Los yonquis de la tontuna

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Resulta difícil no odiar los medios sociales una vez superada la fascinación inicial. Su omnipresencia es empalagosa y su contenido, repetitivo e infantiloide. Las redes son ya un género periodístico por sí solas: noticia, reportaje, entrevista, editorial, columna, crítica, crónica y las-reacciones-de-las-redes-a-la-noticia.

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Hace solo unos años, la protagonista habría sido la heroína. En la década de los ochenta, la televisión. Pero en 2015, la droga que protagoniza Carmen, el nuevo videoclip del cantante belga Stromae, es Twitter. Un pequeño azulejo (el logo de Twitter es un mountain bluebird, un azulejo de las montañas) que carcome poco a poco la vida de sus usuarios, que los aísla de aquellos que les quieren en beneficio de aquellos que tan solo les siguen, y que finalmente los ofrenda en sacrificio, convenientemente lobotomizados, a un pajarraco de dimensiones colosales.

El desenlace del vídeo le sonará a los seguidores de Pink Floyd. El leviatán engulle, digiere y caga a los idiotizados tuiteros, convertidos ya en insignificante guano digital, al igual que los profesores de Another Brick in the Wall picaban la carne de los estudiantes para convertirlos en un ladrillo más del muro del sistema.

Los verdaderos antisistema

Stromae no es un ludita. Tampoco es un rústico, ni un meapilas, ni alguien sospechoso de carpetovetonismo. No es Arnaldo Otegi instando a los jóvenes vascos a triscar los montes envueltos en pieles de cabra tras dar de baja la conexión a internet. Stromae es solo una más de las voces a las que no les gusta el paisaje dibujado por Twitter, Facebook, Instagram, Google y YouTube. Voces que intuyen que un sistema verdaderamente alienante no adoptaría jamás una apariencia obvia, como la de un puñado de diputados, banqueros y concejales de urbanismo corruptos, sino una mucho más sutil y taimada. Una que sea aceptada y defendida bovinamente, cuando no con entusiasmo, por una amplia mayoría de sus siervos. Si algo ha demostrado internet es que Orwell se equivocaba y que Huxley tenía razón: 2015 no es 1984 sino Un mundo feliz.

Hasta ahora, la resistencia la formaban un puñado de programadores, filósofos, periodistas y científicos escépticos cuyo mensaje solo llegaba a una pequeña elite ilustrada. Son los ateos de Silicon Valley: Nicholas Carr, Byung-Chul Han, Jaron Lanier, Evgeny Morozov… Pero el hartazgo ha empezado a llegar a los niveles inferiores. A músicos, actores, cómicos, artistas, publicistas y políticos. Precisamente aquellos que más se han beneficiado de la efímera popularidad propiciada por los medios sociales (es significativo que los sectores profesionales que más han rentabilizado su actividad en esas plataformas sean aquellos en los que el pasillismo, las modas y la autopromoción importan más que la destreza profesional: internet es cal viva para la meritocracia).

Un género periodístico

Resulta difícil no odiar los medios sociales una vez superada la fascinación inicial. Su omnipresencia es empalagosa y su contenido, repetitivo e infantiloide. Las redes son ya un género periodístico por sí solas: noticia, reportaje, entrevista, editorial, columna, crítica, crónica y las-reacciones-de-las-redes-a-la-noticia. Lo de reacciones es una exageración porque esta es siempre la misma: una ristra choricera de ocurrencias generalmente pésimas a cargo de la chavalada de turno (la edad media de los usuarios de Twitter es de 24 años). Eso, cuando las redes no se convierten en el Salvaje Oeste. Preguntada al respecto, la escritora británica Caitlin Moran decía lo siguiente en una entrevista en eldiario.es: “Las redes sociales tienen que evolucionar. Fíjate en Twitter, es una basura: generan millones y aún así se niegan a controlar los ataques y el troleo”.

Al cómico estadounidense Louis CK tampoco le gusta Twitter. Por no gustarle, ni siquiera le gustan los móviles. Esto decía durante una entrevista en el programa de Conan O’Brien: “Esas cosas son tóxicas. Escribimos mensajes incluso mientras conducimos porque preferimos matar a otra persona y arruinar nuestra vida que sentir durante un solo segundo la soledad. A veces hay que dejar que esa tristeza te atropelle como un camión para poder rellenar luego el hueco con la verdadera felicidad. La gente ya no se siente nunca totalmente feliz o totalmente triste. Tan solo se siente medianamente satisfecha con sus productos”.

Lo llamativo es que durante la diatriba de Louis CK, una de las más amargas que se han escuchado en el programa de Conan O’Brien, el público no paró de reír en ningún momento. Probablemente porque confundía forma y fondo, uno más de los efectos secundarios de la adicción a esa trituradora de tonalidades que son la redes sociales. Y es que cuando has nacido para cínico digital, todos los discursos te parecen una coñita de las de guiño y codazo en el costado. Quizá sea cierto que el sentido del humor es un rasgo de inteligencia, pero cuando el recurso del sarcasmo se convierte en el único prisma con el que observas la realidad parece bastante claro que lo que te ocurre en realidad es que has renunciado a salir de la zona de confort delimitada por los pliegues de tu sofá orejero.

O quizá el público del programa reía porque creía que Louis CK estaba hablando de otras personas. La fantasía de individualismo provocada por los medios sociales es tal que ya nadie se considera parte de la masa. La masa siempre son los demás: aquí todos estamos atrapados en el atasco sin ser nosotros mismos atasco. Nuestro timeline de Twitter, nuestro muro de Facebook, nuestros contactos de Whatsapp y nuestra cuenta de Instagram, nuestros followers y nuestra camarilla de las redes (un amigo es otra cosa) sí son reales y relevantes y valiosos. Los idiotas de las redes son los otros.

Y entonces sentenciamos: “Las redes son solo un instrumento: lo que importa es cómo se las utiliza”. Ahí está el espantajo en todo su esplendor, la gran mentira digital: “Está todo en nuestras manos”. El “yo controlo” de los alcohólicos.

La gran mentira digital

El primero en darse cuenta de que no está en nuestras manos fue el filósofo y teórico de la comunicación Marshall McLuhan. McLuhan defendió ya en 1964, cuando aún no existía la web, la idea de que el contenido de un medio es irrelevante en comparación con la potencia del medio en sí. Que es el medio, y no su contenido, el que moldea la realidad.

O dicho de otra manera. Twitter y Facebook no son un instrumento: el instrumento son sus usuarios. ¿Y cuál es entonces el contenido de Twitter y Facebook? El contenido de Twitter es Twitter y el de Facebook, Facebook. “Nuestra respuesta convencional a todos los medios, en especial la idea de que lo que cuenta es cómo se los usa, es la postura adormecida del idiota tecnológico. El contenido de un medio es solo el trozo jugoso de carne que lleva el ladrón para distraer al perro guardián de la mente”, dijo McLuhan.

La segunda gran mentira de nuestra época es que las redes sociales son herederas de la palabra escrita. De los libros, las cartas, las enciclopedias y los periódicos. No lo son. Internet es televisión. Televisión escrita, en el mejor de los casos. Una übertelevisión, en el peor de ellos.

Gordos y perezosos

Pero la metáfora más precisa sobre las redes sociales es obra del filósofo y escritor estadounidense Matthew Crawford, autor de The World Beyond Your Head: “Los medios se han convertido en expertos en empaquetar estímulos irresistibles para nuestros cerebros de la misma manera que los ingenieros gastronómicos se han convertido en expertos en crear alimentos hiperdeliciosos manipulando sus niveles de azúcar, grasa y sal. Las distracciones son el equivalente mental de la obesidad”.

La intuición de Crawford apunta a la línea de flotación de la tontuna adolescente contemporánea: las redes sociales no son más que un estímulo altamente evolucionado. Un estímulo supranormal, como lo define el filósofo estadounidense Daniel Dennett en esta conferencia. Estímulos supranormales son por ejemplo los pasteles de chocolate (o los pechos operados de las actrices porno). En realidad, el chocolate no nos gusta porque sea dulce: el chocolate es dulce porque nos gusta. Lo dulce no es más que un engaño creado por nuestro cerebro para que prefiramos los alimentos con alto contenido calórico en detrimento de aquellos con bajo contenido energético.

Hay otra forma de verlo: los medios sociales son un virus que parasita nuestra capacidad de concentración y que muta con cada click de los internautas, ajustándose cada vez con mayor precisión a nuestros gustos y apetencias. Es lo que llamamos viralidad y que no es más que la capacidad que tiene un contenido X de monopolizar nuestra atención. En su libro, Crawford traza un paralelismo aterrador entre los contenidos virales y las máquinas tragaperras de nueva generación que pueden encontrarse desde hace algunos años en los casinos de Las Vegas. Esas máquinas han sido diseñadas hasta tal punto de perfección que no resulta inusual ver a los jugadores mearse encima mientras se gastan su sueldo en ellas. “Los tipos que han diseñado estas máquinas son expertos en ciencia cognitiva. El objetivo de sus diseños es hacer que la gente juegue ‘hasta la extinción’. Esa es la frase que utilizan”.

Como explica Nicholas Carr en su libro Superficiales. ¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?, los medios sociales transforman físicamente nuestros cerebros. Cada minuto que pasamos en internet disminuye nuestra capacidad para el procesamiento intelectual profundo, el necesario para el pensamiento crítico (que tiene lugar en el hipocampo de nuestros cerebros), a la vez que estimula el pensamiento automático, rápido e irreflexivo (que se lleva a cabo en la corteza prefrontal). El resultado es una generación entera de desdentados intelectuales incapaces de masticar ningún bocado mayor de ciento cuarenta caracteres. Son los yonquis de la tontuna.

Las redes no conectan: sólo distraen

Las redes sociales han reprogramado nuestros cerebros para que su respuesta neuronal por defecto sea inmediata y voluble en vez de lenta y concentrada. Los términos reprogramar y respuesta por defecto no son gratuitos. Las conexiones neuronales de nuestro cerebro tienden a seguir los caminos marcados previamente, al igual que el agua de un riachuelo tenderá a seguir el cauce marcado con anterioridad, el más fácil de todos los posibles, a no ser que un cambio abrupto en el terreno le obligue a cambiar su rumbo.

Nuestro cerebro funciona de forma muy similar. La atención se educa pero también se deseduca. Y eso es lo que diferencia a un adulto de un niño o de un animal. Los adultos tenemos objetivos a largo plazo. Los niños y los animales, solo instinto, inercia y apetencias a corto plazo. Diga lo que diga Disney, los niños y los animales son esclavos: solo los seres humanos adultos son verdaderamente libres. Excepto en internet.

Como dijo Nicholas Carr hace ya algunos años: “La esencia de la libertad es poder escoger a qué quieres dedicarle tu atención. La tecnología está determinando esas elecciones y por lo tanto está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma”.

El asilo digital

El fracaso de la utopía digital es el fracaso intelectual de una generación entera, la de los llamados nativos digitales. Internet es terreno 100% adolescente y los adultos han renunciado a hacer de él un lugar habitable. Pero lo que han hecho los jóvenes con él le resultaría desmoralizador hasta al más optimista de los creyentes digitales.

O mejor dicho: lo que no han hecho los jóvenes con él. Una generación entera ha hecho dejación de funciones y ha renunciado a producir un solo contenido de valor. Ya nadie produce movimientos: solo se producen modas (y se rebotan contenidos ajenos). El internauta medio no es más que un habilidoso bruto incapaz de relacionarse con sus amigos, de ligar o de informarse por su cuenta y riesgo si no es con la ayuda de sus prótesis digitales. ¿Qué diferencia una aplicación como Tinder de esos autobuses de mujeres que aparecen de vez en cuando en algún pueblo remoto de la España profunda para que los lugareños inspeccionen a las candidatas como si fueran vacas en una feria de ganado?

La generación más autoconsciente de la historia, esa a la que se le llena la boca cada vez que menciona las palabras “libertad” o “individualismo”, considera como un logro formar parte de comunidades en la que nadie tiene valor por sí mismo sino únicamente como integrante de una masa anónima de carne. Es la misma generación que alardea de ese espacio sin reglas que es internet pero que luego lincha anónimamente a cualquiera que haya osado ejercer su libertad de expresión de una forma que ellos consideren “incorrecta”. Los supuestos valores de internet son muy ostentosos pero solo hace falta rascar un poco para confirmar que están vacíos de contenido. Dice Matthew Crawford que él no está interesado en que le miren sino en que le vean: “No quiero ser objeto de atención, sino de interés”.

Váyanle ustedes a un usuario de las redes con la diferencia entre mirar y ver, entre atención e interés, y entre individualismo e individualidad.

Internet ha sido ajustado para satisfacer nuestra ansia de gratificación inmediata. No hay más. El relato de las mentes geniales de Silicon Valley, esos sabios ligeramente autistas de apenas veinte años capaces de ganar más dinero en un día que nosotros en una vida entera, no es más que un mito. Al menos por lo que respecta a su inteligencia. Porque no hay una mente genial tras internet. Es solo pura fuerza bruta logarítmica, algo al alcance de cualquiera capaz de apilar cientos de servidores en algún país de clima frío.

Internet no es más que un inmenso test de consumo: miles de personas de todo el mundo respondiendo al unísono al estímulo A (el vídeo de un gatito blanco) en vez de al estímulo B (el mismo vídeo pero con un gatito gris, menos adorable y por lo tanto menos viralizable). ¿De qué sirve disponer de toda la sabiduría del mundo al alcance de un solo clic si no sabemos ni podemos ni tenemos la paciencia necesaria para procesarla?

Escribió el periodista estadounidense Ambroise Bierce en su Diccionario del diablo que el futuro es ese periodo de tiempo en el que nuestros negocios prosperan, nuestros amigos son verdaderos y nuestra felicidad está asegurada.

En este sentido, internet y las redes sociales serán siempre el futuro.

21 reflexiones a vuelapluma sobre las elecciones del 24M

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Las reacciones de Ada Colau, Manuela Carmena, Juan Vicente Herrera y Mariano Rajoy, la campaña de Esperanza Aguirre, el hundimiento de IU y de UPyD o el “daño” que ha hecho Juego de Tronos a la política española. Así queda el país tras los apasionantes comicios del 24M.

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Ada Colau en campaña en Barcelona. Foto: Guanyem Barcelona.

1. Dice Ada Colau que un hipotético pacto de CiU con ERC y PSC para desalojarla de la alcaldía sería “un fraude de ley” y una alianza “contra natura”. Sorprende que una mujer teóricamente progresista recurra a un argumento tan reaccionario y meapilas como el del “orden natural de las cosas”. Nada más ordenadamente natural, por lo visto, que la superioridad moral de la izquierda. O que un enfermo de ébola sangrando por los ojos mientras los coágulos obstruyen sus órganos vitales. Habría que preguntarle a Ada si el más que probable pacto entre Badalona en Comú, PSC, ERC e Iniciativa para arrebatarle la alcaldía de Badalona al ganador Xavier García Albiol, que ha doblado en concejales al segundo más votado, es también un “fraude de ley contra natura” o algo mucho más ajustado al trino de los gorriones y los biorritmos de la madre Gaia.

2. Manuela Carmena, de 71 años, ha dicho que Esperanza Aguirre, que carga con 63 primaveras sobre sus hombros, es una “niña caprichosa” con “pataletas infantiles”. ¡Menuda condescendencia gastan las adolescentes de hoy en día! Como Carmena se cruce con Albert Rivera le pellizca los mofletes y le regala un Tigretón.

3. Ni la pérdida de 531 mayorías absolutas y de dos millones y medio de votos logró alterarle el pulso a Rajoy este lunes. Tuvo que ser Juan Vicente Herrera, el presidente de Castilla y León, el que forzara una reacción del jefe del Ejecutivo Nacional al pedir más o menos explícitamente su renuncia a presentarse como candidato a las futuras elecciones generales. Es fácil entender la frustración de Herrera y de buena parte de los barones del PP: cualquier día de estos Mariano se despierta de la siesta y descubre con sorpresa, tras leerlo en el Marca, que el presidente del Gobierno es él y no Alberto Contador.

4. El PSC y el PP están en Cataluña a un solo paso del extraparlamentarismo. Para el PP la noticia es mala, pero para el PSOE es catastrófica. Sin el voto catalán, el PSOE jamás volverá a ganar por mayoría absoluta unas elecciones generales en España.

5. Tras leer con atención el programa electoral de Ada Colau para Barcelona, que básicamente consiste en el exterminio de las fuentes de ingresos de una amplía mayoría de los barceloneses de clase media, es inevitable especular sobre quién va a pagar toda esta apología de la comuna y la autarquía de inspiración franquista. ¡Si hasta quieren crear una moneda local! Como decía un alto funcionario británico del muy austero Ghandi: “Si supiera este hombre la cantidad de dinero que nos cuesta mantenerle en la pobreza”.

6. Para Pablo Iglesias, el PSOE ya no es casta. Ahora son de los buenos. Como mucho, y si me apuran, castita. Una castita pequeñita. Nada grave. Pelillos a la mar. ¡Susana mon amour!

7. Cristina Cifuentes es en mi pequeño imaginario nihilista y liberal una Esperanza Aguirre 2.0. Una versión joven, moderna, corregida, mejorada, aumentada e infinitamente más cool que cualquier otro posible aspirante al trono de Rajoy. A diferencia del aburrido Alberto Núñez Feijóo, que viene a ser más de lo mismo y encima gallego para más déjà vu, Cifuentes es eso que los anglosajones llaman una game changer. Es decir alguien capaz de cambiar por completo las reglas del juego y sacar a la competencia del tablero a patadas. Así la describía Manuel Jabois en el diario El País hace un par de meses (cito de memoria): “Malasañera tatuada, republicana y agnóstica, partidaria del matrimonio homosexual, va a las asambleas del 15-M, partidaria de la cadena perpetua revisable, no entiende que el sistema penal esté enfocado a la rehabilitación del delincuente, habría prohibido la acampada en Sol”. Hay en esa simple descripción más programa de gobierno que en todo el PP de la última década. Aún mejor: en su partido, y especialmente en el sector más capillita del mismo, la odian. Lo cual la honra. Yo mismo la habría votado si fuera madrileño.

8. Hablando de Jabois. Esto dijo de él Salvador Sostres a raíz de una columna publicada en El País: “Los absurdos elogios de Manuel Jabois a Manuela Carmena representan la última estación del columnismo frivolón y falto de cualquier inteligencia, tan propio de los que se creen transgresores y graciosetes cuando en realidad no son más que vieja caspa políticamente correcta, carraca para entretener a chachas y peluqueras”. Si yo fuera Jabois, me lo tatuaba en la espalda con letras góticas un día antes de que me hicieran entrega oficial de mi sillón en la Real Academia.

9. La campaña de Esperanza Aguirre ha sido casi tan lamentable como la filtración de su declaración de la renta. Caótica, inconexa, confusa, desquiciada… Jaleada solo por sus fans más irredentos, Aguirre ha caído en la caricatura de lo peor de sí misma. Veremos cómo sale de ésta.

10. La práctica desaparición de IU, arrasada y fagocitada por un macho alfa mucho más joven y agresivo, no ha provocado más que indiferencia entre los españoles. Harían bien en no engañarse en IU con el éxito de las candidaturas de confluencia: su partido es ya un zombi político.

11. ¿Recuerdan cómo nos reíamos del Rajoy de la pantalla de plasma y de esas ruedas de prensa sin preguntas a las que los periodistas asistían con el único objetivo de tomar notas al dictado y reproducirlas como cotorras en sus medios? Por suerte, las cosas han cambiado. A peor, como suele suceder en este país. Aguirre propone un pacto para desbancar a Carmena de la alcaldía y Antonio Miguel Carmona responde, con gran respeto por el ciudadano, vía Twitter. Un poco más y Carmona dibuja la respuesta con plastidecores tras echarse una partidita a la Xbox y comerse un bocadillo de Nutella. Y el periodismo de este país, encantado y reproduciendo el tuit con entusiasmo. Tenemos lo que nos merecemos.

12. A Rajoy le ocurre como a Robert Neville, el protagonista de la novela ‘Soy leyenda’, escrita por Robert Mathison en 1954. En el libro, Robert Neville es el único superviviente de una pandemia que ha convertido al resto de los seres humanos en vampiros a los que él da caza. Al final de la novela, Neville comprende que en ese nuevo mundo apocalíptico habitado por seres extraños y amenazadores, el monstruo es él. De Rajoy sorprende esa constante defensa de la “normalidad” y la “previsibilidad”. Ese reaccionar a cualquier propuesta de sus adversarios o incluso de su propio partido con un “esto es un lío”. Porque cuando todos a tu alrededor son extravagantes e imprevisibles… es que el friki eres tú. Cuando Rajoy abandone el cargo ni siquiera disfrutará de esa extraña forma de reconocimiento que es el odio. Tanta indiferencia dejará como indiferencia ha demostrado hacia los ciudadanos del país que preside.

13. Las dificultades rocambolescas de Susana Díaz para formar gobierno en Andalucía van a parecer peccata minuta cuando Podemos y Ciudadanos, que a fin de cuentas han quedado sensiblemente por debajo de los resultados que les auguraban sus mejores encuestas, empiecen a conceder y denegar apoyos en función de sus intereses electorales de cara a las próximas elecciones generales. A día de hoy, ninguno de los dos partidos sabe si le conviene apuntalar al PSOE y al PP o hacerse los estrechos. O cómo hacerlo sin que se note demasiado. Y es que resulta difícil eso de mantener una apariencia prístina y virginal mientras te paseas por el patio político con las bragas en la mano.

14. El radicalismo de Podemos es “el conservadurismo de mañana inyectado en los asuntos de hoy”. Al tiempo. La frase no es mía sino de Ambrose Bierce.

15. UPyD ha conseguido lo impensable: que decenas de miles de españoles sientan pena por un puñado de políticos. Yo mismo estoy por adoptar a uno o dos de ellos.

16. Es probable que muchos en el PP crean sinceramente que lo que ha impedido que los españoles se percaten de los éxitos económicos logrados por el gobierno durante los últimos tres años ha sido su pésima política de comunicación. Hay antecedentes. En 2011 el sueldo de los consejeros de las 100 empresas más importantes de Gran Bretaña aumentó un 55% mientras que la riqueza de los 1.000 británicos más ricos lo hacía en un 20% (tras haber aumentado el año anterior un 30%). ¡Y tampoco nadie se lo agradeció a su gobierno! En España, por suerte, somos mucho más respetuosos con la privacidad financiera de nuestros caciques que los bárbaros británicos y por eso no disfrutamos de estadísticas similares.

17. Juego de Tronos ha causado estragos entre la clase política española y muy especialmente en su sector derecho. Monjas violadas, quema de iglesias, el fin de la civilización occidental, tertulianos colgados de ganchos, vivas a Cristo rey, la democracia en peligro, los distritos de Madrid convertidos en soviets… Cualquier día vemos un muro de hielo de doscientos metros de alto separando Serrano del resto de Madrid.

18. Cada vez es más habitual ver por las calles españolas carteles electorales en los que los candidatos han escondido a conciencia el logo de su propio partido. Uno no sabe ya si admirarles la vergüenza torera, la jeta morrocotuda o el cacao mental.

19. A ver lo que le dura la ilusión a los que creen que Carmena o Colau van a convertir Madrid y Barcelona en el paraíso del proletariado. No voy a ser yo el que les afee esas primeras semanas en las que darán rienda suelta a su afán de venganza (al menos una parte de sus víctimas se merecerán la que les va a caer encima). Pero veremos qué ocurre cuando tengan que empezar a gobernar de verdad y a gestionar la recogida de basuras. Ahí se verá si más allá del rencor y de un puñado de reclamaciones de puro sentido común hay ideas suficientes para administrar dos ciudades y cinco millones de habitantes.

20. Parece ser que de las cifras del paro sí que se ha acordado alguien. Dos millones y medio de ciudadanos, más concretamente. También es mala suerte para el PP que lo hayan hecho justo el día de las elecciones. ¡Ya se podrían haber acordado el lunes!

21. Yo voté por Carina Mejías, de Ciudadanos. Supongo que es de ley que los lectores lo sepan. Los motivos tienen menos que ver con su programa electoral (desastroso en algunos puntos) que con el hecho de que es la única candidata con la que he mantenido alguna que otra conversación interesante por email. Hay motivos peores para votar a alguien.


 

TAMBIÉN EN EL ESPAÑOL: 21 reflexiones a vuelapluma sobre las elecciones andaluzas

Siete claves para entender ‘Juego de tronos’

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Sobre Juego de tronos se han publicado decenas de libros, la mayoría de ellos ilegibles. Entre los legibles, Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de tronos, escrito con exquisito sentido de la oportunidad por la cúpula de Podemos en pleno (Monedero, Errejón e Iglesias) junto a ex novias, satélites y acólitos varios.

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1. Maquiavelo para las masas

Sobre Juego de tronos se han publicado decenas de libros, la mayoría de ellos ilegibles. Entre los legibles, Ganar o morir. Lecciones políticas en Juego de tronos, escrito con exquisito sentido de la oportunidad por la cúpula de Podemos en pleno (Monedero, Errejón e Iglesias) junto a ex novias, satélites y acólitos varios.

En Ganar o morir se compara la “destrucción civil y política” que describe la serie (con sus desollamientos, envenenamientos, violaciones, decapitaciones, incestos, amputaciones y evisceraciones) con “cierta conciencia oscura del fin de nuestra civilización occidental”. Es decir de la Constitución del 78. En la portada, Pablo Iglesias sentado en el Trono de Hierro. Con corbata.

Que nadie diga jamás que a Podemos le falta finezza.

Aunque, en realidad, para entender las conspiraciones, traiciones y conjuras de las casas reales de Juego de tronos solo hay que leer tres libros. Son las tres biblias del realismo político: Diplomacia, de Henry Kissinger; Teoría de la política internacional, de Kenneth N. Waltz; y El príncipe, de Nicolás Maquiavelo.

El realismo político es la escuela de pensamiento que defiende la idea de que son el miedo y la violencia, y no la moral o los ideales, los que permiten alcanzar el equilibrio de poder entre naciones. Equilibrio si no 100% pacífico durante el 100% del tiempo, sí soportable durante largos periodos de calma chicha para una amplia mayoría de los ciudadanos.

Juego de tronos comparte con la doctrina realista ese pesimismo de la inteligencia tan opuesto al optimismo de la voluntad, lo que le permite ostentar el galardón a la serie con una perspectiva más lúgubre sobre la naturaleza humana jamás realizada. Juego de tronos es lo más cerca que el público masivo va a estar jamás del Diálogo de los melios de Tucídides: “Los fuertes hacen cuanto pueden y los débiles sufren cuanto deben”.

Ahí tienen Juego de tronos resumido en una sola frase.

2. Mejor no encariñarse

De puro milagro ha esquivado Juego de tronos durante sus primeras cuatro temporadas el peligro de convertirse en eso que los anglosajones llaman coloquialmente one trick pony (un caballo de un solo truco).

El truco en cuestión no tiene mayor chiste: no existe ni un solo personaje de los cientos que pueblan la serie que no pueda morir en el momento más inesperado y de la forma más atroz posible siempre que a George R. R. Martin o a cualquiera de los guionistas de la serie les dé un viento malo. El espectador que quiera encontrarle la lógica a la masacre, los motivos por los que algunos personajes mueren y otros sobreviven, caerá en la demencia. Villanos, héroes o secundarios sin frase. Criaturas bonachonas o especímenes detestables. Personajes adorados o despreciados por los espectadores. Hombres o mujeres. Adultos, ancianos y niños. Feos y guapos y ornitorrincos. Todos mueren, y no precisamente de viejos, en un momento u otro de Juego de tronos.

En justa compensación, que no todo en la vida va a ser expirar, algunos de esos personajes también tienen a bien revivir.

Pero no adelantemos acontecimientos.

Durante la cuarta temporada de la serie fueron defenestrados, entre muchos otros, las muy atractivas Ygritte y Shae, el pérfido Tywin Lannister, el fallero Joffrey Baratheon (jamás un físico de gestualidad tan repulsiva ha armonizado tan impecablemente con un alma tan despreciable) y uno de los personajes más carismáticos que han pasado por Juego de tronos: el libertino aunque un tanto antoniobanderizado Oberyn Martell. Que vendría a ser el concepto que George R. R. Martin tiene de “lo español”: un tipo que se pasa la mitad del día follando con hombres y mujeres y la otra mitad reclamando venganza y sangre y muerte, aunque de forma salerosa, y al que le parece lo más normal del mundo eso de ir sembrando el mundo de hijos bastardos. Lo que viene siendo un español de toda la vida de dios.

La quinta temporada no promete mayor benevolencia con aquellos que han sobrevivido a la escabechina de la cuarta. Así que mejor no cogerle cariño a ningún personaje de Juego de tronos porque lo más probable es que acabe con la cabeza aplastada contra una roca puntiaguda más pronto que tarde.

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3. Dos por el precio de dos

George R. R. Martin (autor de Canción de hielo y fuego, la serie de novelas en la que se basa Juego de tronos) es un escritor lento. Exasperantemente lento. Hasta el momento, Martin ha publicado cinco novelas de las siete que componen la saga, a veces con pausas de seis años entre una y la siguiente. La publicación de la sexta entrega, Vientos de invierno, está prevista para octubre de este año. De la séptima y última apenas se conocen noticias. Suponiendo que se editara en 2016, lo que es mucho suponer, habrían pasado veinte años exactos entre la publicación del primer libro de la serie y el último.

La lentitud de George R. R. Martin ha provocado que la quinta temporada de Juego de tronos atrape a las novelas y, en algunos casos, adelante acontecimientos del aún no publicado sexto volumen. Si son ciertos los rumores, el final de la saga ya ha sido decidido. Pero existirán diferencias, algunas pequeñas y otras no tanto, entre lo narrado en la serie de televisión y lo narrado en los libros.

La jugada parece clara. Los lectores de las novelas son en gran parte fans cautivos de la serie de televisión. Pero lo contrario no sucede: miles de fieles espectadores de la serie de televisión no han leído nunca las novelas de George R. R. Martin y es probable que no tengan intención de hacerlo jamás. Sin embargo, puede que cambien de opinión cuando los acontecimientos descritos en ellas empiecen a diferir. ¿Qué seguidor de la saga aceptará de buen grado quedarse sin conocer uno de los dos finales programados para ella?

4. El machismo en Juego de tronos

Los debates sobre el hipotético machismo o feminismo de Juego de tronos son habituales desde 2011. Quizá uno de los más memorables fue el que giraba en torno a las razones por las que a las mujeres no les gusta la serie. Que a las mujeres no les gusta Juego de tronos es, por supuesto, un rumor urbano no basado en dato empírico alguno. Pura sabiduría 2.0: “Me lo invento y que otro pobre desgraciado se pegue el trabajo de desmentirlo con datos”.

Las razones candidatas para ese supuesto desapego femenino eran las obvias para todo aquel que haya visto un solo capítulo de Juego de tronos: muchos desnudos femeninos y muy pocos masculinos, escenas de torturas y mutilaciones genitales alargadas hasta la extenuación del espectador más dispuesto, un mundo de espada y testosterona que parece diseñado por y para adolescentes incapaces de relacionarse de forma natural con el sexo femenino… Un artículo publicado en la revista masculina Thrillist (que tampoco es que digamos el Washington Post) llegó a decir que a las mujeres no les gusta Juego de tronos porque se trata de una serie “difícil de seguir”.

En realidad, como se explica en este artículo de la revista Wired, aproximadamente el 42% de la audiencia de la serie, con picos de hasta el 44%, es femenina. Puestos a buscar una serie “masculina”, mejor fijarse en Breaking Bad, que solo contaba durante su emisión en Estados Unidos con un 36% de espectadoras. Una diferencia de seis-ocho puntos no parece gran cosa pero es significativa. En la esquina opuesta, los datos de audiencia femenina de Mad Men y su macho alfa Don Draper, que apenas superan en unos pocos puntos a los de Juego de tronos.

Juego de tronos no es, en definitiva, ni una serie machista ni una serie feminista. Dejemos de lado la evidencia de que se trata de una saga ambientada en un mundo claramente inspirado en la Edad Media, con lo que ello conlleva respecto a los roles sexuales interpretados por hombres y mujeres. En Juego de tronos la maldad y la bondad, el vicio y la virtud, parecen repartidos equitativamente entre personajes masculinos y femeninos. Ellos ostentan el poder que les conceden la fuerza y la tradición. Ellas, el que les conceden la inteligencia y el sexo. Pero también hay personajes masculinos inteligentes (Tyrion Lannister o Meñique) y personajes femeninos fuertes como un caballo percherón (Brienne de Tarth). Los personajes ambiguos abundan y resulta difícil encontrar una sola flor de estufa en un elenco femenino formado por docenas y docenas de actrices. De hecho, hay más personajes masculinos destensados que personajes femeninos alelados. Hasta la muy bobita Sansa Stark, uno de los personajes más cansinos de la serie, se destapa en la cuarta temporada como una brillante manipuladora en ciernes.

5. El camino del exceso conduce al palacio de las audiencias

Si de algo no se puede acusar a Juego de tronos es de quedarse a medio camino de nada. Si se ha de combinar en una sola escena incesto y una ambigua violación frente al cadáver fresco y reciente del hijo del violador y la violada, se combina y ancha es Castilla. Si un armario de dos cuerpos de morfología apenas levemente humana le ha de reventar la cabeza a uno de los personajes con sus propias manos tras hundirle los ojos en las cuencas con unos pulgares tamaño bratwurst, se la revienta. Si otro personaje ha de asesinar a su padre mientras este caga en las letrinas, lo asesina y a tomar viento la dignidad del personaje. A medida que la serie se ha soltado la melena, las audiencias se han incrementado sin pausa y con mucha prisa. Y con ellas, el presupuesto para más y más litros de sangre.

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Entre la temporada tres y la cuatro, las audiencias en Estados Unidos aumentaron más de un 30%. Si el pueblo quería pan y circo, Juego de tronos le ha dado una panadería entera y un circo de doce pistas. El premio es haberse convertido en la serie más vista de la historia de la HBO por delante incluso de Los Soprano, la joya de la corona del canal estadounidense.

Los lectores de las novelas critican sin embargo la impunidad con la que los responsables de Juego de tronos han soslayado algunas de las escenas más violentas de Canción de hielo y fuego. Es una crítica injusta. Los pasajes más explícitos de los libros han podido verse en pantalla sin problemas y las razones por las que se han recortado algunos detalles escabrosos, aunque reiterativos, de la trama son obvios: si hubiera que filmarlos todos no quedaría tiempo libre para los títulos de crédito.

6. Daenerys el que lo lea

La némesis del realismo político del que se habla en el punto 1 de este artículo es el idealismo. El idealismo en el terreno de las relaciones internacionales es el heredero lógico de la idea de la bondad innata del ser humano. Un idealista cree en la capacidad del diálogo entre iguales para contrarrestar los impulsos negativos de la naturaleza humana siempre y cuando se cuente con la ayuda de instituciones benévolas y moralmente correctas como la democracia, el libre mercado y el derecho internacional. El realismo es el matrimonio de conveniencia de la diplomacia internacional. El idealismo es el viejo y probablemente muy ingenuo matrimonio por amor.

Y quizá George R. R. Martin no sea un experto en las grandes escuelas filosóficas de las relaciones internacionales. Pero de lo que no cabe duda alguna es de que es un realista furibundo y convencido.

El personaje idealista por excelencia de Juego de tronos, y el más obviamente político de todos ellos, es Daenerys Targaryen. Daenerys es la apaciguadora de la serie a pesar de sus frecuentes arranques de crueldad. Arranques de crueldad motivados no por la rabia o el frio cálculo político sino por el idealismo más cándido.

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Daenerys insiste de forma bobalicona en conservar sus tres dragones, de los que se considera “madre”, a pesar de que todo parece indicar que son indomesticables. Daenerys destierra a uno de sus más leales consejeros cuando se entera de una vieja traición a pesar de que es obvio que las lealtades de este han cambiado, a su favor, con el paso del tiempo. Daenerys pretende liberar a todos los esclavos de Meereen y castigar a los esclavistas sin atender a la evidencia de que junto a la injusticia y la explotación ha florecido también un sutil equilibrio social entre amos y esclavos difícil de despachar desde la óptica binaria del blanco y el negro. Cuando un esclavo anciano le ruega a Daenerys ser puesto de nuevo a las órdenes de su amo porque los esclavos liberados más jóvenes lo maltratan, uno no puede evitar acordarse del Viridiana de Buñuel y su feroz desprecio de la ingenuidad con la que algunas almas cándidas ignoran la realidad de la naturaleza humana y los finos hilos con los que se tejen las estructuras sociales más complejas.

El hecho de que en las redes sociales se considere a Daenerys como el personaje femenino más fuerte de la saga, cuando es de forma evidente el más débil de todos ellos, es la prueba de que mucha gente cree ver cuando solo está mirando.

7. El secreto está en el reparto

Si hubiera que escoger un solo elemento que explicara el éxito de Juego de tronos apostaría por un reparto en el que apenas unas pocas piezas (Isaac Hempstead-Wright como Bran Stark, Maisie Williams como Arya Stark, Sophie Turner como Sansa Stark, Kit Harington como Jon Nieve y Stephen Dillane como Stannis Baratheon) rebajan el elevado nivel del resto del elenco. Aunque incluso en estos casos resulta difícil saber si el problema radica en el actor o en un personaje dibujado de forma levemente más perezosa o con menos escenas y diálogos memorables que el resto. O, en el caso de los tres primeros nombres de la lista, en el hecho de que muy pocos niños actores, por no decir ninguno, son capaces de aguantar un personaje levemente complejo sin resultar insoportablemente infantiles o prematuramente viejunos.

De la peculiar, y muy desinhibidamente rockera, política de contrataciones del departamento de casting de la serie da fe este artículo publicado en la página de noticias australiana news.com.au. Lean con atención el titular: “Al menos seis actrices porno en activo o retiradas han aparecido en Juego de tronos”. El término clave es “al menos”. Visto lo visto en la serie, hay que cubrirse las espaldas desde el punto de vista periodístico: son seis como podrían ser 784.

21 reflexiones a vuelapluma sobre las elecciones andaluzas

Andalucía

Ni en Argentina he oído a los ciudadanos hablar tan mal de su gobierno como en Andalucía. Y eso es mucho decir. Pero en Andalucía seguirá gobernando el PSOE cuatro años más al igual que en Argentina seguirá gobernando el peronismo.

Andalucía

1. Decía ayer el editorial del diario El Mundo que “lo importante es que Díaz impulse desde hoy el cambio que los andaluces le demandan”. ¡Fino análisis político, vive Dios! Si esta es la manera que tienen los andaluces de demandar “cambio” a Susana Díaz, mejor no andar por España cuando les dé por pedir “inmovilismo”. Lo mismo resucitan el garrote vil. ¡O el cóctel de gambas!

2. Las elecciones las ha ganado el Partido Regional Nacionalista Andaluz, más conocido por su seudónimo de “el PSOE”. Tanto tiempo llevan gobernando Andalucía (y lo que te rondaré morena) que ya no se sabe si son un partido o un coxis. Es decir, un órgano vestigial. El resto de una cola prehistórica que dejó de resultarnos útil hace decenas de miles de años. Y que sin embargo ahí sigue, inasequible al desaliento y a la selección natural.

3. Casi no lo recuerdan ya ni los estudiantes de derecho más aplicados, pero la primera Constitución española, y en términos relativos históricos la más moderna y liberal de todas ellas, fue promulgada en Cádiz en 1812. No es verídico pero sí verosímil pensar que en algún momento indeterminado entre 1812 y 1978 los alienígenas reemplazaron a los andaluces originales por una especie completamente diferente. Los motivos de esta extraña pero entrañable raza para seguir votando al PSOE elección tras elección se me escapan, pero no pueden ser buenos.

4. El mejor chiste leído en las redes sobre las elecciones andaluzas: “Si los andaluces fueran dinosaurios, votarían al meteorito”. Y es que lo de los andaluces no es obcecación: es resiliencia. Hay bacterias congeladas en el permafrost de las regiones glaciares con menos aguante que el andaluz medio.

5. Intento imaginar qué debería hacer el PSOE para que los andaluces dejaran de votarle y solo me viene a la cabeza el cuadro del pintor británico del siglo XIX John Martin La destrucción de Sodoma y Gomorra. Si se fijan bien, ahí en el extremo izquierdo, a punto de ser engullido por la lava, puede verse a un andaluz chillando: “¡No me arrepiento! ¡Volvería a hacerlo una y mil veces!”.

6. Lo de UPyD es graciosísimo.

7. Podemos se ha quedado con la cifra de escaños que le auguraban las peores encuestas. Sus 590.011 votantes habrían sido interpretados como un éxito avasallador en manos de cualquier otro que no fuera Pablo Iglesias, pero de él sus acólitos esperan milagros. Como la dictadura del proletariado para pasado mañana, por ejemplo. La cara de Teresa Rodríguez la noche del domingo era un holocausto y no se entiende muy bien por qué.

8. Que nadie desprecie, por cierto, el tirón de Iglesias entre los nihilistas de derechas. No me extrañaría nada que una parte quizá no muy importante, pero sí sintomática, de los votos que va a perder el PP en las próximas generales se los llevara Podemos. Aquí lo que algunos pretenden es que el sistema nacido de la Constitución del 78 reviente: la ideología del dinamitero es lo de menos.

9. IU es la viva imagen de la irrelevancia. Las razones de los 273.927 votantes de Maíllo para votarle a él y no al macho alfa de la manada izquierdista Pablo Iglesias son 100% incomprensibles. Nostalgia o melancolía, probablemente.

10. Definitivamente, en España hay tres comunidades que operan con una lógica política independiente de la del resto del país: Cataluña, País Vasco y Andalucía. Nací en la primera de ellas y vivo en la última, pero algún día seré un español normal.

11. No puedo evitarlo: aparece Juan Manuel Moreno Bonilla por la tele y me suena automáticamente en la cabeza el Adagio para cuerdas de Samuel Barber.

12. Para resiliencia, la del bipartidismo. Ochenta escaños de ciento nueve. El 73%: casi nada. El bipartidismo español está como el manchego de las noticias, el que recibió seis puñaladas en el bar y siguió tomándose cervezas con los amigos porque él “se recupera pronto”. Y Rajoy y Pedro Sánchez, a verlas venir. A estos dos les rebanan la cabeza y siguen pidiendo bravas con lenguaje de signos, como si tal cosa.

13. El sistema electoral español es una tortura de realismo para los románticos y una pesadilla de lenta digestión para los impacientes, pero para los románticos impacientes debe de ser una maldición gitana. Y de las pegajosas.

14. Leo en la portada del Vogue español de enero el titular El nuevo culo XXL. ¿Está aquí para quedarse? Es lo mismo que me pregunto yo de Ciudadanos.

15. Dice Gabriel Albiac en ABC que no cree en la posibilidad de que Susana Díaz recurra a Ciudadanos porque los de Rivera son gente decente. Estoy de acuerdo. Como canta La Bien Querida, muchas «eses de amor con las caderas» va a tener que hacer el PSOE para camelarse a Ciudadanos. Porque Rivera tiene una oportunidad de oro para comerse a medio PP, a todo UPyD y buena parte del PSOE más centrista en las próximas generales a poco que acierte con su política de alianzas. Que lea a Maquiavelo.

16. Los interventores de un colegio electoral de Ubrique abrieron durante el recuento electoral de la noche del domingo un sobre que contenía dos hermosas rodajas de chorizo. Hay fotos que lo prueban. Deduzco que el voto, tras sesudas deliberaciones, se repartió a pachas entre PP y PSOE, así que el recuento final debería haber sido en realidad 1.409.041,5 para PSOE y 1.064.167,5 para PP. Muy fan de los medios votos metafóricos: deberían aceptarse como válidos.

17. Solo lo habré recomendado unos pocos cientos de veces en mis artículos, así que lo hago una vez más: The Myth of the Rational Voter: Why Democracies Choose Bad Policies, de Bryan Caplan. Es decir “El mito del votante racional: Por qué las democracias escogen malas políticas”. Ahí está explicada Andalucía entera.

18. Pero no seamos demagogos. En las elecciones autonómicas andaluzas de 2004, el PSOE obtuvo 2.260.545 votos. En las de 2008, 2.148.328. En 2012, 1.570.833. En 2015, 1.409.042. En porcentajes de votos, 50,36%, 48,41%, 40,66% y 35,43%. El PSOE ha perdido en once años a casi uno de cada tres votantes. La sangría es atroz. Ponen buena cara porque han ganado, pero en diez años más estarán en números rojos.

19. Ni en Argentina he oído a los ciudadanos hablar tan mal de su gobierno como en Andalucía. Y eso es mucho decir. Pero en Andalucía seguirá gobernando el PSOE cuatro años más al igual que en Argentina seguirá gobernando el peronismo gane quien gane las próximas elecciones. El socialismo andaluz es tan solo una forma ligeramente más sofisticada de peronismo.

20. Como decía Enric González en su artículo del domingo en el diario El Mundo, en Andalucía se vive muy bien. Con “satisfacción”, escribía. Y eso es verdad. Pero también es verdad que Andalucía es un infierno para todos aquellos ciudadanos que aún viven la política con ilusión. Aquellos pocos que depositan su voto con la esperanza de que algo cambie en su comunidad. Para bien, se entiende. Hay que acordarse más de ellos. ¿Qué culpa tendrán los pobres?

21. Cuando los andaluces despertaron, el 34% de paro todavía estaba allí.

El ciego en el país de los tuertos

Hace tiempo que el PSOE de Andalucía ha dejado de ser un partido para convertirse en el castillo del conde hacia el que la aldea entera mira de reojo cuando el cierrabares de turno le clava los colmillos a la virgen de las ayudas públicas.

Susana Díaz, durante el mitin celebrado este domingo en Huelva.
Susana Díaz, durante el mitin celebrado este domingo en la ciudad de Huelva. / PSOE DE ANDALUCÍA

Susana Díaz ganará las elecciones este domingo porque pocas cosas existen más sumisas que un andaluz con mal amo. Hace tiempo que el PSOE de Andalucía ha dejado de ser un partido para convertirse en el castillo del conde hacia el que la aldea entera mira de reojo cuando el cierrabares de turno le clava los colmillos a la virgen de las ayudas públicas con el desparpajo de quien se sabe con derecho de pernada.

En algo llevan razón los socialistas de estas tierras: el sangrado del ciudadano vía pillaje desaforado, tinglado enloquecido, prejubilaciones lisérgicas, colocaciones milagrosas y dádivas disparatadas es una anécdota si lo comparamos con los logros de la acción de gobierno del PSOE durante sus 30 años en la Junta. Los legales, se entiende. Porque esos sí que son dignos de la niña de El exorcista.

Las cifras son exuberantes, casi venezolanas. Diecinueve de los 20 grandes municipios españoles con mayor tasa de paro son andaluces. La tasa de paro femenina ronda el 37,3%. La de los menores de 25 años, el 59%. La de las mujeres de entre 16 y 19 años, el 79,1%. La de fracaso escolar temprano, el 27,7%.

Andalucía es la antepenúltima de las comunidades españolas en renta per cápita: 16.666 euros por los 28.915 de Madrid. A cambio, es la primera de la clase a la hora de exprimir fiscalmente a sus ciudadanos, en dura pugna con ese otro infierno fiscal sin fondo llamado Cataluña.

Andalucía sólo justificó el 24% del dinero que recibió del Estado en 2013 para la creación de empleo. Las demás comunidades autónomas justificaron el 92%.

La primera universidad andaluza en el Ranking de Shanghai es la de Granada, que se sitúa entre los puestos 301 y 400. Y eso pese a tener casi cinco siglos de Historia: se fundó en 1531. Muchos más que algunas de las universidades anglosajonas que copan los 20 primeros puestos: Stanford (1885), Chicago (1891) o el Instituto de Tecnología de California (1891).

Y mejor no hablar de la legendaria administración paralela de 35.000 enchufados creada por la Junta de Andalucía. Algo así como las 100 familias de la alta burguesía catalana o la casta del palco del Bernabéu en formato cuñado.

Mil pesetas al depósito

El enésimo triunfo del PSOE en Andalucía me recuerda a aquel mítico español al que le importaba una higa que subiera la gasolina porque él siempre le echaba mil pesetas al depósito. Más les vale cacique conocido que señorito por conocer y así les va. Seis de cada 10 jóvenes andaluces están en paro pero solo siete de cada mil se deciden a emigrar al extranjero. El justo castigo a tanta desgana será una Andalucía agraciada con un gobierno de señoritos caciquiles progresistas: una combinación que ni fabricada en los pozos más profundos del averno.

Gracias al PSOE, se sigue dibujando a los andaluces como una sociedad indolente, meapilas y folclórica. Una región subsidiada a machamartillo y acomodada en el yavalismo de las 20 peonadas del PER. Aunque también garbosa y simpaticona, que la vida son dos días y la mitad son feria.

Si Valencia es la playa de Madrid, Andalucía es su piscina de bolas. Cualquier cosa antes que tomársela en serio. Hasta Teresa Rodríguez, de Podemos (esa quimioterapia del sistema político español que amenaza con tirar al niño con el agua de la bañera), pide en su publicidad electoral «cambio y alegría» para Andalucía. «Alegría», le pide Rodríguez al ciego en el país de los tuertos.

Teniendo el potencial para convertirse en la California europea, Andalucía se ha conformado con ser la Argentina española y el consuelo de los tontos del resto del Estado. Lo ha conseguido.

Paternalismo displicente

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Albert Rivera con Juan Marín y Manolo Varela, candidatos a la presidencia de la Junta de Andalucía y a la alcaldía de Dos Hermanas. / CIUDADANOS

La relación de los afincados al norte de Sierra Morena con los andaluces es de paternalista displicencia en el mejor de los casos.

«Algunos niños andaluces dan clase en el suelo porque no tienen mesas para sentarse» (Ana Mato). «Andalucía es como Etiopía» (Rafael Hernando). «En otras regiones reciben el PER para pasar la jornada en el bar del pueblo» (Duran i Lleida). «Hay que sacar a Andalucía del pelotón de los torpes» (Rafael Hernando de nuevo).

Lo de Hernando con los andaluces, por cierto, es de psicoanálisis. ¡Qué gran diplomático ha perdido Mordor! Hasta Albert Rivera, de natural fino argumentador, dijo que su partido no estaba en Andalucía para repartir pescado sino para enseñar a pescar. La frase es más inocente en boca de Rivera de lo que lo sería en la de Artur Mas y además tenía contexto. Pero a ver quién se lo encuentra en esa sartén de freír matices que es internet.

La metedura de pata de Rivera era el clavo apenas tibio al que podría haberse agarrado cualquiera con la necesidad imperiosa de marcarse un tanto frente al electorado.

Alguien levemente más sutil que la Estrella de la Muerte con lazo le habría preguntado al líder de Ciudadanos cuál es esa insólita técnica de pesca de la que tiene noticias un político que a duras penas ha trabajado cuatro años en el sector privado y que desconocen Abengoa o la cooperativa Hojiblanca, líderes internacionales en su sector.

O González Byass, la primera bodega española y la sexta del mundo según el ranking elaborado anualmente por la World Association of Writers and Journalists of Wine and Spirits.

O las empresas jienenses que producen más del 20% del total mundial de aceite de oliva y el 50% del total español.

O los empresarios del sector turístico andaluz que cada año acogen a veinte millones de turistas de todo el mundo.

Un racismo inverso

Rivera, sin embargo, ha tenido suerte. Por el campo de batalla sólo han aparecido los adolescentes de Twitter (alguno de ellos político profesional) y un tal Antonio Sanz, de profesión delegado del Gobierno, que ha respondido con un impecable racismo inverso: «A mí no me gusta que Andalucía se mande desde Cataluña. Yo no quiero que en Andalucía mande un partido político que se llama Ciutadans y que tiene un responsable político que se llama Albert».

A Marta Ferrusola, matriarca de la finca catalana, también le incomodaba que el presidente de la Generalitat José Montilla fuera un andaluz «con el nombre en castellano». No deja de tener su ironía que a Albert Rivera, hijo de malagueña que ha hecho bandera en Cataluña del muy espartano «¡Esto es España!», se le desdeñe en Andalucía precisamente por catalán.

En realidad, cualquier andaluz mentalmente sano estaría de acuerdo en que más que enseñarles a pescar lo que se debería hacer con sus vecinos es enchironarlos cuando le echan mano al atún del prójimo. Ése sí es un deporte practicado con entusiasmo por estos lares sin distinción de clase, sexo, signo político o hermandad de preferencia. Aunque eso, que conste en acta, también lo dijo Rivera. Porque la clave del desastre andaluz, más que en una hipotética incapacidad genética para la excelencia, radica en la distancia entre los horrores sin nombre descritos al principio de este texto y los ejemplos de éxito empresarial listados después. Es la distancia que separa al sector público andaluz (y a las decenas de miles de familiares, amigos, conocidos y saludados que medran en sus aledaños) del sector estrictamente privado. Aquél que desarrolla su negocio a pesar de la administración socialista y no gracias a ella.

Es la misma distancia que separa al capillita de botones dorados, cinturón trenzado y gomina suficiente para obturar los reactores de un submarino nuclear (ése que llora al paso de la virgen de turno mientras le halaga a grito pelado los pendientes) de las 750.000 empresas andaluzas, la mayoría de ellas pequeñas, que desarrollan su actividad en una de las comunidades más agresivamente hostiles a la modernidad de toda España.

Regidores imputados

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Pedro Pacheco durante un acto de campaña en Estella del Marqués en mayo de 2011. / FLICKR PERSONAL

Quizá la más perfecta representación a pequeña escala de la Andalucía de 2015 sea Jerez de la Frontera, una ciudad a la que no le toca en suerte un alcalde que no acabe imputado o en prisión desde 1979.

En octubre de 2014, la ex alcaldesa socialista Pilar Sánchez Muñoz fue condenada a dos años de prisión y a una multa de 8,6 millones de euros por pagar las nóminas del ayuntamiento con fondos del Plan E. Sólo cuatro meses después, fue condenada de nuevo a cuatro años y medio de cárcel y ocho años de inhabilitación por la concesión irregular de una subvención de 244.000 euros a una empresa sanitaria.

La actual regidora, María José García-Pelayo (PP), está al borde de la imputación a raíz de un informe de la Intervención General de la Administración del Estado que la relaciona con el caso Gürtel.

Pero ningún alcalde de Jérez más emblemático que Pedro Pacheco, que ejerció el cargo durante 24 años y pronunció la frase «la justicia es un cachondeo». Pacheco fue condenado en 2013 a cuatro años y medio de cárcel como autor de un delito continuado de prevaricación y malversación de caudales públicos.

Pacheco fue el impulsor de la construcción del circuito de Jerez, del que salían los millones en bolsas de plástico del Mercadona, según se rumorea en los tabancos de la ciudad. Aquel alcalde andalucista fue también el impulsor de la conversión de Jerez (una ciudad pequeña, recoleta y con abolengo) en una venganza urbanística de deuda astronómica y arquitectura albanesa.

Modales versallescos

Pero Jerez y sus alrededores —principalmente El Puerto de Santa María, que es a Jerez lo que Robin a Batman— cuenta también con una pequeña, casi minúscula, burguesía de modales versallescos. Un grupo que ha preferido mantenerse discretamente al margen del pillaje estético y financiero perpetrado por la clase política de su ciudad.

Es el reflejo español de esa aristocracia rural inglesa que forman terratenientes de alta cuna pero sin título nobiliario y que allí se conoce como landed gentry. Es la burguesía de las sagas bodegueras que durante el siglo XIX emparentaron o negociaron con sus equivalentes británicos. Un puñado de familias que no sacrifican a sus perros sino que los ponen «a dormir» y cuyas abarrotadas bibliotecas atesoran más libros del siglo XVIII en inglés que en español y provocan en el visitante desprevenido una fascinación similar a la que describe el capitán Charles Ryder en la novela Retorno a Brideshead de Evelyn Waugh.

Son familias que, con excelente criterio, se conforman con su labor de taberneros y esquivan elegantemente al poder político y sus tejemanejes. Cualquier parecido de la alta burguesía jerezana con el conocido señorito sevillano semanasantero y cercano a los círculos del poder es pura coincidencia.

La maldición andaluza, en definitiva, es haber sido gobernada en democracia por la estirpe de los Pacheco, Sánchez Muñoz y García-Pelayo y no por la de los González, Domecq, Osborne y compañía. O por los mejores de ellos, que alguno canalla les debe de haber nacido.

A Andalucía no le hace falta acabar con sus señoritos sino escogerlos con mejor ojo, y más británicos que andaluces.

Pero yo, a fin de cuentas, solo soy un catalán afincado temporalmente en Jerez, y qué sabrá un guiri lo que es un Pictolín.


 

Fe de errores: El artículo original decía por error que el ex alcalde andalucista Pedro Pacheco tenía una estrella en el Paseo de la Fama del Motociclismo de Jerez. Esa estrella está dedicada, sin embargo, a Paco Pacheco, impulsor de las primeras carreras de motos en la ciudad.