¿Qué? Porgy and Bess, ópera de George Gershwin estrenada en 1935. Se representa desde el 10 de junio hasta el 10 de julio en el Teatro Real de Madrid.

¿Por qué? Es una obra clave de la música del siglo XX, a caballo entre el gospel y el jazz. La aclamada producción de la Ópera de Ciudad del Cabo traslada la trama a la Sudáfrica del apartheid.

Una vitalidad salvaje recorre cada compás de Porgy and Bess. Es la consecuencia de sus múltiples equilibrios, del collage de emociones primarias y la fusión de estilos musicales que convierten a la ópera de George Gershwin en una de las obras clave del siglo XX.

Summertime (“y la vida es fácil, los peces saltan y el algodón está alto”), la nana que acabó siendo un himno del jazz, recibe al espectador en un barrio pobre de Soweto en tiempos del apartheid. Más que una canción de cuna en la pobreza es un canto a la libertad. Y eso se respira en la producción que estos días puede verse en el Teatro Real, tan distinta del habitual repertorio operístico de los grandes coliseos, a menudo adustos y a veces agarrotados. La acción no transcurre en un arrabal de Charleston (Carolina del Sur) en los años 20 sino en la Sudáfrica de los 70. Eso sí, los cantantes siguen siendo todos negros, tal y como los diseñaron los autores de la música y el libreto, todos blancos.

Porgy, un mendigo lisiado, busca el amor de Bess, una drogadicta enamorada de un matón que la maltrata. El libreto, basado en la novela de DuBose Heyward, combina pobreza, superación personal, racismo (la concepción de los personajes ha sido controvertida desde el principio), drogas, malos tratos, espiritualidad y siendo flexibles hasta una reflexión sobre la discapacidad. La música contemporánea que fascinaba a Gershwin (y sus referencias a Wozzeck de Alban Berg) se fusiona con el gospel y el jazz.

Es difícil clasificar la ópera pero fácil escucharla, por lo que es una buena opción para no iniciados y una buena apuesta para atraer nuevos públicos. Es al mismo tiempo una obra maestra y patrimonio popular de unos EEUU que llevan tatuadas varias de sus árias gracias a representaciones en Broadway y sus interpretaciones jazzisticas. Sólo Summertime ha sido versionada más de 25.000 veces.

Escoger este título para la recta final de la temporada en el Real es un acierto, aunque sólo sea porque permite olvidar que sustituye a un estreno mundial, el de La ciudad de las mentiras. Esta obra, basada en textos de Juan Carlos Onetti y con música de Elena Mendoza, se cayó del calendario en otoño por motivos presupuestarios y no verá la luz hasta dentro de dos temporadas.

Porgy and Bess es una producción de la Ópera de Ciudad del Cabo, única compañía africana con programación lírica estable. El espectáculo está muy rodado. Lleva desde 2009 cosechando ovaciones del público y elogios de la crítica, pero conserva su frescura. La compañía, con un gran programa de formación en barrios desfavorecidos, interpreta los zarpazos de la patitura con gran eficacia, presenta una buena concepción de la escena y una solvente dirección de actores.Captura de pantalla 2015-06-16 a la(s) 17.52.22

Energía y libertad sin personalismos

En realidad, no hay voces reconocibles ni cantantes que deslumbren, pero el resultado es compacto apuntalado por un coro potente. Esta versión de la partitura es pleno alboroto (desde el principio), energía y libertad a la hora de reorientar sin estridencias muchos de los aspectos de la obra: desde el inglés coloquial hasta los gérmenes de la lucha por los derechos civiles, transformados en oposición a la opresión blanca. En lo musical, la obra no se muestra ortodoxa pero sí auténtica; eléctrica e informal.

Xolela Sixaba interpreta a un Porgy estoico y heroico, de entidad. El personaje es en ocasiones penoso, pero no da pena y enternece con el idealista I got plenty of nuttin (“Tengo mucho de nada y la nada está llena de mí […] Las cosas que aprecio, como las estrellas en el cielo… son gratis”). Bess (Nonhlanhla Yende) es correcta, pero desigual y convence como demonio pero no como ángel. Clara (Siphamandla Yakupe) es creíble al mando del icónico y esperado Summertime mientras que Sportin’ Life parece casi una buena influencia más que un peligroso oportunista. El director musical, Tim Murray, no consigue moldear la orquesta para acompañar a la espontaneidad de los cantantes. Tampoco evita ciertos desajustes en el foso, cuya mayor virtud es permitir que la compañía sudafricana brille sobre el escenario.

Porgy and Bess es refrescante, pero por supuesto no es menos ambiciosa ni menos ópera que los habituales títulos de Verdi, Wagner o Mozart, aunque la obra de Gershwin haya tenido que reivindicarse en los teatros.

Es, especialmente en la versión de la compañía de Ciudad del Cabo, una fiesta negra, un recordatorio de la vigencia del género lírico, que no se preocupa, como canta Porgy, “por ser bueno o ser malo”. “¡Qué carajo! Estoy contento mientras esté vivo”.