La izquierda más radical captura el liderazgo del laborismo británico

El candidato izquierdista Jeremy Corbyn -en la imagen- se ha hecho este sábado con el liderazgo del Partido Laborista británico por aplastante mayoría. El nuevo líder -declarado admirador de Pablo Iglesias y Podemos, activista antinuclear y pro-palestino declarado- ha conseguido un 59,5% de los votos totales, 40 puntos porcentuales por encima de su rival inmediato, Andy Burhnam (19%).

Foto: STEFAN WERMUTH / REUTERS

Jeremy Corbyn, el nuevo líder laborista británico, este sábado en Londres. NEIL HALL / REUTERS

El candidato izquierdista Jeremy Corbyn se ha hecho hoy con el liderazgo del Partido Laborista británico por aplastante mayoría. Este sábado, aun antes de finalizar el recuento y de ser declarado oficialmente como líder del grupo parlamentario laborista, Corbyn ha agradecido el apoyo de los más de 16.000 voluntarios implicados en una de las campañas más heterodoxas que se recuerdan. El nuevo líder ha conseguido un 59,5% de los votos totales, 40 puntos porcentuales por encima de su rival inmediato, Andy Burhnam (19%).

La victoria de Corbyn no ha sorprendido a nadie: los últimos meses de la campaña electoral se habían convertido en un referéndum sobre su persona y sus políticas. Quien fuera el último candidato en hacer pública su intención de unirse a la carrera por el liderazgo, superando apenas el número mínimo de avales requeridos -36 de los 35 que requiere el Partido Laborista-, y con la única intención explícita de “provocar un debate”, se había convertido en el protagonista indiscutible de la campaña.

Asociado al ala más radical del laborismo, Jeremy Corbyn ha dado de qué hablar entre los tradicionales votantes del Partido Laborista  -algo que los rostros conocidos de Yvette Cooper y Andy Burnham no han conseguido- con ideas tan atrevidas como polémicas. A pesar de que mucha de su retórica anti-austeridad y de sus planes de nacionalización de infraestructuras ya habían sido pregonadas por Ed Miliband y su entorno, declaraciones como su intención de no formar parte del Gabinete de la Reina, o la polémica propuesta de vagones separados para hombres y mujeres en el transporte público al más puro estilo de las monarquías wahabitas del Golfo, han avivado la llama que ha movilizado a gran número de simpatizantes, la mayoría jóvenes estudiantes y sindicalistas, que apoya un laborismo más inclinado a la izquierda del espectro político.

Su audacia no ha dejado indiferente a nadie, y mucho menos a los propios representantes laboristas. Al igual que Ed Miliband y su fallido ministro de Economía en la sombra, Ed Balls, Corbyn mantiene una línea dura contra el New Labour de Tony Blair. Incluso ha ido un paso más lejos declarando públicamente la ilegalidad de la invasión de Iraq en 2003 y asegurando que, si se encuentran pruebas suficientes de que el Blair cometió crímenes de guerra, será llevado ante la justicia sin trato de favor.

El discurso de Corbyn se ha centrado a partes iguales en su denuncia del gobierno conservador de David Cameron y su repulsa del New Labour, algo que ha provocado malestar entre las filas laboristas: los otros tres candidatos a la jefatura del partido -Andy Burnham, Yvette Cooper, Liz Kendall- se apresuraron a desautorizarle, y figuras de la talla de sir Alistair Darling, antiguo ministro laborista, o el propio Tony Blair polarizaron aún más la campaña escribiendo artículos en contra de la posible elección de Corbyn. A pesar de que incluso las figuras más hostiles a su candidatura han negado de forma incansable una hipotética ruptura del partido, ya hay rumores de que los vencidos están preparándose para plantar cara al nuevo líder laborista.

Admirador de Pablo Iglesias y Podemos

A espaldas de la prensa, la actitud tajante del nuevo líder durante la campaña ha generado un cierto sentimiento de desasosiego dentro del partido. El propio Corbyn ha sido contundente aun antes de ser declarado vencedor: “No habrá purgas”, declaró intentando acallar los temores ante posibles represalias políticas que están dividiendo el partido.

Declarado admirador de Pablo Iglesias y Podemos, y activista antinuclear y pro-palestino, Jeremy Corbyn era una figura relativamente desconocida hasta que su inesperada candidatura y su carisma le han coronado líder de uno de los partidos progresistas más poderosos del mundo. La situación internacional, especialmente la llamada Spanish Revolution y el mano a mano de Syriza con la Unión Europea, han ayudado a provocar un sentimiento anti-gubernamental en el Reino Unido del que Corbyn ha sabido aprovecharse.

El giro a la izquierda del Partido Laborista no ha sido beneficioso únicamente para él. En Londres, Sadiq Khan, uno de los candidatos más radicales a la alcaldía que deja vacante el conservador Boris Johnson, ha sido elegido para liderar las listas del laborismo; paradójicamente, es el único candidato de izquierdas al que las encuestas señalan con posibilidades de perder ante el Partido Conservador en una ciudad que suspira por volver con los laboristas.

La victoria de Corbyn ha sido favorecida precisamente por la decisión de varios líderes carismáticos y centristas del laborismo -como Chukua Umuna- de no presentarse a las elecciones generales del 2020, que ya dan por perdidas ante la creciente popularidad de los conservadores en los sectores menos radicales de la opinión pública británica.

 

Conservadores ‘votan’ por Corbyn

El discurso radical y anti-austeridad de Ed Miliband, que muchos en el laborismo ya veían con malos ojos, no sólo no consiguió ganar terreno a los conservadores de Cameron: Ed Miliband no pudo parar la debacle en Escocia -tierra tradicionalmente laborista donde los nacionalistas del SNP consiguieron 56 de los 59 escaños parlamentarios- ni consiguió atraer a los descontentos del Partido Liberal-Demócrata, cuyos feudos -se quedaron en 8 diputados de 56- fueron a parar a manos conservadoras.

El giro a la izquierda del Partido Laborista ha sido facilitado por la percepción general de que David Cameron ha sabido hacer lo que Tony Blair hizo en su día: ganarse al centro político y a los indecisos. La victoria de Corbyn parece favorecer tan sólo a los conservadores, quienes, según las encuestas, mantendrían su mayoría absoluta contra Corbyn en unas hipotéticas elecciones generales con gran facilidad.

De hecho, la campaña al liderazgo laborista se ha visto salpicada de curiosos incidentes en los que los conservadores han mostrado su apoyo al candidato izquierdista, con topics en Twitter como #toriesforcorbyn. Candidatos como Andy Burnham y Liz Kendall denunciaron que conservadores se estaban inscribiendo en masa en las filas laboristas para poder votar por Corbyn, algo, no obstante, de lo que no existen pruebas.

El laborismo británico se encuentra en una encrucijada existencial: las zonas consideradas leales al partido -Escocia, el norte industrial, y Londres- están divididas. Mientras que Escocia denuncia la excesiva tibieza del centro financiero londinense, Londres ve con temor un avance en la escena política de quienes considera como “bárbaros del Norte” que puedan hacer peligrar su prosperidad comercial. Los votantes laboristas, como su propio partido, se han polarizado en dos campos enfrentados, una lucha de la que Corbyn ha salido como indiscutido vencedor.

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Francisco Rivas es abogado, experto en Relaciones Internacionales en Oriente Próximo y ha trabajado en la Embajada de España en Omán. También es escritor; su último libro es 1212: Las Navas.

 

El acuerdo Washington-Teheran: un triunfo para Obama

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Irán y Estados Unidos acaban de firmar el llamado “Acuerdo Nuclear”. ¿Por qué se ha firmado un acuerdo ahora? El principal giro hay que buscarlo no en Teherán, sino en Washington. Teniendo en cuenta los inmensos cambios que están desarrollándose más allá de Oriente Próximo es difícil que Estados Unidos pueda defender sus intereses en el mundo musulmán al mismo tiempo que se centra en el enfrentamiento con China, algo que inevitablemente hará si quiere defender su posición hegemónica.

Irán y Estados Unidos acaban de firmar el llamado “Acuerdo Nuclear”. La República Islámica no sólo tendrá más facilidad para continuar con su programa nuclear, sino que dejará de ser un Estado paria para reintegrarse, pese a todas las sospechas, en la sociedad internacional. Lo que queda por ver es cómo será el aterrizaje de Irán en ese mundo del que fue expulsado en 1979, y qué se puede esperar del país persa y de sus vecinos en este nuevo escenario.

¿Por qué se ha firmado un acuerdo ahora? El nombramiento de Rouhani como presidente de la República en verano de 2013 y su política de acercamiento a Occidente parece ser el detonante de la negociación. Sin embargo, en Irán el Presidente de la República es un cargo con un poder muy limitado (es el único líder del Poder Ejecutivo del mundo que no tiene mando sobre las Fuerzas Armadas, por ejemplo), y por lo tanto corresponde al Ayatolá Supremo definir la política del país, tanto a nivel interno como con el resto del mundo.

Tampoco es la primera vez que un clérigo aperturista llega a la Presidencia de Irán: Mohammed Khatami, Presidente de la República entre 1997 y 2005, fue un reformista que permitió inspecciones de la Agencia Internacional de la Energía Atómica y firmó un acuerdo con Francia, Alemania y el Reino Unido, el Acuerdo de París, en el que se comprometía a suspender el enriquecimiento de uranio. Pero no se llegó a más, ni se profundizó tanto como se ha profundizado ahora, pese a darse unas condiciones similares.

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Presidente Rouhani de Irán

¿Por qué ahora?

El principal giro hay que buscarlo no en Teherán, sino en Washington. Al margen de las diferencias entre Obama y Bush, los intereses geoestratégicos de Estados Unidos han cambiado enormemente en los últimos diez años, coincidiendo con dos fenómenos que no tienen nada que ver con Irán: el ascenso de China en el Pacífico, con el consecuente incremento de su agresividad, y el desmesurado crecimiento de la producción de petróleo estadounidense, que desde 2008 ha crecido un 70%. El primer fenómeno supone un desafío a la hegemonía estadounidense, el segundo acerca a Estados Unidos a la independencia energética y a una menor dependencia de Oriente Próximo.

¿Qué relación tiene esto con el Acuerdo Nuclear? Una nación como Estados Unidos tiene intereses en todas las partes del globo, y no puede permitir desentenderse de ninguna de ellas. Si los estadounidenses reducen el nivel de implicación en Oriente Próximo, deben dejar tras de sí un escenario en el cual se minimicen los eventuales riesgos asociados a un menor control directo.

La razón por la que Washington no puede dejar desatendida ninguna zona del mundo está incrustada en la lógica del poder geopolítico, y la expresa perfectamente Mearsheimer, uno de los pensadores más relevantes del ámbito de las Relaciones Internacionales y creador de la teoría del realismo ofensivo. Según Mearsheimer, ninguna nación puede gobernar el mundo por completo, dado que es imposible obtener tal grado de poder que permita la dominación mundial. No obstante, las naciones pueden ser los poderes hegemónicos en sus zonas de influencia geográficas o culturales, y por lo tanto pueden (y deben) intentar evitar que ninguna otra nación del globo adquiera en su propia zona de influencia un poder similar.

Aplicado a la realidad geopolítica de nuestro tiempo, Estados Unidos no domina, ni puede dominar, el planeta. Pero sí domina el continente americano y seguirá siendo la primera potencia mundial mientras impida que otra nación gobierne en su propia zona de influencia. La lógica para enfrentarse a la Alemania nazi y a la Unión Soviética era evitar que ningún poder gobernara Europa en solitario, y esta misma lógica es lo que le impulsa a enfrentarse a China: para limitar su eventual dominio de Asia.

Ahora que el suministro de petróleo empieza a ser un tema secundario, la presencia militar en el Oriente Próximo lo será también, por lo que Estados Unidos puede recurrir a una situación menos conflictiva, menos costosa y más segura para los intereses estadunidenses. El propio Mearsheimer defendió esta teoría en 2008 en relación precisamente con Oriente Próximo. Esta estratagema consiste en enfrentar a dos naciones de una misma zona geográfica de forma que el conflicto les desgaste y les impida convertirse en potencias hegemónicas.

La realidad geopolítica

Oriente Próximo y el mundo musulmán en general está dividido en dos bloques antagónicos: por un lado, el mundo suní liderado por Arabia Saudí y las Monarquías del Consejo de Cooperación del Golfo. Por otro lado, el mundo chií liderado por la República Islámica de Irán. Cualquiera que conozca de cerca el mundo islámico sabe, y Estados Unidos lo sabe bien, que se odian entre sí más de lo que odian a los estadounidenses o incluso a Israel.

Estados Unidos sabe que si el acuerdo nuclear no se hubiese firmado es probable que a la larga el bloque suní hubiera acabado desbancando al chií. Las sanciones a Irán limitarían su capacidad, por lo que el bloque suní tendría las manos libres para incrementar su influencia de manera contraria a los intereses estadounidenses (como ya sucedió en 1973). Para forzar al bloque suní a centrarse en su amenaza más próxima, es inevitable dotar de mecanismos a su enemigo. El levantamiento de las sanciones fortalecerá la capacidad económica de Irán y con ello, su capacidad para sostener movimientos anti-suníes en Iraq, Yemen, Líbano o Siria, que puedan hacer frente a los movimientos anti-chiíes financiados directa o indirectamente por Arabia Saudí y el Golfo, como el Estado Islámico, Al Qaeda o el Frente Al-Nusra.

También es muy importante tener en cuenta que a los ojos de Arabia Saudí (e Israel), este acuerdo deja las manos libres a Irán para conseguir la bomba atómica, un escenario insoportable para los saudíes. Esto obligará a Arabia Saudí a elevar el gasto militar (previsiblemente cerrando acuerdos con empresas de armamento estadounidenses) y a entrar en una carrera armamentística que Irán se verá obligada a seguir, lo que creará un agujero negro económico en ambas naciones que limitará su capacidad de amenazar a Estados Unidos y que probablemente intentaría ser saneado de la forma más eficaz que tienen ambas naciones, que es con la venta de hidrocarburos… posiblemente a Estados Unidos.

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Negociación del pacto nuclear

Pero, ¿y si realmente Irán consiguiera la bomba atómica? Esto no es en absoluto un escenario indeseable para la Casa Blanca, ya que entonces Arabia Saudí también la obtendría (de hecho lleva tiempo buscando adquirirla a través de Pakistán). Y cuando dos enemigos acérrimos obtienen la bomba atómica, se produce lo que en Relaciones Internacionales se conoce como la “paradoja estabilidad-inestabilidad”. Esto significa que los conflictos directos se reducen drásticamente, mientras que los conflictos indirectos aumentan en la misma medida.

Por lo tanto si esta situación de estabilidad-inestabilidad se reprodujera en Oriente Medio entre el bloque suní y el chií esto sería una bendición para Estados Unidos, ya que el país norteamericano  podría olvidarse definitivamente de que ninguno de los dos bloques obtuviera suficiente poder como para dominar esta zona geográfica.

El estatus de Israel

El único cabo suelto que quedaría en este nuevo escenario es el estatus de Israel. Muchos medios y políticos israelíes han presentado este acuerdo como un paso que pone en grave riesgo la supervivencia de Israel. Sin embargo es poco probable que esto suceda, ni siquiera aunque Irán consiguiera la bomba atómica. Si Corea del Norte, un Estado regido por un Gobierno demencial y con una sociedad civil masacrada, no ha lanzado la bomba atómica, no hay motivos para pensar peor de Irán, un Estado con un Gobierno suficientemente sensato como para sentarse a negociar con Occidente y con una sociedad civil enérgica y vibrante.

En segundo lugar, el lanzamiento de una bomba atómica requiere de muchas negociaciones y muchos preparativos, por lo que es improbable que pasara inadvertido por el Mossad, la CIA y las demás agencias de inteligencia, que seguramente podrían neutralizar eficazmente el lanzamiento. Esto se aplicaría a cualquier nación que pretendiera usar armamento nuclear, llámese Irán, Pakistán, Francia… o el propio Israel.

La razón por la que el Estado Judío ha batallado tan ardientemente contra el Acuerdo Nuclear no es por una cuestión de supervivencia, sino de influencia. Israel es un Estado cuya supervivencia se fundamenta en tres pilares: una política de contención agresiva con sus vecinos, un Ejército y unos servicios de inteligencia extraordinariamente profesionales, y la existencia de un lobby capaz de ejercer una presión sustancial sobre las naciones occidentales y particularmente sobre Estados Unidos. La diferencia entre ambas naciones es que Estados Unidos puede permitirse olvidarse de Israel, pero Israel no puede permitirse que Estados Unidos le olvide. Apoyar a Israel era conveniente para los estadounidenses cuando tenían grandes intereses en Oriente Próximo, pero ahora que esos intereses empiezan a cuestionarse, es poco probable que Israel disponga de la misma influencia que ha tenido hasta ahora en la política exterior de la Casa Blanca.

Israel todavía está a tiempo de revertir esta situación si los políticos estadounidenses patrocinados por el lobby judío consiguen crear una oposición suficientemente fuerte al acuerdo nuclear. No sería la primera vez que Israel interviene decisivamente en la política exterior de Estados Unidos. Pero, si no lo lograra, quizá sí sería la última vez.

Teniendo en cuenta los inmensos cambios que están desarrollándose más allá de Oriente Próximo es difícil que Estados Unidos pueda defender sus intereses en el mundo musulmán al mismo tiempo que se centra en el enfrentamiento con China, algo que inevitablemente hará si quiere defender su posición hegemónica. Previsiblemente, el mundo experimentará una gran transformación en los próximos veinte años, pero quien más capacidad tendrá para determinar el impacto y el ritmo de estos cambios será Washington. En el modelo que han diseñado para Oriente Próximo, el gran perdedor será Arabia Saudí, que nunca debió haber provocado a la superpotencia en 1973. Irán será un vencedor relativo, mejorando su estatus aunque sea a costa de una mayor tensión, pero el vencedor indiscutible será la Casa Blanca que ahora habita Barack Obama.

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Francisco Rivas es abogado, experto en Relaciones Internacionales en Oriente Próximo y ha trabajado en la Embajada de España en Omán. También es escritor; su último libro es 1212: Las Navas.