Mohamed Cepero vive de pie

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La cafetería de la gasolinera está tranquila para ser sábado. Son las once de la mañana, y apenas un turista extranjero rebusca entre las estanterías el tentempié perfecto que le revitalice para continuar su camino. Su mujer le espera en la puerta. Cuando por fin se decide por la bolsa verde de patatas y se dirige al mostrador, se siente incapaz de reprimir más su curiosidad.

–Sorry, ¿quién es el hombre que está de pie sobre la furgoneta? –interpela, en un torpe castellano, a la tierna muchacha que le atiende tras la repisa.

–No es más que un loco.

Las desgarradas banderas resisten a duras penas. Sus jirones, que ondean con violencia tras cada embestida del viento, revelan el tiempo que llevan prendidas a aquellos rudimentarios mástiles fabricados con el palo de una escoba. A su lado, Mohamed Cepero se eleva con los puños en alto, como intentando custodiarlas. Ni el violento vendaval, ni la fina y molesta lluvia que empieza a caer le hacen bajar del vehículo. Ha comenzado su lucha.

Mohamed ni pide dinero, ni quiere fama. Vive de lo poco que recibe de los curiosos que se acercan a conocer su historia. No tiene más techo que su furgoneta ni más ley que sus banderas.

Cada mañana, después de pasar la noche acurrucado en el interior del vehículo, se levanta temprano. Se pone las gafas de sol y se cala el sombrero de vaquero sobre su puntiagudo pelo rizado, que junto a su larga perilla hace una combinación más propia de los años 70 que de la segunda década del siglo XXI. Si puede, se acerca a desayunar algo a la cafetería de la estación de servicio. No más de un café. Y si ese día la suerte no le acompaña, no se desanima: trepa hasta el techo de su vieja furgoneta y saluda a todos los coches que pasan por el kilómetro 224 de la autovía del Mediterráneo, a la altura de Arroyo de la Miel Benalmádena, Málaga).

Después, Mohamed deja que el azar lo arrastre. No sigue una rutina concreta. A veces, la noche lo caza sin que apenas haya variado su triunfal pose; a veces, baja al pueblo a compartir su visión del mundo en cualquier plaza, o extiende su protesta hasta la calle Larios.

No hace mucho que comenzó su nueva vida. Antes, Cepero, nacido en Cádiz pero residente en Málaga desde los siete años, era un hombre corriente: padre de familia y autónomo dedicado a la construcción, con varios trabajadores a su cargo. Hasta que sintió en su cuello los colmillos de la crisis económica. Todos perdieron el empleo, aunque la empresa sigue dada de alta. Más tarde llegó el divorcio. Se mudó aquí hace tres años. Durante más de dos estuvo encerrado en su furgoneta, aislado de ese mundo que le había desgarrado el alma. Era un ermitaño. Hasta que un día reventó. Con el poco dinero que tenía, compró la única arma con la que pretende desarrollar su pacífica revolución: una bandera republicana con una gran estrella roja en el centro. Más adelante, en una manifestación, le regalarían una andaluza del SAT. Después llegarían algunas más.

“Soy un revolucionario”

Su refugio es un reflejo de su espíritu. Dos grandes retratos del Ché Guevara presiden el parabrisas del vehículo. En la chapa, ha ido escribiendo poco a poco mensajes que, puestos en común, dibujan los principales acontecimientos políticos internacionales que han sucedido en los últimos años. También hay escritas consignas revolucionarias. Las más reveladoras están escritas en la parte de delante y en la de atrás. Sobre las fotografías del Ché aparece su frase más conocida: “Prefiero morir de pie que vivir arrodillado”; en uno de los cristales traseros, Mohamed se autodefine con crudeza: “Kamikaze social contra el poder”.

Con la bolsa de patatas casi comprimida entre el resto de provisiones de la pequeña mochila roja, que queda algo ridícula en comparación con su gran cuerpo, el extranjero se dirige hacia aquel tipo que tanto le había llamado la atención. Aprovecha que la lluvia ha cesado y que el viento es un poco menos fiero. Su mujer le esperará en el coche. No ha quedado satisfecho con la respuesta de la dependienta; ha visto muchos locos en Suecia, y ninguno tenía la actitud de aquel hombre. Él se ajustaba más a otro perfil: el del revolucionario.

Se acerca a la furgoneta y Mohamed, sonriente, le saluda.

–¿Qué hace ahí arriba? –pregunta intrigado.

El cowboy se arrodilla para atenderle. De pronto da un salto hasta el suelo, y confirma las sospechas del forastero.

–Soy un revolucionario. Lucho por los derechos de todas las sociedades, tanto nacionales como internacionales. A mí no me importa que seas cristiano, judío, musulmán o budista, yo estoy por ti. Estoy retando al Estado: mi objetivo es derrocar este Gobierno y su mala fe.

La comunicación es complicada, pues el sueco domina poco el castellano. Pero los ojos de ambos hablan el mismo idioma.

La conversación se hace cada vez más distendida. A pesar de que sus aspectos, tan opuestos, jamás lo dirían, descubren que ambos tienen 47 años y un pensamiento muy parecido. El sueco, que resulta llamarse Niklas, confiesa que se acercó atraído por la bandera. Recuerda que su abuelo integró las Brigadas Internacionales durante la Guerra Civil, y que él fue el que le enseñó el poco español que sabe. También le cuenta que su protesta le recuerda a las que muchos hombres hicieron en su país en los años 70.

De máquinas e ideas

La cara de Mohamed se ilumina. Saca de su bolsillo una cartera desgastada, rebusca un poco en ella y le extiende una foto. Es Mateo Palmquist, compatriota de Niklas que lideró algunos movimientos de protesta contra la Guerra de Vietnam en su país. Vive en Casares desde hace unos años, y lo visitó intrigado por su lucha. Mohamed confiesa que admira mucho a los escandinavos, por su espíritu de lucha contra las desigualdades y por su alto sentido de la democracia.

Aprovecha también para contarle que han venido a hacerle varios reportajes, que su lucha está alcanzando una dimensión internacional, y que está muy orgulloso. Le extiende la tarjeta de Agudeza Visual, una de las productoras que preparó un documental sobre él. El lema, escrito al dorso, resulta revelador: “Lo que conduce y arrastra al mundo no son las máquinas, sino las ideas”.

–Mira, yo ya no creo en el sistema, es un engaño. Esta Europa es una mentira. Y nos está reventando a todos. Yo no soy un criminal, pero como sigan haciéndoles esto a los niños, a los jóvenes, a los padres de familia y a los ancianos, lo van a pagar. Yo ya lo he perdido todo y voy a dar mi vida por ellos – afirma con fuego en los ojos.

–Oye, amigo, pero ahora no estáis tan mal. ¡Podemos tiene mucha fuerza! – espeta Niklas.

Mohamed no medita la respuesta:

–Es la sociedad. La sociedad está ya harta. Comenzó con la Primavera Árabe; cayó Gadafi, Mubarak, el otro… A Gadafi lo mató su pueblo en la calle como a un perro. Porque era un borrico y estaba masacrando a su pueblo, y aquí va a pasar igual. Lo tengo publicado en mi página desde hace tiempo…

Se refiere a una web gratuita, proteman.webs.tl, que gestiona como puede. En la furgoneta no tiene internet, pero consigue conectarse a través del WiFi de la cafetería. En ella, difunde sus ideas y desafía a los poderes. “Reto al Estado a que me mate o me meta en la cárcel”, reza bajo una imagen de Juan Carlos I. Comenta que antes tenía el dominio oficial, proteman.com, pero que lo tuvo que dejar porque no paraba de recibir ataques informáticos por parte del Estado. El servidor de su nueva página está alojado fuera de la Unión Europea. También tiene cuenta en Twitter y en Facebook, con la misma marca, que tiene algo de romántico. Proteman; el hombre protesta.

“Me da igual que me llamen loco”

Llega el momento de la despedida. La mujer de Niklas se impacienta dentro del coche. Es hora de que continúe el camino que lo conducirá al Rincón de la Victoria. Antes de irse se intercambian los números de teléfono y prometen seguir en contacto. Niklas no puede resistir el impulso de contarle a Mohamed la respuesta que había recibido por parte de la dependienta.

–No te preocupes, hombre. A mí me da igual que me digan loco, porque los grandes locos han sido quienes han cambiado la Historia: Mandela, Gandhi, Luther King, el Che Guevara. Incluso Jesucristo, ¡y eso que yo soy de origen musulmán! Cada uno lo hizo a su estilo, yo lo hago al mío. No voy a parar, – responde Mohamed con una sorprendente serenidad.

Cae la noche. Desde el techo de su furgoneta, Mohamed se entretiene mirando las luces que desprenden los faros de los coches que no dejan de pasar en dirección a Málaga o a Cádiz. Parece una lluvia de estrellas que adorna el firmamento de asfalto que es la autovía del Mediterráneo. La imagen es curiosa. El vaquero no deja de saludar, a pesar de que ya nadie puede verle. Se queda allí con su locura, en el techo de la furgoneta y junto a las banderas. De pie, siempre de pie.

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