Ortega y Azaña: las ideas de dos españoles sobre Cataluña en 1932

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El Congreso debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Entre los diputados que hablaron se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

El Congreso de los Diputados debatió en mayo de 1932 el proyecto de Estatuto catalán que había presentado la Generalitat de Francesc Macià. El borrador pretendía la instauración de un régimen federal y una amplia concesión de competencias para Cataluña. Estas intenciones, que no estuvieron presentes en el documento que se aprobó al final, suscitaron un debate afilado y confuso, reflejado en las intervenciones de los portavoces de los distintos grupos parlamentarios, que se prolongaron durante meses. Entre ellos se encontraban Manuel Azaña y José Ortega y Gasset.

Azaña ya era uno de los rostros más distinguidos del parlamento. Presidía el Consejo de Ministros y había encabezado poco antes el segundo Gobierno provisional de la República. Ortega participaba en la discusión desde el escaño que obtuvo por la provincia de León, representando a la Agrupación al Servicio de la República: un partido que él mismo había creado junto a otros intelectuales como Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala.

Sus intervenciones no tuvieron lugar el mismo día. Ortega dio su versión de lo que tenía que ser el Estatuto el 13 de mayo y Azaña ofreció la suya 14 días después. Ambos se lanzaron dardos envenenados y sus aportaciones tienen la apariencia de un duelo dialéctico.

Tanto uno como otro apostaban por un objetivo: la aprobación del Estatuto. Pero los caminos que proponían para llegar a él eran casi irreconciliables. Quizá por eso escribiera Azaña en sus diarios unos meses antes: “Por lo visto, entre este hombre y yo [refiriéndose a Ortega], toda cordialidad es imposible”. Los discursos de Ortega y Azaña plantean heridas abiertas y problemas que no se han resuelto 80 años después.

Hacia la concordia

Ortega advertía al principio de su intervención de la novedad y la importancia que suponía el debate de la carta autonómica catalana: “Ningún diputado recordará un discurso en el cual se tratase a fondo y de frente el problema de las aspiraciones de Cataluña”. Azaña también apelaba a la cámara para subrayar lo alarmante de la situación: “A nosotros, señores diputados, nos ha tocado vivir y gobernar en una época en que Cataluña no está en silencio sino descontenta, impaciente y discorde”.

La aprobación del Estatuto, que ambos pretendían, supondría, según el filósofo, tan sólo un acercamiento a la concordia. Sin embargo, Azaña creía en el texto autonómico como un modo de solucionar el problema desde su raíz. Dijo Ortega:

“¿Qué diríamos de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo? El problema catalán no se puede resolver, sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los españoles”.

Catorce días después y probablemente dándose por aludido, Azaña explicó: “Estamos delante de un texto parlamentario que aspira, ni más ni menos que a resolver el problema político que está ante nosotros. Aspira a resolverlo, señores diputados. ¿Por qué no?”.

Ortega se refirió incluso al “destino trágico” del problema catalán:

“Es un problema perpetuo, que ha sido siempre, y seguirá siendo mientras España subsista. Este es el caso doloroso de Cataluña; es algo de lo que nadie es responsable; es el carácter mismo de ese pueblo; es su terrible destino, que arrastra angustioso a lo largo de toda su historia”.

A lo que respondió Azaña:

“Yo no discuto la exactitud de esta descripción o percepción del señor Ortega; no la discuto, pero sí me será permitido decir que la encuentro un poco excesiva y, si no se me toma a mal la palabra, un poco exagerada”.

Más adelante, y de forma reposada, Azaña trataría de desmontar de nuevo la concepción trágica de la que hablaba Ortega:

“A mí se me presenta una fisonomía moral del pueblo catalán un poco diferente de ese concepto trágico de su destino, porque este acérrimo apego que tienen los catalanes a lo que fueron y siguen siendo, esta propensión a lo sentimental, que en vano tratan de enmascarar debajo de una rudeza y aspereza exteriores, ese amor a su tierra natal en la forma concreta que la naturaleza le ha dado, esa ahincada persecución del bienestar y de los frutos del trabajo fecundo, que es, además, felizmente compatible con toda la capacidad del espíritu en su ocupación más noble y elevada, me dan a mí una fisonomía catalana pletórica de vida, de satisfacción de sí misma, de deseos de porvenir, de un concepto sensual de la existencia poco compatible con el concepto de destino trágico”.

Este cruce de declaraciones llevaría a los socialistas republicanos a acusar a Ortega de no comprender los hechos diferenciales del pueblo catalán. La oposición reprocharía a Azaña, en cambio, que era demasiado amable y benevolente con los catalanes cuando éstos exponían sus “diferencias” para conseguir más autonomía.

El particularismo

Ortega y Gasset aprovechó su intervención para bautizar el problema catalán y acuñar el término “nacionalismo particularista” como su causa principal. El filósofo se mostró tajante en cuanto una hipotética solución del nacionalismo, más allá de la efervescencia del problema político catalán:

“La solución del nacionalismo no es cuestión de una ley, ni de dos, ni siquiera de un Estatuto. El nacionalismo requiere un alto tratamiento histórico; los nacionalismos sólo pueden deprimirse cuando se envuelven en un gran movimiento ascensional de todo un país, cuando se crea un gran Estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse, porque la fortuna sopla en sus velas. Un Estado en decadencia fomenta los nacionalismos: un Estado en buena ventura los desnutre y reabsorbe”.

Ortega y Azaña, tan discrepantes, coincidieron en la pujanza del problema político catalán, por lo menos desde mucho tiempo atrás hasta ese momento, a pesar de que el filósofo descartara una posible solución y el líder republicano buscara encontrarla en el Estatuto. Dijo Ortega:

“Ese pueblo, que quiere ser precisamente lo que no puede, vive casi siempre preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de quien le manda o con quien manda él conjuntamente. Por cualquier fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a éstos, con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos”.

A lo que replicó Azaña:

“Hay grandes silencios en la historia de Cataluña; unas veces porque está contenta, y otras porque es débil e impotente; pero en otras ocasiones este silencio se rompe y la inquietud, la discordia, la impaciencia, se robustecen, crecen, se organizan, se articulan, invaden todos los canales de la vida pública de Cataluña, y embarazan la marcha del Estado. Entonces ese problema moral, profundo, histórico, del que hablaba el señor Ortega y Gasset, adquiere la forma, el tamaño, el volumen y la línea de un problema político”.

Por la autonomía

A medida que avanzaban sus discursos, tanto uno como otro, fueron centrándose en aspectos más concretos, empezando por la autonomía y terminando con el posible pacto fiscal, tan discutido hoy. Ambos estaban a favor de dar competencias a las distintas regiones.

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Decía Ortega: “Si a estas horas todas las regiones estuvieran implantando su autonomía, habrían aprendido lo que ésta es y no sentirían esa inquietud, ese recelo, al ver que le era concedida en términos estrictos a Cataluña. Habríamos, pues, reducido el enojo apasionado que hoy hay contra ella en el resto del país. La autonomía es el puente tendido entre los dos acantilados”.

Así le respaldó Azaña: “No se juzgarán jamás con acierto los problemas orgánicos de la autonomía si no nos libramos de una preocupación: que las regiones autónomas, después que tengan la autonomía, no son el extranjero; son España, tan España como lo son hoy; quizá más, porque estarán más contentas”.

Al afrontar el tema de la cultura, Ortega advirtió del peligro que supondría dotar a Cataluña de amplias competencias en este ámbito:

“A crear una cultura siempre hay derecho, por más que la faena no sea sólo difícil sino hasta improbable; pero ciertamente que no es lícito coartar los entusiasmos hacia ello de un grupo nacional. Lo que no sería posible es que para crear esa cultura catalana se usase de los medios que el Estado español ha puesto al servicio de la cultura española, la cual es el origen dinámico, histórico, justamente del Estado español”.

Azaña, en cambio, se mostró partidario de ser “generosos” en las transferencias educativas:

“Esta es la parte más interesante de la cuestión para los que tienen el sentimiento autonómico, diferencial o nacionalista, porque es la parte espiritual que más les afecta, y singularmente lo es de un modo histórico, porque el movimiento regionalista, particularista y nacionalista de Cataluña ha nacido en torno a un movimiento literario y una resurrección del idioma, y por lo tanto, es en este punto no sólo donde los catalanes se sienten más poseídos de su sentimiento, sino donde la República, juzgando y legislando prudentemente, debe ser más generosa y comprensiva con el sentimiento catalán”.

Una Hacienda propia

El orden público adquiría en aquellos momentos una especial relevancia por lo convulso de la década de los 30. Los protagonistas de estas intervenciones, enmarcadas en mayo de 1932, presenciarían tan sólo tres meses más tarde el intento de golpe de Estado del general Sanjurjo. En esta materia, filósofo y político volvían a estar de acuerdo. Así lo mostraban estas palabras de Azaña: “Por estas razones, que ya apuntó el señor Ortega y Gasset, que tampoco era partidario de dividir la función del orden público con el Gobierno de Cataluña, se trata de encontrar el órgano de enlace porque no se puede admitir la idea ni la organización de la duplicidad de los servicios paralelos”.

Este rechazo a la duplicidad del orden público en un mismo territorio también fue rechazada por ambos en lo referente a la justicia. Decía Ortega: “Déjese a los catalanes su justicia municipal; déjeseles todo lo contencioso-administrativo sobre los asuntos que queden inscritos en la órbita de actuación que emana de la Generalidad, pero nada más”. Así lo suscribió Azaña: “No tendría sentido atribuir al parlamento la legislación en una materia y atribuir la facultad de sentar jurisprudencia a un tribunal local”.

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En cuanto al sistema económico, Azaña llegó a hablar de una “Hacienda propia para Cataluña” y la calificó de algo “indiscutible”. Ortega, en términos más generales, explicó así la posición de su grupo parlamentario: “Deseamos que se entreguen a Cataluña cuantías suficientes y holgadas para poder regir y poder fomentar la vida de su pueblo dentro de los términos del Estatuto: lo hacemos no sólo con lealtad, sino con entusiasmo; pero lo que no podemos admitir es que esto se haga con detrimento de la economía española”.

Ambos se mostraron tajantes al afirmar que las concesiones a Cataluña tenían que detallarse con cuidado. “La cesión de tributos la admite el Gobierno y está bien seguro de que, al aceptarla, no cede parte ni toda la soberanía nacional”, explicó Azaña. Ortega, por su parte, aseguró: “No es posible entregar ninguna contribución importante, íntegra, porque eso la desconectaría de la economía general del país, y la economía del país, desarticulada, no podría vivir con salud, mucho menos en aumento y plenitud”.

El debate de la soberanía

Manuel Azaña y José Ortega y Gasset terminaron sus discursos exhortando a la cámara a la aprobación del Estatuto. Decía el filósofo [a los diputados catalanes]: “No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Planteadlo en términos de autonomía. Lo importante es movilizar todos los pueblos españoles en una gran empresa común. Para esto es necesario que nazca en todos nosotros lo que en casi siempre ha faltado aquí, lo que en ningún instante ni en nadie debió faltar: el entusiasmo constructivo”.

Azaña se extendió y utilizó un tono más político. Al fin y al cabo, era presidente y representante del grupo parlamentario más numeroso: “Todos los españoles están convocados a esta obra política. Cada cual desde su sitio”.

Las palabras de Ortega y Gasset resumen una concepción del problema catalán “trágica” pero “realista”.

“La vida es esencialmente eso: lo que hay que conllevar”, dijo el filósofo. “Sin embargo, sobre la gleba dolorosa que suele ser la vida brotan y florecen no pocas alegrías. [El Estatuto] es restar del problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia en lo demás. ¡Creed que es mejor un tipo de solución de esta índole que aquella pretensión utópica de soluciones radicales! [en clara referencia a la posición sostenida por Azaña] La utopía es mortal, porque la vida es hallarse inexorablemente en una circunstancia determinada, en un sitio y en un lugar, y la palabra utopía significa, en cambio, no hallarse en parte alguna, lo que puede servir muy bien para definir la muerte”.

Manuel Azaña, que confiaba en el Estatuto para aplacar el temporal, terminó su discurso vaticinando un futuro difícil para España, a pesar de no contemplar el “destino trágico” de Cataluña del que hablaba Ortega: “Sé que es más difícil gobernar a España ahora que hace 50 años, y más difícil será gobernarla dentro de algunos años. Es más difícil llevar cuatro caballos que uno solo. El país está en pie, cruzado por apetitos de toda especie, por ansias de toda clase”.

Vargas Llosa en el acto de Libres e Iguales: “El nacionalismo es la peor de las ficciones”

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El movimiento cívico liderado por la popular Cayetana Álvarez de Toledo firma un manifiesto en el Ateneo de Madrid para pedir la unidad de España con nombres como Mario Vargas Llosa, Félix de Azúa o Joaquín Leguina.

Reportaje gráfico: Dani Pozo

Mario Vargas Llosa entró en el escenario semicircular del Ateneo de Madrid y se colocó en el centro. Con traje negro y camisa blanca, inauguraba el ciclo de intervenciones de algunos de los miembros más destacados de la plataforma Libres e Iguales. Se reunían, tal y como decía el título del acto, “por la responsabilidad civil”.

La escenografía estuvo muy cuidada. Podía percibirse la mano del dramaturgo Albert Boadella, que más tarde aparecería sobre las tablas. En un escenario oscuro, un foco iluminaba al protagonista que razonaba y explicaba su punto de vista sobre Cataluña a tan sólo cinco días de las elecciones del 27S. El Premio Nobel, en su faceta de novelista, comenzó explicando la existencia de dos tipos de ficciones: las benignas y las malignas. Éstas últimas, arguyó, “se presentan como verdades absolutas y despiertan el fanatismo”. Se refirió al nacionalismo como una de ellas, aquélla que “ha dejado el mundo lleno de cadáveres”.

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Félix de Azúa, miembro de la Real Academia Española de la Lengua, advirtió de “la gravedad del desafío” independentista: “Retar al Estado nunca sale gratis. Se han dado cuenta, pero es demasiado tarde”. El catalán, que se ha definido en varias ocasiones como un “exiliado” en Madrid, sentenció: “A partir del 27 de septiembre, los catalanes empezarán a sufrir”.

Joaquín Leguina, ex presidente de la Comunidad de Madrid, comenzó diciendo que “aquello que distingue a la democracia de la tiranía es el imperio de la ley”. Como “no se puede hablar con energúmenos” –decía Leguina en referencia a los dirigentes nacionalistas– “he venido vestido con los colores de la bandera francesa: libertad, igualdad y fraternidad”. El azul, el rojo y el blanco se distribuían por sus pantalones y la cazadora, que contrastaban con la sobriedad del traje de Vargas Llosa o la americana de Azúa.

El chiste de Boadella

Después de la broma de Leguina, Carlos Herrera regaló a los asistentes un chiste de aquellos con los que obsequia a sus fósforos en la COPE: “Las elecciones en Cataluña tienen más peligro que un cable en un charco”. Sin embargo, el auditorio enmudecería para después romper a carcajadas con la aparición de un Albert Boadella que, vestido de Mosso d’Esquadra, entraba en el escenario y se excusaba en sus “hechos diferenciales como catalán” para echar al que estaba en el centro presidiendo el acto, Mario Vargas Llosa, que así podía abandonar al escenario para acudir a otro compromiso como si se tratase de parte de la función. El dramaturgo razonaba así el motivo de su disfraz: “Ni ellos mismos sabrían explicar esas diferencias de las que hablan. Admiten la diversidad de todos los españoles, pero dicen que lo suyo es mucho más importante”.

El periodista Federico Jiménez Losantos, conductor de las mañanas de esRadio, eligió un discurso grave, apoyado en diversas referencias históricas, que giró en torno a una idea que ya ha repetido en varias ocasiones: “El problema de Cataluña es consecuencia de la traición de la izquierda a la idea nacional”. El veterano comunicador terminó enardeciendo al auditorio con el grito: “¡Viva España!”, que fue recibido con vítores y contestado con la réplica habitual.

Fernando Savater, uno de los últimos en aparecer, quitó gravedad a esa “mentira que venden los nacionalistas”, “a unas elecciones que no son más que unos comicios en los que votarán todos aquéllos que estén empadronados en Cataluña, nada más que eso”. No obstante, advirtió del peligro que podría suponer una victoria nacionalista el próximo 27 de septiembre en caso de que termine en una declaración unilateral de independencia: “Sería una agresión al conjunto de los ciudadanos españoles. No podemos tolerar que los ciudadanos catalanes puedan llegar a sentirse extranjeros en su propia casa”.

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El ciclo de intervenciones lo clausuraron los focos, que de repente se apagaron y dejaron paso a la voz de la promotora de Libres e Iguales, la diputada popular Cayetana Álvarez de Toledo, que sin luz en el escenario comenzó a recitar un discurso que iba escribiéndose al mismo tiempo en una pantalla cinematográfica: “En un Estado democrático, son los ciudadanos quienes toman las decisiones políticas (…) Existe el peligro de que los no independentistas por activa terminen siéndolo por pasiva. Tras las elecciones, usted no podrá decir aquello de ‘yo no sabía’. El abstencionismo es la peor versión de la irresponsabilidad”. Al terminar su intervención, las luces se encendieron. Los miembros de la plataforma despidieron al público desde el escenario, recibiendo una gran ovación entre silbidos y algún que otro ‘viva España’, pronunciados con el mismo ímpetu con el que lo había hecho Jimenez Losantos minutos atrás.

Mucha gente fuera

El acto comenzó con más de media hora de retraso debido a la aglomeración de personas que esperaban a las puertas del Ateneo de Madrid. Decenas de espectadores tuvieron que darse media vuelta porque las filas del teatro y sus salas contiguas estaban repletas.

“Qué desastre de organización, la próxima vez que lo hagan en una plaza de toros”, pedía una asistente. “O en un estadio”, respondía otra más optimista pero con el mismo nivel de enfado.

“Estamos desbordados, no nos esperábamos esta afluencia” reconocían fuentes de la organización del acto, que explicaban que si bien el aforo del teatro principal es de 350 personas con las demás zonas habilitadas el público superaría el medio millar.

No fueron suficiente. Ante el caos, la “indignación” volvió a la calle. Esta vez no a la Puerta del Sol  sino a unas calles contiguas. Conchita y Armando, un matrimonio catalán que aprovechaba un viaje de trabajo para intentar escuchar “a gente inteligente, y no lo que escuchamos en TV3”, esperó más de una hora para oír el manifiesto.

 

Al no poder estar presentes al menos desde la platea, ellos improvisaron un discurso ante los demás indignados.

En clave económica: “Madrid no nos roba, es un discurso absurdo”. En clave política: “El PP ha alimentado todo el independentismo”. También en clave electoral: “Todo lo que huele a España les asusta. El único que no tiene miedo es Albert Rivera”.

Toni Nadal-Rafael Nadal: los principios desde el principio

MD38. MADRID, 09/05/09.- El tenista español, Rafael Nadal (d), junto a su tio y entrenador, Toni Nadal (i), durante el entrenamiento que ha realizado hoy en las instalaciones de la Caja Mágica para el torneo Madrid Masters 1000. EFE/Emilio Naranjo

Más de veinticinco años después de que un canijo de tres años llamado Rafa, cuya altura no sobrepasaba la de la red, diera sus primera bolas en el Club de Tenis de Manacor, Toni Nadal, su tío, mentor y entrenador, cuenta la trayectoria de ambos en Todo se puede entrenar, un libro que narra el camino del mejor tenista español de todos los tiempos y uno de los más grandes de la historia de este deporte.

 

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“La vida no cambia por ganar o perder”, dijo Rafael Nadal tras salir vencido de Roland Garros, la tierra que ha reinado durante casi una década. Alejado del podio mundial e incluso pudiendo salir del top ten, el de Manacor asegura que volverá el año que viene con la intención de hacerse con su décima copa de los mosqueteros. “Djokovic ha sido mejor, no he ido por delante en el marcador en ningún momento. Tan solo me queda felicitarle”. Pero, ¿cómo se forja un campeón? ¿Cómo empieza el camino de los pocos que eternizan su victoria, ganando incluso en la derrota?

A Toni Nadal le hubiera gustado encabezar todas sus respuestas con un “yo pienso que”, pero algunas razones de estilismo lo han impedido. No todos los caminos llevan a Roma, pero existen muchos que sí lo hacen. Esta es su historia, la de un éxito incuestionable.

Toni Nadal recuerda aquél día mientras entrena a sus alumnos en la pista número dos del Club de Tenis Manacor. Son pistas pequeñas, como las de cualquier otro pueblo, como las de ninguna gran ciudad. Lanza las pelotas a sus pupilos cuando llega su hermano Sebastián con Rafael, de tres años. En un descanso, Toni mete al hijo de su hermano en la pista y éste, con destreza e intuición golpea las bolas que su tío le envía, sobrepasando la red –que todavía es más alta que él– en todos sus intentos.

Madrid. Han pasado más de veinticinco años desde aquellas primeras bolas. Toni desayuna piña con nueces en el hotel. Es día de partido. Apoya una libreta en la mesa y mira a la cámara sonriendo. Bromea diciendo que la última vez que salió bien en una foto fue allá por los noventa. Le gusta el diálogo, lo tacha de esencial, de elemento necesario para el progreso. Ahora, después de recoger la formación de su sobrino en forma de libro –Todo se puede entrenar (Alienta, 2015)- detalla las claves de un camino hacia el éxito que califica insistentemente de “particular”, un sendero válido para ellos, quizá para otros, aunque quizá para nadie más.

El gran Natali y la gestión de la inocencia

Toni no dio importancia a aquel día en la pista dos del Club Tenis de Manacor, pero existe algo en su subconsciente que le hace recordarlo, una pequeña gran ilusión que ni siquiera lo fue. “En ese momento tan solo pensé que mi sobrino le daba bien a la pelota, nada más que eso”. Por aquel entonces, Toni llevaba entrenando más de una década. “Tenía buenos jugadores: un niño entre los tres mejores de España en su categoría y una chica entre las cinco primeras. Disfrutaba y estaba entretenido”.

Un par de años más tarde, Rafael empezó a dar clases con su tío. Eran los días del ‘gran Natali’. Toni, bajo este apodo, se presentaba ante su sobrino como un héroe con superpoderes. En uno de sus primeros partidos, con cinco o seis años, le hizo pensar que podía controlar la lluvia. Esa inocencia, la que llevaba a Rafael a creer que Natali fue uno de los mejores delanteros en la historia del Milán, endulzaba los juegos de tío y sobrino, que disfrutaban juntos dentro y fuera de la pista.

La docilidad fue fundamental en la formación de Rafael, apunta Toni. “La entiendo como un elemento esencial. Es muy difícil trabajar con una persona con la que uno tiene que pelearse constantemente. Él fue un niño dócil y muy bueno. Daba gusto llevárselo a cualquier sitio”. La conversación avanza hacia la autoridad, un elemento que Toni aborda en el libro detalladamente y que ahora describe de forma pausada, midiendo cada palabra “por miedo a un malentendido”: “Hablo de una autoridad responsable y prudente. La posición del que está arriba tiene que ser consecuente con el objetivo marcado. Vivimos un momento en el que el criterio infantil ha ganado un terreno que antes no tenía. No se puede tratar a un niño de tú a tú y luego pretender que se deje guiar”.

Los años pasaban y Rafael lograba grandes resultados. Toni, “de forma inevitable”, comparaba a su sobrino con el resto de alumnos que había tenido: “Si este era el número dos con estas condiciones y mi sobrino tiene muchas más…” Esa inocencia, aquella docilidad risueña que hacía fácil la formación del carácter de Rafael, no pasaba por la ocultación de la realidad: “A un niño no se le puede abstraer de lo que vive. Cuando gana, sabe que ha sido mejor que el resto, pero siempre existen motivos y razones para no desmesurar lo conseguido”. Un día, cuando Rafael ganó el campeonato de Baleares, Toni pidió a la federación que le enviara la lista de los últimos veinticinco vencedores. “Mira, ¿cuántos de estos chicos conoces? ¿Cuántos de ellos son ahora profesionales?”

“Algunas veces me he pasado de la raya”

Tanto en el libro como en esta conversación, Toni reconoce haberse pasado de la raya en ocasiones, en manifestaciones verbales y también en exigencia. “Es muy difícil ser ponderado al cien por cien. Cuando se tiene la misión de formar a alguien para que pueda hacer algo realmente extraordinario se tiende a sobrepasar esa raya”. Toni trata de explicar los pensamientos que le abordan cuando recuerda esos momentos: “Rafael ha tenido muchísima paciencia conmigo. En esto también ha demostrado su equilibrada personalidad y buen entendimiento. Tan solo recuerdo una vez en la que, con mucha educación, me contestó: ‘No sé más’”.

Toni responde con esa voz rasgada tan característica. Lo hace de forma sosegada. Aprovecha las preguntas para apurar el desayuno. A veces deja silencios entre sus comentarios, espacios de reflexión que preceden las conclusiones de sus respuestas. Es una conversación sobre conversaciones. Los diálogos con su sobrino fueron claves en el proceso de formación y lo siguen siendo hoy. Una vez, otro entrenador se quedó sorprendido cuando Toni le dijo que las órdenes siempre iban acompañadas de un intercambio previo de pareceres.

El tenis, esa continua toma de decisiones que puede cambiar el devenir del partido en cualquier momento, está exento de diálogo en las situaciones de mayor tensión. Ahí es cuando se producen miradas, gestos de complicidad y gritos de rabia. El reglamento prohíbe el cruce de opiniones entre jugadores y entrenadores. Pero, ¿cómo son las últimas palabras antes del que puede ser el partido más importante de toda una vida? ¿Qué le dice un entrenador a su pupilo después de ganar un grand slam? Toni acepta el reto de describir el antes y el después, con el objeto de dar valor a ese elemento fundamental en la formación de Rafael: el diálogo.

Aquella charla de 2009 en Australia

“La charla más larga que he tenido antes de una final fue la del Open de Australia de 2009. Fueron dos horas, quizá tres. ¿Hace falta que te la cuente entera?”. Rafael Nadal afrontaba el partido después de ganar a Fernando Verdasco en cinco horas y catorce minutos. Los periodistas calificaron de “histórica” aquella semifinal. Nadal quedó exhausto, con tan solo un día por delante para descansar.

Fueron a calentar a falta de tres o cuatro horas para el partido. Todo eran problemas: a Rafael se le subían los gemelos, tenía el hombro fastidiado y le dolía la cabeza. Al ver que el entrenamiento era imposible, Toni comenzó una charla que recuerda así:

– Ten buena actitud.

–  No puedo, estoy muy cansado, no puedo.

–  Inténtalo, Rafael.

–  Claro, para ti es fácil.

–  No. Si hubiera sido fácil, ya lo hubiera hecho yo. Tú sabrás si quieres hacer un esfuerzo.

–  De verdad, no puedo.

–  Ahora estás mal, en tres horas será peor. No van a bajar ni Dios ni tus padres para ayudarte. Tú sabrás si quieres hacer un esfuerzo.

–  No puedo, no puedo…

–  Que me quieras engañar a mí vale, pero que te quieras engañar a ti mismo es el colmo.

–  Toni, ¡no es fácil!

–   Haz lo que quieras, pero ya sabes que quizá nunca vuelvas a tener la oportunidad de ganar un torneo tan importante como éste. Si hubiera un francotirador en la grada que te disparara cada vez que dejases de moverte, irías corriendo hasta Manacor.

Toni relata la charla como si hubiera sido ayer. Recuerda los diálogos, incluso las caras de su sobrino. Cuenta que, ya desde muy pequeño, siempre le pidió “buena cara” dentro de la pista. Había pasado más de una hora desde el comienzo de la conversación y el gesto de Rafael comenzó a cambiar. “En ese momento mi mensaje pasó a ser otro. Adopté un tono positivo. Recuerdo la campaña de Obama, que estaba muy reciente. Estuvimos bromeando con el famoso Yes we can”.

La charla del después es totalmente distinta. Toni no es un tipo dado a las grandes expresiones de alegría. Confiesa que, tras las victorias más importantes, siente un miedo que se mezcla vertiginosamente con la satisfacción. “Me ha pasado toda la vida y ya estoy aceptando que el día que me retire lo haré con esa lacra. En las victorias de mi sobrino he adoptado una postura de contención por pudor íntimo, pero también por ese miedo, porque he temido que la euforia nos pudiera nublar la percepción, y que esto supusiera reducir la intensidad de nuestro trabajo”.

Toni sabe que los títulos pueden dar lugar a la complacencia, a la pérdida de la ilusión. Ésta, precisamente, llena varias de las páginas de su libro, donde la describe como un motor de vida imprescindible. “Siempre le he dicho a Rafael que fuera consciente de su situación en el mundo, de lo bueno que le pasa y que, a partir de ahí, empezara a estimularse. La ilusión viene dada por los objetivos elevados, renovables, pero asumibles. Estar ilusionado con lo que uno hace es casi una obligación”.

Rafa Nadal, acostumbrado a la adversidad

Esa ilusión pretendió inculcarla en su sobrino desde muy pequeño, cuando el equipo de trabajo se reducía a la pareja, cuando nadie más que ellos tomaba decisiones. De ahí nace un apartado que él titula ‘Individualismo’: “Lo entiendo en el sentido de la responsabilidad. Si estuviera en un equipo de fútbol, pensaría lo mismo. Esto no significa hacer lo que me plazca, sino lo que más convenga al conjunto. No me gusta que interfieran en mi trabajo, del mismo modo que a mí no me gusta intervenir en el de los demás. Hablo del individualismo como una forma diferente de ser responsable”.

Es la segunda vez -en 11 participaciones- que Nadal no gana Roland Garros. En Montecarlo perdió con Djokovic, igual que en París. Después, en Madrid, le tocó vengarse a Murray. Los rivales, los pesos pesados del top ten que ahora se le resisten, han sido junto a las lesiones “las mayores adversidades de Rafael”. Sin embargo, antes de que se cruzara con los tratamientos o los reveses cruzados de Djokovic, Toni se preocupó por que su sobrino sintiera el peso de lo difícil. “En la etapa de formación fui yo su mayor adversidad. Intenté que trabajara bien la capacidad de aguante. Sabía que le sería bueno en el tenis, pero también en la vida. Recuerdo que hace años le detectaron un grave problema en el pie. El especialista me preguntó cómo podía jugar con ese dolor, un dolor que además supone desconcentración en la pista. Ahora, sigue estando en lo más alto. Acostumbrarse a lo adverso le ha ido bien”.

El desayuno ha terminado. La mesa está despejada y Toni no tardará en llenarla de periódicos. El primero de ellos es color salmón, que apoyado sobre el mantel, dibuja un bonito contraste con el azul de su libreta. No la ha abierto en ningún momento, pero si la lleva encima es porque todavía quedan páginas por escribir. “Esto es tan solo una propuesta. Si hubiera tenido que educar a Rafael en cualquier otra disciplina, lo hubiese hecho en base a los mismos principios”. Unos principios que estuvieron desde el principio.