Cuando Robespierre guillotina al verdugo

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El golpe contra Monedero equivale al que liquidó a los jacobinos más radicales que querían acelerar el curso de la revolución. Había que ganar espacio para el posibilismo y romper amarras con el embarazoso pasado chavista.

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Desde que el 30 de abril, con la cabeza ya separada del tronco cual Sleepy Hollow de la pradera urbana, Juan Carlos Monedero escribiera en su blog un emotivo texto de despedida titulado Para mi amigo Pablo, yo vivía sin vivir en mí. Y no por su alta calidad literaria (“Las convicciones no se nos han movido porque nos nacieron de muy adentro”), ni por su poderosa capacidad evocativa (“Las sentimos durante muchas noches, compartiendo tranquilidad en medio de pinares”), ni por su entrañable  idealismo en medio de un entorno hostil (“Los dos estábamos rondando la tristeza por culpa de un mundo al que le falta empatía”). Ni siquiera por su inaudito desparpajo al llevar el agua de la historia al molino podemita, apoyándose en uno de los episodios más reaccionarios de la ofensiva jesuítica, oligárquica y castiza contra la modernidad del siglo de las luces (“Teníamos a nuestro favor el motín de Esquilache que supuso el 15M”).

Lo que me tenía en vilo era el significado político oculto de lo que enseguida percibí como una mezcla de señuelo y desafío: “¿Cómo es posible que [Pablo Iglesias] aún no haya visto la versión inglesa de House of Cards?”. Un latigazo así escondía necesariamente un mensaje cifrado. Ese envite entre dos personas acostumbradas a interpretar la vida política a través de las series de televisión tenía que tener alguna clave emboscada y sólo sería posible detectarla compartiendo la experiencia requerida.

Hurtando horas a la lectura, me puse pues ante el televisor dispuesto a seguir las peripecias del imaginario primer ministro Francis Urquhart, híbrido contemporáneo de Ricardo III y Macbeth, amén de eslabón ideológico entre Thatcher y Cameron, a la espera de que se encendiera alguna bombilla que iluminara el enigma. No me arrepiento de haberlo hecho por el verismo de los debates en Westminster, la impresionante interpretación de Ian Richardson y sobre todo por la sutileza del cinismo británico que, en efecto, deja en evidencia la vulgaridad antiséptica de la mucho más difundida versión americana.

Hay distintas maneras de decir una cosa verbalizando la contraria. Como hace poco me comentaba un amigo y paisano, cuando los riojanos queremos decir “no” de forma convincente, soltamos un abrupto “sí por los cojones”. En cambio Urquhart, epítome del maquiavelismo moldeado en Eton, tiene una elegante fórmula asertiva que utiliza para confirmar las informaciones o rumores más dañinos para sus adversarios: “You might very well think that; I couldn’t possibly comment”. Algo así como “puedes pensar eso si quieres, yo no voy a comentarlo en ningún caso”.

Tan sinuoso como bien educado. Pero ni esa expresión ni el resto del catálogo de dardos envenenados, si hace falta con matarratas, que Urquhart dirige a quienes le estorban, envueltos en el manual de urbanidad de la Corte de Saint James, explicaba la fijación de Monedero. A quienes tienen claro que lo suyo es tomar el cielo por asalto, poco debe importarles que los acordes zafios de la habitual lengua de trapo de la casta sean reemplazados por el discreto encanto de unas mentes criminales distinguidas.

Por un momento pensé que el mensaje oculto en el DVD tenía que ver con la implacable  batalla por el control del Estado que Urquhart libra con el titular de la Corona. Esto es, que Juan Carlos ha recordado las banderas republicanas que brotaron como hongos y tremolaron espontáneas en la marcha sobre Sol y le ha querido mandar un recado a Pablo: en vez de rendir pleitesía al Rey con lo de Juego de Tronos, aprende en esta otra serie cómo hay que tratar a un fulano con corona. Pero no, no podía ser eso porque en el pulso entre el primer ministro conservador y un Carlos de Inglaterra obsesionado por ayudar a los desfavorecidos cuando llega al trono, todas las simpatías se desplazan hacia el monarca. Tenía que ser otra cosa.

Al fin, cuatro capítulos y otras tantas horas después de iniciar el viaje, pude ver la luz. Fue en el momento en que Urquhart concluye su estrecha relación de intimidad con su confidente, amante e instrumento de poder, la periodista Matti Sorin. ¡Y de qué manera lo hace! No es una escena cualquiera en un lugar cualquiera. Están en la terraza del edificio del parlamento cuando él le confiesa lo inconfesable y le pregunta si puede confiar en ella. Matti responde que sí, pero él no la cree, la agarra en volandas y la arroja al vacío con vigor inexorable. Mientras vuela enamorada hacia la muerte, Matti le llama por el nombre que codifica su pasión -“¡Daddyyy!”- mientras en su rostro se refleja un rictus de estupor.

Ilustración: Javier Muñoz.
Ilustración: Javier Muñoz.

De repente la habitación quedó iluminada y el enigma resuelto. En el propio texto de Monedero, al rememorar los inicios de Podemos, estaba la pista inequívoca que ahora cobraba pleno sentido: “Contábamos con la grandeza de un tipo auténtico, con coleta, voz trenzada con el timbre de la gente de abajo… Cuando Pablo me dijo: “¿Nos lanzamos?”, le contesté: “Contigo, Pablo, me lanzo”. Más claro, agua.

Ahora resulta que Thelma ha empujado a Louise y contempla desde lo alto del acantilado cómo ella y sólo ella se zambulle en el despeñadero hacia la nada. No es lo mismo lanzarse “con Pablo” que ser lanzado “por Pablo”. Monedero no ha dejado de quererle por eso -un diputado de Burdeos ayudó al verdugo a reparar la guillotina para que pudiera ejecutarle y había víctimas de Stalin que le daban las gracias por matarles- pero quiere que sea consciente de que muere por la causa y a su modo ha encontrado la forma de hacérselo ver. Comprende que lo ya descubierto, y no digamos nada lo intuido, sobre la financiación venezolana le habían convertido en un riesgo para el líder y asume la lógica de ser sacrificado en el altar de la razón de partido pero pide que se le amortaje con el mismo cariño, pompa y circunstancia con que Aquiles lo hizo con su “celestial” Patroclo. Tal vez no le grita a Pablo “¡Papaítooo!”, pero sí “¡Hermanooo!”, “¡Amigooo!” o “¡Compañerooo!”.

El problema es que mientras la Revolución va devorando a sus hijos, Robespierre siempre está empolvándose la peluca o alisándose la coleta. Aunque se trate de sus más íntimos amigos. O diríamos que especialmente si se trata de sus más íntimos amigos. El golpe contra Monedero equivale al que liquidó a los jacobinos más radicales que querían acelerar el curso de la revolución. Había que ganar espacio para el posibilismo y romper amarras con el embarazoso pasado chavista. Pero a la vista del derrumbe en el último sondeo del CIS, tal vez haya también llegado la hora de ajustar cuentas con los moderados que, con Errejón a la cabeza, están desvirtuando el espíritu fundacional de Podemos. Tras el turno de los “ultra”, puede llegar el de los “citra”. Golpear a quienes se pasan y a quienes no llegan. Ese es el sino del Incorruptible, del jefe revolucionario a  quien le están vedadas las emociones. A un bandazo ha de sucederle otro de signo opuesto con tal de preservar el único propósito permanente, el principio y el fin de todas las cosas: la conquista del poder… al servicio del pueblo.

Monedero no puede quejarse. No en vano era quien más le reía la gracia a Iglesias cuando hace sólo dos años escribió que tocaba hacer con los grandes capitalistas lo mismo que Robespierre hizo con Luis XVI porque “su mera existencia es en sí misma un crimen”. Y, glosando una de las letras de los raperos más vitriólicos, añadió: “¡Qué hostias! Yo también quiero esa guillotina en la Puerta del Sol”. Urquhart le hubiera rogado que no blasfemara al incitar al derramamiento de sangre en masa. Ante todo los modales.

Al final se cosecha lo que se siembra. El propio Monedero se metió directamente en harina cuando en fecha mucho más reciente, hace apenas unos meses, intercambiamos algunos golpes desde la distancia en el programa de Jesús Cintora: “Te diría,  Pedro J., que la revolución es hacer posible lo imposible. No es establecer guillotinas en la Puerta del Sol, que a mí no me gustaría –el éxito de las elecciones europeas había ya reblandecido a los enragés– pero te aseguro que cuando el miedo cambia de bando, los ricos no cometen esas tropelías”. Ante mi objeción de que me gustaría vivir en “un país sin miedos ni bandos”, él insistió en “recuperar” la memoria del Comité de Salud Pública: “Si alguno piensa que Podemos tiene algo que ver con Robespierre, igual nuestro pueblo deja de sufrir tanto como está sufriendo”. ¿Qué era eso sino la prescripción de dos cucharaditas de terror, disueltas en media dosis de virtud?

¿Cómo recuperar la confianza de los ‘sans culottes’? Pues por ejemplo breando a impuestos a esos ricos explotadores que se atreven a ganar 50.000 euros al año mientras el pueblo sufre. O soltando alaridos contra la doblemente guillotinable Esperanza Aguirre: aristócrata consorte y del PP, ¡a la carreta!

Siempre que visito el Museo Carnavalet me detengo ante un fascinante dibujo a tinta de autor anónimo, en el que los cadalsos se multiplican inquietantes como si fueran alargados campanarios del París del viejo régimen. Se titula Robespierre guillotinando al verdugo después de haber guillotinado a todos los franceses. El grabado se difundió en 1794 pero nunca he sabido si antes o después de Thermidor. Es decir, si sirvió como banderín de enganche contra la dictadura revolucionaria o de pieza justificativa del derrocamiento y ejecución de su atildado primus inter pares.

Ahora la secuencia de los acontecimientos está mucho más clara: Iglesias ha liquidado a su lugarteniente más extremista cuando en vez de un asset era ya una liability -nada como el lenguaje de la City o Wall Street para ilustrar la saga/fuga de Podemos- y aunque eso ha tranquilizado a los parqués, las encuestas indican que el pueblo revolucionario no lo ha entendido. ¿Cómo recuperar la confianza de los sans culottes? Pues por ejemplo breando a impuestos a esos ricos explotadores que se atreven a ganar 50.000 euros al año mientras el pueblo sufre. O soltando alaridos contra la doblemente guillotinable Esperanza Aguirre: aristócrata consorte y del PP, ¡a la carreta!

Por supuesto que todo esto es “simbólico”, que “las guillotinas son simbólicas” y que por tanto la decapitación ritual de Monedero también ha sido “simbólica”. Así nos lo aclaró el propio interfecto a Cintora y a mí el día de marras -sólo “simbólico”, nada menos que “simbólico”- , a la par que se metía en un loco jardín identificando el “genio tenebroso” de Fouché no con Rubalcaba, como suele ser recurrente, sino con Aznar. Desde entonces tengo ganas de encontrármelo par recordarle que fue precisamente el biógrafo de Fouché Stefan Zweig quien advirtió que el pecado original de la Revolución fue “embriagarse de palabras sangrientas” porque “los hechos siguieron fatalmente a las expresiones frenéticas”.  Claro que en esa época no existía el CIS.