La candidata que volvió del frío

La vida de Cristina Cifuentes no cambió excesivamente el pasado viernes 6 de marzo cuando, poco después de las 19.15 horas, recibió la llamada de la secretaria general de su partido. Ni al día siguiente cuando al filo del mediodía entró en su móvil la llamada del mismísimo presidente. No. Cuando su vida sí que dio un vuelco radical fue la tarde del 20 de agosto de 2013 al toparse de frente con la muerte y no pestañear. Creía entonces, eso sí, que todo se acababa. Comprobó mucho más tarde que no, que realmente todo iba a empezar de nuevo.

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Reportaje gráfico: Diego Sinova

Antes de volver del frío, y de ponerse nuevamente en marcha, tuvo que pasar por la penitencia del pulmón derecho destrozado, las siete costillas machacadas, los parches de morfina cada tres días, el interminable mes en el hospital, el desasosiego infinito. Y tuvo también que superar la tentación de rendirse y el deseo, efímero pero deseo al fin, de dejarse ir, de abandonarse, de decir adiós. Por dos veces, dos, soñó, cuando ya no aguantaba más, que alguien llamaba a su puerta…

“¿Cambiar mi vida por ser candidata? Para nada. No es comparable esto con aquello. Cuando sufrí el accidente estaba convencida de que no salía, de que mi vida había llegado a su fin. Lo del viernes y el sábado es otra historia: era algo que podía pasar pero que realmente creía que no me iba a pasar; simplemente ha sido una sorpresa. Lo que sí supuso un cambio radical en mi existencia, lo que me cambió de arriba abajo, lo que significó un antes y un después en mi vida fue aquello, tener tan cerca la muerte que el mero hecho de recordarlo ahora me espanta”. En una larga conversación de casi tres horas con EL ESPAÑOL, poco después de ser designada candidata, la todavía delegada del Gobierno en Madrid recuerda fielmente el pasado sin olvidarse de soñar con el futuro.

“Estaba tan segura de que me iba que me preparé para morir. Allí en el hospital aprendí a perdonarme. Y también aprendí a perdonar a los demás. Nunca había hecho ni lo uno ni lo otro. Quería morir en paz y para hacerlo tenía que perdonarme y perdonar”.

En esas jornadas de sufrimiento sin fin le vino a la memoria la última escena de Blade Runner, una de las películas que más veces ha visto en su vida. Exactamente cuando el replicante Roy Batty le susurra al inspector Rick Deckard que “es hora de morir”. Fueron instantes en los que vio pasar su vida como si estuviera en la cabina de José Luis López Vázquez. Y al igual que Batty no hay nada que desee más ahora Cristina Cifuentes que el que esos instantes vividos se pierdan definitivamente en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

Desde esa tarde noche del ferragosto madrileño, cuando su moto chocó con la muerte en el Paseo de la Castellana, la ahora candidata del Partido Popular a la Comunidad de Madrid relativiza todo lo que la rodea, incluso la llamada de su secretaria general y hasta la del altísimo. La de María Dolores de Cospedal fue para anunciarle que iba a ser cabeza de cartel en las autonómicas del 24 de mayo; y la de Mariano Rajoy para darle las gracias por aceptar y desearle suerte, a sabiendas de que la va a necesitar.

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Ignora seguro el presidente del Gobierno y del Partido Popular que de aquellos momentos en los que pensaba que no merecía la pena seguir, su compañera de partido volvió con la fuerza, el convencimiento absoluto y la mala leche que sólo da la lucidez que nace de haber visto la muerte de frente y de tener la inmensa fortuna de vivir para contarlo.

Por eso aguanta lo que le echen. Por eso también las duras jornadas de  hospital la prepararon para perdonar pero no por ello olvidar. Y la ahora candidata del PP recuerda los malos momentos vividos en su partido de toda la vida.

“No todo ha sido un camino de rosas. Muchas veces me han hecho sentir invisible, me han querido hacer ver que acarreaba la peste a mi paso, me han hecho sentir desplazada, inútil; he padecido más de un calvario, me han querido apartar, he sentido el vacío total por parte de algunos destacados sectores de mi partido de toda la vida… Pero no te hablo de hace años, que también, te puedo hablar de hace meses; siendo ya delegada del Gobierno he comprobado su hostilidad y su odio. Han escarbado y siguen escarbando en mi vida. Después del accidente hubo quien hizo correr la voz de que ya no volvería, de que ya no iba a poder continuar mi actividad política, de que iba a tener secuelas, de que me iba a quedar gilipollas. Y ahora ya me están diciendo que si he sido de Fuerza Nueva o que soy poco liberal. En estos días me estoy acordando mucho de todos ellos”.

(Y recuerda, de pronto, otras dos llamadas importantes del pasado fin de semana. La que mantuvo con Esperanza Aguirre poco después de que la llamara Cospedal: “Educada y correcta”; y la que mantuvo con el defenestrado Ignacio González a la mañana siguiente: “Difícil, muy difícil”).

En mi partido ha habido dirigentes que han sido corruptos, que han robado y que nos abochornan. ¿Y?”

“Los que siempre-siempre han estado conmigo -prosigue la candidata- han sido los militantes, la puta base, los pequeños cargos, los diputados regionales, los concejales de cualquier pueblo de la Comunidad; los he tenido siempre a mi lado y me han hecho sentir que era una de ellos, una más”.

Pero dice también que todo esto es historia. “Por supuesto que es historia. Ahora toca lo que toca. Y toca ganar. Quiero ganar. Voy a ganar. Quiero ser presidenta de la Comunidad de Madrid. Ahora hay que remar y cruzar el río. No voy a entrar en guerras de partido y si alguien me quiere meter en ellas yo estaré siempre al otro lado de la línea. Nadie me va a llevar donde no quiera ir. Y lo mismo les digo a mis rivales: voy hacer una campaña limpia, de programa y de ideas, sin descalificaciones, en positivo… como eran antes, hace 15 o 20 años. No voy a agredir a nadie, no voy a entrar en guerras de insultos ni nada por el estilo. ¡No voy a pisar el lodazal!”

– ¿Y cuando le hablen de corrupción, y saquen a colación toda la porquería que rodea al Partido Popular?

– Pues les diré que sí, que es verdad, que en mi partido ha habido dirigentes que han sido corruptos, que han robado y que nos abochornan. ¿Y?

– ¿Y cuando le pregunten por Bárcenas?

– Pues les diré que es un sinvergüenza. ¿Y?

No es Cristina Cifuentes una mujer que se haya caracterizado por morderse la lengua. No lo ha hecho nunca. Y no va a empezar ahora. Si en un partido como el suyo se declara agnóstica, republicana y partidaria del matrimonio homosexual, esta madrileña que todavía no ha cumplido los 51, que adora a Tintín, el buen cine y las grandes series de televisión y que jamás en su vida ha vuelto la cara, no se va a cortar a la hora de arremeter contra los otrora compañeros de partido. En absoluto. Tampoco se va a cortar si tiene que hacerse valer, levantar la voz e incluso decir palabrotas (¡cómo le gusta decirlas!) si la ocasión lo requiere. “Pero todo dentro del partido, porque yo soy muy de partido, muy del partido, soy más del partido que de Cristina Cifuentes, que nadie se equivoque”.

Nunca ha perdido el buen humor. Ni tan siquiera en los instantes más duros. Recuerdan en su equipo las primeras reuniones de trabajo tras el accidente, cuando haciendo de tripas corazón se presentaba en ellas “como un pincel”, sin faltarle un detalle, ni tan siquiera los inevitables zapatos de tacón. Cuando le decían que se pusiera algo más cómodo, ella, con una leve sonrisa, no dudaba en recitar: “Sin tacón no hay reunión”.

Le sigue gustando, también, salir a la calle sin escolta y pasear a lo largo y ancho de Madrid. En los últimos días lo hace desde la sede de la delegación hasta la Plaza de Castilla, ida y vuelta. Sola o con algún amigo que además le hace las veces de entrenador personal. Se instala su gorro de lana y unas gafas de pasta y suele pasar inadvertida para todo el mundo; incluso para algún estrecho colaborador suyo al que el pasado domingo tuvo que decirle “¡eh, que soy yo!”, al tropezarse con él en El Corte Inglés y comprobar que no la reconocía.

Licenciada en Derecho por la Universidad Complutense y máster en Administración Pública y Dirección de Empresa, Cifuentes no es alguien que acabe de llegar a la política. Hasta que el 16 de enero de 2012 tomó posesión de la Delegación del Gobierno de Madrid, había sido diputada de la Asamblea de Madrid desde 1991. Seis legislaturas, seis, en la que en diferentes épocas ocupó más de una decena de cargos. Y dentro de su partido forma parte de la dirección del PP madrileño, siendo presidenta de la Comisión de Derechos y Garantías. Entre 2004 y 2008 también ocupó el cargo de secretaria ejecutiva de Política Territorial.

Quiere llevar su campaña a la calle. A todas las calles de todos los pueblos de la Comunidad de Madrid. También a las calles de la  capital. Quiere aprovechar el poco tiempo que le queda de aquí al 24 de mayo, quiere reunirse con todos los sectores, acudir a todas partes, verse con todos los medios y contarles todo lo que quieran saber; hablar de políticas sociales, de empleo, de las pequeñas y medianas empresas, de educación y de sanidad. Y todo ello con transparencia y honradez: “Porque yo soy honrada”.

(Sabe que llega en el peor momento. Y no ignora tampoco que nadie quiere saber absolutamente nada del Partido Popular. Pero sin embargo le pone, y mucho, la pelea, la confrontación política leal y ética, el debate permanente, el estar en contacto con la gente de la calle, el ganar cuando todos piensan que no puede ganar, cuando los expertos electorales le auguran al PP una caída de hasta 15 puntos en Madrid y Comunidad. Le pone, y mucho, estar ahí e intentar darle la vuelta a todo esto.)

Quiere lanzar a los madrileños el mensaje del ahorro y de la austeridad, de la imperiosa necesidad de abaratar costes y de acabar con despilfarros inútiles. “En estos últimos años las comunidades autónomas han reducido sus gastos, pero creo que aún hay margen para reducirlos más. En Madrid hay consejerías que sobran: o tendrán que unirse con otras o simplemente desparecer. Y también sobra el Tribunal de Cuentas y algunos organismos más de los que ya hablaré cuando empiece de verdad la campaña electoral. Hay que reducir el presupuesto de la Comunidad de Madrid. Y puede hacerse”.

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El equipo de Cristina Cifuentes lo configuran por ahora tres y el del tambor (sic). Recibe sin parar llamadas de compañeros de partido que se ponen a su disposición, que se ofrecen para lo que sea menester, para trabajar ya a su lado. Ella les dice a todos que sí, siempre y cuando vengan a eso, a trabajar, a remangarse la camisa y a dar el callo. Sabe distinguir entre quienes la llaman para arrimar el hombro y quienes lo hacen pensando en listas y en cargos.

De la dirección popular madrileña, a la que no ha hecho excesivamente feliz su nominación ni el equipo que ha montado a su alrededor, todavía no tiene muchas noticias aunque le gustaría creer que la apoyarán tanto como a Aguirre, la candidata al Ayuntamiento de la capital. De los que sí tiene noticias, y muy buenas, es de la dirección nacional. Le han prometido toda la ayuda necesaria; todo lo que ella quiera.

Por el momento todavía sigue al frente de la delegación del Gobierno en Madrid y dejar el despacho de Miguel Ángel 25 va a sumirla en una profunda desazón. Le ha gustado ser delegada del Gobierno, le gusta seguir siéndolo todavía, aunque lo tendrá que dejar, calcula, entre el 15 y el 30 de abril. Se ha sentido feliz porque le ha permitido conocer a personas extraordinarias, a servidores anónimos que realizan labores anónimas pero imprescindibles para la seguridad de los ciudadanos; se ha entendido a la perfección con policías y guardias civiles y los va a echar de menos. Recuerda como su mayor alegría en la vida política el día que le ofrecieron este puesto.

Cifuentes va por la vida ligera de equipaje y recuerda un poco la imagen de Vaclav Havel cuando abandonó la sede de la residencia oficial de la Presidencia de Checoslovaquia con una bolsa de deporte al hombro. Busca piso pequeño en alquiler donde colocar los pocos enseres que ha logrado reunir en su pequeño apartamento de la Delegación del Gobierno y los que le guarda un amigo en el garaje de su casa. Fuera de esto, no tiene nada; nada de nada.

Ahora, mientras llega la batalla que tanto está esperando, no hay día que la todavía delegada del Gobierno no se distraiga unos minutos haciendo subir y bajar la bolita de su espirómetro. Lo utiliza para hacer ejercicios de respiración diafragmática. El espirómetro es un aparato que mide la capacidad respiratoria de los pulmones. Lo empezó a usar para fortalecer su pulmón derecho que quedó malparado tras el accidente de moto y que ahora ya está perfecto. (Y para demostrarlo se pone a hacer ejercicios sobre el suelo de su despacho). Sin embargo, y quizá para no olvidar el infierno sufrido, lo continúa utilizando como si de un mantra se tratara: bolita arriba, bolita abajo, cogiendo y soltando aire. Cuando se pone a ello cierra los ojos, se mete el tubo en la boca, se relaja, empieza con la bolita y piensa, piensa mucho: quizá en la vida que recuperó, quizá en lo que pudo haber sido, quizá en lo que puede ser…

-¿Si es presidenta de la Comunidad de Madrid se hará un sexto tatuaje?
-Me lo voy a pensar. Sí, me lo voy a pensar.