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Dos operarios retiran un cartel de Benjamin Netanyahu. Detrás aparece uno de su rival laborista Isaac Herzog.

Este martes 17 de marzo hay elecciones en Israel. Éstas son seis claves para entender mejor el proceso y los posibles resultados.

1. Netanyahu, Netanyahu, Netanyahu.

Benjamin Netanyahu es el segundo primer ministro israelí con más años en el cargo. El primero fue el fundador del país, David Ben Gurion. Netanyahu lleva en el poder desde marzo de 2009 y estuvo otros tres años entre 1996 y 1999.

Su gestión -junto a la de Ariel Sharon- ha marcado el Israel del siglo XXI: el proceso de paz firmado en Oslo está casi extinguido, hay más colonos en los asentamientos, Irán es el gran enemigo y hay una economía más liberalizada que ahora crece menos y donde el sector tecnológico es la estrella.

Estas elecciones son un referéndum en el que los israelíes deben responder esta pregunta: ¿quieres que Netanyahu siga? La gran ventaja del primer ministro es que nadie le hace sombra. El suyo es probablemente el cargo de primer ministro más duro del mundo. Netanyahu se lo ha hecho a su medida. No hay en el horizonte nadie con su perfil. Está tan claro que el primer ministro se permite grabar anuncios de campaña así: Israel es su guardería.

En diciembre, cuando convocó estas elecciones, su victoria parecía un trámite. Hace una semana, también. Pero de repente, a días de las elecciones, hay alguna opción pequeña de que no siga.

2. Alternativa gris pero eficaz.

Si Netanyahu no repite, el primer ministro será Isaac Herzog, el líder laborista. Herzog es nieto del primer rabino jefe de Israel e hijo de un militar de éxito y ex presidente -que no primer ministro- de Israel. Herzog es abogado de un barrio rico. Parece más joven de lo que es y no es un orador con carisma.

He hablado por correo electrónico con un israelí que conoce a Herzog desde hace 20 años y que prefiere que no le nombre porque trabaja ahora para el gobierno. Lo describe así:

La mayoría de la gente acepta que Herzog es un estratega político astuto, un tipo que cumple lo que dice (ha sido varias veces un ministro eficaz y la mayoría de ministros no lo son). Es un buen tipo, pero no un matador (lo digo en un sentido metafórico, no como nuestros enemigos describen a menudo a nuestros líderes). ¿Se enfrentará a alguien realmente amenazante? No lo veo suficientemente duro para el cargo.

Herzog tiene una respuesta para esta presunta debilidad: Levi Eshkol. Eshkol fue el primer ministro que sucedió al padre de la patria, Ben Gurion, en los 60. Era dubitativo, pactista, pero ayudó a levantar el país con infraestructuras y visión. Fue el primer ministro de la exitosa pero caótica Guerra de los Seis Días. Hoy le llaman “el héroe olvidado”. Herzog puede intentar ser algo parecido. Un primer ministro que mire hacia dentro y procure ganar, a su pesar, si una guerra acecha.

Desde 1999 ningún laborista gobierna Israel. El último primer ministro del partido fue Ehud Barak. El laborismo mandó en Israel desde 1948 hasta 1977. Desde entonces, sólo dos laboristas han ganado elecciones: Barak y Rabin. Los dos habían sido generales. Uno firmó los acuerdos de Oslo y el otro intentó un segundo acuerdo de paz en Camp David y Taba.

Hay algo más que ayuda a Herzog en estas elecciones. Al inicio de la campaña se alió con Tzipi Livni, que ha sido ministra en casi todos los gobiernos desde 2001. Primero con el Likud (con Ariel Sharon de primer ministro) y luego con Kadima (el partido que creó Sharon al escindirse del Likud). La unión de Herzog y Livni se llama Unión Sionista.

Si ganan, Herzog y Livni se repartirán el cargo de primer ministro: primero dos años para Herzog y luego otros dos para Livni. El acuerdo es un favor mutuo. El Partido Laborista es un partido mayor que Hatnuá, la formación de Livni. Ella aporta un toque centrista a Herzog, aunque hace ya años que el laborismo no es un partido de izquierdas.

3. Lo más probable.

En los sondeos de la última semana, la Unión Sionista ha sacado una ligera ventaja al Likud de Netanyahu: 24 escaños a 20. Los dos partidos están lejos de la mayoría absoluta de 61 escaños pero es importante ser el primero con holgura para que el presidente, Reuven Rivlin, encargue al ganador la formación del gobierno.

Ésta es por ejemplo la última encuesta que publicó este viernes Channel 10. Ya no se pueden publicar más pero la tendencia reciente a favor de Herzog y Livni es evidente.

Cuando acaben las elecciones, empezarán los problemas. El panorama político de Israel es un mosaico de colorines. Si la Unión Sionista gana, es más difícil que forme gobierno porque tiene menos aliados naturales que Netanyahu. Aquí están todas las opciones bien explicadas. Éstas son las principales:

a) Hacia la izquierda. El único partido judío realmente de izquierdas es Meretz. Hay un partido comunista, Hadash, formado por árabes y judíos, que este año se integra en la Lista Árabe Unida (JAL). Los partidos árabes podrían ser este año la tercera fuerza en Israel. Sería un bombazo. Les dedico el punto siguiente. Si Herzog se uniera con Meretz, sumarían 29 escaños.

b) De centro. Hay un partido de centro-izquierda, Yesh Atid, y uno de centro-derecha, Kulanu. Los dos fueron creados hace poco y pueden aliarse con cualquiera de los dos favoritos. El primero está liderado por Yair Lapid, ex presentador de televisión, que en sus segundas elecciones sacará algo más de 10 escaños. Ahora tenía 19. Kulanu es un partido recién fundado. Su líder, Moshe Kahlon, fue ministro del Likud. Entre Kulanu y Yesh Atid suman 22 escaños en los sondeos. El centro más la izquierda llegarían a 51 escaños, lejos aún de los 61 de la mayoría absoluta. Sería una coalición rara porque Kulanu es aliado natural de Netanyahu, pero podría ser.

c) Hacia la derecha. El Likud de Netanyahu tiene a su derecha a Bayit Yehudi e Yisrael Beitenu. Entre los tres sacarían 37 escaños. Si se añadieran los 22 del centro, serían 59. Netanyahu está más cerca de formar una coalición sólida. Pero si su partido pierde con varios escaños de distancia, el presidente Rivlin estará obligado a pedir a Herzog que intente levantar una coalición. La decisión de Rivlin depende también de consultas con los líderes de todos los partidos. Herzog dispondría de dos meses para lograr un acuerdo y lo tendría difícil, pero no imposible.

d) Los ultraortodoxos. El comodín para cualquiera de los dos favoritos son los 19 escaños de los tres partidos ultraortodoxos. Eso si van juntos. Los ultraortodoxos tienen intereses propios de su comunidad, que son básicamente que les dejen en paz y les sigan pagando subsidios para estudiar religión y tener familias numerosas. 

Un partido es el gran enemigo de los ultraortodoxos: Yesh Atid. Su líder Lapid ha impulsado una reforma para que los ultraortodoxos estén obligados a ir al ejército. Si en 2017 se niegan, se les impondrán las mismas sanciones que a cualquier desertor: detención y posible cárcel. Es improbable por tanto que si Yesh Atid va con Herzog -como sería natural- los ultraortodoxos acepten entrar.

Para complicarlo aún más, Meretz no quiere compartir alianza con Yisrael Beitenu. Las negociaciones serán un billar con bolas de porcelana. Todas estas teorías surgen de sondeos. Israel es un país que suele dar alguna sorpresa en las elecciones. He hablado por teléfono con una consultora de opinión pública. No puede dar su nombre porque asesora durante la campaña a un partido. Una de las grandes preguntas es si la tendencia se mantendrá y Unión Sionista llegará a los 30 escaños. Eso le facilitaría una coalición. “Es muy muy difícil”, me ha dicho.

En resumen: Netanyahu perderá la elección pero tendrá más fácil formar gobierno. Aunque si la victoria de Herzog es contundente, una de sus virtudes -su habilidad para los pactos- puede acabar por echar a Netanyahu del poder.

Por si todo esto lío no bastara, el presidente puede pedir a Herzog y a Netanyahu que formen un gobierno de unidad nacional. Es improbable, pero es una opción real.

4. Árabes menos invisibles.

La mayoría de los ciudadanos de Israel son judíos. Pero hay un 20 por ciento de israelíes que son de origen árabe. Tienen representación en el Parlamento pero no participan en gobiernos ni en grandes decisiones. Aunque sí ha habido algún ministro árabe en partidos judíos.

Esta vez ha habido un cambio electoral. Yisrael Beitenu impulsó un cambio en el porcentaje mínimo de votos para entrar en el Parlamento. Su intención era dejar fuera a los pequeños partidos árabes. Se han coaligado para evitarlo. En una ironía increíble, ese nuevo límite electoral amenaza con dejar fuera del Parlamento al partido que lo impulsó, Ysrael Beitenu, cuyo líder Avigdor Liberman era ministro de Exteriores.

Los partidos árabes suelen aparecer poco en los medios y en las conversaciones. Los miembros de la coalición forzosa son cuatro: dos nacionalistas, un islamista y un comunista. Ahora su alianza puede ser la tercera fuerza del país. No sólo eso: su líder, Ayman Odeh, es distinto. Su discurso no es sólo propalestino. Su intención es incluso captar votos judíos de descontentos con el trato a los pobres: “Mientras nos peleamos sobre la definición de Israel como estado judío o un estado para todos sus ciudadanos, Israel no es ninguna de las dos cosas. Es el estado de los magnates que nos mandan a todos”, dice Odeh.

Amnon Vidan, director de responsabilidad social corporativa en una empresa en Haifa, me dice por email: “Hasta ahora Odeh ha dado una impresión positiva y se le ve como pragmático, razonable y dialogante”. Es una percepción extendida. Odeh tiene al menos dos misiones: hacer que los israelíes judíos les tengan en cuenta y mantener unida a su variopinta coalición. Ya han tenido conatos de peleas.

5. El conflicto seguirá ahí.

Si no hay violencia, el conflicto no se ve o se ve menos. Al sol, en un café de Tel Aviv, es fácil olvidar que el país ocupa militarmente una región a menos de cien kilómetros de allí. El proceso de paz es el asunto eterno en Israel y en el extranjero. Gane quien gane, lo seguirá siendo: cerca de un 60% de israelíes cree que no habrá ningún avance después de las elecciones.

Los temas difíciles para el acuerdo son los cuatro de siempre: seguridad -Cisjordania desmilitarizada o no-, frontera definitiva, división de Jerusalén y asentamientos. ¿Por qué es difícil un acuerdo? En Gaza había menos de 10.000 colonos cuando Sharon les ordenó en 2005 que abandonaran sus casas. Fue un drama nacional y hoy Hamás lanza cohetes desde Gaza. En Cisjordania hay 350.000 colonos sin contar Jerusalén este. El esfuerzo nacional para hacer que toda esa gente abandone sus casas es inimaginable.

Herzog ha preparado cinco gestos si gana las elecciones y forma gobierno. El único que tiene que ver con la Autoridad Palestina y el conflicto es el cuarto: “Iré a El Cairo para reunirme con el presidente Al Sisi y ver si puede hacer volver a Mahmud Abás al proceso de paz”. Si esa negociación mediada avanzara, debería lidiar con los asuntos más difíciles. Así explica Herzog cómo lo hará:

No habrá retirada [militar de Cisjordania] hasta que no haya alguien que asuma responsabilidad por el territorio. Así que si se demuestra imposible conseguir un acuerdo permanente, intentaré obtener un acuerdo interino basado en delinear la frontera y asegurar seguridad. Y entonces, si el momento debiera llegar de sacar los asentamientos, lo haré. Pero solo lo haré como lo hizo [el primer ministro del Likud Menachem] Begin: con acuerdo y después de dialogar con los mismos colonos.

Todo son frases con condiciones. Es palabrería. El conflicto podría entrar en otra fase, pero una solución final es soñar.

6. Ser un país normal.

Israel es un país obsesionado por su seguridad. Herzog sería un candidato ganador en muchos otros países. Pero en Israel no. El conflicto sería sólo una de sus prioridades en sus primeros días como primer ministro. Las otras cuatro serían: visitar la tumba de su padre para demostrar sus raíces y lealtad, aplicar un programa socioeconómico nacido de las protestas de 2011 (el 15-M israelí), ir a Washington a ver al presidente Obama e intentar volver a ser amigos (a pesar de Irán) y hacer algún gesto de reconciliación hacia la población árabe israelí. Este anuncio electoral de la Unión Sionista insiste en esa idea:

Entre esas medidas, solo hay propuestas positivas: no hay amenazas ni miedos ni líneas rojas. No hay tensión. Es lo contrario de lo que ocurre hoy. Israel ha probado el camino de Netanyahu y su partido, el Likud. ¿Sienten hoy los israelíes que viven en un país más seguro? Según las encuestas, parece que no del todo. Así lo explica David Yabo, un israelí de origen español desde Rishon Lezion, un suburbio de Tel Aviv: “La política de Netanyahu se basa en el miedo. Hace creer a la población que sólo él puede mantener a raya el terrorismo palestino y se equivoca. Atentados, aunque pequeños, se siguen sucediendo en el país y caminar según por qué barrios de Jerusalén y a según qué horas sigue siendo arriesgado”.

Esto es lo que dice al diario Haaretz el director de un concesionario: “Netanyahu no se preocupa ya por la gente normal. Lo que quiero es un país normal donde el primer ministro no hable solo de Irán y tenga en cuenta cosas normales como los precios altos y la vivienda”. Israel no es un país normal. Pero quizá se pueda vivir en esa ficción unos meses, unos años. Es probable que sea poco, como dice aquí el experto en seguridad Daniel Nisman:

Por un rato, por una campaña, Israel se centrará en los impuestos y el Estado del Bienestar, en la educación y en la inflación. Incluso el Likud ve que debería haberlo hecho más. Pero será por poco tiempo. En abril, la Autoridad Palestina llevará los asentamientos y la última guerra de Gaza a la Corte Penal Internacional de La Haya. Empezará un proceso largo que requerirá atención y debate. Aunque no haya violencia -o la violencia sea asumible- Israel no podrá esconder la cabeza durante mucho tiempo.