El hospital Elena Venizelou es la mayor maternidad de Atenas. En los años buenos nacían hasta 15.000 niños al año. Ahora, apenas unos 5.000 que vienen al mundo en uno de los momentos más dramáticos de la historia del país. En ellos pensarán sus padres este domingo a la hora de votar.

Andonis tiene 24 años y su mujer, Kadrina, 21. La pequeña Seraina, con el pelo negrísimo y rizadito, está tomando un pequeño biberón de leche artificial. Es su tercera hija. Los otros tienen dos y tres años. “Los niños llegan y no los vamos a abandonar. Pero está ya es la última”.

Andonis solía trabajar en los barcos de pasajeros que llegan desde Igumenitza a las ciudades italianas de Brindisi o Ancona. Ya entonces ganaba una miseria: 400 euros al mes. Hace dos meses perdió su empleo.

En uno de sus últimos discursos televisados después de la convocatoria del referéndum en el que Grecia decide su futuro, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, dijo que la vida sigue. A pesar de los bancos cerrados, a pesar del riesgo de salir del euro, a pesar de las dificultades, cada vez mayores, en el día a día.

Si hay un lugar donde esta afirmación tiene sentido en estos días convulsos es aquí, en el hospital Elena Venizelou, la mayor maternidad de Atenas. Aquí no hay baby boom ni las perspectivas boyantes que tuvieron los baby boomers, que hoy disfrutan de su jubilación. Aquí hay una generación de niños que nace en unos de los momentos más dramáticos de la historia reciente del país. En ellos pensarán sus padres a la hora de tachar este domingo la papeleta.

Andonis no votará

“Mis padres y mis hermanos apenas tienen dinero para ellos. Quizá mi padre nos dé algo. De alguna forma saldremos adelante”, dice Andonis mientras se seca con la mano el sudor que le brilla en la frente. No podrá votar porque tendría que hacerlo en su pueblo de origen, Xanthi, en el norte de Grecia. Pero si pudiera votaría por el no.

En la habitación no hay aire acondicionado. Dentro hay ocho literas aunque sólo tres están ocupadas en este momento. El baño lo comparten con otros pacientes. Unas cortinas blancas ondean desde la gran ventana abierta que deja entrar algo de aire. Fuera la temperatura roza los 30 grados.

Una mujer negra, con cuidadas trenzas recogidas en una malla, amamanta a su recién nacido. Su figura tierna mientras acaricia suavemente el pelele azul de su niño destaca sobre las paredes desgastadas. En este pabellón del hospital está ingresada la gente que sólo tiene el seguro mínimo o ni siquiera eso. Es como si en el mismo edificio hubiera plantas de diferentes estrellas.

Muchos menos partos

El neonatólogo Iraklis Salvanos tiene 58 años y lleva 30 trabajando en este hospital. Asegura que la diferencia entre quienes pagan más y quienes pagan menos es el nivel de comodidad y “nunca en la atención que reciben”. Dos de sus tres hijos nacieron hace años en este mismo pabellón, construido en 1933.

Salvanos ha sido testigo del declive de los nacimientos después del inicio de la crisis. “Llegamos a tener 15.000 partos al año. Luego empezaron a bajar y hace 10 años estaban en torno a los 7.000. Ahora andamos por unos 4.000 o 5.000 al año. La proporción de inmigrantes ha ido aumentando en estos años. Los griegos hacen cada vez menos hijos”.

Si uno tiene un seguro mejor al básico o si puede pagar más, se accede a una planta con habitaciones de una o dos camas con baño, aire acondicionado y paredes que no están descascarilladas. En una de esas habitaciones está María, de 30 años, junto a Dimitris, su niño de dos días.

La habitación es un lujo que María no se hubiera podido permitir si no fuera por sus padres. Por estar aquí paga 50 euros al día. Su esposo lleva seis meses en el paro. Ella trabaja en una fábrica de muebles por 700 euros al mes de los cuales 300 se le van en el alquiler. Viven en Kalivia, no muy lejos del aeropuerto internacional de Atenas. Su padre tiene una pensión por invalidez de 400 euros y una casa en propiedad en la que vive con su mujer y su otra hija. “Ellos nos ayudan y nos ayudarán tirando de sus ahorros”.

María con su bebé en su habitación. / MARIANGELA PAONE

María con su bebé en su habitación. / MARIANGELA PAONE

Como ocurre a menudo en estos días en Atenas, María pregunta a la forastera cómo ve lo del referéndum, qué piensan en España sobre lo que está pasando aquí.

Ella y su familia lo tienen claro. “Explícale que vamos a votar todos que no”, dice una tía que ha venido a visitarla. María asiente. “Claro que vamos a votar que no. Y no creemos que Europa quiera sacarnos del euro. Sin euro no hay Europa. Lo dicen para darnos miedo”.

Enfrentarse al miedo es el espíritu con el que muchos introducirán la papeleta en las urnas. Es un desafío a Europa para rematar el “ya basta” que otorgó la victoria a Alexis Tsipras en las elecciones de enero.

Pero María no votó ni por Syriza ni por los Independientes Griegos que forman parte de la coalición de Gobierno. “Voté a Aurora Dorada”, dice sobre el partido neonazi. “En mi zona ayudan a todo el mundo para todo tipo de problemas. Reparten comida y lo que sea”. Esa vocación asistencial es la clave de la fuerza de un partido que tiene a su cúpula en cárcel y que ganó 17 diputados en las elecciones de enero. Antes María solía votar por el Pasok. Ahora asegura que no sabe por quién votaría si hubiera nuevos comicios.

De vez en cuando mientras habla baja la mirada hacia el niño pegado a su pecho. Ni ella ni su marido pensaban en tener un hijo y menos en esta situación. Dimitris ha irrumpido en sus vidas sin previo aviso. “Por error”, dice María. “Es el mejor error de mi vida”.

Nikos y Constantina en el hospital. /MARIANGELA PAONE

Nikos y Constantina en el hospital. /MARIANGELA PAONE

Sin otra opción que el ‘sí’

Nikos (50 años) y Constantina (41) sí que estaban preparados. Acaban de tener su segundo hijo. “La vida sigue su curso”, dice el marido mientras sujeta el brazo de su mujer, todavía algo débil después del parto. Ambos tienen trabajo. No quieren decir más pero acceden a hacerse una foto. Dan la cara por el , que es la opción que elegirán este domingo. “No hay otra opción. No estamos preparados para dejar el euro”, dice Nikos, cuyo argumento es una de las líneas divisorias entre los partidarios del y el no.

Mientras Nikos y su mujer aguardan el pasillo de la UCI en la que está ingresada su pequeña, otra pareja se dirige rápidamente hacia el ascensor. La fecha de nacimiento del pequeño Vassilis marcará un antes y un después en la historia de su familia y la de todo el país.

Peggy y Tanassis con su bebé. / MARIANGELA PAONE

Peggy y Tanassis con su bebé. / MARIANGELA PAONE

“Di a luz el mismo día en el que Tsipras anunció el referéndum. Lo primero que pensé es qué iba a pasar a partir de ahora”, dice Peggy.  Ella, con su rubia melena al viento, y su marido Tanassis Bakopoulos, ambos de 35 años, están radiantes.

Tanassis sujeta el maxi cosi en el que se remueve Vassilis. Es uno de los trabajadores de la televisión pública ERT, que el Gobierno de Antonis Samarás cerró por decreto en apenas unas horas en junio de 2012. Ahora le acaban de volver a contratar en la cadena, que acaba de reabrir para cumplir una de las promesas electorales de Syriza. Peggy, maestra de escuela, se quedará en casa al cuidado de su hijo. Su marido votará que no. “Es la única opción para tener un futuro”.

¿Con dracma? “No lo creo”, zanja Tanassis, que no se cree que los gobiernos europeos no vayan a encontrar una solución aunque los griegos se decidan por el no.

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