De ascendencia judía, explosiva, novia de un independentista, Andrea Levy acaba de llegar a la vicesecretaría de Programas y Estudios del Partido Popular para aportar frescura y revolucionar la campaña electoral. Está por ver qué le dejan hacer. Así es la bomba Levy.

La sede del Partido Popular es gris con tonos azules. La quinta planta estaba vacía el miércoles por la tarde. En un despacho Andrea Levy, de 31 años, leía un dosier. Llevaba un vestido corto fucsia, una cazadora tejana y un collar de cuentas de colorines. El aspecto de Levy no encajaba en el ambiente.

Andrea Levy es desde el 18 de junio vicesecretaria de Programas y Estudios del Partido Popular. Antes tenía el mismo cargo en el PP de Cataluña, donde nació y creció. Es un cargo importante: sustituye a Esteban González Pons y debería encargarse del programa electoral. La secretaria general, María Dolores de Cospedal, la llamó una hora y media antes del nombramiento. Cuando vio la llamada, Levy pensó que querría algún artículo sobre Cataluña. “¿Qué tal, cómo estás?”, le dijo Cospedal. Era un saludo raro: “Aquí, preparando la comida”, respondió Levy, siempre según su versión.

“¿Te vendrías a Madrid?”, le dijo la secretaria general. Levy tampoco imaginó una oferta seria. Cospedal le anunció el cargo. Levy entonces pensó, según dice: “Cómo debe estar el PP para que me pongan de vicesecretaria”. No era tan raro: el Partido Popular busca renovar su imagen y acercarse a los jóvenes. El objetivo del ascenso de Levy -junto a Pablo Casado y Javier Maroto- es cambiar el tono del partido y ampliar los flancos débiles. Los tres se parecen más a candidatos de Ciudadanos que Mariano Rajoy o Esperanza Aguirre. De momento es maquillaje. Si hay cambios más profundos, está por ver.

Andrea Levy es nueva. El director de una de sus primeras tertulias fija en Barcelona, Daniel Domenjó de La Rambla en Barcelona TV, vio un artículo suyo con foto en un periódico y la fichó. El director de la tertulia de radio más escuchada en Cataluña, Jordi Basté de RAC1, la contrató porque “siempre busca gente nueva”. El Partido Popular buscaba caras nuevas. Ahí está Andrea Levy. La novedad ha sido su trampolín.

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Reportaje gráfico: Dani Pozo

Pero detrás había más. Hay un consenso entre la gente con quien he hablado y que conoce a Andrea Levy sobre cuál es su mejor cualidad pública: su autonomía dentro del partido. Levy lo sabe y presume de criterio propio. Su mayor excentricidad en una tertulia ha sido abandonar el estudio de la emisora catalana RAC1 porque un participante -Xavier Sala i Martín, catedrático de Economía en la Universidad de Columbia- pusiera en duda su independencia.

Sala le preguntaba una y otra vez si es militante del PP. El profesor quería demostrar que Levy es sólo portavoz de unas siglas. La sentencia final de Sala que hizo que Levy estallara y abandonara el estudio es: “Hace un par de semanas me dijiste que recibías broncas y que decías cosas aunque luego te riñeran”. Sala no ha respondido a repetidos correos electrónicos donde le pedía confirmación de la frase. La discusión en catalán puede oírse en este vídeo, sobre todo los últimos tres minutos. Puede percibirse también la facilidad con que Levy sube de tono.

En su siguiente aparición, Levy explicó por qué se había molestado tanto: “Yo no soy militante del PP, soy la número tres del PP en Cataluña”. El partido no hace su opinión, sino que su opinión conforma el partido. Toni Comín, profesor de Esade, ex diputado socialista en Cataluña y contertulio habitual de Levy, tiene esta teoría: “Andrea no se mueve a golpe de argumentario. Pero no lo hace por ser díscola o la minoría crítica, sino porque aprovecha su posición de peso e influencia política para tener discurso propio, como persona intelectualmente libre, al margen a veces de la posición oficial”.

Paraguas en lugar de jaulas

Levy entiende el papel de los políticos con un margen de maniobra mayor: las opiniones pueden diferir porque la lealtad a las líneas generales está descontada. Los partidos son así más paraguas que jaulas. “Estoy súperorgullosa de las responsabilidades que me han dado en el Partido, pero quiero que mi perfil sea destacado. En las tertulias si me siento y la gente dice ‘PP’, ya saben qué diré. En cambio, conmigo la gente se sigue quedando a oírme”, dice Levy.

Los partidos en España están hoy bien acostumbrados. Sus soldados suelen seguir las órdenes. Levy en cambio chapotea más allá de la línea roja y a veces todo tiembla debido a la persistencia de la ridícula unidad irreal de partido. He preguntado a Levy y a otras personas que valoran su criterio cuándo ha traspasado el límite. Me han señalado cinco casos: 1. Levy dijo sentir “vergüenza ajena” cuando sorprendieron jugando a ‘Candy Crush’ en el Congreso a Celia Villalobos. 2. El PP fue el único partido junto a Unió en votar en contra de una ley contra la homofobia en Cataluña y Levy lo criticó. 3. Le pareció mal que el delegado del Gobierno en Andalucía, del Partido Popular, dijera: “No quiero que en Andalucía mande un partido llamado Ciutadans y su presidente, Albert”. 4. Criticó los evidentes malos resultados de su partido en las últimas elecciones municipales; veía una oportunidad evidente de renovación, como así ha sido al menos para ella. 5. Al contrario de lo que cree Jose Ramón Bauzà, ex presidente de las Baleares, que cambió la ley de la función pública para que el catalán no fuera un requisito, Levy ha dicho que un ciudadano balear o valenciano debe poder dirigirse en cualquiera de sus lenguas a un funcionario.

Levy puede ser una bomba, pero no siempre se lanza. A pesar de que Levy sea del PP por cómo es -y no al revés: piensa así por ser del PP-, sabe bien quién está en su equipo. Un ejemplo destacado es su reyerta con el ex diputado y ex militante del PP, Joan López Alegre. En una tertulia en 2013, López criticó a su antiguo partido. Levy le recordó con vehemencia que había sido militante y diputado del PP: “Ahora no hagas el numerito”, le dijo, o “va, cuenta milongas”. López le respondió que era “una maleducada”. López nunca había visto a Levy y nunca la ha vuelto a ver, “aunque no guardo ningún rencor por aquello”, dice. Levy no ha querido ahondar en el origen de la rabieta.

La independencia de Levy no es por tanto barra libre. “Es muy leal al partido”, dice Juan Milián, su sustituto en el PP catalán. Jordi Basté recibe en su tertulia a Levy una vez por semana desde 2013. “Es de las personas con más capacidad de autocrítica de su partido que he conocido”, dice Basté, que se refiere no sólo a personas del PP sino de todos los partidos. Pero es fiel. Basté ofrece un ejemplo del tercer programa que tuvo a Levy en antena: “Hice un comentario a micro cerrado sobre [la presidenta del PP catalán] Alicia Sánchez Camacho. Al día siguiente me llamaron para reprochármelo. Cuando volví a ver a Andrea, le recordé que aquello era privado. ‘Ya, contestó, pero es que soy muy amiga de Alicia’. Me sorprendió su fidelidad”, cuenta Basté.

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Una pareja independentista

La prueba más personal de su criterio propio es quizá su pareja: Enric Vila, un célebre escritor independentista catalán que publica cada semana en El Punt Avui y El Singular. En una de sus últimas tertulias en RAC1, Levy llamó con sorna “prohombres de la independencia” a Vila y dos de sus amigos, el periodista y profesor en la New York University Jordi Graupera y el escritor y filósofo Bernat Dedéu, con quienes Levy comparte tertulias y amistad. Levy y Vila, 12 años mayor, no esconden su relación. Ninguno de los dos ha querido hablar sobre ella para este reportaje. En un artículo de inicios de julio en El Punt Avui, Vila critica a Enric Millo, portavoz parlamentario del PP catalán. En una entrevista en mayo en Crónica Global, Levy decía: “Nos ‘independizaremos’ de los independentistas”. La pareja parece capaz de separar la vida privada de la vida pública.

Desde el Partido Popular catalán destacan la valentía de Levy, pero imaginan una situación cotidiana difícil: “Por suerte a mí no me pasa, pero creo que me sería más fácil estar con una comunista”, dice riendo Juan Millán, sucesor de Levy. José Antonio Coto, que coincidió con Levy en Nuevas Generaciones en Barcelona, imagina que “deben hablar poco de política”.

La modelo más difícil

El estilo de Levy es hiperactivo, estridente, a veces histriónico. Habla con una voz aguda inolvidable y ríe casi a la vez, como si estuviera nerviosa sin estarlo. Gesticula sin parar y mira a los lados. El fotógrafo de este reportaje, Dani Pozo, no recordaba a alguien tan difícil de captar: “Apenas mantiene el gesto, tienes segundos para disparar”, dice. Sus asesores en el partido le piden respuestas más cortas y menos rapidez al hablar. Han intentado también que lleve otro tipo de ropa: “Pero no lo han conseguido”, dice Levy. Cuando el fotógrafo la hace posar con miradas a lo lejos se queja de su cursilería.

Esa hiperactividad y su juventud ayudan en la apariencia de mantener un supuesto apego menor al partido: “Dice que ocupa la vicesecretaría, no que es vicesecretaria”, dice su jefe de gabinete, David Álvaro. En el Partido Popular Levy ha tenido dos cargos orgánicos, no electos, aunque ha ido dos veces en las listas a elecciones.

La labor que parecen haber encargado a Levy –renovar la imagen del partido- no es sencilla, más si su margen de maniobra es escaso. Isabel Benjumea, cofundadora de red Floridablanca, una plataforma para el debate de ideas de centroderecha, cree que “la voluntad de Andrea es sincera, tiene ganas de hacer cosas, viene de una larga batalla en Cataluña”. Hay sin embargo una objeción, según Benjumea: “No sé si es sincero su nombramiento. El PP ha puesto a dos personas jóvenes y creen que ya han cubierto, pero ahora hay que hablar de ideas, no de quién”. El programa de la Conferencia Política del PP da poco margen para la novedad: ministros, cargos orgánicos. No hay ningún riesgo, ni aventura, más allá de las caras nuevas, que solas solo pueden figurar.

Cinco personas que conocen bien a Levy me han dicho que tiene un carácter variable: es encantadora, seductora, pero en un mal día puede pasar de todo. Ella dice que “debe ser porque soy un poco acelerada y me coges con treinta cosas a la vez; pero cuando me paso, intento reconciliarme”. Twitter ha visto trifulcas célebres de Levy. Luego borra los tuits. Cuando le pregunté, dijo que cerró una vez la cuenta y “se borraron tuits”, que es algo que no ocurre. Quizá su polémica más sonada ha sido por este tuit: “A los que les gusta hablar de la DUI [Declaración Unilateral de Independencia] de Kosovo quizás deberían recordar también sus 12.000 muertos #noeslomismo”.

Bernat Dedéu se lo recriminó en público y se enzarzaron. Levy dijo que Dedéu “voluntariamente buscaba bronca”. Pero no fue a más. “Luego lo arreglamos con unos gintónics”, me dijo Dedéu. “Todo lo arreglamos con gintónics”, me confirmó Levy. Dedéu dijo tras el lance: “No sé cómo sería una Cataluña independiente, pero sí sé que un mundo con gente tan inteligente como Andrea sería mucho mejor”. Levy me lo recordó: “¿No te ha dicho Dedéu que el mundo conmigo es mucho mejor?”

Levy ha tenido otras apariciones tuiteras subidas de tono. He encontrado estas capturas. A la periodista de La Sexta Pilar Carracelas le dice en los tres tuits centrales: “Qué va. Estoy estupenda, pero tengo un límite en tonterías. Pero tu tranki, que seguro que si sigues así todo irá bien”. “Es que a veces te haces un poco pesada. En especial cuando quieres saber de cosas que no sabes. De buen rollo”. “Cuánto sabes tronka, ¡no sé cómo no te han hecho aún un monumento!”.

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Esta ristra da también idea del lenguaje de Levy en un momento encendido. Es explosiva en distancias cortas:

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La tradición judía

Andrea Levy creció en la plaza Bonanova, una de las zonas más selectas de Barcelona. Es hija única. Su apellido es -junto a Cohen- uno de los que tienen mayor tradición en el judaísmo. La mención “los hijos de Levi” aparece ya en el Éxodo. Pero su padre no la educó en la cultura judía. Dos amigas de grandes familias judías catalanas la han animado varias veces a acercarse a la comunidad. “Me he mantenido al margen”, dice Levy.

Como buena política, presume de libros sesudos desde la niñez: “El primer libro que me regalaron fue El principito. También recuerdo una versión de La Odisea. Tenía más libros que juguetes”. Estudió en el Liceo Francés -“lo que más recuerdo son las huelgas de profesores”- y antes de empezar la universidad estuvo una temporada en Londres: quería ser artista e hizo un curso de tres meses de dibujo en Central Saint Martins, uno de los centros más prestigiosos del mundo del arte. Hoy un curso allí de una semana de inicio al dibujo cuesta 728 euros. Saint Martins es también la escuela donde estudia la niña pija de la canción Common People de Pulp. “En aquella época escuchaba mucho Common People, de Pulp. También New Order, Blur, Suede, Radiohead”, dice Levy.

Después de estudiar, siguió en Londres: “Era entonces muy poco seria. No hice de camarera, era un poco mimada”. Regresó a Barcelona para estudiar Relaciones Internacionales y Protocolo: “Me cogió un poco de conciencia, debía centrarme en la vida”. En esos años decidió afiliarse al Partido Popular y entrar en Nuevas Generaciones. A pesar de que hacía una beca con el entonces conseller socialista de Agricultura Antoni Siurana -que no ha querido hablar para este reportaje-, optó por afiliarse al PP: “Para que las cosas sean fáciles en Cataluña hay que afiliarse al PP”, dice sonriendo.Captura de pantalla 2015-07-10 a la(s) 23.52.46Cuando acabó Relaciones Internacionales, empezó Derecho. Estuvo una temporada también de “mindundi” en el despacho de Roca Junyent y luego le salió un trabajo en una agencia de comunicación, Tinkle, que combinaba con Nuevas Generaciones y la carrera. Levy ha tendido a hiperactividad laboral desde la universidad. Como otros políticos, Ada Colau o Albert Rivera, Levy fue delegada de clase en primero de carrera. Creó también el grupo de Nuevas Generaciones en Derecho de la Universidad de Barcelona.

Vida de abogada

Tras licenciarse, en septiembre de 2011, entró al despacho Uría Menéndez, uno de los tres con más prestigio en España entre juristas -junto a Garrigues y Cuatrecasas- y el que tiene las pruebas de acceso más duras. La entrada en Uría requiere un expediente académico extraordinario. Levy no ha querido compartir el suyo: “Sería pedante”, dice. En uno de los exámenes de acceso a Uría, Levy tuvo que abandonar por una infección en el riñón. A pesar de eso, y para su sorpresa, logró entrar.

Uría no ha permitido que ninguno de sus abogados hable para este reportaje -“es un asunto personal y no profesional”, me dijo por correo el director de comunicación, Dionisio Uría Ronsmans. Pero he podido averiguar que la carrera de Levy en Uría no fue fulgurante. Uría tiene un sistema establecido de promoción. Los abogados de primer año están dos ciclos de seis meses -llamados rotaciones- en dos departamentos distintos: uno al azar y uno escogido. Cuando acaban, promocionan a junior 1. Una gran mayoría lo hace. A los que no, Uría les invita a salir o les ofrece una tercera rotación. En el ambiente competitivo de estos despachos es una mala señal. Levy hizo una tercera rotación. Durante su tiempo en Uría, ya dejó claro que su vida estaba en la política y no iba a proseguir la carrera jurídica. Salió por voluntad propia para aceptar la propuesta de la presidenta del PP catalán Alicia Sánchez Camacho y convertirse en vicesecretaria.

Durante el año y medio en Uría y hasta ahora, ha sido también concejal de distrito en el barrio de Gracia de Barcelona, que es donde vive ahora. Conserva un recuerdo ambiguo de la política municipal: “Mi primera intervención fue para un vecino que me escribió que en su calle había muchas cagadas de paloma y que pasara más el camión de basura”, dice.

He hablado con media docena de abogados jóvenes de grandes bufetes y trabajan fácilmente 12 horas diarias. La compaginación de la labor allí con la política municipal primero y con la Ejecutiva del PP a partir de mayo 2012 era inasumible. Así terminó la carrera jurídica por ahora de Andrea Levy.

Quiere ser Richelieu

La vocación política de Levy era preponderante. “Ha llegado a la política para quedarse y tiene una ambición indisimulable”, dice su amigo independentista Bernat Dedéu. Levy cree que la política es muy necesaria, pero que eso no significa que trabaje siempre desde un partido. Dedéu también cree que “bajo su dulzura, hay una Maquiavelo en potencia”. Le pregunto a Levy por la definición. Ríe, se mueve y no da con nada: “Nunca me hago reflexiones sobre mí misma”. Pero se queda con Maquaivelo, que saca otras veces durante nuestra charla y no le gusta. Un buen rato después, con la entrevista ya terminada, en plena sesión de fotos, me grita: “¡Richelieu!”, y no Maquiavelo. Ése es el personaje que quiere tener debajo de su dulzura. Levy me recomienda el libro Richelieu y Olivares, de John H. Elliott.

En 2013, después de Uría, Levy se paseaba por las principales tertulias de Cataluña. Empezó por pequeñas y fue a más. Pertenece a la generación de políticos que se ha hecho mayor en los platós. Los tres grandes representantes son Pablo Iglesias, Ada Colau y Albert Rivera, pero no los únicos. A Levy le han dado tablas, fama y capacidad de argumentar: “Las tertulias han tenido en un ambiente convulso como el catalán la capacidad de permitirme una argumentación que no te expulse directamente del sistema”, dice Levy Europa Press describe así su ascenso: “La plataforma de Levy han sido principalmente las tertulias en los medios de comunicación”. Sin tertulias en las principales radios y teles catalanas, Levy hoy no sería quien es. En Madrid ya ha recibido ofertas para ir a alguna de las grandes tertulias. No me dejan revelar el nombre de una porque el acuerdo no está cerrado y el responsable de prensa prefiere la cautela para decidir qué hacen con calma.

El cargo nuevo de vicesecretaria nacional da otro perfil a Levy. “Ahora seré algo más formal”, dice. Madrid impone. La bomba procurará controlar su capacidad explosiva. Desde Barcelona, algunos amigos temen por Andrea. Tendrá más presencia, más audiencia. La Conferencia Política del PP es su bautizo oficial. Pero está por ver si esa exposición y ese riesgo mayores se traducen en poder dentro de un partido que todavía controla Mariano Rajoy.