Un sobrio tablero apizarrado sirve como suelo común a Felipe II, el rey en cuyos dominios nunca se ponía el sol, y a su hijo Carlos, un príncipe de Asturias infeliz y trastornado con el que antagoniza. Sobre esa enorme lápida se representa Don Carlos, el clásico de Giuseppe Verdi donde sólo hay espacio para el honor, los celos y la muerte.

Albert Boadella, responsable de la producción, pretende en su primera incursión en la ópera corregir la interpretación histórica con la que Friedrich Schiller, en quien se basó Verdi, dibujó a un Felipe II tiránico y dogmático y a un Carlos heroico y libertario.

El propio dramaturgo ha presentado su apuesta como un ajuste de cuentas con la historia, como una cita con la verdad frente a una lectura interesada del siglo XVI español. Así, Felipe II es más humano que rey por la gracia de dios y su hijo es más un loco (de niño le gustaba asar liebres vivas, cuenta la leyenda), que un romántico defensor de los derechos de Flandes, que entonces se rebelaban contra la corona española.

Hay varias versiones de Don Carlos, de cinco actos, encargada por la Ópera de París y estrenada en francés en 1867. Ha sufrido numerosas modificaciones (la primera versión se alargaba hasta la medianoche) y después fue presentada en italiano. Según Boadella, hay una versión francesa, otra italiana y por fin una española, que es la que lleva su firma.

El morbo de El Escorial

La propuesta de Boadella es atractiva, para empezar, por el mero morbo de ser representada en El Escorial, emblema de los mejores momentos de la monarquía española. Hasta allí se desplazaron, para el ensayo general y la segunda función, Felipe VI y Juan Carlos I, respectivamente. Padre e hijo no sólo en el escenario sino en el patio de butacas.

Pero lo importante de la producción es que se atreve a repensar, pese a medios limitados y lejos del calor de los grandes teatros, una de las grandes óperas que tratan asuntos españoles.

Hacer ópera hoy no puede ser ser un ejercicio arqueológico o de época. El autor de una ópera nunca deja el destino de su obra atado y bien atado. “¡Horrenda paz! ¡La paz de los sepulcros!”, reprocha Rodrigo, marqués de Posa, ante un Felipe II que pretende imponerse por la fuerza. La ópera necesita ser flexible y atractiva para el público actual desde el respeto al espíritu del compositor. La pregunta es sencillamente cuál es la mejor manera de lograrlo.

El Don Carlos español es más bien una revancha que una reinterpretación. Su origen es la necesidad, así sentida por Boadella, de reivindicar la verdadera historia de España frente a los tópicos esparcidos por autores extranjeros: el verdadero papel de Felipe II y la verdadera cara de su hijo, ausente en otras producciones. Sin embargo, la ópera de Verdi es ficción.

Verdi, considerado un “dramaturgo musical del liberalismo”, según la definición del filósofo Bernard Williams, acomodó en buenas parte de sus obras su simpatía por el nacionalismo italiano en el momento mismo de la construcción del Estado. Sus obras están impregnadas de una gran vitalidad y su utilización de los coros en varias óperas ha legado, un siglo y medio después, numerosos himnos al pueblo italiano.

Ficción, no historia

Don Carlos es, por tanto, más una ópera sobre la libertad, sobre los límites y complejidad del poder y sobre la influencia de poderes fácticos (como la Iglesia). Si se quiere, históricamente es más una ópera sobre Italia que sobre España. Por ese motivo, convertirla en una obra sobre un antagonismo español puede ser poco fiel a la verdad de su proceso de composición.

Por si fuera poco, en la ópera canta un muerto, el fantasma del emperador Carlos V, padre de Felipe II. En otras palabras: la ópera de Verdi es una ópera muy seria, pero no merece la pena tomarla muy en serio desde el punto de vista del rigor histórico. Entre otras cosas, porque reconducirla como hace Boadella acaba colocando el peso de la apuesta en tics y cojeras. La sentencia que dicta la música y el texto muy difícilmente puede ser revertida por la escena o la dirección de actores.

Puestos a reinterpretar y actualizar la ópera, Boadella podría haber colocado a Felipe II en el papel de Estado o presidente del Gobierno, a Don Carlos en un Artur Mas que pide la independencia de Cataluña (en vez de la de Flandes), y al marqués de Posa en el papel de un nacionalista moderado, no independentista, que tiende puentes entre unos y otros.

En lo musical, la esforzada solidez del bajo-barítono John Relyea en el papel de Felipe II sobresale sobre el resto del reparto y da empaque a una producción en la que también destaca Ángel Ódena como un robusto Rodrigo, marqués de Posa, enamorado de su amigo Don Carlos.

El personaje que da nombre a la ópera responde sin estridencias al desafío, aunque con algunas dificultades vocales. Las dos mujeres de la obra, Virginia Tola (Isabel de Valois, esposa de Felipe II) y Ketevan Kemoklidze (princesa de Éboli), van ganando cuerpo a medida que avanzan los actos, como lo hace la orquesta de la Comunidad de Madrid (ORCAM), dirigida por Maximiliano Valdés.

El tirón de Boadella entre un público con muchos nombres propios (nadie quería perdérselo, pero eran sólo tres funciones sin entradas baratas) brindó a la producción una gran ovación cimentada por la vigencia de la música y tramas de la obra que de momento seguirá buscando su verdad fuera del sepulcro.

Además: Marcos Ríos, el accionista de EL ESPAÑOL que disfrutó de la ópera