradójicamente, mal paradas en el combate entre “vieja” y “nueva” política.

El Verbo de la inferencia estadística también se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros. Hasta la siguiente cita electoral habrá que conformarse con los siempre criticables y a veces interesados sondeos o con el siempre interesado y nebuloso magma de opiniones, estados de ánimo y discursos propagandísticos.