¿Cómo es posible que un ignoto monje benedictino llamado Íñigo Gómez de Barreda que publicó sus reflexiones políticas en apoyo del padre Feijoo a mediados del XVIII, emboscado en el seudónimo de Ignacio de la Erbada, retratara a Mariano Rajoy con tan premonitoria clarividencia?

“Es un estafermo que fabrica una fantasía inquieta, una pasión inmoderada, una ambición mal corregida, una credulidad necia, una ligereza mal fundada, un voluntario engaño del deseo, un tributo de la flaqueza, un censo de la ansia, un embuste de la codicia, un latrocinio del tiempo, un desliz del entendimiento, un tropiezo del gusto, una ira del deseo, una impaciencia del apetito, una moneda que todos la deben conocer por falsa, pues pretenden deshacerse de ella”.

Tengo en mi biblioteca una primera edición de la obra principal de Erbada a la que pertenece este fragmento. Fue publicada en Salamanca en cuatro tomos entre 1761 y 1763. Se titula Las fantasmas de Madrid y estafermos de la Corte. Alguien puede decir que si los espectros que se le aparecían al benedictino eran femeninos -“las fantasmas”- también estaba vaticinando el advenimiento de Carmena y la evaporación de Aguirre. Pero el subtítulo viene a centrar el tiro al anunciar una “obra donde se dan al público los errores y falacias del trato humano para precaución de los Incautos”. Y al escribir esta última palabra con mayúscula el monje estaba sugiriendo que trataba de protegernos de un engaño masivo.

Erbada contempla la política como “un teatro de representación falsa” en el que “aparece un astuto y redomado haciendo el papel de ángel; y el hipocritón y falaz representando el papel de santo”. Pero detrás del decorado descubre a un “fantástico estafermo que habla halagüeño y espanta a los necios y crédulos, un embuste que abulta lo que no hay”. Cuando más adelante añade que ese émulo de Tartufo “vive en continua meditación, haciendo de estafermo en los corrillos y visitas porque siempre está pensando en lo que ha de adquirir”; y sobre todo cuando sentencia que es “un estafermo que espanta porque se mueve, una pintura feriada a mucho precio, una estatua conservada a grave costa… una imagen artificiosa que estando muerta parece que tiene vida”, es inevitable levantar los ojos del vetusto libro polvoriento y suspirar: Mariano, te han pillado.

Estafermo por aquí, estafermo por allá. Exhumando este documento vengo a reconocer la falta de originalidad del remoquete que endilgué hace meses a este individuo que, como acabo de explicar en una entrevista, “saldrá completamente de mi vida el día que deje de ser presidente”. En otro momento Erbada habla, de hecho, en plural de “aquellos politicones, fantasmones de tablero, estadistas de rebozo, celadores de las pragmáticas antiguas, estafermos de pasadizo, estorbos de puerta de calle”. Esta última expresión me parece la más atinada y grave. Todo un hallazgo: al Estafermo siempre lo tenemos ahí, “estorbándonos” a la vez en la puerta de la economía y en la calle de la política.

Pero la glosa de Erbada me sirve también para demostrar la pertinencia del símil entre el gobernante acomodaticio y ese muñeco con apariencia humana, a veces pasmado homínido con aire de maniquí, que utilizaban los caballeros medievales en justas y entrenamientos. Máxime cuando, al mostrarse inicialmente tan satisfecho por la debacle electoral de su partido en las municipales, Rajoy estaba celebrando que el tremendo impacto sobre su escudo pudiera convertirse, por mor de la inercia giratoria del estafermo, en el impulso prestado que le lleve a golpear por la espalda al adversario, con la maza o las bolas de hierro que penden de su otra mano, para alzarse así con un triunfo personal en las generales.

Carente de genio y de carisma, del menor garbo o luz interior, patoso e indolente, incapaz de generar empatía o tan siquiera complicidad, después de haber engañado a muchos, después de haber decepcionado a todos, Rajoy es ya carne de desolladero.

Si lo del Estafermo ha cundido como la pólvora en las redes sociales es porque tiene base. Rajoy pretende hacer de la aniquilación de Aguirre, Fabra, Bauzá, Rudi, Monago, Zoido, De la Riva, Teófila Martínez, Ignacio Diego o la propia Cospedal, buenos y malos mandatarios, arcaicos y renovadores, jovenzuelos y vejestorios, la fuente de su propia supervivencia. El secreto a voces se le escapó al trujimán Arriola, tal y como lo ha reflejado ECD: “Nos interesa perder las elecciones“.

Está claro por qué. Cuando, pese a disponer de mayoría absoluta para hacer y deshacer a voluntad, un gobernante lleva tres años y medio atascado entre el 2 y el 2,5 de valoración, es que ya es imposible depositar en él expectativa alguna. Carente de genio y de carisma, del menor garbo o luz interior, patoso e indolente, incapaz de generar empatía o tan siquiera complicidad, después de haber engañado a muchos, después de haber decepcionado a todos, Rajoy es ya carne de desolladero.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

Sólo el baldón que supondría convertirse en el primer presidente de la democracia incapaz de repetir mandato, la perspectiva de no poder volver a salir literalmente de casa sin que se le caiga la cara de vergüenza después de haber dilapidado el mayor capital entregado jamás a un gobernante de centro derecha, el horizonte de pasar a la historia no como un malvado o un inepto sino simplemente como un piernas, como un babieca o como un gil, sólo ese prurito de casino provinciano frente al qué dirán a la hora del chamelo le ancla en el empecinamiento de imponer su candidatura. Salga el sol por Antequera, la única verdad teológica, el único dogma de fe en un partido desmochado de convicciones y creencias es que, impasible el ademán, lo ha dicho ya treinta y tres veces, el autodesignado Mariano Rajoy Brey tiene que aspirar por cuarta vez a la Moncloa.

El único esquema viable para ello pasa por presentarse como alternativa no ya a la inestabilidad y el caos sino a las furias desatadas del averno. De ahí que lo que más le incomode sea la moderación de Albert Rivera, convertido ahora en líder nacional. De ahí que le haya convenido mucho la derrota o equivalente pírrica victoria de tantos candidatos del PP, todos ellos dispares entre sí pero doblegados por el común lastre de la decepcionante gestión gubernamental. Son la carne de cañón con la que Rajoy alimenta ese último obús que disparará contra las hordas bolivarianas y la chusma marxista leninista cuando, tras implantar el comunismo municipal, se apresten a asaltar su Palacio de Invierno.

Por eso se frota las manos al imaginar a Ada Colau invadiendo entidades bancarias con la vara de alcaldesa en ristre, por eso le encanta que sea Carmena y no Carmona la que vaya a profanar, cual Lola Gaos en la escena de los mendigos de Viridiana, las estancias de diseño del Palacio de Cibeles, por eso disfruta con cada nueva ocurrencia de Esperanza Aguirre para hacer frente a la situación de emergencia termonuclear, en angustiosa fase de código rojo, que súbitamente se abate sobre los madrileños.

Si el riesgo es de tal calibre que justifica que un PP con 21 concejales entregue el ayuntamiento a un PSOE con nueve o suplique que se forme un gobierno de concentración que impida la creación de “sóviets de barrio”, ¿cómo no va a estar justificado hacer de tripas corazón y tapándose la nariz o poniéndose directamente la mascarilla antiséptica volver a votar en noviembre al inútil de Mariano -je, je, je (risas a la hora del sudoku)- antes de que los coletudos desorejados empiecen a asaltar nuestras viviendas, violar a nuestras hijas o quién sabe si subirnos los impuestos casi tanto como Montoro?

Si en la disyuntiva de que el brazo tonto del Estafermo esgrima una contundente maza o las bolas con púas heredadas por los guerreros medievales de los gladiadores reciarios, Javier Muñoz y yo nos hemos inclinado por las bolas, ha sido pensando en el esclarecedor equívoco -pobre arponero, qué sería de él sin sus socorridas paradojas- que proporcionan las diversas acepciones del término. Porque las bolas con que Rajoy nos golpea a todos por la espalda son las bolas de sus promesas electorales (independencia judicial, bajada de impuestos, firmeza ante el terrorismo y el separatismo) y las bolas de sus mentiras “corrupcionales” (en el PP nunca entró dinero negro, en el PP nunca se pagó nada en B, cuando mandé los SMS no sabía lo que supe luego).

Llevamos casi dos años atascados en el “Luis sé fuerte”. En cualquier otra democracia aquella portada habría puesto punto y final a la saga fuga del falsario. Aquí prevalecen los Hernández y Floriández, pero esas bolas para enanos con grandes tragaderas -vulgo grupo parlamentario- son ya las “bolas de nieve que más grandes se vuelven cuanto más ruedan” en las que Lutero veía encarnada la mentira.

Rajoy no ha estado cómodo dentro de su propio cuerpo ni el día de su boda, pero la sucesión de tics, ansiedades, latiguillos y desasosiegos que ahora supura en cada sesión de control cual eczema delator sólo puede entenderse con la ayuda de Séneca: “Qué mayor desdicha que vivir siempre sobre suposiciones falsas, no reparando lo mucho que cuesta haber de mentir a todas horas y haber de inventar muchas para mantener en crédito a una mentira; que como tienen contra sí el tiempo, no siempre cubren a la primera”.

Llevamos casi dos años atascados en el “Luis sé fuerte”. En cualquier otra democracia aquella portada habría puesto punto y final a la saga fuga del falsario.

Cercado por ese tupido bosque de Birnam de bolas y más bolas, trolas y cabriolas, mentiras enramadas que se contradicen entre sí, dispuesto a apuñalar ya hasta a su Lady Macbeth de El Bonillo, Rajoy sólo puede salir de esta por… bolas. O sea por sus santísimos cojones, tal y como nos ilumina Cela, citando en su Diccionario Secreto a Samaniego: “En tanto, el cardenal, que estaba a solas con Príapo, sintió que se estiraba el cutis arriesgado de sus bolas…” Y añadiendo el elocuente brindis de Ventura de la Vega: “Brinda tú a mi virote/ del que cuelgan dos bolas/ henchidas de placeres/ que a tu contacto brotan”.

Ha sido al darse cuenta de que en definitiva Rajoy pretende mantener su candidatura porque sí, por huevos, para demostrar sus redaños, sin tan siquiera someterla a debate alguno, cuando Juan Vicente Herrera ha pedido, como solución extrema, que por favor le traigan un espejo. No para que sea consciente, en pleno fragor de la batalla, de que, como le pasó al conde de Salisbury (Enrique VI, Primera Parte), “te han arrebatado un ojo y una de tus mejillas”. No para que se reencuentre con ese desvanecido “espejo de los reyes cristianos” (Enrique V) al que en el otoño de 2011 todos seguían “con los talones alados como Mercurios”. Ni siquiera para que se haga las preguntas rituales en el ocaso del poder (Ricardo II) antes de estrellar el vidrio contra el suelo: “¿Este rostro es el de aquel que mantenía bajo su techo a mil hombres? ¿Es este el rostro que como el sol cegaba a todos cuantos le contemplaban? ¿Es el rostro que hizo frente a tantas locuras…?”

No, Juan Vicente Herrera no busca poner en evidencia a Rajoy obligándole a romper el espejo. Bien poco le conozco o lo que de verdad pretende es provocar una confidencia íntima ante una luna de cuerpo entero, de manera que cuando la mirada del Estafermo aletee de soslayo por debajo del ombligo, como quien se asoma a ver qué es lo que hay, sea consciente de que todos los españoles sabemos ya que los tiene cuadrados. Tan cuadrados como los dados de un cubilete, las piezas del cubo de Rubik o las balas con alerones helicoidales de la carabina de Ambrosio.