“Papá, mamá: Me ejecutarán mañana de mañana”

Fonseca26 de septiembre de 1975. “Papá, Mamá: Me ejecutarán mañana de mañana. Quiero daros ánimos. Pensad que yo muero, pero que la vida sigue. Recuerdo que en tu última visita, papá, me dijiste que fuese valiente, como un buen gallego. Lo he sido, te lo aseguro. Cuando me fusilen mañana pediré que no me tapen los ojos para ver la muerte de frente”. Xosé Humberto, de 25 años, escribe a sus padres antes de ser fusilado junto a Ángel Otaegui (33 años), Ramón García Sanz (27 años), José Luis Sánchez (21 años) y Juan Paredes (21 años), acusados de ser militantes del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico) y de ETA, y condenados por matar a cuatro miembros de la policía armada y de la guardia civil.

El periodista Carlos Fonseca (Madrid, 1959) ha recuperado el episodio para dar a conocer a quienes no habían nacido entonces uno de los capítulos más miserables de la dictadura y demostrar que la decisión sobre las penas de muerte fue “arbitraria”. El autor se ha vestido con las ropas de historiador para rastrear el pasado, como los periodistas hacen con el presente, partiendo de documentos, datos y testimonios hasta llegar a la verdad.

“Dramatizo los acontecimientos para conseguir una lectura más amena, esa es la diferencia entre la historia, el periodismo y la narrativa. Mañana cuando me maten (La esfera de los libros) no es un libro académico, pero no está reñido con el rigor”, cuenta el autor, que tocó el éxito hace once años con el libro Trece rosas rojas.

La carta de Xosé Humberto continúa: “Siento tener que dejaros. Lo siento por vosotros, que sois viejos y sé que me queréis mucho, como yo os quiero, no por mí. Pero tenéis muchos hijos, que todo el pueblo es vuestro hijo. Al menos, yo así os lo pido”. No es la única misiva que incluye en el texto, también aparece la de Gregorio Peces Barba explicando por qué no se hace cargo de la defensa.

“No creo que le deje en buen lugar, porque los abogados que los defendieron lo hicieron porque estaban en contra de la pena de muerte. Defenderlos era su deber ético”, señala Fonseca. Pero tanto el PSOE como el PCE dieron instrucciones a sus abogados para no defender a ningún militante de ETA o del FRAP, porque para ellos los atentados no contribuían a poner fin a la dictadura, sino que torpedeaban la apertura del régimen.

“Una victoria de los intransigentes”

Carlos Fonseca reconoce que los historiadores y periodistas no están ceñidos por las mismas condiciones. La diferencia está en el relato. “No estamos encorsetados como lo está el historiador. Nosotros tenemos una voluntad divulgativa. Quiero que la gente se entretenga”, dice. Los historiadores tampoco son amigos de los testimonios, porque a pesar del color y el tono de las declaraciones, desconfían de las subjetividad de las fuentes. “Muchos de los documentos también están falseados y manipulados. De la unión de ambos surge una aproximación a la verdad”.

“¿Recordáis lo que dije en el juicio? Que mi muerte sea la última que dicte un tribunal militar. Ese era mi deseo, pero tengo la seguridad de que habrá muchos más. ¡Mala suerte!”. La frustración de Xosé se mantiene hasta el final de la carta. “Los fusilamientos fueron una victoria de los intransigentes sobre los aperturistas”, sentencia el autor.

Fonseca no lo ha tenido fácil. El acceso oficial ha sido parcial. “Nunca pensé que iba a encontrarme con tantas dificultades”, reconoce. Ni transparencia, ni accesibilidad en los archivos de la represión militar. La documentación que necesitaba estaba depositada pero no para consulta historiográfica. Los papeles que encontraba, además, chocaban con dos leyes: Memoria Histórica y de Patrimonio Nacional. Una permite la publicación, la otra preserva el honor de los implicados hasta 50 años.

Sólo una sentencia de los tribunales haría posible una sentencia que determinase el interés. “Ojalá alguien decida entrar en el tema a fondo, porque la Memoria Histórica se ha quedado en retórica. Prefiero tener ésta ley a ninguna, aunque esté inutilizada. El franquismo no forma parte de la agenda política”.

El libro tiene una pretensión modesta: dar a conocer el episodio… 40 años después. Quizá no hayamos ejercitado lo suficiente la memoria para dar a luz estos hechos enterrados. “La Transición no fue modélica, fue la que se pudo hacer con lo que había. Nos ha valido. Pero frente a esa historia de transición modélica donde todo eran parabienes ha llegado el momento de contar los otros detalles y episodios que matizan esa versión amable. No se trata de desmerecer la Transición, sino de aproximarnos a la verdad. Por eso no termino de entender que se califique a la Memoria Histórica como marketing. Todavía hay mucho por investigar en un país sometido por la historia de los vencedores”.

Y Xosé cierra la carta a su padre: “¡Cuánto siento morir sin poder daros ni siquiera el último abrazo!”.