El PPP

Ahí les tenéis. Fijaos en esos púgiles paradójicamente próximos, en esa pamema de pugna en el pantano, en esa pareja promotora del pánico, en esos pícaros de un poder polarizado, en ese pertinaz pedrisco de paráfrasis, en esa patota de propaladores de ponzoña, en esos puritanos del punzón y del puñal, en esos parlanchines puteando al personal, en esos perseguidores de plumíferos polémicos, en esa patología popular o populista, en ese priapismo palabrero prendido de la puñetera pantalla de plasma que nos pringa de prosopopeya en el papeo.

“En las próximas elecciones habrá dos opciones: PP y Podemos”. Hacía tiempo que no se descorchaba tanto champagne en la Moncloa como cuando llegó la portada del pasado domingo de El País con esta declaración de Pablo Iglesias. El Estafermo y su indescriptible equipo de colaboradores -el más mediocre que jamás ha acampado por ahí- tenían al fin una expectativa que celebrar. Si la gente termina por creer eso, estamos salvados. Incluso a María Dolores de las Mentiras se le apartó fugazmente el vinagre de la faz.

Camino de consumir la mayoría absoluta más yerma de la historia de la democracia -hasta su preterido patriarca pregunta si de verdad quieren ganar-, el partido del Gobierno no tiene de hecho otra estrategia para el vertiginoso año electoral en ciernes sino el estímulo del miedo a la banda del Coletas. In fear we trust. El eslogan le va a Rajoy como anillo al dedo. Son tantos sus fracasos, traiciones e incumplimientos que sabe que lo único que puede sacarle de los pies de los caballos de las urnas es que los ciudadanos acudan a votar embargados por un sentimiento más fuerte que la irritación y el ansia de desquite.

Nada le beneficiaría tanto como que un nuevo Ramiro de Maeztu pudiera revalidar aquel atroz diagnóstico de la topografía política de hace un siglo: “Ahí las tienen ustedes, son dos Españas, contrarias, antagónicas, colocadas frente a frente”. Nada como ese frentismo cainita podría favorecer a un egoísta incompetente empeñado en rehuir toda asunción de responsabilidades políticas. Nada como el fantasma revolucionario de las expropiaciones, las ocupaciones de fincas, el reparto de la propiedad y la riqueza, los impuestos estratosféricos, la suspensión de pagos del Estado, el corralito financiero, los topes salariales… para que una aturdida clase media se tapara la nariz, soslayara la cuestión previa de la corrupción y los SMS que le dieron amparo y viera un valor refugio en este PP inmovilista y romo.

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“…el presentido pluralismo primaveral es suplantado por la pasmosa pareja pragmática de polka, pericón o pasodoble…” | Ilustración: JAVIER MUÑOZ

De ahí que la consigna mediática haya sido dramatizar el irrelevante encuentro del retirado Zapatero con Iglesias.  Si Podemos sigue comiendo terreno a los socialistas gracias a los dos metros de apolínea torpeza del pobre Pedro, vaya poste, y llega a ser percibido como aglutinante de una izquierda rupturista -mira por donde quienes tanto clamaban contra el bipartidismo intentan ahora coprotagonizarlo- desencadenaría la carambola anhelada por el gurú de los sobresueldos en B: la voladura del centro como espacio para el voto útil. Tras el error autodestructivo de Rosa Díez, sería más fácil bloquear así el ascenso de Ciudadanos, presentándola como la opción escapista, poco menos que testimonial, de quien toca el violín mientras los bárbaros acampan a las puertas de la ciudad.

De igual manera que un PP en cuya primera línea sigan atrincherados los cooperadores necesarios de Bárcenas, ungidos por los santos óleos de su caja negra, supone un regalo inagotable para Podemos -he ahí la quintaesencia purulenta de la casta-, cuanto más cumpla la guardia de corps de Iglesias con el arquetipo de los jóvenes airados dispuestos a llevarse lo que sea por delante, mejor que mejor para los populares. Si después de que su ninfa sevillana haya propuesto abolir la Semana Santa al modo de los exaltados del Trienio, uno de ellos remedara a Romero Alpuente para proclamar que la “guerra civil es un don del cielo” o a Alvaro de Albornoz para ensalzar el “derecho a la barbarie”, habría repique de campanas en la calle Génova y hasta un Te Deum en el Ministerio del Interior.

Tras su yerma mayoría absoluta, Rajoy no tiene otra estrategia para el vertiginoso año electoral en ciernes sino el estímulo del miedo a la banda del Coletas. In fear we trust”.

Poco ha durado, es cierto, la alegría en la casa del pobre. La ortopédica sonrisa bruñida a toda prisa para la Convención de este fin de semana se les trocó a los marianistas en agrio rictus cuando las fauces de Soto del Real regurgitaron a su cuate y tesorero sano, salvo y cabreado como un oso estepario herido, poniendo el foco en lo que Rajoy le escribió desde la Moncloa. Ese no era el guion. El guión era convertirle en el Hombre de la Máscara de Hierro. En un ciego, sordo y mudo que no recordara ni su propio nombre. Para eso llevaba camino de los dos años como preventivo y no me resisto a reproducir aquí los dos párrafos de prosa psicodélica con los que el director de la cárcel le denegó el mes pasado su solicitud de mantener conmigo una “comunicación ordinaria” a través del locutorio, advirtiendo que prácticamente cada línea contiene gérmenes tóxicos para la sintaxis que pueden causar daños irreparables a la salud gramatical del lector:

“El presente acuerdo se ha adoptado por razones de Seguridad y buen orden del Establecimiento. Don Pedro José Ramírez Codina ostenta de forma pública la condición de Periodista y ha efectuado numerosos artículos e intervenciones sobre la persona de usted, la última realizada a Pedro Aparicio en el medio digital prnoticias.com el día 25 de noviembre del presente”.

“La instrumentalización de la comunicación solicitada tiene en los medios audiovisuales una importante repercusión mediática que favorece y provoca intereses económicos incitadores para otros internos a introducir objetos e instrumentos prohibidos con mecanismos de reproducción y grabación como ya sucediera con el medio televisivo la Sexta y la emisión de imágenes de usted y otros internos en distintas actividades regimentales”.

¡Santa Madonna! Hay que reconocer que la paella de paridas de tal ponencia no desmerece de su prosa de palinúrido parapléjico. Cuando la leí me pregunté si más que por puto periodista pericoloso no me habrían tomado por cirujano: de ahí que el director del penal coligiera que después de aquella “intervención” de amígdalas que a mí me costó el rótulo y a Bárcenas la libertad, tal vez pretendiera extraerle ahora unos cuantos cálculos renales. Tranquiliza, eso sí, saber que quien hable con el colega Aparicio -de la nota se deduce que también pasó por mi quirófano- no puede hacerlo con Bárcenas, que cuanto sale en los medios tiene “repercusión mediática” -cráneo privilegiado- y que no hay nada como una autorización reglamentaria para que enseguida se vulnere el reglamento.

“¿No sería bueno que se comenzasen a emplear en los Ministerios a gentes que por lo menos supiesen ya leer y escribir?”, se preguntaba a comienzos de 1836 en El Español nuestro pontífice, padre y padrino Mariano José de Larra ante una deposición análoga del Director General de Correos. Claro que también reprochaba pocos días después a los actores del Teatro de la Cruz que utilizaran expresiones como incensantementeojebciones o prespectiva, instándoles a cuidar el idioma “sobre todo en noches en que haya público”. Pues eso: dígale, señor director de la cárcel de Soto, a su Director General de Prisiones que le diga al Secretario de Estado, que le diga al Señor Ministro que cuide el dictado de sus arbitrariedades a través de la cadena de mando, sobre todo en días en que lo vaya a leer alguien.

“¿Tiene motivos Rajoy para temer a Bárcenas?”, me preguntó Jesús Cintora en la primera conexión en directo que hizo con la redacción de EL ESPAÑOL colándose por una rendija del boicot de los sorayos. “A quien tiene motivos para temer es a los electores”, le contesté ipso facto. Y no tuve tiempo de añadir -seguro que habrá pronto ocasión- que su último salvavidas son los de Pablemos, que diría FJL.

¿Se imaginan el padecimiento, la pelagrosa pesadilla de tener que vivir en una España en la que hubiera que elegir entre el PP del plegadizo pasmarote y la pantera pendenciera de Podemos?”.

Algo juega un tanto inesperadamente a favor de este presidente pánfilo y panarra, de este parsimonioso y pamplinero papamoscas que más que perezoso es pamposado en su pachorra. Y es que detrás del parloteo de Pablo Pueblo, más allá de la pelambrera y la perilla del profeta también aflora la picara pandereta patrañera. ¿En qué se diferencia la reacción de Iglesias avalando la “honorabilidad” de su hasta ahora pareja Tania Sánchez de la de Rajoy respaldando, mientras pudo, a Ana Mato, excepto en que en Rivas-Vaciamadrid no pastan los jaguares? ¿Qué distingue la negativa de Errejón y sobre todo de Monedero a dar un paso atrás cuando han sido descubiertos -buen trabajo el de El Plural– en situaciones que son la antítesis de la ejemplaridad, de la bunquerización equivalente de aquellos a los que llevan tantos meses azotando?

Frente a la perfidia purulenta de otro Pablo -Escobar- se formó en la Colombia de los 90 una sorprendente amalgama de terrorismo antiterrorista autodenominada los Pepes. Eran los “perseguidos por Pablo” que incluían tan extraños compañeros de cama como los paramilitares, el cartel de Cali o altos mandos de la Policía. Aquí y ahora, si el parto de la prestidigitadora prodigiosa no lo remedia y el presentido pluralismo primaveral es suplantado por la pasmosa pareja pragmática de polka, pericón o pasodoble que forman el plúmbeo y provecto pinchaúvas y el proteico pimpollo proletario, la cacofonía tartamudeará hacia los Pepepes: penosos, pragmáticos postizos… patosos, papagayos, pollastres… pazguatos, petulantes, pedestres.

Dice la académica Inés Fernández Ordóñez que el sonido de la “p” es “uno de los primeros fonemas que adquieren los niños al aprender a hablar y uno de los últimos que se olvidan en los procesos de afasia o de pérdida del habla”. Pero una cosa es que esa letra colonice el  idioma por doquier y otra que nuestra preciosa poligamia política quede engullida por tan pobre y paródico paraguas. ¿Se imaginan el padecimiento, la pelagrosa pesadilla de vivir en una España en la que hubiera que elegir entre el PP del plegadizo pasmarote y la pantera pendenciera de Podemos?

Afortunadamente, como señala el difunto gran poeta y también académico Ángel González Muñiz hay otra consonante -sólo esa- con más capacidad de arrastrar vocablos que la “p”. Se trata de la “c”. La “c” de la cordura, la “c” del centrismo, la “c” de la ciudadanía.