El viaje a ninguna parte

viaje2ok¿Cómo hemos podido llegar a la tesitura actual cuando el independentismo dentro de un Estado que ha cedido ya gran parte de su soberanía a la Unión Europea, para adaptarse a las reglas y tamaños de la era de la globalización, resulta un anacronismo ridículo y sin sentido? 

Ilustración: Javier Muñoz

Puesto que tras la lectura del “libro negro” de Jordi Pérez Colomé el género periodístico que merece ser tomado más en serio en Cataluña es el humorístico, y como no hay dos sin tres, sigamos el viaje que iniciamos con el ¡Cu-Cut!, continuamos con L’Esquella de la Torratxa y hoy nos lleva a recalar en El Be Negre -a la vez la oveja negra y el bien negro-, brillantísimo semanario satírico afín a Acció Catalana, el partido de los intelectuales nacionalistas durante la Segunda República.

Detengámonos en concreto en la portada del número del 4 de enero del 34 -diez meses antes de la declaración de independencia de octubre- y fijémonos en el chiste incrustado en la quinta y sexta columnas, dedicadas al nuevo gobierno de la Generalitat que se formó tras la muerte de Maciá. El ujier del palacio de la plaza de San Jaime recibe a Companys con una pregunta: “Ja es bé catalanista, senyor Companys?”. Y el nuevo presidente le responde: “Més que no era mariner quan vaig ésser ministre”.

be2Obsérvese que lo que el funcionario pregunta no es si el nuevo líder de Esquerra se ha hecho  “separatista” o ni siquiera “nacionalista”, sino tan sólo si es ya lo suficientemente “catalanista” como para entrar por esa puerta. Y que Companys le contesta que “más o menos como era marinero cuando fui ministro”, aludiendo a que durante el verano anterior, en el tercer gobierno presidido por Azaña, había ocupado la cartera de Marina.

Sin esa reticencia generalizada que rodeaba al político logrero y oportunista, comparado siempre en desventaja con el padre de la patria difunto, no se comprende bien su delirio del 6 de Octubre al proclamar el “Estado catalán dentro de la -inexistente- República Federal Española”. Sus pretextos eran tan nimios como que el nuevo gobierno de Lerroux incluía tres ministros “involucionistas” de la CEDA y que el TC de entonces había tumbado la Ley de Contratos de Cultivo. Algo equivalente a la mala relación de estos años con el PP y a la frustración por la sentencia del Estatut.

Poca cosa desde una visión amplia. Por eso hay que centrarse en el factor humano. De hecho las primeras palabras que Companys masculla más que pronuncia tras la arenga del balcón, al volver al salón de Sant Jordi, parecen la continuación del chiste: “Ja està fet! Ja veurem com acabarà! A veure si ara també direu que no soc catalanista!”.

Con ese “a ver si ahora también diréis que no soy catalanista” parece estar midiéndose cada día Mas desde que inició la huida hacia adelante para separarse tanto de la fétida sombra de Pujol como de la memoria de aquel muchacho ambicioso y desideologizado a quien en el colegio Aula todos llamaban Arturo. Igual que Companys trataba de emanciparse del legado de Maciá y del recuerdo del abogadillo laboralista al que los compañeros de UGT llamaban Luis.

Podríamos continuar con el paralelismo preguntándonos si el papel de Dencás que se escapó por la alcantarilla, abandonando en su huida una barba postiza, lo desempeñará esta vez Quico Homs o algún gerifalte de la ANC. Pero más que en los comparsas, el mimetismo está en el ambiente. Y de nuevo la portada de El Be Negre nos lo explica todo al mostrarnos, en fecha tan próxima ya al cataclismo como el 19 de septiembre, a dos visitantes del Observatorio Astronómico del Tibidabo, atónitos ante el gran telescopio que apunta a un cielo cuatribarrado en el que brilla, solitaria, la estrella independentista: “Com ha crescut aquesta estrella en poc temps!”.

be1¡Sí, cómo había crecido, cómo ha crecido ahora, esa estrella en poco tiempo y de la misma manera! Hoy como entonces las instituciones del Estado, emanadas de un Estatuto de Autonomía aprobado por las Cortes, sirven de palanca política y catalizador emocional de un nuevo intento de destruir a ese Estado. Y ahí está la sonrisa de Mas en el balcón del ayuntamiento, idéntica a la del Nou Camp el día del himno, regodeándose de nuevo ante la humillación de un símbolo de la legalidad de la que proceden sus poderes. Solo un gobierno de cabestros políticos como el que tenemos en Madrid ha podido consentir que lleguemos a este punto.

“Tot plegat semblava un somni…”, escribió en sus memorias el gran jurista Amadeu Hurtado al describir los sucesos del 6 de octubre. Sí, todo junto -el balcón, la arenga, el bando, la independencia…- parecía un sueño que enseguida se trocó en pesadilla cuando Lerroux declaró el estado de guerra y el general Batet desplegó unos cientos de hombres para sofocar la sublevación. “Señor ministro, acuéstese, duerma y descanse”, le dijo al titular de Defensa Diego Hidalgo. “Ordene que le llamen a las ocho… A esa hora todo habrá terminado”.

Y así fue una vez que los escamots que defendían la Generalitat salieron despavoridos. “A estos, una zurra en el culo y a dormir”, escribió el comunista Rafael Vidiella en el número de noviembre de la revista Leviatan. Pocos días después Companys daba por hecho que sería condenado a la pena capital: “Es que si no me la piden, me estafan”, le dijo a su abogado Ossorio y Gallardo.

Solo un gobierno de cabestros políticos como el que tenemos en Madrid ha podido consentir que lleguemos a este punto

Ahora también toca frotarse los ojos con incredulidad al repasar el itinerario surrealista que nos ha colocado ante unas elecciones en las que los sondeos pronostican el triunfo rotundo de quienes amenazan con declarar igualmente la independencia por las bravas: aquel “aprobaré el Estatuto que venga de Cataluña”, desmentido lógicamente por la flagrante inconstitucionalidad del texto; aquella absurda demora de cuatro años del TC para llegar a las conclusiones obvias; aquella requisitoria de Pacto Fiscal de Mas bajo amenaza secesionista; esas Diadas multitudinarias, orquestadas desde la Generalitat con las pautas de los regímenes totalitarios; ese referéndum ilegal, celebrado en abierto desafío a la resolución del Constitucional, ante la pasividad de Rajoy; esta nueva convocatoria electoral en la que los que dicen “no” a la legalidad democrática para separarse de ella, se declaran “juntos por el sí”; esta patética campaña en la que la mentira ha sido la verdad y el odio, el amor…

En efecto, “tot plegat sembla un somni”. ¿Cómo hemos podido llegar a la tesitura actual cuando el independentismo dentro de un Estado que ha cedido ya gran parte de su soberanía a la Unión Europea, para adaptarse a las reglas y tamaños de la era de la globalización, resulta un anacronismo ridículo y sin sentido? Sólo la catadura y circunstancia de los actores lo explica. Mas ha resultado ser un frívolo aventurero sin escrúpulos que ha huido así de rendir cuentas sobre la corrupción maremágnum del clan Pujol y la quiebra técnica de la Comunidad Autónoma que ha presidido. El iluminado Junqueras y el trilero Romeva han resultado ser sus perfectos compañeros de viaje y los fanáticos supremacistas de la ANC y Omnium, su fuerza de choque.

Viaje a ninguna parteIlustración: Javier Muñoz

Pero más dañina que su etiología es la de quienes están enfrente. Unos reprochan a Rajoy que no haya blandido ninguna zanahoria, otros que no haya hecho asomar al menos la punta de algún palo. Lo cierto y terrible es que la derrota electoral de las propuestas constitucionales que su mayoría absoluta le obligaba a liderar lleva camino de producirse después de cuatro años de incomparecencia y dos semanas de confusión con goles clamorosos en propia puerta.

Y es que al cabo de toda una legislatura meramente contemplativa, sin iniciativa política alguna, sesteando de manera crónica con el pretexto de no alimentar la espiral soberanista, el jefe del Gobierno y el ridículo pavo real que tiene como ministro de Exteriores han dado un grotesco bandazo, aceptando durante la campaña jugar el partido en el terreno de sus adversarios. Eso es lo que ha ocurrido cuando Rajoy se ha puesto a divagar sobre si los catalanes perderían o no la nacionalidad española -lo que para ZP era “discutido y discutible” parece para él ignorado e ignorable-, dando la misma lacia imagen que aquella noche en Veo 7 cuando me dijo que no entendía su escritura. Eso es lo que ha ocurrido cuando el PP se ha dirigido en un video exclusivamente en catalán -toma inmersión- a una comunidad bilingüe.  Y sobre todo eso es lo que ha ocurrido cuando el gallo Margallo no sólo se ha avenido a debatir con Junqueras, máximo aspirante a presidir la soñada República Catalana, como si la tele de Godó fuera el Consejo de Seguridad de la ONU, sino que ha sido capaz de plantear el símil argelino, regalándole a su rival el argumento de que Cataluña es un territorio pendiente de descolonizar. ¡Mare de Déu!

La noche anterior a la declaración unilateral de independencia Azaña, que había pasado a la oposición y se encontraba en Barcelona, advirtió al conseller de Justicia Lluhí de lo que podría ocurrirles: “No sabrían ustedes qué hacer con su victoria… Todos los resortes del Estado funcionarían de manera automática… No durarían ni dos horas”. A eso es a lo que sin duda se refería el otro día el exquisito Xavier Corberó cuando auguraba a María Marañón que “esto terminará mal a nada que vaya bien”.

Mas ha resultado ser un frívolo aventurero sin escrúpulos que ha huido así de rendir cuentas sobre la corrupción maremágnum del clan Pujol y la quiebra técnica de la Comunidad Autónoma que ha presidido

 

Lluhí replicó a Azaña que lo que se avecinaba era “una demostración pacífica” y que “todo pasaría de manera alegre y sin choques”. También le desveló sus cartas: “Luego cederemos unos y otros. Aquí tendremos que ceder… en Madrid también cederán y todo pasará en paz”. O sea lo mismo que sotto voce repite hoy el entorno de Mas.

Los hechos dieron la razón a Azaña. En sus memorias de aquellos años, certeramente tituladas La pequeña historia de España pues durante toda la Segunda República la grandeza brilló por su ausencia, Lerroux presenta el pulso con Companys como una cuestión de testosterona: “Pudo inmortalizarse él, si hubiese tenido…lo que le falta. O pude inmortalizarle yo, si me hubiese faltado lo que me sobra”. Cambó, opuesto al balconazo, rebaja varios grados la dimensión del conflicto: “No fou més que una gran criaturada”, escribirá a los pocos meses.

Pues ahí vamos: de chiquillada en chiquillada hacia la gamberrada final. Pero si en aquel momento convulso en el que hasta fallaban los teléfonos, funcionaron los “automatismos del Estado”, esta vez -con cada escena televisada en directo- ocurriría lo mismo, con la diferencia de que, en lugar del estado de guerra, se aplicaría el artículo 155 de la Constitución y en lugar de un par de tanquetas, bastaría con mandar a la Generalitat la nota de prensa de la Unión Europea respaldando nuestro orden constitucional.

A ese guión es al que debería haberse ceñido el Gobierno en lugar de fantasear sobre “corralitos”, tasas de paro y una Liga sin el Barça. Nada de eso sucederá porque la guerra de Troya no tendrá lugar. Hay líneas rojas que no se pueden cruzar sin que se dinamiten los puentes. Ni siquiera Rajoy podría aceptar una declaración de independencia -o sea la destrucción de España- sin suspender de inmediato la autonomía de Cataluña, con el respaldo abrumador de la opinión pública y la comunidad internacional. Una UE cargada de corsos, bretones, bávaros y lapadanos no va a admitir jamás un precedente que la corroería  mediante el efecto contagio desde su flanco sur.

He aquí la única certeza: sea cual sea el resultado de este domingo, el independentismo catalán está inmerso en un viaje a ninguna parte, condenado a eternizarse como aquellos interminables trayectos de los renqueantes tranvías de la Barcelona de hace un siglo, en los que, según las bromas de L’Esquella de la Torratxa, de los mayores sólo quedaba el esqueleto, a los jóvenes les crecían luengas barbas, los conejos se reproducían por doquier y hasta el más pequeño cactus se hacía gigantesco, pero nunca se llegaba al destino deseado.

Lee la serie ‘Espejos de Cataluña’:

El rey de los ‘castells’ / El decano de la Boqueria / La sobretituladora del Liceu / El retratista de la Rambla / El exportador de cava

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‘El libro negro del periodismo en Cataluña’

 1. ‘La corrupción‘ / 2. ‘La comunidad‘ / 3. ‘La prensa amiga’ / 4. ‘El pozo’ / 5. ‘La tele de la mitad’ / 6. ‘La opinión dependiente’

 

 

Cómo evitar una guerra civil en Cataluña

lesquella2Sólo poniendo en evidencia la esterilidad de todas las trampas éticas, estéticas y dialécticas de esta coalición de salteadores de caminos que pretende apropiarse de lo que nos pertenece a todos los españoles y esclavizar a los discrepantes que queden bajo su yugo, podrá abortarse la guerra civil larvada que se vive en Cataluña.

Ilustración: Javier Muñoz

Me fustiga FJL para que abandone el historicismo porque, por poner el último ejemplo, sólo una porción minúscula de mis lectores había oído hablar del ¡Cu-Cut! antes del pasado fin de semana y lo que les interesa a todos, según él, es que vaya al grano en relación a lo que sucede hoy en Cataluña. Pero como me crezco en el castigo y tengo alma de reincidente esta semana desembocaré nada menos que en L’Esquella de la Torratxa -el cencerro de la torreta-, gran rival del ¡Cu-Cut! en la batalla de la prensa humorística barcelonesa de hace un siglo.

Y es que no encuentro mejor manera de explicar mi receta para invertir el curso autodestructivo y tal vez trágico que ha tomado el contencioso catalán que remitirme a lo que ocurría en 1915. Porque nos sobra Dato y nos falta Cambó. Eso significa que si todo diálogo de envergadura requiere de interlocutores adecuados, ahora mismo brillan por su ausencia en ambos bandos. En un caso por incapacidad del incumbente, en el otro por la cobardía política del llamado de rebote a desempeñar ese papel.

Las grandes crisis miden a los gobernantes y la utilidad de la Historia reside en que siempre se repite. El asesinato de Canalejas y el distanciamiento entre Alfonso XIII y Maura habían colocado al timorato administrador de fincas urbanas Eduardo Dato al frente del Gobierno cuando estalló la Primera Guerra Mundial. La recién estrenada Mancomunidad de Cataluña reclamaba el establecimiento de las llamadas zonas francas que permitieran capitalizar la neutralidad española estimulando el comercio a través del puerto de Barcelona. Toda España se vería beneficiada pero la oposición de las Cámaras de Comercio y otros estamentos proteccionistas en Castilla o Aragón coadyuvaron al estado natural de Dato: la parálisis por el análisis. La radicalización en Cataluña estaba servida.

“El separatismo grave, el separatismo actual de los catalanes -clamó Cambó, líder de la Lliga- es aquel sentimiento de distanciación, de alejamiento, que de manera suave y persistente va penetrando en nuestros corazones, al ver como casi todos los españoles no catalanes se avienen tranquilamente a estar representados y regidos por un Poder público superpuesto a la vida nacional y que es una síntesis de todas las ineptitudes y de todas las inconsciencias”.

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Ilustración: Javier Muñoz

Eran los mismos registros que había entonado Ortega el año anterior en el Teatro de la Comedia, al denunciar la “vieja política” de los partidos turnantes. “La persistencia en la dirección del Estado de la política que hoy representa el señor Dato -se quejaba Cambó- ha venido a destruir nuestro optimismo, a desvirtuar la acción pacificadora de nuestras campañas, a dar razón a los mayores radicalismos del nacionalismo catalán”.

Para el jefe de la Lliga aquel gobierno, “envanecido con una prosperidad creada a pesar de él”, representaba “un gran cero, un vacío, una inacción”. Hasta el extremo de que su falta de iniciativa transmitía el mensaje letal de que “aquí en España no hay nada que hacer”. ¡Qué estremecedoramente cercano suena todo ello!

Contra ese derrotismo se rebeló Cambó en el célebre “banquete del Tibidabo” -14 de julio de 1915- desde una perspectiva inequívoca: “El dia que nosaltres, els catalans, sentint que una reforma és convenient per al nostre país, no lluitéssim per conseguir-la, seriem uns traidors a Espanya, perquè amb la nostra apatía deixaríem de treballar per a qu’es produís un bé a un troç d’Espanya”. Gritos de “Molt bé!”, “Molt bé!” brotaron de una audiencia constituida por las fuerzas vivas de Cataluña.

Era la misma perspectiva que al año siguiente se plasmaría en el histórico manifiesto Per Catalunya i l’Espanya Gran redactado por Prat de la Riba. Pero antes de que concluyera 1915 a Cambó le tocaría presenciar el gesto melodramático de su gran rival Francesc Maciá al renunciar a su acta de diputado en las Cortes, como protesta a la pasividad de Dato, no en relación a las zonas francas… sino al urgente rearme naval que propugnaba el entonces portavoz de Solidaritat Catalana. Así consta en las memorias del líder de la Lliga: “Maciá es posà en un estat de frenètica excitació i presentà la renuncia de l’acta, dient que no volia ésser diputat d’un Parlament que no es preocupava prou de la defensa i fortalesa militar d’Espanya. Aquest home seria el cap dels separatistes catalans!”.

Con estos antecedentes se comprenderá mi satisfacción tras ver publicado esta semana en nuestro blog un brillante artículo de Ignasi Guardans, nieto de Cambó, con cuyo diagnóstico esencial coincido al cien por cien: “No existe un problema catalán. Existe un grave e inminente problema español, con causas en Cataluña y en España”. Por eso, como él titula, es “tiempo de reinventar España”. Unos ponen el acento en el modelo territorial, otros lo ponemos en las reglas del juego democrático. Se trataría en todo caso de reformar la Constitución -o si se quiere de perfeccionarla o enmendarla- para relanzar la afección de los ciudadanos hacia el sistema político, tal y como ocurrió durante los años de la Santa Transición.

En ese contexto reconstituyente debería fraguarse un nuevo consenso que incluyera al nacionalismo moderado. Pero, como digo, para esa negociación no sirve el estólido Rajoy que mandaba SMS de apoyo a Bárcenas y hace falta alguien que en la Cataluña actual recoja el testigo de Cambó, Prat de la Riba o Tarradellas. Ese debería ser el papel de Duran i Lleida si Unió lograra entrar en el Parlament y terminara sirviendo de refugio a la frustración que se avecina en gran parte del electorado de Convergencia. De ahí que cueste entender lo tarde que ha reaccionado y el propio hecho de que no lidere personalmente la candidatura.

En ese contexto reconstituyente debería fraguarse un nuevo consenso que incluyera al nacionalismo moderado. Para eso no sirve el estólido Rajoy y falta alguien como Cambó.

Es muy elocuente en todo caso que Miquel Roca, antagonista crónico de Unió en el seno de CiU, acabe de significarse por su apoyo público al cabeza de lista Ramón Espadaler. Es fácil entender que alguien como Roca -que en definitiva protagonizó el último intento baldío de modernizar España desde Cataluña- sienta desmoronarse todos sus esquemas cuando ve a quien le sucedió como heredero de Pujol, incrustado entre el ecocomunista Romeva y el republicano Junqueras, dependiendo de los anarquistas de las CUP y bajo la sombra de los trostkistas que trufan la lista de la sucursal catalana de Podemos.

En términos de la iconografía que hace un siglo reflejaba L’Esquella de la Torratxa es como si el archiburgués señor Esteve de la célebre novela de Rusiñol -representado por el gran dibujante Picarol con sombrero de copa y gafas negras- se aliara con los sindicalistas de la “Rosa de fuego” para reproducir el Corpus de los Segadors. Sólo el soberanismo identitario es capaz de fraguar esta especie de Soviet de Capitalistas y Proletarios que tanto escandaliza a los pocos intelectuales genuinos que quedan alrededor: ¡opresores y oprimidos del mundo uníos bajo el manto estelado de la patria catalana!

Esta vez no tiene por qué correr necesariamente la sangre por la Barceloneta; pero dado que tanto Mas como Romeva ya han anunciado que les bastará contar con la mayoría de los escaños en el Parlament para iniciar un proceso unilateral de independencia, es decir para despojar a los no independentistas de sus derechos como españoles, es obvio que están creando las bases de una guerra civil en Cataluña. Porque es previsible que no todas sus víctimas se rindan.

En estos momentos se trata sólo -¿sólo?- de lo que en certera expresión del profesor Martín Alonso –El Catalanismo del éxito al éxtasis, Editorial El Viejo Topo- es “una guerra civil intramental entre el cerebro lógico y el étnico”. O sea entre la razón y la tribu. Por eso nadie puede permanecer neutral, vayamos o no a mayores, pues bastaría que un sólo compatriota lo reclamara para que toda la fuerza del poder legítimo tuviera la obligación de desplegarse para protegerle.

Según Guardans no veremos “actos burdos contra el Estado de grosera estética batasuna” sino “escenarios de desobediencia civil planificada… entre globos y sonrisas, apelaciones a la dignidad y la democracia, entre niños y familias, hablando en inglés ante las cámaras del mundo”. Pero bajo esas formas edulcoradas en la superficie, la brecha del desgarro social seguirá abriéndose en el interior de la vida cotidiana de Cataluña, tal y como pronosticó Aznar y acaba de denunciar González.

Baste como botón de muestra el mensaje que ha recibido estos días uno de nuestros suscriptores, a través de su círculo profesional, cuando TV3 se ha visto obligada a ofrecer espacios “compensatorios” a los partidos constitucionales, tras su grosero alarde propagandístico de la Diada:  “Segons han dit a TV3, el proper diumenge de 4 a 7 de la tarde, faran el programa que els obliga la Junta Electoral Central amb representants dels partits unionistes. Seria bo que els partidaris del SI no sintonitzem TV3, la nostra, en aquesta franja horària i que, un cop acabada la vomitada dels enemics de Catalunya, tornem a sintonitzar TV3, facin el que facin. Pasa-ho als teus contactes!!!!!!”.

Es lo que propugna la sedicente Assemblea Nacional de Catalunya. Los halcones del “No” a la legalidad constitucional, travestidos en palomas del “Sí” a un orden imaginario, llaman  “unionistas” a los partidarios de dejar las cosas como están desde hace medio milenio; consideran, por costumbre, que la televisión que pagan todos los catalanes con ayuda de Montoro es suya; y se destapan al tildar de “vomitona de los enemigos de Cataluña” los argumentos de sus antagonistas. Este es el odio cainita que urge parar primero en las urnas y después, si es preciso, con todas las armas del derecho.

Sólo poniendo en evidencia la esterilidad de todas las trampas éticas, estéticas y dialécticas de esta coalición de salteadores de caminos que pretende apropiarse de lo que nos pertenece a todos los españoles y esclavizar a los discrepantes que queden bajo su yugo, podrá abortarse la guerra civil larvada que se vive en Cataluña. La Unión Europea y la banca -Fainé ha dado al fin el meritorio paso adelante que la ocasión requería- han aportado luz al que quiera ver. El problema es que, como escribió Orwell,  “si uno alberga una lealtad o un odio nacionalista, ciertos hechos, aunque de algún modo se sepa que son verdaderos, resultan inadmisibles”.

Sólo poniendo en evidencia la esterilidad de todas las trampas de esta coalición de salteadores de caminos, podrá abortarse la guerra civil larvada que se vive en Cataluña

A Mas y sus compañeros de viaje esto no puede salirles gratis. Pero aunque su castigo democrático es condición necesaria, no es condición suficiente. Cuando Ramonet, el hijo idealista del prosaico señor Esteve, le dice que quiere dedicarse a las artes plásticas, el personaje de Rusiñol pronuncia una frase doblemente lapidaria: “Seràs esculptor però jo pagaré el marbre”. Ahí está compendiada toda Cataluña, vista por sí misma.

También la idea distorsionada que muchos catalanes siguen teniendo de su relación con el resto de España. Pero aunque sea imprescindible seguir discutiendo cómo se paga el mármol -o sea revisar el modelo de financiación autonómica-, más importante aún es tener éxito con la escultura.

Eso es lo que nos ha enseñado esta semana un talentoso y esforzado grupo de españoles, liderados por un catalán inconmensurable llamado Pau Gasol: el camino del triunfo compartido. Cuando la Espanya Gran renazca de las cenizas de su actual mediocridad, Cataluña dejará de ser un problema. Porque lo que la gloria -y la prosperidad y el prestigio y el peso en el mundo- ha unido no lo van a separar ni Mas, ni Junqueras, ni Romeva.

Lee la serie ‘El libro negro del periodismo en Cataluña’ 

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También en EL ESPAÑOL:

La faena de la prensa catalana

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Jordi Pérez Colomé nos obliga a preguntarnos, de episodio sórdido en episodio sórdido, por qué desde los inicios del pujolismo toda la porquería que rodeaba a la Sagrada Familia gobernante fue sistemáticamente enterrada en la arena del oasis informativo catalán.

Ilustración: Javier Muñoz

Siempre hemos seguido a Felipe González por lo bien que se explica. Así cuando prometió un referéndum para sacar a España de la OTAN y lo celebró para mantenerla. O cuando lo de “no hay pruebas ni las habrá” -cadáveres en cal viva aparte-, pero que conste que “al Estado se le defiende también en las alcantarillas”.

No me extraña pues que siga siendo el gran referente intelectual del PAIDECLA -Partido de las Ideas Claras-, vulgo PSOE. A esa claridad de luminaria acaba de contribuir con sus centelleantes idas, venidas y revenidas sobre la actual encrucijada catalana. Ya sabemos que cuando escribió que la situación creada por Mas “es lo más parecido a la aventura alemana o italiana de los años treinta del siglo pasado” no se refería en absoluto a “que haya una intención fascistizante o conducente al fascismo hoy en Catalunya”, o sea a que se convoquen multitudinarias manifestaciones de adhesión al régimen, compartimentando a los ciudadanos provistos de cartulinas de distintos colores por demarcaciones, gremios e incluso preferencias sexuales. ¡Qué va! Se refería probablemente al súbito incremento de las ventas de las películas de Cinecittá, los textos de Marinetti y las canciones de Alfredo Clerici entre los barceloneses.

Y sobre todo ya sabemos que Glez, como le llamaba Umbral, está “absolutamente” a favor de que la Constitución reconozca “la identidad nacional de Cataluña” pero “absolutamente” en contra de que la Constitución reconozca a “Cataluña como nación”, lo que le ha hecho merecedor del aplauso sucesivo de toda la plana mayor del PAIDECLA. Nada nuevo bajo el PSOE.

Quien sí ha aportado diferencia a la polémica ha sido su brillante entrevistador Enric Juliana al presentar pruebas documentales de que si bien le preguntó por el  reconocimiento de la “identidad nacional de Cataluña” y luego alteró la transcripción haciendo creer que le había preguntado por el reconocimiento de “Cataluña como nación”, la “oficina” del ex presidente -o sea su veterano jefe de prensa Joaquín Tagar- dio por bueno el “resumen” y añadió: “Nada que objetar”.

La clave está pues en el “resumen”. Había que resumir: “identidad nacional de Cataluña” tiene cuatro palabras y “Cataluña como nación” sólo tres. ¿Pero por qué no escribió Juliana “identidad catalana” que son dos palabras y nos habrían dejado a todos tan contentos? Pues porque esto del soberanismo de la puta y la Ramoneta es como quien juega a las siete y media obsesionado con no quedarse corto. Por eso Maciá proclamó en el 31 la “Republica Federada Catalana dentro de la República Española” y Companys en el 34 el “Estado Catalán dentro de la República Federal Española”. Uno y otro se pasaron de listos, sencillamente porque el contenedor en el que situaban su continente no existía.

Y no existía porque las Cortes, con rotunda mayoría de centro izquierda, asumieron la tesis del presidente de su Comisión Constitucional, el socialista Luis Jiménez de Asúa, y proclamaron que “La República constituye un Estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y las Regiones”. Asúa lo explicó en el debate de totalidad en términos que parece entender mejor Susana Díaz que Pedro Sánchez: “No hablamos de un Estado federal porque federar es reunir. Se han federado aquellos Estados que vivieron dispersos y quisieron reunirse en colectividad”. Asúa anhelaba con sentido visionario una “federación de Europa” y “precisamente eso -añadía- es lo que nos ha hecho pensar en el Estado integral y no en el Estado federal”. ¿Qué pasa, paisano Luena? ¿Es que en Ferraz nadie lee a sus clásicos?

la feyna de la prempsa

Ilustración: Javier Muñoz

A propósito de los años 30, siempre he tenido la sensación de que, más que en el de Pla, Juliana intenta mirarse en el espejo de William L. Shirer y busca sobresaltos troglodíticos, con ahínco digno de mejor suerte, en el Madrid cloroformizado por el Estafermo. Su triquiñuela para sacar a Glez de su apócope mental y hacerle decir un poco más de lo que dijo sería irrelevante fuera del circo de los sintagmas en el que trapecistas y payasos entretienen a los catalanes. Pero es definitoria en su cotidiana nimiedad del papel esencial asignado a la prensa por los impulsores del soberanismo como portavoz de una agenda política irredentista, atizador de un clima social de agravio y gota malaya de un insomnio colectivo permanente.

También me ha llamado la atención que este colega considere una práctica “habitual” enviar el texto de una entrevista al entrevistado para que pueda corregirla antes de su publicación. No digo que no haya veces en que esté justificado, o que yo mismo no lo haya hecho en casos concretos -de hecho el Código Ético de EL ESPAÑOL no lo excluye taxativamente como proponían algunos compañeros- pero de ahí a considerarlo poco menos que una fase del proceso editorial, hay un trecho. El trecho de la condescendencia al final del cual resulta que “la mejor entrevista a Pujol” fue, según Pujol, una en la que Pujol no sólo puso las respuestas de Pujol sino también las preguntas a Pujol. Adivinen quién y cómo la publicó.

Podrán leerlo mañana en la tercera entrega de la impactante serie de investigación de Jordi Pérez Colomé El libro negro del periodismo en Cataluña. Tras entrevistar a más de ochenta redactores, directores, editores y personajes de toda laya de la galaxia mediática, Pérez Colomé nos obliga a preguntarnos, de episodio sórdido en episodio sórdido, por qué “ante casos flagrantes de corrupción la prensa catalana no ha clamado; ante casos dudosos, no ha insistido; ante casos ignorados, no ha rebuscado”.

Es decir por qué desde los inicios del pujolismo toda la porquería que rodeaba a la Sagrada Familia gobernante, empezando por el escándalo de Banca Catalana, siguiendo con el 3% denunciado por Maragall hace ya diez años y desembocando en el “todos eran mis hijos” de la seudoconfesión del patriarca, fue sistemáticamente enterrada en la arena del oasis informativo catalán. Y por qué aun hoy tienen que ser periodistas “foráneos” como Esteban Urreiztieta y Daniel Montero quienes descubran en un medio nonato como EL ESPAÑOL que las comisiones de los Pujol eran del 5% y que su monto les permitió trenzar una trama transcontinental de evasión y blanqueo que unía Andorra con Delaware, Londres con Gabón y los proyectos de ferrocarriles en Turquía con los de las granjas de cerdos en Brasil.

Desde los inicios del pujolismo toda la porquería que rodeaba a la Sagrada Familia gobernante, empezando por el escándalo de Banca Catalana, siguiendo con el 3% denunciado por Maragall hace ya diez años y desembocando en el “todos eran mis hijos” de la seudoconfesión del patriarca, fue sistemáticamente enterrada en la arena del oasis informativo catalán

La respuesta es que durante estas cuatro décadas de democracia la casi totalidad de los medios catalanes han hecho suyas las tesis del llamado “nuevo orden informativo internacional”, impulsado en los 70 y 80 por el director general de la UNESCO, el senegalés Amadou Mahtar M’Bow, según el cual en los países del Tercer Mundo debía anteponerse el “proceso de construcción nacional” a los valores del “periodismo occidental”. O sea que la  autocensura en sus modalidades más groseras o sutiles debía proteger el “Procés” porque lo que era bueno para los Pujol, sus aliados y amigos era bueno para Cataluña.

En otras ínsulas de la España autonómica han ocurrido fenómenos similares -los aupados por cada hecho diferencial siempre se abalanzaban sobre las cajas de ahorros y la prensa-, pero su alcance e intensidad han sido mucho menores. El caudal de dinero invertido por las instituciones controladas por los nacionalistas en el empeño de uniformar a la prensa no tiene precedente en el mundo democrático.

En la práctica en Cataluña no han existido sino medios públicos como TV3, medios concedidos como las emisoras de radio más furibundas y medios concertados como los periódicos cuya cuenta de resultados depende de millonarias subvenciones. En ese escenario no es de extrañar que la cómoda tentación de la servidumbre voluntaria, “la adherencia emocional a la causa catalana” según Pérez Colomé, haya tenido su complemento perfecto en “el temor a un poder total con un sinfín de maneras de imponerse”.

Claro que han existido y existen las excepciones individuales de quienes nadan contra corriente -y conste mi homenaje al equipo de El Mundo de Cataluña en su veinte aniversario-, pero en su conjunto el periodismo catalán, en lugar de ejercer de contrapoder y perro guardián de la democracia, ha sido cómplice activo de la manipulación nacionalista y, junto con el estamento docente, es el gran culpable de que entre mentiras mil veces repetidas y verdades mil veces ocultadas, hayamos llegado a la situación actual con media Cataluña enfrentada civilmente a la otra media. Si la prensa hubiera cumplido allí con su obligación, como algunos lo hicimos por ejemplo en Baleares, Convergencia habría quedado hace tiempo reducida a la misma condición de asociación para delinquir con que se recuerda ahora a Unió Mallorquina, sus líderes habrían merecido una suerte equivalente a la de Munar y compañía y el manantial del que brotaba el dinero con el que se ha narcotizado y envenenado a la sociedad catalana habría sido confiado a guardianes más honrados y leales.

Durante estas cuatro décadas de democracia la casi totalidad de los medios catalanes han hecho suyas las tesis del llamado “nuevo orden informativo internacional”, impulsado en los 70 y 80 por el director general de la UNESCO, el senegalés Amadou Mahtar M’Bow, según el cual en los países del Tercer Mundo debía anteponerse el “proceso de construcción nacional” a los valores del “periodismo occidental”

Por mucho que ahora traten de distanciarse de la purulenta figura que la Justicia y la qué-coño-es-la-UDEF están empezando a iluminar, todos los agrupados para decir “No” a la España constitucional mediante su orwelliano “juntos por el Sí”, e incluso los zapatófilos de la CUP, no son sino el producto del modelo totalizador y reduccionista, impulsado por Pujol desde la Generalitat, en paralelo al saqueo de Cataluña. Todo un ejemplo de ingeniería social a caballo entre el fanatismo público y la rapiña privada. De ahí que Javier Muñoz y yo hayamos querido hoy remedar la histórica portada del 2 de enero de 1902 con que se presentó en sociedad el  ¡Cu-Cut!, primera revista satírica en catalán que alcanzó tiradas masivas.

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Su protagonista, el payés con barretina y pañuelo con lazada que daba nombre al semanario y que sin duda inspiró a los padres de Pujol cuando lo engendraron rellenando el molde, aparecía manejando un tórculo o prensa para estampar grabados, bajo un titular en catalán arcaico: “La feyna de la prempsa catalana”. ¿Y en qué consistía esa “feina”, esa tarea, ese trabajo? Pues, tal y como mostraba el dibujo, en aplastar y estrujar a una serie de individuos variopintos de forma que su sangre se vertiera en una palangana y de ella brotaran jubilosos espermatozoides con barretina, a modo de réplicas de su creador. Una parodia de la famosa cita de Tertuliano sobre los mártires y los primeros cristianos rubricaba la página: “Sanguis cacicarum, semen catalanistarum”.

En relación a esta exhumación hemerográfica vienen hoy a cuento dos precisiones diferenciales. La primera que el periodismo lligaire -vinculado a la Lliga Regionalista de Prat de la Riba y Cambó- que practicaba el ¡Cu-Cut! era entonces una meritoria actividad de riesgo y por eso en 1905 la redacción fue arrasada por un grupo de militares iracundos, ofendidos en su honor por una viñeta más bien inocua sobre las derrotas del 98. La segunda es que lo certero sería darle ahora la vuelta a la parodia para decir “Sanguis catalanistarum, semen cacicarum” porque en definitiva son los catalanes de a pie los que han sido estrujados y expoliados de una parte de su identidad y de sus dineros para inseminar y expandir el cacicazgo nacionalista.

Nada de eso hubiera sido posible sin la complicidad servil de sus tórculos mediáticos. Sin esa presión cotidiana sobre el cerebelo colectivo, el independentismo en una democracia integrada en la Unión Europea, en la era de la globalización, sólo sería motivo de risa o de lástima. Pero Pujol se puso manos a la obra porque sabía que querer no es poder, que, en palabras de Salvat Papasseit, divulgadas por el mejor Serrat, “tenir un propòsit no és fer feina”. El “propòsit” habitaba en él, faltaba la “feina”. Y esa “feina” es la faena que nos ha hecho a todos la prensa catalana.

Lee aquí los dos primeros capítulos de ‘El libro negro en Cataluña’:

1. La corrupción / 2. La comunidad

Nos toman por besugos filósofos

Besugos

Empecemos el curso compartiendo ballena. El Arponero Ingenuo acaba de avistarla pero pesquémosla juntos. La maniobra de aproximación es muy sencilla. Basta teclear www.pp/actualidad-noticia/pp-recurre-ley-aborto para toparse de frente con el más desafiante surtidor de desfachatez política…

Ilustración: Javier Muñoz

Empecemos el curso compartiendo ballena. El Arponero Ingenuo acaba de avistarla pero pesquémosla juntos. La maniobra de aproximación es muy sencilla. Basta teclear www.pp.es/actualidad-noticia/pp-recurre-ley-aborto para toparse de frente con el más desafiante surtidor de desfachatez política.

Hemos entrado en la actualizada página oficial del partido gobernante. Ahí está en la parte superior izquierda el nuevo logo podemizado, con el charrán en el lugar de la gaviota y la expresión “populares” a la derecha. Su problema es que han podido cambiar de emblema pero no borrar sus huellas. Tiempo al tiempo, que pronto habrá un movimiento para que los partidos puedan acogerse al derecho al olvido en Internet.

Acerquémonos entre tanto a las fauces del Leviatán barbado. Lo primero que vemos es una foto que muestra al entonces mano derecha de Rajoy y hoy embajador en Londres, Federico Trillo, marchando apresurado con aire de quien no puede perder ni un minuto para entregar el candente dossier que lleva en la zurda. Le escoltan dos palafreneros de los grupos del Congreso y Senado y un agente de seguridad. Luego avistamos el título -“El PP recurre la Ley del Aborto”- y bien destacada la fecha: 1 de junio de 2010. Ayer como quien dice.

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Ilustración: JAVIER MUÑOZ

Que los pusilánimes den la vuelta a la chalupa porque ahora toca franquear las fauces del rorcual y adentrarse como Jonás en el corazón de las tinieblas. El río que nos lleva, en medio de una manada de refulgentes peces rosáceos de ojos saltones, es la versión oficial, con estructura de crónica periodística, de la que fue una de las principales iniciativas del PP durante la pasada legislatura. Arponeros, tensad las cuerdas que os sujetan a la quilla. Vais a necesitarlas para dominar vuestras arcadas.

El primer párrafo anuncia la presentación del recurso ante el Tribunal Constitucional y concreta la impugnación de “ocho preceptos” -no uno, ni dos… ¡ocho!- de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo aprobada por el Gobierno de Zapatero. El segundo párrafo especifica que “entre esos preceptos se halla el que prevé la posibilidad de abortar en las catorce primeras semanas por la mera decisión de la madre” porque “la vida del no nacido… queda absolutamente desprotegida”. El tercer párrafo añade que esto “resulta incompatible con el artículo 15 de la Constitución Española que reconoce que todos tienen derecho a la vida”.

Tras un cuarto, quinto y sexto párrafo dedicados a aspectos menos nucleares del conflicto -incluido el derecho de las menores a abortar sin conocimiento de sus padres- llegamos, contened todos el aliento, al tremendo párrafo séptimo en el que la prosa administrativa nos arroja frente al único absoluto de la condición humana: “Una importante novedad es que se solicita que se suspenda la aplicación de los preceptos impugnados hasta que no se resuelva el recurso de inconstitucionalidad cuya tramitación se pide que sea preferente”. ¿Por qué tan drástica demanda? “Porque la aplicación de las normas recurridas generaría perjuicios irreparables evidentes, al tratarse de vidas humanas cuya eliminación sería irremediable”.

Sí, lo han leído bien, aquí no hay eufemismos que valgan: según el PP, es decir según Mariano Rajoy Brey, de lo que se trata no es de la interrupción, obstaculización o resolución de un proceso biológico incompleto sino de la “eliminación” -zis zas, fuera, uno menos, descanse en paz, aquí yace, RIP, los tuyos no te olvidan- de “vidas humanas”. No se habla del nasciturus, ni del feto, ni del óvulo fecundado, ni de ninguna categoría presuntamente intermedia o pretendidamente ambigua. No, no… “vidas” tan “humanas” como la del niño de la isla de Bodrum. Así de claro. Y el plural no se refiere ni a dos, ni a tres, ni a cien, ni a mil… sino a diez decenas de miles al año. Casi medio millón por legislatura. Quinientos mil cadáveres extraídos del mar de nuestro sistema sanitario. O sea que Auschwitz se hizo carne y habitó entre nosotros.

Pido perdón si alguien se siente ofendido, en unas u otras convicciones, por mis expresiones literarias. No banalizo nada. No es mi opinión la que emito. Ni tampoco la que cuenta en este conflicto de suma negativa en el que se elige entre dos males. Sólo me atrevería a decir con Isaiah Berlin que del fuste torcido de la humanidad es difícil que salga nada derecho. Y a lo más que puedo llegar es a la inevitabilidad de legislar de forma ponderada. Pero ni yo ni ninguno de ustedes ganó las elecciones con mayoría absoluta el 20 de noviembre de 2011. La única opinión que a efectos prácticos cuenta es la de quien sí lo hizo. O sea la del susodicho Rajoy Brey. Y ya la conocemos: “eliminación” en masa de “vidas humanas”. Ergo…

Si tan perentorio era que el TC ejerciera de ángel bíblico interponiendo su mano cada vez que el escalpelo del cirujano fuera a acuchillar a uno de esos cientos de miles de desvalidos, sería inexorable que encontráramos en la referencia del primer Consejo de Ministros de diciembre de 2011 la remisión a las Cortes, por el procedimiento de urgencia, de un proyecto de ley que derogara al menos los ocho artículos recurridos. Pero, ¡ah, no!, aquel día no fue posible porque había que subir los impuestos.

Bueno, estará entonces entre los acuerdos del segundo, tercer, cuarto, quinto o sexto Consejo de Ministros de ese omnipotente Gobierno con ideas tan claras… Y resulta que tampoco, tal vez porque al democristiano Arenas le venía mal que se aplicara el programa de su partido cuando estaba en pleno intento de engatusar a los andaluces enarbolando el de sus adversarios.

El vértigo, el “horror vacui”, el estupor maremagno sobrevienen cuando, hoja de calendario tras hoja de calendario, resulta que a Rajoy le pasó con la “eliminación” de “vidas humanas” lo mismo que a Pujol con el dinero negro de su padre y en cuatro años nunca encontró el momento de regularizar la situación. Ni siquiera cuando su ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón le presentó un proyecto de ley que no era una futesa. Al final para todo lo que ha dado de sí la mayoría absoluta del PP es para que, reformilla de tapadillo mediante, las menores de edad sólo puedan contribuir a esa “eliminación” masiva de “vidas humanas” tras comunicarlo a sus progenitores. El sarcasmo no es mío sino del legislador.

El vértigo, el ‘horror vacui’, el estupor maremagno sobrevienen cuando, hoja de calendario tras hoja de calendario, resulta que a Rajoy le pasó con la “eliminación” de “vidas humanas” lo mismo que a Pujol con el dinero negro de su padre y en cuatro años nunca encontró el momento de regularizar la situación

El otro día me encontré con Zapatero y le comenté que, si yo fuera él, tan pronto como Rajoy disolviera las Cortes escribiría un artículo titulado “Gracias, Mariano, estás perdonado”. La primera parte incluiría la relación de los controvertidos preceptos legales aprobados durante sus dos mandatos que permanecen intactos o apenas maquillados tras la mayoría absoluta popular. Y la segunda, el catálogo de denuestos que esas iniciativas merecieron por parte de Rajoy y su equipo, empezando, claro, por lo de la “eliminación” masiva de “vidas humanas”. Zapatero me miró perplejo, como si el nefelibata fuera yo, y vino a decirme que la complejidad de la España real se abre camino cuando uno gobierna.

Pongamos que al cinismo universal se le llame ahora así; demos por hecho -de lo contrario sería cómplice consciente de una monstruosidad- que Rajoy ya no piensa que medio millón de abortos, fruto de una ley de plazos, equivalga a la “eliminación” de medio millón de “vidas humanas”; y asumamos que sólo un hombre excepcional, en el extremo opuesto del orden zoológico, sería capaz de rectificar o al menos matizar públicamente categorizaciones tan insoslayables. Pero convengamos también en que el mínimo minimorum de coherencia exigible para no merecer que te arrojen huevos podridos por la calle o te embadurnen con brea y recubran con plumas de gallina, hubiera requerido la discreta retirada del bendito recurso ante el Constitucional.

Porque, al no haber ocurrido ni eso ni lo contrario para que los refulgentes peces rosáceos de ojos saltones no se escabullan ni hacia Vox ni hacia Ciudadanos, llevamos casi cuatro años instalados en la repulsiva contradicción de que el PP de Rajoy pide a los magistrados que detengan urgentemente la matanza de inocentes, mientras el Gobierno de Rajoy se rasca la entrepierna pasmado de que una parte importantísima de sus votantes siga viendo en esos procedimientos quirúrgicos legales la misma matanza de inocentes que ellos veían y describían sólo cinco años atrás. Y no me siento capaz de dictaminar con cuál de los dos Rajoy está la razón ética o la verdad científica, pero de lo que no me cabe duda es de que su coexistencia es desalmadamente obscena.

¿A alguien le sorprende que los magistrados del Tribunal Constitucional sigan aplazando ad calendas graecas la deliberación sobre tan urgentísimo y sanguinoliento recurso, correspondido por sus promotores con cuatro años de antiséptica pasividad en el poder? ¿A alguien le sorprende que tanto los jueces cuyas opiniones coinciden con las de Rajoy en 2010 como los jueces cuyas opiniones coinciden con las de Rajoy en 2015 se sientan instrumentalizados en el altar del más zafio utilitarismo electoralista? ¿A alguien le sorprende que este precedente pese sobre sus togas cuando se dan cuenta de que con la reforma, también urgentísima, de la ley del propio TC, con Albiol ahora en el papel de Trillo, Rajoy pretende repetir la jugada con otra fruslería de nada como la unidad de España?

Si el principio de separación de poderes figura entre las primeras Obsesiones de EL ESPAÑOL no es sólo para proteger su independencia sino principalmente para estimular su responsabilidad. Los jueces juzgan, los parlamentos legislan, los gobiernos gobiernan. Es cierto que a los tribunales les corresponde también ejecutar sus sentencias y que la especial jurisdicción del Constitucional le sitúa en un cierto limbo sin resortes directos de autoridad. Pero el desafío separatista es ante todo político y es al ejecutivo al que le corresponde hacerle frente con su rica panoplia de armas jurídicas y su monopolio legal del uso de la fuerza.

Tras cuatro años cruzado de brazos, esta respuesta de Rajoy al filo de la campana, consistente en que los magistrados puedan multar o suspender a quien les desobedezca, resultaría ridícula si no escondiera mucho más. Alguien empeñado, como dice Guerra, en dar “un golpe de Estado a cámara lenta”, no va a pensárselo dos veces ni por el riesgo de tener que pagar “entre tres mil y treinta mil euros” ni por el de tener que ceder el cargo al siguiente -o más bien al precedente- de la lista.

La destitución de alguien como Mas sólo tendría sentido y eficacia si, en aplicación del artículo 155 de la Constitución, el Gobierno recurriera al Senado para suspender la autonomía catalana y sustituir sus instituciones por otras de carácter interino, tal y como ocurrió en octubre del 34. Algo que ya tenía que haberse hecho cuando el año pasado se llevó a cabo la consulta prohibida por el TC o a la vista de que, como acaba de recordar Rafael Hernández -este dechado de sindéresis que tanto nos hace añorar a su colombroño intelectual Floriández-, la Generalitat sigue costeando el fantasmagórico Consejo para la Transición Nacional, declarado anticonstitucional.

La destitución de alguien como Mas sólo tendría sentido y eficacia si, en aplicación del artículo 155 de la Constitución, el Gobierno recurriera al Senado para suspender la autonomía catalana y sustituir sus instituciones por otras de carácter interino, tal y como ocurrió en octubre del 34

Como en el caso del aborto, el estafermo con mayoría absoluta ha optado, sin embargo, por transferir la responsabilidad de gestionar una situación límite a los magistrados del alto tribunal. Eso le permite justificar su parálisis en la expectativa de una acometida institucional ajena. Y mantener abiertas todas las opciones como el monigote giraldilla que despliega a la vez la maza y el escudo.

Qué más podía querer el aprendiz de golpista que una iniciativa de dudosa constitucionalidad, atufadoramente oportunista y palmariamente divisiva de los partidos no separatistas, para alimentar su desbarre. Ahí le tienen, hablando nada menos que de la Inquisición para camuflar la mangancia organizada del 3%. La torpe cobardía gubernamental le ha permitido así acercar de nuevo el ascua de la falta de calidad democrática de las leyes vigentes a la sardina de su delirio secesionista.

Como entre ballenas y clupeidas cabe algún término medio, la situación recuerda una estampa pintoresca del Bilbao de 1915 -tendremos que volver sobre ese año para hablar de Dato y de Cambó-, recogida en las páginas de El Pueblo Vasco. Sucedió al caer la tarde cuando el guardia urbano Pablo Sáez abordó junto al Cafe del Norte al vendedor de besugos Lorenzo Hernández, conminándole a cesar en su actividad, de acuerdo con “el artículo 31, párrafo tercero, apartado 16 de las ordenanzas municipales que prohíbe terminantemente la expedición de besugos con luz artificial”. El vendedor rehusó obedecer al guardia, dando grandes voces y “manifestando a la autoridad que los besugos se imponían a toda disposición emanada del municipio”. El lance derivó en tumulto y el tumulto en gresca, en medio de “un corro de curiosos y desocupados que no bajaría seguramente de 300 a 400”.

No es tanto el conflicto entre el derecho a decidir de los besugos y un rígido marco legal, reforzado por un precepto arbitrario, lo que llama mi atención, sino la descripción y coda final del gacetillero: “Y mientras se desarrollaban tales acontecimientos los besugos, rígidos, yacentes sobre la banasta, parecían mirar con sus ojos opacos a los actores de este suceso, en el cual se veían envueltos por no haber sido capaces de escapar a las arteras redes de los hombres… Los besugos son siempre unos filósofos”.

Philosophia perennis, que diría Leibnitz. Anteayer Soraya salió en sus teles reprochando al PSOE que utilizara “frases fáciles para problemas difíciles” -¡se refería a la crisis de la inmigración!- y pronto comenzará la pesca milagrosa. Una vez que las “arteras redes” hayan hecho su cosecha el 27-S en Cataluña, asistiremos a su despliegue en toda España y la manada de refulgentes peces rosáceos de ojos saltones será conducida de nuevo hacia el vientre de la bestia. Nada sería tan coherente como que se confirmara la fecha del 20 de diciembre, apuntada por Rajoy para las elecciones generales, pues pocos platos han adquirido la tradición navideña del besugo al horno. Y habrá que tener los “ojos” muy “opacos” o sentirse muy “filósofo” para respaldar a quien pretende hacerte cómplice no ya de un asesinato en masa o de un alarde de truculencia demagógica, sino de ambas cosas a la vez.

 

Cien negritos

Cien negritos se fueron a cenar; el Faraón Aznar renunció al poder, se asfixió bajo el manto de armiño de su gloria y quedaron noventa y nueve…

Ilustración: Javier Muñoz

Cien negritos se fueron a cenar; el Faraón Aznar renunció al poder, se asfixió bajo el manto de armiño de su gloria y quedaron noventa y nueve.

Noventa y nueve negritos estuvieron despiertos hasta muy tarde; Jaime Mayor se quedó dormido y entonces quedaron noventa y ocho.

Noventa y ocho negritos viajaron por el mundo; Rodrigo Rato decidió anidar en Washington y quedaron noventa y siete.

Noventa y siete negritos cortaron leña; Álvarez Cascos se partió en dos y quedaron noventa y seis.

Noventa y seis negritos jugaron con una colmena; una abeja le picó a Juanjo Lucas y quedaron noventa y cinco.

Noventa y cinco negritos estudiaron Diplomacia; Federico Trillo se hizo embajador y quedaron noventa y cuatro.

Noventa y cuatro negritos fueron al mar;  un arenque rojo se tragó a Manolo Pizarro y quedaron noventa y tres.

Noventa y tres negritos pasearon por el zoo; un gran oso atacó a Eduardo Zaplana y quedaron noventa y dos.

Noventa y dos negritos se sentaron al sol; Ángel Acebes se tostó demasiado y sólo quedaron noventa y uno.

Noventa y un negritos se conformaron con la versión oficial del 11M; Jaime Ignacio del Burgo se empeñó en buscar la verdad y sólo quedaron noventa.

Noventa negritos se asustaron ante ETA; María San Gil cerró filas con las víctimas, la llamaron loca y sólo quedaron ochenta y nueve.

Ochenta y nueve negritos se postraron ante el jefe; Gabriel Elorriaga escribió un artículo -“no es este, no es este”- y sólo quedaron ochenta y ocho.

Ochenta y ocho negritos aprendieron catalán en la intimidad; Josep Piqué se empeñó en practicarlo y sólo quedaron ochenta y siete.

Ochenta y siete negritos se acercaron a Valencia; Juan Costa ardió en una falla cual ninot y sólo quedaron ochenta y seis.

Ochenta y seis negritos dijeron que sí a todo; Gustavo de Arístegui rechazó el trágala, lo mandaron a la India y sólo quedaron ochenta y cinco.

Ochenta y cinco negritos se olvidaron de pensar; Fernando Maura se marchó a UPyD y sólo quedaron ochenta y cuatro.

Ochenta y cuatro negritos se zamparon un pastel; Paco Correa se dio un atracón de época y sólo quedaron ochenta y tres.

Ochenta y tres negritos trasladaron maletines; a Pablo Crespo le pillaron con el de Galicia y sólo quedaron ochenta y dos.

Ochenta y dos negritos viajaron por Europa; Gerardo Galeote abrió una cuenta en Luxemburgo y sólo quedaron ochenta y uno.

Ochenta y un negritos organizaron eventos deportivos; Alberto López Viejo batió demasiados records y sólo quedaron ochenta.

Ochenta negritos circularon por la carretera; Jesús Sepúlveda se subió a un Jaguar y sólo quedaron setenta y nueve.

arponero cien necritos final

Ilustración: Javier Muñoz

 

Setenta y nueve negritos se lo llevaron crudo; Arturo González Panero rodó como una albóndiga y sólo quedaron setenta y ocho.

Setenta y ocho negritos jugaron al urbanismo; Benjamín Martín Vasco se embauló 300.000 del ala por Arganda y solo quedaron setenta y siete.

Setenta y siete negritos se fueron de compras; a Alfonso Bosch le sorprendieron gastando con identidad falsa y solo quedaron setenta y seis.

Setenta y seis negritos se enredaron en una correa; Jesús Merino se estranguló al intentar zafarse y sólo quedaron setenta y cinco.

Setenta y cinco negritos cobraron sobresueldos; Luis Bárcenas escondió el parné en Suiza, cuando se fue de la lengua lo metieron en el trullo y sólo quedaron setenta y cuatro.

Setenta y cuatro negritos pasaron por la caja B; Álvaro Lapuerta lo visó todo pero, tan mayor como estaba, tuvo un accidente raro y sólo quedaron setenta y tres.

Setenta y tres negritos merodearon cerca del tarro de mermelada; Ángel Sanchís se acercó demasiadas veces y sólo quedaron setenta y dos.

Setenta y dos negritos organizaron actos electorales; Álvaro Pérez, al ver al jefe tan cerca, tropezó con su bigote y sólo quedaron setenta y uno.

Setenta y un negritos fueron a la sastrería; Paco Camps se desentendió de las facturas y sólo quedaron setenta.

Setenta negritos financiaron ilegalmente al partido; a Vicente Rambla lo cogieron en el mercado de naranjas y sólo quedaron sesenta y nueve.

Sesenta y nueve negritos fueron imputados; Victor Campos firmó que era culpable y sólo quedaron sesenta y ocho.

Sesenta y ocho negritos disfrutaron de la huerta; Valcárcel se dio un hartón, se marchó a Estraburgo y sólo quedaron sesenta y siete.

Sesenta y siete negritos pasaron por la cocina; David Serra cayó despanzurrado dentro de la marmita y sólo quedaron sesenta y seis.

Sesenta y seis negritos recibieron al Papa; Pedro García firmó el contrato que convirtió las bendiciones en negocio y sólo quedaron sesenta y cinco.

Sesenta y cinco negritos aceptaron regalos de quien no debían; a Ricardo Costa le lucieron mucho en la muñeca y sólo quedaron sesenta y cuatro.

Sesenta y cuatro negritos ayudaron a que la familia que reza unida permaneciera unida; Juan Cotino se pasó de avemarías –y de testaferros- y sólo quedaron sesenta y tres.

Sesenta y tres negritos contribuyeron a las ONG; Rafael Blasco pensó que la caridad bien entendida empezaba por uno mismo y sólo quedaron sesenta y dos.

Sesenta y dos negritos firmaron contratos irregulares; Milagrosa Martínez se puso un pañuelo de Loewe y sólo quedaron sesenta y uno.

Sesenta y un negritos viajaron de gorrilla; Luis Díaz Alperi cogió una insolación en Creta y sólo quedaron sesenta.

Sesenta negritos se pusieron gafas negras; a Carlos Fabra le tocó demasiadas veces la lotería y sólo quedaron cincuenta y nueve.

Cincuenta y nueve negritos se embarcaron de vacaciones; José Joaquín Ripoll se subió al yate que no debía y sólo quedaron cincuenta y ocho.

Cincuenta y ocho negritos fueron fashion victims; la alcaldesita Sonia Castedo se divirtió en pijama con su protector y protegido y sólo quedaron cincuenta y siete.

Cincuenta y siete negritos pasaron de la política a las cajas; José Luis Olivas dio créditos raros, se emborrachó con ron cubano y sólo quedaron cincuenta y seis.

Cincuenta y seis negritos salieron a cazar; a Serafín Castellano se le disparó el rifle por la culata y sólo quedaron cincuenta y cinco.

Cincuenta y cinco negritos se enamoraron del dinero; Alfonso Rus contó los billetes con luz y sonido y sólo quedaron cincuenta y cuatro.

Cincuenta y cuatro negritos buscaron la trampa de la ley; Jaume Matas se saltó las reglas para contratar discursos, lo mandaron a prisión y sólo quedaron cincuenta y tres.

Cincuenta y tres negritos cometieron irregularidades urbanísticas;  a Eugenio Hidalgo, alcalde de Andratx, se le cayó encima su chalé y sólo quedaron cincuenta y dos.

Cincuenta y dos negritos cobraron comisiones; Antonia Ordinas las escondió en una lata de Cola Cao y cuando tuvo que desenterrarla ante la poli sólo quedaron cincuenta y uno.

Cincuenta y un negritos protegieron a los apandadores; al conseller Cardona le pillaron repartiéndose el botín, le metieron dieciséis años y sólo quedaron cincuenta.

Cincuenta negritos se fueron al prostíbulo; Rodrigo de Santos pagó con la tarjeta municipal y sólo quedaron cuarenta y nueve.

Cuarenta y nueve negritos apoquinaron al instituto Noos;  Pepote Ballester no regateó nada y sólo quedaron cuarenta y ocho.

Cuarenta y ocho negritos tomaron copas de más; Nacho Uriarte estrelló alegre su coche y sólo quedaron cuarenta y siete.

Cuarenta y siete negritos navegaron entre insidias; Daniel Sirera escribió “este partido es una mierda” y sólo quedaron cuarenta y seis.

Cuarenta y seis negritos se hicieron los simpáticos; Montse Nebrera se burló del habla andaluza y sólo quedaron cuarenta y cinco.

Cuarenta y cinco negritos asumieron graves riesgos; Regina Otaola dio la cara en Lizarza, se retiró decepcionada y sólo quedaron cuarenta y cuatro.

Cuarenta y cuatro negritos pidieron debates y primarias;  a Alejo Vidal Quadras le pusieron puente de plata y sólo quedaron cuarenta y tres.

Cuarenta y tres negritos cosecharon fracasos electorales; Antonio Basagoiti asumió con ejemplaridad el suyo y sólo quedaron cuarenta y dos.

Cuarenta y dos negritos se sintieron traicionados; el heroico Ortega Lara se marchó sin siquiera merecer ser oído en la Moncloa y sólo quedaron cuarenta y uno.

Cuarenta y un negritos denunciaron las promesas incumplidas; Santi Abascal escribió una carta de despedida, fundó Vox y sólo quedaron cuarenta.

Cuarenta negritos fueron envejeciendo; una mañana se murió don Manuel el Fundador y sólo quedaron treinta y nueve.

Treinta y nueve negritos levitaron al ganar por mayoría absoluta; Javier Arenas se pasó de listo, desmovilizó a los suyos y sólo quedaron treinta y ocho.

Treinta y ocho negritos tiraron victoriosos por la calle de en medio; a Ana Mato le atropelló el Jaguar que se le escapó del armario y sólo quedaron treinta y siete.

Treinta y siete negritos aplicaron su programa; a Javier Fernández Lasquetty le atropelló la “marea blanca”, se marchó a Guatemala y sólo quedaron treinta y seis.

Treinta y seis negritos tuvieron mala suerte; a Mercedes de la Merced se la llevó la enfermedad y sólo quedaron treinta y cinco.

Treinta y cinco negritos se creyeron impunes; Miguel Blesa las hizo de todos los colores hasta llegar al black y sólo quedaron treinta y cuatro.

Treinta y cuatro negritos fueron excluidos de la primera fila del poder; González Pons se quedó compuesto y sin ministerio y sólo quedaron treinta y tres.

Treinta y tres negritos prefirieron irse a ganar dinero; Michavila se metió en un buen despacho y sólo quedaron treinta y dos.

Treinta y dos negritos hicieron lo que pudieron en sus cargos; Arias Cañete gestionó bien, patinó en la campaña europea y sólo quedaron treinta y uno.

Treinta y un negritos se indignaron por la amnesia del poder; Consuelo Ordóñez lo dijo alto y claro y sólo quedaron treinta.

Treinta negritos pasearon por la muralla; Santiago Cervera metió la mano en un agujero y sólo quedaron veintinueve.

Veintinueve negritos guardaron secretos inconfesables; a Cristobal Páez le dieron el mejor de los finiquitos y sólo quedaron veintiocho.

Veintiocho negritos sabían más de la cuenta; a José Manuel Molina lo mandaron a Kinshasa y sólo quedaron veintisiete.

Veintisiete negritos salieron a captar apoyos; a Ana Botella se le indigestó una “relaxing cup of coffee in the Plaza Mayor” y sólo quedaron veintiséis.

Veintiséis negritos compraron propiedades; Ignacio González recurrió a un testaferro para camuflar su ático y sólo quedaron veinticinco.

Veinticinco negritos se quedaron colgados de la brocha; Leopoldo González Echenique dimitió por un quítame allá esos 130 millones y sólo quedaron veinticuatro.

Veinticuatro negritos fueron azotados por la ira; a Isabel Carrasco la mataron a tiros y sólo quedaron veintitrés.

Veintitrés negritos recibieron tarjetas de crédito a juego con su alma; Ricardo Romero de Tejada hizo honor a su fama y sólo quedaron veintidós.

Veintidós negritos volvieron a las andadas; a Paco Granados, tanto fue el cántaro a la fuente, le metieron en el trullo y sólo quedaron veintiuno.

Veintiún negritos se hicieron diputados “para tocarse los huevos”; José Miguel Moreno lo reconoció mientras le grababan y sólo quedaron veinte.

Veinte negritos escribieron los versos más tristes esta noche; el gran vate Gallardón se negó a observar la rima y sólo quedaron diecinueve.

Diecinueve negritos buscaron la mayoría absoluta; a Esperanza Aguirre le hicieron la cama desde dentro y, como le faltó un escaño, sólo quedaron dieciocho.

Dieciocho negritos querían perpetuarse en sus poltronas; Rita Barberá tuvo un caloret y sólo quedaron diecisiete.

Diecisiete negritos limpiaron la cloaca;  Alberto Fabra sucumbió en el empeño tras la enésima zancadilla y sólo quedaron dieciséis.

Dieciséis negritos ardieron por amor; Monago, el buen bombero, apagó su fuego en Canarias gratis total y solo quedaron quince.

Quince negritos buscaron remedio en la farmacia; a José Ramón Bauzá le dieron cuchillo de palo y sólo quedaron catorce.

Catorce negritos quedaron encerrados en el ascensor; a León de la Riva se le apareció una Leire turgente y del soponcio solo quedaron trece.

Trece negritos subieron a la Giralda; Jose Ignacio Zoido perdió pie y solo quedaron doce.

Doce negritos se fueron de Carnaval; Teófila Martínez se dio de bruces con la charanga del Kichi y sólo quedaron once.

Once negritos visitaron a la Virgen del Pilar; Luisa Fernanda Rudi se enganchó en el manto y sólo quedaron diez.

Diez negritos se reunieron en una bodega; Pedro Sanz organizó su sucesión -sacrificando a su delfín- y sólo quedaron nueve.

Nueve negritos perdieron la sonrisa; la de Juan Ignacio Diego se la zampó Revilla y sólo quedaron ocho.

Ocho negritos intentaron borrar huellas en Génova; Maria Dolores de las Mentiras resbaló en una simulación de finiquito en diferido y sólo quedaron siete.

Siete negritos dieron la cara para que se la rompieran; a Carlos Floriano le explicaron que el problema de comunicación era él y sólo quedaron seis.

Seis negritos se cayeron al pozo demoscópico; a José Ignacio Wert, cansado de vivir ahí, le mandaron, con alevosía agosteña, de luna de miel a la OCDE y sólo quedaron cinco.

Cinco negritos se arrimaron a la Púnica; Salvador Victoria hizo lo que le mandó su jefe y cuando le pillaron sólo quedaron cuatro.

Cuatro negritos medio pasaban por ahí; Lucía Figar fue imputada por firmar un contrato y sólo quedaron tres.

Tres negritos pidieron otro liderazgo; a Cayetana Álvarez de Toledo, vox clamantis in deserto, le pusieron bola negra y sólo quedaron dos.

Dos negritos se reunieron en Moncloa; a Alicia Sánchez Camacho la convencieron de que bebiera la cicuta pues el desastre catalán era cosa suya y ya sólo quedó uno.

Un negrito se quedó más solo que la una; después de dejar tirados a todos sus amigos, deshacerse de todos sus rivales y desviar a los demás todas sus culpas; doce años después de ser ungido por el dedo errado de Aznar y cosechar dos derrotas; cuatro años después de recibir, dilapidar y traicionar un mandato rotundo de los españoles; dos años después de mentir como un bellaco al parlamento, Mariano Rajoy se ahorcó de su cuarta candidatura a la Moncloa y pronto, de aquel PP refundado en 1990 que aglutinó a todo el centro-derecha y tanto sirvió a la democracia, ya no quedará ninguno.

También en EL ESPAÑOL: 

El último tren a Katanga

katanga final 2

Cuando el pasado fin de semana Artur Mas alegó, con esa mezcla de fatalismo y rebeldía que siempre termina dando empleo y sueldo a los nacionalistas, que si el 27-S no triunfa la independencia “Cataluña caerá en una vía muerta” y añadió que entonces “en Madrid nos pasarán por encima sin misericordia”, no estaba eligiendo una metáfora cualquiera.

Ilustración: Javier Muñoz

Cuando el pasado fin de semana Artur Mas alegó, con esa mezcla de fatalismo y rebeldía que siempre termina dando empleo y sueldo a los nacionalistas, que si el 27-S no triunfa la independencia “Cataluña caerá en una vía muerta” y añadió que entonces “en Madrid nos pasarán por encima sin misericordia”, no estaba eligiendo una metáfora cualquiera.

Cataluña, la patria irredenta, es para él un tren formado por tantos vagones como partidos, organizaciones sociales, clubes deportivos o entidades diversas se sumen al empeño de la “desconexión” del convoy español que lastra y ralentiza su marcha hacia un destino próspero y glorioso. Mas se siente como el Maquinista de la General que ha plantado la bandera estelada en el morro de la añeja locomotora remozada, que es la lista unitaria, y lanza sus últimos pitidos convocando a los viajeros rezagados, mientras la caldera exhala sus vapores identitarios y el sistema hidráulico del periodismo subvencionado pone trabajosamente en marcha las ruedas.

Es una apuesta en la que sólo la evasión es sinónimo de victoria. Un trayecto sin marcha atrás en el que la alternativa a alcanzar la estación término es la tragedia de quedar atorados en esa “vía muerta” madrileña en la que lo que aguardaría a Cataluña no sería tan sólo el moho, la herrumbre, la parálisis, sino un implacable aplastamiento. Imaginad, queridos patufets, la escena: los patriotas catalanes invocando a la Mare de Deu, apiñados en los vagones con sus vituallas tradicionales y los libros de sus poetas, trémulos de miedo bajo sus barretinas, mientras la inexorable apisonadora española avanza entre la bruma del amanecer como los tanques soviéticos lo hicieron en Budapest y Praga.

Algo sólo comparable al Campo de los Mirlos o las fosas de Katyn. “¡Nos pasarán por encima sin misericordia”! Así apela Mas a la movilización. Así justifica el tal Romeva que le sirve de ariete -o ya veremos si de bumerán- su “¡vamos a por todas!” Lo que piden es un voto de confianza para vulnerar la ley por mor de un insoportable estado de necesidad. O la conquista del paraíso de la independencia o la laminación del ser de Cataluña por la barbarie centralista. Como en 1714 o en 1934.

katanga final 2
Ilustración: Javier Muñoz

Sus argumentos y consignas ya sonaron entonces: “Catalanes: los partidos y los hombres que han hecho públicas manifestaciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra, los núcleos políticos que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña, constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones… Cataluña enarbola su bandera, llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia debida al gobierno de la Generalidad… Nos sentimos fuertes e invencibles… La hora es grave y gloriosa… ¡Viva la libertad!”.

Por actuar de forma acorde con esta proclama el Tribunal de Garantías Constitucionales de la Segunda República condenó a Lluis Companys y varios miembros de su gobierno a 30 años de cárcel. Luego fueron indultados. Otro régimen menos humanitario los habría fusilado. De hecho es lo que hizo después el franquismo, como santo y seña de su barbarie. No apelo por supuesto a esa alternativa pero debería existir un término medio entre la represión de una sublevación y la audiencia oficial del Jefe del Estado a quien anuncia su intención de emprenderla.

A medida que pasan los días resulta más incomprensible que el Rey Felipe se prestara a escenificar una normalidad institucional que si de verdad existiera le convertiría en cómplice inconsciente de una conspiración contra el orden constitucional. ¿Tan contagiosa es la estulticia del Estafermo como para que el Jefe del Estado se preste a blanquear con el detergente de la rutina protocolaria los cacareados propósitos de Mas de promover el incumplimiento de la legalidad y tomar a varios millones de españoles como rehenes de sus delirios? Y que no apelen los medios dinásticos a su semblante severo ni traten de amortizar ese error con su posterior advertencia de que los jueces han de aplicar la ley. Sólo faltaba que después del oprobio del Camp Nou le sonriera a Mas como en la foto del cochecito aquel o que no resaltara lo obvio ante los magistrados.

¿Tan contagiosa es la estulticia del Estafermo como para que el Jefe del Estado se preste a blanquear con el detergente de la rutina protocolaria los cacareados propósitos de Mas de promover el incumplimiento de la legalidad y tomar a varios millones de españoles como rehenes de sus delirios?

No se trata de que la Casa Real rompa los puentes institucionales con el Gobierno catalán -si hay que coincidir en un acto público se coincide- pero la audiencia podía y debía haberse aplazado al menos hasta después del 27-S. Faltaron reflejos para responder al condescendiente y perdonavidas “vengo en son de paz” de Mas y no hay mejor síntoma de la mala conciencia que debió quedar en la Zarzuela que la aparición del presidente de Cantabria ejerciendo de portavoz oficioso de la frustración del Rey una semana después.

Si en cuanto al fondo del asunto tuviéramos que basarnos en la aparente firmeza con que Rajoy insiste una y otra vez en que Cataluña no se separará de España, sus antecedentes en materia de bajada de impuestos, independencia judicial, modificación de la ley del aborto o respaldo a las víctimas del terrorismo deberían desatar todas las alarmas. La impresión general es que, en su redomada vagancia, en su olímpica abulia, en su aquietamiento existencial, volverá a irse de vacaciones un cuarto verano en el poder sin haber desarrollado plan de contingencia alguno para abortar la secesión.

Toda vez que Pedro Sánchez sigue sin enterarse de los argumentos que esgrimía Jiménez de Asúa para proclamar en nombre del PSOE la superioridad del “Estado integral” sobre el federalismo, sólo nos queda confiar en que, al cabo de tanta prosopopeya ferroviaria, sea el propio Mas quien haga descarrilar su expreso independentista. Dentro de ese género cinematográfico evocado por él mismo, la película a la que más tiende a parecerse la que se ha montado es de hecho El último tren a Katanga, ungida por Quentin Tarantino como antecedente de su manera de emplear la violencia como pathos narrativo. Y no porque su protagonista, Rod Taylor, sea el actor con el mentón achichonado más parecido al del líder de Convergencia, ni porque emprenda la misión bajo los auspicios de un ficticio presidente Ubi cuya rapacidad nos lleva al Ubu president de Boadella.

El paralelismo surge de la heterogénea recluta de los más audaces para ejecutar su golpe de mano y sobre todo de la mitificación del destino de su peligroso viaje. Como se recordará Katanga -con un peso relativo en demografía y riqueza similar al de Cataluña- trató de separarse de la República del Congo en 1960 cuando Bélgica le concedió la independencia. El presidente electo de la provincia, Moisés Tshombé, rompió unilateralmente con el gobierno de Lumumba -y contribuyó a su asesinato- alegando que su deriva marxista había arrastrado al país al caos.

Toda vez que Pedro Sánchez sigue sin enterarse de los argumentos que esgrimía Jiménez de Asúa para proclamar en nombre del PSOE la superioridad del “Estado integral” sobre el federalismo, sólo nos queda confiar en que, al cabo de tanta prosopopeya ferroviaria, sea el propio Mas quien haga descarrilar su expreso independentista

Era un buen argumento en el apogeo de la Guerra Fría y las minas de diamantes de Katanga constituían un señuelo de primer orden para todo tipo de intereses. Sin embargo, la comunidad internacional no picó en el anzuelo y ninguna potencia respaldó a los separatistas. Por el contrario la ONU envió a sus cascos azules a combatirlos y sofocó, al cabo de dos años de combates, la insurrección. Como telón de fondo legal quedó acuñada su doctrina de que el derecho de autodeterminación de los pueblos debe entenderse como protección de las minorías en el seno de los Estados constituidos y no como aval para romperlos.

No parece que exista ningún Gobierno de ningún país relevante que conceda hoy menos importancia a la integridad territorial de España que la que tenía hace medio siglo la de la República del Congo. Que no se siga engañando pues a los catalanes más incautos con el ejemplo de los nuevos Estados creados en Europa tras el desmoronamiento del imperio soviético. En primer lugar tendría que producirse un colapso equivalente de la Unión Europea. Y en segundo lugar hay que subrayar que incluso en ese contexto sólo hay dos modelos: la separación por mutuo acuerdo o la vía balcánica con su interminable reguero de destrucción y muerte.

Como ningún gobierno español aceptará nunca, bajo ninguna circunstancia, la secesión ilegal de Cataluña y cualquier acto de fuerza de la Generalitat sería contestado en el mismo plano -además del artículo 155, la Constitución también incluye el 116 que regula los estados de Alarma, Excepción y Sitio- con el respaldo sin fisuras de las instituciones europeas, el último tren a Katanga del comando de Artur Mas, con el chico de la colonia como adorno, sólo puede terminar en el fondo del barranco.

A esos efectos da igual que obtengan 60 o 120 escaños. Nadie puede disponer unilateralmente de lo que comparte con otro. Los diamantes de Katanga eran de todos los congoleños y la soberanía de Cataluña concierne a todos los españoles. Sólo una modificación de la Constitución que incluyera una Ley de Claridad como la de Quebec daría paso a hablar de procedimientos y porcentajes y es obvio que si para reformar un Estatuto de Autonomía se requieren los dos tercios de la cámara catalana, una decisión de alcance superior también exigiría una mayoría aún más cualificada.

¿No son conscientes de todo esto Mas, Junqueras y el chico de la colonia? Hay quien sostiene que lo que buscan es perder con dignidad -de ahí el artefacto de una candidatura apolítica liderada por un político distinto del que, emboscado en el cuarto puesto, seguiría en el poder en caso de victoria- pero corriendo el riesgo de pasarse de frenada como le ocurrió a Tsipras con el referéndum griego.

No tienen salida. La derrota les arrojaría al abismo por el lado de la vía del ridículo, la victoria los precipitaría por el flanco del suicidio. Su problema no es España sino el orden mundial. Por eso el epitafio que les recordará en el fondo del barranco dirá algo parecido al dedicado a una de las primeras víctimas del último tren de Katanga: “Le mató un arma china, pagada con rublos rusos, fabricada con el acero de una factoría alemana que construyeron los franceses, y transportada hasta aquí por una aerolínea sudafricana, subvencionada por los Estados Unidos”. Con la homologación de Bruselas, faltó añadir.

Pon las tuyas a remojar

ARPONERO BARBERO FINAL

No es la primera vez en la historia que un gobernante ha tenido la sensación de ser víctima de alguno de los refinados castigos que los dioses reservaban a quienes osaban desafiar su poder…

No es la primera vez en la historia que un gobernante ha tenido la sensación de ser víctima de alguno de los refinados castigos que los dioses reservaban a quienes osaban desafiar su poder. El conde-duque de Olivares se identificaba con Atlas, obligado a sostener sobre sus hombros el globo terráqueo, y no sería difícil asignar a tal o cual de sus homólogos, en uno u otro siglo, el papel de Sísifo levantando la piedra una y otra vez hacia la cima de la ladera, el de Tántalo con las relucientes manzanas del jardín de las Hespérides siempre a la vista pero nunca al alcance, el de Ixión atado a la rueda de los acontecimientos, el de Ocnos tejiendo eternamente la cuerda que se zampaba el burro del Estado o no digamos el de Ticio o Prometeo, encadenados mientras el buitre de la insidia iba devorando su hígado.

Ya le gustaría a Alexis Tsipras poder optar hoy por alguno de estos males con tal de eludir el que, sin otro artilugio que los propios útiles del oficio, parece haber sido diseñado expresamente para escarmiento de políticos temerarios. Y es que no cabe sadismo a la vez más refinado e implacable que el que viene aplicándosele al primer ministro griego desde que osó encender unilateralmente el fuego de la democracia y convocó el referéndum contra las exigencias de Bruselas para seguir financiando a su quebrado país.

Tsipras se comportó como si Grecia fuera aun un Estado soberano en el que la opinión pública supone la razón última del gobernante, fingiendo ignorar que el objeto de la consulta concernía, al menos en igual medida, a sus a la vez socios y acreedores. Incurrió en el eterno pecado de la hubris -el asaltaremos los cielos de la soberbia humana- y en toda la hubris le han dado Frau Merkel y sus 17 palanganeros.

Quien hasta hace dos semanas era percibido como un rebelde ciclópeo que atemorizaba al continente con sus machadas y amenazas, está quedando retratado ahora como un cretino político a merced de la autoridad competente. Y no me digan que, a propósito de castigos divinos, eso evocaría al impuesto por Apolo al rey Midas cuando cambió sus orejas por las de un asno, porque ya quisiera Tsipras tener a cambio el don de convertir en oro lo que tocara.

No, su única corona es la del Olimpo de los tontos, pues su admisión de que ni siquiera contaba con un plan viable para sustituir el euro por el dracma prueba que no sólo ha estado engañando a los griegos sino engañándose a sí mismo. Así es como cobra sentido la dimisión de Varoufakis a la mañana siguiente de ganar el referéndum. En el fondo los líderes de Syriza debían saber que lo que les convenía era perder el plebiscito -que triunfara el “sí”- para poder dar un heroico paso atrás, dejar a otros la gestión del embolado del tercer rescate y volver a quedar en la reserva con la aureola de los rebeldes con causa.

Lo que era inmanejable era su victoria porque la partida pasaba a jugarse en el tablero del Bild Zeitung, las cadenas de televisión y las encuestas alemanas. Opinión pública por opinión pública siempre iban a pesar más los 83 millones de un país opulento -y eso sin contar a sus satélites- que los 11 de uno en las últimas.

Tras el insolente desafío en las urnas, la negociación entre tecnócratas se transformaba así en un ajuste de cuentas que requería no de la derrota sino de la humillación de Grecia, obligada a pasar bajo las horcas caudinas de unas condiciones draconianas. Y el justo castigo a la perversidad, o más bien a la idiotez política, de Tsipras está siendo obligarle a liderar la rendición incondicional de su pueblo, compareciendo cargado de cadenas, uncido al carro del triunfo de la Europa de los Mercados –Vae victis– entre el estupor de los propios -cócteles molotov en la calle, cisma en Syriza en el parlamento- y el regocijo de los ajenos.

 

El justo castigo a la perversidad, o más bien a la idiotez política, de Tsipras está siendo obligarle a liderar la rendición incondicional de su pueblo, compareciendo cargado de cadenas, uncido al carro del triunfo de la Europa de los Mercados

 

Nadie encontrará en este análisis ni comprensión ni disculpa tras la irresponsable necedad de Tsipras. Que ahora invoque que nadie ha pasado por un “dilema de conciencia” como el suyo no inspira ninguna pena. Me alegro de que quienes hasta la propia víspera del referéndum le hacían la ola a Sietemachos Varoufakis cuando llamaba “terroristas” a los líderes europeos, hayan quedado engullidos en su propio maremoto y floten hoy como detritos de un oceánico ridículo. Pero no puedo sentirme cómodo en mis convicciones liberales con el ensañamiento del que están siendo víctimas las instituciones griegas, al ser sometidas a un público auto de fe, encañonadas por el grifo del Banco Central Europeo.

ARPONERO BARBERO FINAL
Ilustración: Javier Muñoz

Los peores augurios de que el euro se convirtiera en ese castillo monetario de “irás y no volverás” al que me refería hace dos semanas, se están cumpliendo. Si Atenas hubiera conservado el dracma, los griegos habrían ido empobreciéndose paulatinamente mediante sucesivas devaluaciones pero no se habrían encontrado nunca entre la espada de un diktat insoportable y la pared de una bancarrota segura. Si Tsipras no pasaba por el aro como una fiera domesticada, los bancos cerrados se hubieran transformado en bancos quebrados, dando paso al colapso del Estado y a un escenario de caos social. Ni siquiera hubiera podido pagar a la policía para defenderse de los suyos.

A la hora de la verdad las supuestas alternativas basadas en la ayuda rusa se diluyeron en el aire. Bastó con que le enseñaran el Big Bertha de la expulsión del euro para que el gobierno griego capitulara incondicionalmente, reproduciendo amargos episodios de la historia centroeuropea de hace 80 años, que renuncio a evocar para no ser tildado de pintor de brocha gorda.

¿Era imprescindible imponer un ultimátum de 72 horas para la aprobación por el Parlamento griego de las medidas de ajuste duro rechazadas por el pueblo en las urnas? ¿Resultaba realmente necesario obligar a constituir ese fondo de activos públicos por valor de 50.000 millones bajo supervisión comunitaria como garantía de futuros pagos? ¿Significará esto que los bancos alemanes terminarán siendo los dueños de unas cuantas islas griegas, y quién sabe si del propio Partenón, en el caso de que se vuelva a desatender el servicio de la deuda o acaso Tsipras y sus ministros deberán ingresar como prenda física en una de aquellas cárceles para morosos abolidas por la Revolución Francesa?

La propia escenificación del trágala en una interminable reunión de líderes europeos insomnes, polarizados entre el policía alemán malo (Schäuble) y el policía alemán bueno (Merkel), denota la falta de mecanismos racionales de decisión en una Europa reducida a teatro de la hegemonía de una de sus partes. El propio Der Spiegel reprochaba hace poco a la canciller que, aun conservando la retórica paneuropea de Kohl, en la práctica ha sustituido la construcción política de la UE por un “imperialismo pedagógico” destinado a imponer, a base de exigentes rescates, sus propios valores calvinistas de rigor presupuestario y control del déficit al resto de los miembros.

En el momento en que la técnica del afeitado en seco que funcionó para España, Portugal e Irlanda ha encallado en la rugosa piel de la sociedad griega, la señora Merkel se ha transformado en el remedo político de Sweeney Todd, aquel barbero diabólico de Fleet Street que degollaba a sus víctimas cuando pasaban por su establecimiento a que les hiciera un arreglo y las convertía luego en el picadillo del pastel de carne que vendía en un restaurante anexo. Ese es el menú que desde Berlín y Bruselas se ofrece ahora a la comunidad financiera: de primero carpaccio de Alexis en láminas muy finas, de segundo estofado a la Tsipras y de postre souflé de Syriza.

Al reconocer que no tiene más remedio que aplicar unas medidas en las que ni él ni sus conciudadanos creen, el jefe del Gobierno de Atenas está levantando acta no sólo de su propia defunción política sino de que Grecia ha dejado de existir como Estado independiente. Lo cual tendría sentido si su soberanía hubiera quedado voluntariamente diluida en la de unos Estados Unidos de Europa cuyo gobierno democrático aplicara políticas fiscales uniformes para amortizar la deuda de todos, asumida como carga común. Así actuaría la solidaridad propia de una unión política en la que la moneda única fuera el escaparate de una realidad previa.

A falta de todo ello los actores políticos de los países de la zona euro se dividen en resignados zombis al servicio de los designios de quien manda y clientes potenciales de la barbería de Sweeney Merkel. Reducido a la mudez en los pasillos y antesalas comunitarias -los estafermos no hablan inglés-, Rajoy es el más dócil y servicial de los primeros. Sujeta la bacinilla y los útiles de afeitar a la barbera o limpia con la fregona el rastro de sus sanguinarios alardes sin que ello requiera contraprestación alguna. Y si hasta la propinilla de la presidencia del Eurogrupo para un paisano recomendado se le niega, pues qué le vamos a hacer. Otra vez será. De momento él sigue empleado ahí.

 

Los actores políticos de los países de la zona euro se dividen en resignados zombis al servicio de los designios de quien manda y clientes potenciales de la barbería de Sweeney Merkel. Reducido a la mudez en los pasillos y antesalas comunitarias -los estafermos no hablan inglés-, Rajoy es el más dócil y servicial de los primeros

El segundo grupo es el de los insensatos que, creyéndose capaces de alterar los términos o fronteras de la pax germana impuesta sobre la eurozona, caminan alegres y confiados hacia un inexorable destino tragicómico. Cuando las barbas de Alexis veas pelar, pon las de Pablo a remojar. Zas, zas, un par de tijeretazos y adiós Coletas. Y que vayan contestando Mas, Junqueras y el tal Romeva -que por algo dicen que se parece a Varoufakis- cuantos días aguantaría su pulso independentista con los bancos catalanes cerrados por falta de liquidez o de solvencia. El soberanismo identitario hace lo suficientemente memos a sus comulgantes como para tragarse la añagaza de la lista única de partidos adversos y políticos despolitizados pero, como en el caso de Grecia, lo que tu decidas es irrelevante si no encaja en lo que decidan los demás.

A falta de mejores argumentos, Rajoy ya se ha apresurado a poner el paralelismo tanto ante las narices de Podemos como ante las del orfeón independentista. Sería preferible no tener que recurrir a ello y que nuestra democracia se bastara y sobrara para cerrar el paso mediante la persuasión y la aplicación de la legalidad a ambos tipos de populismo. Pero con un liderazgo como este y una inteligencia institucional como la que permite que alguien pueda anunciar un martes que va a destruir España y sea el viernes recibido en audiencia oficial por el Jefe del Estado -¿rememoraron juntos la pitada del Camp Nou o sólo miraron hacia el abismo?-, ya no nos queda casi sino confiar, compungidos, en la protección de la navaja ordenancista de Frau Merkel. Porque como canta el Figaro asesino en la película de Tim Burton “no hay más que dos tipos de personas: las que están en su sitio y las que te ponen el pie en la cara”. Y alguien tendrá que obligar a estas a volver a meterlo en el tiesto.

 

 

 

Nuestro sirtaki

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“Violar las grandes leyes de la naturaleza es un pecado mortal, no debemos apresurarnos o resistirnos sino obedecer el ritmo eterno”, le dice Zorba el Griego a su “patrón” británico. Y para demostrárselo le enseña a bailar el sirtaki.

La mayoría de quienes hace medio siglo se levantaron de las butacas de las salas cinematográficas fascinados por este final trepidante de la laureada película, creyeron que esa danza in crescendo, basada en cruzar los pies con la mano apoyada sobre el hombro de cada compañero de fila, era parte del folklore tradicional griego. Eso mismo piensan los turistas que, a pesar de la incertidumbre sobre si a partir de este lunes les darían el cambio en euros o dracmas, han seguido disfrutando de las alegres veladas en las tabernas de Atenas.

La verdad es que, aunque su fuente de inspiración fueran los ritmos lentos del “sirthos” y los rápidos del “pidikhtos”, el compositor Nikis Theodorakis inventó un baile completamente nuevo como plataforma de lucimiento para su subyugante banda sonora. Como si de una profecía autocumplida se tratara, el sirtaki se ha convertido 50 años después en una seña tan tópica de la identidad griega como las corridas de toros o el flamenco lo son de la española.

No es pues la primera vez que algún escritor u humorista gráfico representa con este baile la recurrente crisis griega en el seno de la UE. Sánchez Merlo lo acaba de hacer en este blog en uno de sus atinados comentarios y recuerdo un chiste en el que las autoridades comunitarias obligaban a Papandreu a bailar hasta reventar y otro en el que al efímero Papademos, sujeto entre Merkel y Sarkozy, no le llegaban los pies al suelo. Pero sí es la primera vez en que, por la inmediatez de nuestras elecciones generales, procede representar a los principales actores de la política española fatídicamente encadenados entre sí por la danza de Zorba.

La dificultad del sirtaki político radica en mantener el “ritmo eterno” que no es otro sino el que marca la orquesta de los acontecimientos. No sirve pues ni acelerar revolucionariamente el curso de la Historia como pretende Pablo Iglesias, ya que el riesgo de descarrilamiento es palmario, ni permanecer estólido, fingiendo el movimiento a base de arrastrar los pies, como viene siendo la costumbre de Rajoy.

Situados en los extremos de la fila, uno y otro sólo disponen de un punto de apoyo o ligamento y eso propicia que puedan perder el compás y el equilibrio. Como bien saben los aficionados al ciclismo, igual riesgo de caerse tiene quien olvida el control de su máquina al lanzarse alocadamente al sprint como quien se queda demasiados segundos clavado sobre la pista, cual pasmarote sobre ruedas, a la espera de lo que hagan sus rivales.

nuestro sirtaki 4

La crisis griega ha retratado muy bien a Iglesias y a Rajoy. El uno se apuntó con entusiasmo al “no” en el referéndum –festejándolo casi a la vez que Marine Le Pen– y el otro apostó sin rubor por el Grexit, importándole poco que la patada en el trasero de los griegos se la pudiera dar la UE en el futuro de todos. El uno trataba de capitalizar el órdago demagógico al orden establecido y el otro el castigo implacable al transgresor. Al aprovechar el “no” para aplicar medidas al menos tan duras como las que implicaba el “sí”, Tsipras les ha dejado a ambos compuestos y sin relato.

¿Qué sería del Coletas sin el Estafermo y a la recíproca? Ambos se retroalimentan en la añeja dinámica de las dos Españas. Ni los crecientes escrúpulos de buena parte de sus propios compañeros de viaje ante el cesarismo de Iglesias y su Mesalina de quita y pon, ni la gélida advertencia de Aznar de que hasta en su miedo manda él, les arredra lo más mínimo. El uno tiene que asaltar el cielo y el otro el cuarto de estar de su vivienda unifamiliar para satisfacer a sus respectivas clientelas.

Todo sería distinto si Rajoy hubiera cumplido sus promesas electorales, ejecutando el claro mandato que recibió de las urnas y manteniendo a una mayoría social cohesionada en torno a los valores liberales de la clase media que confió en él. Incluso si ahora entendiera el mensaje que por tres veces le ha remitido su base social –europeas, andaluzas, municipales– y renunciara a ser candidato a la Moncloa por cuarta vez.

Si este fin de semana, en vez de la improvisada Convención para promocionar a los sobrinos del Pato Donald –Pablito, Jorgito y Andreíta– que han sustituido a Hernández y Floriández y volver a adular a un jefe en el que no creen, las mesnadas del PP celebraran unas primarias limpias y abiertas para elegir un nuevo candidato a la Moncloa, sus posibilidades de éxito electoral se dispararían exponencialmente. Dejarlo para la próxima, igual que hacía el felipismo con las medidas anticorrupción que indultaban políticamente a cada hornada de consentidores, supone aplazar también la resurrección.

 

¿Qué sería del Coletas sin el Estafermo y a la recíproca? Ambos se retroalimentan en la añeja dinámica de las dos Españas… El uno tiene que asaltar el cielo y el otro el cuarto de estar de su vivienda unifamiliar para satisfacer a sus respectivas clientelas.

No es cambiando de actores de reparto o reemplazando su logotipo por una señal de tráfico, en la que parece que pone Prohibido Pasar, como tendrán sus males remedio. Sólo les faltaba aclarar que el nuevo símbolo es “minimalista” –como todo lo que se cuece ahí– y que han cambiado la gaviota por el charrán que, según el diccionario antes que “ave marina” es “pillo o tunante”.

Con Rajoy como símbolo y tapón de la vieja política, sustentado tan sólo en los pelotas del grupo parlamentario que anhelan repetir y en los capos mediáticos que le sirven de bochornoso aguamanil a la espera de concesiones, fusiones y demás favores in articulo mortis, nada permite predecir que habrá tres sin cuatro. Y menos si el aun jefe de Gobierno insiste en pasar del plasma a la logorrea, como si de repente tuviera que “darse a conocer”, tal y como aviesamente recomendó González a Almunia. De resultas de esa nueva estrategia ya ha quedado claro que nuestro gran endeudador ni siquiera se sabe la dimensión del agujero que genera.

Tampoco es imaginable, y menos si cuaja lo de Ahora en Común, que Podemos vaya más allá de la mítica barrera del 20%. Alcanzarla ya sería una hazaña política, a la vez que un grave indicio de desquiciamiento colectivo. De ahí que quien quiera estudiar los escenarios postelectorales más verosímiles debe fijarse en los dos bailarines que llevan el paso en los puestos interiores de la fila del sirtaki. Un Pedro Sánchez que mantiene alianzas con Podemos y Ciudadanos y un Albert Rivera que ha pactado con el PSOE y el PP. Uno y otro han dado síntomas de sentido común durante la crisis griega, poniendo primero objeciones al referéndum trampa de Tsipras, apostando luego por el “sí” y abogando desde el lunes por un acuerdo sobre el tercer rescate como mal menor.

Especialmente notable me parece la habilidad con que el líder socialista está logrando escabullirse del cliché de radicalismo que los portavoces del PP han tratado de explotar a raíz de sus pactos con Podemos. Las alcaldías de grandes ciudades han sido el peaje que ha tenido que pagar Sánchez si quería afianzar su liderazgo y candidatura, contraponiendo al poder territorial de Susana Díaz el de barones como Vara, Page, Puig, Armengol o Lambán. Sólo en el caso valenciano tenía alternativa, por muy alambicada que fuera, y es una lástima que no jugara a fondo la baza del pacto con Ciudadanos y la abstención del PP.

Hubiera sido una especie de ensayo general del que se perfila como uno de los escenarios más probables tras los comicios. Desde luego el nombramiento de Jordi Sevilla como responsable económico del gobierno en la sombra de Sánchez no apunta hacia un Frente Popular sino a un pacto de centro izquierda con Rivera. Tal vez por eso el ex ministro ha recibido muchas más llamadas de felicitación –y alivio– de grandes empresarios que cuando sus “dos tardes” con Zapatero.

Tampoco la iniciativa de reforma constitucional del PSOE, en la que hay propuestas razonables junto a otras tan nefastas como el blindaje de la inmersión lingüística, parece orientada a entenderse con la izquierda radical. Si el PSOE obtiene un escaño más que el PP, el pacto con Ciudadanos –desmochando estos residuos tóxicos de la colaboración con los nacionalistas, bajo el sauce de la bandera nacional– estaría servido. Incluso si el PP fuera el más votado, pero existiera una mayoría aritmética de izquierdas, sería más probable la investidura de Sánchez con el apoyo de Rivera y la abstención de los populares. Eso daría paso a una legislatura de inestabilidad pero en la que resultaría inimaginable una moción de censura apoyada a la vez por Podemos y el PP.

El nombramiento de Jordi Sevilla como responsable económico del gobierno en la sombra de Sánchez no apunta hacia un Frente Popular sino a un pacto de centro izquierda con Rivera.

Caben otras dos hipótesis: la poco consistente de que Ciudadanos esté levemente por encima del PSOE y el binomio se forme para investir a Rivera y la más verosímil de que el PP ponga distancia de por medio en lo que queda de legislatura y sea con diferencia la lista más votada y el grupo parlamentario con más escaños. En ese caso funcionaría el precedente de la Rioja y Rivera pondría como condición para completar una mayoría de centro derecha que el presidente no fuera Rajoy. Eso mismo plantearía el PSOE en el enrevesado escenario de que Ciudadanos fuera irrelevante y se hablara de una gran coalición.

De todo ello se deduce que sólo si el PP repitiera mayoría absoluta o algo parecido podría considerarse asegurada la investidura de Rajoy. Teniendo en cuenta que para ello tendría casi que duplicar su actual intención de voto, resulta todavía más difícil de entender el empecinamiento del jefe del Gobierno en concurrir por cuarta vez al frente de la candidatura conservadora. Marcado para siempre por sus SMS de complicidad a Bárcenas, su rechazo popular es altísimo, carece de respaldo social espontáneo alguno y hasta la persona que le designó le ha invitado a dejar paso a otro en los términos que la urbanidad política permite. Pero por acabar con una cita del mismo Zorba existencialista y cazurro con el que empecé, “no sirve de nada golpear en la puerta de un sordo”. Y no digamos nada si es alguien que se lo hace.

La Moneda de Irás y No Volverás

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Que Luis de Guindos dijera el lunes a las 8,55 en Radio Nacional que no había riesgo de que la crisis griega contagiara a España y que a las 9,05 el Ibex cayera un 5% y la prima de riesgo subiera un 40 no tiene nada de particular. Lo de siempre: los políticos engañando al personal y los mercados abofeteándonos con la realidad.

Que Luis de Guindos dijera el lunes a las 8,55 en Radio Nacional que no había riesgo de que la crisis griega contagiara a España y que a las 9,05 el Ibex cayera un 5% y la prima de riesgo subiera un 40 no tiene nada de particular. Lo de siempre: los políticos engañando al personal y los mercados abofeteándonos con la realidad. El ciudadano lo tiene descontado. Otra cosa es que la UE disponga ya de mecanismos para amortiguar el contagio y que sea más fácil hacerlo en la parte expansiva de un ciclo económico, como es el caso.

Mucho más me llamó la atención la sentencia campanuda del ministro de Economía, descartando la salida o expulsión de Grecia de la moneda única, por la que tantas voces siguen apostando: “En el euro se entra pero no se sale“. Si esto fuera así estaríamos asistiendo a una gran farsa en la que el irresponsable gobierno Tsipras–Varoufakis trataría de doblarle el pulso a la UE para dejar de pagar sus deudas, mientras la señora Merkel y la Comisión Europea intentarían cargarse al irresponsable gobierno Tsipras–Varoufakis para mantener a los griegos atrapados en un modelo inviable.

Rubén Lapetra, jefe del área de Economía de EL ESPAÑOL, citaba el otro día el informe del Royal Bank of Scotland según el cual la salida de Grecia de la moneda única costaría a los demás miembros de la UE 240.000 millones de euros, casi el doble que la opción más onerosa que se baraja para reestructurar su deuda. Pero mucho más importante todavía que el coste económico, sería el político. Y así quedó de manifiesto en la llamada de Obama a Merkel. Su sentido fue muy claro: cuidado con desestabilizar el vientre oriental de Europa. Si una Grecia repudiada por la UE saliera de la OTAN y se arrojara en brazos de Rusia, el equilibrio geopolítico mundial se tambalearía en este momento crítico en el que el jihadismo golpea a las sociedades libres desde fuera y desde dentro.

La salida de Grecia de la moneda única costaría a los demás miembros de la UE 240.000 millones de euros, casi el doble que la opción más onerosa que se baraja para reestructurar su deuda. Pero mucho más importante todavía que el coste económico, sería el político.

Esa llamada apelaba al pacto tácito que supuso el respaldo norteamericano a la reunificación de Alemania. No se trataba de auspiciar la reaparición de una superpotencia continental sino de impulsar definitivamente la unidad política de Europa. El papel de Alemania consistía en asumir esa tarea como propia, haciendo de gozne entre el este y el oeste, y Grecia queda obviamente dentro del perímetro de su responsabilidad.

El problema es que el camino elegido en el tratado de Maastricht no sólo supuso iniciar la casa por el tejado sino que privó al edificio del más elemental dispositivo contra incendios: los fusibles de las monedas nacionales que a falta de una política económica homogénea protegían cada habitación, cada Estado nación, frente a los errores y tonterías de sus gobernantes o sus debilidades estructurales específicas.

La ortodoxia constructora requería un proceso inverso, de forma que la progresiva democratización de las instituciones europeas hubiera propiciado la transferencia de competencias y la adopción de políticas fiscales comunes, según el principio de “no taxation whitout representation”. Solo entonces, una vez emanado de las urnas un auténtico gobierno federal europeo,  con autoridad para imponer la disciplina presupuestaria y mecanismos de intervención preventiva sobre las economías nacionales, tenía sentido crear la moneda única como escaparate de la realidad y expresión final de la soberanía compartida.

Eso implicaba también, naturalmente, la mutualización final de la deuda de cada país como deuda europea. Era la contrapartida a la dote que en forma de territorio, consumidores y contribuyentes aportaba cada socio a ese matrimonio múltiple. A corto plazo unos habrían salido ganando y otros perdiendo pero al final todos se habrían beneficiado de la creación de una potencia mundial como los Estados Unidos de Europa, capaz de prolongar la concentración de riqueza y la tutela del Estado de bienestar en el viejo continente. Para España habría supuesto además la dilución del oxidado problema nacionalista del siglo XIX en una construcción política acorde con la globalización del siglo XXI.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

Desgraciadamente, aunque los grandes desafíos son planetarios, los mercados políticos son nacionales –a menudo regionales– y la proclividad de los políticos mediocres no es otra que estimular el egoísmo miope de los votantes. En la Europa contemporánea faltan líderes con la envergadura y valentía necesarias para impulsar el gran proyecto federal transnacional que fortalecería las libertades y garantizaría la prosperidad del solar de las civilizaciones clásicas. Deberían ser Tony Blair, Sarkozy, Aznar, González o la propia Merkel –o sea los políticos más conocidos del continente– quienes compitieran en las urnas por liderar unas instituciones europeas de indiscutible primacía sobre las nacionales.

La ambigüedad del papel del BCE, teóricamente encargado de velar tan sólo por la estabilidad monetaria pero en la práctica obligado a servir de bombero con sus diversas modalidades de manguerazo, ilustra bien la indefinición del proyecto europeo. Es verdad que algo se ha avanzado en la definición de la unión bancaria que desembocará –ya veremos cuando– en la dotación del Fondo Europeo de Garantía de Depósitos. Pero en conjunto cualquiera diría que todos los convocados al proyecto comunitario están siendo víctimas de una europarálisis, equivalente a la que sufrían los salpicados por el polvo de la hechicera que gobernaba el Castillo de Irás y No Volverás en uno de nuestros más subyugantes cuentos infantiles.

Con la señora Merkel al frente, la moneda única se ha convertido en ese recinto del que, como dice Guindos, “se entra pero no se sale”, pues si permanecer en su interior puede ser muy desagradable, la salida o expulsión de un miembro tendría un coste inasumible para el afectado y desencadenaría probablemente explosiones en cadena que desembocarían en la propia destrucción del castillo. La respuesta a los “shocks asimétricos” de los últimos años -Portugal. Irlanda, España, Chipre y por supuesto Grecia- ha pasado siempre por la dura terapia de los rescates en los que la liquidez y la solvencia se han pagado en forma de ajustes y recortes.

En conjunto cualquiera diría que todos los convocados al proyecto comunitario están siendo víctimas de una ‘europarálisis’, equivalente a la que sufrían los salpicados por el polvo de la hechicera que gobernaba el Castillo de Irás y No Volverás.

Algunas veces esos ajustes y recortes han venido acompañados de medidas estructurales positivas –la reestructuración bancaria y la reforma laboral en España– pero no han dejado de suponer una huida hacia adelante en la medida en que no han cambiado ni las reglas del juego en la UE ni los fundamentos de unos Estados ya habituados a doparse con el déficit y la deuda pública. Si examinamos con ecuanimidad el balance económico de esta legislatura en España, veremos que la disminución del déficit se ha compensado con el incremento de la deuda y que en materia de paro e impuestos Rajoy está ya cerca de alcanzar el inmenso logro de volver al que para él fue el punto de partida.

Pese a que sus necesidades han sido en términos relativos mucho mayores que las de los otros países que han necesitado ayuda –algo así como el 130% de su PIB–, la dimensión de Grecia hacía digerible el esfuerzo de mantenerla con la respiración asistida del segundo rescate y permitía afrontar incluso un tercero. Hacia ello iban encaminadas las negociaciones dinamitadas por la abrupta convocatoria del referéndum de este domingo. Según explica Juan Sanhermelando –recién fichado por EL ESPAÑOL como corresponsal europeo– los acreedores estaban dispuestos a hacer “importantes concesiones” a Grecia, pese al mal estilo faltón y bocazas de Varoufakis, hasta que Tsipras dio una patada al tablero con el todo o nada de lo que en realidad es un plebiscito sobre su gobierno.

Se trata de un órdago que ha encendido todas las alarmas en la medida en que pone en riesgo el propio modelo artificial de una unión monetaria sin unión política. Si hoy ganara el “No” y eso conllevara la salida de Grecia del euro, quedaría establecido un precedente que estimularía a los tiburones financieros a abalanzarse sobre los países más endeudados como Italia o España, bajo la presunción de que en un determinado momento también podrían ser abandonados a su suerte.

Estamos ante una situación límite y en cierto modo insólita. ¿Qué hacer cuando dos de los instalados en el castillo de la bruja no han quedado lo suficientemente narcotizados por los polvos de la corrección política y, además de protestar, comienzan a dar patadas al mobiliario y a romper vidrios y jarrones? Mi enmienda es a la totalidad del proceso, pero si nos atenemos a sus reglas es el gobierno de Syriza y no la UE quien está actuando con intransigencia suicida, utilizando a los ciudadanos de su país como rehenes. Como ha escrito otra habitual de los pasillos de Bruselas,  nuestra subdirectora María Ramírez, “por una vez hasta Juncker suena sereno”.

Llegados a este punto lo que busca Bruselas no es echar a Grecia del euro sino echar a Tsipras y Varoufakis de Grecia. Esa sería la consecuencia de que hoy ganara el “Sí” y se convocaran nuevas elecciones, tras las que se recompensaría la vuelta al realismo. Todos los gobiernos que tendrán que vérselas en las urnas con alternativas populistas, desde luego el de Rajoy, respirarían aliviados.

Lo que busca Bruselas no es echar a Grecia del euro sino echar a Tsipras y Varoufakis de Grecia. Esa sería la consecuencia de que ganara el “Sí” y se convocaran nuevas elecciones, tras las que se recompensaría la vuelta al realismo.

El triunfo del “No” nos abocaría por el contrario hacia una imprevisible terra incógnita. El dilema sería terrible para la Unión Europea pues una mayor flexibilidad ante una Syriza reforzada mostraría la utilidad del radicalismo y la confrontación a la tremenda, elevando la factura de los demás países y alimentando el euroescepticismo en Alemania y la eurofobia en Francia. El contexto perfecto para que el Reino Unido abandonara la UE.

Mantener por el contrario la firmeza tras un “No”, implicaría la implosión de la economía griega –del corralito solo saldrían dracmas para pagar deudas en euros– y con ella la del mito de la irreversibilidad de la hoja de ruta iniciada contra natura con la moneda única. Si se demostrara que en el Castillo de Irás y No Volverás también hay una puerta de salida, pronto contemplaríamos desmoronarse sus almenas, derrumbarse sus torres y derruirse sus paredes hasta verlo desvanecerse por entero en el aire como toda convención consciente fruto de la fantasía humana.

Los sondeos sugieren que unos miles de votos inclinarán la balanza. Pocas veces tan pocos nos han tenido tan en vilo a tantos.

 

El rugido del león

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Han pasado sólo unas horas desde el final de la primera Junta General de EL ESPAÑOL y es inevitable escribir bajo el impacto emocional de lo ocurrido en el Palacio de Congresos de Ifema, en Madrid. Ha sido el segundo gran hito de la previda de nuestro diario. Si el primer trimestre del año se cerró con el éxito de la campaña en la que batimos con creces el récord del mundo de crowdfunding periodístico, el segundo trimestre concluye ahora con la mayor Junta General de la historia de los medios de comunicación en España.

Han pasado sólo unas horas desde el final de la primera Junta General de EL ESPAÑOL y es inevitable escribir bajo el impacto emocional de lo ocurrido en el Palacio de Congresos de Ifema, en Madrid. Ha sido el segundo gran hito de la previda de nuestro diario. Si el primer trimestre del año se cerró con el éxito de la campaña en la que batimos con creces el récord del mundo de crowdfunding periodístico, el segundo trimestre concluye ahora con la mayor Junta General de la historia de los medios de comunicación en España. Ojala lleguemos a tiempo para que el tercer trimestre termine con EL ESPAÑOL ya en todos los teléfonos móviles, tabletas y ordenadores.

Ante una multitudinaria y efervescente concurrencia que representaba más del 83% del capital en manos de nuestros 5.624 accionistas hemos cumplido los requisitos de la Ley de Sociedades Anónimas dando cuenta de nuestra próspera situación económica, hemos presentado al equipo periodístico y de gestión y hemos destapado algunas de las principales bazas de la que será nuestra estrategia editorial. Ahora hablaré de ellas.

Personalmente me siento muy orgulloso y feliz de haber sido ratificado por la Junta General como director del periódico. Hemos querido que fuera así para subrayar que EL ESPAÑOL sólo se debe a sus accionistas y nunca se someterá a ningún otro poder. Justo cuando se acaban de cumplir 35 años de mi nombramiento como director de Diario 16 y al cabo de un cuarto de siglo al frente de El Mundo, afronto el reto como una especie de tercera salida de Don Quijote. No en vano decía Alfred de Vigny que “una gran vida, una vida plena es aquella que culmina con la defensa en la madurez de los ideales de la juventud”.

Somos conscientes de las expectativas que EL ESPAÑOL está despertando. Por algo las escuelas de negocios nos presentan ya como un caso de éxito, nuestros periodistas son invitados a los grandes foros internacionales, los gigantes del sector nos piden relaciones y hasta la Columbia Journalism Review, oráculo de Delfos del periodismo mundial, nos presenta como ejemplo de lo que está cambiando para bien en España.

Para hacer frente a esas expectativas estamos formando el mejor equipo editorial y de gestión de la prensa española. Nuestros accionistas han conocido a sus miembros y han podido conversar con ellos. Desde el vicedirector a la becaria. Una redacción que cuenta con un periodista integral como Fernando Baeta, una especialista en tribunales cuyo rigor y tenacidad sirve de ejemplo a los jóvenes como María Peral, una narradora y analista de la talla de Ana Romero -recomiendo vivamente su best seller Final de Partida-; una subdirectora como María Ramírez -atención a ella- que vuelve a España tras una brillante carrera como corresponsal; un ganador del premio García Márquez -el Pulitzer en castellano- como Eduardo Suárez, al frente de un equipo de reporteros de su talla; un jefe de Opinión de la solvencia de Vicente Ferrer-Molina; un jefe de Ilustración como este Javier Muñoz que todos los domingos -y hoy no podía ser menos- nos deslumbra con su magia y con su épica; un especialista en el periodismo de investigación con importantes éxitos en su haber como Daniel Montero; un responsable del área económica tan reputado como Rubén Lapetra; diseñadores del talento de David Domínguez y Salugral Adriana; jóvenes periodistas con experiencia de la proyección  de Pablo Romero, Jordi Pérez Colomé, Daniel Basteiro o Ana I. Gracia, a la que la Asociación de la Prensa acaba de premiar como la mejor de su generación… Una redacción así está elegida para la gloria. Es decir para servir a los ciudadanos devolviendo al periodismo la dignidad y la trascendencia que los gobernantes y sus aliados plutocráticos han tratado de arrebatarle al pairo de la crisis del sector. Si han logrado a veces poner al periodismo de rodillas, ahora volveremos a estar de pie.

Ilustración: Javier Muñoz
Ilustración: Javier Muñoz

Quedan nombres muy importantes por incorporar. Alguno de ellos ha trascendido en las últimas horas. Es el caso de la gran especialista en Grecia María Angela Paone, del reportero internacional Nacho Carretero, del mejor especialista español en periodismo de datos Antonio Delgado, o sobre todo de mi querido Esteban Urreiztieta el hombre cabal, inteligente, minucioso y valiente que, en compañía de Eduardo Inda, destapó la corrupción en Baleares y cambió el rumbo de la vida nacional con los casos Urdangarín y Pujol. Durante meses he soñado día y noche con su fichaje y muy pronto estará con nosotros, proporcionándonos tardes memorables.

Será un equipo de leyenda que acelerará la transición del viejo periodismo al nuevo periodismo. No destinaremos ni un euro a pagar a la industria papelera, los impresores o los transportistas puesto que todos los recursos se aplicarán a la búsqueda de la excelencia en los contenidos. Ese será nuestro obsesivo empeño acorde con la propia razón social de No Hace Falta Papel S.A.

Contamos para afrontarlo con un gran departamento de tecnología encabezado por Mabel Cobos, a la que hemos dedicado muy justas alabanzas, y de un fantástico equipo de marketing liderado por Leticia Lombardero, interlocutora habitual de accionistas y suscriptores. Pero sería imposible afrontar un desafío de tanta magnitud sin la fuerza y el carisma de nuestra consejera delegada Eva Fernández -ya he dicho que nunca he conocido a nadie de su nivel en el sector- y del que será nuestro Vicepresidente y responsable comercial Alejandro de Vicente, cuando pueda incorporarse a la compañía la próxima semana. Con ellos estarán también los mejores en el desarrollo del negocio. Alejandro y yo ya fuimos compañeros de fatigas tanto en Diario 16 como en El Mundo y pocas garantías hay en el sector como su prestigio y su capacidad de entender la evolución constante de nuestra actividad.

Según Arthur Miller “un buen periódico es una sociedad hablando consigo misma”. La tecnología permite que esta metáfora se haga ahora realidad. En la Junta General hemos desvelado el funcionamiento del Botón del Accionista como instrumento de participación colectiva en el proceso de toma de decisiones. Cada uno de los 5.624 accionistas podrá evaluar de 1 a 5 puntos cada historia o artículo de opinión y en la redacción conoceremos en tiempo real sus opiniones. Vamos a poner en marcha, además, el llamado Blog del Suscriptor que proporcionará a cualquiera que se sume a nuestro proyecto la oportunidad de intervenir en el debate articulado de la actualidad.

EL ESPAÑOL desarrollará un modelo de negocio mixto basado tanto en los ingresos por publicidad como por suscripciones. Cualquiera podrá acceder gratuitamente a través de nuestra web al menos a 25 contenidos al mes pero los suscriptores no solo tendrán barra libre ilimitada, sino que recibirán cada noche una edición de EL ESPAÑOL, equivalente a las que se distribuyen a través de Orbyt o Kiosko y Mas. Además, y esto será suculento, tendrán acceso a las ventajas de lo que llamaremos Zona Ñ: entradas para el palco de EL ESPAÑOL en el Bernabéu, en el Calderón, en el pabellón de baloncesto donde juega el Real Madrid o en el Teatro Real; entradas para otros estadios y coliseos, películas de estreno gratuitas, descuentos especiales en Amazon… en fin todo un jardín de las delicias para los escogidos –“oh you, happy few…”–  que formen parte del club.

Nuestros accionistas tendrán derecho de por vida a un descuento del 50%  en el precio de la suscripción que de forma excepcional podrán hacer extensivo a familiares y amigos. Casi idéntico -un 40%- será el ahorro de quienes antes del nacimiento de EL ESPAÑOL se conviertan en Suscriptores Fundadores: deben apuntarse ahora pero no empezarán a pagar -6 euros al mes- hasta que no nazca el periódico.

Pretendemos en definitiva formar una comunidad de españoles motivados y unidos por los ideales regeneracionistas de EL ESPAÑOL. Defenderemos cambios rotundos en las reglas del juego pero estaremos a la vez contra el inmovilismo y la revolución. EL ESPAÑOL será un periódico indomable que velará vigilante por los derechos de los ciudadanos y la prosperidad de la Nación. Aportará razones y argumentos como buen merodeador intelectual; pero no dudará en rugir cada noche para denunciar lo inaceptable. Con estos atributos es fácil comprender que hayamos elegido y presentado como emblema del periódico -ha sido el momento culminante de la Junta- al más antiguo símbolo de los españoles: el león español.

Cualquiera que visite el Museo Arqueológico lo encontrará, siempre alerta, con sus fauces abiertas en el monumento funerario -del siglo cuarto antes de Cristo- hallado en Pozo Moro; estuvo presente en la España romana; dio su nombre al Reino de Leon y formó parte enseguida del escudo de la Monarquía; sirvió de mascarón de proa a los galeones que viajaban a las Indias; representó al pueblo en la Revolución liberal, en la Primera República y en la Restauración; acompañó siempre a la Niña Bonita durante la Segunda República -tengo un original maravilloso del 31 que colgará en mi nuevo despacho- y hoy simboliza el orden constitucional. No dejéis de ver el formidable video recopilatorio producido por 93 metros -seis minutos resumen veinticinco siglos- que hemos presentado ante la Junta.

El león de EL ESPAÑOL acompañará a nuestra cabecera y definirá nuestra identidad corporativa: ha sido creado por el diseñador bielorruso Sergey Kovalenko bajo la batuta de Audacity Partners, el estudio londinense del gran Alfredo Triviño al que encargamos la definición del diseño e imagen del periódico. Nuestro león aparecerá acompañado de un tema musical -seremos el primer diario de la historia que patentará su banda sonora-, creado expresamente por el joven compositor Alex Baranovsky, ganador de un premio “Tony”. También él ha grabado su experiencia: “El león representa algo digno de confianza pero que a la vez va contra el sistema”. Por eso ha recurrido como elemento dominante al cuerno francés, “un hermoso instrumento, exuberante y dulce, que es como el rey de la selva y al que nada en la orquesta puede hacerle sombra”

Solo quienes se fijen atentamente y amplíen la imagen en un dispositivo electrónico podrán identificar la inscripción latina, grabada justo encima del cuarto anterior derecho del león de EL ESPAÑOL: Defensor Civitatis. Fue el título otorgado por el emperador Valentiniano a los funcionarios romanos considerados antecesores de los actuales “ombudsmen” o defensores del pueblo. Uno de sus decretos datado el 27 de abril del año 364 reza literalmente: “Hemos dispuesto que todos los plebeyos de la Iliria sean protegidos contra las injurias de los poderosos mediante el ministerio de los defensores”. ¿Cabe mejor tarea para un diario que servirle de escudo al pueblo frente a los abusos de cualquier poder?