El veneno que respiramos

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La contaminación, que descendió en Madrid en lo peor de la crisis, ha vuelto a repuntar en la capital con los primeros signos de recuperación

GRA178 MADRID, 22/09/2015.- Dos mujeres recorren en bicicleta la Gran Vía de Madrid cerrada al tráfico con motivo del Día Sin Coches que, además de Madrid, celebran Valladolid, San Sebastián, y Valencia, entre 330 ciudades, con acciones que van desde limitar el tráfico privado en algunas áreas y franjas horarias a ofrecer transporte público gratuito o reducir la velocidad para "pacificar" el ambiente urbano. EFE/Mariscal
La Gran Vía de Madrid cerrada al tráfico con motivo del Día Sin Coches. EFE/Mariscal

En el mayor escándalo reciente de la industria automovilística, el grupo Volkswagen trucó las emisiones de dióxido de nitrógeno de uno de sus motores diésel para pasar las inspecciones medioambientales. El dióxido de nitrógeno (NO2) es uno de los principales contaminantes emitidos por el tráfico y las ciudades tienen sistemas de medición de la calidad del aire, precisamente para asegurarse de que los niveles de NO2 y otros gases como el dióxido de azufre (SO2) o el ozono no superan niveles perjudiciales para la salud.

Basta una exposición de 30 minutos a un aire con más concentración de NO2 de la cuenta para empezar a notar efectos adversos, como inflamación de las vías respiratorias o un agravamiento del asma en ciudadanos que lo padezcan.

La Directiva 2008/50 de la Comisión Europea impone a las ciudades valores límite de NO2 que no deben superarse. Concretamente, no se debe sobrepasar una media anual de 40 microgramos por metro cúbico de aire. Sin embargo, Europa ha sancionado repetidamente a Madrid y Barcelona por rebasar estas cifras. En concreto, en 2010, primer año de obligado cumplimiento, ambas ciudades registraron 44 y 50 microgramos, respectivamente.

Para comprobar empíricamente el riesgo que sufren los habitantes de la capital, así como la efectividad de las medidas tomadas por los políticos en los últimos años, en EL ESPAÑOL hemos analizado los registros desde 2003 hasta 2015 de estas estaciones de medición. Las cifras fueron obtenidas en el Portal de Datos Abiertos del Ayuntamiento de Madrid.

En el siguiente gráfico podemos comprobar cómo se está produciendo un descenso paulatino de los niveles de NO2 en el aire, aunque aún muchas zonas de la capital siguen superando la media de 40 microgramos por metro cúbico.

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La organización Ecologistas En Acción publica cada año un informe sobre la calidad del aire en España. Paco Segura, uno de sus autores, explica a EL ESPAÑOL este descenso por dos factores: “La crisis que comenzó en 2008 ha tenido un efecto importante; de hecho, se sabe que ha causado una reducción superior al 20% en el uso de combustible de automoción”. “Por otro lado ha habido mejoras tecnológicas”, añade Segura, “los vehículos en general son más eficientes”. “Las emisiones se han controlado un poquito, pero no hasta el punto de cumplir la ley”, apunta.

Los datos muestran también cómo muchas de estas estaciones han repuntado en los últimos dos años hasta registrar niveles de contaminación anteriores a la crisis económica. En particular, los medidores de las Escuelas Aguirre, en la confluencia de las calles Alcalá y O’Donnell, o de la Plaza de España superan por mucho el valor límite.

En algunos casos, la variación anual es significativa aunque, de acuerdo con Segura, “esos cambios no son raros porque dependen mucho de los regímenes de brisas o vientos dominantes”. Es la tendencia lo que importa. “Por ejemplo, hay años en los que el Corredor del Henares registra alertas por ozono cada dos por tres; otros años cambian los vientos dominantes y los picos de contaminación se trasladan hacia Majadahonda o hacia Toledo. También influye la vegetación que haya alrededor, si han talado un árbol o si han ampliado una acera. Son cambios normales”.

El truco de Ana Botella

Entre 2009 y 2010, el Ayuntamiento dio de baja 14 medidores de calidad del aire e instaló otros 11 en diferentes zonas de la ciudad. Sobre la anterior alcaldesa (por entonces concejala de Medio Ambiente) Ana Botella, pesaba la sospecha de que el motivo fuera reducir los registros de contaminación, algo que llegó a denunciar incluso Antonio Vercher, fiscal coordinador de Medio Ambiente.

Los datos analizados no dejan lugar a la especulación. Mientras los anteriores medidores, a la izquierda del siguiente gráfico, ofrecían medias anuales superiores al valor límite de NO2, los introducidos entre 2009 y 2010 por el Ayuntamiento (a la derecha) ayudan a bajar la media de gases contaminantes de Madrid.

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Para el experto de Ecologistas en Acción, “la única forma de luchar contra la contaminación es reducir el tráfico”. Las medidas tomadas por el Ayuntamiento en estos años, como la implantación de un Servicio de Estacionamiento Regulado (SER), “no han ayudado a reducir el tráfico, y el mensaje que se manda es que la medida es simplemente recaudatoria”. “Hay cosas que sí son positivas, como las Áreas de Prioridad Residencial, que han desincentivado que la gente acuda en coche al centro”, dice Segura.

A todos estos factores se une, por supuesto, el de los emisores de contaminación: los coches. “Si fueran ciertas las mejoras tecnológicas que se han ido incluyendo en los vehículos, tendríamos que haber visto una reducción muchísimo más drástica de los óxidos de nitrógeno, que son los que más problemas de salud dan en Madrid”, dice Segura.

¿Por qué no ha ocurrido así? Entre otros factores, “por un fraude de los fabricantes, que llegaban a emitir a veces hasta 40 veces más de lo que prometían”, concluye.

Agua salada fluye por Marte

 

marte1La NASA ha anunciado hoy la presencia de una salmuera compuesta por agua líquida y sales de sodio y magnesio. El hallazgo tiene importantes implicaciones sobre la habitabilidad del planeta rojo

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Imagen coloreada de algunas colinas de Marte. (Foto: NASA/JPL)

La NASA ha confirmado la presencia de agua salada en la superficie de Marte, algo que se sospechaba desde hacía tiempo, gracias a unos surcos lineales detectados por el satélite de reconocimiento orbital (MRO por sus siglas en inglés). La única posibilidad que explicaba esa escorrentía era el agua, pero hasta ahora no ha podido demostrarse con suficiente seguridad. El trabajo publicado hoy en Nature Geosciences muestra que en realidad ese agua se trata de una densa salmuera, que se arrastra por la superficie en pendiente y genera esta erosión.

La anunciada presencia hoy del investigador Lujendra Ojha en la rueda de prensa de la NASA daba muchas pistas sobre el contenido de la exclusiva. Hace cuatro años, como estudiante de grado en la Universidad de Arizona, fue el primero en apuntar a la posibilidad de que en Marte hubiera agua salada corriendo por la superficie durante los meses cálidos, en los que la temperatura en el ecuador del planeta rojo puede alcanzar los 20ºC. En latitudes medias, la temperatura suele promediar los -50ºC y en los polos puede alcanzar los -150ºC.

Junto a Ojha estaba hoy además su mentor en Arizona, Alfred McEwen, investigador principal de la MRO. Estos investigadores detectaron con imágenes de espectrometría en alta resolución una serie de surcos oscuros que aparecen cada verano y desaparecen cada invierno. Los investigadores analizaron imágenes de cuatro sitios diferentes en los que había aparecido este tipo de erosión, zonas muy especiales por su exposición al sol. Estos últimos análisis de bandas de absorción confirmaron que las sales son en realidad perclorato de sodio, perclorato de magnesio y clorato de magnesio.

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Los surcos en las paredes del cráter Garni. Foto: NASA /JPL

Dado que los surcos, de hasta 100 metros de longitud, aparecen en el verano marciano, cuando la superficie es más cálida, una posibilidad era que pudieran ser producidos por hielo que se derrite y drena bajo la superficie de las laderas. Además, al tratarse de una salmuera muy concentrada sería capaz de permanecer en un estado líquido a temperaturas de incluso -23ºC.

“Algunas formas geológicas en las pendientes de cráteres en la superficie de Marte presentan variaciones estacionales sorprendentes en principio, y ahora ya está claro que son debidas a depósitos en el subsuelo, tipo salmueras o aguas saladas, que se evaporan cuando se calientan por el sol”, explica a EL ESPAÑOL Miguel Ángel López Valverde, investigador del Instituto de Astrofísica de Andalucía y coordinador del proyecto europeo UPWARDS. “La idea no es nueva, pero es la primera vez que se confirma con medidas directas”, añade.

Julia de León, investigadora del Instituto de Astrofísica de Canarias, está especializada en la búsqueda de minerales en asteroides y otros cuerpos menores del Sistema Solar. “Para que existan sales hidratadas es necesaria la existencia de agua líquida”, apunta De León, y añade: “Parece que al fin existe una evidencia, una detección” de estas sales y su comportamiento. El estudio apunta a la posibilidad de la existencia de agua líquida actual, no antigua, y que ésta se manifiesta en ciclos. “Lo más probable es que se trate de una especie de condensación de la humedad de la atmósfera, las sales atraparían y precipitarían el agua”, aventura.

Implicaciones para la vida en Marte

En mayo de este año, un grupo de investigadores españoles liderados por Jesús Martínez-Frías, investigador del Instituto de Geociencias del CSIC y la Universidad Complutense de Madrid, ya fue portada en Nature Geosciences al sugerir esta misma hipótesis. En conversación con EL ESPAÑOL, Martínez-Frías valora este nuevo estudio como una confirmación de “la presencia de sales hidratadas en los taludes donde se había observado esta actividad”. Además, esta identificación “verifica los resultados obtenidos en nuestro estudio reciente y refuerza nuestra hipótesis científica sobre las salmueras”, dice el geólogo, primer español en aparecer en portada de esta publicación.

Este descubrimiento apoya los planteamientos sobre un Marte activo, es decir, geológicamente vivo y con posible actividad acuosa actual, que generaría una “escorrentía efímera” de estas salmueras. Aún queda por ver si esto puede relacionarse con un posible ciclo hidrológico en el planeta marciano.

“Si el trabajo se confirma con posteriores estudios y aclaraciones”, comenta López Valverde, “entonces esto confirma la existencia de depósitos de agua o hielo en el subsuelo en latitudes medias, lo que indicaría más cantidad de los almacenes de este elemento, hasta ahora mas abundantes en altas latitudes y en las capas polares”.

Finalmente, estos resultados también son importantes desde el punto de vista de la habitabilidad de Marte. Según Martínez-Frías, “como ya se ha indicado, en la superficie de Marte las condiciones son muy hostiles para la vida, especialmente debido a la radiación UV, pero estos nuevos datos sobre la posible existencia de agua líquida actual sub-superficial respaldan que la habitabilidad es mucho más favorable bajo el regolito marciano”, es decir, bajo la capa de polvo mineral y rocas que cubre la superficie. Allí, dice el investigador, “es donde habrá que concentrar los esfuerzos futuros en la búsqueda de vida”.

El Antártico nos concede una tregua trampa

El océano Austral absorbe cada vez más CO2 de la atmósfera, lo que mitiga las consecuencias del cambio climático, pero al mismo tiempo acelera efectos secundarios como la acidificación del océano

El buque de investigación Marion Dufresne en aguas del Antártico. / Nicholas Metzl

El buque de investigación Marion Dufresne, en el Antártico. / Nicholas Metzl

El océano Antártico fascina hoy a los investigadores climáticos tanto como fascinaba hace siglos a James Cook o Fernão de Magalhães, empeñados en demostrar hasta dónde llegaba el mar más allá del Cabo de Buena Esperanza. Tanto entonces como ahora, el cuerpo de agua que rodea la Antártida sigue guardando muchos secretos, uno de los cuales es su capacidad de ‘secuestrar’ CO2 atmosférico mitigando así los efectos del cambio climático.

Hace unos meses, la Royal Society británica evaluó las últimas perspectivas sobre el rol del Antártico en el ciclo del carbono en la Tierra, así como su conexión con el calentamiento global. “Debido a que el principal reservorio de dióxido de carbono en la Tierra es el océano profundo, y que éste conecta con superficie y atmósfera principalmente en el océano Antártico, tanto la física como la química y biología de esta región tienen una influencia de primer orden en la concentración de CO2 atmosférico”, decía Andrew Watson, de la Universidad de Exeter, en aquel número de Philosophical Transactions, la histórica revista de la institución que publicó el primer trabajo de Newton.

El Antártico ha sido comparado a una esponja, capaz de absorber una gran cantidad de gas y luego irlo liberando -poco a poco y a través del resto del planeta- con ayuda de las corrientes marinas. Sin embargo, en la última década, diversos estudios han apuntado a una reducción en la capacidad del Antártico de absorber CO2, algo que los científicos han relacionado con el cambio climático reciente, el debido a la actividad humana; en resumen, estamos produciendo tanto gas que el océano no puede absorberlo tan eficientemente.

Pero un trabajo publicado en la última edición de Science rebate el conocimiento acumulado recientemente: desde 2002, el Antártico ha estado aumentando su capacidad de absorber este gas de efecto invernadero. Además, otro estudio, que apareció esta semana en Geophysical Research Letters, refuta estos mismos resultados.

La primera reacción es de alivio: si el Antártico es potencialmente capaz de secuestrar más CO2, quedará menos en la atmósfera y más se atenuarán los efectos del cambio climático. Generalmente, un 50% del dióxido de carbono emitido se queda en el aire, la otra mitad es atrapada por los árboles y por los océanos. Pero a medio y largo plazo, es un arma de doble filo.

En declaraciones a EL ESPAÑOL, Nicholas Gruber, investigador en la ETH Zürich y uno de los autores del trabajo de Science confirma que “es cierto que hay otra cara de la moneda”. “A medida que el océano absorbe más CO2 de la atmósfera, la acidificación [una bajada del PH provocada por el exceso de gases de efecto invernadero que afecta, por ejemplo, al metabolismo de muchas especies o al blanqueamiento de los arrecifes de coral] se acelerará, lo que puede acelerar el impacto en los organismos marinos y los ecosistemas”. De hecho, la acidificación de los océanos a causa de albergar más CO2 -precisamente, el que produce la actividad humana- se considera una de las consecuencias más preocupantes del cambio climático.

En cuanto a otros efectos secundarios, Gruber se muestra prudente: “Fenómenos como El Niño afectan también al océano Antártico pero prefiero no hacer una predicción de cómo afectará a su sumidero de carbono. Sí que estoy seguro de que no influirá en el evento que estamos sufriendo actualmente, igual que tampoco creo que afecte a la ocurrencia de fenómenos extremos”, como huracanes o sequías.

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Mar gruesa en una de las campañas científicas realizadas por los investigadores en el Antártico. / Nicholas Metzl

Curiosamente, aquel estudio de 2007 en Science que afirmaba que el Antártico estaba perdiendo eficacia al absorber CO2 estaba escrito por algunos de los autores de los artículos con conclusiones opuestas publicados esta semana. ¿Cómo es esto posible? Principalmente, por la dificultad de medir el carbón oceánico durante varios años en las aguas más hoscas del mundo. Gracias a nuevos instrumentos de medición y al cruce de bases de datos entre investigadores de 11 instituciones de todo el mundo, el Antártico guarda un secreto menos.

Chikunguña: una historia de mosquitos

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Más de un millón de personas se han contagiado en los últimos meses con el virus chikunguña, que causa una enfermedad muy dolorosa aunque raramente letal, y para la que no existe vacuna ni cura. Para frenar al virus se intenta atacar su principal vector de transmisión: ciertos tipos de mosquito.

“Si aún no ha oído hablar del chikunguña, no se preocupe, lo hará”. 
Maryn McKenna en National Geographic

Hace ahora casi un año, el doctor Fernando de la Calle, de la Unidad de Medicina Tropical del Hospital Universitario La Paz, trataba junto a sus compañeros de sacar el ébola del cuerpo de Teresa Romero, subidos todos en un escenario hasta entonces inimaginable. Alrededor de ellos, docenas de micrófonos y cámaras; más allá, controles térmicos en los aeropuertos, alarmas en hospitales de toda España y bastante inquietud, tanto en la población como en el gobierno, pese a que la posibilidad de una epidemia de ébola era -y sigue siendo- muy baja.

La principal lección que nos dejó aquella pequeña, pero trágica, infiltración del virus en nuestras vidas es que ahora las enfermedades infecciosas ya no están confinadas en lejanos reservorios selváticos. Como cuenta ahora el doctor De la Calle, “es el problema de la globalización, que la enfermedad también viaja”.

Aunque las brasas del ébola en África Occidental siguen incandescentes, actualmente hay otros brotes que preocupan especialmente a los epidemiólogos. Uno, el síndrome respiratorio por coronavirus de Oriente Medio o MERS, detectado hace tres años en Arabia Saudí, es hoy, con una mortalidad del 36%, una amenaza en Corea del Sur.

El otro, el virus chikunguña, se identificó hace más de 50 años en Tanzania -de hecho el nombre del virus procede del dialecto makonde, hablado al sur del país, y significa, literalmente, “retorcerse” de dolor- y salvo algunos saltos a Asia, permaneció más o menos estable geográficamente hasta hace una década. Ahora, una epidemia que comenzó en el Caribe a finales de 2013, sigue su curso hacia el sur, donde ha llegado a Colombia, Venezuela, Perú y Ecuador, y hacia el norte con casos autóctonos en México y Estados Unidos.

En total, más de un millón de personas se han contagiado en los últimos meses de esta “enfermedad del dolor”, raramente letal pero siempre incapacitante y para la que no existe vacuna ni cura. Es además, una muy probable candidata a dar el salto a los países mediterráneos.

Chikunguña en España

De hecho, mientras los focos apuntaban al Instituto Carlos III y a los tres pacientes con ébola que hubo en España el año pasado, 266 personas trajeron el chikunguña a lo largo de 2014 según el Centro Nacional de Epidemiología, una cifra bastante notable comparada con los 475 casos notificados en toda Europa entre 2008 y 2012 (PDF).

La primera víctima fue en marzo, una mujer de la República Dominicana, a donde el virus había llegado en febrero. Un 96% de los 266 procedía de América Latina, principalmente de la citada isla caribeña. Y lo más importante, casi 4 de cada 10 casos se produjeron en Cataluña, Comunidad Valenciana, Murcia y Baleares, zonas de especial riesgo ya que aquí se encuentra el vector de la enfermedad y principal protagonista de esta historia: el Aedes albopictus, también conocido como mosquito tigre.

“No hay que ser alarmista, pero no es descabellado que el chikunguña se instale en Europa, ya que uno de los vectores que transmiten la enfermedad está en toda la cuenca mediterránea”, confirma De la Calle. Además, este mosquito se está extendiendo territorialmente, por todo el levante español pero también hacia el interior, Ebro adentro hasta Aragón. “Además, el virus tiene unas pequeñas mutaciones que lo han hecho más fácil de acceder a ese vector”, dice este epidemiólogo, que estima que “este año estamos otra vez viendo más, bastantes más”.

De un mosquito a otro

El factor fundamental por el que el chikunguña, una enfermedad con un circuito de transmisión parecido al dengue, no ha llamado a nuestra puerta hasta ahora es precisamente el medio de transporte. Durante las últimas décadas, el virus viajaba exclusivamente en el Aedes aegypti, también conocido como el mosquito de la fiebre amarilla. Este vector limitaba la presencia del chikunguña a África y Asia, pero alrededor de 2005 algo cambió.

Una cepa del virus comenzó a detectarse en el Océano Indico, y esta vez la amenaza iba a lomos de un mosquito tigre. La explicación científica más consolidada habla de una mutación, llamada E1 A226V, en una proteína del virus. Esta mutación le permitía adaptarse al mosquito tigre y replicarse más rápido. Este arma permitió al chikunguña extenderse y perpetuarse en climas menos tropicales, donde el ciclo de vida del mosquito es menor.

En 2007, un turista llegado de India provocó un brote de 205 casos autóctonos en Rimini, al norte de Italia y entonces los expertos se preguntaron “¿qué está ocurriendo?”. Luego volvió a ocurrir en Croacia, y más tarde, en Francia, dos veces, en 2010 y 2014.

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Precisamente, un grupo de investigadores franceses dirigidos por Remi Charrel, de la Universidad de Aix-Marsella, publicaron el año pasado un estudio titulado: Globalización del chikunguña: Diez años para invadir el mundo.

Tradicionalmente, la enfermedad ha sido vista como de un riesgo moderado. Tras un periodo de incubación de entre 3 y 7 días, comienza con fiebres muy altas, una súbita erupción cutánea y de repente, un dolor por todo el cuerpo que dura unos 10 días pero puede llegar a cronificarse. “El problema que tiene el chikunguña”, dice el médico del Instituto Carlos III, “es que en un porcentaje no despreciable da muchos problemas articulares a medio plazo, gente joven que se infecta y se pegan dos meses con rodillas o manos muy inflamadas, no pueden trabajar. No es un virus que lo pasas y ya, hay que vigilar esas artralgias”.

Mutación

Lo que descubrieron Charrel y su equipo es que, en el brote caribeño de 2013, comenzaron a verse en la isla de Reunión consecuencias clínicas sin precedentes: fallos respiratorios y hepáticos, meningoencefalitis, descompensación cardiovascular e incluso hepatitis aguda. El chikunguña está mutando hacia formas que lo hacen llegar más lejos y hacer más daño.

“Es como la pólvora, allá donde cae se extiende”, dice De la Calle. En algunas zonas de África, hasta el 80% de la población ha desarrollado anticuerpos, es decir, ha estado expuesto al virus. “No hay que alarmarse, pero es un problema de salud pública que en España hay que tener mucho en cuenta porque, más allá de la inmigración, que ahora es menor, muchísimos españoles van a Latinoamérica de turismo”.

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Afectados en Rep. Dominicana. Foto: WHO

Y además, abre una puerta igualmente inquietante. Si una enfermedad que se transmite como el dengue, y para la que, como el dengue, no existe vacuna ni cura, puede acabar llegando a Europa, ¿por qué no otras como el virus Zika o el propio dengue?

Europa necesita un plan, pero afortunadamente, alguien tiene una buena idea.

Mosquito contra mosquito

Ese alguien es escocés, se llama Luke Alphey y trabaja en el Departamento de Zoología de la Universidad de Oxford. Le encontramos en París, en un lujoso hotel del Boulevard Haussmann, donde ha sido nominado a un premio a Inventor Europeo del Año por crear mosquitos genéticamente modificados para, literalmente, acabar con su especie y frenar la transmisión de enfermedades como el dengue o el chikunguña.

Los mosquitos que transmiten enfermedades son siempre hembra, que buscan la sangre para alimentar a sus crías. Los mosquitos transgénicos de Alphey son machos, y tienen la particularidad de que, al aparearse con esas hembras, generan una descendencia que muere antes de alcanzar la edad adulta. Así, liberados en plena naturaleza, son capaces de arrasar una colonia mientras intentan justo lo contrario. Su Técnica del Insecto Estéril, que vio la luz hace 15 años en un artículo de Science, se encuentra ya en vías de comercialización tras exitosos ensayos en las Islas Caimán, Malasia, Panamá y Brasil.

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Luke Alphey. Foto: EPO

Aunque el concepto mosquito transgénico pueda levantar ciertas suspicacias, para Alphey no hay debate en este punto. “La comida tiene un sitio especial, queremos comida limpia, segura y natural. Pero si pensamos en medicina es al revés, quieres que un hospital reluzca y esté lleno de alta tecnología, lo opuesto a natural”, dice el zoólogo. “Y cuando piensas en ingeniería genética, bueno, millones de personas se inyectan insulina genéticamente modificada cada día. E incluso las vacunas que se ensayan para el dengue consisten en virus genéticamente modificados, y es algo aceptable”.

Pregunta: Señor Alphey, en el arte del apareamiento, ¿se comporta igual un mosquito genéticamente estéril que uno normal? ¿No hay “algo” que le falta y que puede hacerle mostrar menos interés en la hembra que un macho salvaje?

Respuesta: Nos gustaría que fueran lo mismo, pero realísticamente, no van a ser tan buenos. Un mosquito irradiado, al soltarlo en las pruebas de campo, cambia. No son tan buenos, pero son bastante buenos. Y son baratos de producir. Hay espacio de mejora, pero funciona. En los ensayos logramos reducir las poblaciones de mosquito en un 90%.

P: Usted se ha centrado en el dengue, pero en teoría debería servir para todas las enfermedades que el mosquito puede transportar.

R: Así es. Controlar ese mosquito, el Aedes aegypti, permite controlar la fiebre amarilla, el dengue, y la otra enfermedad que transporta, el chikunguña.

P: Pero el chikunguña saltó además al mosquito tigre hace diez años. ¿Su técnica sería válida también en ese otro vector?

R: Sí. En efecto, en Europa continental no tenemos Aedes aegypti por el clima, pero sí Aedes albopictus, mucho más tolerante al frío. Normalmente no es tan buen vector para enfermedades, salvo para esta versión del chikunguña, en la que el mosquito tigre es tan bueno, o incluso mejor, que el mosquito de la fiebre amarilla. Pero de hecho, no sólo podemos poner nuestra tecnología en el albopictus, sino que lo hemos hecho.

Conste que Alphey no ganó finalmente el premio. Pero quizá pueda contentarse con haber hallado la solución para, al menos, un par de enfermedades cuyo número de epidemias mundiales no deja de aumentar, cuyas mutaciones las hacen cada vez más virulentas y que, para más inri, pronto podríamos sufrir en nuestras propias y caucásicas carnes.

No es un mal premio de consolación.