En el corazón del atentado de Bangkok

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Los terroristas perpetran su ataque junto al santuario hinduista de Erawan, adonde cada día acuden miles de turistas así como tailandeses con graves problemas económicos que piden la ayuda de Brahma, divinidad de la fortuna. El templo está en un hotel donde el autor de este artículo estuvo alojado tan solo hace unos días…

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El habitual escalofrío que sientes al enterarte de un atentado terrorista como el acaecido en Bangkok este lunes, en el que por el momento han muerto 22 personas y ha dejado un número de heridos graves similar, se multiplica exponencialmente y te irrita más de lo soportable cuando conoces el lugar de la masacre. Más aún si, como es el caso, descubres atónito mirando la televisión que se ha producido justo al lado del hotel en que acabas de pasar tres días en la capital de Tailandia. No puedes creer que la bomba haya estallado en un punto que estabas recorriendo continuamente solo hace un par de semanas. Y es inevitable, aunque sea egoísta, suspirar durante un segundo porque has tenido suerte. Así de frágil se revela nuestra existencia cuando el terror nos visita.

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Miles de personas visitaban a diario el templo de Erawan, en el corazón de Bangkok.

El santuario hinduista de Erawan se ubica en el Hotel Grand Hyatt Erawan. Cuando llegamos allí, lo primero que nos llamó la atención fue que tantas y tantas personas se concentrasen ante un templo minúsculo como ese que no estaba en nuestro listado de sitios de visita imprescindible. El lugar era un hervidero de turistas y, sobre todo, de peregrinos que se arrodillaban ante la estatua para rezar y presentar sus respetos y sus ofrendas a la divinidad. Ofrendas que consistían básicamente en quemar incienso y colocar flores para evidenciar su fe ante la estatua de Brahma. También nos sorprendió la propia ubicación del lugar de culto religioso, situado en el mismo recinto del hotel. Esta suerte de capilla desentonaba con el paisaje circundante, repleto de edificios rutilantes y enormes centros comerciales (Siam Centre, Siam Paragon o MBK), coronado por la joya de la arquitectura de la ciudad: la pasarela elevada por donde circula el Sky Train o BTS, tren de alta velocidad que recorre la urbe.

Fue un simpático taxista quien nos hizo entender, al día siguiente, la relevancia y la ubicación del pequeño templo de Erawan. Nos explicó que cada jornada son incontables los tailandeses que llegan desde cualquier parte del país para rezar ante esta estatua que representa la buena suerte para los hinduistas. La mayoría de los peregrinos que acuden buscan con su visita salir de sus particulares atolladeros económicos. Pero aún nos quedaba otra duda: ¿por qué se construyó precisamente dentro de un hotel? Y la respuesta, aportada por este mismo hombre, es que en los años 50 se decidió levantar el templo porque se habían producido numerosas desgracias durante la construcción del originario Hotel Erawan. En 1987 ese primer edificio se demolió y tiempo después se creó allí el actual Grand Hyatt Erawan, un cinco estrellas donde nos alojamos por una de esas sonrisas del destino. Resulta tan paradójico como desasosegante pensar que un lugar construido para ahuyentar las tragedias haya mutado en un escenario regado por la sangre y los pedazos de decenas de personas.

Atentado

Supimos también que con el paso de los años las peregrinaciones a Erawan han ido creciendo con la rapidez y la intensidad propias de una ciudad donde casi todo, como los olores, las prisas, los mercados, el tráfico o las simpatías hacia el visitante, es desmesurado. Además, como atestigua la imagen adjunta, tomada por casualidad hace unos días justo en el enclave atacado este lunes, cada día miles de personas transitan en sus vehículos por este cruce de caminos elegido por unos terroristas de momento no identificados. Tipos salvajes sean cuales sean su credo y sus pretensiones. La cercanía de las embajadas de Estados Unidos y Reino Unido y la consiguiente vigilancia extrema de la Policía hacían pensar que se trataba de una zona segura. Nada más lejos de la realidad.

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Antes de conocer la definitiva contabilidad oficial de cadáveres y heridos, no es exagerado asegurar que la cifra definitiva será importante. No puedo dejar de pensar en que quizás entre las víctimas estén algunos de los trabajadores del Hotel, los vendedores de los puestos cercanos o ese simpático taxista que nos contó la historia del templo. Todos ellos seres inocentes con los que compartimos, aunque fuera durante unos minutos, nuestra visita a Bangkok y nuestra estancia en el Hotel Grand Hyatt Erawan. Pienso, como pensaría cualquiera, que nosotros, mi pareja y yo, hoy también engrosaríamos la fría lista de los muertos si quien apretó el botón hubiera elegido otro momento. Y solo puedo concluir que vivimos en un mundo demasiado injusto, demasiado terrible, demasiado peligroso.