“Quiero ser la alcaldesa de todos. No la de los unos contra los otros sino la alcaldesa de la gente, de los 73 barrios, para que nunca más haya ciudadanos de primera y de segunda en esta ciudad”. Estas palabras, que decía ayer Ada Colau tras conocerse los resultados, muestran hasta qué punto la candidata de Barcelona en Comú (BeC) es consciente de la importancia de las divisiones que existen en la ciudad. Unas divisiones que nadie como ella ha sabido aprovechar electoralmente.

Los resultados de las elecciones de ayer dibujan una Barcelona (o mejor dicho, dos Barcelonas) cuyas diferencias socioeconómicas siempre han sido importantes en términos electorales, pero que en esta ocasión han sido determinantes.

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Barcelona en Comú ha sido capaz de ganar en los distritos más desfavorecidos o donde más se ha notado el aumento generalizado de la desigualdad en la ciudad. El 70,1% del voto a BeC se concentra en estos distritos mientras sólo representa el 47% para CiU. Nou Barris, Horta-Guinardó, Sant Martí, Sant Andreu y Ciutat Vella han pasado del rojo de los socialistas, que siempre habían sido la primera fuerza, al color de Barcelona en Comú. Además, los de Colau han conseguido la victoria en Sants-Montjuïc, donde CiU quedó primera en 2011, con 7.300 votos más.

En cambio, en los cuatro distritos más acomodados –Eixample, Gràcia, Les Corts y Sarrià-Sant Gervasi–, CiU ha conseguido mantener su liderazgo, si bien es cierto que los de Colau han obtenido buenos resultados en Eixample y Gràcia, y una meritoria segunda posición en Les Corts.

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Plantear el resultado como un descalabro de CiU tampoco sería acertado. La pérdida de 15.000 votos se ha traducido en cuatro concejales menos. Mucho castigo para un partido que ha aguantado decentemente en las zonas donde acostumbra a hacerlo si bien es cierto que ha sido incapaz de competir contra BeC en los barrios periféricos, especialmente en Nou Barris, así como en Sants, barrio que CiU arrebató a los socialistas hace cuatro años.

Respecto al resto de partidos, destacan la caída libre de PSC (que ni siquiera aguanta en sus feudos) y del PP, que ve como Ciutadans se lleva buena parte de su electorado y consigue ser tercera fuerza gracias a su buen papel en l’Eixample, Sarrià-Sant Gervasi y Les Corts. En los tres distritos ha quedado por delante de los populares.

ERC mejora resultados pero sus problemas en Sarrià-Sant Gervasi por un lado y en Nou Barris por otro le impiden ser la tercera fuerza de la ciudad. Por último, está la entrada en el consistorio de la CUP, que consigue tres concejales gracias a su presencia en Gràcia, Eixample y Sants.

El cuadro que resulta de todos estos movimientos es muy parecido a la pauta que vimos en el resto de los comicios de ayer. Aumento del número de partidos con representación y por tanto mayor fragmentación y necesidad de pactos múltiples para poder sumar mayorías.

Lejos quedan aquellas elecciones en las que el PSC era capaz de aglutinar los apoyos suficientes a partir de su base en los barrios periféricos y unos buenos resultados en los graneros de Convergència.

Barcelona ha pasado página. Durante la campaña, sus habitantes recibieron mensajes que pretendían explotar los asuntos que configuran la agenda política catalana y española: desde la nueva política hasta la necesidad de dar un impulso al proceso soberanista en marcha en Cataluña. Al final uno ha tenido más protagonismo que el resto, quizás porque es el que más claramente interpelaba a unos votantes que son conscientes de las distintas realidades que se viven en la ciudad.

Las elecciones se han jugado en el terreno de juego que marcó Barcelona en Comú: desigualdad entre barrios, consecuencias sociales de la crisis e instituciones que no escuchan a los ciudadanos. En CiU vieron inmediatamente la jugada y prepararon una batería de mensajes para combatir la idea de que Trias había sido el alcalde de unos pocos mientras dejaban a Esquerra pista libre para monopolizar todas las referencias al proceso independentista y a su vez alertaban del riesgo de votar a Colau. Parece que solo la tercera parte de la estrategia ha funcionado: la movilización de sus votantes tradicionales.

Artur Mas reconoció este lunes que estaba preocupado por “la gobernabilidad de la capital del país, que ahora debe estar al lado del resto de instituciones catalanas”. No es extraño que fueran sus primeras palabras al conocer los resultados. Las prioridades del Ayuntamiento y la Generalitat quizás dejen de coincidir después de años de cooperación entre gobiernos amigos. A algunos en el Govern les preocupa que esto condicione la agenda política en Cataluña.

Lo que es seguro es que Ada Colau, convencida de la necesidad de convertir su éxito electoral en medidas concretas a través de los pactos, no olvidará cuál ha sido la Barcelona que la ha llevado a convertirse en la primera mujer que gobernará la ciudad.