Mis seis años en Bruselas convirtieron mi idealismo europeo en serias dudas sobre la labor de la Unión. Desanima ver de cerca los acuerdos chapuza pactados al alba, escuchar las declaraciones grandilocuentes, presenciar los titubeos en la defensa de los principios más básicos o comprobar que un funcionario del Ministerio de Economía español tiene poco que envidiar a un alemán de la Comisión Europea.

Creo que el departamento que dirigía Joaquín Almunia falló al no controlar con más esmero las cuentas griegas antes del estallido de la crisis y que la apuesta por los recortes generalizada no era una buena solución para salir de la recesión en todos los países de la zona euro. Me pareció indignante que los funcionarios de la UE lucharan para que no se congelaran sus sueldos públicos, desmesurados en comparación con los de sus colegas de cualquier institución internacional mientras los ciudadanos europeos que los pagaban sufrían recortes de salarios y servicios. Me decepcionó, como a muchos, la elección de un presidente de la Comisión Europea cuyo nombre no estaba en ninguna papeleta en las elecciones europeas y que representa gran parte de los males de una generación corrupta, trasnochada y acostumbrada a la oscuridad.

Tengo claro que los titubeos de los líderes de los gobiernos europeos y de las instituciones de la UE contribuyeron a acrecentar los problemas que las economías más débiles traían de casa. Pero, en el caso de Grecia, también estoy convencida de que la UE ha hecho un esfuerzo genuino para ayudar a la anticuada y fallida economía griega. La última crisis es, en gran parte, responsabilidad del desafío continuo del Gobierno de Alexis Tsipras y de su incapacidad para aliarse incluso con los países más sensibles a la defensa del gasto público como Francia o como Italia.

La UE y el FMI han desembolsado más de 260.000 millones de euros en dos planes de rescate entre mayo de 2010 y agosto de 2014, según las cifras de la Comisión Europea. Los miembros de la zona euro han hecho un esfuerzo extraordinario mientras recortaban sus propios presupuestos públicos en medio de la crisis. Por no hablar de las madrugadas dedicadas a inventar soluciones para Grecia en lugar de un modelo más productivo de crecimiento para una Europa cada vez más anquilosada.

El Gobierno de Tsipras ha sido torpe y ha conseguido enemistarse con posibles aliados como Italia, Francia o incluso España en un momento en que la rigidez presupuestaria había demostrado sus peligros. El caos de Atenas a la hora de presentar documentos y su desconocimiento hasta de las reglas del Eurogrupo sólo han servido para añadir tensión. Pero la incapacidad para gestionar los desmanes y las trampas estadísticas vienen de atrás y de gobiernos griegos de todo el espectro ideológico.

Grecia maquilló sus datos para entrar en el euro en 2001 y las manipulaciones de los números continuaron durante años. La desconfianza en Grecia empezó cuando en 2009 el nuevo Gobierno reveló que el déficit público era del 12,7% en lugar del 6% previsto por sus antecesores (al final, el déficit superó el 15% ese año). Cinco años después y miles de millones difícilmente recuperables , Grecia no se recupera en parte por el círculo vicioso de los recortes, pero también por la poca disponibilidad de sus líderes a acometer reformas serias y a respetar las reglas y los plazos con los que un país consigue que los demás confíen en él y le ofrezcan dinero.

Por una vez, hasta Jean-Claude Juncker suena sereno. La culpa no es de la UE.