La diferencia entre matar a un ruiseñor y poner un centinela

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Cinco décadas después de publicar Matar a un ruiseñor llega a las librerías Ve y pon un centinela. 20 años transcurren entre ambas historias escritas por Harper Lee. El nuevo libro se presenta como la segunda parte de la primera novela, pero se escribió antes. En la reciente publicación el mito de Atticus se rompe. El abogado defensor de los negros se muestra ahora racista y segregacionista. Su hija Jean Louise, ‘Scout’ en la primera novela, cuenta cómo su padre deja de ser su ídolo para convertirse en un hombre deplorable cuyos actos la hacen vomitar. 

En la imagen, Atticus Finch (Gregory Peck) y Harper Lee.

Matar a un ruiseñor, el premio Pulitzer que dibujó como pocos el deber del buen ciudadano y el mito de la justicia y la igualdad en la Norteamérica sureña, racista y segregacionista, ha desembocado en Ve y pon un centinela. El nuevo best seller ha traído noticias de errores de imprenta, peleas de editoriales por publicar el libro del año y el morbo añadido sobre si la autora permitió o no, a sus 89 años y después de 55 de silencio, la publicación del mismo.

Más que un cambio de la primera a la tercera persona en la narración, el nuevo libro de Harper Lee es un paso de lo idílico a lo real. Matar a un ruiseñor es la historia de Atticus Finch narrada por su hija. Finch es abogado, viudo y padre de dos pequeños (Scout y Jem), que se ve en la obligación de defender a Tom Robinson, un joven negro acusado de violar a una blanca. El pueblo entero se pone en su contra pero Atticus se mantiene firme y recto en su juicio. El letrado lleva al extremo sus deseos de justicia, sin importar el color del acusado, aunque sabía que el juicio estaba perdido desde antes de empezar.

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Cinco décadas después se publica Ve y pon un centinela. La nueva trama tiene lugar 20 años después de lo narrado en Matar a un ruiseñor. El libro se presenta como la segunda parte de la primera novela, pero se escribió antes. En la reciente publicación el mito de Atticus se rompe. El abogado defensor de los negros se muestra racista y segregacionista. Su hija Jean Louise, apodada Scout en la primera novela, cuenta ahora cómo su padre deja de ser su ídolo para convertirse en un hombre deplorable cuyos actos la hacen vomitar. Pero Jean Louise también deja de ser Scout.

“Atticus se convirtió en un héroe que trascendió al racismo”, explica a EL ESPAÑOL la catedrática de literatura inglesa de la Universidad de Navarra Rocío Davis. “En Ve y pon un centinela deja de ser así y se ajusta más a la realidad. Finch vivió en la década de 1950 en el sur de Estados Unidos, donde casi toda la sociedad era racista. Él era un abogado que creía en la justicia, aunque en un momento de la primera novela dice no querer el caso”, añade. La editorial HarperCollins, que publica Ve y pon un centinela, explica que este último fue rechazado por los editores de Harper Lee y después de reescribirlo surgió el primer libro.

La publicación de lo que se suponía iba a ser la segunda parte de Matar a un ruiseñor, más que una continuación parece una contradicción.

1. El título de la inocencia y el de la defensa

El emblemático título del libro ganador del Pulitzer habla de justicia. En Matar a un ruiseñor Scout narra cómo su padre, cuando les regala a ella y a su hermano Jem unos rifles de aire comprimido, les pide que utilicen bien su nuevo juguete:

 

“… Matad todos los arrendajos azules que queráis, si podéis darles, pero recordad que matar un ruiseñor es pecado.

Aquélla fue la única vez que le oí decir a Atticus que ésta o aquélla acción fuesen pecado, e interrogué a miss Maudie sobre el caso.

–Tu padre tiene razón me respondió–. Los ruiseñores no se dedican a otra cosa que a cantar para alegrarnos. No devoran los frutos de los huertos, no anidan en los arcones del maíz, no hacen nada más que derramar el corazón, cantando para nuestro deleite. Por eso es pecado matar un ruiseñor”.

 

Es pecado hacer daño al inocente, es pecado culpar a alguien de algo que no hizo. Por eso, Atticus Finch defiende a Thomas Robinson (“Tom”), un joven negro acusado de violar a una chica blanca.

Ve y pon un centinela es un título sacado del libro de Isaías en el Antiguo Testamento que dice: “Porque el Señor me dijo así: ve y pon un centinela que haga saber lo que viere”. La desesperación de Jean Louise al descubrir que su padre asistía a reuniones en las que se defendía la segregación racial es lo que le da el título a la novela:

 

“Necesito un centinela que me diga ‘esto es lo que dice fulano y esto es lo que quiere decir de verdad’, que trace una raya en medio y diga ‘aquí hay una justicia y me haga entender la diferencia’”. [Dice Jean Louise].

 

Finalmente, el Tío Jack, hermano de Atticus Finch, tranquiliza a Jean Louise cuando le dice: “La isla de cada ser humano, Jean Louise, el centinela de cada uno, es su conciencia. Eso de la conciencia colectiva no existe”. Al mismo tiempo le explica que ella ha confundido a su padre con Dios, pues nunca fue capaz de verle como un “hombre con el corazón de un hombre”, según le explica el Tío Jack a su sobrina.

Atticus y Scout.

2. La traviesa Scout y la señorita Jean Louise Finch

La niña intrépida se ha convertido en la señorita Jean Louise. Scout golpeaba a sus compañeros de clase y jugaba como un chico más con su hermano y su mejor amigo Dill, personaje inspirado en Truman Capote.

 

–¿Retirarás lo que dijiste, muchacho?

–¡Tendrás que obligarme primero! –chilló él–. ¡Mis padres dicen que tu padre era una calamidad y que aquel negro debería colgar del depósito de agua!

Yo le asesté un golpe, y recordando lo que Atticus me había dicho, dejé caer los puños a los costados y me marché. El grito de: “¡Scout es una co…barde!”, retumbaba en mis oídos. Era la primera vez que abandonaba una pelea.

 

Dos décadas después Jean Louise sigue siendo testaruda. Aún tiene problemas con su tía Alexandra, la hermana de Atticus que se encargó de la educación de sus hijos cuando él quedó viudo. Que Jean Louise no fuese femenina ni se relacionara con la sociedad sureña siguen siendo, desde la primera novela, un problema para su tía. “Me gustaría que esta vez intentaras vestirte mejor mientras estés en casa. La gente se lleva una mala impresión de ti. Piensan que eres… eh… de barrio pobre”, dice Alexandra a Jean Louise en Ve y pon un centinela.

Jean Louise intenta ser Scout en toda la nueva novela, y mantiene su carácter: “Tía … ¿por qué no te vas a la mierda?”, le dijo a Alexandra cuando le argumentaba que no debería casarse con Hank, su novio, porque era “gentuza”. Aunque al final de la trama la nueva Jean Louise decide dejar a Hank:

 

— Tío Jack —le dijo—, ¿qué voy a hacer con Hank?
— Lo que desees hacer, cuando llegue el momento— respondió él.
— ¿Rechazarlo sin más?
— Ajá.
— ¿Por qué?
— No es de tu clase

 

“Ama a quien quieras, pero cásate con los de tu clase”, piensa y narra Jean Louise después de lo que le ha dicho su tío. Y eso hace; lo rechaza porque no es de su clase.

Atticus Finch y su defendido Tom Robinson.

3. De ejemplo de padre a abogado racista

Aunque Jean Louise siempre llamó a Atticus Finch por su nombre, el personaje del primer libro era un padre, el padre de Scout: un hombre idealizado, ícono de abogados y de todo ciudadano estadounidense. El Atticus Finch de Matar a un ruiseñor era la estrella del primer libro, que en el cine dio un oscar a Gregory Peck (quien representaba el papel del abogado).

 

–Atticus, ¿tú defiendes nigros? –pregunté a mi padre aquella noche.

–Claro que sí, Y no digas nigros, Scout. Es grosero.

–Es lo que dice todo el mundo en la escuela.

–Desde hoy lo dirán todos menos una…

 

Ese fue el padre de Scout de frases lapidarias como: “Derechos iguales para todos; privilegios especiales para ninguno”. El nuevo Atticus es otro personaje, un abogado racista que sólo conserva su caballerosidad:

 

—Entonces vamos a llevarlo al terreno práctico. ¿Quieres que haya negros a montones en nuestras escuelas, en nuestras iglesias y nuestros cines? ¿Los quieres en nuestro mundo? [Dice Atticus a Jean Louise].

—¿Son personas, no? Estuvimos muy dispuestos a importarlos cuando nos hacían ganar dinero. [Contesta Jean Louise].

—¿Quieres que tus hijos vayan a una escuela que haya bajado de nivel para integrar a niños negros?

—El nivel académico de la escuela que hay en esta misma calle no podría ser más bajo, Atticus, y tú lo sabes. Tienen derecho a las mismas oportunidades que los demás, tienen derecho a disfrutar de las mismas…

 

”Según mi experiencia lo blanco es blanco y lo negro es negro”, concluye el Atticus de 72 años.

4. La trama: los juegos y los problemas de amor

Scout, junto con Jem y Dill (su hermano mayor y el mejor amigo de ambos), llenan Matar a un ruiseñor de historias graciosas. Entre juegos y problemas de niños que en apariencia son insignificantes pero que para ellos son grandes preocupaciones, Scout cuenta cómo era la realidad del sur de Estados Unidos durante la década de los treinta con los problemas de la Gran Depresión.

El mayor misterio para Scout y sus compañeros de aventuras es la casa de los Radley. Los niños crean una historia ficticia alrededor de Boo Radley, uno de los jóvenes de la casa que es bastante excéntrico. Boo sale poco a la calle, y eso les da oportunidad para crear de él un monstruo extraño.

 

Ahora que Walter y yo andábamos a su lado, parecía que Jem le temía muy poco a Boo Radley. Lo cierto es que se puso jactancioso.
–Una vez subí hasta la casa– dijo.
–Nadie que haya ido una vez hasta la casa debería después echar a correr cuando pasa por delante de ella –dije yo, mirando a las nubes del cielo.
–¿Y quién echa a correr, señorita Remilgada?
–Tú, cuando no va nadie contigo.

 

Boo Radley termina defendiendo a Jem del ataque de venganza de Bob Ewell, el padre de la jovencita que acusaba a Tom Robinson de violación. Esa es otra lección más de la novela. En el proceso antes y durante el juicio de Atticus como defensor de Tom: en palabras de niños, con juegos y exageraciones la novela ahonda en temas trascendentales y deja enseñanzas que han sido objeto de estudio.

El nuevo libro hace menos aportaciones trascendentales. Boo Radley no aparece en la historia, tampoco Dill; y Jem ha muerto. Según el New Yorker durante toda la novela se apela a clichés de la época, las ya muy conocidas actuaciones de negros frente a blancos. Ejemplo de esto es el encuentro de Scout con su amada Calpurnia, la cocinera negra que la cuidó durante toda su infancia:

 

— Cal —le dijo llorando—, Cal, Cal, Cal, ¿qué me estás haciendo? ¿Qué sucede? Yo soy tu niñita, ¿es que te has olvidado de mí? ¿Por qué me apartas? ¿Qué me estás haciendo?

Calpurnia levantó las manos y las apoyó suavemente sobre los brazos de la mecedora. Su cara tenía mil pequeñas arrugas y, detrás de las gruesas gafas, sus ojos se veían apagados.

—¿Qué nos están haciendo ustedes a nosotros?— preguntó ella.

Calpurnia fue clave en la educación de los dos niños huérfanos de madre, parece increíble que actúe de tal forma. Pero es verdad que la historia de las afroamericanas trabajadoras del hogar que al pasar los años se separan de los niños que han educado es ya un cliché de principios del siglo XX; así se muestra en películas como The Help (Criadas y señoras).

Además, los problemas de Jean Louise ya no son pelear con sus compañeros porque ofendan a su padre por defender a Tom. Ahora le preocupa, como a las mujeres de su época, casarse con el hombre correcto, pues entiende que su novio Hank no es de su clase y eso puede traerles problemas después:

 

—Lo siento, cariño. —Apagó su cigarrillo—. Es solo que me da miedo casarme con quien no debo. Con un hombre con el que no congenie, quiero decir, Soy como todas las demás mujeres, y si me caso con quien no debo me convertiré en una arpía gritona en tiempo récord. [Dice Jean Louise a Hank].

 

5. Los medios del Pulitzer y los medios de la secuela

Así cubrieron los medios la salida de Matar a un ruiseñor y así lo hacen ahora con Ve y pon un centinela:

The Atlantic: Antes y ahora

Time: Antes y ahora

NYT: Antes y ahora

El País: Hace 5 años y ahora

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otros medios online han hablado de Ve y pon un centinela, como los estadounidenses Quartz y la revista Slate.  Quartz hace hincapié en la idea de que Ve y pon un Centinela es un borrador de lo que fue después el libro ganador del Pulitzer. Muestra párrafos que se repiten en ambas novelas, líneas enteras con palabras exactamente iguales. Pero en Quartz dejan abierto el debate y no se posicionan.

La revista Slate habla con personas que llamaron a sus hijos Atticus. Ellos intentaban inculcar en sus pequeños la justicia que representaba el personaje ficticio. Hoy se sienten defraudados.

Soñar en tiempos de supervivencia

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“Todavía estáis a tiempo de dejarlo”. Esas fueron las primeras palabras que nos dirigió un directivo de uno de los diarios españoles con mayor difusión.

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El pasado viernes, medio centenar de alumnos de Periodismo de la Universidad de Navarra visitó nuestra redacción. Durante más de dos horas, charlaron con Pedro J. Ramírez y conocieron al equipo. El Español les ofreció la posibilidad de escribir una crónica sobre el encuentro. Las tres mejores fueron premiadas con una participación para cada uno de sus autores, que pasan a ser accionistas. Son Carolina Villegas, Millán Cámara y el equipo formado por Nacho Dusmet, Rocío Melgosa e Ignacio González-Palenzuela.

Este es el texto de Carolina, de 22 años, estudiante becada de Periodismo y Filosofía. En 2010 dejó México, su país, para venir a España con la intención de dedicarse al periodismo para “buscar la verdad, de las causas últimas de las cosas y las pequeñas realidades de la vida que dan sentido al todo”.

“Todavía estáis a tiempo de dejarlo”. Esas fueron las primeras palabras que nos dirigió un directivo de uno de los diarios españoles con mayor difusión. Y nosotros, asustados, nos miramos una vez más con pena y resignación. Habíamos elegido nuestra profesión con pasión, pero quizá nuestra razón nos tendría que haber guiado hacia lo conveniente. A unos meses de graduarnos en periodismo, emprendimos un viaje para visitar las grandes cabeceras de Madrid. Sabíamos que las cosas no iban bien, como en otros sectores, pero no que nos veríamos ante la opción de, o cambiar de profesión, o destinarnos al sacrificio poco retribuido de los románticos.

El último periódico de la lista y el que generó más expectación fue El Español, el futuro periódico de Pedro J. Ramirez. La sede de El Español estaba vacía, sólo había unas cuantas mesas, así que nos sentamos en el suelo. Esperábamos a que llegara el fundador de aquello que tenía temblando al mundo de la información. Éramos sesenta estudiantes deseando conocer a aquel que había emprendido lo que todos parecían querer enterrar. En mi expectación sólo fluctuaba si conocería a un valiente o a un temerario.

Entró seguro de sí, nos saludó con simpatía. Era un grande, pero se mostró cercano. Yo sonreí al reconocer sus auténticos tirantes y el toque peculiar de su corbata rosa. Se sentó frente a todos mirándonos como colegas. Durante toda la charla intentó recordar nuestros nombres, descifrar nuestros acentos. Sentí que nos recibía no en su oficina sino en su casa, así que el ambiente era íntimo y nos sabíamos privilegiados. Detrás de él solo había tres personas de las cuales dos eran los primeros periodistas contratados de El Español. ¿Cómo lo habían hecho? Cuánto haríamos nosotros por estar en ese lugar.

“Estamos ante algo que va a marcar un antes y un después en la historia del periodismo en España”, nos dijo con la seguridad de su experiencia. Pero aquello ya nos sonaba a cliché. “Una nube de pesadumbre lo envuelve todo en el sector, pero yo también creo que Post Nubila Phœbus, después de las nubes brilla el sol. Ese es un ciclo general de la naturaleza y creo que en el caso de los medios de comunicación en los que el valor de la tecnología es estratégico, los problemas que ha creado la tecnología los va a resolver con creces ella misma”.

“No hace falta papel” repitió más de un par de veces, y yo buscaba la cara de mis profesores, queriendo encontrar una expresión en ellos, para saber si pensaban lo mismo. Permanecieron callados, escuchando, pero su cara mostraba inseguridad.

Los desayunos digitales son diferentes

En la nueva era que algunos invocaban ya no veía lugar para un buen desayuno al lado de los grandes pensadores de la época, entendía que estábamos determinados a leer las noticias mientras caminábamos por la calle, o en un trayecto del metro o del bus. Adiós al papel, y con ello al romántico momento de pasar cada página con la mano, escuchando el sonido de ésta al cortar el aire y manchando así un poco la punta de nuestros dedos.

“Pero no seamos reaccionarios” me dije mientras le escuchaba hablar: “El hecho de que los periódicos se hayan distribuido a través de un proceso que implicaba talar árboles, pasar a las catedrales del siglo XX donde se encontraban los dinosaurios que son las rotativas, y después distribuirse por toda la geografía nacional gracias a los puntos de venta… Todo eso nunca ha tenido que ver con la sustancia de la actividad periodística y con el concepto intelectual de lo que es un periódico”.

Él creía en esa sustancia, y nos aconsejaba “buscar la verdad” y “formarnos humanísticamente”, cuando lo importante en la profesión ahora es formarse en los nuevos programas y entender de redes sociales. “Espero que tenga razón, espero que no se equivoque” pensé mientras nos alentaba a pedir trabajo en su periódico.

“Una sociedad hablando consigo misma”

“Un buen periódico es una sociedad hablando consigo misma. Eso estaba bien cuando se dijo, pero sólo es real ahora. Ahora el diálogo puede ser constante”. Eso era para él el Periodismo, por ello estaba dispuesto a hacer accionista a aquel que quisiese —y no dejó de invitarnos a aportar—, para “crear una base social, saber qué piensa la gente, qué le preocupa y tener sus ideas como herramientas de juicio”.

El Español no estaba renunciando al romanticismo, ¡vaya que no!, ni declarando la muerte a los periódicos. Simplemente estaba siendo el eslabón de un cambio necesario, una parte del evidente proceso de evolución que se vive en la prensa. Y es que si la especie no evoluciona puede extinguirse.

“Queremos ser un pacto entre generaciones — nos dijo y sentimos la posibilidad de lo que ya veíamos terminado — es decir, que mi generación contribuya aprovechando las nuevas oportunidades de las tecnologías, para que haya un cauce para dar salida al talento y la creatividad de los más jóvenes”. En sus palabras vi que entendía que la fórmula de la Cola-Cola estaba aún por descifrarse, y que “en tierra incógnita siempre se avanza sobre la base de prueba y error”.

Al final de la charla uno de nuestros profesores se acercó a él y le regaló un calendario que en la portada decía “The Newspaper death? Hahaha”, Pedro J. lo leyó en voz alta y dijo: “Hay que reírse de eso, porque no estamos muertos, sino que nos transformamos”. Los alumnos le regalamos una cafetera firmada con el nombre de cada uno de nosotros, como símbolo de nuestro deseo de ser sus compañeros de viaje, de sumar nuestras manos a la suya. Queríamos ser parte de ese pacto, y nos hizo saber que así era. “A partir de hoy su paso por aquí quedará impregnado”, nos dijo con sinceridad el fundador de un periódico que se permitía soñar cuando todos estaban sobreviviendo.

Él hizo sin saberlo aquello que quería, “reorganizó la esperanza del periodismo” en los hijos de una sociedad de Preocupados que se preguntan con constancia qué vendrá y cómo habrán de preparase. Así le habló el Periodista al Universitario Preocupado, al Joven Preocupado, al que le auguran que lo mejor sería permanecer en el calor de las aulas antes que salir a la selva que la crisis ha dejado. No te desalientes, Preocupado, que la crisis no es el ocaso, sino aquel momento en que “lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer”. Pedro J. confía en que nacerá y nos invita a todos a crearlo junto a él.

Alumni Navarra