Toni Nadal-Rafael Nadal: los principios desde el principio

MD38. MADRID, 09/05/09.- El tenista español, Rafael Nadal (d), junto a su tio y entrenador, Toni Nadal (i), durante el entrenamiento que ha realizado hoy en las instalaciones de la Caja Mágica para el torneo Madrid Masters 1000. EFE/Emilio Naranjo

Más de veinticinco años después de que un canijo de tres años llamado Rafa, cuya altura no sobrepasaba la de la red, diera sus primera bolas en el Club de Tenis de Manacor, Toni Nadal, su tío, mentor y entrenador, cuenta la trayectoria de ambos en Todo se puede entrenar, un libro que narra el camino del mejor tenista español de todos los tiempos y uno de los más grandes de la historia de este deporte.

 

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“La vida no cambia por ganar o perder”, dijo Rafael Nadal tras salir vencido de Roland Garros, la tierra que ha reinado durante casi una década. Alejado del podio mundial e incluso pudiendo salir del top ten, el de Manacor asegura que volverá el año que viene con la intención de hacerse con su décima copa de los mosqueteros. “Djokovic ha sido mejor, no he ido por delante en el marcador en ningún momento. Tan solo me queda felicitarle”. Pero, ¿cómo se forja un campeón? ¿Cómo empieza el camino de los pocos que eternizan su victoria, ganando incluso en la derrota?

A Toni Nadal le hubiera gustado encabezar todas sus respuestas con un “yo pienso que”, pero algunas razones de estilismo lo han impedido. No todos los caminos llevan a Roma, pero existen muchos que sí lo hacen. Esta es su historia, la de un éxito incuestionable.

Toni Nadal recuerda aquél día mientras entrena a sus alumnos en la pista número dos del Club de Tenis Manacor. Son pistas pequeñas, como las de cualquier otro pueblo, como las de ninguna gran ciudad. Lanza las pelotas a sus pupilos cuando llega su hermano Sebastián con Rafael, de tres años. En un descanso, Toni mete al hijo de su hermano en la pista y éste, con destreza e intuición golpea las bolas que su tío le envía, sobrepasando la red –que todavía es más alta que él– en todos sus intentos.

Madrid. Han pasado más de veinticinco años desde aquellas primeras bolas. Toni desayuna piña con nueces en el hotel. Es día de partido. Apoya una libreta en la mesa y mira a la cámara sonriendo. Bromea diciendo que la última vez que salió bien en una foto fue allá por los noventa. Le gusta el diálogo, lo tacha de esencial, de elemento necesario para el progreso. Ahora, después de recoger la formación de su sobrino en forma de libro –Todo se puede entrenar (Alienta, 2015)- detalla las claves de un camino hacia el éxito que califica insistentemente de “particular”, un sendero válido para ellos, quizá para otros, aunque quizá para nadie más.

El gran Natali y la gestión de la inocencia

Toni no dio importancia a aquel día en la pista dos del Club Tenis de Manacor, pero existe algo en su subconsciente que le hace recordarlo, una pequeña gran ilusión que ni siquiera lo fue. “En ese momento tan solo pensé que mi sobrino le daba bien a la pelota, nada más que eso”. Por aquel entonces, Toni llevaba entrenando más de una década. “Tenía buenos jugadores: un niño entre los tres mejores de España en su categoría y una chica entre las cinco primeras. Disfrutaba y estaba entretenido”.

Un par de años más tarde, Rafael empezó a dar clases con su tío. Eran los días del ‘gran Natali’. Toni, bajo este apodo, se presentaba ante su sobrino como un héroe con superpoderes. En uno de sus primeros partidos, con cinco o seis años, le hizo pensar que podía controlar la lluvia. Esa inocencia, la que llevaba a Rafael a creer que Natali fue uno de los mejores delanteros en la historia del Milán, endulzaba los juegos de tío y sobrino, que disfrutaban juntos dentro y fuera de la pista.

La docilidad fue fundamental en la formación de Rafael, apunta Toni. “La entiendo como un elemento esencial. Es muy difícil trabajar con una persona con la que uno tiene que pelearse constantemente. Él fue un niño dócil y muy bueno. Daba gusto llevárselo a cualquier sitio”. La conversación avanza hacia la autoridad, un elemento que Toni aborda en el libro detalladamente y que ahora describe de forma pausada, midiendo cada palabra “por miedo a un malentendido”: “Hablo de una autoridad responsable y prudente. La posición del que está arriba tiene que ser consecuente con el objetivo marcado. Vivimos un momento en el que el criterio infantil ha ganado un terreno que antes no tenía. No se puede tratar a un niño de tú a tú y luego pretender que se deje guiar”.

Los años pasaban y Rafael lograba grandes resultados. Toni, “de forma inevitable”, comparaba a su sobrino con el resto de alumnos que había tenido: “Si este era el número dos con estas condiciones y mi sobrino tiene muchas más…” Esa inocencia, aquella docilidad risueña que hacía fácil la formación del carácter de Rafael, no pasaba por la ocultación de la realidad: “A un niño no se le puede abstraer de lo que vive. Cuando gana, sabe que ha sido mejor que el resto, pero siempre existen motivos y razones para no desmesurar lo conseguido”. Un día, cuando Rafael ganó el campeonato de Baleares, Toni pidió a la federación que le enviara la lista de los últimos veinticinco vencedores. “Mira, ¿cuántos de estos chicos conoces? ¿Cuántos de ellos son ahora profesionales?”

“Algunas veces me he pasado de la raya”

Tanto en el libro como en esta conversación, Toni reconoce haberse pasado de la raya en ocasiones, en manifestaciones verbales y también en exigencia. “Es muy difícil ser ponderado al cien por cien. Cuando se tiene la misión de formar a alguien para que pueda hacer algo realmente extraordinario se tiende a sobrepasar esa raya”. Toni trata de explicar los pensamientos que le abordan cuando recuerda esos momentos: “Rafael ha tenido muchísima paciencia conmigo. En esto también ha demostrado su equilibrada personalidad y buen entendimiento. Tan solo recuerdo una vez en la que, con mucha educación, me contestó: ‘No sé más’”.

Toni responde con esa voz rasgada tan característica. Lo hace de forma sosegada. Aprovecha las preguntas para apurar el desayuno. A veces deja silencios entre sus comentarios, espacios de reflexión que preceden las conclusiones de sus respuestas. Es una conversación sobre conversaciones. Los diálogos con su sobrino fueron claves en el proceso de formación y lo siguen siendo hoy. Una vez, otro entrenador se quedó sorprendido cuando Toni le dijo que las órdenes siempre iban acompañadas de un intercambio previo de pareceres.

El tenis, esa continua toma de decisiones que puede cambiar el devenir del partido en cualquier momento, está exento de diálogo en las situaciones de mayor tensión. Ahí es cuando se producen miradas, gestos de complicidad y gritos de rabia. El reglamento prohíbe el cruce de opiniones entre jugadores y entrenadores. Pero, ¿cómo son las últimas palabras antes del que puede ser el partido más importante de toda una vida? ¿Qué le dice un entrenador a su pupilo después de ganar un grand slam? Toni acepta el reto de describir el antes y el después, con el objeto de dar valor a ese elemento fundamental en la formación de Rafael: el diálogo.

Aquella charla de 2009 en Australia

“La charla más larga que he tenido antes de una final fue la del Open de Australia de 2009. Fueron dos horas, quizá tres. ¿Hace falta que te la cuente entera?”. Rafael Nadal afrontaba el partido después de ganar a Fernando Verdasco en cinco horas y catorce minutos. Los periodistas calificaron de “histórica” aquella semifinal. Nadal quedó exhausto, con tan solo un día por delante para descansar.

Fueron a calentar a falta de tres o cuatro horas para el partido. Todo eran problemas: a Rafael se le subían los gemelos, tenía el hombro fastidiado y le dolía la cabeza. Al ver que el entrenamiento era imposible, Toni comenzó una charla que recuerda así:

– Ten buena actitud.

–  No puedo, estoy muy cansado, no puedo.

–  Inténtalo, Rafael.

–  Claro, para ti es fácil.

–  No. Si hubiera sido fácil, ya lo hubiera hecho yo. Tú sabrás si quieres hacer un esfuerzo.

–  De verdad, no puedo.

–  Ahora estás mal, en tres horas será peor. No van a bajar ni Dios ni tus padres para ayudarte. Tú sabrás si quieres hacer un esfuerzo.

–  No puedo, no puedo…

–  Que me quieras engañar a mí vale, pero que te quieras engañar a ti mismo es el colmo.

–  Toni, ¡no es fácil!

–   Haz lo que quieras, pero ya sabes que quizá nunca vuelvas a tener la oportunidad de ganar un torneo tan importante como éste. Si hubiera un francotirador en la grada que te disparara cada vez que dejases de moverte, irías corriendo hasta Manacor.

Toni relata la charla como si hubiera sido ayer. Recuerda los diálogos, incluso las caras de su sobrino. Cuenta que, ya desde muy pequeño, siempre le pidió “buena cara” dentro de la pista. Había pasado más de una hora desde el comienzo de la conversación y el gesto de Rafael comenzó a cambiar. “En ese momento mi mensaje pasó a ser otro. Adopté un tono positivo. Recuerdo la campaña de Obama, que estaba muy reciente. Estuvimos bromeando con el famoso Yes we can”.

La charla del después es totalmente distinta. Toni no es un tipo dado a las grandes expresiones de alegría. Confiesa que, tras las victorias más importantes, siente un miedo que se mezcla vertiginosamente con la satisfacción. “Me ha pasado toda la vida y ya estoy aceptando que el día que me retire lo haré con esa lacra. En las victorias de mi sobrino he adoptado una postura de contención por pudor íntimo, pero también por ese miedo, porque he temido que la euforia nos pudiera nublar la percepción, y que esto supusiera reducir la intensidad de nuestro trabajo”.

Toni sabe que los títulos pueden dar lugar a la complacencia, a la pérdida de la ilusión. Ésta, precisamente, llena varias de las páginas de su libro, donde la describe como un motor de vida imprescindible. “Siempre le he dicho a Rafael que fuera consciente de su situación en el mundo, de lo bueno que le pasa y que, a partir de ahí, empezara a estimularse. La ilusión viene dada por los objetivos elevados, renovables, pero asumibles. Estar ilusionado con lo que uno hace es casi una obligación”.

Rafa Nadal, acostumbrado a la adversidad

Esa ilusión pretendió inculcarla en su sobrino desde muy pequeño, cuando el equipo de trabajo se reducía a la pareja, cuando nadie más que ellos tomaba decisiones. De ahí nace un apartado que él titula ‘Individualismo’: “Lo entiendo en el sentido de la responsabilidad. Si estuviera en un equipo de fútbol, pensaría lo mismo. Esto no significa hacer lo que me plazca, sino lo que más convenga al conjunto. No me gusta que interfieran en mi trabajo, del mismo modo que a mí no me gusta intervenir en el de los demás. Hablo del individualismo como una forma diferente de ser responsable”.

Es la segunda vez -en 11 participaciones- que Nadal no gana Roland Garros. En Montecarlo perdió con Djokovic, igual que en París. Después, en Madrid, le tocó vengarse a Murray. Los rivales, los pesos pesados del top ten que ahora se le resisten, han sido junto a las lesiones “las mayores adversidades de Rafael”. Sin embargo, antes de que se cruzara con los tratamientos o los reveses cruzados de Djokovic, Toni se preocupó por que su sobrino sintiera el peso de lo difícil. “En la etapa de formación fui yo su mayor adversidad. Intenté que trabajara bien la capacidad de aguante. Sabía que le sería bueno en el tenis, pero también en la vida. Recuerdo que hace años le detectaron un grave problema en el pie. El especialista me preguntó cómo podía jugar con ese dolor, un dolor que además supone desconcentración en la pista. Ahora, sigue estando en lo más alto. Acostumbrarse a lo adverso le ha ido bien”.

El desayuno ha terminado. La mesa está despejada y Toni no tardará en llenarla de periódicos. El primero de ellos es color salmón, que apoyado sobre el mantel, dibuja un bonito contraste con el azul de su libreta. No la ha abierto en ningún momento, pero si la lleva encima es porque todavía quedan páginas por escribir. “Esto es tan solo una propuesta. Si hubiera tenido que educar a Rafael en cualquier otra disciplina, lo hubiese hecho en base a los mismos principios”. Unos principios que estuvieron desde el principio.