Demos vida a EL ESPAÑOL, cambiemos España

Y hétenos aquí que para poder seguir persiguiendo ballenas el arponero ha tenido que hacerse armador. A eso hemos llegado cuando los mayores barcos, controlados por los conservacionistas del poder, costean con cautela para mantener apariencia de actividad, pero ponen rumbo a estribor tan pronto como surge en lontananza el menor atisbo de cachalote blanco. Cuidado con según qué noticias, mejor no toparse con ellas. Es lo que pasa, ahí nos duele y muchos lo notáis.

No hay síntoma más elocuente de la gangrena de una sociedad que el nivel de concentración del poder en un voraz Leviatán político, económico y mediático, regido por el principio de auxilios mutuos. El gobierno se ejerce al servicio de unos pocos, la democracia deviene en oligarquía, al público se le narcotiza y al disidente se le ahoga. Este es el monstruo con forma de Estado (autonómico) que ha progresado geométricamente en España, arrinconando cada vez más a la ciudadanía que no vive del cuento. Esta es, atención, la raíz política de una crisis económica que ha arruinado a millones de españoles y empobrecido a casi todos los demás.

Pero si grande es la desgracia que nos envuelve y mayor la hace aun la coacción a la que se somete a la justicia, la autocensura que se inocula a la prensa y el resultante espejismo de una recuperación compatible con la perpetuación de los vicios del sistema, igualmente rotunda es la determinación con la que los promotores de EL ESPAÑOL estamos dispuestos a bogar contracorriente.

No hay ingenuidad o resentimiento en nuestro empeño. Naceremos “del enojo y la esperanza”, esa “pareja española” donde la haya que, según Ortega, dio a luz, precisamente hace cien años, a su primera criatura periodística: la revista España. Estremece comprobar la recurrente vigencia de su diagnóstico fundacional de enero de 1915: “El desprestigio radical de todos los aparatos de la vida pública es el hecho soberano, el hecho máximo que envuelve nuestra existencia cotidiana. Todos sentimos que esa España oficial dentro de la cual o bajo la cual vivimos no es la España nuestra, sino una España de alucinación y de inepcia”.

Hasta la palabra regeneración debe ser hoy regenerada. El nuevo Jefe del Estado la empleó en su brioso primer mensaje navideño, sin acompañarla de clarificación alguna sobre las causas de la abdicación de su padre o las consecuencias de la situación procesal de su hermana. Se dirá, con razón, que el Rey no gobierna ni siquiera sobre los miembros de su familia. Pero se trata de una reveladora muestra de la secreción lampedusiana de una “España oficial” que parece creer que bastará con adecentar la fachada -con un Rey alto, joven y guapo o un líder de la oposición ídem de ídem de ídem- para que la “España real” vuelva a sentirse conforme en su morada.

Quijote

“¿Ves amigo Sancho, esas dos grandes polvaredas que parecen dos ejércitos enemigos? Pues se trata, en realidad, de dos rebaños de ovejas”.

Cotufas en el golfo, que decía Torrente Ballester. Como expliqué el 18 de diciembre en el Ateneo, aportando los cimientos sobre los que habrá que edificar la línea editorial de EL ESPAÑOL, debemos “cambiar las reglas del juego para que los ciudadanos recuperen el control de sus destinos”. Podrá alegarse que no tuvieron nunca tal control, pero ese fue al menos el evangelio de la Transición que predicó Suárez: que la calle rija a los despachos y no los despachos a la calle, que los representados marquen el paso a los representantes y no a la inversa. Ese fue el rumbo que apuntaban las cosas hasta que la clase política comenzó a blindarse con la soberbia de todo linaje endogámico y la falta de escrúpulos de todo usurpador insaciable.

Aunque hayan devastado nuestros campos y ciudades, esos políticos no han caído sobre nosotros como una plaga de langostas fruto de un designio inescrutable. No son hechuras del azar sino de la necesidad. Con una ley electoral, una ley de financiación de partidos y una ley del poder judicial como las vigentes, necesariamente tenía que ocurrirnos algo así. Si alguien quiere enarbolar banderas regeneracionistas con alguna credibilidad ya sabe por qué tres debe empezar.

Queremos contribuir a que reviva y se abra paso una tercera España del mérito, el esfuerzo y la cultura, apoyada en el ensanche de los derechos de ciudadanía”

El fundado hartazgo de los ciudadanos ante la corrupción, el egoísmo y la “inepcia”, sí, de una clase política lobotomizada, fruto de la selección de los peores y más dóciles, ha llegado hasta tal extremo que o cambiamos España desde los parámetros de la libertad, o nos la cambiarán desde los de un nuevo despotismo nacional o foráneo. Ni el inmovilismo que gobierna sumergido en cloroformo, ni ninguno de los maquillajes que se preparan como soluciones de emergencia sirven ya para aglutinar, y no digamos movilizar, a una mayoría social.

El cambio tiene que ser sustancial, profundo y a la vez palpable de inmediato. Sólo un enérgico y fulgurante programa de reformas, que incluya las antedichas, podrá erigirse en alternativa convincente frente a los revolucionarios cantos de sirena de la igualación por abajo, cuyo crescendo ya escuchamos todos.

Nuestro propósito es contribuir a que en la dinámica de confrontación entre los guardianes del sistema y las fuerzas antisistema reviva y se abra paso una tercera España del mérito, el esfuerzo y la cultura, apoyada en el ensanche de los derechos de ciudadanía. Sin ese nuevo actor el paisaje de nuestra vida pública volverá a asemejarse al que Penagos reflejó en boca de don Quijote, en su magnífica viñeta publicada en el segundo número de la revista de Ortega, a propósito de la Gran Guerra: “¿Ves amigo Sancho, esas dos grandes polvaredas que parecen dos ejércitos enemigos Pues se trata, en realidad, de dos rebaños de ovejas”.

No hay nada más peligroso para una sociedad que ese conformismo acrítico y pastueño con que los óvidos siguen a sus pastores, pues en determinadas circunstancias -y aquella generación sufrió en su carne la tragedia- con la mansedumbre de los rebaños se forja fácilmente el furor de los ejércitos o al menos el de las masas iracundas.  Frente a la pretensión de mantener aturullados en el aprisco del miedo a “los de arriba” y agrupar amenazantes en el aprisco del desquite a “los de abajo”, frente a la pretensión separatista de aprovechar la polvareda de la crisis para hacer rebaño aparte regulando hasta la modulación de los balidos, urge fortalecer una Nación de ciudadanos, basada en el imperio de la ley, los derechos individuales, la solidaridad y la protección social.

No estará en nuestras manos suministrar los instrumentos políticos que hagan posible ese resurgimiento democrático, pero sí contribuir a crear el clima social que permita moldearlos. Nuestro periódico será universal en su proyección y sensibilidad, pero se llamará EL ESPAÑOL porque interpretará la realidad desde la mirada de ese tantas veces perplejo hombre de la calle que ve salirle al paso todo tipo de interesados protectores, siempre que se deje llevar al conflicto por mor de su condición de catalán, vasco o andaluz o de su adscripción a tal o cual partido, y a la vez queda indefenso cuando se abusa de él como contribuyente, consumidor, usuario de los servicios públicos, pensionista o votante estafado por los incumplidores profesionales de programas.

Nuestro periódico se llamará EL ESPAÑOL porque defenderá a esos españoles, de uno en uno, como titulares colectivos de su soberanía. No desde una mezquina perspectiva nacionalista, pero sí con un sentido nacional europeísta y cosmopolita, tolerante de la disidencia e integrador de la diversidad, pero beligerante frente a quienes hacen de esa coartada el caldo de cultivo de integrismos fanáticos como el que ha ametrallado a nuestros hermanos de Charlie Hebdo. La democracia no debe ser estúpida y sólo la Nación española, constituida como Estado dentro de una Unión Europea fuerte, puede garantizar nuestros derechos.

EL ESPAÑOL proporcionará a los ciudadanos todas las informaciones que los poderosos esconden bajo siete llaves y todas las interpretaciones, explicaciones y opiniones que les ayuden a decidir su destino dentro de la ley. Queremos publicar un periódico útil en todos los sentidos del término y para ello emplearemos los formatos más innovadores en los dispositivos móviles que acompañan a cada español en su vida cotidiana.

Este texto no es todavía un manifiesto fundacional sino tan sólo una declaración de intenciones, un mero prospecto como el que antecedía al nacimiento de las publicaciones en el siglo XIX. Según el canon de toda gestación humana, transcurrirán nueve meses antes del alumbramiento; pero este blog ira adelantando, a modo de ecografías semanales, la génesis de nuestra criatura.

Nuestro periódico será universal pero se llamará EL ESPAÑOL porque interpretará la realidad desde la mirada de ese tantas veces perplejo hombre de la calle”

Y digo nuestra porque lo que os propongo es que EL ESPAÑOL sea una obra colectiva que reivindique lo mejor del periodismo del pasado y crezca en todos los soportes del futuro, aprovechando los mecanismos de participación y diálogo que proporciona ya la tecnología. Por eso nos proclamamos sucesores de El Español que Blanco White fundó en Londres, de El Español innovador de Andrés Borrego en el que Larra publicó sus mejores artículos, de El Español que apoyaba al Maura liberal, de El Español del libertario Bonafoux, por algo bautizado La víbora de Asnieres, y de la revista España que dirigieron sucesivamente Ortega, el socialista Araquistain y el republicano Azaña. Y por eso también convocamos a todos los ciudadanos con inquietudes similares a las nuestras a que se sumen al proyecto.

Sumaos como accionistas y suscriptores, participando hasta el 28 de febrero en la ampliación de capital en marcha, en las mismas condiciones que los fundadores. Nuestra sociedad editora dispone de suficientes recursos para garantizar su continuidad, toda vez que yo mismo he invertido ya la totalidad de la indemnización que cobré al ser destituido como director de mi anterior periódico. Pero cuanto mayor sea la base social de este proyecto, mayores serán nuestras posibilidades de resistir cualquier presión.

Sumaos también con vuestras sugerencias, ideas y capacidad profesional. La aportación de los pequeños inversores será muy bienvenida, pero igualmente lo será la creatividad y el talento de los que no puedan contribuir de otra manera. Para eso abrimos nuestros cuatro buzones de sugerencias y un quinto destinado a los currículos. Buscamos a los mejores reporteros, escritores, analistas especializados, ilustradores o videoperiodistas de la nueva generación para que, “federados en una sola quilla” -así veía Melville a la tripulación de un ballenero-, “cada hombre hasta ahora aislado viva en un continente propio”.

Me dirijo a ti, a ti y a ti, en cualquier lugar en el que estés. El cuerno suena en la espesura del bosque, el silbato en la dársena del puerto. Sumaos antes de zarpar, participad desde el comienzo en la aventura. Demos vida a EL ESPAÑOL, cambiemos España.

@pedroj_ramirez
pedroj.ramirez@elespanol.com