Cataluña entre dos extremos

Supporters of secessionist group Junts Pel Si (Together for Yes) react after polls closed in a regional parliamentary election in Barcelona, Spain, September 27, 2015.  Separatists have won a clear majority of seats in Catalonia's parliament, an exit poll showed on Sunday, in an election that could set the region on a collision course with Spain's central government over independence.     REUTERS/Andrea Comas

REUTERS / Andrea Comas

La dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central.

Anoche, al principio del Passeig del Born, ante el espectacular edificio reformado que alberga el museo-homenaje a la construcción nacional de Cataluña, cientos de personas gritaron “in-inde-independencia” hasta quedarse sin voz. Aún estando allí como observador, resultaba difícil no sentir dentro de uno el impulso de unirse al clamor. Cuando Raül Romeva subió al estrado y, con la autoridad y el aplomo que da estar detrás de un atril, empezó a corear “la veu d’un poble” con todos los asistentes, la atracción de pasar a formar parte del “poble” era casi irresistible. Pero la misma escena vista después, a través de la pantalla del móvil, en YouTube, se apreciaba de manera completamente distinta. La atracción se diluía hasta desaparecer. Y aquello solo tenía el aspecto de lo que era: un mitin.

A unos pocos kilómetros de allí, en una sala más bien blanca, más bien luminosa y con una moqueta más bien moderna, toda alma viviente que cabía en ella gritaba “Cataluña es España” ante un estrado níveo coronado por el logo naranja de Ciudadanos. La acústica hacía que la voz rebotase en los oídos y en el interior de la cabeza de manera vibrante. De nuevo, ser uno con la masa era una tentación difícil de esquivar. El atril, la sala, los gritos vibrantes y la moqueta estaban en el Hotel Barceló Sants. Justo sobre la estación del mismo nombre, donde sale el AVE para Madrid.

Al llegar al vestíbulo de esa estación hacia las diez de la noche me encontré con un nutrido y variado grupo de personas con carpetas y acreditaciones azules. Era la pequeña división de militantes que el PP había traído a las elecciones. Esperando al tren que les devolvería al centro de la Península. Ninguno parecía exultante. Algunos estaban cariacontecidos. Hoy, muchos de los dirigentes de Ciudadanos, que ahora es un partido estatal a pesar de sus orígenes catalanes, bajarán de sus habitaciones y, en pocos minutos, tomarán o habrán tomado la misma dirección. Llevándose una parte de las voces consigo.

Entre estos dos extremos anoche cabía Cataluña entera.

La salida del callejón

Llegué a Barcelona en la medianoche del jueves. Yo venía fresco y con ganas: hacía meses que no pisaba la ciudad, en la cual no nací ni crecí pero sí viví y trabajé dos veces en mi vida, la segunda hasta septiembre de 2011. Pero Barcelona me recibió más agotada que entusiasmada.

En las siguientes 72 horas recorrí todo el espacio entre aquellos dos extremos. Fue un periplo dialéctico, tejido a través de todas las discusiones que había dejado de mantener en mi ausencia y que por fin podía recuperar. Al principio me dediqué con devoción a la tarea. Pero no me costó demasiado comprender el agotamiento al que se sometía la ciudad. Hablase con quien hablase, la conversación siempre acababa en el mismo lugar.

Había entre mis interlocutores y yo una serie de premisas compartidas, que ellos llevaban repasando una y otra vez desde hacía meses, años incluso. La primera era que, ahora mismo, el independentismo no sumaba una mayoría absoluta de individuos dispuestos a votar por él. La segunda consistía en asumir que la mayoría relativa era lo suficientemente importante como para requerir algún tipo de respuesta por parte del resto de España. La tercera, que ahora mismo no existe la salida no negociada al conflicto. Es decir: que en cualquier caso iba a haber una mesa y personas hablando en torno a ella en algún momento del futuro próximo. Fuere para discutir un referéndum, una reforma constitucional, un cambio en el modelo de financiación o un proceso de secesión irreversible, la alternativa unilateral quedaba siempre totalmente descartada.

Cabe aclarar que la mayoría de las personas con las que venía hablando eran politólogos, economistas o sociólogos. Por tanto, independientemente de sus preferencias personales comprendían perfectamente que la esencia de cualquier estado consiste en el monopolio de la violencia, la capacidad para recaudar sus propios impuestos sobre una población dispuesta a pagarlos y el reconocimiento internacional. A una hipotética Cataluña separada de España de manera no negociada no le esperaba ninguna de las tres cosas, al menos no con menos del 50% de sus ciudadanos dispuestos a ello y ningún tipo de represión violenta desde Madrid.

Era una vez aceptadas estas tres premisas cuando se llegaba al auténtico punto muerto, al callejón sin salida que provoca el agotamiento. ¿Cuál sería la forma de esa negociación? ¿Cómo se iniciaría, quién daría el primer paso, en qué términos? Era entonces cuando nos embrollábamos en elucubraciones destinadas a reconciliar posturas aparentemente irreconciliables

La Cataluña que está entre el mitin del Passeig del Born y los gritos sobre la Estació de Sants se encuentra también en el siguiente gráfico. La imagen encierra a España de la misma manera. En él se representa la distribución de preferencias en torno al modelo de Estado que quieren los catalanes para España, y el que quieren el resto de españoles para su país, incluyendo en él al país de los otros. La diferencia entre ambos colectivos no es opuesta, pero sí desalentadora.

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Que nadie dude de que de aquí al 20 de diciembre todos los partidos van a aprovecharse de estas diferencias para jugar en corto. Pero lo que importa es que la mesa de negociación, ahora vacía, les espera al final del camino. Paciente.

Una mesa de negociación es un instrumento curioso. Nos hace entender que las preferencias de los individuos no son tan sencillas como parecían un segundo antes de sentarse en ellas. Tomemos un ejemplo sencillo. Un matrimonio. Ella le dice a él que se quiere divorciar, que no está dispuesta a aceptar el actual reparto de trabajo doméstico, según el cual él solo friega los platos una vez por semana y ella se encarga de limpieza, niños, cuentas y compras. Él, lógicamente, tiene una preferencia muy fuerte por mantener su tiempo libre de todas esas tareas. Sin embargo, probablemente también albergue un interés bastante importante por mantener su matrimonio. Ante la expresión por parte de ella de que el coste de las horas adicionales de trabajo supera al coste de romper la relación, tal vez él decida que no sería tan mala idea dedicar más horas a las labores del hogar. Las preferencias no han cambiado exactamente, pero el resultado es distinto gracias a que se ha abierto un proceso de negociación explícito. Gracias a la mesa.

El callejón sin salida del que nos afanábamos en salir en las conversaciones mis interlocutores y yo era precisamente qué pasaría si tal proceso se abriese. Nos preguntábamos, para empezar, si el independentismo era irreversible. Acabamos de vivir la campaña más intensa de la historia reciente de Cataluña. Es normal que, desde fuera, los independentistas parezcan un bloque cerrado, cohesionado. Los intentos que la oposición ha hecho de subrayar las diferencias, casi las contradicciones, ideológicas entre sus integrantes no han surtido demasiado efecto. Debate tras debate, tertulia tras tertulia, el “cómo os vais a poner de acuerdo con X” se estrellaba contra un muro inquebrantable construido con unos ladrillos bien simples: “lo primero es establecer el marco para poder discutir entre nosotros”. Pero todas las campañas tocan a su fin. Y la verdad es que el campo secesionista no es tan homogéneo como pudiese parecer.

Catalanes por convencer

Alguien en el Centre d’Estudis d’Opinió (el CIS catalán) tuvo la fantástica idea de ofrecer tres y no dos opciones ante la pregunta que hacen en sus barómetros periódicos: si usted se considera independentista. En lugar de reducir las alternativas a sí o no, obligan a quien responde a especificar si se trata de un independentista “de toda la vida” o sólo “desde los últimos tiempos”. Gracias a esta distinción podemos apreciar que entre estos últimos los motivos de tipo, digamos, instrumental, son mucho más habituales. Es decir: cuando son interpelados sobre sus razones para la secesión, la cuestión identitaria es citada con mucha menos frecuencia entre los recién incorporados a la causa, que suelen preferir argumentos de conveniencia o de proyecto de futuro. Eso significa que pueden ser convencidos si llega una oferta lo suficientemente interesante y creíble, que les lleve a pensar que tal vez es más conveniente para Cataluña, más provechoso, permanecer dentro de España.

La primera cuestión es quién representa a estos independentistas que podrían ser socios de un pacto. Cuando Oriol Amat, número siete en la lista de Junts pel Si en Barcelona, aceptaba la otra noche en una radio alemana que estaban no solo dispuestos sino incluso interesados en volver a poner sobre la mesa el Estatut de 2006, en realidad se estaba señalando a sí mismo como interlocutor. Probablemente de manera no intencionada, y desde luego no con el acuerdo del resto de su partido. Pero así era. Cuando Mas acaba cualquier intervención memorable con una coletilla que llama a la “concordia” y al “entendimiento” con el resto de España durante el proceso, como hizo incluso en su discurso de victoria la noche electoral, está abriendo una rendijita por donde pueda colarse algo de luz. El fantasma de la negociación planea sobre (al menos una parte de) Junts pel Sí. Pero para que pase a ser una realidad es necesario que haya algo sobre la mesa.

Ésta es la segunda cuestión: quién y cómo tiene la capacidad para hacer una oferta sólida, interesante y creíble de autogobierno desde Madrid hacia Cataluña. Llegados a este punto, uno puede repasar (como hice yo en mis incontables discusiones) el abanico de posibles candidatos y ordenarlos de mayor a menor disposición para la negociación: Podemos, PSOE, Ciudadanos y el Partido Popular. Lo dramático es que el último de esta lista posee ahora mismo el Gobierno de la nación, y todo parece indicar que se mantendrá con más de un 25% del voto después del 20 de diciembre. Se trata por tanto de un partido que incluso aunque pierda el Ejecutivo desde 2016, es muy probable que lo vuelva a ganar en algún momento del futuro. Esto significa que cualquier oferta necesita el apoyo del PP para que sea creíble en la mesa de negociación. Si no, nada garantiza que se mantenga con la siguiente mayoría conservadora y centralista.

Llegará más temprano que tarde un momento en el cual el Partido Popular deberá elegir entre romper España… y romper España. Por un lado, si escoge subirse al barco de la reforma y de la negociación política, sus votantes con preferencias más fuertes y extremas sobre un modelo de Estado centralista lo verán como una traición, y pensarán que el PP acabará por romper España al ceder ante el nacionalismo periférico. Por otro, si elige mantener una postura inflexible ante el independentismo, estará poniendo al Estado en riesgo de ruptura ante los ojos de los más moderados, que entienden que no es posible mantener el matrimonio sin ceder un poco para evitar un divorcio en el largo plazo.

En el agotamiento

No son pocos los independentistas que cuentan con que el PP se mantendrá en la última casilla. De hecho, una parte muy importante del cierre de filas en torno a la idea de secesión hoy se corresponde con la desconfianza, si no directamente la desesperación, respecto a qué hará el PP de ahora en adelante. Un “pierda toda esperanza” flota en el ambiente. De hecho, estoy seguro de que la mayoría de independentistas que lean los párrafos anteriores (incluso de los instrumentales) lo harán arqueando una ceja, preguntándose por qué dedico tantas palabras a hablar de una posibilidad que no parece real ahora mismo en lugar de aquello a lo que se han dedicado los medios en las últimas tres semanas de una manera un tanto desconcertante: si Cataluña se queda en la UE o no, si la ciudadanía española se pierde o no, si los bancos se van o no ante una secesión unilateral. Este debate es en parte artificial, o lo es en el medio plazo, en tanto que no se cumplen los requisitos para que la Generalitat pueda llevar adelante una secesión unilateral: como enunciaba más arriba, una mayoría abrumadora que permita montar estructuras de estado reales y reconocimiento internacional. Pero es normal que el independentista arquee la ceja: al fin y al cabo, en el pasado reciente poco o nada le indica que debe tener esperanza alguna. Por qué ahora.

Este es el agotamiento que se ha instalado de manera implícita en el debate,  y que ha conseguido invadir también mi ánimo en las últimas horas. La mala noticia es que la dinámica actual no terminará pronto. Al menos hasta el 20 de diciembre el independentismo tiene todos los incentivos posibles para continuar forzando la legalidad y poniendo a prueba al Gobierno central. Éste, por su lado, no tiene por qué moverse ni un ápice de su posición cuando su objetivo es maximizar la cantidad de votos recibidos en las siguientes elecciones. Pero llega un momento en el que las opciones se reducen, el largo plazo nos alcanza y nos exige tomar decisiones. Y serán el independentista instrumental que arqueaba la ceja al leer este texto o el ambiguo defensor del statu quo que se sonreía pensando en la posibilidad de que la discusión con la Generalitat fuese más allá de la firme exigencia del cumplimiento de la ley, quienes impongan tal exigencia. Por una razón sencilla: los (altísimos) costes de la incertidumbre no van a ser asumidos eternamente. La mayoría de nosotros no trabajamos ni vivimos para mantenernos en una lucha permanente. No estamos dispuestos a esperar para siempre a que algo pase.

Después de salir de Sants pasé un momento por el Born, donde esperaba que aún resonase “la veu d’un poble”. Pero no fue así. Era la una de la madrugada. A primera vista, allá no quedaba apenas nada. Mientras paseaba con un amigo nos encontramos con agentes de seguridad, limpiadores del Ayuntamiento, taxistas, cámaras de televisión, policías locales que recogían con paciencia y pero sin pasión lo que el mitín había dejado a su paso. A esa hora, pensé, en la sala de blanco luminoso con moqueta moderna alguien estaría desmontando el escenario, recogiendo papeles y botellines de cerveza, pensando quizás en a qué hora le tocaba empezar el siguiente turno de trabajo, quizás en qué iba a ser de su pensión o del futuro de sus hijos, tal vez esperanzado, tal vez algo asustado. Todos, probablemente, dudosos ante lo que viene. En el vacío dejado por los extremos en éxtasis, allí emergía de nuevo: Cataluña entera. Trabajando. Esperando.

Por qué Rita Barberá perdió la alcaldía de Valencia

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Mi primera hipótesis es que la participación ha beneficiado a los partidos emergentes y sobre todo ha perjudicado al PP.  La segunda es que tanto la incorporación de Compromís como la de Ciudadanos al mapa electoral siguen pautas muy relacionadas con el nivel económico de los votantes.

Si había en España una ciudad considerada como del PP, ésa era Valencia. Al igual que en Madrid, los conservadores llevaban gobernando desde 1991. Pero al contrario que en la capital, en mi tierra natal gobernó la misma persona de manera ininterrumpida. Rita Barberá es la alcaldesa más longeva de las seis mayores ciudades españolas. Su dominio parecía incontestable desde hace mucho. Demasiado, para algunos votantes.

Esos votantes afrontaban estos comicios con una mezcla de esperanza (“al fin es posible”) y temor, pues las encuestas daban a Barberá como ganadora. No con mayoría absoluta pero sí con una mayoría suficiente como para hacer temer un pacto con Ciudadanos.

Al igual que en ocasiones anteriores, la oposición socialista no presentaba una alternativa fuerte ni en perfil ni en aparente intención de voto. Compromís y VLC en Comú (la candidatura apadrinada por Podemos) se intuían según las encuestas como alternativas sin el impulso suficiente y Esquerra Unida luchaba por no quedarse fuera del consistorio. Cuál no fue la sorpresa de todos, y aquí me incluyo, cuando el escrutinio empezó y acabó con Compromís segundo (23.28% del voto), muy cerca de un PP tan debilitado (25.71%) que simplemente no podría hacer nada contra una hipotética coalición de izquierdas. Ciudadanos fue el tercer partido con 15.38%, y el PSPV se vio relegado a un humillante cuarto puesto con su 14.07%. VLC En Comú entró en un modesto quinto lugar con 9.81%.

Entre la alegría de unos y la tristeza de otros por la caída de la alcaldesa, la duda se imponía en la mente de los más curiosos: ¿qué ha pasado exactamente?

Los datos disponibles para intentar responder esa pregunta son aún escasos. Aun así, vale la pena jugar un rato con los resultados de 2015 y de 2011 a nivel de distrito para intentar identificar algunas tendencias. Es importante resaltar que al emplear tal método no se pueden extraer conclusiones sólidas. Entre otros problemas, se corre el riesgo de caer en lo que se llama una falacia ecológica atribuyendo a individuos las características observadas en un conjunto. Sin embargo, es un buen punto de inicio para explorar qué ha sucedido en Valencia.

Mis hipótesis de partida son sencillas. La primera es que la participación ha beneficiado a los partidos emergentes y sobre todo ha perjudicado al PP. La segunda es que tanto la incorporación de Compromís como la de Ciudadanos al mapa electoral siguen pautas que están muy relacionadas con el nivel económico (renta y riqueza) de los votantes. Tres destacan sobre las demás.

  • Compromís recibe más apoyos allá donde el nivel económico es más bajo.  Ocurre algo similar con el PSOE: son partidos de barrios obreros. Ésta ha sido la puerta de entrada de la formación de Mónica Oltra a la ciudad.
  • Ciudadanos cosecha sus victorias en barrios de mayor estatus, siguiendo e incluso superando al PP en su perfil de partido de clase alta.
  • VLC En Comú, por último, anda algo más desligada de esta dimensión.

Quién fue a las urnas y a qué

Lo primero que llama la atención es el incremento generalizado de la participación, que no baja en ningún distrito. Es cierto que los cambios en la participación son extremadamente ambiguos y sensibles a la interpretación: una menor abstención puede querer decir que los votantes jóvenes o quienes no habían votado en otros comicios se han incorporado para apoyar a las nuevas candidaturas emergentes. Pero también puede indicar que los votantes conservadores desencantados con el PP son menos de los esperados y no se han quedado en casa. Los dos gráficos que reproduzco a continuación parecen indicar (con toda la cautela necesaria) que la participación ha perjudicado al Partido Popular antes que beneficiarlo.

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En el eje vertical se representa el cambio en el porcentaje de votos a cada partido en cada distrito entre las municipales de 2011 y las de 2015. Un -0.5 significa que los votos a se partido se han desplomado a la mitad: por ejemplo, del 50% al 25%. El eje horizontal, por el contrario, representa el incremento en puntos porcentuales en la participación global en cada distrito: por ejemplo, un 0.05 representa un incremento del 70% al 75%).

Cada punto en el gráfico es un distrito situado en función de su posición en ambos valores. La línea que cruza el gráfico indica la tendencia lineal de la relación. En el gráfico de la izquierda, hay una tendencia descendente: es decir, a mayor incremento de la participación en un distrito, más grande es la caída del PP.

El voto conservador se ha retraído en mayor medida allá donde más ciudadanos han acudido a las urnas. Pero el gráfico apunta que este voto se ha dispersado algo más allá de los partidos emergentes, que tienen una relación algo más débil con los cambios en la participación. Esta relación se intuye por el nivel de inclinación de la línea de tendencia, menos pronunciada en el gráfico de la derecha que en el gráfico de la izquierda.

¿Dos Valencias?

Bajar al nivel de barrio permite una aproximación más afinada.

Los 85 barrios que conforman Valencia tienen valores catastrales medios que van desde los 120 euros por metro cuadrado de Cases de Bàrcena-Mauella o los 180 del más urbano Fonteta de Sant Lluis hasta los 500 del Pla del Remei. Mientras en el primero el PSOE llega al 25.1% del voto y Compromís se queda en el 20.1%, en el exclusivo barrio del Eixample valenciano (exclusivo más allá del valor catastral) el PP obtiene su único resultado por encima del 50%, la coalición valencianista se queda en el 8% y el PSOE no llega ni al 5%.

El siguiente panel ofrece un análisis más sistemático. En el eje vertical, se incluye el valor catastral medio de un barrio como aproximación (muy imperfecta pero disponible al nivel geográfico analizado) al nivel económico de sus habitantes. En el eje horizontal, se refleja el porcentaje de votos obtenido por cada candidatura en 2015. Esto permite dibujar un perfil de voto-renta por aproximación para cada partido.

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Otro aspecto fundamental que merece la pena observar es cómo ha evolucionado esta relación con el vuelco electoral. En el panel inferior se incluye la misma relación pero comparándola con 2011 en aquellos partidos que ya se presentaron entonces.

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Hay muchas cosas que comentar. La relación entre el nivel económico y el voto al PP parece positiva pero no demasiado sólida: los puntos no están muy ajustados a la línea y eso indica que la tendencia puede estar decidida por unos pocos casos y no determinada por la mayoría. Merece la pena comparar ese gráfico con el que mostraba el voto a Ciudadanos, donde la nube de puntos que representa a los barrios se agrupa organizadamente en torno a la línea de tendencia. Es esto lo que mide el valor R2 indicado en cada gráfico: hasta qué punto se ajusta esa recta indicativa al conjunto de los casos individuales. Por eso para Ciudadanos esa cifra es mucho más alta que para el PP: los votantes del partido de Albert Rivera parecen ser más de clase que los del Partido Popular.

El cambio de 2011 a 2015 para el PP es tan pequeño que poco cabe interpretar. Algo similar ocurre con el PSOE, aunque muestra unos valores más consistentes para cada año y con un sentido invertido: sacan más votos en aquellos barrios con un supuesto menor nivel económico. La Ciudad del Artista Fallero, Beniferri o la Fuensanta, zonas de corte obrero, son buenos ejemplos, todos ellos con un 22-23% de voto al PSPV.

Es con Compromís donde las cosas se ponen interesantes. En 2011 la relación entre voto y nivel económico era inexistente. Esta vez es muy relevante. El enorme incremento en los apoyos recibidos por Compromís proviene en mayor medida de barrios con rentas mucho más bajas, si bien la relación no es tan fuerte como en el caso del PSPV-PSOE. La relación negativa entre incremento de votos y nivel económico viene a corroborar esta impresión.

Por último y respecto a los dos partidos de nuevo cuño, la relación positiva y continua entre nivel económico y voto a Ciudadanos no podía ser más estrecha. Cuanto más arriba está un barrio en la escala económica, más tienden sus habitantes a votar a Ciudadanos.

El ejemplo extremo es el 31% que ha recibido en Penya-roja, la zona de nueva construcción junto a la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Para VLC En Comú, sin embargo, el nivel económico del barrio no parece ser determinante. Compromís y sobre todo el PSPV parecen aglutinar un mayor peso en el voto de clase.

Se podría decir que Compromís y la ‘marca blanca’ de Podemos luchaban en gran medida por un tipo de electorado similar, que unía protesta y pérdida si no de poder adquisitivo, sí al menos de expectativas durante la crisis. Por si el volumen global de votos no fuese suficiente, estos datos vienen a apuntalar la idea de que ha sido Compromís quien ha vencido en la segunda batalla.

Una conclusión abierta

El presente análisis no es sino un ejercicio exploratorio. Hacen falta datos a nivel individual para poder confirmar las dos hipótesis de este artículo: que quienes tienen mayor nivel de ingresos, tienen más probabilidades de votar a Ciudadanos o al PP y que quienes tienen menor nivel tienen más probabilidades de dar su apoyo a Compromís o al PSPV. Es más: en un mundo ideal estos datos deberían indicar la renta actual y pasada de un mismo grupo de individuos (ahora y en 2011) así como su voto en ambas ocasiones. Sólo eso nos permitiría observar los cambios precisos en la relación entre las dos variables. Como siempre, sin embargo, tenemos más prisa por saber que información disponible.

Por eso es necesario dejar la conclusión abierta: parece que el PP ha perdido con la participación en contra, y sobre todo por un voto de clase que el PSPV no ha sabido rentabilizar, quedándose huérfano de urbanitas.

Los socialistas obtuvieron en las autonómicas 54.644 votos en la ciudad de Valencia: unos 3.000 menos que en las municipales. En Madrid, por el contrario, los datos sugieren que mucha gente ha combinado en sus sobres los nombres de Manuela Carmena y Ángel Gabilondo. Un detalle que sugiere que tal vez Carmena ha recibido apoyos socialistas de prestado por ser una alternativa viable. No así en Valencia. El voto urbano ha abandonado al socialismo valenciano en un contexto en que era posible aprovecharlo por la brutal e insólita bajada del PP. Alguien en Ferraz debería preguntarse seriamente por qué y continuar la presente exploración de manera mucho más seria.

Así son los votantes de cada comunidad autónoma

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El sistema de partidos está cambiando. Las nuevas formaciones -sobre todo Podemos- triunfan entre los más jóvenes y PSOE y PP ven envejecer a sus electorados. Se asume que estas tendencias son iguales en toda España. ¿Pero de verdad lo son?

También en EL ESPAÑOL:

El sistema de partidos está cambiando. Aún no entendemos bien en qué dirección ni hasta qué punto, pero todas las encuestas así lo reflejan. El ascenso de dos partidos nuevos y el mantenimiento de los tradicionales asegura una reconfiguración de los votantes. Sociólogos y analistas nos estamos peleando por identificar los ejes de esta reconfiguración. A día de hoy, parece que la edad y la ideología de los votantes están desempeñando un papel clave.

Sabemos, por ejemplo, que el PP está perdiendo apoyos del centro-derecha mientras Ciudadanos lo está ganando alrededor del centro. Observamos que Podemos ha encontrado una barrera a su intento inicial de ser una iniciativa transversal. Por otro lado, mientras las nuevas formaciones -sobre todo Podemos- triunfan entre los más jóvenes, el PSOE y el PP ven envejecer a sus electorados. Se asume que estas tendencias son iguales en lo largo y ancho del territorio español. ¿Pero de verdad lo son?

Para responder a esta pregunta analizaremos cinco comunidades autónomas. Utilizamos los datos de los estudios preelectorales del CIS para investigar la distribución por edad e ideología de cada partido en cada región.

La ideología en cada región

El primer gráfico muestra los perfiles ideológicos de los votantes en cada comunidad. Representa el lugar donde se ubican a sí mismos en el eje izquierda/derecha aquéllos que tienen intención de votar a un partido o simpatizan con él.

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Lo primero que salta a la vista es que las comunidades autónomas confirman grosso modo las tendencias nacionales. El PP obtiene la mayoría de su electorado del lado derecho del espectro ideológico, el PSOE y Podemos hacen lo propio por la izquierda y Ciudadanos tiene una presencia más centrada.

¿Pero qué pasa si observamos cada comunidad con más detalle? Para ello usaremos un gráfico diferente a partir de los mismos datos: los perfiles ideológicos de los votantes en cada comunidad. Para facilitar la comparación, en la columna de la izquierda hemos representado la distribución del conjunto de los ciudadanos en cada región.

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Los simpatizantes del PP tienen un perfil más de derechas en algunas comunidades. En Madrid y Aragón dominan los votantes de derecha “pura” (7). En Valencia, en cambio, tienen un perfil más heterogéneo. Allí los populares buscan y consiguen votos en el (6) e incluso en el (5) si bien menos que en anteriores comicios.

Todavía más variada es la composición del PSOE. En Asturias es la izquierda la que nutre a los socialistas mientras en Madrid el partido consigue votos incluso del centro-derecha. Esta circunstancia refleja el contraste entre un partido socialista de base obrera (y minera) y otro en un entorno más urbano. En la Comunidad Valenciana, el PSOE mantiene un único granero de votos: el centro-izquierda (4). Seguramente porque la huella del PP y de Compromís -la coalición liderada por Mónica Oltra- es profunda.

Podemos compite por los mismos espacios que el PSOE. Así, el partido de Pablo Iglesias es el favorito de los votantes de izquierda (3) en Aragón y en Madrid. En ninguna de las cinco autonomías estudiadas está tan escorado a la izquierda como en Aragón. Algo que quizás se explica por su candidato y por la organización que allá se está conformando.

Pero lo más llamativo de los cinco perfiles de Podemos es su transversalidad en Asturias. Allí logra muchos votos del centro e incluso del centro-derecha (6). Más incluso que el PSOE o Ciudadanos. Resulta ilustrativo el hecho de que el Podemos asturiano esté obteniendo, según el propio CIS, casi tantos apoyos de ex-votantes del PSOE como del FAC de Álvarez-Cascos y de UPyD.

Ciudadanos, por el contrario, tiene una presencia territorial de momento homogénea. En Madrid y en otros lugares el partido está construyendo una plataforma relativamente centrada. La mayor excepción ocurre en la Comunidad Valenciana, donde el partido es más fuerte en el centro-izquierda. Allí le resulta seguramente más fácil crecer entre ese electorado porque hasta hace poco era el PP quien mantenía el liderazgo en ese segmento de la población.

El peso de la edad

Para complementar la radiografía vamos a revisar el perfil de edad de los votantes. De nuevo analizaremos cada partido en las mismas cinco autonomías, dividiendo el voto y simpatía por franjas de edad de en torno a una década, siguiendo la pauta del CIS.

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El envejecimiento de los electorados del PP y del PSOE es evidente. El partido conservador destaca especialmente por el apoyo de los mayores de 65 años: sólo con ellos consigue un 7% del censo total en las cinco autonomías. En el PSOE esta tendencia es algo menos acusada. Pero a cambio tiene más éxito entre quienes tienen más de 55 años y menos de 64. Es decir, la generación nacida entre 1949 y 1959.

Podemos y Ciudadanos tienen perfiles más jóvenes. El primero destaca por sus apoyos en la franja que va de los 18 y a los 34 años. Ciudadanos tiene más éxito con personas entre 35 y 44.

Estas tendencias generales tienen matices en cada región. Para apreciarlos usaremos el siguiente gráfico, que reordena los mismos datos.

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En gris hemos representado la distribución por edad de los electores de cada comunidad. Es un dato importante que nos informa sobre el peso relativo de cada franja de edad. Así podemos observar que Aragón y sobretodo Asturias tienen una población más envejecida. Excepto Madrid, que tiene un perfil ligeramente más joven, todas las regiones comparten una característica: la franja con más población es la de los mayores de 65 años.

El caso de Asturias es muy llamativo: allí el PSOE logra las simpatías del 15% del censo sólo con votantes mayores de 55 años. En cambio, los más jóvenes están apoyando a Podemos. Además, ya vimos que la nueva formación ha logrado en Asturias llegar a personas de ideología más moderada. Es muy posible que esto ponga en peligro la sostenibilidad de la actual estrategia socialista.

Parece claro que la cuestión generacional está impulsando a Ciudadanos y Podemos pero no igual en todas partes. En Madrid, por ejemplo, eso significa que los dos partidos podrían sacar partido de la estructura demográfica no tan envejecida de la población madrileña. En la Comunidad Valenciana, Ciudadanos cuaja más entre votantes de mediana edad y Podemos entre los más jóvenes. En Castilla-La Mancha, los jóvenes parecen preferir a Ciudadanos y en Asturias a Podemos.

Entretejer un partido

Hemos visto que los simpatizantes de cada partido no son homogéneos en todas partes. Existen elementos comunes a todas las regiones. Pero hay variaciones en cada una que podemos relacionar con su estructura demográfica e ideológica. Los partidos se adaptan a las particularidades de cada comunidad y tienen éxito también en función de su posición y su actitud frente a asuntos locales.

No es una sorpresa. Al fin y al cabo, las elecciones funcionan como un mercado en el más amplio sentido de la palabra. Los partidos (la oferta electoral) se adaptan a la demanda (los votantes) y también al resto de partidos (su competencia). El equilibrio de este juego entre votantes y partidos no es igual en toda la geografía española.

El PSOE y el PP tuvieron que encontrar formas para hacerse un nicho de votantes en cada lugar. Quizás mineros y sindicalistas en Asturias para el PSOE o asociaciones de amas de casa y agrupaciones falleras en Valencia para el PP. Ciudadanos y Podemos tendrán que hacer lo mismo si quieren perdurar, incluso en estos tiempos de redes sociales y democracia por televisión.

También en EL ESPAÑOL:


Nota. En este artículo nos referimos a votantes y simpatizantes como la misma cosa porque la variable que hemos usado para el análisis es la denominada “voto+simpatía” del CIS. Esta variable es útil para los propósitos de este artículo, pero cabe recordar que no es una buena predicción del voto. También es importante tener en cuenta que alrededor del 25% de encuestados no declara voto o simpatía por ningún partido. Por último, cabe recordar que los datos provienen de una encuesta y que pequeñas variaciones estarán dentro de los márgenes de error de la muestra.