Giner de los Ríos o
el patriota radical

¿Oye, al final crees tú que volverá Aznar? ¿Y Gallardón? ¿Ves a Esperanza de candidata a la Moncloa si logra mayoría en Madrid? ¿Qué te parece Feijoo? ¿Está ya preparado Albert? ¿Puede ganar Susana? ¿Le saldrá bien a Sánchez lo de Gómez? ¿Tiene posibilidades Chacón? ¿Y entre los jóvenes no ves a alguien nuevo? Bueno ya… pero dime quién. ¿Quién? ¿Quién? ¿Quién?

Me han hecho tantas veces esta pregunta los dircomes de los bancos, los diletantes de cinco tenedores y múltiples ganapanes, pretendiendo encima que se la contestara gratis, que si no me horripilaran hasta las armas de juguete, llevaría una pistola de aire comprimido en el bolsillo para echar mano de ella cuando osen reincidir.

Excluido esto no me queda sino recurrir a la respuesta de Francisco Giner de los Ríos a Joaquín Costa cuando clamaba por “un hombre” providencial que se transformara en el “cirujano de hierro” capaz de sacar a España de su atraso. “¿Un hombre? ¡Lo que se necesita es un pueblo!”, respondió el Sócrates español, acariciando su etérea barba blanca. El fiero león de Graus debió quedarse perplejo, emboscado en la maleza de su indómita barba negra.

Ojalá quienes leáis hoy esta Carta les habléis de ella a vuestros hijos o en general a los más jóvenes. Pasado mañana 17 de febrero se cumplen 100 años de la muerte de “don Francisco” y nadie hizo tanto como él para modernizar la sociedad española a través del único camino en el que no existen atajos: la enseñanza.

Si tuviera que formar un ranking de españoles ejemplares de los últimos dos siglos sería difícil encontrar a nadie que precediera a Giner de los Ríos. La calidad de los amigos y discípulos que lloraron su pérdida lo dice todo. “Parecía que hubiera ido encarnando cuánto hay de tierno y de agudo en la vida” (Juan Ramón). “Hacia otra luz más pura/ partió el hermano de la luz del alba/ del sol de los talleres/ el viejo de la vida santa” (Machado). “¡Adiós, viva lucecita de albergue, encendida en la gran noche moral de España!” (D’Ors). “Una de nuestras pocas figuras egregias y fecundas” (Ortega). “Cuanto existe en España de pulcritud moral lo ha creado él” (Azaña).

Cien años después decir Giner de los Ríos no sólo es decir Institución Libre de Enseñanza, Junta de Ampliación de Estudios, Museo Pedagógico Nacional, Centro de Estudios Históricos, Misiones Pedagógicas, Colonias Escolares o Residencia de Estudiantes. Decir Giner de los Ríos es evocar también un patriotismo no nacionalista, menos aún patriotero, basado en un humanismo radical que integra al individuo en su historia y su paisaje bajo la mirada de un Dios sin culto y clero. Eso era el krausismo.

Contadles pues a los nuevos españoles la historia de este catedrático de Universidad dos veces represaliado y apartado de la docencia -en 1868 poco antes de la Gloriosa, en 1875 después de la Restauración- por negarse a suscribir el compromiso de educar a sus alumnos en el temor a la Santa Madre Iglesia y el amor a la Corona. Su némesis fue en ambos casos el reincidente ministro de Fomento Manuel Orovio, alias Oprobio, un terrateniente de Alfaro -no todos los riojanos célebres del XIX fueron progresistas-, obsesionado en adquirir la condición nobiliaria prestando servicios más bien indignos a la dinastía.

Giner de los Ríos - Carlos Rodríguez Casado

Giner de los Ríos. | Ilustración: CARLOS RODRÍGUEZ CASADO

La segunda vez Cánovas ofreció, como jefe del Gobierno, un pacto de tapadillo: Giner se distanciaría de su maestro Julián Sanz del Río y del también expulsado Salmerón y el decreto atentatorio contra la libertad de cátedra no llegaría a aplicarse. Don Francisco rechazó con dignidad ofendida la componenda -“Si el presidente del Consejo quiere desactivar el decreto, ahí tiene el Boletín Oficial”- y a las cuatro de la madrugada fue detenido en su domicilio y desterrado cuatro meses a Cádiz.

Allí maduró la creación de la Institución Libre de Enseñanza, un centro educativo privado dispuesto a “sustraer de la esfera del Estado” el control de la docencia para defender la “libertad e inviolabilidad de la ciencia” y así inculcar a los alumnos valores de racionalidad y progreso. Buscaba, en palabras de su compañero Salmerón, “el reconocimiento de un derecho natural en el hombre para educarse y educar en la verdad sin someterse al régimen oficial de un establecimiento público”.

Desde aquellos primeros cursos en 1876 en un local de la calle Esparteros, trasladados después al Paseo del Obelisco -hoy Martínez Campos-,  con Moret, Azcárate, Montero Ríos o Juan Valera entre los profesores y los hermanos Machado, Cossío, Julián Besteiro o Fernando de los Ríos entre los alumnos, la Institución se convirtió en el principal centro de irradiación de la modernidad en España. Impartiendo al principio cursos de segunda enseñanza, ampliando después su actividad a los estudios de primaria, los institucionistas asumieron los métodos pedagógicos de Pestolozzi o Montessori basados en una educación integral e intuitiva en la que la reflexión sustituía a la memorística. Todo giraba sobre la libertad personal y una relación de intimidad paterno-filial entre maestro y discípulo. Fue, como ha escrito López-Morillas, “el acontecimiento pedagógico de mayor resonancia en la historia de la cultura española moderna”.

Giner de los Ríos con su aspecto de beato extraído de un cuadro de Ribera, una bondad innata y un prodigioso don de conversación era la referencia permanente de educadores y educandos. Él dividía el mundo entre sus “amigos” -toda la humanidad- y sus “íntimos”, esos alumnos con los que promovía constantes excursiones a la sierra de Guadarrama, buscando la huella de Dios -por eso le acusaban de panteísta- en la armonía de la naturaleza. Precursor del ecologismo, Giner veía en el paisaje castellano “una fuerza interior tan robusta, una grandeza tan severa… una nobleza, una dignidad, un señorío”, hasta el punto de identificarlo con “la espina dorsal de España”. No en vano John Dos Passos lo definió, tras acompañarle a una de esas excursiones, como “el hombre que amaba a las montañas”.

Certeramente encuadrado por Joaquín Varela en un poco estudiado “liberalismo de izquierdas” que tendía puentes hacia el socialismo, Giner siempre estaba en la vanguardia de las ideas. Se veía a sí mismo “cada día más radical y con la camisa más limpia”, pero de espaldas a cualquier veleidad revolucionaria pues, como dijo la revista España en su obituario, sentía “una melancólica desconfianza en la acción rápida sobre las muchedumbres”. “Las obras lentas son las duraderas, ¡ojalá la Nación lo comprenda algún día!”,  escribió refiriéndose a sus creaciones pedagógicas.

A caballo entre el pesimismo de los hombres del 98 y el regeneracionismo de los del 14, Giner se sentía “tan desesperado del presente como seguro del porvenir” pues creía que la paulatina sustitución de individuos “medio instruidos” por ciudadanos bien “educados” catalizaría la europeización de España. Nunca intervino en la política pero influyó extraordinariamente sobre ella tanto en la Restauración, como en la Dictadura de Primo de Rivera y sobre todo durante la Segunda República que se declaró deudora de su visión pedagógica.

Mientras el franquismo más duro expresaría su vis reaccionaria en materia de enseñanza propugnando “pasar por las armas a la señora Institución”, Juan Francisco Fuentes ha subrayado en un interesante trabajo reciente la influencia que ejerció no sólo sobre la resistencia intelectual al régimen sino sobre Escrivá de Balaguer y la puesta en marcha de la Universidad de Navarra. Tal vez porque el siempre atildado fundador del Opus Dei trataba de identificarse con esa “cierta santa coquetería” que discípulos como Luis de Zulueta detectaron en Giner.

Pasado mañana 17 de febrero se cumplen 100 años de la muerte de “don Francisco” y nadie hizo tanto como él para modernizar la sociedad española a través del único camino en el que no existen atajos: la enseñanza”.

Cuando hace bien poco un pseudohistoriador nacionalista en boga, capaz de equivocarse en 25 años al datar una archiconocida cita de Argüelles, descalificaba a España al peso, identificándola en La Vanguardia con la “tragedia”, el “fracaso”, la “melancolía atroz”, la “fatiga cruel”, la “carga absurda” o el “plomo muerto”, la evocación de Giner de los Ríos en el centenario de su muerte debería servir para reivindicar esa forma liberal, europea y por supuesto pacifista de entender el patriotismo que él infundía en sus alumnos al presentar a la Nación como “la más desarrollada de las personas jurídicas”. No en vano fue su querido discípulo Rafael Altamira quien más profundizó como historiador en la “unidad psicológica” del “alma española” desde esa perspectiva del patriotismo antipatriotero.

Pero todavía hay algo más importante que subrayar en este centenario, olvidado tanto por un gobierno mostrenco como por una oposición ignara, y me refiero a la trascendencia de la política educativa en una sociedad desarrollada. Frente a los devastadores daños causados por quienes, bajo la coartada de lo público, llevan décadas convirtiendo las aulas -desde las guarderías a los estudios de postgrado- en campo de batalla de sus fantasías ideológicas, identidades impostadas e ínfulas mandatarias, la Institución Libre de Enseñanza sigue brillando como ejemplo de lo que es capaz la iniciativa privada cuando se le permite desarrollar sus proyectos humanísticos. Por eso nuestras escuelas de negocios, libres de ataduras, están entre los mejores del mundo y en cambio el ministerio y las taifas autonómicas constriñen el auge de nuestras universidades.

La figura de Giner de los Ríos marcó, con la ejemplaridad de su concepción de la docencia como sacerdocio laico, el tono moral de la llamada “edad de plata” de la cultura española. Su asistencia, cuando le quedaba menos de un año de vida, al acto del Teatro de la Comedia en el que Ortega trazó la frontera entre “vieja y nueva política” fue todo un espaldarazo al compromiso de los intelectuales con el impulso de esas reformas no revolucionarias que él preconizaba. Si la Tercera España tuviera santoral él ocuparía el altar mayor.

Apagad pues el televisor del duopolio corruptor de menores y mayores -ningún traficante de drogas hace tanto daño a la sociedad como algunos directivos de esas cadenas-, olvidad por un rato las querellas rastreras de nuestros poncios de pacotilla y fijaos en ese  “hombre incapaz de mentir e incapaz de callar la verdad” porque hace 100 años “toda la España viva, joven y fecunda acabó por agruparse en torno al imán invisible de aquel alma tan fuerte y tan pura”. Son de nuevo palabras de Machado que debió de tener a “don Francisco” en el espejo cuando se vio “en el buen sentido de la palabra bueno”.

Pero yo también debo aplicarme el cuento. Sostiene Alain de Botton que “una vez que nuestras educación formal ha concluido, las noticias se convierten en el profesor”. En medio del éxito del crowdfunding -también la Institución Libre se financió así, sumando 359 accionistas- y de las buenas vibraciones que arropan la gestación de EL ESPAÑOL, los fundadores de este periódico debemos ser conscientes de que lo que se espera de nosotros no sólo es que seamos combativos y valientes sino que hagamos además un esfuerzo de explicación casi docente que convierta la información en algo útil para el perfeccionamiento de la sociedad. Bienvenidos sean los usuarios únicos pero lo que necesitamos es “un pueblo” de lectores, capaces de salvarse por sí mismos. Que San Francisco Giner de los Ríos ilumine nuestro camino.