Que Luis de Guindos dijera el lunes a las 8,55 en Radio Nacional que no había riesgo de que la crisis griega contagiara a España y que a las 9,05 el Ibex cayera un 5% y la prima de riesgo subiera un 40 no tiene nada de particular. Lo de siempre: los políticos engañando al personal y los mercados abofeteándonos con la realidad. El ciudadano lo tiene descontado. Otra cosa es que la UE disponga ya de mecanismos para amortiguar el contagio y que sea más fácil hacerlo en la parte expansiva de un ciclo económico, como es el caso.

Mucho más me llamó la atención la sentencia campanuda del ministro de Economía, descartando la salida o expulsión de Grecia de la moneda única, por la que tantas voces siguen apostando: “En el euro se entra pero no se sale“. Si esto fuera así estaríamos asistiendo a una gran farsa en la que el irresponsable gobierno Tsipras–Varoufakis trataría de doblarle el pulso a la UE para dejar de pagar sus deudas, mientras la señora Merkel y la Comisión Europea intentarían cargarse al irresponsable gobierno Tsipras–Varoufakis para mantener a los griegos atrapados en un modelo inviable.

Rubén Lapetra, jefe del área de Economía de EL ESPAÑOL, citaba el otro día el informe del Royal Bank of Scotland según el cual la salida de Grecia de la moneda única costaría a los demás miembros de la UE 240.000 millones de euros, casi el doble que la opción más onerosa que se baraja para reestructurar su deuda. Pero mucho más importante todavía que el coste económico, sería el político. Y así quedó de manifiesto en la llamada de Obama a Merkel. Su sentido fue muy claro: cuidado con desestabilizar el vientre oriental de Europa. Si una Grecia repudiada por la UE saliera de la OTAN y se arrojara en brazos de Rusia, el equilibrio geopolítico mundial se tambalearía en este momento crítico en el que el jihadismo golpea a las sociedades libres desde fuera y desde dentro.

La salida de Grecia de la moneda única costaría a los demás miembros de la UE 240.000 millones de euros, casi el doble que la opción más onerosa que se baraja para reestructurar su deuda. Pero mucho más importante todavía que el coste económico, sería el político.

Esa llamada apelaba al pacto tácito que supuso el respaldo norteamericano a la reunificación de Alemania. No se trataba de auspiciar la reaparición de una superpotencia continental sino de impulsar definitivamente la unidad política de Europa. El papel de Alemania consistía en asumir esa tarea como propia, haciendo de gozne entre el este y el oeste, y Grecia queda obviamente dentro del perímetro de su responsabilidad.

El problema es que el camino elegido en el tratado de Maastricht no sólo supuso iniciar la casa por el tejado sino que privó al edificio del más elemental dispositivo contra incendios: los fusibles de las monedas nacionales que a falta de una política económica homogénea protegían cada habitación, cada Estado nación, frente a los errores y tonterías de sus gobernantes o sus debilidades estructurales específicas.

La ortodoxia constructora requería un proceso inverso, de forma que la progresiva democratización de las instituciones europeas hubiera propiciado la transferencia de competencias y la adopción de políticas fiscales comunes, según el principio de “no taxation whitout representation”. Solo entonces, una vez emanado de las urnas un auténtico gobierno federal europeo,  con autoridad para imponer la disciplina presupuestaria y mecanismos de intervención preventiva sobre las economías nacionales, tenía sentido crear la moneda única como escaparate de la realidad y expresión final de la soberanía compartida.

Eso implicaba también, naturalmente, la mutualización final de la deuda de cada país como deuda europea. Era la contrapartida a la dote que en forma de territorio, consumidores y contribuyentes aportaba cada socio a ese matrimonio múltiple. A corto plazo unos habrían salido ganando y otros perdiendo pero al final todos se habrían beneficiado de la creación de una potencia mundial como los Estados Unidos de Europa, capaz de prolongar la concentración de riqueza y la tutela del Estado de bienestar en el viejo continente. Para España habría supuesto además la dilución del oxidado problema nacionalista del siglo XIX en una construcción política acorde con la globalización del siglo XXI.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

Desgraciadamente, aunque los grandes desafíos son planetarios, los mercados políticos son nacionales –a menudo regionales– y la proclividad de los políticos mediocres no es otra que estimular el egoísmo miope de los votantes. En la Europa contemporánea faltan líderes con la envergadura y valentía necesarias para impulsar el gran proyecto federal transnacional que fortalecería las libertades y garantizaría la prosperidad del solar de las civilizaciones clásicas. Deberían ser Tony Blair, Sarkozy, Aznar, González o la propia Merkel –o sea los políticos más conocidos del continente– quienes compitieran en las urnas por liderar unas instituciones europeas de indiscutible primacía sobre las nacionales.

La ambigüedad del papel del BCE, teóricamente encargado de velar tan sólo por la estabilidad monetaria pero en la práctica obligado a servir de bombero con sus diversas modalidades de manguerazo, ilustra bien la indefinición del proyecto europeo. Es verdad que algo se ha avanzado en la definición de la unión bancaria que desembocará –ya veremos cuando– en la dotación del Fondo Europeo de Garantía de Depósitos. Pero en conjunto cualquiera diría que todos los convocados al proyecto comunitario están siendo víctimas de una europarálisis, equivalente a la que sufrían los salpicados por el polvo de la hechicera que gobernaba el Castillo de Irás y No Volverás en uno de nuestros más subyugantes cuentos infantiles.

Con la señora Merkel al frente, la moneda única se ha convertido en ese recinto del que, como dice Guindos, “se entra pero no se sale”, pues si permanecer en su interior puede ser muy desagradable, la salida o expulsión de un miembro tendría un coste inasumible para el afectado y desencadenaría probablemente explosiones en cadena que desembocarían en la propia destrucción del castillo. La respuesta a los “shocks asimétricos” de los últimos años -Portugal. Irlanda, España, Chipre y por supuesto Grecia- ha pasado siempre por la dura terapia de los rescates en los que la liquidez y la solvencia se han pagado en forma de ajustes y recortes.

En conjunto cualquiera diría que todos los convocados al proyecto comunitario están siendo víctimas de una ‘europarálisis’, equivalente a la que sufrían los salpicados por el polvo de la hechicera que gobernaba el Castillo de Irás y No Volverás.

Algunas veces esos ajustes y recortes han venido acompañados de medidas estructurales positivas –la reestructuración bancaria y la reforma laboral en España– pero no han dejado de suponer una huida hacia adelante en la medida en que no han cambiado ni las reglas del juego en la UE ni los fundamentos de unos Estados ya habituados a doparse con el déficit y la deuda pública. Si examinamos con ecuanimidad el balance económico de esta legislatura en España, veremos que la disminución del déficit se ha compensado con el incremento de la deuda y que en materia de paro e impuestos Rajoy está ya cerca de alcanzar el inmenso logro de volver al que para él fue el punto de partida.

Pese a que sus necesidades han sido en términos relativos mucho mayores que las de los otros países que han necesitado ayuda –algo así como el 130% de su PIB–, la dimensión de Grecia hacía digerible el esfuerzo de mantenerla con la respiración asistida del segundo rescate y permitía afrontar incluso un tercero. Hacia ello iban encaminadas las negociaciones dinamitadas por la abrupta convocatoria del referéndum de este domingo. Según explica Juan Sanhermelando –recién fichado por EL ESPAÑOL como corresponsal europeo– los acreedores estaban dispuestos a hacer “importantes concesiones” a Grecia, pese al mal estilo faltón y bocazas de Varoufakis, hasta que Tsipras dio una patada al tablero con el todo o nada de lo que en realidad es un plebiscito sobre su gobierno.

Se trata de un órdago que ha encendido todas las alarmas en la medida en que pone en riesgo el propio modelo artificial de una unión monetaria sin unión política. Si hoy ganara el “No” y eso conllevara la salida de Grecia del euro, quedaría establecido un precedente que estimularía a los tiburones financieros a abalanzarse sobre los países más endeudados como Italia o España, bajo la presunción de que en un determinado momento también podrían ser abandonados a su suerte.

Estamos ante una situación límite y en cierto modo insólita. ¿Qué hacer cuando dos de los instalados en el castillo de la bruja no han quedado lo suficientemente narcotizados por los polvos de la corrección política y, además de protestar, comienzan a dar patadas al mobiliario y a romper vidrios y jarrones? Mi enmienda es a la totalidad del proceso, pero si nos atenemos a sus reglas es el gobierno de Syriza y no la UE quien está actuando con intransigencia suicida, utilizando a los ciudadanos de su país como rehenes. Como ha escrito otra habitual de los pasillos de Bruselas,  nuestra subdirectora María Ramírez, “por una vez hasta Juncker suena sereno”.

Llegados a este punto lo que busca Bruselas no es echar a Grecia del euro sino echar a Tsipras y Varoufakis de Grecia. Esa sería la consecuencia de que hoy ganara el “Sí” y se convocaran nuevas elecciones, tras las que se recompensaría la vuelta al realismo. Todos los gobiernos que tendrán que vérselas en las urnas con alternativas populistas, desde luego el de Rajoy, respirarían aliviados.

Lo que busca Bruselas no es echar a Grecia del euro sino echar a Tsipras y Varoufakis de Grecia. Esa sería la consecuencia de que ganara el “Sí” y se convocaran nuevas elecciones, tras las que se recompensaría la vuelta al realismo.

El triunfo del “No” nos abocaría por el contrario hacia una imprevisible terra incógnita. El dilema sería terrible para la Unión Europea pues una mayor flexibilidad ante una Syriza reforzada mostraría la utilidad del radicalismo y la confrontación a la tremenda, elevando la factura de los demás países y alimentando el euroescepticismo en Alemania y la eurofobia en Francia. El contexto perfecto para que el Reino Unido abandonara la UE.

Mantener por el contrario la firmeza tras un “No”, implicaría la implosión de la economía griega –del corralito solo saldrían dracmas para pagar deudas en euros– y con ella la del mito de la irreversibilidad de la hoja de ruta iniciada contra natura con la moneda única. Si se demostrara que en el Castillo de Irás y No Volverás también hay una puerta de salida, pronto contemplaríamos desmoronarse sus almenas, derrumbarse sus torres y derruirse sus paredes hasta verlo desvanecerse por entero en el aire como toda convención consciente fruto de la fantasía humana.

Los sondeos sugieren que unos miles de votos inclinarán la balanza. Pocas veces tan pocos nos han tenido tan en vilo a tantos.