La urbe más grande y rica de Turquía se ha convertido en capital oficiosa del exilio sirio y refugio para medio millón de ellos. Yassin Swehat es uno de esos 500.000. Hace 20 meses dejó Santiago de Compostela -donde nació- y una incipiente carrera como médico para coordinar y escribir en Al Jumuriyah –La República-, una revista online en árabe sobre el conflicto sirio, que él mismo fundó en 2012 junto a otros escritores, periodistas y blogueros sirios contrarios al régimen de Al Asad.

Algunos sirios llegados a Estambul por la guerra civil en su país han empezado a renombrar ciertos lugares del centro de la ciudad. Así, la pequeña calle Nevizade, repleta de bares y terrazas, es ahora shara al-bira o “la calle de la cerveza”. Al lado está “la pescadería”, la calle Sahne con sus puestos de pescado fresco. La plaza de Galatasaray, en mitad de la bulliciosa y comercial avenida Istiklal, es conocida como sahet al-khawaziq o “la plaza del empalamiento” debido a un monumento de barras metálicas que miran al cielo, dedicado al ejército turco.

Este mecanismo, bien por el desinterés o la dificultad de aprender el idioma local, funciona también en otras zonas de Estambul y explica las necesidades de la diáspora siria. Las callejuelas entre Taksim y Besiktas son “el consulado alemán”; el populoso barrio de Nisantasi es “el consulado sirio”; al norte de Istiklal, “el consulado inglés”.

Yassin Swehat quiere rescatar este mapa desconocido de la urbe más grande y rica de Turquía, convertida en capital oficiosa del exilio sirio y refugio para medio millón de ellos. “Varios amigos artistas nos están ayudando a dibujarlo, quizás luego hagamos pósters o camisetas para darlo a conocer. Al final, un lugar no es sólo piedras y calles, sino también las experiencias de las personas que pasan por él”.

Yassin nació en Santiago de Compostela hace 30 años. Su padre, Mohammad, había dejado Raqqa en 1969 para estudiar medicina en España. Se casó, tuvo cuatro hijos y obtuvo el título de cardiólogo antes de volver a Raqqa. Yassin se trasladó a Siria con su familia y vivió en Raqqa hasta los 18 años. Los veranos los pasaba en Santiago. En 2002 volvió definitivamente a la ciudad española para hacer la selectividad y estudiar medicina. “Tengo un recuerdo bastante gris de la Siria de antes de la guerra. En el instituto teníamos que recitar un juramento cada mañana antes de entrar a clase: ‘Resistiré al imperialismo, al sionismo y a los reaccionarios y aplastaré a su diabólica división, la banda criminal de los Hermanos Musulmanes”.

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Yassin Swehat vive en Estambul desde hace 20 meses.

De médico a periodista

Ahora vive en Estambul desde hace un año y ocho meses. Dejó Santiago y una incipiente carrera como médico para coordinar y escribir en Al Jumuriyah -La República-, una revista online en árabe sobre el conflicto sirio, que él mismo fundó en 2012 junto a otros escritores, periodistas y blogueros sirios contrarios al régimen de Bachar Al Asad. “Nunca me lo planteé como una forma de activismo, ni de que manera puedo ser más útil, porque si entras en esa dinámica igual acabas con un arma en la mano en Aleppo, y no”, dice Yassin. “Simplemente, quise hacer lo que me gusta y la medicina no es lo que me llamaba”.

El padre de Yassin sigue viviendo en Raqqa. Tiene una clínica privada y acciones en un hospital. “Él, como toda la gente allí, intenta hacer la menor vida posible fuera de casa, pasar desapercibido y no tener ningún roce con ellos, no saber nada de ellos”. Ellos son el Estado Islámico, el grupo terrorista que tomó el control de Raqqa a finales de 2013 y la convirtió en el centro de operaciones de su “califato”. Yassin relata con incredulidad que la ciudad de su infancia, por entonces muy pequeña y dedicada a la agricultura, tiene ahora un restaurante chino para los muchos integrantes del Estado Islámico llegados desde Asia y sitios donde se puedan comprar los mejores chocolates belgas y suizos. Los puestos de zumos de frutas han prosperado en una Raqqa muy dañada en la que escasea el combustible, el gas y el agua. La electricidad se va durante días.

“Hay ciertos negocios que florecieron mucho con la llegada del Estado Islámico y los combatientes extranjeros, que son el músculo principal y tienen mucho dinero. Han abierto restaurantes de comida rápida muy al estilo occidental. No hay un McDonald’s, pero sí una especie de hermano pequeño, con su crispy chicken“. Yassin y su padre hablan por teléfono con frecuencia. A veces, cae una bomba durante la conversación y como la conexión a internet en Raqqa es pésima, su padre le pide: “Mírame dónde cayó”.

Anochece en Estambul y Yassin ha quedado para cenar con algunos compañeros de Al Jumuriyah y con otros sirios residentes de la ciudad. El local, en la primera planta de una calle del centro, es un clásico restaurante turco o meyhane donde se sirve hummus, carne y raki, un licor típico muy parecido al anís. Los relatos en la mesa dan una idea del desastre sirio. Karam Nachar, doctorado en Historia del Oriente Medio Contemporáneo por la universidad de Princeton, dejó la vida del campus para estar “más cerca” de Siria. Es otro de los fundadores de Al Jumuriyah. Su padre fue preso político, y tras ser liberado la familia vino a Estambul. Sherry Al Hayek, una joven de 26 años, es cámara y ha hecho algunos trabajos sobre los refugiados sirios para televisiones alemanas. Dejó a sus padres, partidarios del régimen, en Chicago.

Yassin Haj Saleh llega tarde a la cita. Es uno de los escritores y disidentes más conocidos de Siria. Pasó 16 años en las cárceles de Asadantes de la guerra. Recuerda que en 2013 publicó un artículo de opinión en El Mundo, ‘Carta sobre Siria a los intelectuales y líderes de opinión en Occidente’. Tiene 64 años, es colaborador habitual de Al Jumuriyah y sorprende la precisión temporal con la que narra su peripecia. “Pasé dos años en Damasco, en la clandestinidad. Luego, tres meses en Douma, liberada del régimen poco antes. El viaje a Raqqa, mi ciudad natal, duró 19 días. Fue una travesía dura, de caminos secundarios, escondido de la aviación y los combates. Sólo pude estar 10 semanas, también en la clandestinidad. Daesh [acrónimo árabe para el Estado Islámico] comenzaba a apoderarse de la ciudad y había secuestrado a dos de mis hermanos”.

1,7 millones de sirios en Turquía

Su mujer, Samira Khalil, es una de los cuatro activistas de Douma que desaparecieron de la oficina del Centro de Documentación de Derechos Humanos en diciembre de 2013, presumiblemente a manos de una milicia conocida como Ejército del Islam. “Me tuve que ir porque ya no tenía sentido. No podía salir de casa para observar lo que ocurría y escribir de ello”, afirma Saleh. En Estambul tenía amigos que le ayudaron a establecerse. En su opinión, los sirios sólo aparecen en los medios de comunicación como refugiados que necesitan asistencia para seguir vivos y nada más. “La inmensa mayoría de los sirios en Turquía pensaban que el exilio sería algo temporal y esa percepción ha cambiado ahora radicalmente”. En un momento de la cena, los asistentes levantan los alargados vasos de raki y bridan por el retorno.

De los cerca de cuatro millones de sirios que han abandonado su país, 1,7 millones están en Turquía, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). La sociedad paralela que han construido en regiones del sur como Gaziantep -donde, aproximadamente, un tercio de la población ya es siria-, cuenta en Estambul con el peso de la política y el dinero. Aquí están las sedes del Consejo Nacional Sirio y de la Coalición opositora, los dos grandes grupos contrarios a Asad. Hay grandes empresarios que pudieron sacar su patrimonio del país y abrir nuevos negocios inmobiliarios, textiles o de restauración. Sin embargo también hay escritores, periodistas, músicos y hasta familias enteras que mendigan en la calle.

“Hay gente que abrió un negocio, una tienda, un ultramarinos sirio. Esa capacidad de cambio, de reinventarse, es algo increíble”. Los camareros del restaurante que frecuenta Yassin son desertores del ejército de Asad. “No querían luchar con el régimen ni contra él. No querían morir y ahora son camareros en Estambul”.

En el barrio de Aksaray, en el distrito estambulí de Fatih donde viven más de 50.000 sirios, algunos negocios con rótulos en árabe delatan la procedencia de los dueños. Un puesto de pollo frito exhibe junto al nombre que “fue fundado en Siria en 1991”. A pocos metros está el Beyrut, otro de los restaurantes sirios de esta calle. Hay también inmobiliarias para los recién llegados, centros de idiomas para aprender turco y anuncios pegados a las farolas. En la entrada a la estación de metro de Aksaray es frecuente ver a hombres solos, con una maleta o mochila, que esperan a la persona que les ha prometido llevar a Europa, por tierra o por mar.

Yassin dice haberse hecho una Estambul del tamaño de Santiago de Compostela. Todas las mañanas, camina de su buhardilla en “el consulado alemán” a la redacción en “el inglés”. La última vez que estuvo en Siria fue en 2009, antes de la guerra. “Cuando miro hacia atrás, es lógico que aquello acabara así. Siento el sufrimiento de la gente, saber cómo vivían y ver que tienen que empezar de cero. Quienes peor lo pasan son los que se quedaron parados en cierto punto, pensando que esto iba a terminar”.